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martes, 18 de abril de 2017

La picota moderna

Estos de Podemos dominan el juego estudiado por el celebérrimo Guy Debord de la política como espectáculo. En realidad lo ha sido siempre pero, normalmente, espectáculo suntuoso, ceremonial, ostentoso, lleno de boato; espectáculo más del género operístico. Los de Podemos están introduciendo otros géneros, tanto en su actividad parlamentaria como en la callejera; géneros chicos, populares, zarzueleros, con algo de commedia dell'arte. Forman parte de esa función subversiva de la vida cotidiana que se adjudican como parte de su acción. Dada su obvia vocación mediática, sus espectáculos consiguen grandes audiencias.

El caso del autobús trae a la memoria otro tipo de espectáculo, el de la picota o su pariente rico, el rollo, lugares en que se exponía a los delincuentes al ludibrio público, a la entrada de las poblaciones, a veces de cuerpo entero, a veces solo la cabeza, convenientemente cortada y empalada, aunque estos eran casos extremos. La pena menor, la más habitual, era la exposición pública del malhechor. Ahora este es sustituido por su imagen, pero el efecto es el mismo. Los han puesto en la picota. Por lo demás, un espectáculo ambiguo pues si, por un lado, tiene una función ejemplarizante, por otro viene a ser como un anticlímax o sucedáneo. Creo que es en 1984 en donde hay un "minuto del odio", durante el cual la gente pasa a ver la imagen del enemigo oficial del pueblo para llamarle de todo. Y así se desahoga. Dudo de que eso suceda con el Tramabús.

Las reacciones han sido instantáneas, fulminantes, reveladoras de una irritación mal contenida y profundamente hostiles. Algo muy parecido a la recepción que tuvo el autobús de Hazte Oír del otro lado de la barrera ideológica hace unos días. Alguno ha apuntado al hecho de que el tramabús esté copiado del otro y ha aprovechado para soltar eso tan gracioso de que los extremos se tocan. Está claro que los de Podemos son unos imitadores que prácticamente lo han copiado todo, desde el nombre de la organización a su estructura y sus planteamientos. Pero en esto del autobús, en realidad, no copian, sino que siguen una tradición ya venerable en casi todos los países occidentales no solo con fines políticos y electorales, sino también publicitarios, propagandísticos. Y no solo autobuses, también trenes y hasta globos. Esto de los globos es una idea. Preveo intensas batallas judiciales a cuenta del derecho a la propia imagen.

Los socialistas, que han mantenido una exquisita neutralidad con los dos autobuses, rechazando los dos, se duelen de que aparezca el rostro de Felipe González mezclado con una tropa patibularia. Es un problema de interpretación. Como no quieren tirar al niño con el agua sucia, piden diferenciar entre las puertas giratorias que quizá sean inmorales, pero no ilegales y la Gürtel, que son delitos. Cierto es y quizá lo justo fuera que Podemos fletara un segundo tramabús con casos de puertas giratorias. No sería tan vistoso porque los de las puertas giratorias son menos conocidos que los Bárcenas, Aznar, González, Aguirre, etc. Y ese es justo el precio suplementario que paga González porque no es de recibo que se protagonice el primer gobierno de la izquierda en España después del franquismo con mayoría absoluta y se acabe en Gas Natural, cobrando un pastizal por "aburrirse", según su propia confesión.

Una de las reflexiones más interesantes de Piketty en su obra sobre el Capital hoy es la importancia que tienen las exageradas, estratosféricas rentas que por varias vías se adjudican cientos, miles de directivos en esta locura de la financiarización: salarios de cientos de miles €, pensiones de decenas de millones, retribuciones que no guardan relación racional alguna con la productividad. Cálculese la productividad de cobrar 200.000 € por "aburrirse". En el momento en que González acepta las reglas del juego, forma parte de él. Y eso vale también para Cebrián, solo que con puestas mucho más elevadas, más en el orden de los míticos brokers neoyorquinos

Se forma parte del juego y del espectáculo. En este caso, la picota. Ese autobús es un torpedo en la línea de flotación del consenso implícito en la tercera Restauración. Por cierto, lo que se echa en falta en el historiado vehículo es algún rostro de la Familia Real. Debe de haberse impuesto la sana y prudente cautela porque Urdangarin, por ejemplo, no se distancia gran cosa del resto del retablo.

miércoles, 12 de abril de 2017

El poder político

De las cuatro fuentes del poder social que Michael Mann identifica en su obra magna, Las fuentes del poder social, esto es, las relaciones ideológicas, las económicas, las militares y las políticas, las primeras y las últimas son las más escurridizas y difíciles de tratar Todo el mundo sabe lo que es el poder económico (el capital) y el poder militar (la violencia) pero, al llegar al poder ideológico y el político, la cuestión se torna más imprecisa y compleja. Hay quien piensa que son dos momentos de un mismo poder, de forma que el político es la institucionalización del ideológico y el ideológico, la legitimación del político. Para algunos partidarios de la teoría del Estado como conquista, el poder político es emanación directa del militar y así pensaba Oppenheimer. Para los marxistas, el poder político es emanación del económico, amparado por el militar y justificado por el ideológico. 

El poder político, la capacidad de conseguir la obediencia de los gobernados, se consigue convenciéndolos por las buenas  (ideología) o por las malas (militar), esa dualidad sempiterna entre la auctoritas y la potestas, rebautizada hoy por Nye como "poder blando o suave" y "poder duro". Por supuesto, el poder político es la forma de expresarse del poder económico dominante, el capital.

Las izquierdas han tratado de poner en pie una forma de legitimación que no fuera  del poder económico dominante sino del dominado, algo que hasta la fecha se presentaba como un pensamiento entre reformista y revolucionario. El poder ideológico que justificaría el político de las clases subalternas. Pero no lo han conseguido. Al poder político solo llegan si acaso los reformistas más moderados y están sometidos a un hostigamiento permanente desde el poder económico, de forma que su autoridad es precaria. La idea revolucionaria se había formulado al amparo del sufragio universal. Al ser los trabajadores inmensa mayoría, el voto los llevaría al poder.  Tal cosa no sucedió y la izquierda quedó dividida entre un sector reformista y otro revolucionario. Una división con formas y matices distintos según los momentos y países, pero que aparece siempre, de forma que el gran problema, el sempiterno problema de la izquierda es la unidad, la falta de la cual la hace sucumbir a la derecha, mucho más unitaria.

Innecesario decir que el poder ideológico de la derecha acentúa el discurso unitario con pleno respaldo del poder económico y del militar. Eso hace que su poder político sea sólido, presentado como tal por los medios que controla el poder económico, que no sea nunca precario, ni siquiera cuando se encuentra en minoría.

Ese es el extremo que ilustra a la perfección el magnífico dibujo de Manel Fontdevila. Si no tienes mayoría absoluta, no tienes poder. Pero menos tienen los otros, cuyos porcentajes son aun menores y, además, están divididos y enfrentados. O sea, una buena base de poder político es la impotencia de los adversarios. Por eso puede el gobierno de Rajoy hacer lo que "le da la gana" con el auxilio de una oposición que va por ahí presumiendo de eficaz. 

Tampoco es nuevo. Rajoy ya demostró su capacidad para hacer lo que le da la gana durante el año de mandato en funciones, cuando elaboró la doctrina de que un gobierno en funciones no responde ante el Parlamento y el asunto acabó en el Tribunl Constitucional (TC) en donde, como era de prever, duerme el sueño de los justos.

A la vista del éxito, el consejo de ministros presentará en breve un conflicto de competencias ante el TC para limitar la actividad del legislativo a base de impedirle que pueda levantar los vetos interpuestos por el gobierno en nombre de la intangibilidad de los gastos de la ley de presupuestos. La cuestión es evidente: si el gobierno se sale con la suya (y es probable que lo haga pues el TC está bien surtido de magistrados de su cuerda ideológica), el Parlamento puede irse de vacaciones hasta la próxima cita electoral porque el gobierno podrá bloquear cualquier iniciativa legislativa invocando motivos económicos. 

En efecto, el poder que procede de la impotencia ajena es tan sólido como el que descansa sobre el poder militar. 

domingo, 22 de enero de 2017

Más teoría política

Andrew Heywood (2016) Introducción a la teoría política. Valencia: Tirant lo blanch. Traducción, Ramón Cotarelo. 474 págs.
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Acaba de salir la segunda edición en castellano de la Introducción a la teoría política, de Andrew Heywood. La segunda edición en castellano porque en inglés ya va por cuatro. Palinuro ha traducido la cuarta inglesa, que tiene abundantes actualizaciones y ampliaciones. Entre un cuarto y un quinto del libro es nuevo. Se mantiene la estructura general de la obra a base de un tema por cada capítulo (libertad, igualdad, democracia, etc) con específica atención a las escuelas y corrientes doctrinales, singularizando luego a los autores para tratamiento diferenciado. De esta forma, la obra tiene un alcance muy completo porque no solamente trata las cuestiones con una perspectiva especulativa sino que las vincula a la realidad práctica de las corrientas (la socialdemocracia, el conservadurismo, el pensamiento postcolonial, el feminismo, el ecologismo, etc) y les añade un análisis sucinto de los más representativos autores.

Aparte de las mejoras introducidas a lo largo del texto, Heywood incorpora tres novedades que autorizan a considerar su obra no solamente como un manual de teoría política contemporánea básicamente occidental y europea (como eran las ediciones anteriores) sino como un tratado de la materia en perspectiva mundial. Las tres innovaciones son: los aspectos no europeos u occidentales de la teoría política (esto es, el tratamiento de otras raíces culturales), la perspectiva global, que no es coincidente con la anterior, y un capítulo nuevo completo sobre "la seguridad, la guerra y el orden mundial."

Habiéndose publicado el libro antes de la elección de Donald Trump, quizá para la siguiente edición haya que añadir otro capítulo nuevo sobre el "desorden mundial."

viernes, 30 de diciembre de 2016

Vae victis

Paloma Aguilar y Leigh A. Payne (2016) Revealing New Truths Abour Spain's Violent Past. Perpetrator's Confessions and Victim Exhumations. Oxford: Palgrave Macmillan. 110 págs.
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Las profesoras Paloma Aguilar y Leigh A. Payne son dos reconocidas especialistas en materia de transiciones y, sobre todo, de justicia transicional o, como es el caso de España, falta de justicia transicional y post-transicional. Tienen ya una copiosa obra que las avala en la que se mezclan la minuciosidad de la historia con la versatilidad de la Ciencia Política.

