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miércoles, 5 de abril de 2017

Cataluña y Gibraltar

Mi artículo de hoy en elMón.cat sobre el último esperpento de Gibraltar en la política española. El asunto está tan sobado ya y es tan conocido que no basta con agitarlo y hay que sacar alguna otra cuestión, como las coca-colas de Espinar en el Senado para tratar de desviar la atención de la dimisión (mal y tardíamente) del presunto delincuente del PP, Pedro Antonio Sánchez, presidente de Murcia.

Digo que el asunto está más que visto porque, mientras la voluntad de los llanitos siga siendo ser súbditos británicos en un 95%, España no tiene nada que hacer. Solo le quedan dos vías: imponer su soberanía sobre el Peñón por la fuerza de las armas o convencer a los llanitos de que prefieran ser españoles a ingleses. Lo primero es, de momento, imposible e improbable en los próximos cien o doscientos años. Lo segundo es todavía más difícil cuando, si esa misma pregunta en referéndum se hiciera en España, muchos españoles no llanitos también preferirían ser ingleses.

Aquí el texto en castellano:

Cataluña y Gibraltar

La repentina reaparición del contencioso de Gibraltar en el escenario del Brexit ha provocado una pequeña crisis internacional con batir de tambores guerreros en el viejo continente. En la confusión de las condiciones de negociación de la salida de los británicos, estos, extrañamente, han olvidado precisar la situación del Peñón. Planteado el problema, la UE hace suya la posición de la ONU respecto a la necesidad de descolonización de Gibraltar, incluido en la lista de territorios que no tienen autogobierno y la señora Merkel remacha recordando la doctrina de la integridad territorial de los Estados. De este modo, la UE advierte al Reino Unido de que cualquier cambio en la roca tendrá que darse con el acuerdo común con España.

Esta conclusión consagra una situación de co-soberanía de hecho que los británicos no habían previsto y no parecen dispuestos a aceptar sin más. Sorprendidos en su descuido, muchos se han lanzado a una campaña de ultrnacionalismo belicoso, amenazando con ir a la guerra por el Peñón y recordando el episodio de las Malvinas, hace 35 años. Por primera vez en este contencioso secular parece que han sido los ingleses los adelantados de la fanfarronería y el patriotismo de hojalata que habitualmente se atribuye a los españoles. Hasta tal punto que, a diferencia de la “Dama de hierro”, Thatcher, la actual primera ministra, May, trata de apaciguar los ánimos.

Asimismo, algunas otras voces, menos truculentas pero quizá más expeditivas políticamente, prefieren ir por otra vía y sostienen que, de perseverar España en su pretensión de retrocesión de la Roca, Gran Bretaña debe apoyar en la ONU la independencia de Cataluña. La casualidad y las complicaciones de la diplomacia juegan de nuevo a favor de una finalidad del independentismo catalán: internacionalizar el problema para tratar de obtener la independencia por implicación de la comunidad internacional. Y, desde luego, sería una gran baza contar con el apoyo de una potencia del Consejo de Seguridad para plantear la cuestión catalana en la ONU.

Como en una ironía de la historia, los destinos de Cataluña y Gibraltar vuelven a cruzarse como en los tiempos del Tratado de Utrecht en 1713 cuando Gibraltar fue parte del precio que Felipe V hubo de pagar para conseguir que la Gran Bretaña abandonara la defensa de Cataluña y permitiera que los Borbones abolieran sus libertades, como habían hecho con Valencia y las Baleares. A los efectos de la propaganda y la notoriedad internacionales, este paralelo parece conveniente, pero poco realista porque, aparte de las dificultades intrínsecas de plantear el contencioso en el campo de la descolonización, en donde la ONU no lo considera, los independentistas catalanes no deben depositar muchas esperanzas en que esta vez Gran Bretaña no vaya a abandonarlos.

Sean cuales sean las dificultades europeas, el peso diplomático de Gran Bretaña en la Unión, aunque esté fuera, es superior al de España aunque esté dentro. Además, y ello es determinante, el caso de Gibraltar no ofrece lugar a muchas dudas si se consideran dos factores encadenados. En primer lugar, el estatus de colonia es desmentido por el texto literal del citado Tratado en el que el Rey Católico español otorga a Inglaterra la propiedad de Gibraltar “absolutamente para que la tenga y goce con entero derecho y para siempre, sin excepción ni impedimento alguno”, con la sola reserva de que, cuando “le pareciere conveniente dar, vender o enajenar, de cualquier modo la propiedad de la dicha Ciudad de Gibraltar”, conceda a España “la primera acción antes que a otros para redimirla”. Dicho lo cual, hay poco más que hablar. Gran Bretaña posee legítimamente Gibraltar, a perpetuidad, si quiere, al menos mientras se reconozca la validez del Tratado de Utrecht.

¿Que será preciso adaptarse a las nuevas circunstancias geopolíticas de la UE y tomar en consideración el criterio comunitario de la soberanía compartida? Muy probablemente, pero esta actitud viene compensada con el segundo factor mencionado y tan sobrevenido desde Utrecht hasta hoy como el cambio de Europa y es el respeto al derecho de autodeterminación de los pueblos. Este segundo factor muestra la fortaleza de la posición inglesa en el contencioso. Dos referéndums se han realizado en Gibraltar sobre la retrocesión a España y en ambos más del 95% de la población ha sido partidario de conservar la ciudadanía británica y rechazar la española.

Los dos datos señalan los extremos del problema: Inglaterra no para barras en el principio de integridad territorial de los Estados (cuya aplicación a España es dudosa, cuenta habida de los enclaves de Ceuta y Melilla) y se aferra al derecho de autodeterminación de la población concernida. España. Por el contrario, sostiene el principio de la integridad territorial y no respeta el de la libre autodeterminación de los pueblos. No es difícil comprender que la posición española es perdedora de acuerdo con las convicciones contemporáneas.

