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jueves, 14 de septiembre de 2017

Hoy, Palinuro en Fonz, en la Universidad de Zaragoza

Un alto en el camino catalán para participar en un curso extraordinario de la Universidad de Zaragoza en Fonz con el título de La política en España: oportunidades y cambios. El tema que se me ha asignado a las 12:00 es España en crisis: balance de una década. O sea, un repaso a lo sucedido en el país entre 2007 y 2017. Ahí es nada: comienzo de la crisis-estafa del capitalismo global, recrudescencia  del independentismo catalán a raíz de la sentencia del Tribunal Constitucional de 2010, mayoría absoluta del PP, 15M, auge y caída de Podemos, corrupción galopante del régimen y referéndum catalán para el 1º de octubre, momento decisivo en la historia de España.  Sesión sin duda muy animada porque, además, Fonz es importante localidad de la llamada LAPAO, un ejemplo más de cómo la política lo invade todo -especialmente en tiempos conflictivos- incluso el ámbito lingüístico. En realidad este es uno de los primeros. Sospecho que los historiadores del futuro considerarán este decenio como decisivo a la hora de dictaminar sobre el curso del sistema político de la III restauración.

Edificio Interfacultades, calle Pedro Carbuna, 12, 6ª Planta.

domingo, 12 de febrero de 2017

Tebas en el fondo del tiempo

Otro acierto de mi Universidad, la UNED: la exposición Tebas: los tesoros de una ciudad milenaria a las puertas del desierto, que estará hasta el 24 de febrero en el vestíbulo de la biblioteca. En realidad es un proyecto que se realizó con motivo de un congreso de egiptología de la Universidad de Castilla-La Mancha en 2015. Pero tuvo tanto merecido éxito que ha venido exhibiéndose desde entonces ininterrumpidamente en diversos lugares, de forma que esta de ahora debe entenderse como una etapa más en el periplo.

La exposición consta de 33 paneles con fotos y textos y varias vitrinas con libros sobre los distintos aspectos de la antigua cultura egipcia. Comisariada con acierto por los colegas Inmaculada Vivas Sáinz y Antonio Pérez Largacha, no es sencilla de ver porque los textos son prolijos, documentados y rigurosos y su lectura puede llevar casi dos horas si uno quiere, además, casarlos con las fascinantes imágenes que se ofrecen. Pero sin duda merece la pena para quien, como Palinuro, sea un fervoroso aficionado a las antigüedades egipcias, a las que siempre se acerca con una mezcla de reverencia, admiración y su punto de inquietud por lo radicalmente cercano y lejano de su espíritu. 

Los momentos que los organizadores han elegido ilustrar en la milenaria historia de esta ciudad, capital del antiguo Egipto, prácticamente rescatada de las arenas del desierto son múltiples y con una vocación totalizadora, de forma que el visitante sale cumplidamente informado de todo: las tumbas, las mastabas, los templos, las artes, los cultivos, las industrias, las clases sociales, las momias, la religión, las escrituras, los complicados dioses, las creencias, etc. 

Imposible dar cuenta de todas ellas, así que me limitaré a señalar brevemente las que más me han interesado. Por supuesto, empezando por el templo del millón de años o templo eterno de Ramsés II, el que Champollion bautizó como Ramesseum, con sus más de 3.000 años (construido hacia el 1270 a.C.), al oeste de Tebas, y sus impresionantes pilonos. A poca distancia se encuentra el prácticamente desaparecido de Amenhotep III (Amenofis, para los griegos), también a este lado del Nilo y frente a Luxor. Su interés reside en las dos gigantescas estatuas del faraón, llamadas colosos de Memnón, uno de los cuales, como se sabe, "canta" al amanecer razón por la cual los griegos le pusieron ese nombre. Este Amenhotep III fue el padre de Amenhotep IV, quien cambió su nombre por Akhenaton, el célebre faraón revolucionario que trocó el politeísmo tradicional por el monoteísmo. El esposo de la también famosa Nefertiti, fue sucedido, tras algún tiempo de incertidumbre, por su hijo Tutankhaton que cambió a su vez su nombre por Tutankhamon para subrayar el fin del monoteísmo de Aton y el retorno al politeísmo presidido por Amon. De todas formas, este regreso a la tradición y la obediencia no le libró, así como a su padre y sus otros hermanos, de ser eliminado de la lista oficial de faraones, a iniciativa de Horemheb que pretendía borrar la memoria misma del monoteísmo. 

A Tutankhamon, en concreto al descubrimiento de su tumba en 1923, se dedica especial atención en la muestra, porque la aventura de su descubridor, Howard Carter, un arqueólogo y egiptólogo inglés autodidacta tiene, mutatis mutandis, el interés y la grandeza de la historia de Heinrich Schliemann y su descubrimiento de Troya, aunque quizá no su trascendencia.

Las noticias, textos e imágenes sobre el Valle de los Reyes y el de las Reinas son de gran interés y en ellas cobra vida la historia de Hatshepsut, la mujer de Tutmosis II, quien reinó como faraón y quiso ser enterrada junto a su padre, Tutmosis I, para quien mandó construir la primera tumba real (KV20, en la terminología moderna inglesa) en el Valle de los Reyes. No debe, sin embargo, pensarse que el caso de Hatshepsut fuera en modo alguno extraordinario. Antes y después de ella hubo otras mujeres que reinaron como faraones, tampoco tan extraño en un país en el que los faraones se casaban con sus hermanas, con un escaso respeto por la famosa prohibición universal del incesto. Sí es cierto, sin embargo, que esta Hatshepsut reinó sobre una especie de edad de oro sobre todo en materia de construcción.

La exposición ilustra cumplidamente sobre los más intrincados aspectos de la vida religiosa y la mitología egipcias, el conocido como libro de los muertos, en realidad libro de la salida del día, que contiene las instrucciones, oraciones y jaculatorias para los complicados ritos funerarios del país nilótico, cosa nada extraña si se tiene en cuenta que abrían el paso a una creencia en la que se mezclaban alegremente creencias místicas con postulados rotundamente materialistas. Ese libro, del que hay abundantes y muy diversas versiones, contiene ilustraciones tan bellas y características de la cultura egipcia como los libros de horas de la gótica europea. Solo la contemplación de la imagen en la que Osiris preside sobre el pesaje del corazón de un difunto en el juicio del más allá mientras Anubis hace de psicopompo justifica la visita a esta magnífica exposición en la que se aprende mucho.

sábado, 4 de febrero de 2017

A la mayor gloria del hombre

En el Teatro del Barrio, una cooperativa sita en la zona del Lavapiés de Madrid, tienen una línea de producción sobre mujeres, con piezas escritas, dirigidas e interpretadas por mujeres. Un muy interesante experimento. En la ocasión han dado con una idea magnífica, novedosa y muy prometedora, en la obra Sección (mujeres en el fascismo español). Se justifica de entrada en que, siendo las mujeres la mitad de la población, la historia las invisibiliza. Al parecer, se intenta contar la historia de "la otra parte", reavivar la memoria de género, por así decirlo. No es pequeña pretensión y más difícil de lo que la misma pieza presume. En concreto se narra la peripecia de Pilar Primo de Rivera y Mercedes Sanz-Bachiller, con una tercera voz que no acaba de encajar en la historia y en su relato, la de Carmen Polo de Franco y que parece haber sido introducida para acentuar una línea de farsa y, al tiempo, contextualizar la obra porque, al día de hoy, poca gente sabe algo de Pilar, la hermana del Ausente, y prácticamente nada de Sanz-Bachiller, viuda de Onésimo Redondo. La aparición de Carmen "Collares" sitúa a unos auditorios que podrían perderse en la narración de la dialéctica entre Primo de Rivera y Sanz-Bachiller. Una narración esencial porque con ellas se personifica y hace palpable la labor de adoctrinamiento y estupidización de las mujeres que realizó el franquismo durante cuarenta años.

Esto es cierto, pero no suficiente. Que el franquismo cercenó los derechos conseguidos por las mujeres (y, en consecuencia, por todos) durante la segunda República y las devolvió a una situacion de subalternidad, minoría de edad práctica, sumisión y servilismo fue evidente dede el minuto 1º de la sublevación militar. En cierta medida, este fue uno de sus principales objetivos (además, claro, de derrotar a la clase obrera, la izquierda y la República y someter a las naciones no castellanas, Cataluña, País Vasco y Galicia) del que encargó en especial a la Iglesia Católica, como correspondía a la esencia nacional-católica del régimen. La Iglesia, que se pinta sola para reprimir, se puso a la tarea de santificar velis nolis la vida de todos los españoles, dedicando una atención especialísima a las mujeres, "vasos del diablo".

Sin abandonar la misión moralizante de los curas en todos los ámbitos, para llegar al ámbito  femenino "íntimo", los asuntos propios de "su condición", al "eterno femenino", que dicen los cursis, se valió de mujeres. Pilar Primo de Rivera, fundadora de la Sección Femenina (SF) de la Falange y Mercedes Sanz-Bachiller, del Auxilio Social y, sobre todo, el Servicio Social, una especie de servicio militar obligatorio femenino de seis meses de duración, fueron las encargadas de adoctrinar a las mujeres en los delirios del falangismo y el nacional-catolicismo. Es decir, no debe olvidarse que la historia de "la otra mitad" no es otra historia, distinta, silenciada, olvidada que ahora se rescatara. Es la misma historia de la primera mitad, la viril y/o sacerdotal, interpretada por mujeres con funciones cipayas.

