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sábado, 30 de junio de 2018

No es justicia. Es tiranía

Sánchez ha asegurado repetidas veces que la judicialización del procés fue un error. A la vista está. Y más que un error; un crimen, al menos moralmente. Pero él salva su conciencia como Poncio Pilato, afirmando que el asunto no está en su jurisdicción sino en la de los tribunales y que España es un Estado de derecho, con división de poderes y otras hablillas tuiteras. Cuanto más tarde en zanjar este asunto del modo en que se inició, políticamente, peor será luego. 

Es de sobra conocido que el derecho penal del enemigo no es derecho penal ni la justicia del enemigo es justicia. Tan conocido que da vergüenza cómo se está aplicando aquí, con qué saña, con qué espíritu arbitrario, ejemplificador, en definitiva, atemorizante. Con qué afán perseguidor. Es imposible que Sánchez no vea el lodazal represivo en que está metiendo al país de la mano de unos jueces movidos más por la inquina, la furia y el rencor que por la justicia.

Dos días da el juez a los procesados para depositar dos millones cien mil euros, en el mismo país en que Urdangarin ha estado paseándose con una condena firme y no es seguro siquiera si depositó fianza alguna; en el país que deja en libertad con fianzas ridículas a ladrones de fortunas, violadores y estafadores. Y el impago viene advertido con amenaza explícita de embargo de patrimonios. Es un tipo de represión complementaria al que recurre mucho la derecha por costumbre y tradición: arruinar al adversario, condenar a la indigencia a sus descendientes. Penas pecuniarias, querencia habitual de los represores.

¿Acaso no es el independentismo catalán un movimiento transversal? Y eso, ¿no quiere decir que, además de los pringaos radicales de turno, también están los burgueses y la gente de posibles? Pues que paguen por sus desmanes. Medidas represivas ejemplificadoras para castigar a los adversarios y sembrar un saludable terror en el resto de la sociedad. Es la culminación de la política iniciada por el gobierno anterior: aplastar judicialmente el movimiento independentista. Emplear a los jueces en lugar de los militares pero con el mismo sentido partidista e instrumental de siempre: valerse de una institución del Estado (el ejército, el poder judicial) para imponer su particular visión del país, coincidente siempre con sus intereses materiales. Ese es el marrón que Sánchez está comiendo como herencia del PP administrado por los jueces. Aunque no tengo claro si el propio Sánchez lo considera un marrón o un reconstituyente. Nunca se sabe.

En todo caso, debajo de la ilustración están los números de las cuentas corrientes para ayudar a recaudar los fondos necesarios para depositar la fianza. Espero que alcancemos la exagerada cantidad que se ha impuesto y si, como espero, se consigue habrá que extraer las debidas enseñanzas. Explicar qué significa que se logre el objetivo por cuestación popular en 48 horas. 

Significa que Catalunya es una nación sólida pero, injustamente, carece de un Estado que la proteja de la "justicia" del enemigo, o sea, de la tiranía.


viernes, 22 de junio de 2018

El unicornio muerto

Cuenta una vieja leyenda que un día, los discípulos de Confucio encontraron un unicornio muerto en una cacería. Cuando el maestro lo vio comprendió que sus enseñanzas no se habían seguido y murió un año más tarde. 

No me extraña. Tienes la fortuna de encontrar un animal que no existe, pero está muerto, que es otra forma de no existir. La muerte de Confucio es como la conversión de Francisco de Borja quien, ante el cadáver de la bellísima Isabel de Portugal, juró "no más servir a señor que se me pueda morir". 

Este año de gracia de 2018 trae algunos aniversarios curiosos: centenario del nacimiento de Karl Marx y de la publicación de Frankenstein o el Prometeo moderno. Y el cincuentenario de 1968, año revolucionario; revolución de estudiantes y sabelotodos de varias capitales, singularmente, París. Revolución de intelectuales medio surrealistas o surrealistas por entero, con pizcas dadaístas. Los situacionistas lo juntaban todo y añadían el relato revolucionario del comic y el pop-art. La contracultura.

El unicornio muerto. 

jueves, 24 de mayo de 2018

¿Es una rebelión? No, Sire, es una revolución

Mi artículo de ayer en elMón.cat, titulado La revolución catalana, en el que, con el ánimo más constructivo posible, se pretende aclarar a los jueces la diferencia entre una rebelión que se afanan en buscar y no encuentran y una revolución que se encuentran a cada paso sin buscarla. Aclaración necesaria porque en la formación intelectual de sus señorías impera una lógica franquista que no les permite ver la realidad. No existe rebelión porque no hay violencia. Hay una revolución. Pero esta no puede perseguirse penalmente. No es un cocncepto jurídico, sino prejurídico, político, sociológico, filosófico. No es un delito. Más fríamente: la revolución solo es delito si fracasa porque, entonces, los vencedores juzgarán a los vencidos con su código y los acusarán de rebelión. Eso es lo que hizo Franco: condenó por rebelión a quienes habían defendido la legalidad frente a su rebelión. Que esto fuera justo o no, en aquella situación de dictadura, era indiferente. Como lo es ahora en la de dictadura actual.

Pero eso es solo si la revolución fracasa. Si triunfa se inaugura un orden jurídico nuevo en el que aquella acusación de rebelión se reduce a lo que es: un disfraz jurídico de una persecución política, ideológica, contra el independentismo. Que la revolución no violenta, democrática, transversal, fenómeno político articulado a través de la desobediencia y la resistencia pacífica, triunfe o no, no depende de los tribunales, sino de la correlación de fuerzas entre el independentismo y el nacionalismo español en el contexto internacional de hoy. 