Al independentismo catalán le favorece el eco internacional del contencioso por la visibilidad que otorga a su reivindicación emancipadora. Pero su fuerza no reside en las distintas interpretaciones de antiguos tratados, sino en la recta aplicación de un principio universalmente reconocido a partir del siglo XX: el del derecho de autodeterminación de los pueblos.

sábado, 18 de junio de 2016

Brexit: una lectura europea

La Brexit está analizándose sobre todo en términos económicos en donde, como se ve en la portada del "El País", se cargan las tintas. Probablemente porque cuando se llega a las amenazas, las más efectivas son las dirigidas a los bolsillos. Los contrarios vaticinan al Reino Unido la ruina, un descenso casi a país subdesarrollado. Los partidarios presentan la visión contraria. Y, al tratarse de proyecciones económicas, nadie sabe de cierto nada. Entre otras cosas porque estas decisiones económicas (todas, en realidad) son políticas. El contencioso es, sobre todo político. Y en él se encienden las más diversas pasiones, como demuestra a boca jarro el asesinato de la diputada laborista. Es un contencioso político como parte de uno cultural más amplio. Esto es Europa, un lugar en el que todo se cuestiona y no solo por razones económicas, sino también políticas, morales, culturales y hasta religiosas.

La Brexit es, en el fondo, una controversia sobre el ser de Europa.

El Reino Unido nunca se ha sentido a gusto en el concierto europeo nacido en Roma en 1957. Todos sabemos por qué: porque rompía la configuración de la Europa continental como un mosaico de poderes enfrentados en beneficio en último término de Inglaterra. Su política desde la Paz de Westfalia en 1648, reforzada en el Tratado de Viena de 1815. Una Europa unida es justo lo que Inglaterra no quiere. Alentó al principio la esperanza de acogotar el originario Mercado Común contraponiéndole la AELC (Asociación Europea de Libre Cambio, EFTA en inglés) pero, cuando vio que los otros miembros cambiaban de lealtad, ella misma la abandonó y, siguiendo el viejo adagio de if you can't beat them, join them, pidió el ingreso en la ya entonces Comunidad Económica Europa. Vivía por entonces De Gaulle, quien siempre se opuso al ingreso británico por considerar que la Pérfida Albión sería como un partaaviones de los Estados Unidos. Y no le faltaba razón.

Pero De Gaulle murió y el Reino Unido se incorporó a la Europa institucional. Mal, con dudas, renegociaciones y todo tipo de salvedades en todas las políticas y pilares europeos, desde la Política Social al espacio Schengen o la moneda única. Inglaterra es Europa. Su vocación europea es innegable. Pero su visión del continente es propia, peculiar y no unánime con la de las potencias continentales.

Las consecuencias de una Inglaterra fuera o dentro de la UE serán muy intensas, sin duda. Pero es absurdo teñirlas de negro en parte o pronunciarse contra la salida porque no hay criterios de validez universalmente aceptada que lo permitan. Por ejemplo, se dice que una eventual retirada del Reino Unido podría provocar un segundo referéndum escocés de autodeterminación. Sí, es una posibilidad. Y muchas otras de diverso tipo. Gibraltar aparece también en la danza.

Repito, esto es Europa y en Europa es tradición que las fronteras son líneas políticas imaginarias, con consecuencias de todo tipo, por supuesto, pero esencialmente mudables. Los pueblos europeos están siempre en movimiento, agregándose, desagregándose, cambiando de régimen político o de forma de Estado. Nada se queda quieto. Europa es siempre Europa con Inglaterra de una forma u otra. Y la Unión Europea, que es parte de Europa, pero no toda ella, también se verá forzada a cambiar. Hay ya quien pide un nuevo Tratado.

Inglaterra tiene derecho a marcharse de la UE y no hay derecho a negárselo. Nadie lo discute. Lo que hay es presunciones distintas respecto al resultado del ejercicio de ese derecho. Pero el derecho no se discute, como sí se discute el de Cataluña en España.

Imagínense ahora a alguien diciendo que, pues el Reino Unido es Europa, la decisión sobre su salida deben tomarla también los rumanos, los checos, los franceses, etc. Pues es lo que sucede en España.

lunes, 26 de octubre de 2015

¿Basta con pedir perdón?


Le ha costado ocho años porque el chico no es muy rápido pero, desde que se convirtió al catolicismo en 2007, Blair debe de haber aprendido ya el truco de la casa: no importa lo que hagas, a cuanta gente asesines, cuánto robes, destruyas, cuánto daño hagas, cuánto mientas y cuán canalla seas. Te arrepientes, dices tus pecados a un confesor, cumples la penitencia (que suelen ser unos avemarías) y quedas limpio de polvo y paja, con la conciencia como una patena y listo para empezar una nueva tanda de canalladas.

Blair sostiene que la segunda guerra del Irak fue un "error" producto de unas informaciones "falsas" que Bush y él habían recibido. De ser así, no se entiende por qué pide perdón. No se pide perdón por los errores porque se supone que son involuntarios. Cuando son voluntarios ya no son errores sino faltas, delitos y, en este caso concreto, crímenes y crímenes contra la humanidad. Y no, no basta con pedir perdón cuando se ha sido la causa de la destrucción de ciudades enteras, de la muerte de cientos de miles de personas, de la tortura de prisioneros. No basta con pedir perdón: hay que expiar, pagar por los crímenes cometidos.

Todos cuantos nos manifestamos una y otra vez en contra de aquella guerra ilegal propia de piratas, estábamos seguros de que era cosa decidida entre los dos mandatarios, Bush y Blair, que se llevaron a Aznar de perro faldero para que no pareciera una aventura de una pareja de matones. Era cosa decidida sobre la base de informaciones falsas que los dos sabían que eran falsas. Los veíamos mentir como lo que son, bellacos, y que utilizaban y manipulaban todos los medios para llevar adelante su empresa de delincuentes internacionales de invadir un país, asesinar a sus gentes, robar sus recursos. Ellos también lo sabían. Lo de las armas químicas y otros asuntos eran puras patrañas para disimular aquella agresión que ha traído las catastróficas consecuencias que hoy padecemos.

No basta con pedir perdón, como el que tira un florero al pasar. Bush, Blair y su lacayo español deben comparecer ante un tribunal internacional de justicia para responder por sus crímenes.

