jueves, 23 de octubre de 2014

La peste.


Los gobernantes democráticos son gentes elegidas por el pueblo para gestionar los asuntos públicos según criterios distintos pero con un mismo principio, según el cual la gestión será en interés del bien común y no en provecho personal de los gobernantes. Lo que hay en España no tiene nada de esto.
 
El país está gobernado por un partido que lleva más de veinte años dedicado a actividades presuntamente ilegales e inmorales, en colaboración con una red más o menos organizada de empresarios o delincuentes o ambas cosas a la vez. Ello le ha permitido financiarse en negro, repartir abundante dinero en B entre sus más destacados dirigentes, propiciar con sus nombramientos un expolio público sin precedentes y enriquecer de modos supuestamente ilícitos a sus militantes, allegados, deudos, clientes y cómplices.  Palinuro siempre ha dicho que ser militante del PP es un chollo, lo cual explica su afiliación en torno a los 800.000 militantes: el atractivo de hacer dinero en las administraciones locales, autonómicas, estatales, en contratas, enchufes, mordidas, comisiones, recalificaciones, subvenciones, privatizaciones, todo un denso entramado de corrupción que cubre el país entero y que, además de servir para hacer dinero, sirve para blanquearlo sin llega el caso.
 
Es un estado de corrupción general. Una peste. El sistema político es una cáscara vacía, pura fachada, un potemkin. Y los españoles, haciendo gala de su fatalismo, se lo toman a chirigota. Son los humoristas como Wyoming quienes encabezan la oposición; es twitter, en donde se hacen los comentarios más despiadados sobre los políticos. El chiste es la forma de oposición a la dictadura, dado que las otras están prohibidas. Como en los tiempos de Franco, como pasaba en los países comunistas. La gente se reía por no llorar.
 
Y estamos para pocas risas. Vistos los últimos sobresaltos procesales de esa hidra de mil cabezas corruptas, parece bastante sensato reconocer lo que ya dice todo el mundo: que el PP no es propiamente hablando un partido, sino más probablemente, una asociación de malhechores. No solamente porque tenga una infinidad de militantes y dirigentes imputados, procesados, condenados o cumpliendo condena, sino porque él mismo como partido adopta medidas para amparar a los presuntos delincuentes, como la obstaculización de la justicia mediante triquiñuelas procesales o la destrucción de pruebas.
 
La cascada de nuevos escándalos, las tarjetas negras, la imputación del exministro Acebes, la del exalcalde de Toledo, que apunta directamente a la muy posible implicación de Cospedal, son nuevas piezas malolientes de un panorama de podredumbre. Este se remonta a los tiempos de los gobiernos de Aznar, el amigo íntimo de Blesa. Alguien ha calculado que el 75 por ciento de los miembros del primer gobierno de Aznar está imputado, procesado o en prisión.
 
Una peste. La letanía de nombres de presuntos sinvergüenzas y sinvergüenzas probados es interminable y la de sus fechorías llena legajos y legajos en los anaqueles de los juzgados, por contar solo los asuntos ante la justicia. Y habrá más. El silencio de Aguirre, de Aznar, del propio Rajoy solo puede interpretarse como una medida de defensa procesal: todo lo que digan podrá ser utilizado en su contra. Y lo más irritante, indignante en realidad, es que son los pájaros que, como Díaz Ferrán, mientras robaban a manos llenas, decían a la gente que hay que trabajar más y ganar menos. 
 
Con esta peste no va a terminar el gobierno porque, aunque suele hablar de proponer legislación en pro de la transparencia y la regeneración democrática, carece de autoridad y crédito para ello. Su propio presidente está bajo sospecha de haber cobrado sobresueldos en B y varios de sus ministros, también. La evidencia de que, como ministro, vicepresidente de Aznar, presidente luego del partido, Rajoy sabía perfectamente lo que pasaba lo inhabilitan para acometer medida regeneradora de la democracia alguna.
 
Pero tampoco le importa. A este gobierno no le interesa en absoluto la gobernación del Estado y menos en pro del bien común y le trae al fresco la opinión pública. Centra todas sus medidas de supervivencia en tres aspectos: 1º) control de los medios de comunicación y recurso a la censura, la manipulación y la propaganda; 2º) imposibilitar o dificultar el acceso de los ciudadanos a la justicia y la protección de sus derechos mediante los tribunales; 3º) convertir toda crítica, protesta o manifestación en un ataque al orden público y reprimirlo sin contemplaciones gracias a una ley mordaza a punto de aprobarse.
 
En esta situación, España no tiene gobierno sino que está administrada por una asociación de presuntos malhechores. La pregunta inmediata es: ¿y qué pinta la oposición en todo esto? ¿Por qué continúa legitimando con su colaboración esta peste de corrupción? ¿Por qué sigue admitiendo que trata con un gobierno que hace política y no con una peste que ni entiende de política ni le importa un pimiento? ¿Por qué sigue acudiendo a un Parlamento que no sirve para nada, salvo para legitimar esta peste? ¿Por qué no presenta una moción de censura, aunque la pierda? ¿Es porque en parte la corrupción también la afecta a ella, al menos a alguno de sus partidos? Justamente la única forma de salir de esa posición de  extorsionado es reconocer paladinamente las faltas propias y, a continuación, plantarse ante las ajenas, que son apabullantes.
 