Ambas publican ahora en inglés este pequeño pero denso libro ("Nuevas verdades sobre el pasado violento de España. Confesiones de los perpetradores y exhumaciones de las víctimas") sobre la sempiterna cuestión de la peculiaridad de la transición española que ha pasado de ser considerada en sus orígenes como "modélica" a serlo como una especie de pacto vergonzante, cuando no de traición y, en último término, un fracaso. Las autoras tienen una visión muy crítica de la transición, pero debido a su condición de rigurosas académicas y personas de sensibilidad, lejos de hacer una interpretación ideológica y sesgada, como es frecuente en los sectores izquierdistas (generalmente inconsistentes), entienden las circunstancias coadyuvantes a esta insatisfactoria evolución colectiva y tratan de comprender la complejidad de los factores que en ellas jugaron.

La transición se basó en un "pacto del olvido". En España no se habló de la violencia, no se revisó el pasado, no se atendieron las demandas de justicia, como en otras partes. El "Pacto del olvido" está en las memorias de muchos dirigentes de la transición. Estos creían que construir la democracia no era compatible con una revisión del pasado. Toda la justicia transicional que se ha hecho son algunas medidas de reparación económica hasta 2007 y algunas declaraciones simbólicas después. 

Frente a la propaganda agobiante durante la dictadura y el peso de la reivindicación de la "reconciliación nacional" en la transición, el relato dominante ha sido que dicha reconciliación se consiguió ya siempre que no se reabran heridas y que las cuentas están echadas pues ambos bandos en la guerra civil cometieron barbaridades. Las autoras refutan esta exoneración con dos muy sólidos y conocidos argumentos: las "barbaridades" de ambos bandos en la guerra civil no son comparables ni de lejos y, además, la cuenta pendiente es la de las barbaridades que continuó haciendo la dictadura en sus cuarenta años. 

La pregunta obvia es: y ¿cómo es posible que, a la muerte del dictador no hubiera una transición democrática limpia, con comisión de la verdad, justicia para las víctimas, exposición de los victimarios, etc? Las autoras que, muy realistamente, postulan una "coexistencia contenciosa" como la forma quizá más afortunada de ajustar cuentas democráticas con un pasado colectivo de crímenes, injusticias y terror, concluyen que tal cosa no se ha dado hasta la fecha cuando, por diversos lados, especialmente la intervención extranjera (la argentina) e internacional (la ONU), está empezando a forzarse una respuesta adecuada. 

Pero la pregunta sigue en pie: ¿por qué no se hizo y sigue sin hacerse? Aguilar y Payne aducen algunas también conocidas razones: el desequilibrio de las fuerzas políticas que pactaron la transición; el miedo; el subsiguiente silencio;  la intervención exterior; el conformismo de una población que a partir del decenio de 1960 accedía a cierto bienestar que no quería perder; la complicidad de los criminales; el "pacto de sangre" entre ellos; la política de reconciliación nacional, suscrita por la izquierda. Son los más notorios. 

Añado uno, poco explorado hasta la fecha por su difícil captación y su carácter algo escurridizo que no permite identificarlo bien. En el llamado "franquismo tardío" y primeros tiempos de la transición, se hicieron encuestas preguntando por la cultura política de los españoles. Sorprendentemente casi todas concluían con una alta valoración popular de la democracia. Un pueblo que llevaba cuarenta años de tiranía, sin libertades de ningún tipo y sin elecciones libres decía tener convicciones demócratas. Como  el resultado casaba con los intereses de los encuestadores y otros "modernizadores" se daba por bueno y se atribuía tan misteriosa mutación a causas verosímiles, aunque triviales: el turismo, le cine, la televisión, etc. En lugar de pararse a pensar en que esa conclusión era mentira, que los españoles decían ser demócratas porque, al estar Franco a las puertas de la muerte, pensaban que la democracia era tan inevitable como el calor en verano y el frío en el invierno. Pero mentían. Su cultura política era autoritaria, franquista. Y sigue siéndolo. Todos los españoles, incluidos los dirigentes de la izquierda conceden un plus de legitimidad a los vencedores de la guerra y sus herederos de la derecha hoy que actúan como tales, como se comprueba por los últimos acontecimientos: entrega del gobierno al derecha sin necesidad y perfecta coincidencia del programa de esa derecha neofranquista con la Corona.

Ese dato explica por qué España pudo considerarse a sí misma como una democracia sin ajustar cuentas con la dictadura y los criminales que la hicieron posible y todavía gozan del producto de sus delitos; sin hacer justicia a las víctimas; al contrario, honrando a los victimarios hasta hoy con Fundaciones, valles de los Caídos, misas en honor al genocida, calles y honores. Esa es la respuesta a la pregunta que las autoras se hacen sobre si sería posible algo así con Hitler en Alemania, con Mussolini en Italia. El nazismo y el fascismo fueron derrotados; el nacionalcatolicismo, no. Alemania e Italia se convirtieron en democracias; España, no. A la vista está.

El libro de Aguilar y Payne da audiencia a los relatos enfrentados de aquella longa noita da pedra del poeta Celso Emilio Ferreiro. Hubo, sin duda, relatos de los perpetradores que hubieran debido tener más eco, pero no lo tuvieron por las razones apuntadas y por otras que las autoras sintetizan con elegancia, asegurando que todos los relatos de la violencia requieren cinco factores: guión, actor, momento, escenificación y audiencia. En el fracaso de las escasas confesiones de perpetradores, el asunto no tuvo que ver con los dos primeros, sino con los tres últimos.

Algunas confesiones (llamadas aquí "históricas heroicas") todas publicadas y famosas, sirven para situarnos a la perfección en el espíritu que animaba a los asesinos rebeldes y que llevaron luego a cabo sistemáticamente, a conciencia, ascendiendo así de la condición de asesinos a la de genocidas. Las más famosas, las barbaridades que dijeron (y cometieron) Franco, Mola, Queipo, Yagüe y demás criminales.

Otra de las confesiones que las autoras tratan en extenso son las del aristócrata catalán José Luis de Vilallonga quien, enviado por su padre a "hacerse un hombre" a Bilbao, pasó quince días en un pelotón de fusilamiento, asesinando vascos. Añadiré que, en alguna parte de sus memorias, este Vilallonga cuenta cómo su padre, poseedor de una colección de más de 300 pares de zapatos que los rojos le habían robado en un asalto a su palacio, hacía fusilar a cuantos brigadistas internacionales se le ponían al alcance porque, decía que eran los únicos capaces de entender la grandeza de morir por un par de zapatos. Esta era la gente.

Se añaden algunas confesiones de algún cura muy posteriores y las de miembros anónimos de los pelotones de fusilamiento o los verdugos del garrote vil para demostrar que, en efecto, de ese lado del conflicto es poco lo que cabe esperar. Si acaso lo que las autoras llaman "negaciones ridículas", esto es, el caso de los perpetradores que niegan su participación, aunque haya pruebas fehacientes de lo contrario. Dedican con toda razón un espacio a un caso que es una verdadera vergüenza para el país, la Universidad, la Academia y la disciplina de la historia, el inenarrable Diccionario Biográfico Español, redactado por la Real Academia de la Historia, con fondos públicos (p.71), hace tres o cuatro años y cuya voz Francisco Franco ha sido elaborada por Luis Suárez, medievalista, franquista incondicional, mando de la Hermandad de la Santa Cruz del Valle de los Caídos y miembro de la Fundación Francisco Franco. Algo así como si el equivalente alemán hubiera encargado la voz Adolf Hitler a Carl Schmitt. Y la Academia de la Historia sigue sin repudiar este atentado a la honradez y la decencia intelectual que niega que Franco Bahamonde fuera un dictador. 

Lo que ha impedido un relato contencioso y la democracia por tanto, es el "pacto de sangre" que se encuentra debajo del "pacto del olvido" (p. 78) No ha habido en España "justicia post-transicional. Algunos relatos del lado de los vencidos han venido a perturbar la narración aceptada y oficial que, en realidad sigue humillando a las víctimas como hace cuarenta años. Las autoras mencionan un par de magníficas novelas, convertidas en películas, como El lápiz del carpintero, de Manuel Rivas o Soldados de Salamina, de Javier Cercas.  Yo añadiría Los girasoles ciegos, de Alberto Méndez, cuya capacidad para retratar el ambiente de la sórdida, miserable, cruel e inhumana posguerra española es superior a la de los otros dos porque la vivió.

Al silencio y perpetuación de la injusticia contribuye la actitud cómplice de los tribunales, como se ve an Callar al mensajero, de Francisco Espinosa. Y no solo los tribunales: todas las instituciones del Estado, la Corona, la Iglesia católica, la enseñanza, las universidades y una buena mitad de la población española son franquistas. Poca coexistencia contenciosa saldrá de ahí como no venga de fuera. Y de fuera está viniendo, como señalan Aguilar y Payne, de la Argentina y de la ONU.

En España no podrá haber democracia en serio mientras el país no sea capaz de mirar su pasado, entenderlo, hacer justicia a las víctimas y señalar a los victimarios. Mientras no sea capaz de afrontar la verdad.

A ello coadyuvará mucho este libro. Urge su versión castellana.

martes, 27 de diciembre de 2016

Lo mejor de Podemos

Varios autores (2016) Anticapitalistas en Podemos. Construyendo poder popular. Barcelona: Sylone, 153 págs.
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Podemos, el fenómeno partidista más notorio de los últimos años, es una organización laxa, compleja, incierta, en la que confluyen proyectos distintos y distintas mentalidades y temperamentos. En cierto modo, una organización in fieri. Surge al rebufo de la crisis actual, la que empezó en 2008, y trae en buena medida su razón de ser del movimiento 15M. La experiencia que este dejó, sobre todo, fue la idea de que sería necesario articular un movimiento político que canalizase las energías de contestación manifestadas de un modo espontáneo. El intento sería el de Podemos. Pero este no partiría solamente del 15M, sino que acogería en su seno otros impulsos, otras tendencias y sensibilidades, gentes de las mareas, de los movimientos nacionalistas, exmilitantes de IU, del PSOE, verdes, ecologistas de Equo y, sobre todo, lo que más importancia ha tenido, los militantes de Anticapitalistas.