El mindundi español que estaba en las Azores de palanganero debe seguir los pasos de su amigo Blair y redoblados. Debe pedir perdón por embarcar al mundo en aquella guerra criminal y pedir perdón a los españoles por haber intentado engañarlos permanentemente.

Todas estas catástrofes actuales del Estado islámico y cosas así caen directamente sobre las espaldas de estos piratas internacionales. En el caso del español, también caen sobre sus espaldas los 200 muertos y casi mil heridos de los atentados de Atocha. Aunque Aznar y su tropa de sicarios en los medios estuvieron años manteniendo la teoría de la responsabilidad de ETA en los atentados, ese mismo inverosímil empeño era la prueba de su responsabilidad directa en los desastres.

Aznar probablemente duerme tranquilo porque los tarugos no tienen conciencia. Pero para el futuro el asunto está ya zanjado: un criminal que participó en una de las mayores barbaridades de la historia causando muerte y miseria a cientos de miles de personas solo para satisfacer su ego y sus ansias de poder y enriquecimiento.

Y si, además de juzgarlo la historia, también lo juzga un tribunal de justicia, miel sobre hojuelas.

viernes, 9 de octubre de 2015

Gran Bretaña, años 80.


Hoy, viernes, 9 de octubre, Palinuro participa en un coloquio organizado por el Departamento de Historia Contemporánea de la UNED sobre la Gran Bretaña de la época de Margaret Thatcher. Comparto mesa con el eximio Nigel Townson.

Líder del Partido Conservador de 1975 a 1990 y primera ministra de 1979 a 1990, la dama de hierro cogió las riendas de un Reino Unido que se encontraba en un momento delicado de su historia, con alguna conciencia de decadencia, incómodo dentro de la CE, en la que acababa de ingresar, con una crisis galopante en las estructuras del Estado del bienestar y cierta hegemonía de la izquierda política y sindical. A su modo y, con su peculiar personalidad, determinada y elemental, se propuso reconstruir la sociedad británica con un retorno a las políticas económicas liberales, derrotar a la izquierda y, en definitiva, reconstruir la tasa de beneficio del capital, en claro descenso. Fue el suyo un típico de gobierno de clase. Con ella se inició las ola de privatizaciones que culminó en el mandato de Tony Blair, también conocido en broma como Tory Blair y se jibarizó el potente Welfare State británico que pusieron en marcha los laboristas en la postguerra a raíz del Informe Beveridge.

En el orden internacional, su acción fue no menos determinante y, por su decisión, contundencia, intransigencia y belicosidad (claramente manifiesta en la guerra de las Malvinas) consiguió elevar asimismo el prestigio exterior del Reino Unido, así como su peso a través de la special relationship con los Estados Unidos. Selló una buena relación y hasta amistad con Mijaíl Gorbachov, lo cual fue asimismo decisivo para propiciar el desmantelamiento de la URSS y el fin de la guerra fría en 1991, un año después de que una sublevación interna de barones del Partido Conservador, la expulsara del liderazgo del partido y del gobierno.

Hablaremos de todo ello a partir de las 18:00 en el Salón Siglo XXI del Excmo. Ayuntamiento del Real Sitio de la granja de San Ildefonso.

Todo el mundo bien venid@.

sábado, 9 de mayo de 2015

El efecto Cameron allí y aquí.


¡Vaya castaña que ha vuelto a darse la demoscopia británica! Las empresas están desconcertadas y están ya haciendo lo que mejor saben hacer los británicos, declararse desolados. Un terremoto, un cataclismo y ni lo habían olido. Mucha Palinodia va a escucharse ahora. Pero eso está bien. Obligará a perfeccionar el instrumental, quizá a emplear más a fondo los datos de las redes.

Miliband, Clegg y Farage, puerta de salida. Sana costumbre británica esta de dimitir cuando no se ha conseguido lo que se pretendía. Cada uno tiene su historia. Miliband cierra un ciclo del laborismo que ha fracasado en su intento de formular una doctrina socialdemócrata distinta de la melopea social-neoliberal de la tercera vía. El señor Clegg ha sido el oscuro sepulturero del liberalismo pues a él mismo la gente lo ha conocido el día de su dimisión. Y lo de Farage es tan de guiñol como el propio personaje. Que el país que se apresta a hacer un referéndum para salir de la Unión Europea niegue el escaño el diputado más eurófobo no tiene sentido alguno.

El drama de este inesperado resultado parece ser el anunciado referéndum sobre la Unión Europea. Ya se sosegarán los ánimos. Estar fuera de la UE es una vieja aspiración de muchos británicos, los que suspiran por la vieja Asociación Europea de Libre Cambio. Eso forma parte del guión. El problema ahora será Escocia. Las elecciones han dejado Gran Bretaña dividida en dos: Escocia con 56 escaños de 59 para el Partido Nacionalista Escocés y el resto, Inglaterra, Gales e Irlanda del Norte para el Partido Conservador, el Laborista y otros menores.

Los nacionalistas escoceses están buscando una justificación para convocar un nuevo referéndum de autodeterminación. Uno acerca de la pertenencia o no del Reino Unido puede proporcionarla.

Pero eso es en Europa. Aquí, la lectura del efecto Cameron es distinta. Sáenz de Santamaría compara a Rajoy con el inglés y vaticina que, como este, vencerá a las encuestas porque la gente acabará percibiendo la mejoría económica y la salida de la crisis. Efectivamente, tal cosa puede pasar. Ha pasado en el Reino Unido, ¿por qué no aquí?
 
Además, las encuestas no le son tan desfavorables: suelen dar una mayoría absoluta a una coalición PP y Ciudadanos. El bloque de la izquierda, más fraccionado y bastante peor avenido en su interior, no la alcanza.
 
Ni parece que vaya a alcanzarla. A menos que haga algo por conseguirla, por ejemplo, presentar una moción de censura para la que este gobierno ha reunido ya todas las papeletas. Y lo único que obligaría a clarificar esta ponzoñosa situación en la que se pretende que la gente crea en la recuperación cuando ve que hay una pandilla que lleva veinte años llevándoselo crudo en forma de sobresueldos, Gürteles, Bankias, Púnicas, etc.
 