Aquí, la versión castellana:

La revolución catalana


Sus señorías están desconcertadas. Llevan seis meses hablando de rebelión y esta no se manifiesta por lado alguno; al menos según su propia definición que exige la presencia de violencia. Violencia de verdad, no la imaginaria. No un ceño fruncido, una voz más alta que otra o algún gruñido. Violencia en serio. Como la que ejercen las fuerzas de seguridad del Estado cuando reciben la orden de apalear ciudadanos sin miramientos. De ahí, para arriba. Violencia como el atentado de las Ramblas. Y de eso no hay ni rastro en la acción del movimiento independentista que lleva años ejerciéndose y en todo tipo de contextos. No hay violencia y no pueden inventársela, aunque lo intentan. Por tanto, no hay rebelión.

Lo que hay es una revolución. Pero esta no está en el código penal, no es un delito. Es un concepto político y hasta filosófico pero no jurídico. Y, sin embargo, en cuanto alteración radical del ordenamiento jurídico es el peor y más general de los delitos. Pero no se puede castigar por no estar definido como tal. Y no se puede castigar porque, además de lo problemático de la definición, el derecho penal de la modernidad, como el civil, nace precisamente de una revolución, la francesa. En realidad, la rebelión no es más que una revolución fracasada y reprimida por el poder. Cuando triunfa, nadie la condena y hasta es la fuente del derecho.

Es el caso de la revolución catalana, a la que el Estado, evidentemente, no puede hacer frente porque no la entiende. Hace años que los comportamientos individuales y colectivos del independentismo catalán no encajan en los tipos delictivos del derecho penal español. Como tampoco lo hacen en los esquemas mentales de los políticos que rivalizan (o debieran rivalizar) por conseguir la gobernación del Estado. Aplican estos concepciones estereotipadas trasnochadas, incapaces de dar cuenta de la novedad del independentismo catalán. Y llegan al delirio. El señor Sánchez ha arremetido contra el “supremacismo” y “racismo” del señor Torra con una base documental falsa y manipulada con auténtica pasión justiciera. Lo ha comparado con Le Pen muy contento de haber encontrado un supuesto punto débil en el adversario, lo que le ahorra tener que razonar por qué está en contra de las demás cuestiones. Sin embargo resulta que el señor Torra no es racista ni xenófobo y, para amigos de Le Pen, los socios de Sánchez, C’s, que se fotografían gustosos con cuanto lepenista encuentran y andan en negociaciones con el señor Valls, el de la expulsión de las niñas gitanas.

Esta obstinación en que nada se mueva, en que no hay innovación, muy típica de España, va contra el ciclo largo de cambios que se viene dando en Europa desde el fin de la guerra fría y la división en bloques. Todo el sistema político continental ha tenido y sigue teniendo cambios de gran envergadura. Han aparecido y desaparecido Estados, han cambiado regímenes políticos, han mutado o se han reformado estructuras constitucionales, ha habido cambios radicales de sistemas de partidos, las fronteras heredadas de la guerra han mudado, se han creado y destruido asociaciones, alianzas y coaliciones de todo tipo, las ideologías han resucitado y son administradas por los medios de comunicación.

Algunos ejemplos de innovaciones y singularidades: en Portugal hay un gobierno de unidad de la izquierda que funciona; en Italia se inicia un curso tempestuoso de la mano de dos partidos que todos califican de antisistema, La Liga y el M5 estrellas, por el que nadie daba un euro hace un par de años; la UE, aquejada de Brexit, tiene que encontrar una nueva forma de justificación y organización.

En ese clima europeo de cambio y mudanza, la revolución catalana como un movimiento transversal, sin distinción de clases, pacífico, cívico, democrático con un enorme respaldo social a través de asociaciones que forman un entramado con gran capacidad de movilización es un fenómeno nuevo para el Estado. No lo es en sí mismo, pero sí para un Estado que jamás se vio obligado a enfrentarse a él más que por la fuerza de las armas. Y ahora no es el caso. Y no sabe qué hacer.

La falta de competencia y experiencia de los políticos españoles se debe a que nunca han tenido que hacer política de verdad. Nunca por ejemplo ha habido gobiernos de coalición en España desde la muerte del dictador. Su espíritu es de imposición y no de negociación y, a base de perseverar en ese error, a base de abordar una cuestión política como una de orden público, a base de judicializar y, por tanto, cegar, toda posibilidad de entendimiento, han llevado la situación a un punto de todo o nada.

Un punto en el que creen que van a ganar porque el nacionalismo español tiene la fuerza y la emplea y el independentismo catalán está “descabezado”, maniatado, controlado e intervenido. Da la impresión, sin embargo de que es al revés: el nacionalismo está al final de la escapada pues únicamente puede conservar su dominio en Catalunya por medios represivos, a través de una dictadura de hecho que no podrá prolongar.

Enfrente se encontrará una sociedad en revolución, no en rebeldía, que no está dispuesta a ser gobernada como una colonia. Y la desobediencia civil y la resistencia pacífica de esa sociedad acabarán prevaleciendo sobre la imposición.

jueves, 1 de febrero de 2018

Inhabilitar una revolución

Lo dijimos hace un puñado de posts ("La deconstrucción de la rebelión") que, ante la creciente presión para que encontrara una salida civilizada al desbarajuste que ha creado, Rajoy se lavaría las manos invocando la división de poderes y que el asunto había salido de su jurisdicción política para entrar en la judicial. Es falso, por supuesto, ya que la ofensiva judicial fue instada por el ministerio fiscal, acicateado por el gobierno. 

