jueves, 2 de octubre de 2014

Un día en la vida de España.


Nadie que se dedique a la observación de la vida pública en España corre peligro de aburrirse. Todo lo contrario, lo corre de perecer de emociones y exceso de trabajo. Adjunto un somero resumen con cierta interpretación de la pintoresca jornada de ayer, que fue como una representación de la esencia española. Por la mañana, la España de hoy; al mediodía, la España profunda; por la tarde, la España eterna.

Por la mañana: la España de hoy. Amaneció el día con los catalanes desbordándose por las calles en protesta por la decisión del Tribunal Constitucional de suspender la consulta. Protesta que ya se inició el día anterior, lunes. Al tiempo, el Govern remitía al alto tribunal sus alegaciones y paralizaba la campaña institucional entre protestas de sus aliados más radicales. A poco, los Mossos empezaron a dar estopa a los manifestantes, en especial a los aficionados a las acampadas. Se desató la indignación en las redes. Es probable que la táctica de Mas sea mantener el pulso legal y, al tiempo, el orden público, incluso dando muestras de autoritarismo, para inspirar confianza en todas partes. Pero no ha conseguido evitar, y quizá fuera lo que pretendía, que el ministro del Interior, en uso de sus competencias y siguiendo sus ideas sobre la forma española de resolver los problemas de diálogo, le enviara 400 agentes antidisturbios, para ayudar al entendimiento. Y, por supuesto, en prudente previsión de que pueda pasar lo que, si pasa, será probablemente por esa previsión.

La prensa internacional sigue entusiasmada la cuestión española y respira mayoritariamente simpatía por el catalanismo. Bloomsberg News publica un editorial contundente, titulado First Scotland, Now Spain (ojo a la asimetría de nombres) en el que se dice textualmente a Rajoy que haga el favor de viajar a Cataluña a encontrar una solución dialogada con Mas en la línea escocesa. Rajoy ha perdido la batalla de la comunicación exterior, probablemente por no hablar idiomas.  Nadie fuera entiende ese cierre en redondo del gobierno central a cualquier tipo de negociación. Tampoco dentro, por cierto, pero todos lo apoyan por miedo a parecer menos patriotas que los vecinos en un tiempo en el que el patriotismo se hace más y más vociferante. El patriotismo nacionalcatólico, claro, el único consistente que hay en España; el de españolizar a los niños catalanes. Pues ya estamos en plena guerra sucia, alguien ha insinuado que el editorial de Bloomberg News está comprado. Supongo que con dinero de la Generalitat. Como si fuera tan fácil comprar medios extranjeros como los patrios. Que se lo digan a Aznar, que se gastó dos millones de euros de nuestro dinero en comprar una medalla del Congreso de los Estados Unidos que, al final, no le dieron.

De todas formas, es igual; si los catalanes insisten en su movilización pacífica y en sus alegaciones y decisiones, se los denuncia ante los tribunales y, llegado el caso, se los encarcela; a los demás, se los disuelve a palos. La adhesión sin fisuras de la oposición socialista al gobierno en el asunto catalán lo deja literalmente con las manos libres. Y un gobierno con las manos libres es un peligro en toda sociedad civilizada. ¿A quién interesa esta situación? Al gobierno más que a nadie porque, sobre verse con las manos libres, consigue que no se hable de sus peplas de corrupción e incompetencia evidente en gestión de la crisis. Al nacionalismo catalán no le interesa en absoluto, pero está obligado a hacerle frente en condiciones cada vez más difíciles, con un margen de acción que se estrecha por días. El país en general se entera poco porque la información sobre Cataluña está secuestrada por la opinión más patriotera y porque, además, surgen nuevos focos de atención que distraen la suya.

Al mediodía: la España profunda. La comparecencia de Cañete en el Parlamento Europeo, el hearing, vaya, una práctica tan desconocida en España que no tiene ni nombre. Consiste en que las personas que las autoridades competentes proponen para desempeñar ciertos cargos pasan un exhaustivo examen de idoneidad en todos los aspectos ante el órgano legislativo que ha de nombrarlas. Son interrogatorios en profundidad que hurgan en el comportamiento del candidato, sus conocimientos, su pasado, sus opiniones en otros contextos. Mera exigencia democrática.