De no plantear la censura, lo mejor que puede hacer la oposición mayoritaria es confiar en que también Sánchez, como Cameron, dará la vuelta a las encuestas.
 
Por si acaso, los dos partidos dinásticos podían poner una vela a san Judas Tadeo, patrono de los imposibles. 

lunes, 27 de abril de 2015

Carta a Rajoy de la Reina de Ingalaterra.


Buckingham Palace April, 26th. 2015
R. H. Mr. Mariano R. Brey
La Moncloa. Spain.

Estimado señor Mariano R. Brey: Envío a usted esta carta traducida al español porque, según mis noticias, no lee usted el inglés. Me fastidia, no crea, porque, dado su contenido, exige confidencialidad y, aunque estoy absolutamente segura de la discreción de mi traductor, nunca se sabe, ¿verdad? Por cierto, también me han dicho que, además de no saber leer inglés, tampoco sabe usted leer español. Pero me malicio que esas deben de ser las inevitables habladurías envidiosas que acompañan siempre a la gente grande.
Paso al asunto que nos ocupa. He esperado unos días por si, a la vista de los hechos, su gobierno tomaba alguna decisión a propósito de ese señor que tienen ustedes aquí a título de embajador. Pero veo que pasa el tiempo y no hacen ustedes nada. Así me dije: “Mira, Liza, escribe directamente al señor Brey. Seguramente se habrá distraído. Como está tan ocupado…
En Inglaterra, señor Brey, estamos acostumbrados a tratar con todo tipo de pillastres y no se nos caen los anillos. Pero son nuestros pillastres, ¿entiende? No ajenos. De esos tenemos poca experiencia y menores deseos de verlos por aquí. Me he informado suficientemente sobre su embajador en la corte de Saint James: tampoco sabe mucho inglés (aunque más que usted), es de estatura moderada, moreno, de crespo cabello, fanfarrón, violento, mal encarado, vocinglero, cuenta chistes verdes, dice ser muy religioso, es arbitrario, incompetente y presuntamente aficionado a los chanchullos. Mis informadores coinciden en declararlo un español típico pero estoy segura de que se dejan arrastrar por los prejuicios de la Leyenda Negra, que tanto y tan injusto daño a hecho a España.
De todas formas, para evitar disgustos, ¿por qué no relevan ustedes a este héroe de Perejil y nos envían a alguien normal, de esos de la carrera diplomática? Por ejemplo, al dramaturgo Ramírez de Haro.
Según parece, además de haber tenido una bochornosa actitud en un accidente de aviación de un Yak 42 ruso, en el que perecieron 62 compatriotas suyos, recientemente se ha descubierto que, siendo el hoy embajador diputado, y sometido a estricta incompatibilidad, cobraba un dineral de una empresa que luego recibía contratas públicas adjudicadas por su partido. Aquí, en Inglaterra tenemos nombres muy duros para esos sujetos. Pero somos los ingleses, ya se sabe, puritanos. Ustedes los papistas lo tienen más fácil: cometen tropelías, luego van al cura, se arrepienten y ya pueden volver a empezar.
Aun así, haga un esfuerzo, póngase en mi lugar. Debo guardar las apariencias. Le sugiero busque un destino más apropiado para este pájaro. ¿Por qué no en Jamaica, por ejemplo?
Y ya en el seno de la confianza, aprovechando este momento distendido entre usted y yo, permítame añadir mi preocupación por un par de asuntos más.
Según mis noticias, ha repetido usted una mítica hazaña de cuando era vicepresidente del gobierno del señor López y ha enviado usted a pique en alta mar, pero cerca de sus costas, un buque petrolero cargado de fuel, confiando en que su cargamento se convertirá en hilillos de plastilina, gracias a la intercesión de Santa Teresa de Jesús. No sabe qué tranquila me siento. Muchos británicos que planean pasar sus vacaciones en las Canarias me han escrito alarmados. Supongo que puedo tranquilizarlos, ¿no? La Santa convertirá el chapapote en aguas limpias y cristalinas que dirían “bebedme” de no ser saladas.
Igualmente, nuestro ministro presidente de Gibraltar, señor Fabián Picardo, me ha pedido que interceda ante usted para que su ministro de Asuntos Exteriores, señor Margallo, al parecer lo que ustedes llaman un africanista, deje de incordiar con la Roca, que ustedes llaman Peñón. Dicho queda. Estoy segura de que sabrá usted domeñar el encendido patriotismo de su colaborador. Tenga en cuenta que en Gran Bretaña protegemos los intereses de todos nuestros súbditos. Incluidos los monos de Gibraltar.
Algunos asesores me han recomendado que no le escriba una carta tan larga para que no se fatigue usted y le quede tiempo de leer el Marca. Que lo redujera a un whatsap porque en esto de las nuevas tecnologías está usted muy impuesto. O un SMS que dijera: “Brey, sé fuerte. Actúa. Destituye”. Pero yo sé que dada su probada voluntad y entrega al servicio de su país, aceptará usted de buen grado los consejos de esta veterana reina que lo aprecia. Sobre todo, ahora que se enfrenta usted a unas elecciones.
Los reyes y reinas británicos tenemos prohibido inmiscuirnos en política. Pero solo en Gran Bretaña. En el extranjero, somos libres, por eso y porque sé que mi primo, Felipe VI de España, tan descendiente de la Reina Victoria como yo, muy respetuoso con los límites constitucionales, no lo hará, me atrevo a sugerirle una inmejorable vía de actuación.
Además de destituir a este embajador que deja la marca España en muy mal lugar, proceda usted a apartar de la política a todos los personajes de su partido ya condenados, procesados, acusados, imputados o sospechosos de corrupción empezando por usted mismo. Sí, señor Brey, inclúyase usted en la relación de los grandes primeros ministros, los Palmerston, Gladstone, Disraeli, Churchill, capaces de sacrificarse cuando la patria lo exigía. Disuelva usted el parlamento y convoque elecciones anticipadas. Por lo demás, deje que sean los jueces quienes decidan si también corresponde o no disolver su partido, el Partido Popular, como una presunta asociación de malhechores.
Estoy segura de que si atiende usted a mis humildes sugerencias, se fortalecerá la tradicional amistad entre nuestras dos naciones. Serán fraternales.
(La imagen es una foto del ministerio británico de Defensa, con licencia abierta del gobierno británico "© Crown Copyright 2015").

viernes, 19 de septiembre de 2014

Escocia sí/no.