Pero eso da igual. Supongamos que, cansados los jueces de que el gobierno los use como parapetos, según dice Público, los del Supremo hayan decidido actuar por su cuenta en un asunto eminentemente político. Y se conviertan en un incordio para el gobierno porque lo sustituyan. La falta de división de poderes ya es un desastre, pero la supeditación del gobierno al judicial es una catástrofe. ¿O alguien cree que se va a parar el procés inhabilitando a su cúpula? Tomen nota de lo sucedido con Ómnium y la ANC, que siguen actuando con sus dirigentes encarcelados. La única forma de completar la faena de la inhabilitación es la prohibición de las asociaciones independentistas. Y a ello parecen apuntar las últimas pesquisas policiales en sus sedes, así como los apuntes contables que maneja el juez Llarena. 

No se puede inhabilitar un proceso social que es, además, pacífico, cívico, democrático y revolucionario. Detrás de unas "cúpulas" inhabilitadas vendrán otras. Hay que inhabilitar un movimiento apoyado en más de dos millones de votos. O sea, hay que prohibir el independentismo, sus asociaciones, organizaciones, partidos. Hay que convertir el independentismo en un delito.

Y eso, ¿cómo se hace en un Estado de derecho? ¿Y cómo se explica? No a la dudosa luz de los sentimientos heridos, las emociones, el despecho, la ira, sino a la más clara de la razón, la justicia, la equidad. 

¿Cómo se explica que en España haya presos políticos, "delitos" de opinión?

¿O no hace falta explicarlo porque el 155 lo explica todo?

domingo, 21 de enero de 2018

Dando vueltas al atajo

Me llamó José Luis García, de lainformación.com para hablar conmigo sobre Podemos y Cataluña. Estaba escribiendo una historia sobre la formación morada con motivo de su cuarto aniversario, tema que da para mucho como ejemplo práctico del sic transit gloria mundi o de cómo no todas las leñas arden a igual velocidad. La encina dura más que el pino. Lo mismo pasa con las formaciones políticas. Algunas son como pinos, chisporrotean mucho, pero se consumen rápidamente; otras arden en silencio, pero permanecen, porque son duras, como la encina. Además, entre él y su colega, Laura Martínez, decidieron ampliar la indagación preguntando a Julio Anguita y al final les ha quedado una pieza bien guapa con dos puntos de vista que son distantes y, curiosamente, complementarios. Por eso me decido a incluir el enlace aquí: Podemos: lejos de asaltar el cielo...

Podemos ha hecho en cuatro años lo que la socialdemocracia hizo en cuarenta y el comunismo en veinte, pasar de la frase revolucionaria al hecho conservador. 

viernes, 17 de noviembre de 2017

¿De qué va esto?

Tiene pinta de que la justicia belga no va a entregar a Puigdemont, al menos antes del 21D. Si no lo hace, la situación de España será, como dicen los diplomáticos, "embarazosa". A ver cómo se sostiene que los dos Jordis y el medio govern presos no son presos políticos, cuando el presidente tiene de hecho asilo político en Bélgica. Gesto inamistoso, insulto, provocación, leyenda negra y el oro de Moscú, lo que se quiera, pero en España hay presos políticos. Que los del triunvirato nacional español se nieguen a reconocerlo no quiere decir nada, es una muestra más de que nada entienden.

El independentismo catalán ha dado una vuelta como un calcetín al tranquilo sistema español de la III Restauración, aclimatado a un parlamentarismo monárquico turnista (con algún sobresalto) y un grado absoluto de compadreo y corrupción. Para el status quo, la política es una cuestión de alternativas de mera gestión. Un acuerdo de fondo más o menos explícito que pone fuera de cuestión la monarquía, la Iglesia católica y un sistema corrupto de capitalismo clientelar de capturas de rentas a costa del bien público. Es el nudo de la legitimidad del sistema. La gestión, meros debates de política económica como todo horizonte político, articulados en torno a la idea de que el electorado no quiere líos ni problemas sino maximizar su bienestar personal.

¿Qué sucede cuando alguien cuestiona algún elemento de la fórmula legitimatoria o todos? Muchas cosas, desde luego pero la primera de todas es que el carácter de la política, de la acción y los conflictos cambian. Los independentistas no están movidos por un afán de bienestar personal ni un cálculo también personal de costes beneficios, sino por una idea, una convicción, incluso un ideal. La acción colectiva tiene un fondo moral muy fuerte de lucha y sacrificio por la República Catalana. Hay una voluntad común de arrostrar castigos y agresiones, perjuicios y daños por una causa. Eso es algo incomprensible para quien se mueve por razones estrictamente egoístas de medro personal, como casi toda la clase política española que además supone, quizá con razón, que es la misma motivación del pueblo, su electorado.

Si, además, se prueba que esa voluntad de sacrificio anima a los dirigentes (encarcelados o exiliados o procesados, como están muchos de la CUP) y a la gente por igual, como se comprobó el 1 de octubre, nadie puede negar que esta movilización, esta desobediencia cívica, democrática, pacífica, tiene una gran dimensión moral. Y no solo en el terreno ético sino en el pragmático en el que se habla de la moral del ejército, algo que recuerda Ortega en algún lugar. El independentismo tiene una actitud moral por su pacifismo y más moral que el Alcoyano.

Frente a ello, el triunvirato nacional español, no postula un discurso en positivo, no propone otro ideal, otra movilización por algún objetivo moral, porque no los tiene. No puede proponer una discurso regeneracionista en materia de corrupción sin que las carcajadas se oigan en el Tibet. Tampoco otro alternativo al independentismo catalán porque carece de la comprensión mínima del problema para articularlo (vuelta al Estatuto del 2006, federalismo, reforma constitucional, no reforma constitucional) con alguna verosimilitud.

Por eso, el triunvirato recurre a una política exclusivamente represiva en dos direcciones: la primera la represión directa, por la fuerza, con la policía, los tribunales, las cárceles. La segunda, la represión indirecta en parte consecuencia de la primera y en parte de carácter más ideológico. De lo que se trata es de amenazar, asustar, minar la moral de la gente, desmoralizar. A falta de moral propia, se trata de destruir la del adversario.

