viernes, 31 de octubre de 2014

La democracia pretoriana.


Una de las vías de escape de Rajoy ante cuestiones incómodas es recordar que su gobierno va a presentar un "paquete" de medidas de regeneración democrática. Ya tiene guasa que, a los tres años de gobierno, haya que regenerar la democracia, aunque siempre se podrá decir que la culpa es de Zapatero. El nuevo comisario político de RTVE lo hará. Regeneración es la palabra de moda, el santo y seña de los leales en estos momentos turbios en los que hasta tus compañeros de pupitre resultan ser unos chorizos y muchos con sus puntas de putañeros, bebedores y jugadores. La crème de la crème del neoliberalismo castizo en el jardín de las delicias a costa del contribuyente. Regeneración. Regresa un Bárcenas de esquiar en Chamonix con cargo a la caja B o la C o la D de ese partido que más parece un bargueño de mil cajones, alguno secreto. Regeneración. Se le desparraman los emails a Blesa a la vuelta de un safari en Kenia, de matar antílopes en compañía de alguna agraciada señorita y se conocen las francachelas de los caballeros de la mesa redonda y la tarjeta negra. Regeneración. Se le van las cuentas a Acebes de haber sostenido con fondos de la caja B el periódico Libertad Digital, faro del neoliberalismo, y se descubre que hasta esos fondos a tan noble causa destinados, han desaparecido. Regeneración. Hay alcaldes, presidentes de diputación, de comunidad autónoma en prisión, preventiva o firme. Regeneración. Llevamos treinta meses regenerándonos o escuchando avisos de cómo vamos a regenerarnos.

En realidad, llevamos ciento cincuenta años porque no es casualidad que la palabra de moda sea la consigna de los regeneracionistas del XIX. Ahí estamos. Exactamente ahí. En la segunda restauración borbónica hay dos partidos dinásticos, corroídos por la corrupción (uno muchísimo más que otro), la burocratización, los intereses creados y la política que antes venía a conocerse como turnismo y hoy se llama de de captura de rentas. El Rey va a lo suyo y los partidos dinásticos están dispuestos a cubrir sus borbonadas mientras no se lance a aventuras militares, cosa altamente improbable pues no hay con qué ni en dónde. La Iglesia, amparada en unos Acuerdos con el Vaticano de 1979 que nadie se atreve a denunciar es, comparativamente hablando, más rica propietaria que antes de Mendizabal. Razón por la cual, si alguna vez llegara al poder algún partido sensato de corte europeo, tendría que denunciar los Acuerdos y ordenar una desamortización. La patria, como siempre, convulsa, amenazada de desintegración por la deslealtad o el heroismo nacional de los redentores, según el punto de vista que se adopte.

Dios, Patria, Rey. Los tres pilares del integrismo nacional español están tocados y el sistema político en que se articulan es el mismo andrajoso, miserabley retardatario de la oligarquía y el caciquismo a que Joaquín Costa hubo de hacer frente. ¿Qué regeneración hay aquí? Y, sobre todo, ¿quién la realizará? ¿Los que han amparado, tolerado, quizá instigado y hasta capitalizado esta densa y general trama de corrupción? Eso es simplemente absurdo. Lo único sensato que pueden hacer quienes han provocado este desastre por incompetentes y corruptos es dimitir y convocar elecciones.

Pero no solamente no tienen la menor intención de hacer ninguna de las dos cosas sino que toda su actuación niega de plano la intención misma de regeneración. El Parlamento español es la guardia pretoriana del gobierno. Y en sentido literal. ¿Quién no ha visto esas carreras de Rajoy por los pasillos de la cámara, absolutamente rodeado, bloqueado, por seguratas, diputados a la orden y cargos del partido para evitar todo contacto con la prensa, como si fuera el virus del ébola? Para las comparecencias, el presidente recurre al plasma y para los desplazamientos le gustaría disponer de una máquina de desmaterialización que lo hiciera disiparse aquí y reintegrarse en carne mortal en algún lugar seguro. En tres años no ha habido una sola sesión monográfica sobre la corrupción, el problema número uno del país desde el punto de vista institucional. Rajoy no ha comparecido jamás porque no cabe llamar comparecencia a una visita en un 1º de agosto a recitar una sarta de mentiras, ya evidenciadas como mentiras en el momento en que se pronunciaban.

Es imposible regenerar una democracia pretoriana en la que la oposición no tiene la más mínima oportunidad de controlar al gobierno. En esas circunstancias, su presencia no se explica sino como una voluntad de legitimar una práctica autoritaria que está además causando estragos entre la población. Si la oposición no puede realizar su función en modo alguno, su obligación es ausentarse del Parlamento y denunciar con su inasistencia y su silencio la ilegitimidad de un gobierno por decreto, dirigido por un presidente que debería haber dimitido hace ya mucho tiempo

Arte de guerra.


La Fundación Juan March tiene una interesantísima exposición sobre Fortunato Depero (Depero Futurista, 1913-1950), un futurista menos conocido e injustamente considerado secundario quizá porque abarcó muy distintos campos: la pintura, la poesía, el teatro, las artes decorativas, la publicidad entre otras varias. Una gama demasiado amplia para obtener especial reconocimiento en alguna de ellas, generalmente reservado a quienes las cultivan de modo exclusivo. Cuando se es tan polifacético como Depero, además, unos estilos y modos de hacer influyen sobre los otros y las obras resultan difíciles de clasificar.

