viernes, 27 de marzo de 2015

La Ley Mordaza, vía de vuelta a la dictadura.


El Congreso aprobó ayer el mayor asalto que se ha dado en España a las libertades y derechos de los ciudadanos desde 1978. Una ley y una reforma del Código Penal inspiradas en un espíritu autoritario, ordenancista, intimidatorio y represivo. Unas normas que vienen a institucionalizar un estado de excepción low cost. Una especie de ley de plenos poderes para las fuerzas de seguridad, lo cual da a este golpe a la democracia unos ribetes castrenses pues una de las fuerzas de seguridad, la Guardia Civil, tiene naturaleza militar. Esta ley desprotege a los ciudadanos, les arrebata la tutela judicial en el ejercicio de sus derechos y entrega la potestad indagatoria y sancionadora a las autoridades administrativas y, en concreto, a la policía. Por eso, la oposición, en rara unanimidad, califica la realidad que la norma instaura como Estado policía.
 
Establecer por ley la impunidad y el secreto de las actuaciones policiales en el control del orden público equivale a dejar a los ciudadanos a merced, no de los jueces, sino del gobernante de turno en el que hay que presuponer un equilibrio mental y una ecuanimidad que no vienen avaladas por la experiencia inmediata. A los hechos me remito: su principal inspirador, Fernández Díaz, tiene por costumbre retirarse a rezar en el Valle de los Caídos, en la proximidad de la tumba del Caudillo, cuyo espíritu ilumina al ministro, como se ve.

El PP ha aprobado está monstruosidad en el Congreso por 181 votos a favor y 118/120 en contra. Mayoría aplastante, desde luego, necesaria cuando se realiza una reforma de la importancia de esta. Tan sobrada que los autores pueden prescindir de cualesquiera alianzas y consensos y aprueban la norma con el voto en contra de toda la oposición. ¿Y qué? Los síes han sido el 60,1% y los noes se han quedado en un escuálido 39,8%.

Pero ¿es tal mayoría? Los 181 votos sí representan a 10.866.566 de votantes, o el 44,6% del voto, mientras que los 120 diputados de la oposición representan a 12.533.712 de votantes o el 50,58%. O sea, no son mayoría entre los votantes y todavía lo son menos en relación a los electores: el 30,3%, siempre según datos del ministerio del Interior. Es decir, un tercio de la población impone a los otros dos tercios una concepción del orden público arbitraria, policial y, en el fondo, dictatorial. Las energías que el Estado debiera emplear en perseguir, erradicar y hacer imposible en el futuro la corrupción, las emplea en perseguir, reprimir y silenciar a quienes protesten contra ella.

Si la oposición es capaz de unirse en un frente del "no", aunque sea a modo de inocente pataleo, ¿cómo no es capaz de hacerlo en otro frente del "no", pero más contundente porque no es contra una ley sino contra el gobierno? ¿Cómo no presenta una moción de censura? ¿Que hay resquemores de que esa medida favorece al PSOE? Quizá sea llegado el momento de dejarse de rencillas y atender al interés general. Y, si la unidad no se produce, ¿qué impide al PSOE presentarla en solitario? En solitario ha aprobado el PP la Ley Mordaza que instaura una especie de estado de excepción policial.
 
Un pesimista diría: apresúrense ustedes, antes de que se tipifique la presentación de una moción de censura como alteración punible del orden público y les caiga una multa descomunal, como si se estuvieran manifestando ante una central nuclear o una iglesia.

jueves, 26 de marzo de 2015

El accidente.

Minutos después de conocerse la noticia del accidente del vuelo GWI9525 de Germanwings empezaron a aparecer tuits insultando a las víctimas por ser catalanas. Se enconó la cosa, hubo muchas protestas, se recogieron los tuits más ofensivos y se denunciaron, la policía empezó a investigar y algunas de las cuentas más infames desaparecieron. Todo eso en unas horas. Por supuesto, el contenido de la mayoría de los tuits insultantes, criminal.

Este hecho parece dar la razón a los pesimistas civilizatorios cuando dicen que, según avanza el nivel tecnológico de la humanidad, se degrada su condición moral. En mi opinión no es así, no porque haya otro tipo de relación entre el desarrollo tecnológico y el moral sino porque no hay ninguno. La naturaleza humana es invariable y eterna. Eso es lo que nos permite entender a nuestros antepasados del paleolítico y permitirá a nuestros sucesores entendernos a nosotros dentro de 20.000 años, hasta que la naturaleza humana cambie, cosa que no es descartable sin más, claro.