Así se configuró, casi a uña de caballo, en las premuras de sucesivas consultas electorales, esta organización atípica que comenzó conquistando los medios de comunicación antes de cristalizar en un conjunto de diputados, cargos electos, gestores de distintos niveles de gobierno que, si bien no han cambiado el sistema político español tanto como creen, sí han contribuido a darle un aspecto relativamente nuevo. Su mera presencia suscitó una verdadera oleada de ensayos y libros, al calor de la oportunidad. La "ventana de oportunidad" de que hablaban sus organizadores trasladada a la aventura editorial. En menos de un año apenas quedaba periodista que no hubiera probado su suerte con un ensayo sobre el fenómeno. La visión más o menos canónica presentaba un experimento de organización y articulación novedosa y radical que se atribuía casi por entero a la labor directiva del puñado de profesores de la Facultad de Políticas de la Complutense, muy en especial, Pablo Iglesias e Íñigo Errejón. Prácticamente nadie mencionaba la importancia decisiva de los militantes de Anticapitalistas que, sin embargo, hicieron aportaciones fundamentales, sin las cuales Podemos no existiría: entre otras, la estructura material de una organización de partido coordinada y un fondo de experiencia política y densidad teórica que los de Podemos ni vislumbraban. Entre la miriada de libros oportunistas sobre el fenómeno justamente hacia falta uno que explicara este dato tan importante. 

Tal es el mérito del trabajo en comentario: un libro coral, un conjunto de entrevistas a una serie de diputados, cargos electos, alcaldes, concejales, activistas de Anticapitalistas, todas ellas trabajando dentro de Podemos, pero con una obvia intencionalidad y conciencia de comunidad, una unidad de acción que refleja ideas muy claras y plantea una curiosa situación dentro de la organización morada, especialmente ahora que esta parece escindirse ya en la tradicional divisoria de todas las organizaciones entre un sector más reformista y posibilista y otro más revolucionario y dogmático. 

Insisto: libro coral. Se entrevista a una serie de personas: Miguel Urbán, Jaime Pastor, Teresa Rodríguez, Jesús Rodriguez, Román Sierra, José María González "Kichi", Paula Quinteiro, Rommy Arce, Carmen San José, Laia Facet, Laura Mingorance, Daniel Albarracín y Raúl Camargo. Pero el discurso que elaboran todas ellas, desde muy diferentes perspectivas, tiene un leitmotiv, que habla de un trabajo colectivo, de una fuerza organizada, con años de experiencia a la espalda y una visión absolutamente moderna y al día de la dinámica de las sociedad contemporánea, el capitalismo en general y la situación española en concreto. 

A diferencia de Podemos, que es una organización de aluvión en donde, como puede verse hoy día, hay de todo, el proyecto anticapitalista viene de lejos. Se origina en la LCR de tradición trotskista. Tras su fusión fallida con el Movimiento Comunista, se transforma en Espacio Alternativo dentro de IU hasta que en 2008 lanza Izquierda Anticapitalista, hoy "Anticapitalistas" con gente de la Universidad, el movimiento antiglobalización y veteranos de LCR (p. 11). Todos ellos se integran en Podemos con su propósito específico, consistente en crear un Podemos "desde abajo", en el espíritu abierto, asambleario, casi libertario (p. 61) que los trotskistas han ido elaborando a lo largo de muchos años de experiencias y derrotas. 

Para Urbán, Pastor, etc, el 15M fue una revolución que dio al traste con la "cultura de la transición", entendida como una "correlación de debilidades" (p. 51). Podemos es una muestra de la crisis del régimen manifiesta en la muy profunda del sistema de partidos de la transición, dentro de la que se incluye a IU. Debe observarse que, aunque Podemos surgió con la idea de dinamizar IU, pronto vio que no había modo de conseguirlo desde dentro. De aquí que la idea defendida por los Anticapitalistas sea la de convertirlo en un "partido-movimiento" y parece obvio que, a pesar de ser minoritarios en el seno de la formación morada, lo están consiguiendo, incluso en contra de la voluntad de muchos de los dirigentes de aquella, que tienen una visión jerárquica, monolítica, incluso autoritaria de partido.   

Los anticapitalistas cultivan una especie de autoconciencia de motor teórico y moral de Podemos. Son y no son parte de él. En su día se les exigió disolverse en la organización pero no lo han hecho y se mantienen como un grupo cohesionado, dinamizador y con una capacidad especulativa y riqueza conceptual muy superior a las de Podemos.  Este presenta un peligro de hiperliderazgo, que no rinde cuentas y que se añade al que supone la falta de costumbre de gente que pasa de ingresos muy bajos a tener nóminas de 3.000 euros en sus cargos públicos. Se da un riesgo cierto de un cambio de elites y no de régimen, cosa que se echa de ver en la recurrente tendencia de los sectores más autoritarios de convertir Podemos en una "máquina de guerra electoral" (p. 37), a lo que todos los anticapitalistas se oponen denodadamente. 

Hay puntos en los que los trostkistas insisten a base de aportar experiencias y hacer elaboraciones de considerable calado:  José María González, "Kichi", alcalde Cádiz, aporta interesantes reflexiones sobre el municipalismo en la vertiente práctica y la teórica. Paula Quinteiro hace lo propio con lo que considera la nueva ola de feminismos y abunda en el  criterio por el que la acción emancipadora solo puede avanzar a base de feminizarse.  Los economistas Daniel Albarracín y Raúl Camargo, ambos en la tradición de la Economía Política marxista que se remonta a Ernest Mandel y cuenta hoy con exponentes como Anwar Shaik. Los dos son consistentes y precisos, sin rehuir las cuestiones más problemáticas de la disciplina, como hace en general Podemos, cuyos postulados en asuntos económicos son difusos o absurdos por su afán de no perder votos. Albarracín no rehúye la cuestión de la nacionalización de los medios de producción. A su vez, Camargo crítica cómo, a causa de sus obsesión electoral, Podemos ha ido moderando su programa económico en materia de impago de la deuda (y la auditoría ciudadana) y la nacionalización de los sectores estratégicos (p. 148). 

Por supuesto, los Anticapitalistas tienen elementos en común con Podemos, como el objetivo de democratizar la política y la economía. Pero también hay sus diferencias. Una de las más llamativas es el derecho a decidir de Cataluña y otras naciones del Estado que Anticapitalistas defiende en las convicción de que los discursos populistas sobre la "patria" no han funcionado (p. 39). En realidad, para ellos Podemos no entiende la cuestión nacional catalana, lo que los obligará  a hacer mucha pedagogía (p. 52).

En Anticapitalistas quieren repensarlo todo. Su propuesta es un partido-movimiento, articular fuerzas sociales y populares vivas, construir comunidades desde abajo, no una alianza de partidos o un "aparatillo mediático-electoral". Se conciben como una organización de vanguardia, que dinamiza procesos más amplios, en concreto Podemos, en donde compite con otras corrientes, entre ellas la dominante jerárquica, autoritaria, de raigambre comunista/estalinista procedente de IU, bajo la advocación de Iglesias, inspirado por referentes intelectuales como Anguita y Monereo. Frente a ella, otra más flexible y democrática a medio camino entre el neopopulismo y la socialdemocracia, representada por Errejón y que cuenta más o menos con los mismos apoyos. No deja de ser gracioso que el fiel de la balanza lo tenga este más o menos 10 por ciento de Anticapitalistas, imbuidos de espíritu crítico, sin prejuicios, convencionalismos ni servidumbres. Lo cual no implica que este crítico esté de acuerdo sin más con los postulados de Anticapitalistas. A su parecer son los más elaborados, inteligibles y concretos en el conjunto de un discurso general de la organización morada bastante vacuo e incoherente, centrado en imponer su visión de sí misma como intérprete privilegiada de la realidad. Una pretensión de exclusividad que la izquierda teóricamente más consistente había abandonado hace algún tiempo. Ese afán de comprender la realidad en lugar de hablar de sí mismos como depositarios de la razón es lo que convierte a  los anticapitalistas en los más respetables e interesantes pero también en los más conscientes de la dificultad de un empeño para el que todavía falta muchísimo. 

Si personalizamos las tres opciones en sus cabezas más representativas, Urbán (y Jaime Pastor en un discreto segundo plano), Errejón e Iglesias, veremos la paradoja de que haya una relación inversamente proporcional entre el valor intelectual del personaje y su visibilidad mediática. El más sólido, con mayor amplitud teórica, más audacia intelectual, ingenio y sentido de la innovación es Urbán (y, por supuesto, Pastor, hombre de rara coherencia) a quien no es frecuente ver en los medios. También intelectualmente valioso, aunque no tan original ni profundo, aparece Errejón, a su vez, rostro muy frecuente en los televisores. Por último, el dueño absoluto del ámbito mediático, el rostro que casi monopoliza el símbolo de Podemos, Iglesias, es el que carece de todo discurso original, ingenio o audacia conceptual y solo es capaz de articular ideas en apariencia rompedoras pero manidas y sistemáticamente copiadas. El poder de la imagen tiene sus límites.

sábado, 24 de diciembre de 2016

El autor, autorizado

César Colino, José A. Olmeda, Jaime Ferri Durá, Paloma Román Marugán y Josefa Rubio Lara (Eds.) (2016) Ciencia y Política, una aventura vital. Libro homenaje a Ramón Cotarelo. Valencia: Tirant Lo Blanch. 942 págs.
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El mayor honor que puede alcanzar un profesor, un docente, un académico, en fin uno que se dedica a estudiar y aprender, es el reconocimiento de sus amigos, sus colegas, sus pares. Ahí es donde su trayectoria cobra sentido, porque la ve con los ojos de otros y de otros con los cuales ha compartido muchos momentos en la vida. Entiende uno que ser conocido quiere decir que te conocen, que saben de qué pie cojeas, que te tienen tomada la medida. 

Por eso estoy impresionado por la división en temas en que los colegas han distribuido el libro, haciendo sus muy interesantes aportaciones, clasificación en la que me siento reflejado: teorías e ideologías políticas; los partidos políticos y la izquierda; el Estado del bienestar; España: democracia, sistema político, cuestión nacional; comunicación y política; cultura y política; la Ciencia Política en España. Pues, efectivamente, un amplísimo programa por cuyos vericuetos pienso adentrarme en estas vacaciones.