Depero comenzó como pintor. Muy influido por Boccioni y Balla (no hay más que ver el motorista de la ilustración), fue tempranamente admitido en el movimiento futurista. Allí libró sus primeras batallas y ya nunca dejaría de hacerlo. Era un batallador en busca de un enemigo. El futurismo se lo dio: el arte adocenado, conformista, la literatura putrefacta, la falta de vigor y virilidad de las nuevas generaciones, el pacifismo burgués, todo lo que condenaba el manifiesto de Marinetti en 1909. De manifiesto en manifiesto, Depero acabaría escribiendo otro con Balla, titulado Reconstrucción futurista del universo, en el que se encuentran algunos de sus más preciados descubrimientos, como el paisaje artificial o el animal metálico.

Esto de concebir el arte como medio de enfrentamiento o batalla con el orden constituido venía ya del romanticismo y la sublimación de los ideales frente al mundo burgués. A partir de ahí, se hace más combativo y se articula en lo que después se han llamado vanguardias, la primera de todas, la impresionista, de la que van tomando ejemplo otras, aunque parezcan alejadas, como la escuela de la secesión austriaca y, desde luego, el futurismo. En los primeros textos futuristas hay una referencia explícita al impresionismo y su disolución de la forma en la luz. En la crisis de la preguerra y la primera guerra mundial, el futurismo convive con otras vanguardias, el cubismo, el dadaísmo y, sobre todo, el surrealismo con el que presenta similitudes formales.

Pero el futurismo tiene una voluntad claramente práctica, en donde las otras vanguardia, con el añadido del expresionismo, el suprematismo y otros ismos presentan una vocación exclusivamente estética. Los futuristas quieren cambiar la sociedad y la vida por la vía artística. Necesitan un arte de guerra. Todo apunta a lo mismo. El artista autoconsiderado profeta, anuncia, configura, predetermina el futuro. Es un visionario. Considerando los elementos que alumbran esa visión, el coraje, la violencia, la destrucción, lo irracional, sorprende que no se subraye más a menudo su carácter dionisiaco frente al apolíneo del arte decadente anterior. El famoso trozo del coche de carreras y la Victoria de Samotracia de Marinetti trae ecos nietzscheanos. Probablemente el culto a la máquina induzca a error al entender a esta como producto del cálculo, la regularidad y el orden cuando lo que los futuristas celebraban en ella era su fuerza, su potencia destructora y dominadora. Depero adoraba los aviones, pero también los carros de combate a los que veía conquistando desiertos para Italia.

Muchas de las lineas de acción de Depero tuvieron alguna influencia en España, en concreto en el clima de la residencia de estudiantes. Se ve en la rebeldía de Dalí y Federico García Lorca a la generación de los putrefactos y sus intentos, también en forma de manifiestos y otras publicaciones, de encontrar una forma de expresión distinta, un lenguaje diferente, como el que apadrinaba Depero como onomalenguaje que, entre otras cosas, trataba de reproducir los sonidos inarticulados de las máquinas.

La vita activa del futurismo desembocó en su fusión más descarada con el fascismo. Algo similar sucedió en Rusia con un movimiento análogo, el constructivismo, y la organización comunista. Pero no creo que los soviéticos llegaran tan lejos en fundir movimiento artístico y movimiento político como los italianos. Marinetti llevaba uniforme fascista que, por cierto, recuerda mucho el que gustaban lucir los intelectuales falangistas de la primera hornada tras la guerra en España, Dionisio Ridruejo o Antonio Tovar. La revista del movimiento, Futurismo, daba vivas al genio futurista de Mussolini y se declaraba fascista. En general el dictador confió a los futuristas la iconografía de su régimen: la lucha, la conquista, el imperio. Y de todo eso participaba Depero.

Pero también era creador en el más estrictamente privado ámbito de la sociedad civil, la publicidad comercial. Son fascinantes muchos de sus anuncios publicitarios, como los de Campari, o calendarios o portadas de revistas. Así como los decorados teatrales. Su creación de la Flora mágica para el canto del ruiseñor, el ballet de Strawinsky coreografiado por Dhiaguilev es deliciosa.

Hay un par de momentos en la vida de Depero, muy bien recogidos en la exposición: sus dos viajes a Nueva York. Con una prepotencia curiosa, Depero anunció en el primero que iba dispuesto a destruir los Alpes del Atlántico y, al llegar, se quedó tan sorprendido y anodado que no supo reaccionar, bautizando la ciudad con escasa imaginación como nueva Babel. Suele pasar cuando los intelectuales europeos llegan a la gran manzana; basta recordar el Poeta en Nueva York. Lo que más impresionó a Depero fueron los rascacielos; normal viniendo de Italia. Allí estaban los edificios futuristas, al alcance de la mano. Se encuentran en montones de dibujos que hizo en la época, tratando de captar el ritmo trepidante de la ciudad y sin duda pensando en cómo le hubiera gustado verla a su difunto amigo Boccioni. Montó un estudio de publicidad en la 5ª Avenida, pero no llegó a afincarse en los EEUU y volvió a su tierra. Luego haría un segundo intento y también retornaría. Es más grato y más estimulante imaginarse el futuro que vivir en él.

Quién sabe. Los cuadros y tejidos bordados e ilustrados son muy coloridos y dignos de verse. Hay mucha creatividad en la obra de Depero, aunque no siempre tenga el vigor y la fuerza que ensalzaba por convicción.

jueves, 30 de octubre de 2014

El alcance de la podredumbre


De la corrupción, de la peste de la corrupción, está indignado, harto, escandalizado todo el mundo. Hasta los corruptos. Y, desde luego, sus responsables políticos. Vaya exhibición de gestos contritos, miradas implorantes, muecas de dolor y profunda decepción de diversas líderes y lideresas en los últimos días. Todos cantando la palinodia. ¡Cuánta amarga reflexión! Cuánto "no eran dignos", "esas cosas", "pedimos perdón", "disculpas", "no se repetirán", "quién iba a decirlo", "estamos abochornados". Pero ni uno dimite.  No dimite Rajoy, ni Aguirre, ni Cospedal, esa señora que no ha mucho se daba por automáticamente dimisionaria si se demostraba que un baranda del PP tenía cuentas en Suiza.