El día fue largo y la noche, más. Empezar a dar resultados a las seis de la mañana revela crueldad mental. El momento es crucial para Europa y los sondeos apuntan a una relativa igualdad en la carrera, con lo que se mantiene una gran incertidumbre, alimentada, además por todo tipo de rumores y bulos en las redes sociales. Hace unas horas he visto un pantallazo de la CNN en que daba el 52 por ciento al "no" y el 58 por ciento al "sí". Es decir, el 110 por ciento. Es evidente que todo el mundo está muy nervioso. Pero no es cosa de quedarse de pie hasta las seis de la mañana.

Dado que Palinuro ya decía ayer que lo importante para España del referéndum escocés no es el resultado, sino el hecho mismo de que se haya celebrado, bastarán unas breves consideraciones en los dos casos, de que gane el "sí" o que gane el "no", para centrar luego la cuestión en Cataluña.Los sondeos a pie de urna otorgan una ventaja entre seis y ocho puntos al "no". Por tanto, es razonable pensar que salga el "no". De ser así, hay poco que decir. Las consecuencias directas se darán en la política interior del Reino Unido, pero no habrá repercusión exterior, salvo el carácter simbólico del referéndum en sí mismo para el resto de Europa.

Pero tampoco es tan disparatado un triunfo del "sí". El mapa de la derecha ilustra sobre la relativa intensidad de los tuits a lo largo del día, entre el "no", predominante en Inglaterra y el "sí", predominante en el resto del mundo. Especialmente en Escocia. Habrá quien emplee este ejemplo para defender la teoría de que Twitter permite predecir los resultados electorales. Muy probablemente entre los sectores más jòvenes de la población, que son quienes más emplean las redes sociales. Pero quizá el "no" predomine en los sectores con menor acceso a internet, siendo estos los que decidan el resultado final. En todo caso, un hipotético triunfo del "sí", plantea una serie de cuestiones acerca de cómo se gestionará la nueva situación. Desde la adaptación del viejo Reino Unido hasta el impacto que la secesión tenga en la UE. Al respecto se leen muchos disparates. Como que España vetaría el ingreso de una Escocia independiente en la Unión, como si España estuviera en situación de vetar nada. Tampoco es seguro que el problema que se planteara fuera el del ingreso de Escocia. También podría darse el de la salida del Reino Unido, cuya tendencia centrífuga aumentaría.

De todos modos, lo más probable es que gane el "no" por un margen considerable y una participación muy alta. Lo cual, como admite todo el mundo, zanjará la cuestión de la independencia escocesa para mucho tiempo.

A los efectos de Cataluña, que es la parada siguiente en este proceso de autodeterminación, sin duda, el "sí" funcionaría como un estimulante; pero el "no" impactará menos, porque el movimiento independentista está muy arraigado y tropieza con la negativa de las autoridades centrales, lo que plantea una situación mucho más conflictiva que en el Reino Unido. Hoy está previsto que el Parlamento catalán apruebe la norma de convocatoria de la consulta que el gobierno del Estado recurrirá de inmediato ante el Tribunal Constitucional. Los catalanistas parecen dividirse a partir de ese momento entre el soberanismo burgués de CiU, con su palabra empeñada en realizar la consulta pero dentro de la legalidad española y el más izquierdista de ERC que presiona en pro de la consulta recurriendo a la desobediencia si se considera necesario. Ayer decía Alfred Bosch en el Ritz que su intención era sacar las urnas a la calle el 9 de noviembre próximo y que estaban a la espera de ver qué disparate pueda ocurrírsele a Rajoy para impedirlo. Actitud prudente porque algo se le ocurrirá y seguramente será un disparate que solo enconará los ánimos. El más obvio de todos, recurrir al artículo 155 de la Constitución y suspender la autonomía de Cataluña.

En realidad, todas las medidas represivas que se tomen, allí en donde lo único sensato que cabe hacer es permitir el voto, serán disparates. Los escoceses pueden votar, ¿por qué no los catalanes? Recuérdese que, según Rajoy, ningún Estado democrático somete a referéndum su integridad territorial. A lo mejor, habiéndose ya enterado de que eso es exactamente lo que está haciendo uno de los más viejos Estados democráticos del mundo, considera la posibilidad de devolver a los catalanes el pleno uso de sus derechos.

jueves, 18 de septiembre de 2014

Europa, España, pendientes de Escocia.

El de hoy será un día largo, muy largo, para Europa y también para España que es parte de Europa, aunque a veces no lo parezca. Hay tensión, emoción por lo que pueda pasar en Escocia. Los gobiernos, las grandes y los grandes capitales muestran profunda preocupación. Las autoridades andan angustiadas. El Reino Unido se asoma al abismo titulaba ayer dramáticamente una pieza el diario Público.es. Nada menos que al abismo. El temor a lo desconocido se palpa en el ambiente. Seguro que las cotizaciones de las bolsas, que son los termómetros del capitalismo, sufren algún quebranto. 

Solo los grupos nacionalistas e independentistas de los diversos Estados europeos, las minorías,  manifiestan su alegría. Los demás, las mayorías, contienen el aliento, especialmente en Inglaterra/Gales y Escocia. Un triunfo del "sí" en el referéndum tendrá consecuencias directas en la vida cotidiana del conjunto de habitantes de lo que ha venido siendo el Reino Unido, uno de los Estados de mayor éxito en la Edad contemporánea y que puede dejar de existir a partir de hoy. Una perspectiva suficiente para generalizar la inquietud y sembrar el miedo. Es cierto que están contenidos. No ha habido violencia ni barbarie durante el proceso. Al final, parece haberse dado algún intento de guerra sucia: las autoridades inglesas han pretendido comprar el "no" en Escocia mediante concesiones y donativos que quizá no acepten los demás británicos. El Partido Laborista, se dice, ha filtrado un supuesto documento oficial escocés en el que se planean recortes bestiales del sistema nacional de salud despues del referéndum. Pero, en general, el debate ha sido civilizado, pacífico, democrático. O sea, ejemplar: una colectividad es capaz de razonar sobre su división sin enzarzarse a palos. 