Se señala así uno de los problemas más graves que afecta al feminismo de ayer y el de hoy mismo: la colaboración de las mujeres en su propia opresión. Es cierto que eso sucede en todos los sectores o movimientos emancipadores del tipo que sean: en su seno suele anidar la posición contraria. Pero en el caso del feminismo, esa colaboración con el patriarcado no solamente es muy abundante sino también extraordinarimente sutil. No es lugar este para extenderse, pero puede tomarse un atajo: la falta de acuerdo interno al feminismo respecto a la prostitución. Pero esto es indiferente. Lo importante es dejar constancia de que si el fascismo, la Iglesia, el franquismo son misóginos, lo peor es la colaboración activa, entusiasta, de las víctimas. Ese problema produce cierta desesperación y a ella, entiendo, se debe el acto de rebeldía del coro final que viene a ser una especie de promesa del tipo de la lucha continúa, subrayado por el hecho de que las tres se despojen de los sujetadores y los arrojen al suelo, en un signo de liberación patente. La obra tiene algunos guiños al recuerdo de la rebeldía de los sesenta, como este del rechazo al sujetador o la canción de Chicho Ferlosio, Los dos gallos, entre otros. Y esto produce cierta nostalgia. La historia contrapone la memoria de las abuelas de las actrices a la rebeldía que se articula en torno a la simbología revolucionaria de sus madres. Aquí hay algo que conviene considerar. Puestos a actualizar la rebelión del topless de los sesenta, ¿no estarían en esta línea las protestas tan mediáticas de Femen? Esto provoca también bastante controversia.

En todo caso, el espectáculo, que es una especie de cabaret con algo de danza, música, coros, proyecciones, está muy bien. La obra es corta y se hace más. El guión, muy bien aunque quizá algo recargado de símbolos y alegres anacronismos. La versión del Cara al Sol, deliciosa y la espantosa sintonía del NO-DO un magacine semanal de obligatoria proyección en todos los cines en la que se cantaban las excelencias del Caudillo pescando salmones, el ingenio de un obrero del Ampurdán y camisa vieja, claro, que había inventado una máquina de afeitar con la que, además, podía freírse un huevo y, de vez en cuando, la elegancia y la belleza de las chicas de la SF haciendo tablas de gimnasia católicamente ataviadas con camisa y pololos. A la vista de la naturaleza real y verídica de aquel régimen se comprende por qué es casi imposible parodiarlo. La dirección, muy ágil y las tres intérpretes, brillantes. Yo les hubiera puesto la camisa azul bordada en rojo, al menos a las dos falangistas. La llevaban siempre.

El diálogo entrelazado de veras y burlas gira en torno a la rivalidad entre Sanz Bachiller y Primo de Rivera. Pero no la lleva muy allá. Y debiera. Las dos mujeres eran fuertes personalidades y se odiaban. Queda claro en las memorias de la hermana del Ausente que cuenta cómo se quitó de encima a su competidora nada más terminar la guerra. Las dos de familias pudientes e ideólogas del "feminismo" nacional católico y falangista tenían orientaciones distintas. Pilar Primo de Rivera dedicó su vida a la SF, la falange y a la memoria del hermano. No se casó nunca. Ernesto Giménez Caballero, que tenía cosas de genio y de orate, planeó casarla con Hitler para fundar una dinastía nazi, pero no salió. No tuvo hijos. Franco la nombró en 1960 condesa del Castillo de la Mota. En el fondo una tradicionalista que acabó representando la imagen de una vestal en el templo del Ausente. Sanz-Bachiller era una activista, mujer de mundo, casada dos veces, con cuatro hijos y también ennoblecida por vía conyugal cuando Franco nombró a Onésimo conde de Labajos. Inquieta, emprendedora, intrigante, pero frustrada en su ambición de erigirse en la gran Madre de España, fue depuesta sin muchos miramientos a raíz de un asunto de supuesta malversación de fondos del Auxilio Social como suele pasar en la derecha. No obstante la "viuda de España" continuó toda su vida engastada en los puestos del régimen en el que fue procuradora en Cortes largos años.

La idea es brillante. Los dos personajes dan mucho juego. Carmen Collares sobra. Pero aquí no está haciéndose memoria de otra historia sino de los papeles femeninos de la historia una patriarcal. 

Si de hacer memoria de otra historia se trata, sugiero la de Matilde Landa.

viernes, 27 de enero de 2017

Bethune. Una vida ejemplar

Una exposición interesantísima sobre la vida de Norman Bethune en el Conde Duque de Madrid. La organizan la Fundación Canadá, la Asociación de Amigos de las Brigadas Internacionales y el ayuntamiento de Madrid. Colaboran el de Valencia y la embajada del Canadá. Y el resultado es espléndido pues, con muy escaso material (una película documental de la época y fotografías) documentan toda la vida de este médico canadiense que vino a España en 1936 con las Brigadas Internacionales y murió en China, en 1939, ayudando al VIII ejército de Mao Tse-tung en la segunda guerra chino-japonesa. En ambos lugares (España, 1936-37) y China (1938-39) su comportamiento fue ejemplar y extraordinariamente útil. En España puso en marcha un servicio móvil de transfusión de sangre que cargaba en retaguardia y actuaba en el frente. En china elaboró equipamientos para operar práticamente en la línea de fuego. En China tiene estatuas y el presidente Mao escribió su historia en forma de recuerdos que aprendían de memoria sucesivas generaciones. En España prácticamente nadie sabe quién fue. Aquí, los de Bethune perdieron la guerra. En China, la ganaron.

La exposición documenta detalladamente la vida de Bethune, una auténtica aventura. De una acomodada familia tradicional de origen escocés, era hijo de un pastor presbiteriano (también lo había sido algún otro antepasado) y tuvo una educación muy religiosa, aunque él salió ateo. Estuvo como voluntario en el servicio de ambulancias en la Primera Guerra Mundial, como algunos otros norteamericanos célebres. A su regreso pasó diversas peripecias y acabó establecido como médico de prestigio en una posición muy desahogada. Pero siempre mantuvo una visión idealista de la medicina como auxiliar en la tarea de emancipar a la humanidad del capitalismo. En 1936, España era el lugar en el que estos idealistas podía hacer algo más que hablar: actuar, frenar el fascismo, ayudar a la República.

La exposición se detiene especialmente en el terrible episodio de la masacre de la población civil que huía de Málaga hacia Almería. Decenas de miles de personas a merced de la aviación franquista y de los cañones del Canarias, Baleares y Almirante Cervera. Bethune estuvo allí con su servicio de transfusión y ayudando en lo que pudo. Lo dejó por escrito en un relato, El crimen de la carretera de Málaga-Almería.

La etapa china está mucho más someramente documentada, pero lo suficiente para comprobar que este hombre trabajó hasta el último momento, ayudando a los soldados y tambien a los campesinos, en condiciones terribles, mimetizándose con sus pacientes y siempre sin perder su fe en la misión emancipadora de la medicina y, por supuesto, en la seguridad de esa misma emancipación. Una fe capaz de mover a un médico canadiense de buena familia, respetado, prominente, rico, hasta llevarlo a morir a miles de kilómetros, pobre, consumido por la fiebre y con la sangre envenenada.

Hace falta algo más en esta historia. Si no me equivoco, la exposición no menciona (en todo caso, no lo he visto) un hecho que es determinante en la vida de Bethune: su pertenencia al Partido Comunista del Canadá desde el año 1935, fecha en que visitó la Unión Soviética. La ausencia de este dato es significativa. No por lo que hace al propio Bethune, que siempre proclamó abiertamente su pertenencia al partido, sino por lo que hace al modo de contar la historia. Las Brigadas Internacionales fueron sobre todo un asunto de la IIIª Internacional, del partido comunista "mundial" (por así decirlo) porque las otras tendencias, CNT, PSOE tenían sus propias milicias. Las Brigadas Internacionales han pasado a la leyenda y gozan de universal simpatía. Porque la merecen. Esas brigadas pararon a Franco en noviembre de 1936, salvaron Madrid y dieron a la República el tiempo necesario para reorganizarse. Y lo hicieron a un coste altísimo. Hubo batallas en las que pereció la mitad de los efectivos.

Las Brigadas Internacionales son leyenda. Norman Bethune, también. No es preciso ocultar que el origen es comunista. Salvo que se haya convertido en costumbre.

Por cierto, el documental, que narra sintéticamente la guerra de España y el servicio de transfusión de sangre, es magnífico. Un documental de alta calidad artística, aunque de material pobre. Muchas de sus fotos se han hecho célebres. 

jueves, 19 de enero de 2017

La nación precaria

Francesc Puigpelat (2016) Breu història del nacionalisme espanyol. De la Constitució de 1812 a la prohibició del 9N. Barcelona: Angle Editorial. 239 págs.
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Francesc Puigpelat aclara que ha escrito antes un ensayo que una historia, aunque lo llama "historia" en el título. Está bien la advertencia. Allana el camino, porque no es una historia en sentido riguroso, sino una historia de la interpretación de la historia y una interpretación en sí misma. Desde una perspectiva catalanista. Es una reflexión sobre un obstinado ente de razón, el nacionalismo español, en su camino hacia la nada. Y bastante ajustado a lo que, a juicio de este crítico, es la realidad. Así que leer el libro es como pasear por lugares conocidos con un amigo cuya compañía ilustra y enriquece.

En una primera parte (el prenacionalismo) Puigpelat sintetiza el conjunto desde el origen legendario en el mito de Don Pelayo y el relato fabuloso de la Reconquista hasta la unión de Castilla y Aragón como fecha oficial de nacimiento de España. La imposición del castellano y el centralismo hasta los Borbones aún felizmente reinantes.

En una segunda parte (Los orígenes: de la Constitución de 1812 al desastre de 1898), despacha el autor el agitado XIX. Deja claro que el nacionalismo español arranca de la Constitución de 1812, cuyo carácter "nacional" y "liberal" es altamente problemático. De ahí se sigue que también el liberalismo español sea sui generis y políticamente débil. La llamada Pepa consagraba en su artículo 12 la religión católica, apostólica y romana como la de la nación española para siempre y comprometía al Estado a no permitir el culto de las otras. Lo menos que puede decirse de un liberalismo compatible con la intolerancia es que es poco liberal. Y ahí también está la raíz de la versión de las dos Españas que el autor personifica en Modesto Lafuente por el lado liberal y Menéndez y Pelayo por el conservador. Pero en algo están ambos de acuerdo: el origen de España se pierde en la noche de los tiempos y, desde luego, ya está asentada con los visigodos. También comparten otros mitos, cuando se otorga a la Castilla "predemocrática" la defensa de unas libertades y un pactismo de origen medieval que, en cambio, sí existía en Cataluña desde los tiempos del Eiximenis (siglo XIV).  