Cañete había sido propuesto para otra cosa pero,  al final, Juncker lo derivó florentinamente a la comisaría de energía pensando que, si se asustaba ante el hearing que le esperaba dada su biografía, desistiese.  El presidente de la Comisión no puede enfrentarse así como así con los de gobierno de la UE; pero sí puede frustrarlos. Al fin y al cabo, era de dominio público que, por razones de negocios, Cañete hace pocas migas con el medio ambiente y por convicciones profundas tiene en solidaria estima a las mujeres en cuanto seres disminuidos. Todavía no se sabía que, además, era olvidadizo y dejaba de tributar inadvertidamente por unos miles de euros que le habían llovido en forma de sobresueldos, concepto contable originalísimo que la España profunda aporta a la cultura europea.
 
Con esos antecedentes, calculaba el malvado de Juncker, Cañete retiraría su candidatura. No conocía el coriáceo pellejo de los políticos españoles a quienes no hace dimitir ni el hundimiento del cielo. ¿Por qué habría de hacerlo Cañete, que viene de un gobierno en el que media docena de ministros, sin contarlo a él, tienen razones iguales o más graves para dimitir y ni se les pasa por las mientes? Si estaría seguro el simpático exministro que ni siquiera necesitó un SMS de su padrino, del tipo Miguel (se llama Miguel, ¿no?) sé fuerte. Así que el buen hombre hizo el ridículo en su hearing con absoluta pachorra y buena conciencia y hasta en francés, cosa que habrá dejado a Rajoy boquiabierto. Pero muy contento porque se demuestra que la gran nación mantiene su sagrada costumbre de nombrar siempre para los cargos a los menos idóneos.

Por la tarde: la España eterna. Entretenido estaba el personal con estas quisicosas y saltó la noticia de que un selecto grupo de mangantes se había pulido 15,5 millones de euros públicos y de los impositores de Cajamadrid a lo largo de catorce o quince años en francachelas, viajes y lo que les saliera de las narices. Se valían de unas tarjetas opacas a efectos fiscales. No había que declarar. Había que pillar la pasta y correr. O callar. Hay quien dice que ese desfalco era el chocolate con el que los directivos de la Caja compraban a los supuestos consejeros, guardianes, chambelanes o lo que esta gente fuere, para que hicieran la vista gorda mientras ellos desfalcaban veinte mil millones, que ya es una cantidad por la que un caballero puede mancharse la corbata. Será o no será, pero va estando claro que, si sumamos esta estafa a todas las demás conocidas en todos los órdenes, no hay que ir a buscar el origen de la crisis más que a los despachos de los políticos, los empresarios, los financieros y toda la basura que arrastran.

En la Caja Madrid, el comportamiento de los consejeros de la izquierda, de IU y del PSOE no se diferencia en nada del de los otros. Se lo llevaban crudo y punto. A los representantes de los sindicatos, al parecer, se les untaba más generosamente, lo que habla en favor de la sensibilidad social de aparato corrupto. Supongo que la izquierda tendrá algo que decir sobre esto, que le hace mucho más daño que a la derecha. Sánchez ha prometido echar a los responsables y obligarles a devolver lo trincado. Eso es lo que ya ha hecho Rodrigo Rato y alguno más: han devuelto 200.000 pavos y, de paso, han hecho trizas las excusas de muchos otros de que estaban convencidos de que era legal.
 
Las abundantes fotos, los testimonios gráficos del vidorro que se daba el capo scuola, el compañero de pupitre de Aznar, esas instantáneas rifle en mano, con caza mayor exótica a los pies, a bordo de potentes y lujosas embarcaciones, esas mansiones de ensueño, hablan de una vida vertiginosa, de derroche y boato. Esos ocho mil emails que Blesa trata de mantener en secreto pero cuyo contenido se ha ido conociendo muestran un mundo de gentes sin escrúpulos, de gentes que manejan los fondos públicos y ajenos de un modo depredador, que asimilan gestión con expolio. Todo muy moderno, trepidante, al estilo Inside Job.
 
Pero, en realidad, cuando se despacha el pastel, la España eterna. La cleptocracia como forma de gobierno.
 
(La imagen es una captura del vídeo de El País.

miércoles, 1 de octubre de 2014

El mandarín silencioso.