Y no se trata de un hecho repentino, inesperado, sorprendente. Es la última manifestación, por ahora, de un proceso de podredumbre, de encanallamiento, que arranca de muy atrás, tan atrás que muchos de los delitos ya han prescrito. Un proceso con hitos como Matas, Camps, Fabra, Gürtel, Urdangarin, EREs, Bárcenas, caja B y hasta parece que C, sobresueldos, comisiones, Pujoles,  blackcards, Blesa, Rato, Acebes. Un proceso en el que están directa o indirectamente implicados todos los dirigentes del PP, especialmente su presidente. Parece obvio, ¿no?

Pero como el caso es tan colorido, pintoresco, celtibérico y animado, la atención pública se concentra en los aspectos más espectáculares, incluso circenses: los choriceos de los consejeros, sus onerosos secretillos; las declaraciones de los villanos no hace tres lunas, mostrando horror ante el fraude; Cospedal afirmando anteayer que el PP lucha sin descanso contra la corrupcion, de la que es causa y efecto y en la que ella chapotea con mantilla y peineta. Todo ello alimenta la afición de los españoles por tomarse las cosas a pitorreo. Residencian la granujería entre algunos políticos y empresarios y tienden a perder de vista la esencial.

La corrupción lo ha invadido y lo ha machacado todo. Y es bueno sacar consecuencias. Comiéncese con los medios. El PP compró Libertad digital. Literalmente. Al margen de si después alguien pilló o no pasta adicional, cosa nada de extrañar entre mangantes, el medio fue el más feroz abanderado de la teoría de la conspiración del 11M que formuló el ministerio del Interior del PP con la muy razonable pretensión de engañar al mundo entero. Es decir, cabe defender causas, ideas políticas por dinero; a tanto la mentira. Y hay gente que da crédito a esa basura. En RTVE nombran director de informativos a un hombre que procede de La Razón, un pasquín progubernamental cuya viabilidad económica es similar a la de Libertad Digital. El sistema mediático español está corrompido. Mantiene algo de integridad y salud en el ámbito digital.

Continúese con las instituciones más elevadas del Estado. El Parlamento, por ejemplo, al servicio del gobierno. En él se habla de lo que el gobierno quiere, como quiere y cuando quiere; que no quiere casi nunca. Y no solamente se resigna la cámara a no controlar nada sino que no hace ni amago de conseguirlo. En mitad de un desgobierno absoluto, con cincuenta responsables políticos en los calabozos, pueblos sin alcaldes ni funcionarios, con media cúpula del PP entrando y saliendo de los juzgados, el PP, o sea, el gobierno, impide la comparecencia del presidente a dar cuentas. Y la oposición en pleno sigue disciplinadamente sentada, legitimando la perversión de la democracia en una autocracia. No digo que ejerza el derecho al pataleo pues la cámara es lugar de respeto, pero ¿por qué no se presenta ya de una vez una moción de censura? ¿Hay que creer que la corrupción afecta también al Congreso y convierte a los diputados en cómplices al modo en que la cúpula de Caja Madrid tenía atrapados a todos los consejeros, respiraran como respiraran?

Y el gobierno mismo. Pásense por alto los últimos dislates ministeriales, protagonizados por los ministros Mato y Gallardón, que podrían considerarse episodios de ópera bufa de no ser porque provocan verdadero sufrimiento en inocentes. Váyase al ministerio de Hacienda. Según parece, ese fenómeno de la picaresca madrileña postmoderna, Granados, especie de Dr. Magoo con gomina, se acogió a la amnistía fiscal de Montoro. Estaba, pues, en la lista de amnistiados cuya publicación ha pedido repetidas veces la prensa, habiéndose negado siempre a ella el ministro con no muy claras razones. He aquí una de ellas: ¿no estaba obligado Montoro a comunicar al juez ese dinero que Granados quería blanquear? ¿O aquí se amnistiaban fortunas que venían en talegos, sin indicación de su procedencia? Sin embargo, ha sido preciso un chivatazo de la fiscalía suiza para que, años después, se ponga en marcha la justicia española. Entre tanto, el ministro Montoro, callado, alimentando la sospecha de que, en España, la legislación vigente se aplica solo a los catalanes y a los pobres. Y el presidente también callado o "ya tal".

Como callado está cacique delincuente Fabra, que sigue en la calle, tres o cuatro meses después de que se ordenara su ingreso en prisión, en espera de un indulto que depende de un gobierno cuyo presidente lo consideraba, un ciudadano y político ejemplar, sin duda con muy sana base de juicio y dando buena idea de su escala de valores. Una situación que no ayuda en nada a refutar las opiniones según las cuales también el poder judicial está corrompido. Bien claro debe decirse, sin embargo, que en ese poder judicial se encuentran jueces que, en condiciones sumamente adversas, con periodistas dispuestos a vilipendiarlos a cambio de dinero, honran su profesión y son acreedores al reconocimiento de los ciudadanos.

Y el sistema financiero. Bankia como ejemplo del alcance de la podredumbre. Las cifras astronómicas, las cantidades malversadas, indebidamente apropiadas, saqueadas y el espectáculo de esos pillastres fundiéndose la pasta ajena en vicios casi obscurecen la gran estafa de las preferentes, merced a la cual, esta banda de delincuentes despojó de sus ahorros de toda la vida a miles de personas, pequeños ahorradores, ancianos. Ahora parece que los abogados del 15MpaRato tienen listo un medio por el que los estafados pueden demandar a la entidad y recuperar la aportación inicial con un cuatro por ciento de interés. Genial. Ojalá lo consigan. El modo de resolver la crisis de Bankia no es hacérsela pagar a la gente, sino recuperar los miles de millones que se llevó una banda de mangantes en connivencia con los políticos del partido popular.
 