En la tercera parte (La época de esplendor: de la generación del 98 a la República) Puigpelat comienza con una referencia al famoso discurso de Lord Salisbury el 4 de mayo de 1898, el célebre "dying nations", por el que se refería a España y Turquía. Por cierto, de ese discurso se hizo eco Almirall con un artículo en el que animaba a Cataluña a separarse de España, que era un cadáver. Y, de aquí, la famosa generación del 98, la idea de la decadencia y el mito de Castilla. Y tan mito. Ortega había dicho que "Castilla ha hecho a España y Castilla la ha deshecho". Le corrigió Sánchez Albornoz en las Cortes de 1931 en presencia del filósofo: "Castilla hizo a España y España deshizo a Castilla”. Sutil matiz. Y todavía llegaría Julián Marías a matizar más agónicamente "Castilla se hizo España". Para dar y tomar. Y mientras el nacionalismo español trataba de encontrarse luego del "desastre", el catalán ya encendido en la Oda a la pàtria de Bonaventura Carles Aribau (1833) y Lo catalanisme, de Valentí Almirall (1886), se articulaba a través del federalismo para postular la nación catalana y el consiguiente Estat català. Mientras tanto, el nacionalismo tenía una idea de modernización de España. La República fue como una especie de institucionalización de la conllevancia orteguiana y, luego, la pesada losa de cemento de la dictadura de 40 años en los que se cultivó el nacionalismo español más delirante combinado con el intento de extirpar las otras naciones en el Estado.  

En la cuarta parte (el eterno retorno: del franquismo a la actualidad), se traza el escaso recorrido desde el franquismo hasta el "café para todos", momento en que con cierto humor, el autor señala que si 17 son las CCAA de fines del siglo XX, 18 eran cuadrículas numeradas en que quería dividir el territorio Valentín de Foronda a primeros del XIX. Aquí, en realidad, no se ha movido nada. Puede ser que, en efecto, el nacionalismo español no tenga historia porque se empeña en ser inmutable, idéntico a sí mismo a lo largo de los siglos. O sea, un fósil, por otro nombre, la "nación milenaria" del PP a la que pretendía este adaptar la doctrina del "patriotismo constitucional", algo absolutamente disparatado. Claro que no más disparatado que el hecho de que la primera línea del AVE sea la de Madrid-Sevilla.

Es un buen libro, de ágil lectura sobre la problemática nación española.

jueves, 12 de enero de 2017

Hitler

Timur Vermes (2012) Ha vuelto. Barcelona: Seix Barral, 2013 (396 págs)
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En 2016, al extinguirse los derechos de autor de Mi lucha, en manos del gobierno de Baviera, se reeditó la obra de Hitler en Alemania por primera vez desde 1945 y en mitad de una intensa polémica. A día de hoy, lleva vendidos 85.000 ejemplares, lo cual no es mucho para la obra de que se trata y un país de 81 millones de habitantes. Son buenas cifras de ventas, desde luego, pero no un best-seller. Curiosamente, Hitler parece ser menos popular en sus tierras que en otros lugares del planeta, en donde ha estado vendiéndose desde hace años sin problemas y con gran difusión: en la India alcanza tiradas de cientos de miles de ejemplares. Y lo mismo sucede en Turquía, en donde se vendieron más de 100.000 ejemplares en un mes en 2005. Igualmente se vende muy bien en Rusia, Suecia y en los EEUU, aunque aquí no tiene tanta difusión.

Lo anterior acabó de decidirme a leer esta novela publicada en 2012, traducida al castellano en 2013 por Carmen Gauger y publicada por Seix Barral, que tenía esperando desde hace tiempo. Por cierto, llama la atención que en España haya alcanzado hasta la fecha unas ventas de 85.000 ejemplares, los mismos que en Alemania el de Hitler y con la mitad de habitantes. En cambio este de Vermes se colocó entre los más vendidos desde el comienzo y solo en la República Federal se han comprado cerca de un millón y medio de ejemplares. La conclusión es clara: en Alemania Hitler ya no vende; vende el anti-Hitler. Pero, como de Hitler se trata en definitiva, parece claro que el país sigue teniendo  algo en el fondo de su memoria colectiva que palpita sin cesar.

En el año 2011, en un descampado cerca de donde estuvo el búnker hitleriano en Berlín, el Adolf Hitler de 1945 abre los ojos en el siglo XXI, sin conciencia alguna de lo que haya pasado entre tanto. La idea es llamativa y se presta a un relato entretenido que, al estar narrado en primera persona por el propio Hitler, plantea una situación contrafáctica con las ideas, opiniones y aventuras del Führer, en un mundo, un país y una ciudad que él dejó hace más de 65 años convertidos en ruinas. 

El libro se inserta en una tradición literaria, la ucronía, no tan extensamente cultivada como la utopía con la que comparte rasgos; no todos. La forma habitual es la de alguien que se duerme en una fecha determinada y se despierta muchos años después. Esta fantasía viene a ser como un sentido menor de la profecía y tiene antiquísimos antecedentes. De Epiménides, uno de los siete sabios de Grecia, cuenta Diógenes Laercio que se quedó dormido en una cueva durante 57 años y, según leyenda de sus paisanos, los cretenses, que lo adoraban como a un dios, llegó a vivir 300 años en los que le fue concedido el don de la profecía. Del siglo I a.C es la leyenda talmúdica de Honi M'agel, quien se rio de un vecino que plantaba un algarrobo, diciéndole que este árbol tarda 70 años en dar frutos. Él mismo se quedó dormido esos 70 años y, al despertarse, lo hizo a la sombra del algarrobo. Más conocida en el mundo cristiano es la leyenda de los siete durmientes de Éfeso que, encerrados en el año 250 d.C. en una cueva por orden de Decio para que murieran por cristianos, se durmieron y se despertaron 200 años más tarde en tiempos de Teodosio II.

Todas ucronías, sin función ilustrativa utópica alguna, pero con obvias finalidades morales. La primera novela ucrónica/utópica es El año 2440, de Louis Sébastien Mercier, traducida, por cierto, por primera vez al castellano por un servidor y publicada en Akal. Una curiosa obra que, en su tiempo, hizo furor de ventas (25 ediciones en los primeros años), narra la situación de Francia (en realidad, París; la novela es muy francesa) 640 años más tarde. A Mercier corresponde, por tanto, la paternidad del género que luego tuvo ya exponentes muy famosos en siglo XIX, el de las utopías. El más conocido, en realidad universalmente famoso, es el cuento de Washington Irving, Rip van Winkle, que tiene incluso alguna versión filmada (como también la hay de la novela de Vermes). Sigue otra, injustamente mucho menos conocida que la de Irving, El hombre de la oreja rota, de Edmund About (también un exitazo en su tiempo, hoy olvidado), publicada en 1862 con la historia de un coronel de Napoleon, que muere congelado en 1813 en Moscú, es "disecado" mediante procedimientos científicos por el sabio alemán Meisner y "resucitado" por rehidratación por el ingeniero francés Leon Renault en 1859, en pleno II Imperio, cosa que sirve al autor para amontonar escenas cómicas y equívocos de todo tipo y, por cierto, alabar sin cuento a Napoleón III. El último ejemplo de estas ucronías es Mirando atrás, de Edward Bellamy, publicada en 1887 muestra la ciudad de Boston ( y los EEUU) en el año 2000, a los admirados ojos del joven Julian West que se duerme en aquel año y se despierta 113 más tarde en una sociedad perfecta cuya estructura de clase, organización del trabajo, etc han hecho pensar a muchos críticos que se trata de una novela marxista, con lo que las curiosas relaciones entre el marxismo y la utopía dan un nuevo giro. De hecho, Mirando atrás, también publicada por Akal, fue otro tremendo éxito de ventas en su tiempo, dió origen a un movimiento llamado nacionalismo (no derivado de la idea de nación, sino de la propuesta de "nacionalizar" la propiedad) que se articuló a través de más 150 "círculos Bellamy".

La novela de Vermes tiene, pues, vigorosas raíces. Su variante es que el futuro de las ucronías es aquí el presente. Adolf Hitler no se despierta para descubrir un mundo nuevo, imaginario, sino para tratar de entender el mundo real en el que vivimos los lectores y a todos nos es muy familiar. El objeto no es este presente como es, sino este presente como lo vería Adolf Hitler. El objeto es Adolf Hitler. El narrador en primera persona.

La novela, como suele pasar con el género, es humorística, a ratos sarcástica y, al tiempo que dibuja el personaje y se adentra en sus procesos mentales (el truco consiste en que Hitler en 2011 sigue siendo Hitler y piensa como Hitler), pone en solfa algunos de los rasgos más característicos de la época contemporánea y de Alemania en concreto. El más obvio y que da más juego, es internet y todo lo el mundo de las tecnologías de la información y la comunicación (móviles, tablets, redes, etc) que es la verdadera revolución contemporánea, similar a la de la imprenta en el siglo XV. Da pie a chistes, como ese según él cual, Hitler concluye que la wikipedia debe de llamarse así en honor a los muy germánicos Vikingos (Wikinger) o el hecho de que, no teniendo nada que hacer, en cierta ocasión, pasa tres horas en lo que cree que una simulación de minas  con el buscaminas. 

El personaje es consistente y convincente. Vive en un mundo interno fantástico y resulta tan congruente en sus interpretaciones (cuya finalidad es siempre retomar la guerra, volver al nacionalsocialismo, al Lebensraum, a la conquista del Este, el sometimiento de los pueblos "inferiores" y la supresión de los judíos) que, de algún modo perverso, se hace querer. Su rostro y su pensamiento, sólidamente nazi, hitleriano, lo llevan a protagonizar un espacio de entretenimiento en una TV privada que, por supuesto, consigue un éxito abrumador tanto en vivo y durecto como en Youtube.