Plantarse es decir no a la peste. No al simulacro de parlamento; no al gobierno por decreto; a las ruedas de prensa sin preguntas, al plasma, a los tribunales que aplican la justicia del príncipe; a unos medios vendidos; a una gestión autoritaria del orden público, represiva, amedrentadora. Palinuro lo ha dicho en otras ocasiones: retirada al Aventino que ahora recuerda la retirada a la colina de Florencia en la que se escribió el Decamerón, mientras los retirados escapaban de la peste negra, tan negra como las tarjetas de estos sinvergüenzas.

miércoles, 22 de octubre de 2014

Podemos/Cataluña.


Hace unos días, a propósito de un viaje a Barcelona, Josep Casulleras, de Vilaweb. Informació. Notícies me hizo una entrevista sobre la cuestión catalana y el derecho a decidir que apareció con el titular Ramón Cotarelo: 'Pablo Iglesias mira de fugir d'estudi sobre Catalunya', lo que demuestra que Josep es un periodista de pura raza. Titula con garra. En español: "Ramón Cotarelo: 'Pablo Iglesias escurre el bulto en relación a Cataluña'". No puedo quejarme, como suelen hacer los malos entrevistados, de que se me haya interpretado mal. En absoluto. Eso es exactamente lo que quería decir y lo que dije porque lo vengo pensando desde hace una temporada. Desde la primera vez que escuché a Iglesias decir que reconocía el derecho de los catalanes a votar en la consulta, pero no haciendo posterior precisión alguna y remitiendo las que pudieran plantearse a las futuras decisiones de unos imprecisos órganos colegiados. Pura ambigüedad. Puro bulto escurrido. Reconocer el derecho a decidir de los catalanes lo hace mucha gente en España. Pero si, a continuación, se pregunta: derecho a decidir, sí, pero ¿por su cuenta o en una consulta en donde voten sobre Cataluña los demás españoles? la mucha gente quizá se quede en un puñado de ilusos. Esa era mi convicción y a eso llamo escurrir el bulto.

Desde aquella mi primera impresión he tenido algún debate con colegas y con simpatizantes de Podemos. Se me ha objetado que no hay tal ambigüedad, pues Pablo Echenique, por ejemplo, reconoce sin ambages el derecho de los catalanes a decidir por su cuenta. No lo dudo. Sé, también, que los de Izquierda Anticapitalista sostienen este criterio. Pero ni Echenique ni IA son Podemos en su totalidad y su opinión no puede validarse como la oficial de la formación. Igualmente algunos militantes catalanes me han comunicado que en Cataluña Podemos reconoce también el derecho de autodeterminación de los catalanes. Si no yerro, un destacado militante, el exfiscal y exeurodiputado Carlos Jiménez Villarejo, es absolutamente contrario a ese derecho y tiene una fuerte convicción unionista. Ignoro cuánta influencia ejerza Villarejo entre los suyos en Cataluña pero eso tampoco dice mucho porque, a su vez, los suyos, o sea Podemos, no parece tener el impacto que tiene en otras zonas de España. Resumiendo, la ambigüedad de Podemos en relación a Cataluña es patente.

Por si hubiera alguna duda, ayer vi en televisión (aunque pudiera tratarse de una entrevista de radio televisada, no recuerdo el formato) a Carolina Bescansa elevando la ambigüedad a la categoría de dogma. A la pregunta de Pepa Bueno de si Podemos sostiene o no que en la cuestión catalana voten solo los catalanes o todos los españoles, Bescansa se fue por los cerros de Úbeda. Bueno, otra periodista que no suelta el hueso, repreguntó y la entrevistada pasó de los cerros de Úbeda a los Monegros. Hasta cuatro veces preguntó Pepa Bueno por lo mismo y cuatro veces insistió Bescansa en que la gente debe entenderse, hablar civilizadamente y tomar el té de las cinco. Pero de quién deba o pueda votar en la eventual consulta, ni mú. Es una pena no disponer del enlace porque tiene gracia ver cómo la representante o portavoz de Podemos trata de zafarse a base de cantinfladas. [NB A través de FB, Ángel Gallego me hace llegar el enlace que es, en efecto, una entrevista en la SER, titulada, con escaso sentido de la oportunidad léxica, No podemos (sic) pagar el solomillo que se han comido otros. Muchas gracias, Ángel. Merece la pena escucharlo.]

El tema catalán es tabú en la izquierda española, salvo en el caso del PSOE, en donde ya han aclarado que lo ven con los ojos de la derecha, si bien corregida su bronca visión fieramente española con unas gafas federalistas. El resto prefiere mirar hacia otra parte, como se llama hoy en los medios a lo que antaño se decía "hacer la vista gorda" o "escurrir el bulto".

Y ¿por qué se escurre el bulto? Probablemente por cálculo electoral. Existe la convicción de que quien reconozca el derecho de los catalanes a decidir por su cuenta perderá votos a granel y, si los de Podemos tienen como objetivo esencial, inmediato, predominante, casi único, según ellos mismos dicen, ganar las elecciones, perder votos no ayuda. Ahora bien, ¿no cabe cuestionar esta convicción? Esta se basa ¿en qué? En el prejuicio de que, si se consulta a todos los españoles estos votarán abrumadoramente en contra del derecho a decidir de los solos catalanes. ¿Seguro? Si tan seguro está el nacionalismo español, ¿por qué no propone un referéndum general sobre la cuestión? Por lo menos propondría algo y algo factible a lo que el nacionalismo catalán no se opondría siempre que fuera un referéndum tan no vinculante como el suyo. Es verdad que, de aceptarse la idea, obligaría al nacionalismo español a moverse, a argumentar, a razonar y dialogar, cosa que le fastidia sobremanera. Pero daría lugar a una interesante situación de ciudadanía viva, actuante. En la campaña, los españoles podrían informarse y debatir sobre asuntos sobre los que siempre deciden las oligarquías partidistas sin consultar nada. Una campaña que daría también el derecho a decidir a la gente sobre un asunto de la mayor importancia y en la que habría un gran trabajo por hacer de pedagogía política. Una ocasión para devolver su dignidad a la esfera pública, encenagada con las granujerías de unos políticos corruptos y robaperas, aunque las peras sean como suelen ser las manzanas de la discordia, de oro.