Esto no se regenera con un par de nuevas leyes aprobadas al galope por la mayoría absoluta del gobierno, con la oposición de los demás partidos e impulsadas por un presidente y una vicepresidenta acusadas ambos de haberse embolsado sobresueldos de la caja B. 
 
Hay que dimitir y convocar elecciones.
 
 
(La imagen es una foto de La Moncloa en el dominio público).

miércoles, 29 de octubre de 2014

¿Es posible otro mundo?

Acaba de aparece en Akal. Es el último libro de Erik Olin Wright, un estudio que le llevó diez años y tiene considerable carga teórica y empírica. Se recuerda que, cuando interrumpí Palinuro, allá por marzo pasado, aduje que tenía sobrecarga de trabajo. No es frecuente, al menos en aquella intensidad, pero a veces pasa. Ahora se comprueba. Este libro de Erik O. Wright lo he traducido yo. Es el segundo de los mentados trabajos que ve la luz; el primero es el libro editado por el Centro de Estudios Políticos y Constitucionales del que ya di noticia sobre la democracia del siglo XXI. Ahora sale esta traducción de Wright. En un par de semanas aparecerá otra cosa que no adelanto porque es una sorpresa por lo aparentemente alejado de mi quehacer y, en un par de meses, otra que es, sin duda, la que más trabajo me dio. Con ello habré convencido, espero, a los escépticos que decían que detenía Palinuro para tomarme un descansito. De eso nada.

Estoy muy contento de tener en la calle el libro de Wright. Es una aportación fundamental al pensamiento político-social contemporáneo. A lo mejor le hago una reseña posteriormente pero, por ahora, puedo decir que evidencia el doble interés que señalaba al principio. Wright, reconocido analista de clases de formación marxista, aporta una pieza muy valiosa al intento de reconstrucción del marxismo como filosofía crítica en el contexto del capitalismo actual, el que ha sobrevivido al comunismo. Mantiene una línea independiente y original en su interpretación; por eso me gusta especialmente. Y de todos los epígonos del viejo profeta con los que se codea, los que más frecuenta y parecen interesarle son los analíticos. Por otro lado, desmenuza con sosiego, distanciamiento y comprensión (en el sentido del verstehen alemán) las distintas propuestas de superación de este modo de producción con un enfoque de flexibilidad teórica y rigor empírico que convierten el trabajo en una buena guía sobre las posibilidades que se abren a los intentos emancipadores en el mundo contemporáneo. El resultado era el que ya anunciara el poeta en su día: Hay otros mundos; pero están en este. La obra de Wright sirve para identificarlos y saber a qué atenernos en nuestras esperanzas.

Radiografía de un sinvergüenza.

Hace un par de días el escritor Arturo Pérez Reverte  decía en un tuit: "Aznar era un arrogante; Zapatero, un imbécil; y Rajoy, un sinvergüenza". Voy a desarrollar algo más la aguda observación del novelista en lo referente al tercero. Ayer mismo, compungido y cabizbajo, Rajoy compareció en el Senado a leer unas cuartillas pidiendo perdón y disculpas a los españoles por el saqueo y latrocinio que está perpetrando su partido. Él no empleó estos términos, ni siquiera el de corrupción, sino que balbuceó y farfulló algunos circunloquios, del tipo de "esas cosas", "casos que nos abochornan", etc., etc. Y eso leyendo porque, como siempre, es incapaz de hablar en público con algo de sentido sin leer. Lo rodeaban sus incondicionales, generalmente ruidosos, chocarreros, provocadores pero que ayer parecían el séquito de un velorio; algunos de ellos pensando, quizá, si, al regresar a su casa, no se encontrarían a la temible UCO de la Guardia Civil.

Llama la atención el tono humilde, humillado, exculpatorio, probablemente fingido, en lugar del  habitualmente chulesco, prepotente, soberbio y estúpido que se gasta esta patulea. Da gusto ver que, a pesar de todas sus mentiras, embrollos y chanchullos, al final los tipos que se han afiliado a un partido político para robar a su sombra, tienen que comparecer ante la justicia. Como si fueran robagallinas, cosa que en el fondo son, si bien ellos roban la de los huevos de oro.

Pero la cuestión es si basta con salir haciendo mohínes, pidiendo perdón y disculpas, diciendo estar muy afectado, muy dolido y dispuesto a que estas cosas no vuelvan a suceder. Aunque quiera, Rajoy no es alguien que pasaba casualmente por allí o un turista despistado. Es el presidente del gobierno y del partido de esta manga de ladrones que lleva años robando a la gente, saqueando las arcas públicas, cometiendo todo género de desmanes, de desafueros, de delitos, industrialmente organizados como una banda de malhechores a la que llaman "Partido Popular" como podían llamarlo "partido de asaltacaminos". Y, por lo tanto, es responsable político directo de lo que pasa en su gobierno y en su partido, ambos cuajados de mangantes. Eso de las disculpas y el perdón está bien para la vida civil, cuando se molesta o se empuja a alguien sin querer. En política, si se preside un partido y gobierno en los que los tesoreros parecen ser unos chorizos, l@s secretari@s generales un@s bribon@s y alguna ministra o ministro unos golfos y gorrones, no se piden disculpas ni perdón. Se dimite y se va uno a casa.