Muy digna de reseñar la habilidad narrativa del autor al mostrarnos la reacción de sus coetáneos, la del equipo de la empresa para la que trabaja, Flashlight, como la de la gente que, por las razones que sean entran en contacto con él. El embrollo consiste en que, tras comprender que la persona con la que hablan no puede ser Adolf Hitler, al no poder hacer otra cosa, se ven obligados a tratarlo como si lo fuera porque, en realidad, lo es. Al respecto es muy cómica la entrevista hostil que le hace el Bild Zeitung, con la periodista empeñada en que diga su verdadero nombre, su identidad auténtica, sin poder admitir que es justamente esa, Adolf Hitler. Por cierto, la burla de la prensa amarilla estilo Springer es hilarante. 

Este curioso bucle literario de un personaje que, en realidad, se representa a sí mismo y, por lo tanto, no representa nada sino que actúa con absoluta sinceridad y convicción, es el nudo de una historia en la que van acumulándose episodios que oscilan entre lo directamente cómico y hasta carcajeante (como su pasmo con el hecho de que la gente que pasea perros por las calles vaya detrás recogiendo sus excrementos) con lo más oscuro y también dramático. Por ejemplo, en lo relativo a los judíos, aunque también aquí se roza lo indecible cuando, invitado a ello, conocedor y amante de los animales, especialmente los perros, se le pide que diga cuál sería el "perro germánico" (el pastor alemán) y cuál el "perro judío", que resulta ser el teckel.  

Y hay más cosas indecibles. Por ejemplo, una resurrección de la doctrina malthusiana que animaba el impulso del Lebensraum. Su planteamiento sigue siendo actual con las teorías sobre "los límites del crecimiento" y prácticamente nadie se atreverá a negar que esperan tiempos duros en que habrá lucha por los recursos cada vez más escasos (agua, energía, etc) y hay que enfrentarse a la pregunta despiadada de Hitler: ¿qué raza (él habla siempre en términos de raza) conseguirá los recursos? ¿La más educada o la más fuerte? Es incómodo pensarlo. Por debajo de su tono humorístico, esta novela está repleta de momentos incómodos.  

En su programa televisivo, Hitler expone su dictrina que, como es lógico, es la doctrina de Mi lucha, la doctrina nazi, de la que, en realidad, viene a comvertirse en un telepredicador y alcanza tanta fama y notoriedad que le dan un premio Grimme, uno de los más apreciados en Alemania.  Su intención es clara: valerse de la TV para poner en marcha un nuevo movimiento, un partido que vuelva a hacer grande a Alemania. Por eso se manda mudar a Munich, el punto en que empezó su anterior aventura de conquista del poder. Una vez allí, a raíz de una paliza que le propinan unos tipos de extrema derecha (desconocedores de la verdadera identidad del agredido) y durante su convalecencia recibe llamadas de todos los partidos, habla con sus dirigentes: todos quieren tenerlo con ellos: los verdes, los liberales y hasta el SPD, lo que le permite hacer juicios mordaces sobre todos los partidos políticos actuales. 

Desde el punto de vista literario, la obra es clásica en su concepción, lo cual es meritorio tratándose de la primera novela del autor- El narrador subjetivo, el propio Führer, con plena conciencia de tal, cantidad pequeña de personajes, escasos cambios de escenarios, unidad de (breve) tiempo y una serie de cuadros con las distintas aventuras de nuestro héroe o antihéroe narradas con ingenio y elegancia. De reseñar el uso del típico alemán berlinés y sus giros y modismos. La novela mantiene vivo el interés hasta el final, aunque padece cierta descompensación entre lo que podríamos llamar  el planteamiento inicial y la parte final, algo más atropellada. Es curioso y esperanzador que se hayan vendido unas veinte veces más este Hitler que el de Mi lucha.                                                   

Palinuro presenta libro sobre socialismo en Madrid


El PSOE del primer tercio del siglo XX, con su reivindicación de la socialización de los medios de producción, se transformó en un partido que aceptaba la democracia parlamentaria como medio y fin para aplicar políticas reformistas. Fue una nueva generación la que se hizo cargo de la estructura política del PSOE que permanecía en el exilio desde el final de la guerra civil en 1939 y el triunfo del franquismo hasta 1977. Y tuvo que asimilar en muy poco tiempo los debates y las evoluciones ideológicas que la socialdemocracia había tenido desde la II Guerra Mundial para ejercer la acción de gobierno en la Europa Comunitaria.

Las políticas socialdemócratas fueron defendidas en España por el PSOE cuando alcanzó el gobierno en 1982 y se mantuvo en él hasta 1996 bajo la dirección de Felipe González. Después de dos legislaturas gobernadas por el Partido Popular, el Partido Socialista volvería de nuevo a ganar las elecciones en 2004, con Rodríguez Zapatero al frente, y su gobierno se prolongó hasta 2011. Ha sido una de las últimas organizaciones de tradición socialista en ejercer el poder político en la Europa Occidental.

El acto va a tener lugar este jueves, 12 de enero, a las 19:00 horas en la Librería Alberti (C/ Tutor, 57. Madrid). El autor va a estar acompañado por el catedrático emérito de Ciencias Políticas de la UNED, Ramón Cotarelo.

Para más información:

Laura Galán / Ediciones Cátedra / Comunicación y prensa/ 91 393 87 98
lgalan@anaya.es
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viernes, 30 de diciembre de 2016

Vae victis

Paloma Aguilar y Leigh A. Payne (2016) Revealing New Truths Abour Spain's Violent Past. Perpetrator's Confessions and Victim Exhumations. Oxford: Palgrave Macmillan. 110 págs.
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Las profesoras Paloma Aguilar y Leigh A. Payne son dos reconocidas especialistas en materia de transiciones y, sobre todo, de justicia transicional o, como es el caso de España, falta de justicia transicional y post-transicional. Tienen ya una copiosa obra que las avala en la que se mezclan la minuciosidad de la historia con la versatilidad de la Ciencia Política.

Ambas publican ahora en inglés este pequeño pero denso libro ("Nuevas verdades sobre el pasado violento de España. Confesiones de los perpetradores y exhumaciones de las víctimas") sobre la sempiterna cuestión de la peculiaridad de la transición española que ha pasado de ser considerada en sus orígenes como "modélica" a serlo como una especie de pacto vergonzante, cuando no de traición y, en último término, un fracaso. Las autoras tienen una visión muy crítica de la transición, pero debido a su condición de rigurosas académicas y personas de sensibilidad, lejos de hacer una interpretación ideológica y sesgada, como es frecuente en los sectores izquierdistas (generalmente inconsistentes), entienden las circunstancias coadyuvantes a esta insatisfactoria evolución colectiva y tratan de comprender la complejidad de los factores que en ellas jugaron.

La transición se basó en un "pacto del olvido". En España no se habló de la violencia, no se revisó el pasado, no se atendieron las demandas de justicia, como en otras partes. El "Pacto del olvido" está en las memorias de muchos dirigentes de la transición. Estos creían que construir la democracia no era compatible con una revisión del pasado. Toda la justicia transicional que se ha hecho son algunas medidas de reparación económica hasta 2007 y algunas declaraciones simbólicas después. 

Frente a la propaganda agobiante durante la dictadura y el peso de la reivindicación de la "reconciliación nacional" en la transición, el relato dominante ha sido que dicha reconciliación se consiguió ya siempre que no se reabran heridas y que las cuentas están echadas pues ambos bandos en la guerra civil cometieron barbaridades. Las autoras refutan esta exoneración con dos muy sólidos y conocidos argumentos: las "barbaridades" de ambos bandos en la guerra civil no son comparables ni de lejos y, además, la cuenta pendiente es la de las barbaridades que continuó haciendo la dictadura en sus cuarenta años. 

La pregunta obvia es: y ¿cómo es posible que, a la muerte del dictador no hubiera una transición democrática limpia, con comisión de la verdad, justicia para las víctimas, exposición de los victimarios, etc? Las autoras que, muy realistamente, postulan una "coexistencia contenciosa" como la forma quizá más afortunada de ajustar cuentas democráticas con un pasado colectivo de crímenes, injusticias y terror, concluyen que tal cosa no se ha dado hasta la fecha cuando, por diversos lados, especialmente la intervención extranjera (la argentina) e internacional (la ONU), está empezando a forzarse una respuesta adecuada. 

Pero la pregunta sigue en pie: ¿por qué no se hizo y sigue sin hacerse? Aguilar y Payne aducen algunas también conocidas razones: el desequilibrio de las fuerzas políticas que pactaron la transición; el miedo; el subsiguiente silencio;  la intervención exterior; el conformismo de una población que a partir del decenio de 1960 accedía a cierto bienestar que no quería perder; la complicidad de los criminales; el "pacto de sangre" entre ellos; la política de reconciliación nacional, suscrita por la izquierda. Son los más notorios. 

Añado uno, poco explorado hasta la fecha por su difícil captación y su carácter algo escurridizo que no permite identificarlo bien. En el llamado "franquismo tardío" y primeros tiempos de la transición, se hicieron encuestas preguntando por la cultura política de los españoles. Sorprendentemente casi todas concluían con una alta valoración popular de la democracia. Un pueblo que llevaba cuarenta años de tiranía, sin libertades de ningún tipo y sin elecciones libres decía tener convicciones demócratas. Como  el resultado casaba con los intereses de los encuestadores y otros "modernizadores" se daba por bueno y se atribuía tan misteriosa mutación a causas verosímiles, aunque triviales: el turismo, le cine, la televisión, etc. En lugar de pararse a pensar en que esa conclusión era mentira, que los españoles decían ser demócratas porque, al estar Franco a las puertas de la muerte, pensaban que la democracia era tan inevitable como el calor en verano y el frío en el invierno. Pero mentían. Su cultura política era autoritaria, franquista. Y sigue siéndolo. Todos los españoles, incluidos los dirigentes de la izquierda conceden un plus de legitimidad a los vencedores de la guerra y sus herederos de la derecha hoy que actúan como tales, como se comprueba por los últimos acontecimientos: entrega del gobierno al derecha sin necesidad y perfecta coincidencia del programa de esa derecha neofranquista con la Corona.