Los dos puntos de mayor interés en nuestro país hoy son Cataluña y Podemos; los dos ámbitos en los que el debate tiene altura y va al fondo de cuestiones de calado. Lo sorprendente es que no se crucen y no se cruzan precisamente porque Podemos no quiere mojarse, como diría Ana Pastor, en el río catalán. Río, no estanque, ni piscina, ni charca o ciénaga; río de aguas tumultuosas, lleno de rápidos, remolinos y pozas. Pretextan a media voz que, si ya los ponen verdes por sus simpatías con las dictaduras bolivariana y boliviana, terrible será si los ven acercarse a los nacionalistas catalanes a los que, con su habitual moderación y sentido del ridículo, la derecha española llama nazis o filoetarras, que viene a ser lo mismo. Así pues, en Podemos no se habla del soberanismo catalán por un cálculo electoral que, además de ser, quizá, erróneo, asimila su nueva política a la más vieja del nacionalismo español. Esa Patria, esa nación, esa soberanía renovada que invoca Podemos, ¿es incapaz de reconocer las demás naciones y su derecho de autodeterminación? ¿En dónde está lo nuevo?

Al modesto juicio de Palinuro, Podemos tendría que aplicar aquí su espíritu renovador, regeneracionista de la izquierda, si se quiere, con una visión nueva de España, basada en sus convicciones más profundas. La izquierda debe reconocer el derecho de autodeterminación de las naciones en España, como lo reconocía al comienzo de la transición, fundamentalmente por dos razones, una inmediata y otra mediata. La inmediata es que se trata de un derecho de las minorías nacionales en España y los derechos son factores que han movilizado a la izquierda de siempre. Tan es así que, para su gran vergüenza, hasta la derecha británica la ha ganado, reconociendo a los escoceses un derecho que los nacionalistas españoles de derecha, centro e izquierda niegan a los catalanes sin razón alguna digna de tal nombre. La mediata es que el soberanismo catalán es un reto vital para España, que obligará a esta a reaccionar frente a una situación con una amplia gama de variantes, que van desde el mantenimiento del statu quo a base de represión hasta la independencia de Cataluña. En Cataluña está la clave. Cataluña es la única que puede sacudir la modorra del estancamiento de la segunda Restauración, con un Estado sin brío, regido por un gobierno carente de iniciativa y encerrado en una obstinada negación, con el apoyo sin fisuras del otro partido dinástico. Ignorar esta situación, pasarla por alto, no adoptar una actitud clara de izquierda en el contencioso más importante que hay hoy en España muestra escasa capacidad analítica y poco vuelo teórico.

El nacionalismo catalán ha conseguido para Cataluña algo que el nacionalismo español no ha logrado en España ni de lejos: una causa colectiva por la que luchar en una reivindicación nacional de gran fuerza movilizadora, muy popular, transversal, ciudadana. Son las instituciones, la sociedad civil, los partidos políticos. A estas alturas es irrelevante si el movimiento estaba ahí y Artur Mas se puso a la cabeza o si, estando ahí, fraguó en torno a su liderazgo. Los avatares del enfrentamiento con el nacionalismo español, cuya única respuesta es la represión, provocan disensiones y grietas en la unidad soberanista. Pero eso no es gran cosa comparado con el destrozo que se trató de hacer sacando a luz las fechorías de Pujol, conocidas de antes, con el fin de destruir la imagen de Mas. Pero Mas continúa con su imagen y, mal que bien, el movimiento soberanista seguirá su curso.

Si este movimiento no encuentra apoyo entre la izquierda, si no por simpatía y solidaridad, cuando menos por el cálculo táctico de acabar con el nacionalcatolicismo, no sé cómo querrán luego los españoles convencer a los catalanes de las ventajas de mantener algún tipo de relación.






martes, 21 de octubre de 2014

No se vaya, señor Aznar.


Quédese. Quédese a contemplar lo que todos los españoles contemplan estupefactos. Blesa y Rato, Rato y Blesa, dos hombres de su máxima confianza, han resultado ser dos pillastres consumados. A Blesa lo aupó usted a la presidencia de Caja Madrid y a Rato lo hizo ministro de Economía, vicepresidente del gobierno y a punto estuvo de ungirlo como su sucesor de no ser porque el propio interesado se desinteresó. Si por usted fuera, Rato sería hoy presidente del gobierno. Quizá no fuera peor que el que hay, dado que el que hay deja poco margen al empeoramiento, pero no se dirá que no sería un puntazo. Blesa y Rato, los dos hombres que hicieron y deshicieron, sobre todo deshicieron, en una de las más poderosas entidades financieras del país durante quince años hasta dejarla en harapos, mientras el infeliz de Zapatero presumía a los cuatro vientos de la solidez de las cajas españolas. Rato fue el autor del "milagro español" y por eso ascendió a vicepresidente. Blesa el del "milagro madrileño" y, por eso, cuando su presidencia se tambaleó por las maniobras y las codicias de los gobernantes autonómicos, salió usted en su defensa. Toda una vida juntos. Nobleza obliga.