¿De dónde viene, pues, el temor? De un lado del hecho de que, en los últimos tiempos, la independencia de Escocia ha pasado de ser una quimera o una remota e indeseada posibilidad a tener un alto grado de probabilidad. The Scotman trae el resultado del último sondeo: 48% por el "sí" y 52% por el "no", con tendencia creciente del "sí".  Y un forofo de Plaid Cymru, los nacionalistas galeses, vaticinaba ayer en Twitter un 60% de "síes". La preocupación viene de que la incertidumbre se mantiene ahora mismo. 

Pero viene también de la repentina conciencia europea de que el secesionismo, la inestabilidad territorial, no es cosa tan solo de la Europa Oriental. Es de toda ella que se había acostumbrado a la idea de que las fronteras del continente salidas de la II Guerra Mundial habían quedado fijadas para siempre en la Declaración de Helsinki de 1975. Falso. Aquellas fronteras empezaron a saltar a finales de los años 80. Bueno, se dijo, pero en los países eslavos, los orientales, los bálticos; la zona periférica de Europa. El Reino Unido forma parte del corazón de Europa, aunque su sentimiento a veces sea distante y su situación geográfica también relativamente periférica. 

En realidad, no hay razón para alarma. Europa, el continente europeo, es una región en la que las fronteras no han hecho otra cosa que cambiar desde siempre. Los Estados aparecen y desaparecen y sus formas políticas cambian. Bélgica, meollo de la UE, no tiene doscientos años, Italia no llega a los ciento cincuenta y Alemania tiene algo más de veinte dado que la República Federal surgida de la unificación con la República Dmocrática dio origen a un Estado, el actual, que no coincide con ninguno anterior a la partición del país en 1945. Escocia ya fue reino independiente. ¿Por qué no ahora una república?

En el caso de España, el asunto es distinto. Aquí el impacto del referéndum no depende solo de su resultado. Cierto, si este es "sí", el independentismo catalán subirá como un soufflé; si es "no", quizá no tanto. Sin embargo, el efecto no lo produce el resultado sino el hecho de que pueda celebrarse el referéndum. Para justificar su cerrada negativa a la consulta catalana, Rajoy ha dicho en alguna ocasión con esa facundia tan suya que ningún país democrático del mundo ha sometido a referéndum su integridad territorial. Si el hombre ignora que el Canadá lo ha hecho dos veces, en 1980 y 1995 y no ve que el Reino Unido está haciéndolo ahora mismo, delante de sus narices, su caso es preocupante y, por supuesto, las consecuencias las pagaremos todos. 

Los unionistas en ambos casos cuentan los pelos al rabo de la esfinge buscando diferencias entre Escocia y Cataluña, entre el Reino Unido y España. Pero, aunque son muchas, obviamente, ninguna de ellas ni todas en conjunto justifican una diferencia tan abismal de trato en materia de derechos por la cual los escoceses pueden hacer lo que no pueden los catalanes. Serán todo lo distintos que se quiera, pero tienen algo esencial en común: dicen ser Estados democráticos de derecho. Y el derecho a decidir no se le puede negar a nadie. El argumento según el cual los catalanes no tienen ese derecho ya que pertenece al conjunto del pueblo español porque eso es lo que dice la Constitución es endeble por dos razones. Una es liviana pero tiene su alcance: el Reino Unido no tiene constitución escrita. 

La otra razón es de más peso. El derecho a decidir, el derecho de autodeterminación, no puede depender de su reconocimiento en un texto legal anterior. Si así fuera, los Estados Unidos no existirían y el mundo hoy sería muy distinto al que es. Ciertamente, no será posible convencer al presidente del gobierno de que adopte este punto de vista. Su tarea es, como siempre recuerda, cumplir y hacer cumplir la ley, si bien es cierto que, cuando le incomoda, hace que sus huestes parlamentarias la cambien a su antojo. Pero para eso no es necesario mentir diciendo que las democracias no someten a referéndum su integridad territorial. 

Ahora mismo está haciéndolo una y eso es lo que saca de quicio al nacionalismo español, con independencia del resultado.

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Por cierto, hoy presento a Alfred Bosch en el Fórum Europa, en el Ritz. Algo también conocido como "los desayunos del Ritz" o algo así. Bosch es portavoz de los diputados de Esquerra Republicana de Catalunya en el Congreso. Un escritor, político, profesor, un hombre culto al que gusta leer y al que será muy interesante escuchar.

jueves, 17 de mayo de 2012

Reina por un día.