Ese dato explica por qué España pudo considerarse a sí misma como una democracia sin ajustar cuentas con la dictadura y los criminales que la hicieron posible y todavía gozan del producto de sus delitos; sin hacer justicia a las víctimas; al contrario, honrando a los victimarios hasta hoy con Fundaciones, valles de los Caídos, misas en honor al genocida, calles y honores. Esa es la respuesta a la pregunta que las autoras se hacen sobre si sería posible algo así con Hitler en Alemania, con Mussolini en Italia. El nazismo y el fascismo fueron derrotados; el nacionalcatolicismo, no. Alemania e Italia se convirtieron en democracias; España, no. A la vista está.

El libro de Aguilar y Payne da audiencia a los relatos enfrentados de aquella longa noita da pedra del poeta Celso Emilio Ferreiro. Hubo, sin duda, relatos de los perpetradores que hubieran debido tener más eco, pero no lo tuvieron por las razones apuntadas y por otras que las autoras sintetizan con elegancia, asegurando que todos los relatos de la violencia requieren cinco factores: guión, actor, momento, escenificación y audiencia. En el fracaso de las escasas confesiones de perpetradores, el asunto no tuvo que ver con los dos primeros, sino con los tres últimos.

Algunas confesiones (llamadas aquí "históricas heroicas") todas publicadas y famosas, sirven para situarnos a la perfección en el espíritu que animaba a los asesinos rebeldes y que llevaron luego a cabo sistemáticamente, a conciencia, ascendiendo así de la condición de asesinos a la de genocidas. Las más famosas, las barbaridades que dijeron (y cometieron) Franco, Mola, Queipo, Yagüe y demás criminales.

Otra de las confesiones que las autoras tratan en extenso son las del aristócrata catalán José Luis de Vilallonga quien, enviado por su padre a "hacerse un hombre" a Bilbao, pasó quince días en un pelotón de fusilamiento, asesinando vascos. Añadiré que, en alguna parte de sus memorias, este Vilallonga cuenta cómo su padre, poseedor de una colección de más de 300 pares de zapatos que los rojos le habían robado en un asalto a su palacio, hacía fusilar a cuantos brigadistas internacionales se le ponían al alcance porque, decía que eran los únicos capaces de entender la grandeza de morir por un par de zapatos. Esta era la gente.

Se añaden algunas confesiones de algún cura muy posteriores y las de miembros anónimos de los pelotones de fusilamiento o los verdugos del garrote vil para demostrar que, en efecto, de ese lado del conflicto es poco lo que cabe esperar. Si acaso lo que las autoras llaman "negaciones ridículas", esto es, el caso de los perpetradores que niegan su participación, aunque haya pruebas fehacientes de lo contrario. Dedican con toda razón un espacio a un caso que es una verdadera vergüenza para el país, la Universidad, la Academia y la disciplina de la historia, el inenarrable Diccionario Biográfico Español, redactado por la Real Academia de la Historia, con fondos públicos (p.71), hace tres o cuatro años y cuya voz Francisco Franco ha sido elaborada por Luis Suárez, medievalista, franquista incondicional, mando de la Hermandad de la Santa Cruz del Valle de los Caídos y miembro de la Fundación Francisco Franco. Algo así como si el equivalente alemán hubiera encargado la voz Adolf Hitler a Carl Schmitt. Y la Academia de la Historia sigue sin repudiar este atentado a la honradez y la decencia intelectual que niega que Franco Bahamonde fuera un dictador. 

Lo que ha impedido un relato contencioso y la democracia por tanto, es el "pacto de sangre" que se encuentra debajo del "pacto del olvido" (p. 78) No ha habido en España "justicia post-transicional. Algunos relatos del lado de los vencidos han venido a perturbar la narración aceptada y oficial que, en realidad sigue humillando a las víctimas como hace cuarenta años. Las autoras mencionan un par de magníficas novelas, convertidas en películas, como El lápiz del carpintero, de Manuel Rivas o Soldados de Salamina, de Javier Cercas.  Yo añadiría Los girasoles ciegos, de Alberto Méndez, cuya capacidad para retratar el ambiente de la sórdida, miserable, cruel e inhumana posguerra española es superior a la de los otros dos porque la vivió.

Al silencio y perpetuación de la injusticia contribuye la actitud cómplice de los tribunales, como se ve an Callar al mensajero, de Francisco Espinosa. Y no solo los tribunales: todas las instituciones del Estado, la Corona, la Iglesia católica, la enseñanza, las universidades y una buena mitad de la población española son franquistas. Poca coexistencia contenciosa saldrá de ahí como no venga de fuera. Y de fuera está viniendo, como señalan Aguilar y Payne, de la Argentina y de la ONU.

En España no podrá haber democracia en serio mientras el país no sea capaz de mirar su pasado, entenderlo, hacer justicia a las víctimas y señalar a los victimarios. Mientras no sea capaz de afrontar la verdad.

A ello coadyuvará mucho este libro. Urge su versión castellana.

martes, 6 de diciembre de 2016

Heroicas derrotas o el fin del Imperio

En 1945, bajo la dictadura franquista, Antonio Román, director de renombre y veteranía, rodó Los últimos de Filipinas, un film sobre el sitio de Baler, en Luzón, en donde cincuenta soldados españoles resistieron un asedio de más de once meses de los rebeldes filipinos, muy superiores a ellos en número. Lo asediados defendieron su posición (se habían refugiado en la iglesia del poblado) hasta mucho después del Tratado de París, que ponía fin a la guerra hispano-norteamericana y consagraba la pérdida de los últimos jirones del imperio, Cuba, Puerto, Rico, Filipinas, Guam, etc. De hecho, tanto los rebeldes como los yanquies ocupantes y los españoles con mando que quedaban en el archipiélago, enviaron diferentes mediadores a parlamentar con los sitiados, haciéndoles ver que su actitud carecía de sentido, pues el Estado español había entregado Filipinas a los vencedores yanquies. Pero sin conseguir nada. Los tozudos defensores, a las órdenes del teniente Saturnino Martín Cerezo, solo capitularon seis meses después (junio de 1899) cuando se convencieron directamente de que, en efecto, España había perdido las Filipinas en diciembre anterior y los rebeldes combatían ahora contra los ocupantes yanquies. De los cincuenta sobrevivieron 33. Doce murieron de beri-beri, dos fusilados por desertores. Bajas en combate, tres. Se calcula que los caídos filipinos fueron más de 700.

En 1945, la guerra mundial había terminado con la derrota de los nazifascistas aliados de Franco y, aunque el régimen empezó un viraje político subrayando ahora sus méritos anticomunistas, afrontaba lo que sería un largo periodo de aislamiento internacional. Como todo lo que hizo el franquismo, la película de Román, interpretada entre otros por Fernando Rey y Tony Leblanc, tenía una función legitimatoria y propagandista. La resistencia de Baler evocaba la "gesta" del Alcázar de Toledo y presentaba unos heroicos españoles luchando contra unos rebeldes que venían a ser, a su vez, trasunto de los comunistas. El film tuvo un éxito inmenso porque, contra lo que cabía esperar no era un españolada cutre al uso y contaba una historia que, dentro del desastre hispánico finisecular, tenía cierta grandeza. Se basó en un guión de Enrique Llovet, diplomático, intelectual y creador polifacético, dramaturgo, periodista, crítico, novelista, poeta. Un hombre del régimen de Franco, pero con categoría y nivel, y no un propagandista. La película dio título a la gesta filipina que hasta entonces se conocía solo como "el sitio de Baler" y pasó a llamarse Los últimos de Filipinas, expresión que ha enraizado en el acervo popular, aunque muchos que la usan no sepan ya de dónde viene. Igual que la bellísima habanera que escribió también Llovet, Yo te diré, que Nani Fernández canta en la versión de 1945 y en esta Alexandra Masangkay, copla muy conocida en España , aunque no se recuerde para qué fue escrita.

Esta versión de Salvador Calvo, con Luis Tosar de protagonista, reitera la historia de modo fidedigno pues actualmente contamos con bastante bibliografía y es un buen film del género guerra/sitio/heroica defensa. Los exteriores, rodados en Gran Canaria y Guinea con algunos planos aéreos son fascinantes, la tensión y el drama con su multiplicidad de peripecias (epidemia de beri-beri, deserciones, etc) está muy bien contados. La interpretación espléndida. 

La historia tiene también elementos críticos con España y su trayectoria que no podía haber en la versión de 1945 y ahora no sería admisible que no aparecieran. La idea de los oficiales y la tropa de estar defendiendo un reducto del imperio está matizada por la conciencia que tienen de ser parte -la más despreciada, ignorada y olvidada- de un engranaje que va camino al desastre por su propia inoperancia. Un diálogo entre el teniente y un soldado extremeño con ambición de llegar a pintor, resume el pensar de aquellos hombres en el que podemos reconocernos los que hemos venido después. "¿Quiere decir que estamos gobernados por traidores?" pregunta el teniente al soldado. "No, mi teniente", dice el soldado, "por traidores, no; por incompetentes".

Y esa es la cuestión. El imperio se perdió porque estaba gobernado por incompetentes. Y no solo en el llamado "desastre" de 1898, sino desde mucho antes, siglos antes. Incompetentes, corruptos, canallas, auténticos idiotas y todos ellos indiferentes a los derechos, la dignidad y el bienestar de los pueblos que una divinidad sardónica puso bajo su jurisdicción. Después de más de cuatrocientos años de echar la culpa del hundimiento del imperio y la decadencia de España a los piratas y bucaneros ingleses, los judíos, los franceses, los protestantes, los herejes, los masones, los comunistas, etc., no es demasiado tarde para que los españoles empiecen a aceptar que sólo ellos, su incompetencia, su autoritarismo, ceguera y orgullo, su falta de conciencia patriótica y nacional españolas, son los responsables de sus desgracias.  