Pero, mientras no cambie, incorporará un grado difícil de medir de maldad. El problema de la existencia del mal quizá sea el más profundo de la filosofía, le ética, la teología. El mal y sus parientes, la crueldad, la saña, la alegría por el dolor ajeno. Lo que hace la tecnología es evidenciarlo, no suscitarlo. Y obligar a tratarlo como lo que es, como un delito. O sea, que de haber alguna relación entre tecnología y moral, sería positiva. Aunque modestamente. Tipificar como delitos la manifestación pública de tal bajeza moral y la injuria a las víctimas y sus allegados es, a todas luces, un avance. Pero justamente, esa tipificación testimonia que se trata de una realidad. Y una realidad permanente. Quizá perenne. El peor enemigo del ser humano es el ser humano. Un lobo, decía el filósofo. Y una hiena, y un buitre y una cucaracha.

Palinuro no entiende nada de aeronáutica y, tras escuchar a varios tertulianos expertos en aviación, está peor que al principio. Espera el dictamen de las autoridades cuando hayan estudiado el contenido de las cajas negras. Con un punto de escepticismo porque no es infrecuente que se mantenga alguna disparidad de criterios y haya versiones encontradas de las causas del accidente. Ojalá estén ahora claras.

Llama la atención la celeridad con que las organizaciones de compañías low cost han salido a atajar las interpretaciones que vinculan precios bajos con baja seguridad. Y la celeridad con que la prensa se ha hecho eco del desmentido, añadiendo estadísticas. No hay, se dice, relación directa entre el low cost y la siniestralidad. No la habrá si así lo dicen las estadísticas y los expertos. Pero en esa negación hay algo que choca el normal y pedestre sentido común: este airbus A320 que se ha estrellado tenía más de veinticinco años y más de 58.000 horas de vuelo. Lufthansa lo había apartado del servicio y lo había vendido, probablemente como hace con docenas de otros aparatos cuando hayan realizado determinadas horas y kilómetros de vuelo. Germanwings lo había comprado, sin duda a buen precio, aunque esto, a su vez, acabe siendo lioso porque, al fin y al cabo, esta empresa es una filial de Lufthansa. Pero, a lo nuestro: no sé si habrá alguien en la tierra que sostenga que montar en un avión de un año y 3.000 horas de vuelo, por ejemplo, sea tan seguro como hacerlo en otro de 25 años y 50.000 horas de vuelo. Además, si así fuera, ¿por qué los venden las compañías? ¿Solo porque los modelos nuevos traen mejoras estéticas pero no de seguridad? No es creíble.

La idea es clara: low cost no quiere decir high risk. Pero ¿qué quiere decir low cost? Pues lo que dice: bajo coste. No bajo precio, que es como se ha interpretado porque, en efecto, los precios son muy bajos. Esta es la esencia misma de la competencia en el libre mercado, eje del espíritu capitalista: prosperas si eres capaz de ofrecer el mismo bien o servicio a menor precio. Quien lo consigue, hace negocio, como sabemos desde la historia del Ford T y de mucho antes. ¿Cómo se reducen precios? La vía más normal y recurrida es reduciendo costes. ¿Cuáles? En principio, los superfluos. Las líneas low cost son, en realidad, líneas no frills. Pero tales reducciones pueden tener efectos colaterales que incidan en la seguridad. Por ejemplo, costes de personal, horas de vuelo, periodos de descanso, ritmos de trabajo. Eso se puede llamar de muchos modos. Uno de ellos es el aumento de la productividad que, haciéndose siempre en nombre del beneficio, acaba considerando a las personas como mercancías; la tripulación como mano de obra explotable y el pasaje como bultos a los que hay que acomodar en el mínimo espacio posible. Y ahora, después de la impresión del accidente, de la consternación y el trastorno, a lo mejor empieza una batalla legal. Es de suponer que las víctimas viajaban en unas condiciones de seguro aceptables. Porque los seguros también son costes y también reducibles.
 
Las low cost son producto de la competencia entre líneas aéreas. La competencia es el alma del capitalismo, ese sistema que se escandaliza justamente ante la degradación moral de la gente pero, a su vez, degrada la vida de esa gente que no solamente viaja en vuelos low cost sino que es probable que tenga empleos low cost, salarios low cost, viviendas low cost, educación low cost, sanidad low cost y pensiones low cost. O sea, una vida low cost.

miércoles, 25 de marzo de 2015

Pedro y Pablo apóstoles en falta.