El nuevo conflicto que está gestándose a cuenta de Gibraltar, con las resonancias de patriotismo huero que este empeño genera es un disparate por partida doble. Lo es, por un lado, en sí mismo. El problema de Gibraltar solo tiene solución diplomática. Cualquier otra vía la aleja, pues da razones a los adversarios de la diplomática que anidan todos en la trinchera del enemigo. La situación de afrenta de la escala en Gibraltar de algún miembro de la familia real en viaje a otra parte, ha venido resolviéndose siempre con una protesta formal del gobierno español que el británico ignora y ahí se acaba el asunto. Llevarlo más lejos, retener a la Reina en España como medida de represalia, aparte de no ser caballeresco, puede resultar contraproducente. Y, si se entrevera este conflicto de negra honrilla con otro material sobre los derechos de pesca de la flota, la cosa toma mal cariz para un país que, obviamente, no puede imponer su criterio mediante el recurso a la razón última de la política.
La segunda razón del disparate es que poniéndose vindicativos los españoles puedan dar una imagen más deplorable. Si, por ejemplo, se cayera en la tentación de montar una noticia con la reconquista del sagrado Peñón con el fin de desviar el interés de la audiencia por la pavorosa situación de caja, el asunto acabaría como acabó el de Las Malvinas con la Argentina y probablemente mucho antes porque un enfrentamiento naval entre España e Inglaterra es inimaginable.
La situación es tanto más pintoresca cuanto que nuestro embajador en Londres, Federico Trillo, está pendiente del placet. Tratándose de Trillo, brazo justiciero frente a los infieles de Perejil, cabría temer que, encendido con su natural fogoso, la emprendiera a mandobles con los anglicanos y los protestantes, al fin y al cabo tan infieles como la morisma pero más pérfidos y él solo protagonizara la hazaña de la devolución de la sagrada Roca al seno de la Patria, como un nuevo Gran Capitán que entregara un reino a su Señor.
Pero Trillo es también profundo conocedor de Shakespeare y sabe que es el poder el que decide todo, qué sea la verdad y la mentira, el bien y el mal, el Peñón y el no Peñón. Así que lo más probable será que inicie una labor diplomática en Whitehall explicando en el Foreign Office que sus colegas españoles, ya se sabe, son temperamentales y no les gusta esperar trescientos años a que se les resuelva un problema. Cuando lo lógico es esperar otros trescientos, como Jacob tuvo que pasar fatigas otros siete años para conseguir a la mujer que quería. Y a continuación, reconfortado por el estudio de la Biblia, presente sus cartas credenciales.
Por fortuna lo más probable será que Isabel II no se dará por enterada del desplante de la Reina Sofía quien, probablemente ya se habrá disculpado por vía privada invocando la raison d'État. No dudo de que el ministro sea un magnífico profesional, aunque me parece un poco sanguíneo y proclive al impromptu que es vicio en un diplomático. Pero el conjunto del servicio que, sin duda, es excelente, no resiste comparación con el británico que, además, dispone de aquello de lo que el español carece, el poder militar, pues no hay diplomacia seria en el mundo que no vaya respaldada por la posibilidad verosímil y creíble del recurso a la fuerza.
España tiene muchos puntos vulnerables en su política exterior sin necesidad de que venga el ministerio a fabricar otro. Porque, si no estoy equivocado en mis cálculos y Trillo a pesar de todo presenta sus cartas credenciales, Isabel II está en una posición inmejorable para devolver la bofetada a España negando el placet. Es más, ni siquiera sería necesario hacerlo; bastaría con filtrar la posibilidad.
(La imagen es una foto del gobierno de los Estados Unidos en el dominio público).

martes, 17 de enero de 2012

Propaganda mezclada de melodrama

¡Menuda decepción la película de Phyllida Lloyd sobre Margaret Thatcher! ¡Qué forma de destruir un personaje que, a su modo, tuvo cierta grandeza, convirtiéndolo en una estúpida leyenda acartonada! Sin duda la interpretación de Meryl Streep es estupenda. Gran trabajo de impostación de la voz por el que una yanqui de New Jersey habla un perfecto Queen's English con acento de oxbridge. Seguramente le darán un Óscar. Pero la película tenía que haber sido algo más que una ocasión de lucimiento de una actriz.

Abreviando, porque irrita hablar de un producto tan detestable: más de la mitad de las dos horas de La dama de hierro se van en confrontarnos con la miserable existencia cotidiana de una enferma de Alzheimer. Eso quiere decir que queda otra hora para embutir a ritmo de caballo once años de una historia que vio momentos tan excepcionales como la derrota de los otrora poderosos sindicatos británicos, la alianza con Ronald Reagan para destruir el Estado del bienestar, el atentado del IRA en Brighton, la guerra de las Malvinas, la caída del muro de Berlín, el enfrentamiento con la Unión Europea y la conspiración del Partido Conservador para deshacerse de su lideresa aprovechando el fracaso de su intento de desmantelar el servicio nacional de salud (cosa que no se menciona en la peli) y de establecer un injusto impuesto de capitación.

Como esta pretensión es tan disparatada se resuelve con un guión absurdo en el que vivimos los episodios más impactantes de esa trayectoria como confusos fogonazos en reiterados flash-back de una mente enferma de Alzheimer. La lamentable condición de Thatcher se muestra ya en las primeras escenas. Hubiera bastado con eso y un único flash back para contar toda la historia en lugar de interrumpirla continuamente con episodios típicos de esta enfermedad de forma que no se sabe si lo que se quiere es colocarnos un documental sobre el Alzheimer en el marco de una historia de ocaso de los dioses o enardecernos con la leyenda de una férrea personalidad. Lo primero carece de sentido y lo segundo es un fracaso.

Afortunadamente para ella y para todos, Margaret Thatcher fue mucho más que una Iron Lady, especie de mezcla de Isabel I y Golda Meir. Thatcher representaba una mentalidad, una ideología neoliberal y conservadora que tenía y tiene mucho más fondo que la admiración de una jovencita por la integridad moral de su padre, honrado tendero, convencido de que son los tenderos quienes han hecho grande a Inglaterra. Una mentalidad de las clases medias y altas en el mundo anglosajón que se impuso arrolladoramente en el planeta desde los años ochenta y que ha traído la catástrofe de la actual crisis.

Thatcher tenía convicciones que aún hoy inspiran a muchos polític@s de la derecha. Me limito a citar una de sus más célebres expresiones que dan la medida de esta ideología: "La sociedad no existe". De eso, como de muchas otras cosas, no se dice nada en la película. Sí, en cambio, de la contrapartida: lo que existen son las familias y los individuos. La finalidad es clara: presentar únicamente los aspectos positivos del personaje (es vergonzosa la forma en que se caricaturiza la oposición laborista), convirtiéndolo en una especie de muñeco de cartón completamente inverosímil.

Cuanto de público hay en la película es propaganda y cuanto de privado, melodrama "explicativo" de acompañamiento.

sábado, 10 de diciembre de 2011

La sombra de De Gaulle y el euro.