Pero antes deseo felices fiestas a todo el mundo y muy especialmente a los cinco que han llevado la ingrata, prolija, tarea de la edición y, asimismo a los numerosos colegas que me han honrado con sus aportaciones a este libro. Imposible mencionar a todo(a)s, pero a toda(o)s llega personalmente mi emocionado agradecimiento.

lunes, 28 de noviembre de 2016

Filosofía y utopía de la democracia salvaje

Scheherezade Pinilla Cañadas y José Luis Villacañas Berlanga, Eds. (2016) La utopía de los libros. Política y Filosofía en Miguel Abensour. Madrid: Biblioteca Nueva, 221 págs.
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Amplia y polifacética obra la de Miguel Abensour. Él mismo un hombre de extensos saberes, politólogo, filósofo, historiador de las ideas, crítico literario, erudito, teórico político. Su obra se ha ido construyendo en diferentes diálogos con pensadores y teóricos de distintos siglos. Predomina una orientación izquierdista marxista (explícitamente ubicada en el "joven Marx") con un fuerte elemento antiestatista, bordeando en el anarquismo, todo entreverado con una lectura/diálogo permanente con E. Lévinas y sus reverberaciones heideggerianas. Y hay muchas más cosas. Tantas que el autor ha renunciado a integrarlas en algún tipo de sistema, dejándolas más bien en un mosaico complejo, e irregular, un poco al estilo de Montaigne, como la obra que se va haciendo. Abensour, además, la dota de unos indicadores (no necesariamente suyos) que se repiten a modo de repères para orientar en diferentes direcciones entrecruzadas: el momento maquiaveliano, la intriga de lo humano, la epojé fenomenológica, la alteridad levinasiana, la democracia insurgente, la democracia contra el Estado, la filosofía crítica, la sin arkhé, la utopía como una de las raíces y elementos del marxismo, el todos-uno o el todos-unos, la "hipótesis inconcebible", la conversión utópica. Y, por supuesto, el faro maldito que luce desde hace 500 años iluminando la incapacidad humana de encontrar una respuesta al Discurso de la servidumbre voluntaria, de Etienne de la Boètie, el gran amigo de Montaigne.

De la Boètie trastorna de tal modo los presupuestos de toda teoría política que casi puede entenderse esta como la búsqueda de una respuesta aceptable a aquel discurso. Al menos la de los teóricos del círculo de Abensour que se han ocupado de la misma cuestión, Pierre Clastres y Claude Lefort, entre otros. En la antropología de Clastres aparecen unas sociedades "contra el Estado" que, por así decirlo, dejarían a cubierto la retaguardia. A continuación, el discurso se empareja con el espíritu republicano en el momento maquiaveliano, se pasa en forma dubitativa por el tratado Teológico-Político spinoziano y se acaba aventurando la hipótesis de que ese espíritu de emancipación que llevaría (lira utópica) a la situación en que no hay servidumbre porque los seres humanos solo se obedecen a sí mismos es la movida por la "verdadera democracia" marxiana. Por supuesto, ese itinerario del espíritu en libertad, que da esquinazo al estatismo hegeliano gracias a una interpretación de la crítica de Marx a Hegel (en los llamados Manuscritos de Bad Kreuznach, obra no del joven, sino del jovencísimo Marx) se puede interpretar de muchas formas y así suele hacerse. En todo esto aparece la sombra de Rousseau y su incómoda volonté générale. Cierto que se vapulea a Hobbes por lo unilateral (y "antirrousseauniano") de su estado de naturaleza, pero apenas se dedica atención al verdadero padre de la teoría política liberal, John Locke, cuya doctrina esencial consiste en convertir el consentimiento (se entiende que libre) en base de legitimidad del poder, lo cual confirma el punto de vista de La Boètie con la servidumbre voluntaria. Algo patente.

El libro, escrito por once especialistas con orientaciones distintas y un interés común en Abensour, del que ofrecen lecturas estimulantes, se abre con un breve ensayo del propio Abensour, "Spinoza y la espinosa cuestión de la servidumbre voluntaria". Trata de averiguar si en Spinoza encontramos la hipótesis de la servidumbre voluntaria. No se atreve a decir que no por cuanto hay una mención a la obra de La Boètie en el Tratado Teológico-Político de la que se sigue una dificultad del conatus, una grieta en él, una inversión del deseo, algo grave. Recuérdese que, según La Boètie, el pueblo de Israel y sus tiránicas instituciones serían un ejemplo perfecto de servidumbre voluntaria. Y tanto: el trato que dispensa el autor a Israel es tan despreciativo y hostil que casi parece antisemita. Dice La Boètie: No puedo leer la historia de ese pueblo sin sentir un gran despecho, que podría incluso llevarme a mostrarme inhumano con él, hasta el punto de alegrarme de todos los males que más tarden padecieron. Entiende Spinoza que hay servidumbre voluntaria cuando la práctica del contra sí mismo lleva al hombre a renunciar a su reserva de derecho natural que pertenece a la voluntad del sujeto. Esta sería la "hipótesis inconcebible". Pero, si es tan inconcebible, dice Abensour, ¿por qué Spinoza la menciona y la trata?  El pueblo hebreo funciona con dos pactos: el primero con Dios y establece una teocracia, basada en la servidumbre voluntaria porque les permitía relacionarse directamente con él y no depender de sus semejantes. Pero Dios los asusta y se ponen en manos de Moisés, a quien mandan a hablar con él y que instituye otra teocracia. En los dos casos, apunta la "hipótesis inconcebible": la servidumbre voluntaria (p. 39). No hay salida. Kant, como buen ilustrado, había dulcificado bastante esta servidumbre manteniendo los dos pactos a los que llamó "el de la unión civil" y el de "sujeción". Pero sujeción es, al fin y al cabo. Y voluntaria.

Tres trabajos en el ámbito político.

Antonio Rivera García, "El contra-Leviatán de Miguel Abensour". Se centra en la obra más famosa de Abensour, La Democracia contra el Estado. El enemigo de Leviatán no es el concepto moderno de libertad, sino el de vida activa, el republicano. De ahí el primer momento maquiaveliano. que se encuentra en el joven Marx, el de la "verdadera democracia". La democracia no debe cosificarse en leyes constitucionales, sino que debe abrirse a la continua autoconstitución del pueblo. La Comuna de París fue el segundo momento maquiaveliano de Marx.  En su libro, Abensour termina conectando la democracia con el pensamiento libertario, la sin arkhé, lo que no está mal si se delimita el concepto del de sinarquía, una forma de gobierno oligárquica clásica directa o indirecta que responderá o no al sentido que Abensour le dé. La referencia al Saint Just de Les institutions républicaines, es importante (distinción entre instituciones/leyes) pero aquí está off limits.

Jordi Riba, "Democracia y Modernidad", va directo a la "democracia insurgente": la democracia es movimiento. El sentido de la democracia es la desaparición de la dominación y la destrucción del Estado. La utopía y la democracia son dos fuerzas indisociables de las que se ha alimentado el movimiento emancipatorio moderno. Es posible, pero no necesario. La utopías como formulaciones son casi monopolio absoluto de los ámbitos culturales anglosajón y francés. No hay utopías alemanas. Tampoco la tradición democrática alemana ha sido de lo más espléndido y, sin embargo, de Alemania surgió la más potente doctrina emancipadora que ha enarbolado le izquierda de una u otra forma durante más de siglo y medio. Hay quien dice que adjetivar la democracia es siempre sospechoso y se acuerda de la democracia orgánica o la democracia popular. Pero eso no quiere decir nada. Es solo una prueba de que la democracia es un universal que luego se concreta y autodesigna como le parece. ¿Por qué no insurgente o salvaje, como las huelgas?

Interesantísima nota de Anne Kupiec, "El héroe revolucionario" y sus metamorfosis. Abensour ha investigado la "identidad enigmática del revolucionario moderno" en un mundo que ha quedado vacío desde los romanos (p. 87). Nunca ha pretendido escribir un tratado sobre el heroísmo. Cierto. Si algo se aleja de la consideración sistemática es el heroísmo, que está basado en el "valor", esa cualidad que, según Napoleón, no se puede fingir, pero que tiene infinitas manifestaciones. Ojéese el índice del tratadillo de Carlyle, Sobre los héroes, el culto al héroe y lo heroico en la historia. Ahí aparecen Odín, Mahoma, Lutero, Cromwell, Rousseau, etc. Descorazonador.

Vienen luego cuatro ensayos sobre la dimensión de utopista (no utópico, claro) de Abensour.

Patrice Vermeren, en "El mapa del mundo y el ataúd de la utopía" concluye que leer a Abensour es leer a Abensour leyendo o releyendo otros textos. Así que cuando el autor habla de la  persistencia de la utopía y la conversión utópica, a través de dos paradigmas: la epojé fenomenológica  (despertar de la subjetividad) y la imagen dialéctica, tomada de Walter Benjamin, lo hace tras haber meditado sobre una larga serie de autores y obras. 

Francisco Serra Giménez, avisa de la "extrañeza de lo humano" y, tras pasar la utopía por la teoría crítica, la confronta con la alteridad en la consideración de la utopía como ucronía en Noticias de ninguna parte, de William Morris. Esto de las ucronías es interesante en sí mismo. El año anterior al de Morris apareció Un yankee de Connecticut en la corte del Rey Arturo, de Mark Twain. Bien es verdad que era humorística y una ucronía hacia el pasado, mientras que la de Morris nos lleva al futuro. Igual que hacía la que publicó hacia 1776 Louis Sébastien Mercier, L'An 2440, libro curiosísimo.

Georges Navet, encuentra "El método de la utopía" en la "ciencia nueva" de Vico, guía para la "utopía de los libros" levinasiana que Abensour admira.

Claudia Gutiérrez Olivares, en "Animal utópico: ¿un animal sentimental?" retoma la epojé que, con la "conversión utópica" deviene en "animal sentimental" 

Tres muy interesantes reflexiones de carácter estético:

Miguel Corella, "Más allá de la política: estética y an-arquía. La ciudad en Miguel Abensour y Jean-Luc Nancy". Corella analiza la arquitectura de Speer, el arquitecto preferido de Hitler a la luz de Canetti, Arendt y Benjamin.  La Boètie mediante, la dinámica utopía/democracia puede llevar a algo que más sea "distopía", por la famosa alternancia de lo heimlich/unheimlich que ya había preocupado a Freud, si no ando equivocado. 