El caso Blesa ha empequeñecido el caso Gürtel como Júpiter achica a Marte o un San Bernardo empequeñece a un chihuahua. Al lado de este príncipe del alegre dispendio a costa de los demás, Correa es un mayoral porcino y Bárcenas un contable dinámico con algunas externalidades. Es curioso cómo los 15,5 millones de euros que estos pintas se han fundido en restaurantes, joyerías, spas y hoteles indignan más a la gente que los 22.000 millones que nos ha costado a todos rescatar la Caja. Son cifras tan disparatadas que apenas se visualizan. ¿Cómo pueden volatilizarse 22.000 millones sin dejar rastro, al parecer? ¿En qué se han perdido? ¿Cómo? ¿Quién se los ha llevado? ¿En dónde están? El dinero no se esfuma y siempre deja rastro. Sin embargo, el pararrayos de las iras son los 15,5 milloncejos de marras. Probablemente porque el pillaje es más comprensible para la gente normal. Que estos pájaros de vuelo en preferente cargaran billetes de metro a la tarjeta negra es algo que solivianta por la cutrez que revela, incluso aunque resultara que enviaban al perro a comprar el pan.

Los chóferes de esta crema de la sociedad también disponían de las dichas tarjetas negro total. Y no me ha quedado claro si eran de uso tasado al servicio de los barandas o tenían ellos un margen también para mandar unos polvorones a casa. Ya solo lo primero pone al personal a cien. El personal, que no entiende cómo la gente exquisita desdeña ensuciarse las manos con el dinero y prefieren que otros lo hagan en su lugar. De un antepasado mío, que tenía dinero, cosa que no se ha repetido luego en la familia, cuentan las crónicas de esta que, a la hora de pagar en las librerías, ofrecía su cartera y monedero al librero para que se sirviera él mismo. A lo mejor les sucede algo parecido a estos originales gestores públicos y a quienes tenían como función vigilarlos: que les da asco el dinero.

Aunque, a primera vista, no lo parece. Blesa pretende que sea la aseguradora de Caja Madrid la que pague la fianza de 16 millones que el juez le ha impuesto. Ignoro en qué doctrina jurídica se basa esta pretensión a la que el juez se ha negado. Supongo que podría sostenerse en el caso de que la póliza de Blesa, si la tiene, cubra expresamente los costes que siempre acarrea la comisión de delitos, cosa improbable. Improbable debiera antojársele a Blesa y, si no es así, es porque, en efecto, este buen hombre es un daltónico moral, incapaz de distinguir los colores respectivos de lo público y lo privado.

Gracias a ese daltonismo, sin embargo, Blesa montó un imperio de presuntas fechorías de todo tipo, con el dinero de los impositores y lo blindó a base de comprar la voluntad de todos, todos, los representantes políticos, sindicales, empresariales en los órganos de la Caja. Ese apartado que apunta a la financiación ilegal de los partidos, también de todos, a través de unos donativos desorbitados a Fundaciones fantasma a cambio de nada, que canalizaban los fondos a sus organizaciones, o se lo quedaban por el camino o vaya usted a saber qué, revela un grado de corrupción sistémica que ninguna organización puede soportar mucho tiempo.

Su "España va bien" era el ambientador de ozonopino de un país tan corrupto que hedía y hiede a día de hoy por las tropelías que quienes usted nombró parecen haber cometido. No debe usted irse, como cuando ordenaba usted a Felipe González tan desabrida como contundentemente que se fuera. No lo haga usted y quédese. Quédese a explicar porqué pedía usted que la Caja pagara 54 millones de euros por una colección de las obras de un artista, Rueda, de sus preferencias pero cuyo nombre no suena como un Donatello. Quédese a explicar de una vez qué tienen ustedes que ver con los pájaros de la Gürtel, que estaban todos invitados a aquel bodorrio inenarrable de El Escorial y, de paso, a aclarar que fue de aquellos dos millones de dinero público que con los que pretendió usted comprar una medalla del Congreso de los EEUU que, al final, no le dieron.  Quédese por si al señor Rato le pica el rencor y le da por decir cosas sobre sus años de gobierno que a usted no le gusten, sobre todo en materia de privatizaciones. Cuando la gente entra en vías penales tiene reacciones muy extrañas. Y, por lo que vamos viendo, esas vías forman una densa red que cubre ya casi el país entero como un entramado de corrupción general.

Quédese a contemplar cómo resuelve el gobierno y su partido el penoso asunto de la expulsión de Rodrigo Rato, un hombre que pudo ser todo y a punto está de ser menos que nada. Aun así, también él aplica los esquemas de su boato pasado, cuando pide al juez que descuente de su fianza de tres millones de euros los 200.000 que devolvió en su día de la tarjetita de marras. Como economista, Rato no puede ignorar que el mismo abono no puede servir a dos conceptos distintos, tan distintos como depositar una fianza y pagar una deuda. Por la misma razón podía pedir que se le descontaran las cantidades que haya tributado a Hacienda por sus actividades, si es que ha tributado. Misma confusión, mismo daltonismo blesiano frente a lo público y lo privado. Tal es el hombre en el que el providencial Aznar depositó todas sus complacencias, hasta que se le escaqueó pues estos plebeyos no saben de nobles lealtades. ¡Que cambios trae la vida! Rato, que compartió balcón de Carabaña con un Aznar radiante, que acababa de ganar las elecciones de 1996, a lo mejor se ve forzado a pedirle una entrevista en un locutorio de Soto del Real.