Pedro y Pablo son los dos grandes pilares de la Iglesia. Cuando, la de Jerusalén, los pilares eran cuatro, Pedro, Pablo, Juan y Santiago. La de Roma se ha quedado con los dos más importantes, Pedro y Pablo, tan importantes que personifican el supuesto en que excepcionalmente la Iglesia admite la disolución del matrimonio válido, el llamado "privilegio de la fe", que se subdivide en privilegio paulino y privilegio petrino o privilegio de Pablo y privilegio de Pedro.

Pedro y Pablo, los apóstoles por excelencia. El uno, sencillo hombre del pueblo, pescador de profesión en quien Cristo confía tanto (a pesar del tercer canto del gallo) que le entrega las llaves del cielo, con las que de siempre se representa al hijo de Jonás. El que hace y deshace aquí en la tierra. Pablo, el fariseo azote de Dios, culto, refinado, políglota, a quien Cristo, que lo reclutó ya desde las alturas, confió la tarea de convertir a los infieles, sin duda con la misma espada que antes usaba para perseguir cristianos. Siempre se le representa con ella.

Las llaves y la espada. Las llaves guardan la casa; la espada la defiende y ataca la vecina. Orden, defensa y ataque. La vida misma de la Iglesia militante.

Militancia e intensa es la de estos otros dos Pedro y Pablo. Los dos jóvenes, nuevos, impetuosos, con un punto de caudillismo y bastante carisma, aunque de especie y especia distintas. Pedro, al frente de una de las organizaciones políticas más longevas del país, siente el peso de la estirpe y agita las llaves de un baluarte medio destartalado en un escenario en el que se encuentra a gusto pero desearía reformar. Lo suyo es una tarea de orden y defensa. El ataque viene del lado de Pablo, quien blande la espada al asalto de un orden anquilosado que él reputa desorden por estar basado en la injusticia.  En realidad, antes que asaltante, se ve como defensor de los débiles, pero aplica la acrisolada doctrina de que la mejor defensa es un buen ataque.

Los dos están movidos por una firme voluntad de ganar. Pablo, como es primerizo y procede de la marginalidad, lo dice más veces, para hacer verosímil la victoria. Pedro, más del mainstream institucional, da por supuesto el conocimiento universal de su voluntad y su seguridad de ganar.

Son dos buenos apóstoles de sus causas. Harían bien en hablar alguna vez y conocerse. A lo mejor no se veían como tan rivales. Quizá se confesaran el uno al otro sus carencias. Sobre todo las dos más evidentes y que más coartan sus posibilidades de afirmarse como opción ganadora y/o hegemónica en la izquierda. Esas dos deficiencias que los muestran como apóstoles manqués.

En el caso de Pedro se trata de la calidad de su labor de oposición parlamentaria. No hay ninguna razón válida para no presentar una moción de censura. Odón Elorza la ha pedido. Pero no he visto que nadie se haya dado por aludido, ni que nadie haya planteado un debate serio (y breve) sobre el asunto. Sin embargo, los últimos desarrollos procesales, así como la cascada de escándalos de corrupción que ahora vuelven a tocar a la inenarrable señora Barberá, muestran que la situación política es insostenible. Este gobierno no solo carece de legitimidad y autoridad sino que ni existe. El Parlamento, tampoco. El país está en manos de una asociación de gentes absortas en su supervivencia procesal, preparando febrilmente elecciones para perpetuarse en el poder con las prácticas que les son habituales. La moción de censura es una medida obligada de la oposición para dar al país a conocer que, en mitad de este increíble gatuperio, hay una opción alternativa viable. No hacerlo es un abandono irresponsable o algo peor.