En momentos como estos, en que se da una fractura profunda en España con formas disonantes de entender la convivencia en el viejo solar hispano, conviene hacer acopio de opiniones y pareceres. Cuando se enfrentan concepciones distintas y opuestas del Estado y de la nación, suele recabarse el consejo de colectividades que, por su dedicación profesional, parecen adecuadas para pronunciarse en asuntos complejos que superan al común de los mortales. Una costumbre tan arraigada que, a veces, algunas de ellas, lo hacían por iniciativa propia. Los militares han solido pronunciarse sobre los más diversos problemas en la historia de España. Y los curas se  han inmiscuido tradicionalmente en lo que les competía y lo que no. Y, por supuesto, los intelectuales que en toda Europa han venido ejerciendo de gurús de la conciencia colectiva desde los inicios de la dominación burguesa. El famoso Yo acuso de Zola no hizo más que unir el nombre preexistente a una nueva forma de pronunciamiento a través de los medios de comunicación. Es lo que en el siglo XX se llamó el compromiso de los intelectuales, una especie de fielato moral por el que estos publicaban en medios de gran tirada e, incluso, convertían sus creaciones en cauces de difusión de sus opiniones acerca de las cuestiones sociales, políticas, nacionales, internacionales, de su época. Eran influyentes. ¿Como es posible que los intelectuales parezcan ausentes en la recrudescencia de un conflicto nacional en España que esta lleva siglos arrastrando?

La cuestión de la diversidad nacional española viene siendo objeto de preocupación principal, casi obsesiva, de los intelectuales, historiadores, ensayistas, escritores españoles desde finales del XIX. El regeneracionismo, los del 98, los del 14, algo menos los del 27,  los intelectuales franquistas,  los de la España del exilio y el llanto y los de la transición, se han ocupado tan intensamente de este asunto que aspira a la condición de género ensayístico: el ser de España. Por eso llama la atención que, cuando este conflicto nacional se agudiza, sobre él haya caído un manto de silencio. Y ello a pesar de la afición de los intelectuales españoles a recurrir al manifiesto como forma de influir en la opinión pública, según documenta Santos Juliá en su último libro, Nosotros, los abajo firmantes / Una historia de España a través de manifiestos y protestas (1896-2013) Galaxia Gutenberg, 2014. Sin duda ha habido algunas reflexiones de intelectuales aislados y muchas veces a consecuencia de alguna trifulca por acusaciones personales de nacionalismo de aquí o allí, o antinacionalismo; son excepciones. En cuanto a los manifiestos, solo conozco dos, de  reducidos peso y difusión, uno abiertamente anticatalanista y el otro no tanto, más suavizado, pero tampoco simpatizante ni de lejos con la causa del nacionalismo catalán.

Es raro tan espeso silencio. Entre otras cosas, los asuntos hoy en el centro del conflicto, la soberanía, la democracia, la legalidad, el Estado, la nación, el patriotismo, etc, son justamente los que apasionan a los intelectuales. ¿Cómo no hay encuentros, debates, confrontaciones para dirimir cuestiones de tanto calado? Los intelectuales catalanistas sí parecen muy activos y, a la contra, los intelectuales catalanes no catalanistas. Pero los españoles mantienen un sorprendente silencio.

Hay un dato que no puede pasarse por alto: los dos partidos dinásticos, columnas del templo de la transición, están unidos sin fisuras, en expresión de Pedro Sánchez, en su concepción de la nación española única e indisoluble y la soberanía indivisible del pueblo que la sustenta. Esta unidad  política crea un campo de acción social que afecta al conjunto de las administraciones y sus actividades, los medios de comunicación, las iniciativas empresariales, el quehacer de la llamada sociedad civil. En esas tupidas redes de oportunidades vitales los intelectuales pueden ser más o menos próximos a uno de los dos partidos dinásticos, pero han de compartir la visión de la unicidad de la nación española. Sin fisuras. Así que la falta de apoyo a las reivindicaciones catalanas ha de achacarse en un primer momento a una integración de los intelectuales, incluidos los comprometidos, si este término aún significa algo, en un sistema cultural basado en principios incuestionables. Quizá eso no sea muy propio de los intelectuales o de la imagen idealizada de estos, pero es lo que se da.

En la muy comentada entrevista de Ana Pastor a Artur Mas hay un momento en la conversación previa con Julia Otero en que Pastor advierte a su interlocutora más o menos que manifestar en público su intención de voto puede traerle problemas, supongo que profesionales. Lo que eso quiere decir es evidente. Por otro lado, la profesión de periodistas consagradas de ambas las incluye en una concepción lata de intelectuales y, en todo caso, de comunicadoras, una condición más reciente y amplia.