1898: los últimos de Filipinas es una metáfora del desastre del 98 y el testimonio de la penúltima pérdida del imperio español... de ultramar. Queda por ver lo que sucederá con el peninsular. Pero lleva el mismo camino y por idénticas razones.

jueves, 24 de noviembre de 2016

La primavera del Frente Popular

Otro acierto de la biblioteca de mi Universidad, la UNED, con una exposición sobre los meses del Frente Popular (FP) en Madrid entre febrero y julio de 1936. La organizan la propia biblioteca, el Departamento de Historia Contemporánea y la Universidad Carlos III. Hay que ver las cosas que pueden hacerse con escasos recursos cuando se tiene voluntad y pericia.

Porque es una exposición escueta, con carteles electorales, octavillas, panfletos y libros, algunos de la época y otros de historiadores que han tratado la época con maestría, como Santos Juliá. Y fotos, sobre todo fotos, muchas de ellas muy poco conocidas. Se añaden diversos tipos de objetos, cajas de cerillas y hasta envoltorios de caramelos politizados (los envoltorios, no los caramelos, es de suponer), algún uniforme, objetos de la vida cotidiana, naipes, etc. Pero está admirablemente estructurada, con oficio pedagógico: son cuatro bloques: las elecciones, el triunfo, el boicot de las derechas y la vida cotidiana. Todo ello en Madrid. 

Y, desde luego, es un éxito. El visitante es atrapado desde el primer momento por un relato vivo que empieza en la incertidumbre de la votación, sigue luego con la explosión de alegría por la victoria del FP y tropieza de pronto en el clima de pistolerismo, violencia callejera, provocaciones de las derechas, respuestas de las izquierdas quemando iglesias, que adquiere un tinte más macabro cuanto que el visitante ya sabe cómo acabó aquello. Pero los protagonistas, no y, en esta exposición, parece milagroso, pero los protagonistas hablan, nos hablan. La cuarta sección, el Madrid cotidiano, algo verbenero, dado a fiestas y toros en tiempos nuevos. En la foto de la caravana electoral de coches de Recoletos vemos cuatro muchachas de pie repartiendo propaganda. Las mujeres podían votar gracias a la propuesta de 1931 de Clara Campoamor quien, por cierto, murió exiliada en Suiza, justo castigo a su inmundo pecado de querer emancipar a las mujeres. Así pensaban entonces los que hoy están en contra de la discriminación positiva. No falla. Hasta Victoria Kent, mujer y socialista, se opuso a la propuesta de Campoamor.

El FP fue una fiesta, a pesar de todo, a pesar de los atentados y la violencia callejera, una fiesta de primavera. El FP nació "a la sombra de las muchachas en flor". Ustedes me perdonarán la cursilería. Tengo una foto de mi madre en uno de esos coches, por ese lugar, en aquel tiempo. Fantástica también la foto de los madrileños apiñados en un tranvía y viajando en el tope, sin pagar. Sin saberlo, esos paisanos serían convertidos en los free riders de la teoría de la decisión racional con la que se castiga hoy el horrible descontrol del Estado del bienestar. 

De eso se enteraron los viajeros de matute más tarde, cuando ya no quedaron ni tranvías.

domingo, 30 de octubre de 2016

Lo que pudo ser

La Facultad de Educación de la UNED (c/ Juan del Rosal, 14, Madrid 28040) tiene en su segunda planta una exposición sobre la historia del Centro de Zona, Andrés Manjón. Este centro se había fundado en 1933 como parte de la primera tanda de escuelas de las más de 25.000 que la II República planeó construir en su política educativa. Cuando estalló la guerra civil se habían levantado, creo, unas 16.000. Claramente la República hacía suyo el apotegma de Joaquín Costa: despensa, escuela y siete llaves al sepulcro del Cid

Esta escuela en concreto se llamó en su comienzo "Francisco Giner de los Ríos" en honor del jurista, filósofo y pedagogo que llevó el ideal krausista heredado de sus maestros a las más interesantes prácticas. Fue fundador de la Institución Libre de Enseñanza e impulsor de otras iniciativas como la Junta para la Ampliación de Estudios, de la que salieron realizaciones tan importantes como la Residencia de Estudiantes, entre otras. Residencia por la que pasaron Lorca, Buñuel, Dalí, etc. Dentro del espíritu krausista que ya había empezado a llamarse institucionista hubo logros no menos importantes, como las Misiones Pedagógicas, posteriores a la muerte de Giner. También como herencia de ese espíritu, el colegio de que aquí se habla, sito en la calle de Francos Rodríguez.

Es verdad que la exposición es muy modesta pues apenas consta de un par de vitrinas con no más de seis o diez objetos de la época y dos o tres muebles también de entonces. Lo más curioso, un mueble destartalado que debió de servir como cajista o clasificador de tipos de imprenta, oficio que allí se enseñaría. Algunos plumieres, cuadernos, libros, mapas, escasas fotografías y poco más. Lo que, al parecer, se pudo rescatar en los desvanes. La razón de esa parquedad es que, al estallar la guerra, el colegio Gíner de los Ríos quedó en primerísima línea de fuego en la batalla de la ciudad universitaria, que duró toda la contienda. Además de los destrozos de la artillería, los que hicieron las distintas milicias que en ella se acuartelaron y que, según dice su antigua directora, María Sánchez Arbós, en un diario, usaban los muebles y los libros para encender fuegos. 

No obstante, la escasez de material la compensa sobradamente la parte documental de la exposición, un relato pormenorizado de la historia del colegio con abundante ilustración gráfica y todo muy interesante pues la exposición la ha organizado el Departamento de Historia de la Educación que tiene un conocimiento exhaustivo y riguroso de la cuestión. Y lo expone de modo muy grato, así que los profanos aprendemos mucho. ¡Ah y con gran exactitud en el orden semántico! Llaman a las cosas por su nombre y se niegan a hablar de tropas "nacionales" con más que sobrados motivos.

Por supuesto, la escuela original, mixta, aunque con separación de pabellones, incorporaba los principios más avanzados de la pedagogía de la época. El intríngulis de la exposición es el relato del cambio de la escuela al acabar la guerra. Todo el claustro depurado. La directora y algunos otros profesores incluso encarcelados y luego expedientados e inhabilitados para el ejercicio de su profesión, castigo que solo se les levantó muchos años después. La escuela pasó a llamarse Andrés Manjón, que es el nombre con el que recibió los edificios la UNED cuando tras cerrar el colegio, el Ayuntamiento se los cedió. Por lo menos no lo llamaron Ramiro Ledesma Ramos o algo así, porque podían hacerlo. Eligieron también un pedagogo y un innovador, como los krausistas, pero del otro lado del espejo de las dos Españas: un cura (jurista y filósofo también) fundador de las escuelas del Ave María (movimiento que se extendió por todo el mundo) , donde se instruía a los niños en el espíritu del dogma católico y las demás concepciones de la Iglesia. Donde la escuela mixta Giner de los Ríos educaba en una moral cívica, laica, crítica y en contacto con la naturaleza; la escuela unisex masculina Andrés Manjón los educaba en la fe de Cristo, la obediencia y la sumisión con métodos librescos. Lo dicho, las dos Españas. Cada una tratando de educar a las sucesivas generaciones en sus creencias y doctrinas. La primera es ingenua; la segunda, malvada. Y así seguimos.

Fue la UNED la que movió el retorno del nombre original, Giner de los Ríos. Pero como los tiempos de la transición son de consenso y flexibilidad, han conservado el de Andrés Manjón para la biblioteca. Los fascistas quitaron sin más un nombre y pusieron el suyo. Los de la Restauración han reequilibrado ambos nombres. Pero la historia del lugar, escrita y descrita queda. Y con una clara moral. Su enseñanza consiste en permitirnos especular cómo hubiera sido España si aquel intento pedagógico de la República no hubiera sido ahogado en sangre.

viernes, 21 de octubre de 2016

El tiempo muerto

¿Cómo pueden mostrarse 1.000 años de una civilización continental en doscientos o trescientos metros cuadrados? Muy sencillo: no se puede. Es lo que sucede con esta sin duda bien intencionada exposición de la Edad Media europea a base de una recopilación de piezas procedentes del Museo Británico, cuya colección debe de ser la más grande del mundo. Aunque la muestra de la Caixa Fórum comprendiera la totalidad de lo exhibido en aquel museo, tampoco se conseguiría. Sobre todo porque el plan no se pone límites de tiempo, pues pretende mostrar los 1.000 años; ni de espacio, pues abarca objetos de todo el continente; ni de actividad, pues se quiere mostrar todo, la escultura, la pintura, la arquitectura, las ciudades los campos, las guerras, el saber, los viajes, las fiestas, las cortes, todo. El resultado no es un fracaso estrepitoso porque el visitante siempre agradecerá contemplar imágenes, objetos, actividades procedentes de la llamada Edad oscura, pero produce cierta decepción, sobre todo dado lo ambicioso del título, los pilares de Europa. Nada menos.

Sin duda los comisarios han hecho lo que han podido para despertar el interés y hacer atractiva una colección de objetos pobre, sin especial valor material o simbólico, deslavazados y tan distanciados en el tiempo y el espacio que apenas cabe creer tengan algo en común. Verdad es que se agradece ver vitrales pintados de una casa del siglo X, espuelas corroídas del XII, aguamaniles del VII, capiteles del VIII, broches de todos los tiempos, anillos, platos, tejidos milagrosamente conservados, un borceguí mugriento del siglo XIII, escudos, trozos de armas, polípticos sacros, estatuillas, imágenes de catedrales, platos, crucifijos y hasta silbatos para llamar halcones. La tarea de dar una explicación coherente de todo, de encajar estas verdaderas reliquias en una imagen civilizatoria de conjunto recae sobre la amplia pedagogía que se despliega en la muestra, con abundantísimas explicaciones y frecuentes vídeos ilustrativos de lo que se ve y lo que no se ve.