La carencia de Pablo es no haberse distanciado claramente de la opción política más o menos comunista de IU. Bien por afinidades electivas, por formación, talante o memoria, el fundador de Podemos no ha conseguido evitar el abrazo "fraternal" de esa izquierda que se llama a sí misma transformadora cuando no ha transformado nada nunca. No se ha atrevido a matar al padre. O al abuelo. Al contrario, ha mostrado su veneración por este y se ha dejado ungir por él como la verdadera izquierda, cuya fórmula solo él conoce. Sin embargo, la fuerza de Podemos era crear una opción democrática radical, separada de la socialdemocracia y del comunismo o neocomunismo. Un nueva izquierda. Pero no había tal. La decantación por una de las viejas ha sido patente y se ha mostrado en que todos los ataques han ido dirigidos al PSOE. No al PP. El PP aparece cuando se recita la fórmula PPPSOE o la del "bipartidismo", música celestial para sus conservadores oídos sobre todo cuando el fanatismo lleva a los de Podemos a adjudicar al "bipartidismo" la pérdida de los 17 escaños del PP. No valoro la cuestión de la armonía entre las corrientes políticas internas de Podemos. No hace falta. Si no se produce una identificación de una izquierda autónoma, propia, sin servidumbres doctrinarias, libre y con principios, lo interno será tan irrelevante como lo externo.

Si los dos apóstoles quieren llegar a donde se proponen tienen que soltar lastre.

La primera foto es de PSOE Extremadura, con licencia Creative Commons; la segunda, otra de Olaf Kosinsky / Wikipedia, también con licencia Creative Commons.

martes, 24 de marzo de 2015

Moción de censura a esta tropa.

El juez Ruz ha concluido su instrucción del caso Bárcenas, la caja B, los sobresueldos y otras presuntas mangancias del partido incompatible con la corrupción. Solo se trata de una pieza de ese gigantesco entramado de presunta delincuencia que ha erigido en veinte años el PP. Una construcción tenebrosa, grotesca, casi gótica, como una de esas cárceles imaginarias de Piranesi, pero cuyo descubrimiento ha conmovido el sistema político español. El reino de España reducido a la peripecia personal de un presidente que debió haber dimitido desde el primer día, pero que se ha empeñado en apurar las heces de la copa y hacérselas tragar al conjunto de la sociedad.

De este auto de Ruz seguramente no se derivarán consecuencias jurídicas de importancia dado que el comportamiento más reprobable moralmente, la financiación ilegal, no es delito y muchos otros posibles han prescrito y, de poder juzgar alguno, sería por fraude fiscal. Una situación similar a la de Al Capone en su día.

Pero si, jurídicamente hablando, el auto de Ruz tiene solo un valor informativo, dadas las peculiaridades de nuestro ordenamiento, políticamente es una narración explosiva. El escrito del juez es un relato que podría incorporarse a la gloriosa historia de la literatura picaresca a gran escala. El PP lleva por lo menos 18 años financiándose ilegalmente a través de una caja B o doble contabilidad oculta en la que gestionaba los fondos que recibía sin deber y de los que se nutrían los más diversos cargos, mordidas, chanchullos, comisiones, pagos en negro, sobresueldos. El reino de la corrupción extendida e impune.

El responsable político por partida doble de este quilombo de cimarrones de la ley es Rajoy, como presidente del partido y del gobierno. En cualquier otro país del mundo, un mandatario en esta situación procesal, presidente de un partido al que un juez imputa delitos, hubiera dimitido ya. Aquí, no. Aquí es al revés y es el sospechoso de corrupción el que trata de hacer dimitir a los jueces o que los inhabiliten.

En su célebre comparecencia parlamentaria del 1º de agosto de 2013, que tachonó de mentiras, Rajoy aseguró enfáticamente que en el PP no había caja B. El juez la da por probada. Solo por eso, Rajoy debiera haberse ido. Pero espérense ustedes no pague el juez caro su atrevimiento. No pudo negar los sobresueldos, pero los equiparó a los pluses de productividad de las empresas, lo cual es tan verosímil como comparar el PP con Cáritas. Al no colar lo de los pluses de productividad, los perceptores de sobresueldos en el PP, empezando por Rajoy, callan; no afirman ni deniegan haber estado forrándose. En esa sesión tuvo que admitir la autoría de unos infamantes SMS a Bárcenas ya en la cárcel que revelan un talante de absoluta complicidad.

Y, después de esto, colorín colorado. Ni una explicación más sobre la corrupción que ha seguido creciendo hasta inundarlo todo y ser la segunda preocupación de los españoles. Es lo que Hernando, portavoz parlamentario de esta asociación de sobre-cogedores, llama "haber dado suficientes explicaciones". O sea, ni una. Pero el gobierno se ha dedicado a obstaculizar la acción de la justicia de mil maneras a fin de impedir que se aclaren los hechos. Ha destruido pruebas, demorado su entrega, se ha personado en la causa en posible fraude procesal, ha presionado a los jueces, maniobrado en todas las instancias con el único objetivo de impedir que el presidente se siente en el banquillo y ha embarullado cuanto ha podido. Todo el aparato del Estado al servicio de la defensa procesal del presidente, desde la presidencia del Congreso a la Agencia Tributaria.