Quédese a escuchar al presidente del gobierno en su inimitable estilo explicando cómo los feos asuntos presunta responsabilidad de esa persona de la que usted habla fueron descubiertos por el ministerio de Hacienda o los organismos supervisores y diligentemente puestos en conocimiento de la Fiscalía. Es el estilo de la casa. Aguirre destapó la Gürtel y Rajoy el caso Blesa/Rato. Es un desparpajo de cine. Todo el mundo sabe que el escándalo de las tarjetas salta en uno de los miles de mails de y a Blesa, que esta ha tratado siempre de ocultar, al extremo de conseguir apartar de la carrera judicial a un juez que quiso revelarlos. Si el asunto no salta en el mail no hay duda de que la colaboración del partido de Rajoy hubiera estado más en la línea de la que prestó en el caso Gürtel, sospechosamente parecida a la destrucción de pruebas.

lunes, 20 de octubre de 2014

Plazas y plazas.


A raíz de que Mas renunciara a la realización de la consulta del 9N en los términos previstos en la Ley catalana de consultas y el decreto de convocatoria, la Assemblea Nacional Catalana y Ómnium Cultural, las dos organizaciones soberanistas de la sociedad civil, convocaron una manifestación para ayer, domingo, en petición de que, de una u otra forma, los catalanes sean llamados a votar en una consulta. Como quiera que los nacionalistas españoles habían aprovechado la festividad del 12 de octubre para hacer una exhibición de fuerza y unidad en la plaza de Catalunya en Barcelona, las dos entidades soberanistas convocaron en el mismo punto. El resultado ha sido el que cabía esperar: mientras aquellos no conseguían ni de lejos llenar la plaza a pesar de contar con muchos recursos, apoyos oficiales, tiempo de preparación y acceso a los medios, estos otros, en condiciones peores y con una semana escasa de antelación han superado expectativas y conseguido una concentración que dobla o triplica fácilmente la de los nacionalistas españoles y deja claro quién tiene y es mayoría en Cataluña.
 
Con todos mis respetos hacia Podemos, organización naciente, nueva, original, prometedora, el destino inmediato de España se juega en Cataluña. La confrontación entre el movimiento soberanista y el gobierno central está enquistada en una negativa absurda del segundo a toda posibilidad de negociación con el primero. Es cierto que Rajoy afirma que esta dispuesto a negociar lo que sea siempre dentro del marco de la ley y la Constitución y siempre, también, que Mas renuncie a la convocatoria de toda consulta. Está suficientemente claro. Qué entienda Rajoy por "ley" y "Constitución" si no es exclusivamente la ley del embudo, ya se ha analizado en Palinuro en días anteriores. La pretensión de que Mas renuncie a la convocatoria si quiere negociar da una idea de la agudeza mental del presidente español que exige a su adversario prescindir de la consulta antes de negociar sobre ella y que se despoje de todo lo que pueda servirle en una eventual transacción. Es obvio que el gobierno no quiere consulta ni negociación ni acuerdo alguno y solo aceptará una rendición completa del soberanismo catalán. Se trata de lo que se llama el espíritu dialogante de la derecha española.
 
Es la fórmula más segura para el desastre. El movimiento catalán por la autodeterminación tiene un enorme respaldo popular, es transversal, posee una fuerza movilizadora muy grande y hace realidad esta idea tan propia de nuestra época de que las masas, las multitudes, que ahora son "multitudes inteligentes", deciden. Rajoy no solamente es incapaz de entender la cuestión catalana en abstracto, a la que llama algarabía, con una falta absoluta no solo de tacto sino de perspicacia, sino que tampoco la entiende en concreto. Se echa de ver en su creencia de que basta relacionarse con Mas, como si este fuera el dueño de Cataluña como él lo es de España y como si Mas pudiera desentenderse del sentir colectivo de la sociedad catalana como él lo hace del de la española. Es un error de cálculo garrafal. Mas es el principal responsable del nacionalismo catalán, pero este es un movimiento social muy amplio, denso, plural y muy activo, que toma sus propias decisiones y se las plantea al líder como los puntos de referencia a que este ha de adherirse. Mas no puede decir una cosa, pensar otra y hacer otra, como Rajoy; es un gobernante democrático al frente de un movimiento popular socialmente organizado, no un dirigente deslegitimado, que ganó unas elecciones mintiendo y que gobierna en contra de la mayoría social, habiendo convertido el embuste y la huera retórica en principios de gestión.
 
De ahí que fuera tan importante esperar a ver cuánta gente acudía a la convocatoria de la ANC y Ómnium Cultural y qué mensaje salía de la concentración. La asistencia ha sido, de nuevo, un éxito, que empequeñece hasta el ridículo la convocatoria de los nacionalistas españoles en el mismo sitio una semana antes, lo cual no impidió que sus intelectuales más o menos orgánicos, pero siempre a sueldo, la describieran como el punto de encuentro de un profundo y maridado sentimiento español a la par que catalán. El mensaje de ayer es rotundo: el movimiento soberanista quiere unidad y elecciones anticipadas a ser posible con una lista única. Mas prefiere seguir adelante con la consulta, si bien concebida y articulada de otra forma. Lo que el soberanismo le pide desde la calle es que continúe haciendo política y trate de articular ambas reivindicaciones.
 
Entre tanto y a la chita callando, el ministerio del Interior está ya preparando las fuerzas para proceder a la represión de la consulta el día 9 por la violencia si llegara el caso que, si llega, seguramente planteará una situación insólita y causará un gran impacto internacional. En otros términos, el nacionalismo catalán sigue llevando la iniciativa política mientras que el gobierno español solo tiene la represiva.