En el agudizado conflicto entre España y Cataluña, al enmudecer, al desertar de su tradicional implicación comprometida, los intelectuales españoles dan por buena la versión que los políticos fabulan en defensa de sus posiciones en asuntos como la nación, el derecho de autodeterminación, la desobediencia civil y que, según puede verse en la acción cotidiana del gobierno, consiste en imponer la visión más retardataria del nacionalcatolicismo. La adhesión incondicional de los socialistas a la Covadonga conservadora no abre siquiera la perspectiva de un replanteamiento de la nación española y no hablemos ya de un reconocimiento de la condición plurinacional de España que algunos intelectuales reconocen en privado pero no osan defender en público.

Termino con una consideración que tiene algo de personal. Durante la lucha contra el franquismo, la cultura catalana tuvo una influencia enorme. No hago de menos la aportaciones vascas o gallegas pero, por razones conocidas, la cultura catalana, en todas sus manifestaciones, impactó mucho y fue decisiva para la elaboración de una cultura española antifranquista. No es solamente la ingeniosa obviedad de Vázquez Montalbán de que "contra Franco vivíamos mejor"; es algo más profundo. El franquismo trató de asimilar todas las manifestaciones culturales y hacer una amalgama, enseñoreada por los rasgos de una cultura andaluza que, fiel a su condición señoritil, la oligarquía había convertido en emblema de España nación. No lo consiguió en Galicia y en el País Vasco; pero en donde fracasó más rotundamente fue en Cataluña, en donde se desarrolló una poderosa cultura de resistencia alimentada por artistas, escritores, músicos, poetas, pintores, arquitectos, científicos, etc., que fueron decisivos en la formación de los intelectuales españoles, al menos los de mi generación.

Esa es la cultura de resistencia que ha resurgido ahora en Cataluña. ¿Por qué no atenderla, entenderla, dialogar con ella, incluso colaborar con ella? ¿Porque creemos ser el objeto contra el que se dirige esa resistencia? Es un error. Esa resistencia se dirige contra los mismos poderes que oprimen a los españoles.

martes, 30 de septiembre de 2014

El diálogo no es una concesión; es una obligación.


El punto de ebullición a que se ha llegado empieza a sacudir letargos y suscitar alarmas. La "cuestión catalana" escala puestos en el índice de preocupación de los españoles. Ya era hora. Hasta sectores y personalidades que hasta ayer ignoraban el problema o lo despachaban irresponsablemente cargando toda la culpa sobre el soberanismo catalán, urgen hoy sosiego, tranquilidad, diálogo, entendimiento, búsqueda de soluciones al alimón. Ya lo señaló Palinuro hace un par de fechas. Buena señal porque esta actitud indica disponibilidad a escuchar a los demás, aquilatar sus razones y, mira por dónde, quizá llegar a la conclusión de que tengan algo de validez.

En este punto estamos porque el nacionalismo español, tan seguro de sí mismo que dice no ser nacionalismo, muestra una incomprensión absoluta del nacionalismo catalán que sí se admite como tal. Cito dos momentos clave, el de ciclo largo y el de ciclo corto. El largo: creyóse resuelta la cuestión con el título VIII de la Constitución en cuyo fondo latía la idea de diferenciar tres regiones especiales y las de régimen común. Pero ya en su enunciado el título contenía la semilla de su destrucción, al admitir que todas fuesen especiales a través de la doctrina del "café para todos" en un Estado autonómico del que casi nadie tiene ya algo bueno que decir, basado en una ignorancia evidente de los hechos diferenciales. El corto: el accidentado periplo del nuevo Estatuto de autonomía, desde su propuesta por una Generalitat socialista hasta su modulación a manos de Tribunal Constitucional, pasando por dos aprobaciones parlamentarias y una en referéndum. En esos cuatro años se acumularon agravios al nacionalismo catalán hasta culminar en la sentencia del Tribunal Constitucional, negando a Cataluña la condición de nación, agravios que luego se desbordaron en los cuatro siguientes en forma de una movilización popular sostenida y creciente que nos ha traído aquí. El grado de ignorancia, desconocimiento y, me temo, desprecio del nacionalismo español por el catalán se condensa en un juicio de Rajoy que Palinuro cita a menudo por creerlo muy significativo. Preguntado el presidente por su opinión sobre una gigantesca Diada independentista en 2012, creo recordar, dijo que el país no estaba para algarabías.