Algo tan viejo como Sun Tzu y las campañas del Gran Capitán en Italia, el que se gastaba una pasta para comprar bronce para fundir campanas con las que desmoralizar al enemigo. 

La última muestra de esta táctica de desmoralización del adversario, a la que, para su vergüenza, se ha sumado parte de la izquierda es la campaña desatada con motivo de las declaraciones de los y las procesadas ante el juez. Todos y todas han acatado lo que hubiera que acatar y han prometido actuar en el marco constitucional. A la campaña acusándolos de locos, irresponsables, cobardes, traidores, se ha sumado, insisto, para su vergüenza, la izquierda. Incluso la han llevado más allá, acusando a los dirigentes refugiados en Bélgica de huir y traicionar a sus seguidores. Acusar a los encarcelados hubiera sido excesivo, pero ganas no les faltan.

Es verdaderamente inmoral. No ya porque los riesgos que los represaliados afrontan son inmensos y muy reales; tampoco porque el tenor conocido de esas declaraciones se han manipulado y falseado (aquí tienen ustedes a Tardà desmintiendo una de estas falsificaciones), sino porque, como todos sabemos, las confesiones en materias ideológicas extraídas mediante métodos inquisitoriales por principio son inválidas. Cesare Beccaria ya negó la validez de las confesiones bajo tortura. En realidad, cosa menos conocida, revalidaba una negativa muy anterior, formulada por Juana de Arco a la vista del "proceso" que daría con ella en la hoguera. Nada de lo que pudiera decir bajo tortura tenía validez alguna. Obviamente, el Tribunal Supremo no es una cámara de la tortura, pero la situación, en abstracto es la misma: unas confesiones, sean las que sean, a cambio de no ir a prisión carecen de toda validez. Ningún acusado está obligado a incriminarse y se le reconoce el derecho a ser "mendaz", como lo formula el presidente de tal alto tribunal. Obviamente, esto es algo que entienden hasta los del PP, tanto más la izquierda que, aunque lejanos, tiene algunos recuerdos que hacen al caso.

Lo lamentable es que esa misma izquierda sea incapaz de comprender algo que necesariamente se escapa a sus aliados de la derecha: la fuerza moral de una causa ideal a cuyo servicio se es más útil libre que preso. Eso lo entiende y agradece todo el movimiento independentista. Si la izquierda española (o la que dice que es tal) quiere verlo solo tiene que asomarse a las redes.

A lo mejor así comprende cuán inmoral e inútil es querer desmoralizar este movimiento colectivo, transversal, muy unido y coordinado, que nace de la vida cotidiana y la sociedad civil catalanas y se orienta hacia un objetivo común de modo unitario. Y más recurriendo a estos métodos tan primitivos.

Porque esto va de revolución, de revolución democrática y pacífica de nuevo tipo.

viernes, 27 de octubre de 2017

Hoy, Palinuro en Barcelona

El centro de la UNED de Nou Barris celebra un curso sobre la Revolución rusa aprovechando el centenario y me han pedido que dé la lección inaugural, cosa que haré encantado y muy agradecido por la confianza que se me muestra. Trataré de estar a la altura de las circunstancias. No deja de tener gracia que, en estos momentos revolucionarios en Cataluña, estemos celebrando el centenario de otra revolución, la rusa, que, aunque concluyó ignominiosamente en los años 90 del siglo pasado, dejó una impronta y un legado incomparables. El curso está más bien orientado en una perspectiva de historia del arte, de la literatura, del pensamiento, más que a una visión estrechamente histórica y eso abre muy interesantes perspectivas.

Desde su mismo comienzo, la revolución bolchevique vino acompañada de una revolución de las artes: la pintura, la música, el cine, la literatura, toda la creación artística se vio arrebatada por el espíritu radical y utópico del programa revolucionario que no solamente planteaba cambiar las condiciones sociales, económicas y políticas de la sociedad sino también la mismísima naturaleza humana. De "nueva forma de civilización" la calificaron los Webb en un temprano libro de los años veinte. Lo que el crisol de la revolución bolchevique sacaría sería nada menos que un modelo de ser humano nuevo. No fue posible, pero la herencia de aquel estallido todavía nos interpela.

Nos vemos en el CA UNED de Nou Barris (Av. Rio de Janeiro 56-58, Barcelona 08016) a las 18:00.

jueves, 26 de octubre de 2017

Mañana, Palinuro en Barcelona

El centro de la UNED de Nou Barris celebra un curso sobre la Revolución rusa aprovechando el centenario y me han pedido que dé la lección inaugural, cosa que haré encantado y muy agradecido por la confianza que se me muestra. Trataré de estar a la altura de las circunstancias. No deja de tener gracia que, en estos momentos revolucionarios en Cataluña, estemos celebrando el centenario de otra revolución, la rusa, que, aunque concluyó ignominiosamente en los años 90 del siglo pasado, dejó una impronta y un legado incomparables. El curso está más bien orientado en una perspectiva de historia del arte, de la literatura, del pensamiento, más que a una visión estrechamente histórica y eso abre muy interesantes perspectivas.

Desde su mismo comienzo, la revolución bolchevique vino acompañada de una revolución de las artes: la pintura, la música, el cine, la literatura, toda la creación artística se vio arrebatada por el espíritu radical y utópico del programa revolucionario que no solamente planteaba cambiar las condiciones sociales, económicas y políticas de la sociedad sino también la mismísima naturaleza humana. De "nueva forma de civilización" la calificaron los Webb en un temprano libro de los años veinte. Lo que el crisol de la revolución bolchevique sacaría sería nada menos que un modelo de ser humano nuevo. No fue posible, pero la herencia de aquel estallido todavía nos interpela.