Definitivamente, y sin desmerecer a nadie, los destinos inmediatos de España se juegan en Cataluña.

La nación incierta.


Carlos Taibo (2014) Sobre el nacionalismo español Madrid: la catarata, 110 págs.
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Uno de los rasgos más característicos del nacionalismo español es la vehemencia con que lo niegan quienes lo practican. Escucha uno hablar a los políticos castellanos, andaluces, murcianos, extremeños y sale convencido de que en España no hay nacionalistas. Los nacionalistas son los catalanes, vascos y gallegos. El resto de los españoles está libre de esta terrible tara, de forma que debe de ser el único pueblo del mundo exento de ella.  Tanto es así que Taibo comienza su libro con una pregunta, "¿existe el nacionalismo español?" a la que dará respuesta dejando patente que, en efecto, existe como una concepción hegemónica dominante, excluyente, monopólica. Es, pues, una obra dedicada a desvelar una de las supercherías más características, esto es, la de que en España no hay nacionalismo y que los nacionalismos que en ella se dan son los "periféricos".
 
Coincido con el autor en este punto y no es el único en el que coincido. Practicamente lo hago con el conjunto de la obra, de forma que casi podría ahorrarme la reseña porque bastaría con decir que no tengo gran  cosa que añadir a lo que en ella se expone. No obstante, como hasta en las coincidencias hay matices, no será ocioso comentar los rasgos más interesantes de este breve trabajo que, según explica el propio Taibo, es una ampliación y profundización del prólogo que escribió en su día para un libro colectivo sobre este apasionante tema del nacionalismo español hace unos años.
 
Una vez refutada la idea de que España sea la única tierra del mundo libre de nacionalismo y asentada la de que es cuna de una de sus formas más agresivas, obstinadas y autoritarias, Taibo hace un recorrido por sus manifestaciones y rasgos. Distingue así un nacionalismo español esencialista y otro "pragmático", esto es, el que se postula por mor de la estabilidad política del país. No coincidente con esta división, pero muy relacionada con ella, se da la distinción entre nacionalistas ultramontanos y liberales, algo que la historiografía española señala con frecuencia. Es mérito del autor, que este crítico aplaude, señalar que, en realidad, ambos nacionalismos coinciden en su idea de la nación española como "invención de la tradición" (p. 39). Y me atreveré a decir que se queda corto. El nacionalismo español por antonomasia, el que siempre triunfa, se impone, coarta las posibilidades de expansión social de España es el más brutal y retrógrado, el nacionalcatolicismo, y el de estirpe liberal no pasa de ser otra invención de una historiografía llena de buenos deseos, porque, siempre que hay un problema, el sedicente nacionalismo liberal hace causa común con el nacionalcatolicismo, se funde con él, como sucede hoy día cuando, ante el llamado "órdago" catalán, Pedro Sánchez afirma estar con el gobierno de la derecha sin fisuras.
 
Una de las funciones de ese timorato y claudicante nacionalismo liberal es elaborar la doctrina puramente ideológica de que el desarrollo de España no tiene nada de excepcional y que, al contrario, es normal y homologable con el de las naciones del entorno. Atinadamente, Taibo pone en solfa esta cuestión (p. 46) y por parte de este crítico solo cabe señalar que se trata de un discurso legitimatorio de una realidad nacional como la española que solo ha podido mantenerse a lo largo de la historia mediante el empleo de la fuerza.
 
En la perspectiva actual, Taibo analiza el hecho de que la Constitución vigente española sea, en realidad, el principal baluarte de la concepción más obtusa y cerrada del pais como una única nación y la negación de todas las demás. El alambicado artículo 2, en conexión con el 8, que confía la integridad territorial de España al ejército, es muestra de una retórica redundante que prueba cómo el núcleo mismo del orden constitucional es la obsesión con el peligro de la fragmentación de España. Esto es suficientemente conocido. Menos lo es el tema que aborda el autor a continuación, el de la consulta en Cataluña que los nacionalistas españoles -esos que no son nacionalistas- rechazan al entender que no es aceptable se reduzca solo a Cataluña, ya que son todos los españoles quienes tienen derecho a votar en un asunto que a todos afecta. Aparte de señalar el absurdo de que quienes sostienen este punto de vista no saben cómo explicarse los casos de Escocia y Quebec, Taibo hace ver que esta posición, en realidad, es un cerrojazo a la posibilidad del ejercicio del derecho de autodeterminación de los catalanes, que el sistema político español niega de raíz (pp. 79). Negación de ese derecho es también la propuesta sucedánea socialista de reformar la Constitución en un sentido federal. Por mi parte he sostenido siempre igual punto de vista. Afirmar que no puede haber una consulta catalana sino que han de participar todos los españoles es una prueba de mala fe evidente ya que se presume que los españoles negarán la autodeterminación catalana por abrumadora mayoría. Dado que los catalanes son una minoría estructural en España, que jamás llegarán a ser mayoría, obligarlos a aceptar la decisión de la mayoría es llamar democracia a lo que no es otra cosa que la tiranía de la mayoría.
 