Presidente que sigue y seguirá negándose a comparecer en sede parlamentaria o a dar ruedas de prensa abiertas con proguntas libres y no pactadas. La oposición, muy enfadada, casi indignada, anuncia que estrechará el cerco sobre Rajoy y pedirá, como cada martes, su comparecencia que su guardia pretoriana negará en redondo también como cada martes. Bueno, además, se freirá a preguntas al ministro Montoro cuyas andanzas, recientemente descubiertas, darían para un segundo Buscón don Pablos. Hasta es posible que se pida su reprobación. Vale igualmente. Montoro contestará lo que le dé la gana y de reprobación, ni se hablará.

Si la oposición mayoritaria socialista quiere que se la tome en serio, tendrá que hacer algo más consistente que lamentarse sentada en el zaguán de su grupo parlamentario o chivarse a los periodistas de que no la dejan hablar.

Tendrá que presentar una moción de censura, como es su derecho y su obligación en una situación de emergencia crítica, con un gobierno únicamente pendiente de que no lo enchironen.

Palinuro se niega a explicar las ventajas e inconvenientes de la moción de censura. Ya lo hizo en su día. Basta con refrescar. Solo una moción de censura puede clarificar la situación y devolver al electorado la confianza de que hay un recambio. Es el momento de Sánchez para consolidar su posición. Puede aprovechar las sinergias de la victoria de su partido en Andalucía, en donde ha derrotado rotundamente al del gobierno y ha detenido el avance de los novísimos que se han limitado a destrozar el huerto de la familia.

Permítase por un momento a Palinuro interpretar uno de los papeles dramáticos más impresionantes, el de Lady Macbeth cuando le dice a su marido: ¿No te atreves a hacer lo que deseas? Y escúchese si Sánchez responde, como Macbeth: Me atrevo a lo que deba atreverse un hombre. Quien se atreva a más, no lo es.

lunes, 23 de marzo de 2015

Podemos... pifiarla.

Palinuro prometió ayer elaborar algo más el análisis de urgencia a las tres horas del cierre de los colegios y así lo hará. Pero sin mayor demora porque, por un lado, lo expuesto se tiene de pie y, por otro, en este mundo a toda velocidad, las elecciones son ya pasado y ahora encaramos otros asuntos pues cada día tiene su afán.

Hay interpretaciones según las cuales Podemos triunfó en Andalucía; pocas, pero las hay, pues toda colectividad tiene sus incondicionales, esos que los ingleses llaman die hards. Pero hablan de triunfo en tono menor. Nada de arrollador. Y el término "terremoto" ha desaparecido. Para la mayoría, lo de ayer fue una derrota de Podemos. La primera. No en términos absolutos (15 nada desdeñables escaños) sino relativos a las pretensiones de ser el partido más votado. Esas pretensiones venían dictadas por la embriaguez del resultado de las elecciones europeas. Los estrategas olvidaron que los resultados electorales nunca son extrapolables a nada de antemano y menos los de unas elecciones europeas que el electorado apenas se toma en serio.

Podemos arrancó con una promesa muy atractiva en tiempos de crisis económica y política: constituir una izquierda radical y democrática, algo entre la socialdemocracia y el comunismo. El sempiterno sueño de la Nueva izquierda. Su oposición al PSOE fue clara desde el principio; sus relaciones con IU, en cambio, o sea con el comunismo, no lo fueron en absoluto. Absorbió su base electoral pero no pudo mantener a distancia el aparato que se obstinaba converger. Acabó en una forma confusa en que hay pero no hay convergencia. E identidad de discursos en el ataque común al PSOE. Es decir, como siempre, no hay terceras partes. Nada entre el PSOE e IU, sobre todo cuando esta saca a Anguita en la campaña poco menos que pidiendo el voto para Podemos con el único fin que siempre persigue, hundir el PSOE y el único que realmente consigue, hundir su propia opción. Y eso es lo que Podemos ha cosechado: rota su imagen de nueva izquierda aparece la realidad de la vieja izquierda neocomunista, anguitiana, del sorpasso. Lo que importa es que no gobierne el PSOE. Lo he leído por ahí. Lo que quiere la derecha. En su origen y primeros recorridos, Podemos traía una promesa interesante de nueva política. Al situarse en el territorio de la vieja izquierda antisocialista asegurando al tiempo no ser de derechas ni izquierdas, se ha convertido en un bluff. Y en Andalucía se lo han visto