Pero aun así, se tiene una sensación de insuficiencia, de incompletud, de carencia. Las frecuentes aclaraciones, con toda lógica, ensalzan el valor y la importancia de lo que muestran y explican su funcionalidad en la vida social, espiritual, artística, política de un ámbito tan complejo como Europa entre la caída del Imperio Romano y la Reforma. Poco callan sobre lo que no hay. Por ejemplo, no he visto una sola imagen ni explicación acerca del fundamento mismo del orden medieval, que es el feudalismo. Algo se habla de la caballería, de las relaciones de los Reyes y los nobles, etc, pero no de la institución que fue columna vertebral de aquella era, la jerarquía señorial y el juramento de vasallaje, desde los siervos hasta el Rey, en una organización que mezclaba el derecho público con el privado, la ley divina con la humana.Y eso es solo una muestra.

En realidad, la exposición persigue un objetivo ideológico muy respetable, el de apuntarse a la corriente revisionista acerca del carácter del medioevo en Europa con la finalidad de dar una imagen contraria a la heredada por la historiografía occidental a partir del Renacimiento. Innecesario decir que el concepto mismo de "Edad Media" (ya tan cargado de connotaciones negativas) es privativo de Europa y carece de sentido fuera de ella. Algunos historiadores han querido extrapolarlo a la historia de la China o del Japón, pero solo a base de forzar y desfigurar conceptos. Del resto de Asia no merece la pena hablar.

La intención es hacer hincapié en los aspectos positivos, luminosos, del mundo medieval, sin dejar de mencionar las condiciones de miseria, analfabetismo, injusticia y caos de aquellos siglos. Por supuesto, ¿cómo no iba a haber momentos excelsos, obras brillantes en el trabajo de un milenio en todo un continente? ¿Cómo no iban a cambiar las relaciones sociales, las costumbres, las ideas? ¡Si cambió hasta la lengua, pues se pasó del latín a las distintas lenguas romances y también las germánicas evolucionaron sin que hubiera punto de comparación! Por eso resulta un poco absurda la insistencia en colar de matute una idea sobre el supuesto dinamismo medieval para combatir el prejuicio de un milenio de inmovilismo. Se dice y repite que la Europa del año 400 poco tenía que ver con la de 1400. Es posible pero con mucha mayor razón cabe decir que la Europa de 1850 tiene todavía mucho menos que ver con la de 2000 y no se trata de mil, sino de ciento cincuenta años. Y, aun más, la Grecia del siglo VII tiene también muy poco que ver con la del siglo de Pericles, apenas trescientos años más tarde.

Diga lo que diga la exposición, la Edad Media fue un indudable retroceso en relación al mundo clásico, una época ruda, tosca, bárbara, inculta, opresiva y, probablemente el momento en que el continente más se acercó a aquel dictamen de Hobbes cuando decía que en el estado de naturaleza, la vida humana era solitary, poor, nasty, brutish and short. En la Edad Media brillaron talentos, poetas excelsos, artistas, gente de mérito: Roger Bacon, Juan de Salisbury, Marsilio de Padua, Dante, Tomás de Aquino, Alberto Magno, Duns Scoto, Guillermo de Occam, Rabelais, Villon, Monmouth, Beda el venerable, Alcuino de York, Hildegard von Bingen, Averroes, Avicena, Maimónides, Ramon Llull, Giotto, Cimabue, Holbein  etc. Pero es que estamos hablando de mil años. Se levantaron edificios egregios, sobre todo catedrales, y se generalizó el estilo artístico que conocemos como "gótico internacional". Sin duda, el juicio negativo de las épocas posteriores es excesivo, pero de ahí a convertir el Medioevo en una epoca de luz, colorido, refinamiento y creatividad media un abismo.

El argumento más ladino que se maneja para mejorar el concepto sobre la Edad Media es que, en realidad, muchos de sus elementos siguen hoy vivos y no solamente las catedrales: el romanticismo es un eco de esta época, como la literatura gótica de la segunda mitad del XIX, la arquitectura neogótica de principios del XX, por no hablar de algunas instituciones usos y costumbres que se remontan a aquellos tiempos, desde la Magna Charta hasta el Tribunal de la Aguas en Valencia o la Universidad de Bolonia. Lo que sucede es que eso puede predicarse de todas las épocas de la humanidad. La historia no es una sucesión de compartimentos estancos, sino un sistema de vasos comunicantes, como una serie de esclusas. Nada se pierde del acervo de la humanidad, salvo lo que el tiempo, los destrozos o la incuria hayan ocultado. Véanse los retratos de Picasso y se verán emerger en ellos no solo las máscaras del África Negra sino los retratos de Fayum y no se habl de la influencia del arte rupestre del paleolítico sobre el contemporáneo. Cualquier trazado de carreteras de países europeos aprovecha en gran medida el sistema de calzadas romanas. La democracia la inventaron los atenienses y  el sistema político más dinámico de nuestro tiempo, el de los Estados Unidos, es una organización federal, al estilo romano, en la que una de las cámaras es un Senado como el de Roma, que celebra sus sesiones junto con la Cámara de representantes (especie de comicios) en un edificio que lleva el muy romano nombre de Capitolio.

Los pilares de Europa no se echaron en la Edad Media. Al contrario, en la Edad Media estuvieron a punto de hundirse. Los verdaderos pilares de Europa son la religión mosaica, la filosofía griega y el derecho romano, todos anteriores a la Edad Media. Y, por descontado, todos presentes hoy día en mucha mayor medida que las creaciones medievales.

martes, 6 de septiembre de 2016

La República catalana

Estando servidor de exámenes de la UNED en Córdoba, Ara Llibres me ha hecho llegar algunos ejemplares de mi último libro, La República catalana. Es una imagen muy sobada la que asimila la alegría del autor al ver y poder tocar su libro con la de un padre que por fin ve el careto de su rorro y lo puede achuchar. Muy sobada, pero muy cierta aunque, la verdad, una niña y un libro no tienen gran cosa que ver. Los libros no precisan pañales y a las niñas no se las puede subrayar. Además, un niño es un bien exclusivo, único, y no admiten "tiradas" como con los libros. Quizá algún día alguien los clone pero, de momento, son irrepetibles mientras que los libros se hacen por ediciones y si se reimprimen y reeditan mucho es porque tienen éxito. Hay más semejanzas y desemejanzas. Entre la madre y el hijo se crea una relación también única, profunda, intransferible. Como la que surge entre el libro y el lector, sobre todo si este lo lee y no lo quiere para adornar(se).

En fin, que estoy muy contento viendo y manoseando mis escasos ejemplares de La República catalana que, según mis editoras, estará en las librerías el 12 de septiembre, al día siguiente del Día. Molt, molt simbòlic, oi? Además, va dedicado als meus amics catalans porque, en realidad, ha surgido de la experiencia de mis andanzas por Cataluña y las enseñanzas que las catalanas me han aportado. En él he tratado de explicar en mi lengua el sentir y las razones de los que hablan y viven otra. Sin anteojeras, sin prejuicios y con la mejor intención del mundo. Me gustaría que España y Cataluña se entendieran pero tengo para mí que eso solo sería posible de igual a igual, y me temo que España no reconocerá tal igualdad, ganada a pulso por esos toçudos catalans y, en consecuencia, entre una España que siga sometiendo a Cataluña y una Cataluña independiente, prefiero la segunda opción, la de la república catalana que está por nacer.

Con esa última oración (en sentido gramatical) se cierra el libro.

viernes, 26 de agosto de 2016

En busca de la nación catalana

Enric Pujol Casademont (2015) Tres imprescindibles. F. Soldevila, J. Vicens Vives i P. Vilar Barcelona: Publicacions de l'Abadia de Montserrat (137 págs).
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Este trabajo sobre tres ilustres historiadores catalanes pretende un doble objetivo. Uno historiográfico académico, aunque no directo, sino indirecto, ya que es un estudio de un historiador sobre otros historiadores. Otro político con una clara orientación nacionalista catalana. Los tres autores escogidos (que cubren un siglo y pico) lo son por ser grandes historiadores pero, ante todo, por ser catalanes y hablar de Cataluña. El ensayo es un intento de probar el carácter nacional de Cataluña como conclusión de la obra de quienes han escrito su historia. El trabajo historiográfico de Pujol viene recorrido por el hilo de oro político de postular una nación catalana de pleno derecho.

En un par de ocasiones, el autor niega que las ciencias sociales puedan alcanzar un estatus de objetividad como el que soñaba Weber. Pero eso no implica un demérito siempre que el científico-social (el historiador en este caso) explicite desde el comienzo su enfoque metodológico e ideológico. En el caso del nacionalismo esto es patente desde el origen de los tiempos. Sospecho que no debe de haber muchos historiadores (si es que hay alguno) que haya escrito historia al margen de todo presupuesto nacional. Pero eso no es decisivo: el elenco de grandes historiadores en la humanidad se caracteriza por su categoría y no por su nación. Pero la nación cuenta y ese es el acierto de Pujol, advertirlo desde el principio.

Es más, el autor cree que corresponde a la historiografía una misión trascendental en la configuración de una conciencia nacional de un pueblo a base de estudiar su pasado y traerlo al presente. Es una tarea de investigación y de creación al mismo tiempo. Probablemente por esto toma prestado el término canon resucitado hace relativamente poco por el crítico literario Harold Bloom en su Canon occidental en el que figura una treintena de autores de todos los tiempos. En su inmensa mayoría, literatos (novelistas, poetas, dramaturgos) con algunos ensayistas como Montaigne, Johnson, Emerson, Freud. No tengo especial afición por ninguna idea canónica en donde sea. Todo canon es un ejecicio de autoridad, basado en una opinión subjetiva que, como admite el propio Bloom, puede cambiar con el tiempo y, de hecho, cambia. Shakespeare ocupa la cúspide del canon, pero en el continente europeo eso es a partir de su redescubrimiento en el siglo XIX. No obstante, los cánones son útiles; orientan, dan garantía, informan. 

Y por esas bondades, seguramente, se ha valido Pujol de la idea. Un canon de la historiografía catalana. Si el ámbito cultural es angosto en comparación con el de Bloom, su justificación de contenido es muy digna. Los tres historiadores son, además, ensayistas y, en el fondo, teóricos políticos, aparte, por supuesto de su condición de padres intelectuales de la patria. Vicens parece haber sido el que más categoría literaria ha alcanzado por la brillantez de su prosa, por más que Soldevila haya cultivado otros géneros, como la poesía. Es una tradición en la historiografia construir sus relatos con estilo literario. En el caso de los tres del libro, esa vertiente solía tomar forma de ensayos de divulgación con la evidente intención de llegar a un público más amplio.