Pero el presidente no piensa hacerlo porque, con la desvergüenza que lo caracteriza, se llama andana en todos los enjuagues, simula no tener nada que ver con el expolio a que su gente somete al país y promete que va a poner en práctica con toda decisión lo que no puede porque, de hacerlo, el primero que podría ir al trullo sería él. Pide disculpas por la corrupción ajena cuando no son disculpas las que debería ofrecer sino su cargo y calla respecto a la suya, a sus comportamientos indignos tan frecuentes como los de sus subordinados, aunque de otro tipo, y por los cuales también debería haber dimitido ya varias veces.

Tendría que haber dimitido hace tres años, cuando lo acusaron de haber cobrado sobresueldos y él mismo acabó admitiéndolo, aunque negando que fueran en B. Como algunos otros de esa especial Nomenklatura del trinque organizada en el PP. Y hace más de tres años. Al menos desde que mintió a un ciudadano que le preguntaba cuánto ganaba y Rajoy, perfectamente sabedor de que en ese momento cobraba, por lo menos, 200.000 euros anuales, le dijo que miraba su cuenta a fin de mes porque tenía "los problemas de todos los ciudadanos". Tendría que haber dimitido cuando, aplastó al infeliz Rubalcaba en televisión frotándole por la nariz que él no llevaba en su programa nada que no pensara hacer siendo así que, de inmediato, hizo lo contrario, exactamente lo contrario, de lo que había prometido, sosteniendo al tiempo que había cumplido con su deber.

Dimitir era lo adecuado después de haber comparecido en sesión monográfica en el Congreso sobre el caso Bárcenas a mentir a la representación de la soberanía nacional afirmando no tener relación alguna con un menda al que enviaba SMS de consolación y solidaridad. Obligada era la dimisión cuando el juez imputó a Blesa, Rato y Acebes, notables componentes del sanedrín popular del que durante años había formado parte; el cogollo de los íntimos en el que se decidían las grandes operaciones como, por ejemplo, el asalto a Caja Madrid, planeado como el asalto al tren de las tres y diez.
 
Dimitir en lugar de pasar tres años escondiéndose, apareciendo en plasma, leyendo hasta los saludos de buenos días, entrando en los lugares por la puerta falsa y abandonándolos por la de servicio, prohibiendo las preguntas en las comparecencias públicas y dando respuestas a las que se ve obligado a contestar que forman por sí solas una nueva antología del disparate. Dimitir en lugar de ir al Senado a balbucear excusas y de bloquear toda iniciativa parlamentaria que trate de indagar en su detestable comportamiento.  Tres años de espectáculo bochornoso, siendo la vergüenza de España.
 
La que él no tiene.
 
(En alguna próxima entrega se considerará el extraño caso de la rubia delicuescente, abanderada del neoliberalismo nacionalcatólico más plomizo y casquivano tratando de salvar las cretonas en el muladar que presidió durante años).

 (La imagen es una captura del vídeo que publica Vilaweb)

martes, 28 de octubre de 2014

Gangsters.


(Este post, como todos los de Palinuro, se acoge a la licencia Creative Commons y al escrupuloso respeto al principio de presunción de inocencia, derecho de todos, a reserva de lo que decidan los tribunales de justicia).

¿Qué eran los gangsters, aquellos tipos que salen en las series negras, mayormente radicados en Chicago en los años veinte y treinta del siglo pasado? Delincuentes organizados con actividades en diversos campos: las contratas, las licitaciones, los proyectos urbanos, los negocios al margen o al borde de la ley y una muy habitual, consistente en cobrar comisiones a garitos y comercios diversos por protegerlos de ellos mismos. Se trata de algo que no puede gestionar un malhechor aislado, ni un puñado de ellos. Se necesita cierta estructura de carácter empresarial pero, como no va a llamarse empresa por razones obvias, se llama "banda", es decir, gang y, de ahí, los gangsters, o sea, los bandidos o bandoleros en su versión rupestre.

El medio centenar de ciudadanos que ayer fueron detenidos en distintos puntos de España en una operación parecida a las de Elliott Ness, formaba una trama de dirigentes políticos, funcionarios y empresarios que, entre otras supuestas fechorías, cobraba y administraba una comisión o mordida institucional del tres por ciento de toda la contratación pública de las repectivas administraciones, autonómicas, municipales, o provinciales. Una pasta que luego se blanqueaba, se repartía y acababa en Suiza -de donde partió el chivatazo- o en los bolsillos de los participantes según, es de suponer, su grado de eficacia. Una trama, una empresa, una banda.

Hay una versión sesgada de este tipo de asuntos, que se ha visto en el caso de las tarjetas black de Caja Madrid, según la cual, la corrupción no distingue colores ni ideologías. Sí y no. Al margen de lo que suceda en Andalucía al final, lo cierto es que, aunque también se den casos de corrupción en el PSOE y en IU, son magnitudes irrisorias en comparación con los del PP, que no son "casos", sino verdaderas organizaciones para delinquir. Ni color.

En Chicago podía haber dos o más bandas, según distritos y, a veces, sus relaciones eran violentas. En España, la reciente banda Púnica parece independiente de momento de la Gürtel y las dos de la familia Pujol, una especie de gang familiar al mejor estilo siciliano. Está por ver qué relaciones tengan entre ellas ahora que sus integrantes luchan por salvar su pellejos. Probablemente habrá de todo. La omertà no es del todo segura y la lealtad en estas latitudes no es afección generalizada cuando faltan los cuartos y hay que comerse los marrones.

Los gangsters de Chicago, además de comprar o chantajear funcionarios públicos, especialmente policías, contaban con protectores y cómplices en altas esferas políticas que, en muchos casos, debían sus puestos a elecciones amañadas y financiadas con fondos ilegales. Estos se devolvían después facilitando las engorrosas tramitaciones de expedientes administrativos que favoreciesen a los donantes.