Nos vemos en el CA UNED de Nou Barris (Av. Rio de Janeiro 56-58, Barcelona 08016) a las 18:00.

miércoles, 11 de noviembre de 2015

Hacia el estado de excepción.


En el post del lunes, "el voto de Palinuro" este advertía de que quizá no hubiera elecciones el 20 de diciembre porque el gobierno (de acuerdo con la oposición domesticada) hubiera proclamado el estado de excepción y decidido aplazarlas. Un par de días antes, un jurista de C's ya había pedido que se proclamara el estado de sitio, o sea, prácticamente, la militarización del conflicto. Y a los militares que no les vayan con mandangas de elecciones.

Ayer el gobierno perdió el trasero corriendo a reclamar al Consejo de Estado un dictamen obligado previo a la interposición del recurso ante el Tribunal Constitucional contra la declaración de independencia del Parlament catalán. Y el Consejo de Estado, presidido por un franquista recalcitrante en probable estado de hibernación mental desde que su caudillo Franco lo nombrara secretario general de esto o subsecretario de aquello, cumplió la orden. El inútil órgano elaboró a velocidad de vértigo un dictamen por unanimidad pidiendo que los responsables de la declaración (unas veinte personas) sean impedidas en sus funciones, apercibidas, amonestadas seriamente y llegado el caso forzadas a cumplir con la suspensión de la declaración que todos esperan del Tribunal Constitucional. Quien quiera leer el adefesio, redactado en esa prosa pedante e insoportable de gentes que confunden sus leguleyerías con el derecho de las personas a vivir en paz, justicia, libertad y democracia lo tiene aquí.

Hoy hay consejo extraordinario de ministros monográfico para despachar un motorista a la sede del Tribunal Constitucional con la orden de que este se pronuncie sobre un asunto político que, en el fondo, no le incumbe, de acuerdo con los deseos del Príncipe. Y nunca mejor dicho porque el Rey ha suspendido todos sus actos para quedarse en el gabinete contiguo al consejo (si es que no lo preside, dada la gravedad del momento) de guardia, a enterarse de lo que suceda.

Y no es el único. Todos los cortesanos andan azacanados. Sánchez fue ayer a ponerse a disposición del presidente más inútil e incompetente de la historia de este desgraciado país y obvio responsable de su ruptura, en la esperanza de que sumando su inutilidad a la del interlocutor, no obtendrían dos inutilidades sino algo aprovechable por alguien en alguna parte. A la puerta, pero dispuesto a reforzar a los dos lumbreras, se quedó Rivera, sin duda añorando sus tiempos en la Nuevas Generaciones, cuando la vida era azul celeste. Iglesias no se ha sumado, menos mal, a esta unión sagrada y ha calificado con razón el recurso de medida cobarde e inútil. Pero, luego, su sentido de la ambigüedad y la equidistancia entre la justicia y la injusticia, lo llevó a calificar con toda dureza a Carme Forcadell sin dignarse siquiera hablar con ella pero sí llamó a la vicepresidenta del gobierno, dizque para criticar sus decisiones. Por último, Duran, Our man in Catalonia, musitaba aterrorizado por los pasillos que habíamos dado un paso al abismo. Señor, Señor, qué nervios.

Y decía el de los sobresueldos que las elecciones del 27 de septiembre eran una consultilla rutinaria de nada en la que el obediente pueblo catalán ejercería su derecho al sano regionalismo, como lo llamaba Fraga Iribarne, el de las fundaciones. Una prueba más de su extraordinaria perspicacia y la finura de sus análisis. Un hombre providencial este para Catalunya. Sí, han leído ustedes bien: para Catalunya, porque para España..., en fin.

El Tribunal Constitucional cumplirá con el encargo porque para eso está ecuánimemente presidido por un exmilitante del partido del gobierno y consejero aúlico de su fundación, FAES. Es decir, suspenderá, impedirá, prohibirá todo lo que el alto interés de la Patria, interpretado por estos pigmeos de la política le pidan. A continuación, será cosa de ver qué harán las autoridades catalanas afectadas. Según el compromiso adquirido el lunes, nada, no se darán por enteradas, desobedecerán.

Y ya tendrá el gobierno la excusa que lleva meses, quizá años, buscando para pasar a la vía de la coacción y el uso de la fuerza. Si le vienen bien dadas y cree que Europa no reaccionará, querrá proclamar un estado de excepción que aleje el incómodo fantasma de las elecciones en las que se pide a los electores que voten por la Gürtel, los EREs, Bárcenas y las guerras púnicas.

Con la patata caliente en las manos, el TC querrá ganar tiempo, pero no dispone de mucho. Probablemente, cualquier providencia de suspensión cautelar también será desobedecida por los díscolos catalanes. En contra de lo que la prensa unionista (toda la escrita en español) sostiene, al dar a Mas por acabado, en Cataluña no habrá vacío de poder. Mientras no haya presidente nuevo investido Mas será presidente en funciones. Cabe que sea finalmente elegido el jueves, también a la vista de la gravedad de la situación, pero, si tampoco lo fuera, continuará hasta el 9 de enero y con el refuerzo de que, además de en funciones, será presidente in péctore.

Aunque los nacionalistas españoles no lo crean, el independentismo catalán sigue llevando la iniciativa, marca los tiempos, proyecta la imagen que quiere y, encima, se permite el lujo de recortar figura heroica, como hace Antonio Baños que, al considerar la posibilidad de que el gobierno español cierre el Parlament, supera la genial respuesta del revolucionario Mirabeau a la orden real de abandonar la Asamblea Nacional en 1789: "Nous sommes ici par la volonté du peuple et nous n'en sortirons que par la force des baïonettes!"