Son cosas elementales. El PSOE tiene 140 años, se confunde con la historia de este país, cuenta con una memoria de generaciones y voto de tradición familiar. No es un chiringuito como el PP, armado para ganar elecciones y vivir del erario a base de corrupción, aunque no deje de haber habido casos. Pero nadie se atreve a decir que el PSOE sea un partido corrupto. Eso es lo que busca la frecuente equiparación entre el PP y el PSOE que el PP no acepta y el PSOE tampoco (y con bastante sentido ambos, por cierto) y solo convence a los que la acuñan, cuyo ánimo es más bien como de brocha gorda. El PSOE no es el PASOK, otro chiringuito fundado por la familia Papandreu en los años 70 del siglo XX, y no va a venirse abajo como un castillo de naipes por mucha ilusión que le echen quienes soplan.

¿Los otros contendientes? El PP, batacazo, ha perdido 17 escaños. ¿Pocos? ¿Muchos? Nada extraño. El PP no está para elecciones en Andalucía o en la ínsula Barataria. Más duros tienen pinta de ser los resultados de las municipales y autonómicas de mayo. Y de las catalanas de septiembre ja en parlarem, pues prometen ser suculentas. Ciudadanos sí que ha tenido un exitazo con sus nueve diputados. Seguramente vienen todos del PP y, de ser así, C's se configura como verdadera amenaza de sifón de la derecha. Cunden los nervios en el PP porque su marca blanca es demasiado blanca y puede aventajarlo en votos. Pero a quien más daño hace Ciudadanos es a Podemos. Esos 9 escaños valen por los 15 de los otros. Cuando Podemos quiere justificar sus pobres resultados señalando falta de medios y de visibilidad mediática, Ciudadanos presenta unas cuentas mucho más pobres; rayanas en cero: cero medios, cero visibilidad, los andaluces no conocen ni las caras de los candidatos y menos sus nombres. Y nueve diputados. 
 
Estas elecciones, en el fondo, eran una pugna dentro de la izquierda: la socialdemocracia frente al neocomunismo de fuerte componente carismático. Una lucha por la hegemonía. Podemos la teorizaba con propuestas miríficas, de esas de empoderar a la gente, recuperar la dignidad, asaltar los cielos, la soberanía, la patria y Simón Bolívar. Pero la practicaba a la más tradicional usanza de la vieja política: con un acto de masas, un mitin multitudinario en el velódromo de Dos Hermanas, ante 14.000 seguidores, cuando los socialistas solo congregaron 5.000, los del PP otros tantos, los de Ciudadanos se reunieron en la lonja del pescado y los de UPyD, tomando el té de las cinco. 14.000 enfervorizados seguidores del sí se puede en un espacio público. Para un partido que presume de ser en parte mediático y en parte un ciberpartido, ese acto recuerda mucho los mítines de la República en alguna plaza de toros con un político declamando ante un micrófono de RKO. Resumo con el colofón de ayer: o se es más listo y menos engreído; o se estudia algo más el terreno que se pisa, se conoce al enemigo y, sobre todo y en este caso especialmente, al amigo; o se buscan asesores más competentes.
 
Tocan ahora las coaliciones y, por supuesto, también la posibilidad de gobierno minoritario con apoyos ocasionales que quizá sea lo más conveniente mientras el personal se aclara. Y un dato sobresale ya: el eje de todas ellas es el PSOE. Los de Podemos, en su inimitable jerigonza, lo llaman la centralidad del tablero, pero quienes la ostentan son los socialistas. Díaz dijo que no pactaría con el PP ni con Podemos. Pero no hay nada escrito. Su obligación es formar el mejor gobierno posible para Andalucía. Si es en solitario, en solitario. Si es en coalición, en coalición y ninguna es descartable. Palinuro, ya se sabe, propugna la alianza con Podemos. También estos tendrán que comerse sus palabras de aliarse con el PSOE solo si cambia de rumbo 180º. A lo mejor lo más adecuado es que ellos cambien 120º y el PSOE 60º. Eso ya se verá. Sin concesiones no hay coaliciones. Pero Podemos no puede olvidar, aunque no le interese decirlo, que el PSOE no los necesita para gobernar. Centralidad.