Ana Carrasco-Conde, "La estética de la permanencia y la petrificación del espacio público: Sobre la arquitectura de las formas totalitarias". Es una reflexión sobre los dos escultores nazis por excelencia, Arno Breker y J. Thorak. La autora lo exlica muy bien: el cuerpo de la masa y el cuerpo del Führer, todo en uno. La pintura de alemana de la época era igual de relamida, ambigua y cursi. En definitiva, la política de erradicación del arte degenerado hacía sitio al reinado del arte sencillamente monstruoso e inhumano, por titánico y kitsch al mismo tiempo.

Del trabajo de Scheherezade Pinilla-Cañadas, "Un largo viaje: De l'être-rivé à l'évasion" subrayo la importancia que se da a la aportación de Levinas al Sein zum Tode heideggeriano con un Mit-sein-zum Tode y su impacto en la obra más importante de un deportado, Semprún, El largo viaje. La autora anuncia la redacción de un trabajo más extenso sobre el mourir ensemble levinasiano.

Una palabra de clausura a cargo de José Luis Villacañas Berlanga, "Miguel Abensour y Pierre Clastres: sobre antropología política". El mérito de Clastres no es descubrir que haya sociedades sin Estado, sino sociedades orientadas a impedir que surja el estado. Acontecimiento Clastres, "la democracia contra el estado" (Abensour) y la "democracia insurgente". Al refuerzo Lefort con el "Contra Hobbes": el Estado es la destrucción de una sociedad política constituida para evitarlo. Para ello se necesita un malencontre", ese es el inicio de la autoridad política. Con todo, la reconciliación de la insurgencia y la institución es posible si vemos que el Estado no es la principal fuente del derecho. En realidad el Estado nunca ha sostenido tal cosa ya que suele respetar los usos y costumbres; algunos se han constituido sobre ellas. No obstante, para que el Estado sea o no principal fuente de derecho, ha de haber un Estado constituido con arreglo ¿a qué derecho? Quizá al que Abensour llama "derecho social". La cuestión está entonces en sobre qué fuerza coactiva decansa ese derecho. Y aquí es donde entran todos los momentos maquiavelianos, las "verdaderas democracias", los "contra Uno", las insurgencias, en apoyar la obligación en la condena por acuerdo unánime de la colectividad, incluso por acuerdo mayoritario. Y entonces se yergue siempre el fantasma de Sócrates.

Por cierto, me toca presentar el libro esta tarde en el centro Sefarad de la calle del Arenal según convocatoria que voilà. Espero no repetirme y aburrir al respetable. 

viernes, 25 de noviembre de 2016

Barberá

Es inevitable hablar de Rita Barberá. Vaya por delante que Palinuro profesa a rajatabla el principio del respeto a los muertos. De los muertos no debe hablarse ni bien ni mal porque no pueden responder. Eso debiera bastar. Y aquí no se hablará en absoluto de la difunta, sino del insólito guirigay que han montado los vivos a su costa. Empezaron los de su propio partido a buscar de inmediato culpables de la muerte por infarto. Todavía córpore insepulto, el ministro de Justicia empezó hablando de "conciencia" y, con claro sentido de culpabilidad que los psicólogos llaman de "proyección", se refirió a la conciencia intranquila de unos otros innominados pero claramente situados en la izquierda a los que, de este modo hacía responsables del óbito. La derecha se ha civilizado mucho. Ya no acusa del hecho material, sino solo de la responsabilidad intelectual.

No solo es injusto. También es absurdo y como el absurdo es más contagioso que la risa numerosos dirigentes del mismo partido se han animado a repartir culpabilidades como una máquina de riego automático fuera de control: la "cacería" de los medios, la "pena de telediario", el "linchamiento de la opinión pública", las "hienas" (cosecha de Rafael Hernando), la maldad intrínseca de la izquierda. Todo con tal de no reconocer que los primeros candidatos a esa poco honrosa plaza de haber acosado a su antiguo referente y modelo en el que todos decían mirarse son los que acusan a los demás. Fue fortísima la caída: los mismos que la adulaban le esquivaban el saludo en público, como a una apestada.

Todo esto es absurdo. Toda muerte cierra un escenario. Es un hecho mudo. No plantea problemas morales. Se acepta porque no es posible hacer otra cosa. Buscar culpables que no sean los autores materiales si tal hubiera sido el caso es absurdo. Que cada cual le dé la interpretación que quiera. Es culpable la sociedad entera. Y en la configuración de esa sociedad fue muy relevante la fallecida. Los problemas morales, el ruido, los plantean los vivos, especialmente los políticos cuando la situación se presta que es justo cuando dicen que no se presta. Y lo hacen en el terreno habitual de la desmesura, la mendacidad, la agresividad, el ridículo no solo entre sí, sino también hacia la población. Pero, al darse contra el fondo del hecho trascendental de la muerte, lo ridículo se convierte en grotesco. Algo que interpretaría muy bien El Bosco.

domingo, 20 de noviembre de 2016

El socialismo revenido

Javier Paniagua Fuentes (2016) El socialismo. De la socialdemocracia al PSOE y viceversa. Madrid: Cátedra, 370 págs.
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En estos momentos de zozobra del socialismo europeo en general y español en particular, este libro será de gran ayuda para todos los interesados en la materia. Para los militantes, los dirigentes y también para los analistas, los dedicados a las cuestiones teóricas de la izquierda y los meros espectadores. Es un ensayo de amena lectura en el que el autor entrevera con pericia tres tipos de relato. Uno es una narración histórica del socialismo español desde la victoria electoral de 1982. Otro son reflexiones doctrinales sobre la socialdemocracia en general que arranca de la polémica del revisionismo a primeros del siglo XX. El tercero son vivencias personales, un fondo autobiográfico pues el autor es historiador, profesor universitario y miembro del PSOE, habiendo ocupado cargos de Dirección General en la CA valenciana y sido diputado por Valencia durante cuatro legislaturas. De todo ello doy fe porque lo conozco desde hace muchos años. No se crea que la amistad haya de condicionar mis observaciones sobre el libro, por aquello de "soy amigo de Platón, pero soy más amigo de la verdad". Un enunciado que carece de sentido en la época posmoderna cuando, según los filósofos, la verdad no existe. Y, si lo dicen ellos, que llevan más de dos mil quinientos años buscándola, algo de eso habrá. 

El comienzo, la reflexión teórica sobre la socialdemocracia en Europa, vincula esta al Estado del bienestar y llega luego hasta la crisis ante el asalto neoliberal de los años 1980. Justo cuando los demás están de retroceso, los socialistas españoles emprenden su primera experiencia jamás de gobierno en solitario. El empeño del PSOE era establecer en España un régimen "homologable" al de las democracias europeas. Ahí hay un punto de discusión sobre si realmente lo logró o no. En opinión de este crítico, no y España sigue siendo el enfermo de Europa, el que no acaba de encajar. Muy significativa la referencia de Paniagua a la idea de Sergio Gálvez de que el PSOE hizo en el siglo XX la revolución burguesa del XIX (p. 137). Es una manera de darle perspectiva a la antigua obsesión hispana. Pero resulta insólita, como una perspectiva de Escher. El complejo original de la falta de revolución burguesa no se resuelve con una traslación siglo y medio más tarde. La burguesía española nunca tuvo aliento para enfrentarse a la hegemonía ideológica y material de la oligarquía nacionalcatólica y el PSOE tampoco. Además, no es cosa de un partido.

El capítulo dedicado a los casi catorce años de gobierno socialista -que hoy parecen del tiempo del califato- tiene abundancia de referencias personales. En general estas pululan por la obra, referidas al ámbito académico y al político, y suelen ser con un fuerte punto crítico adobado con cierta ironía. La que probablemente da encontrarse en la distancia anímica de la jubilación. En algunas de las andanzas que Paniagua narra anduvo este crítico por medio. En los encuentros de Xàbia, que entonces se llamaba Jávea, y en los primeros tiempos del Programa 2000. Y también doy fe de lo que el autor narra con desenfado. Añado que se queda corto. El programa 2000 nació muerto. Por lo demás, el retrato que hace de Alfonso Guerra, presentado como el personaje detrás del personaje, es bastante atinado por lo que se sabe. En cuanto al llamado "felipismo", un supuestso estilo de gobierno personal y arbitrario que otros, peor intencionados, llamaban el felipato, Paniagua mantiene un tono escrupulosamente académico y reconoce la parte de fabulación y campaña de acoso que tuvo toda la historia.

En la España de hoy y de siempre era inevitable una referencia a la cuestión nacional que permite al autor repasar las polémicas en el socialismo desde los tiempos del austromarxismo. Después se aborda la más específica cuestión del catalanismo y el PSOE. En el momento actual, en que parece haber un enfrentamiento entre el PSOE y el PSC, el recordatorio de Paniagua de que el  PSC había sido decisivo para que el PSOE pudiera tener las mayorías absolutas de 1982, 1986 y 1989 (p. 213), suena a toque de difuntos. La intratabilidad de la cuestión nacional en la izquierda española ya se mostró con el caso del PCE/PSUC, pero esa experiencia no parece haber servido de nada y los socialistas se aprestan a mostrar que así ha sido. Sin embargo, o el PSOE se acomoda a la plurinacionalidad o será difícil que vuelva a gobernar y eso si la presión de la otra izquierda se lo permite.

El capítulo más extenso de la obra (más de cien páginas) se lo llevan los gobiernos de Zapatero y los años posteriores. Paniagua es muy crítico con la peana "republicana" que le proporcionaban las teorías de Philip Pettit. Pero reconoce que el campo estaba yermo y que las otras dos opciones hasta entonces en boga, la "tercera vía" de Giddens/Blair y el "Nuevo Centro" de Schröder ya se habían apagado. El civismo republicano apuntaba al interés de Zapatero por lo que pueden llamarse políticas "ideológicas" o "superestructurales", siempre más brillantes: la legislación en materia de igualdad efectiva de género, los derechos de las minorías, por no hablar de la incursión en territorios vedados a España desde hacía siglos, como la propuesta de la "alianza de las civilizaciones", una especie de frágil, precipitada y trivial quimera. Se añadían criterios de generosa justicia social, al ocuparse del bienestar de los más débiles, los dependientes y hasta se procedía con cierta prodigalidad, en una especie de "borrachera del excedente", con los 2.500 € por cada recién nacido y la exención fiscal universal de los 400 euros, dádivas que duraron lo que el consabido pastel a la puerta del colegio y que -y es opinión de este crítico, nada más- tienen tanto que ver con el socialismo como la foca monje.