Y tengo para mí que estos independentistas, ni con las bayonetas se van.

lunes, 26 de octubre de 2015

Mañana, la República.

Mañana, 27 de octubre, Palinuro participará en un acto/mesa redonda con Vicent Partal, director del digital Vila Web, en Barcelona, en el Casinet d'Hostafrancs, c/ Rector Triadó, 53, a las 19:00.

Según el tenor de la declaración que haga hoy el Parlament de Cataluña, el encuentro estará más o menos animado. Mejor dicho: más o menos encendido, porque animado lo estará en todo caso, dados los tiempos que estamos viviendo. 

Me gusta el título que se ha elegido: de la revolució a la República. Me encuentro como en casa. Sin falsa modestia, fui uno de los primeros en calificar el proceso independentista catalán de revolución. Por supuesto, con los consabidos matices de que se trata de una revolución de nuevo tipo y sin precedentes. Y, como republicano acendrado, nada puede agradarme más que un proceso político termine estableciendo una república, esto es, un sistema en el que todos los cargos públicos son electos por los ciudadanos, incluido el Jefe del Estado. Y no quiero mirar a nadie.

Porque la única fuente de legitimidad del poder (en la medida que el poder, cualquier poder, tenga aspiraciones a ser legítimo) procede del pueblo.

Allí nos veremos. El momento es molt interessant.

jueves, 3 de septiembre de 2015

El golpe de Estado y la madre que la parió.


Detrás de Felipe González tenía que producirse su otrora inseparable, Alfonso Guerra. La carta de aquel ha tenido docenas de respuestas, críticas y elogiosas. Las elogiosas, como la de Duran Lleida, proceden del espíritu equidistante entre los unos y los otros. Es la virtud del "justo medio" de que presumía Montesquieu y de la que se reía Ayn Rand cuando preguntaba, con cierta trampa lógica,  cuál era el "justo medio" entre la injusticia y la justicia o entre la libertad y el despotismo. Los equidistantes entre el Estado español, que cuenta con el monopolio de la violencia y demás instrumentos del poder, los medios, la Iglesia, los otros Estados, etc. y la Generalitat que no tiene más que unas urnas y algunos servicios y facultades delegados, transferidos y generalmente vigilados. Dicho en otros términos, los equidistantes entre los opresores y los oprimidos. 

Los críticos son muy previsibles y tienen poco interés o no tanto como los elogiosos que, sin embargo, se han visto ahora repentinamente coartados por ese descarnado juicio de colgar a Mas la acusación de golpista. "Un golpe de Estado", dice Guerra político que lidera Mas y "a cámara lenta", complementa el Guerra antiguo aficionado al teatro.

No crean que la imagen sea muy disparatada. Recuérdese cómo el coronel Francesc Maciá intentó una insurrección armada en 1926 en Cataluña, contra la dictadura de Primo y la monarquía borbónica que los franceses abortaron. No puede olvidarse que la dictadura de Primo fue producto de otro golpe de Estado. Maciá murió siendo presidente de la Generalitat. No obstante es curiosa la expresión en boca de un dirigente histórico del PSOE, de los que iban de mitin en mitin con el puño alzado. Un golpe de Estado.

"Si quiere hablar conmigo", insistía Voltaire, "defina sus términos", check your premises, decía Ayn Rand. Revise sus supuestos, como el que revisa la presión de los neumáticos. En efecto, ¿qué es un golpe de Estado? Pues eso que otros llaman una revolución. ¿Con qué nombre pasará a la historia este episodio del independentismo catalán? Con el del que gane. Guerra ve "golpe de Estado" y, con él, todas las fuerzas vivas y muertas y moribundas del país. "Revolución" vemos cuatro gatos y mal contados porque estamos siempre bajo presión de no emplear el término para no dar carnaza a la propaganda nacionalista española de derechas, de izquierdas y de ni de izquierdas ni de derechas. Y a la gente le interesa esta variante.

El golpe lo da Mas, por supuesto, por su incontrolable afición a saltarse la ley que tanto preocupa a González o al amagar con una DUI. No el gobierno del PP que legisla mediante decreto-ley, manipula y controla los medios, esto es, el cuarto poder y tiene interferida la justicia por una dependencia directa o indirecta de jueces y magistrados. No hablemos de empresarios. El propósito del presidente de los sobresueldos de modificar el ámbito competencial del Tribunal Constitucional  pretende emplear la justicia como la prolongación del brazo del príncipe.

Es un juicio tan injusto que irrita. Acusa de golpista a un presidente democráticamente electo, que se empeña en saber qué opina la gente mediante referéndums que el Estado no le permite y que, por último, tiene convocadas unas elecciones libres en condiciones de acoso mediático, económico, político, institucional, judicial asombrosas. Si al final sale la independencia por mayoría frente a los aparatos ideológicos y coercitivos del Estado y sus seguidores y teóricos, no se ve cómo se podrá seguir hablando de "golpe de Estado", aunque nunca se sabe. 

En mi modesta opinión, la intransigencia española del PSOE frente a Cataluña deja al descubierto un complejo de culpabilidad. A los socialistas les irrita profundamente que los catalanes puedan llegar más lejos del objetivo que ellos también hubieran anhelado conseguir caso de ponerse de acuerdo: una república española y estatutos de regiones especiales para Cataluña, Euskadi y Galicia. Ahora ya no son regiones sino "naciones", y ese será el reto de la IIª Restauración borbónica y con el que el nacionalismo no se integró del todo.

Claro está que este lenguaje de "golpe de Estado" corre paralelo con el de "revolución". La elección no es inocente. Quien alguna vez, si acaso, soñó con la revolución, ahora que la ve, la llama "golpe de Estado". Probablemente con ello dice más sobre él que sobre el fenómeno que designa.