La crispada, tensa y amenazadora comparecencia de Rajoy ayer en La Moncloa a leer la declaración institucional, mantiene la posición sabida: las normas sobre la consulta, ipso facto al Tribunal Constitucional en virtud del 161,2 de la Constitución. Suspensión inmediata y margen de cinco meses para decidir. El gobierno se atiene a su deber: hace cumplir la ley. Atiende al aspecto jurídico ya que no lo hay político. Y aquí está la trampa: siempre hay un aspecto, una faceta política que activar antes de llegar a la ilegalidad. Pero es preciso querer. Y el gobierno no quiere; pretende reducir el asunto a uno de legalidad porque carece de margen político de negociación. No propone nada porque no se le ocurre nada. Y no se le ocurre nada porque no entiende el problema.

Hasta Rajoy sabe que, con el precedente de Escocia, es imposible sostener un veto a la consulta basado en una triquiñuela legal como es todo el asunto de la interpretación de la soberanía, su titular y alcance, que no puede ser una armadura, sino un constructo flexible que pueda adaptarse a circunstancias cambiantes. Eso sin contar con que la consulta, que no es vinculante, trata de ser un medio para conocer el estado de la opinión pública catalana respecto a un asunto que le importa sobremanera.

De "hechos consumados" habla el gobierno a fin de justificar su incapacidad para evitar que un conflicto institucional llegara hasta aquí. Hechos en sentido estricto aún no se ha producido ninguno, sino decisiones que serán más o menos oportunas o legales pero solo anuncian intenciones. No hay hechos consumados; hay falta de voluntad para entenderse con el nacionalismo catalán, en buena medida por ignorancia de su carácter actual, su fuerza, sus apoyos y sus pretensiones.

La reducción del problema a uno de legalidad plantea el problema de qué autoridad tenga un gobieno cuya relación con la legalidad deja todo que desear en todos los aspectos. Invocar una Constitución que los dos partidos dinásticos cambiaron en 24 horas en una noche de verano teutónico implica invocar un instrumento de la voluntad de esos dos partidos. Ya no es la Constitución de todos los españoles. No todos los españoles pueden reformarla. Los catalanes, como catalanes o los vascos como vascos jamás reunirán los requisitos exigidos para reformar la Constitución. Invitarlos a hacerlo como alternativa a cualquier otra acción es un ejercicio de mala fe.

Lo mismo que la remisión al Tribunal Constitucional. Se trata de pasarle la patata política caliente para escudarse detrás de su decisión. Es verdad que el Tribunal es un órgano político, pero no le gusta que se lo recuerden. Prefiere rodear sus decisiones de aureola judicial. Ha tardado menos de una hora en admitir a trámite los recurso del gobierno y suspender la consulta. Puede parecer una falta de tacto o de diplomacia, una ofensa incluso tanto a los recurrentes como a la parte recurrida. Y una falta de tacto por unanimidad. Pero es que obviamente, ya se descuenta el resultado a la vista de la composición del órgano. Seguramente lo descuentan hasta sus miembros. Un resultado que añadirá más agravios al conflicto porque nacerá no ya del desconocimiento del instante actual del nacionalismo catalán (la "algarabía") sino de su planteamiento de fondo.
 
Dice el presidente que queda margen para enderezar la cosas. Bueno, pues empiece ya.
 
Palinuro reitera una propuesta de días pasados, mejorada, a reserva de otra más puesta en razón:
 
a) El gobierno acepta la consulta a cambio de que la Generalitat la aplace a una fecha comúnmente acordada y acepte asimismo negociar la pregunta.
 
b) Ambas partes obtienen la correspondiente autorización parlamentaria para esas negociaciones que, llegado el caso, refrendarán las cámaras.

c) Una vez celebrada la consulta y, a la vista de los resultados, volverá a buscarse una solución negociada.

Último comentario: vistos los dos presidentes en menos de veinticuatro horas, el uno con Ana Pastor y el otro a palo seco, no hay ni color.

(La imagen es una foto de La Moncloa en el dominio público).

lunes, 29 de septiembre de 2014

No pasa nada.


Convencido de la urgencia del momento y cumpliendo los deseos del gobierno, el Consejo de Estado dictaminó ayer que el decreto de convocatoria de la consulta catalana es inconstitucional y quizá también la ley de consultas y que, por lo tanto, el gobierno hace muy bien en recurrirlos ante el Tribunal Constitucional. Más o menos lo esperado. El Consejo de Estado es un órgano de rancia prosapia cuyos orígenes rastrean algunos hasta Carlos V y tiene hoy una composición abrumadoramente conservadora. Está presidido por un hombre que fue leal servidor de la dictadura de Franco y luego no menos leal colaborador de Fraga Iribarne, que era como seguir siéndolo del dictador por persona interpuesta. Sus miembros, de diversas procedencias, son de orientación conservadora cuando no reaccionaria. Lo extraordinario sería que este personal abrigara una visión del problema simpatizante con el derecho de autodeterminación. Como su dictamen es preceptivo pero no vinculante, nadie le concede mucha importancia. Pero tiene un valor simbólico y llena de razón al gobierno.