 Era la socialdemocracia de la abundancia, que brillaba como un faro en Europa pero que, igual que los otros, se apagó en la legislatura siguiente. En esta irrumpieron los sempiternos problemas de España, la cuestión de la memoria histórica y el debate sobre la estructura territorial del Estado. Como siempre. La primera quiebra, precedente de la que llegaría años después con el proceso independentista catalán, fue el "Plan Ibarretxe". Rechazo casi unánime en el Congreso. PP y PSOE votaban lo mismo, como siguen haciendo en este asunto concreto al día de hoy. El argumento que la derecha esgrimió era el de que en el Congreso no estaban representados los territorios, sino el conjunto de los españoles. Y se lo decía a una cámara en la que había representantes territoriales de Galicia, el Paíss Vasco, Cataluña y Canarias. 

Las otras pecularidades del lugar también se mencionan, pero no se subraya su relieve: una es el hecho de que la quiebra terrorista del 11M se viera luego proseguida durante años en forma de una alucinante teoría conspirativa a la que daba crédito la oposición. La otra es la omnipresencia de la corrupción, estructural en el sistema político español, que es un sistema de oligarquías y caciques. Podía ocupar más espacio en el libro teniendo en cuenta que el autor, aunque ceutí de nacimiento, es valenciano por enraizamiento y la Comunidad Valenciana ha sido el Chicago años 30 de la corrupción. La verdad es que, viendo lo que vino después, se entiende que Zapatero tardara seis meses en pronunciar la palabra "crisis". Debía de estar avisado.

La actualidad del PSOE la ve el autor ahora en gran medida a la luz (o la sombra, más bien la sombra) de Podemos. A lo mejor sus hijos, como los de Borrell, son votantes de los morados. Pero de nuevo aquí muestra Paniagua el ojo crítico e interpreta el auge de Podemos en clave de pinza a la antigua usanza de los comunistas y el PP, en lo cual cita a Palinuro (p. 332), que es personaje bienquisto en esta casa. Efectivamente, desde el momento en que Podemos se echó en brazos de IU (a la que no había conseguido fagocitar por entero, cual era su intención) sellaba su destino por abandonar el curso medio que llevaba entre el comuismo anquilosado de IU y la socialdemocracia neoliberal del PSOE, Escila y Caribdis, ya se sabe.

En fin, un gran ensayo sobre la actualidad con perspectiva, empaque y escrito con distanciamiento simpatético y gran agilidad. No creo que ningún lector ecuánime encuentre muchas razones para discrepar.

martes, 27 de septiembre de 2016

Teorías y conflictos

Gary S. Schaal y Felix Heidenreich (2016) Introducción a las teorías políticas de la modernidad. Valencia: Tirant Lo Blanch. (374 págs).
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Habitualmente se supone que los críticos de libros han leído los libros que critican. Puede ser mucho suponer. También habrá críticos que no los hayan leído o no los hayan leído del todo, incluso que no sepan de lo que hablan. La regla general seguramente será la de los críticos honrados. Hay un caso, sin embargo, en el que el recurso a esta regla es innecesario: el del crítico que, además, es el traductor del libro que critica. Eso no ofrece lugar a dudas: el crítico tiene que haberse leído el libro a base de bien porque lo ha traducido.

Es el caso de la obra hoy en comentario de los profesores alemanes Schaal y Heidenreich, traducida por Palinuro. No obstante, debo advertir a quien se haga con la obra en esta su primera impresión, que si busca el nombre del traductor en ella, no lo hallará. Hemos olvidado incluirlo. Estas cosas pasan a veces en las editoriales. Uno cree que entrega el manuscrito después de haberlo mirado y remirado mil veces y, cuando lo tiene impreso en las manos, repara en que falta un nombre: el suyo. Cuando menos, no se me podrá acusar de ser un presumido, aunque esta modestia casi franciscana, tampoco sea de mi gusto. Ya me he cerciorado de que en la primera reimpresión que se haga, aparecerá mi nombre como traductor. Tengo un respeto y vocación casi míticos por el oficio de traductor y me considero tal con el mismo espíritu con el que soy profesor, escritor o bloguero, que es también actividad exigente.

Los dos profesores alemanes han escrito una obra sistemática y bien organizada, como era de esperar, con una clara intencionalidad propedéutica. Es algo muy de agradecer cuando se aborda un asunto tan complejo como el del libro,  una exposición sobre la(s) teoría(s) política(s) contemporánea(s). En la segunda mitad del siglo XX a raíz del famoso pronunciamiento de Peter Laslett, de que la filosofía política había muerto, también se dio por difunta a la teoría política que no sabría encontrar un lugar cómodo entre aquella filosofía y la Ciencia Política. Esta última dominaba el escenario desde que, primero conductista, luego funcionalista, finalmente se hizo empírica de la cabeza a los pies, quiso enseñorearse del campo todo y dejó en el sepulcro a la vieja teoría política y, sobre todo, a la teoría política normativa.

Pero pasó el tiempo y, con la crisis de la teoría del Estado del bienestar y el colapso del comunismo, ya en el último tercio del siglo XX, la ilustre difunta comenzó a dar nuevas señales de vida. La Teoría de la Justicia, de John Rawls, una obra de los años setenta, rabiosamente teórica y normativa quizá pueda calificarse como el libro político-académico más importante del siglo XX. Y, abiertas las compuertas, por ellas entró un alud de teoría política finisecular y del siglo XXI con tal vitalidad y abundancia de enfoques y perspectivas que, de no publicarse libros como el de Schaal/Heidenreich, sería imposible moverse en esta frondosa jungla en la que conviven en no siempre alegre compaña liberales, conservadores, contractualistas, neoliberales, comunitaristas, republicanos, cosmopolitas, teóricos de la decisión racional, críticos, postmodernos, feministas, ecologistas, pluralistas, neocorporativistas, sistemistas, institucionalistas, y quedan algunos más. 

El hecho de que los autores sean alemanes presenta también su interés. Es cierto que Alemania tiene una más que regular producción en el campo de la teoría política y su historia (según atestiguan nombres como (von Beyme, Nohlen, Fenske, Llanque, Hartmann, Habermas, Offe, Ottmann, etc) pero en el ámbito castellano-parlante este territorio aparece casi dominado por los anglosajones con una nota francesa. Y el hecho no es inocente. Las selecciones de autores y escuelas varían, según sea la nacionalidad de los responsables. Pasa siempre con todas las historia culturales. Las primeras figuras son tratadas en todas las historias (Hobbes, Locke, Rousseau, Kant, Hegel, Marx, etc) pero estas admiten variedad en las figuras menores. De no ser por la germanidad de los autores es difícil que Habermas hubiera encontrado un sitio y seguramente, no se hablaría de Luhmann.

Los autores parten de un supuesto metodológico que les sirve para clasificar el conjunto de las teorías políticas de la modernidad en dos grandes grupos cuyos presupuestos son antagónicos: la tradición de las teorías liberales y la de las republicano-comunitaristas. Ambas resumen en sus postulados dos respectivas visiones del mundo en buena medida excluyentes. La teorías liberales son las que tienen un origen pactista más obvio y así han llegado al neocontractualismo de Rawls y la idea poliárquica de Dahl. Encajan en la tradición, aunque algo forzadamente para mi gusto, los libertarianos (estilo Nozick o Bookchin) y, desde luego, los de la decisión racional, Buchanan, Tullock y sus parientes lejanos de la teoría económica de la democracia, Downs y el inevitable Olson, con sus apotegmas sobre los bienes públicos, los gorrones y la lógica de la acción colectiva.

La otra gran rama de la teoría política contemporánea, la republicano-comunitarista, también tiene un origen pactista (Rousseau), pero se aparta pronto de él para indagar perspectivas más radicales (como Marx o, recientemente, Barber) y, por supuesto, para plantear unos presupuestos antropológicos y unos procesos de socialización así como relación entre la colectividad y el individuo muy distintos de los liberales. El comunitarismo como fundamento de una concepción de la justicia, la moral y el buen gobierno culturalmente determinados (Walzer, Kymlicka, etc) implica una negación rotunda al principio poco menos que incuestionado de la universalidad de los valores occidentales, sostenida por el liberalismo.

Junto a estos dos grandes grupos, los autores hacen al final hueco para otros dos que, teniendo concomitancias con los anteriores, presentan caracteres específicos que autorizan a un tratamiento diferenciado. De un lado dedican su atención a un manojo de teorías actuales que engloban bajo la denominación de teorías "deliberativas" que comprenden los postulados de democracia participativa, muy en boga en los años 70 (Paterson) y revividos en los primeros del siglo XXI, a través de unos movimientos que cuestionaban los cauces representativos tradicionales. Se trata, en realidad, de la venerable etiqueta de teorías "emancipadoras" y en ellas destaca la presentación y el estudio de la acción comunicativa de Habermas, así como sus referencias.

Por último, un apartado muy de agradecer por abordar una serie de teóricos y teorías de ahora mismo, englobándolas bajo el paraguas de la postmodernidad, desde Lyotard, que acuñó el término hasta Rorty, cuyo vitriólico escepticismo le lleva a vaticinar de nuevo la muerte de la filosofía (y, desde luego, de la filosofía política), convertida en una especie de diálogo culto entre gentes ociosas. Revista se pasa asimismo a Foucault, Butler, Luhmann y Derrida, a cuya cuenta se hacen las únicas observaciones semihumorísticas que se permiten nuestros autores.

En resumen, una lectura interesante, ilustrativa y muy completa, de la que se aprende bastante. Una guía para moverse a cierta altura por un complejo panorama en el que muchas veces la misma exposición de las teorías políticas presenta sesgos difíciles de admitir. Y escrita, además, en un estilo de lectura ágil, sin merma de su rigor. Lo sé porque lo he traducido. Por cierto, ya había subido una crítica anterior del mismo libro aún en alemán y que, en parte, coincide con las observaciones de ahora: La teoría política hoy.

miércoles, 14 de septiembre de 2016

Vidas paralelas

Reconozco habérmelo puesto fácil hoy. El género vidas paralelas fue frecuente en épocas pasadas. Siempre con ánimo moralizante y ejemplificador. Basta con encontrar biografías que tengan puntos en común. Son composiciones contrapuntísticas. Dan muy buen resultado porque se aprende mucho sobre las gentes y sus actos cuando se pueden comparar unas con otras. Aunque ya dice el saber popular, siempre algo timorato, que las comparaciones son odiosas.