Aunque quizá podamos ahorrarnos este análisis y ver en la carta de González y la apostilla de Guerra la insinuación de que, como ya proponía el primero hace unos meses, se forme una gran coalición o coalición de PP y PSOE, esa posibilidad que descarta siempre rotundamente Pedro Sánchez, quien se manifiesta dispuesto a gobernar con quien sea, excepto con el PP. Llegado el caso habría que saber qué haría la dirección actual del PSOE aunque, a juzgar por lo que hay hasta la fecha, haría lo que le ordenasen, como lleva haciendo la actual dirección desde su inauguración entre las felicitaciones de Rubalcaba. El mensaje está claro: llegado el caso, el PSOE se sacrificará por la Patria y se declarará partido sufragáneo del PP. Es eso que llaman muy ufanos "cuestiones de Estado" y se refieren a la Monarquía y la organización territorial del Estado, básicamente. Una gran coalición puede considerarse sin más como un golpe de Estado puesto que desnaturaliza la función legislativa, que es de la que depende todo.

No está mal preparar un golpe de Estado justificándolo porque es para prevenir otro. Es lo que suele hacerse. Lo que verdaderamente intriga es hasta qué punto no reconocerá hoy a España la madre que la parió si la encuentra hablando de golpes de Estado.

miércoles, 22 de julio de 2015

A quien pueda interesar.

Si quieres cambiar el mundo, empieza por cambiarte a ti mismo. No, no es fácil porque es imprescindible conocerse y eso es lo más complicado de todo. Y lo más engañoso. Puede que quien lo intente, quien vaya en serio en la introspección, se engañe a sí mismo. Es muy frecuente. Pero el que ni lo intenta, ese no solo se engaña sino que pretende engañar a los demás diciéndoles lo que tienen que hacer, como si él lo supiera mejor. Quien, sin introspección alguna, se cree autorizado a enseñar el camino a los otros suele sacar su seguridad de algún tipo de revelación exterior: dios, la historia, los padres, las lecturas de la infancia o las series de la televisión, el equivalente al pasto espiritual de la literatura de cordel o los seriales radiofónicos de generaciones anteriores.
 
La introspección hecha a base de referencias ideológicas o creencias adquiridas en los predios de la vida no sirve para nada tampoco, es puro teatro. Solo sirve cuando se arrostra sin conviccciones previas, sin respetos ajenos que son siempre simulacros de charlatanes y maestrillos por debajo de toda sospecha. Solo es respetable cuando se aborda sinceramente, pues únicamente nosotros sabemos de cierto si nos engañamos o no. Únicamente en nosotros anida la luz que nos ilumina sobre nuestras verdaderas motivaciones. Lo demás son farolillos de verbenas o triquiñuelas mediáticas. Si de la introspección, del examen de nuestras motivaciones reales, las únicas que cuentan, pues las fingidas no sirven, se sigue la convicción de que, en efecto, uno tiene algo que decir, recomendaciones, orientaciones para los demás, hágase como Zaratustra, sálgase a los campos y caminos y predíquese.
 
Di la verdad. No uses a los otros como excusa o pretexto para convertir en verdad la mentira. No te valgas de ellos, no los instrumentalices con consideraciones de táctica y estrategia. No seas asesino de posibilidades. No seas estratega.Y está preparado para escuchar la verdad de los demás. Y para aceptarla. No de boquilla o como recurso, sino como más verdadera que la tuya. En esa masa de los demás, hay tantas verdades como individuos. Muchos de ellos ocultarán la suya para seguir la tuya. De esos precisamente, de tus seguidores, debes huir. Cuando te pones al frente de ellos, en realidad, eres su rehén y vas por detrás. No diriges; te dirigen.
 
Si quieres valer, no a los ojos de los otros, que de nada te sirven, sino a los tuyos, acércate a quienes no te siguen ni te aplauden sino que te critican. Con esos debes hablar. Esa es la verdadera lucha porque lo es contra lo peor que hay en ti de ti mismo: la autocomplacencia. Tienes que distinguir entre las exigencias de la verdad y lo que te conviene, que suelen confundirse. Entre lo que tu conciencia te dicta y lo que los demás quieren oír. Solo así serás un espíritu libre y solo un espíritu libre puede aspirar a liberar a los demás.
 
El resto es propaganda y manipulación para vender cierta idea de futuro. O sea, humo.
 
También puedes hacerte prudentemente a un lado y tratar de entender lo que pasa. Pero para eso es necesario dejarlo pasar, y no todos los profetas o caudillos saben contenerse.

sábado, 21 de febrero de 2015

La fotografía como arma tiene que esperar.

Hace cuatro años, el Reina Sofía mostró una interesante exposición sobre el llamado Movimiento de fotografía obrera. Era una corriente de artistas soviéticos y alemanes que en los años veinte y treinta del siglo pasado convirtieron en objeto de su quehacer, tanto en fotografía como en cine, sobre todo el documental, la denuncia de las condiciones de vida y trabajo de los obreros, los barrios de los trabajadores, la explotación de los campesinos, la injusticia y la miseria. Palinuro dio cuenta de ella en un post titulado El arte y la lucha de clases. Fueron aquellos tiempos de intensa confrontación política y social, movimientos revolucionarios, el ascenso del fascismo, la guerra civil española. El movimiento Foto Soviética y, sobre todo, la revista Die Arbeiter Illustrerte Zeitung (AIZ) ("Revista Ilustrada de los Trabajadores"), centro gráfico del emporio erigido por Willi Münzenberg, el maestro de la propaganda comunista de la IIIª internacional, tuvieron impacto en el mundo de la fotografía y la imagen gráfica, aportándole una iconografía revolucionaria, protestataria de agitación y propaganda que hasta entonces había estado ausente del género más comercial y convencional.