Este pone hoy en marcha la pesada maquinaria legal para impedir la consulta. Se reúne en consejo extraordinario para trasladar el problema al Tribunal Constitucional. Cuenta con que este suspenderá la norma recurrida y dejará sin efecto el decreto de convocatoria. Tan seguro está que algunos gobernantes no se han recatado en predecirlo, dando una impresión bastante pobre respecto a la separación de los poderes ejecutivo y judicial. Obviamente, lo que está haciendo es transfiriendo un problema político a un ámbito judicial o parajudicial, cuenta habida del carácter del Tribunal Constitucional. En el caso del presidente del gobierno es conocida querencia. Lo propiamente suyo es quitarse de encima los problemas: cuando la firma del decreto se escondió detrás de su vicepresidenta y ahora con el recurso, se esconde detrás del Tribunal Constitucional para impedir la consulta. Convierte un problema político en un problema de legalidad y esconde la mano.

La cuestión parece ser ¿qué hará la Generalitat si el Tribunal, en efecto, suspende? ¿Respetará la legalidad o la romperá? Armada con esta pregunta y casi solo con esta pregunta, como si fuera un arma de repetición, entrevistó ayer Ana Pastor a Artur Mas en la Sexta. El entrevistado respondió con mucha habilidad a una cuestión que, obviamente, pretendía comprometerlo y la entrevistadora insistió e insistió tratando de contrarrestar esa habilidad, consistente, sencillamente en decir que, si el Tribunal Constitucional mantenía la suspensión, él consultaría con sus socios y adoptaría la decisión que se tomara colectivamente. No era lo que Pastor quería oírle decir; ella hubiera preferido que Mas, como suele llamarlo con cierta frivolidad, "se mojara", sin calibrar muy bien el coste de ese "mojarse"; aunque no es difícil comprender la que podría organizarse si un presidente de la Generalitat dijera: "sí, señora, actuaremos en contra de la ley". En verdad, es sorprendente.

Y no es lo único sorprendente. La entrevista merece un pequeño comentario, sobre todo porque levantó fuego en twitter. La periodista, que es competente, veterana, rápida y no se arredra, desembarcó en el palacio de la Generalitat con una actitud muy española de "vamos a ver si son verdad esas cosas que se dicen en el foro sobre los catalanes". Traía "esas cosas" muy apuntadas; las complementaba con datos bien documentados y, en general, dañinos para la Generalitat y, para calentarse intercaló antes de la entrevista sendas conversaciones con dos colegas, Sardá y Otero, buenos profesionales, pero ambiguos en sus apreciaciones. La amarga observación de Otero de que lo primero que se bombardea en una guerra son los puentes no es interesante por lo que dice, sino por el contexto que presupone: la guerra. Igual que ese recurrente temor de "ojo con lo que dices aquí o allí porque puede traerte problemas".
 
Lo que no se cuestionó la entrevistadora en ningún momento era que las preguntas respondían todas a una visión española, unilateral, del conflicto, sin la virulencia del nacionalismo español tradicional, pero con una coincidencia llamativa en los contenidos. En general, una visión del contencioso España-Cataluña como si hubiera surgido ayer y se debiera a los caprichos de los políticos catalanes, cuando no a un intento de esconder sus fechorías ondeando la cuatribarrada. Algo cocinado en los pasillos de las instituciones, las alianzas electorales, los tejemanejes de los partidos. Ausentes por completo, al punto de no mencionarse, el sentimiento nacional y el apoyo masivo que ese sentimiento nacional tiene en la sociedad catalana en proceso de movilización hace ya tres años.  Estos eran temas de Mas pero no de Pastor que los ignoraba.

Precisamente porque la entrevista era tan de parte, Mas tuvo la oportunidad de exponer su discurso ante una amplia audiencia española a la que normalmente no le llega, pues solo accede a los relatos cocinados por los medios nacionalespañoles, que son todos. Y la aprovechó muy bien. Expuso los argumentos catalanistas de forma clara y subrayó varias veces que, del otro lado, del del gobierno central, no había más que negativas o silencio. En esta perspectiva, esto es, dar a conocer en España que los soberanistas catalanes no son unos nazis o unos locos peligrosos, o unos chulos prepotentes atiespañoles, la entrevista fue un gran éxito.
 