Aquí tenemos a Rita y Carme, punto contra punto. Con muchos elementos en común: las dos son mujeres, más o menos de la misma generación (se llevan cinco años). Ambas con formación universitaria más de letras. Las dos periodistas, entre otras actividades. Ambas son políticas, habiendo ejercido diversos cargos institucionales. Las dos con cierta proyección mediática.

Las dos pueden acabar ante los tribunales.

Como se ve, vidas paralelas. Lo interesante viene cuando se analizan esos puntos en común. Las dos son mujeres y han abierto caminos en un mundo que era aun más patriarcal que el de hoy. Una, Forcadell, es hija de un camionero; la otra, de un periodista y jerarca del Movimiento Nacional. Es decir, son más o menos de la misma generación, pero no del mismo ambiente ni de la misma clase y casi ni del mismo país. Su orientación periodística ha sido muy divergente. En política, una (Barberá) es de derechas de toda la vida, pues fue fundadora de Alianza Popular en Valencia, mientras que la otra es de izquierdas y republicana ya que milita en ERC. Comparten el ser oriundas del ámbito cultural catalán pero, mientras una (Forcadell) es independentista, la otra es nacionalista española. Los cargos institucionales fueron muy distintos y ejercidos de muy distinta forma. Al principio, los importantes eran los de Barberá; al final lo es del Forcadell. Porque ambas son parlamentarias, pero mientras Forcadell preside el Parlamento catalán, Barberá está prácticamente asilada o refugiada en el Senado para protegerse de la acción de la justicia. Su proyección mediática ha sido asimismo muy distinta. Donde Barberá proyectaba una imagen digamos folklórica con manifestaciones de ridícula chabacanería, Forcadell daba una de severidad y determinación, con elementos mesiánicos.

Las dos, en efecto, pueden acabar ante los tribunales. Una (Barberá) por supuestos delitos de derecho común, la otra por razones políticas, de conciencia.

No hace falta decir nada más.

(Las imágenes son sendas fotos de Partit Popular Comunitat Valenciana y Judesba, con licencia Creative Commons).

martes, 6 de septiembre de 2016

La República catalana

Estando servidor de exámenes de la UNED en Córdoba, Ara Llibres me ha hecho llegar algunos ejemplares de mi último libro, La República catalana. Es una imagen muy sobada la que asimila la alegría del autor al ver y poder tocar su libro con la de un padre que por fin ve el careto de su rorro y lo puede achuchar. Muy sobada, pero muy cierta aunque, la verdad, una niña y un libro no tienen gran cosa que ver. Los libros no precisan pañales y a las niñas no se las puede subrayar. Además, un niño es un bien exclusivo, único, y no admiten "tiradas" como con los libros. Quizá algún día alguien los clone pero, de momento, son irrepetibles mientras que los libros se hacen por ediciones y si se reimprimen y reeditan mucho es porque tienen éxito. Hay más semejanzas y desemejanzas. Entre la madre y el hijo se crea una relación también única, profunda, intransferible. Como la que surge entre el libro y el lector, sobre todo si este lo lee y no lo quiere para adornar(se).

En fin, que estoy muy contento viendo y manoseando mis escasos ejemplares de La República catalana que, según mis editoras, estará en las librerías el 12 de septiembre, al día siguiente del Día. Molt, molt simbòlic, oi? Además, va dedicado als meus amics catalans porque, en realidad, ha surgido de la experiencia de mis andanzas por Cataluña y las enseñanzas que las catalanas me han aportado. En él he tratado de explicar en mi lengua el sentir y las razones de los que hablan y viven otra. Sin anteojeras, sin prejuicios y con la mejor intención del mundo. Me gustaría que España y Cataluña se entendieran pero tengo para mí que eso solo sería posible de igual a igual, y me temo que España no reconocerá tal igualdad, ganada a pulso por esos toçudos catalans y, en consecuencia, entre una España que siga sometiendo a Cataluña y una Cataluña independiente, prefiero la segunda opción, la de la república catalana que está por nacer.

Con esa última oración (en sentido gramatical) se cierra el libro.

lunes, 5 de septiembre de 2016

El burkini y los valores

Esto del burkini ha sido el tema del verano y a su cuenta se han intercambiado fogosos argumentos en un sentido u otro. Resulta curioso que el debate no sea tanto sobre el hecho en sí (que unas mujeres vayan a bañarse vestidas) como sobre su significado latente; no sobre un comportamiento que pudiera ser vituperable (y que, de hecho, no lo es) como sobre su intencionalidad o presumible propósito. Dicho en plata: si no hubiera habido los atentados recientes en Francia, Bélgica y otros países europeos, a nadie hubiera llamado la atención que unas personas fueran a las playas ataviadas más o menos como nuestras abuelas en sus tiempos. 

Vivimos en sociedades libres en las que el avance de las concepción de los derechos de la persona he hecho retroceder hasta su casi desaparición comportamientos no hace mucho penados como delitos en función de criterios muy elásticos que se prestan a interpretaciones arbitrarias, como la moralidad, el decoro, la decencia públicas. En nuestros días cada cual viste y se comporta como le place. Esta concepción amplia de los derechos solo conoce como límites el interés público y los derechos de los demás. Por supuesto, vuelven a ser límites en el fondo imprecisos. Pero, para llegar a ellos es preciso referirse a casos extremos y por tanto excepcionales. Y la indumentaria de los/las bañistas no suele contarse entre ellos.

En una sociedad democrática-liberal ordinaria la indumentaria y apariencia exterior es libre, carece de sentido y fundamento y es ilegal obligar a la ciudadanía a llevar o dejar de llevar ciertas prendas. Por tanto, la reciente prohibición del burkini en la Costa Azul francesa es una evidente extralimitación que el Consejo Constitucional ha dejado felizmente sin efecto. Es ridículo que la autoridad se arrogue facultades para decidir cómo deben o no deben vestir las personas.

La justificación de la prohibición del burkini, sin embargo, invoca otros argumentos. El más frecuente es el que va más allá de lo puramente fáctico para entrar en el campo de lo semiótico. El burkini debe prohibirse no por lo que es de hecho sino por lo que significa, por el mundo de representaciones mentales, ideológicas, religiosas y, en último término políticas que conlleva. Está claro, dicen, que nadie quiere interferir  en el ejercicio personal de los derechos de las mujeres musulmanas. Aunque tampoco es extraño escuchar observaciones acerca de si estas mujeres son verdaderamente libres o están coaccionadas por usos, creencias, comunitarias y colectivas de las que en el fondo son víctimas. Es algo que merece la pena considerar, sin duda, pero sin olvidar que lo mismo puede decirse y sospecharse de otros comportamientos sociales que pasan incuestionados en la sociedad, singularmente, muchos de los usos y costumbres (y no solo en la indumentaria) de los católicos y sus curas y monjas. La autoridad debe velar porque nadie se vea obligado a actuar en contra de su voluntad por imposición exterior, pero no tiene nada que decir cuando el comportamiento -por muy servil y denigrante que pueda parecer- es libremente consentido por la persona.

Pero el argumento de los prohibicionistas tampoco acaba aquí. Señalan el mencionado hecho del aspecto simbólico de la indumentaria en cuestión, considerando que su importancia radica en su carácter premonitorio. El burkini es una provocación consciente a los valores occidentales y lleva en su seno una amenaza totalitaria de islamización de nuestras sociedades. Estas acogen a los musulmanes, pero no tienen por qué aceptar sus pautas culturales ni sus valores. Cierto. Pero no parece que el burkini en sí mismo encierre esa pontencialidad del mal. Más bien se trata de una sobrerreacción producto del nerviosismo por la sórdida presencia del terrorismo y que, paradójicamente, da la razón a la actitud que quiere combatir a base de cebarse en el sector más débill del conflicto: las mujeres.

La prohibición del burkini es una prueba de debilidad de nuestras sociedades y justifcarla con un razonamiento de carácter preventivo, un evidente abuso de autoridad. Que cada cual vista como quiera, siga los usos que quiera es una pequeña pero muy significativa parte de nuestra idea de la libertad. Admitir la injerencia de la autoridad pública en la vida privada de la gente por oscuros motivos de moralidad  o previsiones de seguridad pública basadas en meras suposiciones es lo que verdaderamente ataca los valores de la tradición liberal y tolerante de nuestros Estados.

viernes, 1 de julio de 2016

El pesimismo del mundo

André Glucksmann (2016) Voltaire contraataca. Barcelona: Galaxia Gutenberg.
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Es el último libro de Glucksmann, que murió a fines del año pasado; una obra muy representativa del estilo y las preocupaciones, incluso obsesiones, del autor. Pero no una obra "final" o de esas de las que suele decirse que "recapitulan" una vida. Al contrario, es un trabajo más de combate de este combativo filósofo que todavía contaba sin duda con librar otras batallas.

Glucksmann tuvo una existencia muy agitada, condicionada por los grandes problemas y conflictos de su tiempo... y algo más. En los comienzos de su carrera, aparece como un militante maoísta, de extrema izquierda y como tal vive el mayo del 68. Posteriormente daría un giro de 180º para integrarse en el grupo de los "nuevos filósofos", todos ellos prounciadamente de derechas. Glucksmann, que ya había abandonado el Partido Comunista francés, se convierte en una especie de "sesentayochero" arrepentido o "reintegrado", como les sucedería  a otros. Sin embargo, su circunstancias biográficas lo muestran como un caso muy especial. Era el tercero de los hijos de un matrimonio judío que fue primero sionista y se hizo luego comunista. El padre trabajó para el servicio secreto militar de la URSS y murió prematuramente en un naufragio. La madre siguió siendo fiel a los principios del comunismo hasta su muerte en los años setenta. De este modo, la rotunda ruptura de Glucksmann con el marxismo, al que equipara con el totalitarismo, no implicaba tan solo un dato histórico sino una actitud vital que, a su vez, lo enfrentaría con los usos de la nueva familia que se estableció cuando la madre casó en segundas nupcias con un comunista austríaco.