Otra ventaja de los padrinos en puestos políticos de importancia es que podían ser decisivos en el caso de que se plantearan problemas inopinados con algún juez díscolo o insólitamente independiente. Los representantes políticos presionaban a jueces y fiscales para que administraran la justicia de forma flexible... or else. Nada fastidia más a un delincuente que un juez, sobre todo si no se le puede comprar ni coaccionar de algún modo.

Esta pléyade de imputados, detenidos, procesados, condenados e indultados, que también son unos cuantos, pertenece a un partido político o hace negocios con él o con él se relaciona. Y lleva en ello años, lustros, decenios. Hasta el punto de que muchos se preguntan si, en lugar de un partido político, no será una organización de malhechores. Presunción de inocencia al canto: puede ser o no ser; lo dirán los jueces. Cierto es, sin embargo, que tiene unos responsables políticos que han defendido a aquellos o intercedido a su favor o, incluso, los han ensalzado como ejemplos de ciudadanía. Para Rajoy, Bárcenas era un tesorero cabal y Matas, Fabra, Camps, nombres de ignominia, ciudadanos y políticos ejemplares a los que debía imitarse. Elijan: este hombre no sabe lo que dice o lo sabe. Debe de saberlo porque avisó por SMS a Bárcenas de que hacía lo que podía. Y ¿qué sería ello?

Importante en el ámbito político era Aguirre que, con este tal Granados, ya cuenta con cinco exconsejeros imputados por algunos de los cuales o quizá por todos, puso la mano en el fuego. Cuando tenía mano, pues la perdió el día en que, pretextando compungida un problema de salud, se retiró de la presidencia tan inopinadamente como Rato de la del FMI y, por lo que se va viendo, quizá con los mismos resultados. Porque si algo parece ahora posible es que, por fin, se conozca la urdimbre del tamayazo.

Estos líderes políticos están acabados, ya no sirven, no pueden hacer nada. Junto a los cuatro jinetes del Apocalipsis neoliberal cabalgaba un quinto, la corrupción, el bandidaje, la delincuencia organizada, que no ha dejado títere con cabeza. Pero los líderes siguen sin dimitir. Aguirre salió a interpretar un papel de María Magdalena que, la verdad, se le da bastante mal. Pedía muy contrita a los corruptos que dejaran sus cargos. Pero ella no deja el suyo a pesar de que tiene pendientes aclaraciones de envergadura en el tamayazo, FUNDESCAM y en el pintoresco asunto de la famosa gestapillo, al parecer una creación del señor Granados.

Tampoco cabe esperar la dimisión de Rajoy. Todo lo más, una declaración preocupada por la situación cual si se tratara de algo absolutamente ajeno a él, perteneciente a otro orden del ser, como el pedrisco. Y hasta es posible que se haga a través de un plasma que quizá, como parece sucedió con el anterior, se pague en negro.
 
Hay que ahorrar el numerario para las fianzas. 

lunes, 27 de octubre de 2014

La intolerancia de Podemos a la crítica.


(Artículo publicado hoy en el digital Publicoscopia)

Varias voces se han alzado ya señalando la curiosa hipersensibilidad de Podemos a las críticas. Una formación que ha nacido criticando a los demás, no encaja bien trato similar y echa mano de los recursos habituales en los ventajistas de acusar a los críticos de mala fe, feas intenciones, abuso o connivencia con las fuerzas del mal. Muy típico en este país de conversos en donde quien cambió varias veces de fe, doctrina o parecer, se pone hecho una fiera cuando le cuestionan la que ahora profesa.

La crítica general fue el santo y seña del Podemos emergente y la crítica grosera que empezó a recibir de inmediato lo ayudó a crecer. Esos ataques broncos y necios que le llovían en la televisión de boca de los Rojo, los Marhuenda, los Inda eran viento en el velamen de la nave. Se recibían con alegría y se despachaban con deportividad. Por cada insulto o estupidez que vomitaban los opinólogos a sueldo de la derecha, aumentaba la intención de voto de Podemos. Vista la capacidad mental y la fibra moral de aquellos, no era necesario subrayar el fascismo y la carcunda de sus ataques porque quienes los hacían lo llevaban escrito en el rostro.

Cosa distinta cuando la crítica procede de otras jurisdicciones, por ejemplo, de la izquierda. Ahí la intolerancia de Podemos a las observaciones es llamativa e intimidatoria: si, siendo cuatro gatos que aspiran a ganar, ya llaman fascista a quien les reprueba algo, ¿qué no harán en el hipotético caso de que tengan algún poder? Por eso, a la hora de exponer sus reservas y críticas muchos se sienten obligados a precederlas de protestas de lealtad, de afirmaciones de coincidencia y amor eterno.

Hay un curioso contraste con los debates entre ellos mismos, que quieren ser internos pero están accesibles en la red. Las distintas facciones de Podemos reconocen que están despellejándose mutuamente pero, cara a la galería, afirman vivir en concordia celestial a la que no amenaza división alguna y si alguien lo pone en duda es un agente fascista movido por sórdidos designios. ¿Suena? Por supuesto, con el sonido de siempre en todas las organizaciones partidistas en las que unos mandan y otros obedecen; unos ganan y otros pierden.

Dejemos el asunto claro. En mi condición de hombre libre tengo derecho a criticar todo cuanto se expresa en el ámbito público en el que habito y no estoy obligado a hacerme perdonar el ejercicio de ese derecho mediante protestas de simpatías y afinidades. ¿Por qué? Porque no me da la gana. Es lo que tiene la independencia y la libertad, que permite abreviar debates.