Analiza luego Taibo cinco argumentos que el nacionalismo español ha esgrimido en contra del catalán: 1º) si Cataluña es o no una comunidad política propia, que es obvio; 2º) si fue independiente en el pasado, que es irrelevante; 3º) si la autodeterminación tiene un tope en cuanto a las unidades territoriales que la ejerzan, que es razonablemente claro; 4ª) de quién sea la soberanía, ya tratado; 5º) si el independentismo catalán es algo más que la insolidaridad de los ricos, que quieren quitarse de encima los deberes para con los pobres (p. 81). Todos los argumentos, y algunos otros, como los rasgos del derecho de autodeterminación, su titularidad, la temporalidad de su ejercicio, etc, han sido ya debatidos y ninguno tiene especial consistencia. Por cierto, respecto al de que, siendo una nación rica, Cataluña quiere la independencia por razones insolidarias, cabe replantear la cuestión en otros términos. El problema no está en que haya zonas ricas en una entidad política; el problema reside en porqué las hay pobres. Sobre eso es sobre lo que hay reflexionar.
 
Dos capítulos más de la obra merecen reseña especial por lo atinado de su punto de vista: el del trasfondo económico del nacionalismo español frente a Cataluña y el muy interesante de la cuestión lingüística que, más o menos, sigue como en los tiempos de Nebrija: a una única nación en España corresponde una única lengua.
 
En resumen: no solo hay nacionalismo español sino que es tan agresivo, autoritario y excluyente como siempre y, en gran parte, impulsor del soberanismo catalán.  

domingo, 19 de octubre de 2014

Asaltar los cielos.


Vaya la que ha liado Iglesias con su intención de asaltar los cielos. El País reproduce el cartel de la película de López-Linares y Javier Rioyo de ese título y, rastreando el origen de la expresión en Marx, muestra luego su uso en la retórica comunista, pero recuerda que la figura procede de la mitología griega, vía romanticismo alemán. Si no yerro, está al menos en Schiller, y es una referencia colateral a la titanomaquia o guerra de los titanes contra los olímpicos. Pero los titanes perdieron y volvieron al averno mientras los olímpicos, la casta de la época, se alzaron con la victoria. Menos conocida es otra derrota. Al parecer, Hitler llegó a decir que, con el 6º ejército, quería tomar el cielo al asalto, lo lanzó contra Stalingrado y se quedó sin él. Mi ilustración, el famoso cuadro con autorretrato de Delacroix, la libertad guiando al pueblo no es de la revolución de 1871 sino de la de 1830, otra en donde también se iba al asalto del cielo.

Antiguo anhelo de la humanidad, nunca realizado, siempre renovado, época tras época, generación tras generación, hay que entender la expresión como broche de oro de la retórica de Podemos. Es una licencia poética y no hay que tomársela al pie de la letra cual si fuera un apunte contable, como hace un enfurruñado editorial de El País de hoy titulado Podemos se organiza en el que se arremete contra los dirigentes de la reciente formación, acusándolos de populismo, personalismo y manipulación, ignoro si a fuer de manipuladores o de manipulados o quizá de ambas tristes condiciones.

Tiene Podemos algo de populismo, sin duda, y de populismo patriótico, pero es nada comparado con el populismo que se gastan los demás partidos. Populista hasta dar grima es UPyD; populistas innumerables políticos del PP; populista Susana Díaz y hasta algunos ribetes populistas muestra Pedro Sánchez. Y populismos, además, la verdad, bastante vistos. Parece mentira que El País ni lo mencione. Y ya del populismo de la subclase delictiva y corrupta del sistema político no hace falta hablar. Toros, fiestas, jolgorios, procesiones, congregaciones y fútbol, mucho fútbol.

¿El personalismo? Igualmente inevitable. Diré más, como Hernández y Fernández, con su punto de narcisismo. Sin duda. Estoy tentado de añadir que a quien Dios se la da, san Pedro se la bendiga, porque no veo qué valor ni mérito tiene una crítica que no se dirige a las ideas sino a las personas. Argumenten en buena hora sobre las propuestas y dejen en paz a quienes las hacen.

En cuanto a la acusación de manipulación, si uno consigue superar el pasmo que produce escucharla en boca de El País, preciso es solicitar alguna explicación complementaria. ¿Exactamente en qué consiste la manipulación? ¿Cómo se prueba? ¿En qué distorsiona Podemos la verdad, la veracidad, la realidad o la sinceridad? ¿En qué miente? Claro que quizá El País no quiera decir que Podemos manipula sino que está manipulado. El desván conspiranoico guarda una teoría según la cual Podemos es una invención del PP para fastidiar al PSOE. Más o menos.

Cierto, con algo más de razón se pide a Podemos que haga el favor de precisar sus propuestas en términos inteligibles, verosímiles y que puedan compararse con otras. Pero la petición es prematura. Precisamente esta Asamblea tiene ese cometido. Así que habrá que esperar a ver qué dicen antes de ponerse nervioso y presumir que no van a decir más que disparates.

Más importante me parece una cuestión que anduve rastreando todo el día; en concreto, cuál fue la asistencia al acto de Vista Alegre. No había fotos en las redes, lo cual era sospechoso. Finalmente fueron filtrándose algunas, que mostraban vacíos muy considerables. Ninguna panorámica. Por último, salieron los datos: unos siete mil asistentes. A los socialistas les faltó tiempo para colgar en Twitter y FB fotos de Vista Alegre en sus mítines con lleno hasta la bandera y la de ayer con mucho espacio vacío. Tampoco he visto referencias a este dato en las crónicas y noticias, como si no fuera relevante. Y lo es. Los socialistas, a quienes los de Podemos quieren derrotar en las elecciones, llenaban Vista Alegre y los de Podemos, no. Se quiera o no, es algo significativo, porque contradice la tendencia ascendente que reflejan las encuestas y permite augurar la masiva presencia mediática de los líderes, e ignorarlo no conduce a nada. Conozco tres razonamientos de consolación:

Primero: los sociatas llenaban Vista Alegre en otros tiempos. La cuestión es si lo llenarían ahora. Seguramente tampoco, pero eso no borra los vacíos de ayer.