Desde otro ya no tanto. Como suele pasar a los españoles, Pastor no dominaba el territorio en el que quería poner en aprietos a Mas y si su insistencia en pillarlo en un renuncio de legalidad se estrelló contra la habilidad de la respuesta, su falta de fondo se echó de ver en el conocimiento del pasado. La mención de Mas de que él era presidente de una institución con 650 años, la dejó descolocada. Sin embargo hubiera venido al dedillo preguntar a Mas de dónde deriva él la legitimidad de su cargo, si de la Generalitat, órgano medieval o de la Constitución de 1978, como sostiene la vicepresidenta del gobierno, otra que confunde legalidad y legitimidad.
 
 Su acendrado españolismo no dictó a Pastor ni una sola pregunta que no fuera dirigida a cuestionar el proceso soberanista, pidiendo a Mas reiteradamente alguna autocrítica, pero sin formular ni una sola a la actitud del gobierno central; sin mencionarlo siquiera. Al contrario, tratando de sacar de campo la figura de Alicia Sánchez-Camacho a la que Mas quería afear su incumplimiento de la ley argumentando que se trataba de un "y tú más". En realidad perdió tanto los papeles que ni siquiera tuvo la gentileza -y la astucia- de preguntar a Mas si, aprovechando la ocasión, tenía algún mensaje que dirigir a Rajoy.  No sé lo que hubiera contestado Mas pero, si hubiera sido Palinuro, estoy seguro de que su mensaje habría sido que Rajoy recibiera a Ana Pastor en La Moncloa y le concediera una entrevista como la suya. Para que la gente pudiera comparar.
 
Me quedo con una expresión de Mas sumamente esclarecedora: si se vota "no pasa nada".

(La imagen es una captura del vídeo de la 6ª con la entrevista de Ana Pastor a Artur Mas).

domingo, 28 de septiembre de 2014

Cuenta atrás.


El llamado proceso soberanista dio ayer un salto cualitativo espectacular. El presidente Mas firmó el decreto que convoca la consulta del 9N. Lo hizo en un acto sobrio pero solemne en el Palau de la Generalitat, en presencia de los dirigentes de las fuerzas políticas que lo apoyan. 

Como si se tratara de la declaración de independencia de los EEUU o de la firma de la declaración universal de derechos, los asistentes transmitían la conciencia de vivir un momento histórico. De la resonancia internacional se encargaron las cabeceras de los periódicos extranjeros. Aunque la canciller Merkel dijera hace poco que la cuestión catalana es un asunto interno español, ni los medios en su propio país son de su parecer. La internacionalización del soberanismo catalán en la estela del referéndum escocés, es un hecho y la comunidad internacional tiene los ojos puestos en Cataluña. Desde el punto de vista de la comunicación política, un exitazo en toda línea para el independentismo. Refrendado con esa firma que, para mayor ironía, casi parece el signo del Zorro, ese héroe popular lleno de habilidad, valor e inteligencia, en lucha contra un poder tan tiránico como estúpido. Como en un episodio del Zorro, comienza la cuenta atrás.

Y un éxito interno, además de internacional, porque, sobre hacer olvidar la grotesca comparecencia de ayer de Pujol, ha dejado al descubierto y en ridículo las carencias del gobierno central. El presidente estaba de viaje por la China, un viaje que hubiera debido posponer, para probar fehacientemente que quiere a Cataluña y le procupa. Al contrario, piensa que debe mostrar que no le preocupa. Se negó a comentar la noticia de la firma, como hace siempre. Y, como hace siempre, deslizó un comentario revelador de su capacidad de juicio: Mas se ha metido en un lío. Da un poco de vergüenza pero es literal.

La tarea de explicitar la posición del gobierno recayó sobre la vicepresidenta, escudo habitual de quien ganó unas elecciones asegurando que daría la cara. Ayer dio la cara de la vicepresidenta que, por cierto, fue un poema. Crispada, tensa, conteniéndose, recitó de corrido un discurso que seguramente pasó toda la noche memorizando ante el espejo y dividido en tres partes: calificación de los hechos, anuncio de las medidas que el gobierno ya tiene preparadas en cumplimiento de su obligación y un recordatorio sentimental a lo felices que éramos cuando, yendo todos los españoles juntos, nadie había sembrado la discordia entre nosotros. Formalmente fue una comparecencia penosa, en la línea, aunque no tan lamentable, de la de Botella en los juegos olímpicos.