La concentración de Vista Alegre fue un fracaso. La convocaron en una plaza de toros con el obvio fin de llenarla. Subrayo: en una plaza de toros porque Podemos quiere capitalizar el fondo carpetovetónico de la raza. Es el mismo motivo por el que sus dirigentes presumen de ser hinchas futboleros, por un cálculo táctico y pragmático patente y que quizá no sea tan cálculo sino profunda coincidencia de aficiones entre los dirigentes y su amado pueblo. Repito: la convocaron en una plaza de toros con el fin de llenarla y, si la hubieran llenado en lugar de quedarse en un triste medio aforo, habrían inundado las redes de fotografías triunfantes.

Como la realidad fue el medio aforo se hizo de necesidad virtud, se mintió sobre el objetivo y se señaló que este no era llenar la plaza sino que los asistentes estuvieran cómodos, con dos o más sillas para cada uno, porque lo esencial era la participación online ya que Podemos es una organización del ciberespacio. En efecto, una organización de clickactivistas, lo cual tiene sus ventajas e inconvenientes, pero aún es pronto para calibrar unas y otros.

Explotando ese sentido de originalidad de comportamiento de una organización que emerge en las redes, la doctrina de Podemos subraya su más importante activo: la novedad. Todo es nuevo, noble, genuino, experimental. Incontaminado con las viejas prácticas y las manidas rutinas. Pablo Iglesias afirma que ellos no copian nada de nadie. Por desgracia, el poder de los medios es grande, desde luego, pero no taumatúrgico. En Podemos casi todo es copia, cuando no todo. Copia es el nombre de su portavoz principal y el de la misma organización; copia la estética de sus líderes, imitada de diversos programas televisivos; copia el contenido de su discurso, que repite una argumentación muy conocida en el sur de Europa, desde la Francia de Olivier Besancenot a la Grecia de Alexis Tsipras; copia las formas de organización extraídas de las movilizaciones al estilo 15M. Algo menos de presunción y bambolla innovadora no estaría de más.

Pero es muy difícil porque la dinámica de hiperliderazgo y culto a la personalidad del movimiento ha quemado etapas a velocidad de vértigo. La ubicuidad de Iglesias en los medios se ha viralizado en las figuras de sus segundos, cuyos méritos para estar permanentemente en el aire se limitan a reproducir el discurso del mando a tal extremo que, si salieran con máscaras con la cara de este, al modo de las caretas de anonymous, no pasaría gran cosa. No uso los medios audiovisuales, pero me entero de su contenido por Twitter y tengo para mí que, de seguir este bombardeo mediático, la gente va a acabar de Podemos hasta el píloro, sobre todo porque cada vez está más claro que la frecuencia del sermón mediático es inversamente proporcional al valor de su contenido, por lo demás, bastante pobre, genérico y ambiguo.

La ambigüedad de Podemos es, quizá, su elemento más llamativo a la par que criticable. Es el inconveniente de tener mil ocasiones de expresarte en público: que se nota mucho aquello que silencias, ocultas o confundes. Son diversos los puntos de ambigüedad del discurso de estos novísimos no tan nuevos y dictados por esa voluntad tacticista, pragmática, reconocida por ellos mismos de salir a ganar cueste lo que cueste. Esa ambigüedad afecta a todos los puntos de un posible programa todavía por formular. Habrá que ver cómo sea cuando se haga y tenga la eficacia movilizadora del Sermón de la Montaña, al que se parece mucho, pero ya voy haciendo tres apuestas: las votarán 1.000, 10.000. 100.000 o un millón de entusiastas de los círculos –esa forma de organización que Podemos también ha copiado esta vez de Google- pero me apuesto algo a que el personal se quedará sin saber exactamente qué quiere hacer Podemos con su idea de Patria/Soberanía, con las relaciones entre la Iglesia y el Estado y con el derecho de autodeterminación de los catalanes.

Cien días.


Se cumplen los cien días de cortesía de Pedro Sánchez como nuevo secretario general del PSOE. Es una convención que raramente se respeta porque, en realidad, es imposible. Quienes acceden a cargos políticos representativos desean darse a conocer cuanto antes, a la par que sus propósitos; tratan de explicar las medidas para alcanzarlos. Quieren hacerse ver de inmediato y en nuestra sociedad se habla sin parar de todo lo que se ve y de lo que no se ve. Así pues ya hay mucho escrito sobre Pedro Sánchez en este periodo de carencia. Hasta Palinuro, tan conservador de tradiciones, le ha dedicado algún post.

Pero ahora cumple el plazo y es momento de volver sobre lo andado. En estos cien días Sánchez ha irrumpido en la esfera pública con ímpetu y el claro deseo de revitalizar la imagen de un PSOE abatido, desmoralizado, desconcertado. Su propia imagen, cuidadosamente construida, muestra un joven líder emergente, con carisma y audacia pero prudente, a gusto en el aparato y en la calle, hombre de partido con un  oído para la gente del común. Su consigna esencial era ocupar todo el espacio mediático que pudiera. Ahí tropezó con el hecho de que ya estaba ocupado por otro líder, el de Podemos, de características muy similares a las suyas, con una discurso que engancha a la gente y que rápidamente marcó terreno en sentido etológico retando al socialista a un debate. Sánchez no aceptó y probablemente hiciera bien, aunque no fuera muy gallardo. Un encuentro entre ambos al que seguramente acudirían con atuendos muy similares podría resultar cómico, pues cada uno parece la caricatura del otro si bien en sentidos opuestos.

El reciente secretario general ha peregrinado por innumerables platós televisivos, estudios de radios, agrupaciones del partido y actos públicos diversos. Es lógico que en esa vida frenética se le escapen a veces juicios no muy afortunados que, como ha sucedido, han obligado a los órganos pertinentes de su partido a interpretarlos en línea con su programa. Son cosas de poca monta. De mayor enjundia son algunas medidas adoptadas que dan buena espina como el volcado de todas las cuentas del PSOE en la red hasta el último ochavo. Con independencia de que ya lo hayan hecho otros o no, es un buen punto de arranque y merece aplauso. Las cuentas, claras.