Segundo: en realidad, este es el precio que se paga por no fletar autobuses de todos los puntos y pagar el bocata al pasaje. Quizá. Pero Podemos, que es una fuerza predominantemente madrileña, obtuvo en Madrid casi 250.000 votos. La asistencia a Vista Alegre es el 2,8 por ciento de esa cantidad y suponiendo que los 7.000 asistentes sean madrileños. Un porcentaje muy bajo, demasiado bajo para una opción nueva, dinámica, muy abierta, con mucha proyección pública y que levanta tantas expectativas. ¿Es posible que la ubicuidad mediática de Podemos y sus dirigentes actúe en contra de su faceta presencial? Lo es, desde luego, y no está claro si es bueno o malo. Por si acaso, convendría pensar sobre ello e interpretarlo.

Tercero: lo presencial en un partido fuertemente implantado en las redes y que tiene un funcionamiento telemático no es tan relevante como antaño. También es argumento digno de consideración. Pero no hace mucho al caso. Sin duda Podemos tiene la más alta proporción de internautas entre los partidos. Pero, justamente por eso, la asistencia debió haber sido mucho mayor  pues los internautas ya no están amarrados a los sobremesa y pueden seguir navegando mientras se desplazan a interaccionar con los otros presencial y virtualmente al mismo tiempo. Entre otras cosas, hoy habrá otra interesante comparación: la que permita ver a cuánta gente movilizan los soberanistas en la Plaza de Catalunya en Barcelona.
 
Definitivamente, siete mil para asaltar los cielos son pocos. Las legiones angélicas, al mando de San Miguel y a las órdenes de la casta de hoy, son mucho más poderosas.

El ocaso del imperio.


Con motivo del viaje a Barcelona, a participar en un seminario de la Fundación Josep Irla sobre el derecho a decidir, nos hemos dado una vuelta por la exposición de fotos de Ryszard Kapuczinski que hay en el Palau de la Virreina, en la Rambla, titulada el ocaso del imperio. Son 36 instantáneas tomadas entre 1990 y 1991, en un largo viaje por la entonces todavía Unión Soviética. El famoso fotoperiodista y escritor polaco, fallecido en 2007, recorrió todo el país, de Este a Oeste y de Norte a Sur, tomando fotos que luego conservó celosamente, no expuso nunca, pero son el telón de fondo de su célebre libro Imperio, publicado en 1993, en el que reflexiona sobre el hundimiento de la URSS. Las fotos salieron a la luz en 2010 y se expusieron primeramente en Varsovia; después, algo disminuidas en número, empezaron su gira. La exposición ya había pasado por Madrid, pero no llegué a verla. No sé porqué, pues es muy interesante.

Puede decirse que Kapuczinski fotografió el fin del comunismo. La Unión Soviética comenzó su colapso acelerado en 1990, pasó por el intento de golpe de Estado del vicepresidente Guennadi Yanáiev en agosto de 1991, el encumbramiento de Boris Yeltsin y el fin de la URSS. Es decir, estuvo presente y dejó testimonio de lo que suele llamarse un hito histórico. Sobre eso reflexiona después lúcidamente en Imperium que, además, tiene una fuerte carga personal porque, a diferencia de otros testimonios, el de Kapuczinski tiene el interés de que se trata de alguien muy cercano al fenómeno, que habla ruso, que es eslavo, que ha sido comunista y polaco.
 
Y esas reflexiones nos vuelven en la visión de estas fotografías que dan testimonio de dos circunstancias que el autor sabía tratar muy bien pues se había especializado en ellas en sus correrías por el mundo, sobre todo por el África: la pobreza, la miseria y las turbulencias políticas. La Unión Soviética que Kapuzcinski visitó en 1990 esra un imperio andrajoso, miserable, atrasado, excepto en las grandes ciudades. En estas también se vivía un tiempo de intensa agitación política. La Perestroika había abierto las compuertas a la expresión democrática y hubo un estallido de pluralismo social y político, hasta entonces tan oculto como la pobreza de la gente por la propaganda oficial.

Son fotos que muestran un país en estado decrépito: monumentos vandalizados, campos yermos, carreteras descuidadas, cementerios abandonados, ruinas por doquier y, al mismo tiempo, en plena efervescencia política, mítines antigolpistas, protestas sindicales, manifestaciones democráticas, procesiones zaristas y de popes, actos contra la represión en Rusia y en las repúblicas. A medida que el comunismo moría, la sociedad iba despertando del letargo, reviviendo, recuperando las calles. Un tiempo en verdad interesante. Hubiera podido pasar cualquier cosa. Y, de hecho, pasó. La presidencia de Yeltsin, que este se ganó, por cierto, parando el golpe de Estado en contra del infeliz de Gorbachov, inaugura la era de los gobernantes que rompen el modelo de los de la guerra fría. Yeltsin es el precedente de Berlusconi. Y pudo pasar mucho más. Una de las fotos, la ilustración de este post, muestra un manifestante pidiendo la presidencia de Solzhenitsyn, a quien se había devuelto la ciudadanía en 1990 pero que no regresó a Rusia hasta 1994. Es casi un ejercicio de fantasía literaria imaginar qué hubiera sido de Rusia bajo la presidencia del autor del archipiélago Gulag.