El aspecto material fue aun peor. Acabó en un batiburrillo en el que no se sabía si la democracia depende de la ley, la ley de la democracia, con la soberanía revoloteando de la una a la otra. Pero, en esencia, el razonamiento de la vicepresidenta, el mismo que utiliza siempre el PP, es que se trata de un desafío a la legalidad y el gobierno, obligado a cumplirla y hacerla cumplir, la hará cumplir. Punto. No ve o no quiere ver que, además de un problema de legalidad, es de legitimidad y por partida doble.

De un lado, la legitimidad de este gobierno es escasísima, por no decir inexistente. Ganó las elecciones con un programa que no cumplió; está literalmente acribillado de casos de corrupción y comportamiento ilegal; y ha hecho de su capa de legalidad un sayo. Cuando una norma le incomoda, la cambia a su antojo a través de su dócil mayoría absoluta parlamentaria. O no se molesta en cambiarla sino que simplemente la incumple, como en el caso de las sentencias de los tribunales. O, incluso, la quebranta, como cuando destruyó los discos duros que el juez reclamaba como prueba al PP en las investigaciones de la Gürtel.

De otro lado, el independentismo catalán plantea el asunto en el terreno político del derecho de autodeterminación concebido como una forma de poder constituyente que, por lo tanto, no se somete a poder constituido alguno; es decir, lo plantea en el terreno de la legitimidad y la respuesta del gobierno, derivando el asunto al Tribunal Constitucional, no resuelve la cuestión. Al igual que el gobierno, el Tribunal Constitucional adolece de falta de autoridad ya que, además de su naturaleza política, no es generalmente aceptado como imparcial por razones de todos conocidas, siendo la principal el estar colonizado por el PP, incluida la figura de su presidente, exmilitante del partido.

Que el PSOE no quiera encarar de verdad el asunto y se ofrezca rendido a formar un frente con esta derecha nacionalcatólica, no anima a esperar buenos resultados. Los socialistas también se niegan a admitir la doble vertiente de legalidad y legitimidad con supeditación de la primera a la segunda. Por no identificarse del todo con el macizo de la raza imperial de la derecha, la de la gran nación, han rescatado del baúl de los recuerdos una hopalanda federal y con ella proponen negociar a los soberanistas y tratar así de conseguir algún tipo de acuerdo. Lo del federalismo en sentido estricto llega tarde, aunque es bueno que los socialistas, cuando menos, hablen de dialogar y negociar. Pero de inmediato vuelven a cegarse al poner como condición la renuncia a la consulta, al dret a decidir. Parece mentira cómo se puede ser tan inepto. Negociar con una parte a la que de antemano se le exige que renuncie a la pretensión que le da la fuerza para negociar es creer que se negocia con idiotas o truhanes, como uno mismo.

El gobierno dice tener todo preparado para responder. En esto también le ha ganado el soberanismo pues la Generalitat afirma a su vez tener preparadas las respuestas a la respuesta del gobierno, a su recurso. Pero esto es lo habitual. Lo nuevo es preguntar al gobierno cuál sea el contenido de ese todo. ¿La suspensión de la autonomía u otras medidas excepcionales quizá peores también? Aquí es donde esos ministros españoles tan bravíos deben recordar lo dicho más arriba: la comunidad internacional tiene la mirada puesta en Cataluña. Ojo que vuelve la leyenda negra.

La firma ha sido un aldabonazo en la autocomplacencia del nacionalismo español de derecha e izquierda. Ambos aspiraron hasta el último momento a que no se estampase. Se estampó. Y fue la estampida. El súbito agitarse de las plácidas aguas. Ahora todos dicen que hay que buscar una solución antes de llegar a peores, que hay que pactar, negociar, hablar. Llevan cuatro años ignorando el conflicto que ellos mismos han atizado de forma irresponsable en ese tiempo y ahora piensan que van a resolverlo en cuatro días.

No pueden porque, como nunca lo entendieron ni se lo tomaron en serio, no pensaron sobre él y no tienen propuestas que hacer para las hipotéticas negociaciones; no tienen nada preparado. Como siempre. Los soberanistas confían ahora la argumentación y defensa de su idea a la movilización social que le da un resplandor de ideal nacional. Los nacionalistas españoles, convencidos de que su razón moral es tan abrumadora que no precisa demostrarse, se limitan a aplicar la ley. A la represión, vaya.

Calcúlese quién pueda ganar.