Lo importante está en las cuestiones institucionales, de calado. Hay tres esenciales: la monarquía, las relaciones de la Iglesia y el Estado y el derecho de autodeterminación de los catalanes. Sobre las tres ha tomado el PSOE de hecho una actitud de partido dinástico que Palinuro no puede compartir. Con independencia de si esta actitud será electoralmente rentable o no al socialismo, lo cierto es que, aclaradas las respectivas posiciones, pueden arrinconarse por ahora las de principios para hacer frente a la urgencia del momento.

Desde el punto de vista de la izquierda, de cualquier izquierda, no hay mayor urgencia ahora que desplazar a la derecha del gobierno antes de que termine de destruir el Estado social y democrático de derecho y el Estado de derecho a secas. Es imperativo liberar el país de unos gobernantes incompetentes y corruptos que lo han esquilmado y lo llevan a la catástrofe y, lo que es más sarcástico, al tratarse de la derecha nacionalcatólica, a la desintegración. Insisto, un punto de toda la izquierda. Si por ajustar cuentas entre sí; por tú más o tú menos; por tú sí y tú no; por yo verdadero, tú traidor, la derecha gobierna otros cuatro años siendo mayoría las izquierdas, estas deberían replantearse su razón de ser en el diván del psiquiatra.

Como están las cosas es poco probable que el PSOE desplace por sí solo al PP, sobre todo porque es de temer que el resultado socialista en Cataluña ya no le garantice el gobierno en Madrid. Seguramente habrá que pensar en alianzas y fórmulas de coalición. Si, cual es hoy verosímil, Podemos desplaza a IU como tercera fuerza o, incluso, al PSOE como segunda, el panorama será de coaliciones de diverso tipo entre PP, PSOE, Podemos, IU y UPyD. Dejamos de lado los nacionalistas, entregados por ahora a otros quehaceres. Siempre que se atisban gobiernos multipartidistas o apoyados por coaliciones de partidos, se desatan pasiones. Nunca con este; jamás con aquel; de ningún modo con aquel otro. Al final los números mandarán y será lo que ellos impongan.

Preparado como ha de estar el PSOE para la mayor cantidad de coaliciones, le interesa presentar esa imagen de centro un poco magmático que quiere acuñar Sánchez, quien ha recogido de los demócratas yanquis la referencia a las socorridas clases medias, un recurso apelativo de éxito. Está bien pensado; no es muy original pero inspira seguridad; el punto medio, el centro, al tiempo que se reafirma también la vieja querencia izquierdista. El centro-izquierda, en definitiva, el mayor banco de votos según creencia general.

En todo caso, la deliberada indeterminación del público receptor del mensaje no obsta para que este sea claro conceptualmente. Es esencial que la gente sepa con exactitud cuáles son las medidas y los medios concretos que el PSOE propone para volver a encarrilar el Estado social y democrático de derecho, el Estado del bienestar y sacar al país de la crisis. Debe estar claro que derogará ipso facto todas las normas del PP que han recortado derechos de la ciudadanía en cualquier orden, laboral, educativo, asistencial sanitario, fiscal, judicial, etc. Igualmente que se abordarán medidas contundentes en contra de la corrupción con carácter de urgencia, para lo cual no es necesario aprobar otro ramillete de leyes, como quiere hacer el PP, sino aplicar con eficacia las ya existentes. Lo demás vendrá dado por añadidura.

La gente debe tener claro que se tratará de mitigar el paro mediante políticas activas de empleo y una política fiscal que las sostenga, que se reorientará el gasto público para hacerlo más redistributivo sin mermar la productividad, que se propugnará una reforma constitucional en la que se blindarán los derechos de la gente y, añadiría yo, se reconozca el derecho de autodeterminación, pero ya sé que eso produce urticaria en el nacionalismo español socialista.

En todo caso, lo más necesario es que el PSOE no aparezca de compadreo con el PP. Resulta absurdo que, por un sentido del Estado mal entenido, heredado del nefasto Rubalcaba, los socialistas legitimen las arbitrariedades de un gobierno que debiera haber dimitido hace mucho y cuya única finalidad es sobrevivir hasta las elecciones. Resulta no solo absurdo sino directamente cómplice que la oposición, en lugar de ejercer de tal, acuda en su auxilio firmando acuerdos con él que rozan lo onírico, como ese según el cual ambos partidos proponen tipificar como delito la financión ilegal que ha sido la forma ordinaria de financiación del PP. Pactar lo que sea con un partido que más parece una banda de malhechores, que lleva veinte años saqueando las arcas públicas y, a día de hoy, aborda la cuestión como si fuera algo ajeno, es una tomadura de pelo a los propios votantes.
 
El PSOE tiene que ejercer de oposición real, no de juego sucio, pero sí muy contundente. Tiene que valerse del Parlamento para controlar el gobierno y, si la mayoría absoluta de este, funcionando como una apisonadora, no lo permite, debe acudir al expediente democrático de presentar una moción de censura. Ciertamente, se perderá, pero servirá para dar a conocer la alternativa socialista. Recuérdese que la consecuencia de la apisonadora no es solamente que se imponga la voluntad del gobierno sin debate sino que la oposición no pueda exponer sus propuestas y estas se oculten a la información pública. Pasada la moción de censura y de seguir la situación igual ya se vería lo que se haría. Palinuro es partidario de una retirada al Aventino pero, por no alborotar el gallinero, de momento se conformaría con una moción de censura a un gobierno que contradice todos los usos democráticos.