El general De Gaulle fue siempre enemigo del ingreso del Reino Unido en la Unión Europea, por aquel entonces llamada Comunidad Económica Europea (CEE). Entendía el francés que Inglaterra sería un factor disgregador de la unión dada su relación especial con los Estados Unidos que nunca se han entusiasmado con la unidad de sus aliados por su cuenta. Y tenía razón. Gran Bretaña trató en su día de socavar la CEE poniendo en marcha una especie de zona de libre cambio con los países europeos que no habían firmado el tratado de Roma, Irlanda, Noruega, Dinamarca, Suecia, Suiza, etc., la EFTA o AELC (Asociación Europea de Libre Cambio); una organización condenada al fracaso, cosa que vieron rápidamente los británicos por lo cual, tomando en consideración sus intereses antes que la elegancia, abandonaron su criatura a la intemperie y pidieron el ingreso en la CEE en 1961.

Hubieron de esperar diez años y sólo lo consiguieron al siguiente a la muerte del general francés, en 1971. Desde entonces Gran Bretaña ha sido un constante lastre para el avance de la unidad de Europa. Ha estado sistemáticamente en contra de todos los intentos de fortalecer la unión política del continente y ha favorecido la ampliación indiscriminada de la unión en la esperanza de delibilitarla. Asimismo se ha desmarcado de casi todas las decisiones colectivas que iban en ese camino: en 1984 hubo que renegociar los términos de su entrada, en 1985 quedó fuera del acuerdo de Schengen (aunque participa de algunos de sus aspectos), en 1989 rechazó sumarse a la Carta Social Europea y en 1999 no aceptó formar parte de la zona euro. Ahora se queda fuera del nuevo tratado que establece una mayor unidad fiscal de Europa y avanza en el camino de la unidad, y es el único país que queda fuera. Mucha razón tenía De Gaulle. Sólo que, en este momento, Gran Bretaña corre el peligro de encontrarse demasiado fuera de la Unión, casi en la situación de dos entidades independientes, Gran Bretaña de un lado y el resto de los países apiñados en una mayor unidad política.

Porque ese es el resultado de la Conferencia de Bruselas, un notable avance en la unión continental que se ha conseguido por la muy eficaz vía de la chapuza. Lo que los sucesivos proyectos de Constitución de la UE no han logrado lo ha conseguido el llamado pacto del euro, un acuerdo de carácter económico y fiscal que trata de paliar la crisis y fortalecer la UE para hacer frente a aquella. Una chapuza in extremis, acordada cuando los mandatarios ya auguraban la catástrofe si no se alcanzaba, que es lo que llevan cuarenta años augurando cada vez que hay que adoptar alguna decisión salvífica, normalmente al margen de los procedimientos ordinarios; esto es una feliz chapuza que dará un magnífico juego, como en otras ocasiones.

El asunto es fácil de entender, aunque no enteramente agradable de aceptar; sobre todo si se opera con categorías de soberanía nacional que, siendo obsoletas, siguen muy presentes en el ánimo de quienes dicen haberlas superado. Es una típica disonancia cognitiva de muchos políticos europeos, especialmente los conservadores, que son hostiles a toda merma de sus soberanías nacionales y las usan como banderas electorales, al tiempo que apoyan el fortalecimiento de la unidad supranacional europea. Una disonancia cognitiva de campanario. Como la inglesa.

La crisis actual, agravada por la existencia de un euro al que falta el apoyo de una unidad de decisión política ha puesto de relieve las insuficiencias actuales y obligado a remediarlas un poco a la brava. En efecto, la pretensión de los países más afectados por la deuda (Grecia, Irlanda, Portugal, España, Italia) y de quienes razonan como ellos es que la Unión en su conjunto salga garante y avalista de sus deudas (eso es lo que pretenden quienes postulan los eurobonos) pero sin tener los instrumentos necesarios para controlar ahora y en el futuro el modo en que los países contraen y gestionan sus obligacioness. Ninguna organización del tipo que sea sobrevivirá si da a sus miembros libertad para endeudarse pero sale luego garante de unas deudas que no puede controlar.

Así que, para poner remedio a esta situación en el futuro los países europeos han dado el paso decisivo de aceptar la coordinación de sus políticas fiscales, la supervisión de sus presupuestos por los órganos comunitarios y otras medidas que significan simplemente cesiones de soberanía. Eso que los europeos predicamos continuamente pero no aceptamos sino a regañadientes, como se ve en ese fracasado intento de Rajoy de conseguir para España un poder de veto de las decisiones comunitarias. Es lo de siempre: más unidad, pero mi país por encima. Sin embargo, el pacto es vital para la consolidación de la Unión Europea como una unidad política con una moneda única fuerte que no actúe como una vía de agua en el navío común.

Hay una crítica frecuente al pacto que debe considerarse y es la de que esa unidad política hacia la que se avanza se presenta bajo la hegemonía alemana y, en parte francesa, lo que atenta contra la pretensión de una igualdad de los miembros de la Unión. Ciertamente. No hay una Europa de dos velocidades pero unos países son más importantes que otros. La susodicha igualdad es una quimera, más propia de un organismo internacional (como la Asamblea General de la ONU) que de un único Estado en términos reales. Prácticamente ningún Estado del planeta es igualitario en su composición interna. En todos hay partes más importantes y decisivas que otras; regiones, provincias, estados, comunidades de mayor productividad y renta que otros; entes territoriales a los que afluye la inmigración interna y otros de los que parte la emigración. En todos los Estados hay desigualdades territoriales que se aceptan mejor o peor pero son inevitables y eso mismo pasa con la Unión Europea como unidad política. Resulta absurdo decir que Alemania es la locomotora europea y, al mismo tiempo, sostener que sus derechos y obligaciones son los de los vagones de los que tiene que tirar.

Alemania tiene la responsabilidad de consolidar la Unión Europea con la ayuda de Francia y de otros países sólidos. Su voto no puede valer lo mismo que el de Grecia. Y no lo vale. Otra cosa es que se tenga la elegancia de mantener la ficción jurídica de que todos somos iguales y no se haga patente en ningún instrumento político. Pero esa desigualdad es un hecho y, mediando la conciencia común europea, no tiene que ser necesariamente un desdoro.