El libro pasa revista pormenorizada a los tres historiadores, centrándose en análisis de sus obras principales así como su impacto y sus circunstancias biográficas. Es decir es un libro de historia de la historia y de biografías. Ferran Soldevila, de quien Pujol es biógrafo destacado, aparece como el clásico canónico. Un precursor. Su obra principal, La Historia de Cataluña es una pieza emblemática que guarda distancia y relación con la Historia Nacional de Cataluña de Rovira i Virgili, pero se plantea ya en otro terreno metodológico moderno. Y también político por cuanto se  concibe como un proyecto "normalizador" consistente en hacer del catalán un "pueblo normal". La primera edición es de 1934-35 y la segunda, de 1962-63, en pleno franquismo. Otra obra publicada en 1960, la Historia de España, permite al autor hacer oportunas observaciones acerca del ánimo con que se recibían estas y otras posteriores obras de historiadores catalanes en Cataluña y en España.

La orientación política de Soldevila -izquierda nacionalista- no varió a lo largo de su vida. La Historia de Cataluña tuvo el mecenazgo de Francesc Cambó, pero eso no condicionó la independencia del autor. Al fin y al cabo, también Cambó tenía un proyecto para España y Cataluña, aunque luego lo abandonara. Soldevila se exilió al final de la guerra, pero regresó en los años cuarenta, integrándose en los círculos de la oposición catalanista. El autor analiza sus relaciones con sus contemporáneos, de las que las más interesantes son las de su seguidor y contradictor Jaume Vicens Vives.

Vicens Vives, el clásico "anticanónico". Tiene un papel de pionero. La obra del Vicens maduro se gesta después de la guerra civil y consistió en dar mayor peso a la historia socioeconomica. Su libro sobre la Cataluña del siglo XIX, Industrials i polítics (1958) se considera fundamental en la historiografía catalana. Sufrió una leve depuración administrativa después de la guerra para congraciarse con el régimen de Franco y consiguió la cátedra universitaria. Su Aproximación a la historia de España (1952) causó un fuerte impacto en la historiografía española. Apareció dos años antes que la Notìcia de Catalunya que, según Joan Fuster tenía más color local y era más entrañable. Durante aquellos años, en la oposición democrática había una orientación claramente soberanista que Vicens no aceptaba y sus maniobras para estar a bien con los franquistas no gustaban nada. Ni a Soldevila. Para la historiografía catalana, Vicens solía aparecer como defensor de la vía autonomista, ya superada. Hasta Jordi Pujol, reconociéndose seguidor suyo, dice que no hay encaje de Cataluña en España. 

Sin embargo, su obra abierta y crítica con el franquismo consagró su método, aunque no fuera muy conocida por el gran público. Su prematura muerte (1960) imposibilita saber en qué dirección evolucionaría. Rechaza el marxismo, y estuvo influido por la escuela de los Annales que, siendo investigación socioeconómica, tampoco se atiene a preceptos marxistas. Notícia de Catalunya contiene su proyecto político, consistente en la modernización de España, un poco a lo Cambó. Recomienda domeñar el Minotauro, que es el Poder, que otros pueblos han sabido dominar pero Cataluña no. La iconografía del Minotauro remite siempre a la sospecha de quién sea el subconsciente Teseo que libere a Atenas del doloroso tributo. En la segunda edición del libro, 1960, se hace más explícita su posición: critica en la historiografía anterior su carácter romántico y propugna infiltrarse en el Estado español para modernizarlo. Para lo cual le interesaba llevarse bien con la gente del Opus. Con todo y, a pesar del reconocimiento institucional que tiene en España, la obra de Vicens es poco conocida y poco apreciada su visión plurinacional de la realidad hispánica por el elemento del doble impacto de estas obras en el ámbito catalán y en el español.

El último historiador, Pierre Vilar es muy significativo. Su aportación aquí es catalana porque, siendo occitano y nacido muy cerca de la frontera de los Pirineos orientales, es un francés catalán. El propio Pujol titula el capítulo Pierre Vilar o la aportación foránea. Pero, en el fondo, no es foránea y desde luego, resulta inestimable para la historiografía catalana en los tiempos más duros del franquismo. Su revolución metodológica fue un marxismo peculiar que él llamaba "historia total". Vio siempre su misión como "parlar de Catalunya als catalans" y prefirió el nombre de "espai català" en lugar de "països catalans". Su obra magna es La Catalogne dans l'Espagne moderne. Recherches sur les fondements économiques des structures nationales (1962), Catalunya dins la Espanya moderna, en catalán en 1964. Hubo una recepción catalana y otra española, como siempre. La historiografía española, como la francesa, reconociendo su mérito, lo reducían a la dimensión de un historiador regional. 

Vilar postulaba la condición nacional de Cataluña, a pesar de la pérdida de su Estado en 1714. Una nación lo es, aunque no tenga Estado. Tuvo una polémica sobre esto con Eric Hobsbawn con su concepto de Estado nación. Hobsbawn acusa a Vilar de haberse inventado una nación. En su respuesta en 1988, el occitano distingue entre "patria imaginada" e "imaginario de la patria. No sé si conocía la obra de Benedict Anderson sobre las Comunidades imaginadas, que es de 1983. Pero no hay colisión. Para Vilar, por el imaginario, Cataluña se convierte en nación y España pasa a ser el Estado. Esa distinción histórica, objetiva, canónica, sostenida en una obra voluminosa y clásica ha encarnado en la conciencia catalana contemporánea. Y constituye una base sólida del independentismo catalán.

El mérito del libro de Pujol es probar que ese independentismo no es flor de un día, ni un tumulto populista que quiera poner caprichoso fin a una historia común (ya que tiene su propia historia), ni el aprovechamiento oportunista de una contingencia de crisis europea y española. Hace ya muchos años que ese independentismo apunta a la gestación de un Estado.

martes, 19 de julio de 2016

El franquismo sigue vivo y gobierna

Ayer tuve el privilegio de intervenir en una tertulia de Catalunya Ràdio titulada Les ferides obertes del franquisme juntamente con Monserrat Ginès, presidenta de l'Associació de Víctimes de la Repressió Franquista en Tarragona y Andreu Mayayo, catedrático de Historia Contemporánea de la UB. El tema, como corresponde al aniversario de un 18 de julio, era el franquismo en España. El programa entero se encuentra en el enlace más arriba o aquí.

Tiene poco sentido que me repita. Dije cuanto quería decir en total libertad. Agradezco infinito a Catalunya Ràdio la oportunidad que me dio de expresarme. Una vez más, los medios catalanes emiten un discurso del que los medios españoles no quieren ni oír hablar. Ninguno me llama jamás a hablar de este o de cualquier otro tema. Y lo entiendo: tienen gente mucho más preparada y capaz de decir cosas más originales e interesantes que el pobre Palinuro. No hay más que oírlos y verlos.

Dos veces tuve reparos que oponer a las opiniones de mi colega Mayayo, por lo demás hombre ponderado y sabio. Una lo hice en antena y la otra la dejé pasar por ese prurito que tiene uno de no discrepar demasiado de una sola vez. Pero ahora, con la calma del distanciamiento puedo hacerlo porque, entre otras cosas, ambos puntos son muy significativos.

El primero fue cuando Mayayo insistió en lo que, a mi parecer, era reducir el franquismo a la guerra civil. Esa precisión sí la hice y no merece la pena extenderse. El franquismo fue mucho más que la guerra civil: fue una dictadura cruel, genocida, basada en el terror, la represión, el asesinato indiscriminado de una población inerme durante 40 años Fue un régimen de delincuentes que convirtieron todo concepto de ordenamiento legal, derecho, seguridad jurídica de las personas en una burla y que se basó en el miedo que inculcó en la población y que todavía dura. El intento de reducir el franquismo a la guerra civil es el proemio a la afirmación de que ambos bandos cometieron barbaridades en dicha guerra. Al margen de que eso tampoco es cierto pues las barbaridades de los fascistas fueron cuantitativa y cualitativamente muy superiores a las de los republicanos, está la cuestión de que la esencia del franquismo se manifestó no en la guerra, sino en la postguerra, en los 40 años de "Victoria" y terror que sus seguidores, hoy gobernantes, continúan celebrando no como un golpe de Estado de uno militares felones y perjuros, sino como el glorioso alzamiento nacional.

El segundo, que no precisé entonces, pero lo hago ahora se dio cuando afirmé que la diferencia entre la derecha demócrata europea y la no-demócrata española (o sea, el PP) es que la europea se enfrentó al fascismo con las armas en la mano mientras que la española es la heredera directa de ese fascismo triunfante. Esa diferencia me parece esencial. Sin embargo, Mayayo vino a decir más o menos que en todas partes cuecen habas y que también en Alemania y otros países fascistas, personajes de esta calaña habían conservado su puestos en empleos importantes. Es una relativización absolutamente inexacta. En Alemania hubo un proceso de desnazificación: los principales dirigentes nazis fueron ajusticiadoss, otros pagaron con años de prisión (Hess, por ejemplo) y muchos, muchísimos otros, miles, pasaron por los campos de desnazificación. ¿Que hubo casos en que dirigentes nazis consiguieron sobrevivir y hasta prosperar? Sin duda. Pero es que en España sucedió al revés: además de los asesinatos y prisiones, todas las profesiones civiles y militares fueron "depuradas" durante el franquismo. Decenas de miles de maestros, profesores, médicos, abogados, jueces, cuando no fueron asesinados o encarcelados o se les robaron sus propiedades, sufrieron inhabilitación y ostracismo.  Nada de eso pasó en la transición. Nada. Ni un juez de los delincuentes que formaron el Tribunal de Orden Público de Franco, por ejemplo, fue molestado; ni un policía torturador; ni un periodista o cura delatores. Nadie. No hay punto de comparación.