La obra de Glucksmann no es sistemática, sino más bien fragmentaria y muy vinculada a los acontecimientos sociales y políticos de su tiempo, desde la primera, El discurso de la guerra (1967), en la que reflexionaba sobre el fenómeno bélico en el contexto de la guerra fría hasta la época actual, con especial detenimiento en la obra de Mao Tse-tung, pasando por una variada serie de ensayos que han tenido siempre bastante repercusión. Con especial agrado se recuerdan Los maestros pensadores en el que ajusta cuentas con Fichte, Hegel, Marx y Nietzsche, La cocinera y el devorador de hombres en el que rompe abruptamente con el marxismo, equiparándolo al totalitarismo o La estupidez, obra que tendría mucha difusión y en la que critica en especial el papel de los intelectuales, de la gente como él, a los que atribuye un complejo "napoleónico".

Voltaire contraataca es una reflexión sobre las circunstancias del mundo contemporáneo hecha a base de aplicarle la lente de la célebre novela del filósofo ilustrado, Cándido o el optimismo, una obra que comienza con una especie de recomendación ("Lee Cándido y conócete a ti mismo") que, en cierto modo, es paralela a aquella otra con la que termina la novela volteriana, "cultivemos nuestro huerto".

 Cándido nace de la experiencia del terremoto de Lisboa y Glucksmann le contrapone otra novela de Voltaire, Zadig o el destino. Zadig tiene dos ventajas: una revelación (del ángel Jesrad) y un destino que luego irá reproduciéndose en la historia del pensamiento, en la idea leibniziana del mejor de los mundos; en la del fin de la historia, de Hegel; en la de la sociedad sin clases de Marx; o en la "revelación"  heideggeriana. A diferencia de él, Cándido no ha tenido esas iluminaciones. Viene a un mundo que, como el de hoy con la globalización, conoce la libre circulación de personas, bienes e ideas. Un mundo confuso y atropellado.

Tenemos mucho que aprender de Voltaire. En nuestro tiempo todo está lleno de refugiados, de los déracinés de Barrés: El ejemplo más típico, los gitanos, los zíngaros, romaníes, capaces de desencadenar una histeria general en Francia, a pesar de que en este país hay muchos menos que en otros de centroeuropa. Y ¿cómo no vamos a dejarnos atrapar por esa histeria frente al peligro imaginario del "otro" que nos invade si somos el resultado de una cultura que ha glorificado la muerte y el asesinato desde los orígenes (Edipo asesina a su padre; Orestes a su madre y al amante de esta; Rodrigo Díaz de Vivar al padre de Jimena) hasta los tiempos modernos, los de la guerra de los 7 años, de los 30 años; tiempos pródigos en carnicerías, quemas de judíos, anabaptistas, cátaros, protestantes, que  anuncian las hecatombes que llegarán más tarde. Hoy, las estadísticas muestran que las víctimas civiles en las guerras son siempre más numerosas que las militares.

En su tragedia, Mahoma, el profeta, Voltaire ataca el integrismo en nombre de la tolerancia. La justicia humana solo puede basarse en el derecho natural de “no perjudicar”. No puede tener mayor proyección. Cándido no ambiciona colgar el último rey con las tripas del último cura, como quería el abate Meslier, pero Voltaire se hace eco de la incredulidad absoluta del abate, en un momento que Glucksmann bautiza con expresión feliz como "el filósofo contra la filosofía". Voltaire es el filósofo de la finitud actual. A Cándido le da igual la existencia o no existencia de Dios. Lo que el relato de sus peripecias muestra es su no intervención permanente. Hay que tener un espíritu templado para oponerse al integrismo desde la tolerancia y el escepticismo. Tal es la finalidad de que, en su Diccionario filosófico, Voltaire reproduzca íntegro el célebre texto de Lactancio en que Epicuro considera las cuatro posibilidades en relación con la existencia del mal en el mundo, algo más complicado que el ingenuo optimismo que predica el doctor Pangloss.

La continuidad del espíritu de tolerancia ilustrada de Voltaire lleva a Glucksmann a hacer una defensa que él llama "anacrónica" de los derechos del hombre pero con un fuerte sesgo pesimista. Así, deja constancia de que hoy llamamos “lucidez” a la reticencia a resistir. “No puede hacerse nada”, decimos y, así, no se denuncia del Gulag, ni el caso del boat people vietnamita (por cuya causa es sabido que Glücksmann movilizó a Sartre y Bernard-Henry Levy). Tampoco se apoya el movimiento polaco de Solidaridad, ni la lucha de los argelinos contra el integrismo o la de los caucasianos por su emancipación y hasta admitimos el genocidio de los tutsis en Ruanda. Es impresionante el momento en que el autor contrapone esta indiferencia, este abandono contemporáneo a la implicación personal de Voltaire por la tolerancia en los tres conocidos casos de Calas, Sirven y el caballero de la Barre. 

Sin duda, con la caída del muro de Berlín, epílogo de la guerra fría, el optimismo panglossiano invadió todo, desde los palacios a las chozas y, en el colmo de la ingenuidad, llegó a especularse con el fin de la historia.

Glucksmann cree que la construcción europea es la alternativa que ofrece el siglo XXI al renacimiento del patriotismo y el nacionalismo. Seguramente tendría algo que decir con la brexit. En esta Europa, dirigida por Alemania, el "ángel" de Angela Merkel, resulta ser el país más popular del mundo. Se siente uno inclinado a gastar la broma de si, al final, Merkel no será la personificación de la Cunegunda que Cándido busca tan desesperadamente.  Porque, al fin y al cabo, el  sueño europeo aparece ensombrecido por esos fenómenos que ya se denunciaban al comienzo: los desplazados, exiliados, expulsados; por las matanzas, los troceamientos de gente.  Glucksmann se hace eco del dictamen de Khodorkovsky, el millonario ruso que ha pasado diez años en Siberia recientemente como en los viejos y sempiternos tiempos: la locura, la violencia y la corrupción, son males peores que la bomba atómica. 

En definitiva, Glucksmann viene a decir que, en paralelo con Goethe (Fausto), Marx (el Manifiesto) Voltaire explora el acceso de la modernidad a ella misma. Ya no hay imperios, todos han caído y los EEUU no quieren o no pueden serlo.  La misma noción romana de Imperio está obsoleta, cosa que no sé cómo sonará a los oídos de Hardt y Negri. En su lugar observa una reaparición y difusión del espíritu de la “renardie” esto es, un compuesto de picardía, extralimitación, demasía, indiferencia, etc frente a lo cual suena la recomendación del partidario de "aplastar la infame", esto es, cultivar nuestro huerto.

Un libro que contiene una mirada escéptica, tolerante, pero también indignada sobre el mundo contemporáneo, desgarrado entre el conformismo y la indiferencia. Si alguna objeción se le puede poner se encuentra en el hecho de que el examen no menciona ni una vez el fenómeno del terrorismo actual, que proyecta una sombra inquietante sobre las posibilidades de encontrar respuestas moralmente válidas a la cuestión de los refugiados.

jueves, 16 de junio de 2016

Los políticos tramposos

Mala fama tienen los políticos. La gente los reputa falsos, vividores, chaqueteros, chupones... en fin, lo que nadie querría en casa. Ahora les ha caído encima otro estigma: ni siquiera saben su oficio. Si lo que caracteriza la política es la capacidad para llegar a acuerdos, resulta que los cuatro ineptos que el lunes regalaron a la audiencia una muestra insólita de la vulgaridad más roma, lo hicieron porque durante tres meses no consiguieron llegar a acuerdo alguno.

Y lo peor es que, por cuanto se vio en el debate del lunes, no están hoy más cerca de conseguirlo que hace un mes. Incluso dieron la impresión de que saben que, después del 26 de junio, tampoco conseguirán pactar y, por tanto, a lo mejor es necesario ir a unas terceras elecciones. Los pelos de punta ante la perspectiva de forma que, muy contundentes, dijeron todos que no habría terceras elecciones. Pero ¿qué crédito pueden tener? Ni ellos mismos se lo conceden. Así, para evitar que los critiquen, incluso que los insulten, traen propuestas que juzgan lógicas, incuestionables y que solo por accidente coinciden con sus intereses.

El Sobresueldos lleva meses pidiendo que se permita gobernar al partido más votado y afirmando que es lo que ordena el sentido común. Por supuesto, todos los sondeos señalan a su partido como el más votado. Pero esto es irrelevante. Si no lo fuera, ¿alguien duda de que un hombre de la entereza moral del Sobresueldos también pediría que gobernara el más votado?

De forma parecida, Jordi Sevilla, el gurú económico de Rodríguez Zapatero, a quien debe de parecer que no terminó de hundir suficientemente España en su mandato y pretende culminar la obra, introduce un perfeccionamiento en el postulado del Sobresueldos: debe gobernar no la lista más votada, sino la coalición que obtenga más apoyo parlamentario. El caso es el mismo: Sevilla supone que esa coalición será la suya pero su inmarcesible generosidad y sentido de la justicia lo llevaría a formular igual deseo, aunque no beneficiara en particular a su partido.

En realidad, no se sabe qué admirar más en ambas propuestas si la caradura de quienes las hacen o su creencia de que las gentes somos idiotas, que viene a ser lo mismo. La Constitución que estos dos frescales dicen respetar en grado sumo ya prevé que gobierne la mayoría electoral y/o parlamentaria. ¿En dónde, pues, está la novedad? Sencillo: en que, cuando esa mayoría electoral y/o parlamentaria no alcanza a ser la mayoría absoluta, los otros parlamentarios que sí la alcanzan, pueden plantear una moción de censura y echar al gobierno. La novedad reside en que los dos pájaros lo que están proponiendo es que los parlamentarios se comprometan a no hacer uso de un derecho que la Constitución les otorga. Algunos, incluso, creemos que no solo es un derecho, sino un deber de la oposición el derribar al gobierno si puede. Eso es la democracia.

Lo que no es democracia es emascular la Constitución (que bastante raquítica es) para ocultar que estos inútiles -pagados a cuerpo de emperador con dineros públicos- volverán a ser incapaces de constituir gobierno y lo que quieren es ocultarlo para no verse obligados a la vergüenza de unas terceras elecciones.

Para ocultar que, además de unos ineptos, son unos tramposos.