La teoría de este movimiento sostenía que, así como la clase obrera debía tomar su destino en sus  manos en lo político, económico y social, debía hacerlo en lo fotográfico y artístico. Lo iconográfico era esencial en la lucha de clases. Las publicaciones, las fotos, los reportajes, los documentales, debían mostrar la vida de los trabajadores y ser obra de ellos mismos. No es este el lugar para decidir si el proyecto emancipador se cumplió en los otros campos. En el artístico, no. La baja calidad del material que producían los operarios obligó al movimiento y sus muchas publicaciones a nutrirse del quehacer de profesionales y expertos. Todos ellos muy izquierdistas, la mayoría comunistas o colaboradores de los comunistas en su gigantesco aparato de propaganda, pero no trabajadores manuales. Gracias a este fracaso del proyecto originario, el mundo conserva ahora la obra gráfica de cineastas, documentalistas, reporteros, fotógrafos de primer orden: Tziga Vertov, Joris Ivens, Tina Modotti, Eugen Heilig, Arkadi Shaiket, Semen Fridliand, Robert Capa, Gerda Taro, etc y, por supuesto, el caso especialísimo de John Heartfield, el inventor de los fotomontajes. Todos, y algunos otros más alejados de la estricta influencia comunista pero muy populares, como Barbusse, Paul Strand, etc tuvieron que ver con los dos genios de la organización y la agitprop que fueron el ruso Mijail Koltsov, luego asesinado por Stalin, y el alemán Willi Münzenberg, probablemente también. Y varios de ellos, activos en la guerra civil española. Gerda Taro murió en ella.

Lo anterior viene a cuento de la nueva exposición del Reina Sofía, Aún no. Sobre la reinvención del documental y la crítica de la modernidad, magníficamente comisariada por Jorge Ribalta. Hasta el título es un acierto y una lección de realismo y autocrítica. Aún no. Aún no ¿qué? Pues la realidad de las promesas emancipatorias del Movimiento de Fotografía Obrera de los años veinte y treinta, cuya continuidad en los últimos sesenta, setenta y ochenta se expone en esta ocasión. Al comienzo, en los sesenta, unos fotógrafos izquierdistas de Hamburg redescubren el legado fotográfico de la AIZ, sobre todo gracias a la propaganda del Partido Comunista (SED) de la  República Democrática Alemana, fundan la revista Arbeiterphotograhie y tratan de desarrollar una actividad similar a aquél aunque, obviamente, en un ambiente y condiciones muy diferentes. De nuevo sucede como en el caso anterior, esto es, la teoría es coherente y hasta convincente. El amplísimo movimiento de fotografía y documentalismo politizados, comprometidos, revolucionarios de estos años en todo el mundo encuentra su clave doctrinal en dos magníficos textos que Ribalta considera, con razón, determinantes: el de Allan Sekula en 1978 sobre "Desmantelar la modernidad, reinventar el documental. Notas sobre la política de la representación" y el de Martha Rosler, en 1981, "En y en torno a; reconsideraciones sobre el documental fotográfico". La cuestión es si el resultado práctico está a la altura de las expectativas.

Este renacimiento de la fotografía y el documental revolucionarios que trata de trasladar al último tercio del siglo XX el espíritu del primero tiene algunos rasgos que lo distinguen: en primer lugar, su cosmopolitismo. Así como el movimiento originario fue básicamente soviético y europeo occidental, su prolongación, sin dejar el núcleo europeo, se ha extendido por los cinco continentes. En donde quiera que se hayan dado condiciones de explotación, injusticia, represión, se han hecho reportajes, documentales, fotos; se ha aprovechado el material que, si no es de gran calidad artística, es de mucho impacto mediático y ha alimentado abundante prensa gráfica, fotoperiodismo: el conflicto de los Panteras Negras en los EEUU (por cierto, imágenes, estas sí, muy llamativas), los de centroamérica, Nicaragua, El Salvador, el de Soweto en Sudáfrica,  en donde la agencia Afrapix se establece según el modelo de la célebre Magnum, etc. Testimonios de luchas y combates que forman ya parte de la memoria visual colectiva.
 
En segundo lugar, su carácter fundamentalmente urbano. En los "paisajes sociales" que traen estos reportajes apenas hay lugar para las luchas industriales. Los trabajadores dejan el protagonismo a los inmigrantes, los ciudadanos, los habitantes de los barrios, los conflictos por viviendas, ocupaciones o planificación urbana al servicio de la gente o de intereses especulativos. Casi todas las fotos de Alemania están en relación con estos asuntos. Encuentro de especial interés los reportajes sobre ciudades y conflictos ingleses a  través de la obra del grupo Camerawork y, sobre todo, la abundancia de material en relación con las luchas en las ciudades italianas en los años setenta, con testimonios graficos de Potere Operaio y Lotta Continua.
 
Todo, por lo demás, muy relacionado con la herencia del 68. Por estos años asimismo Henri Lefebvre en Francia y Manuel Castells en España desarrollan su visión crítica sobre la vida cotidiana y las luchas urbanas, de cuya presencia hay tambien testimonio en la exposición, así como sobre la breve pero intensa experiencia del Centre Internacional de Fotografía Barcelona ( 1978-1983), único lugar de España en que parece haber prendido el movimiento.
 
En tercer lugar, el cambio en el punto de vista sobre la violencia. Los Panteras Negras, las luchas latinoamericanas, la resistencia italiana, muestran una voluntad no solamente de retratar la violencia estructural sobre los oprimidos sino también la que estos oponen a los opresores. "Aún no" se ha culminado el programa emancipador, pero hay una voluntad clara de conseguirlo, recurriendo a los medios necesarios para ello. Quizá esta circunstancia, así como la existencia de la crisis, expliquen en parte que el movimiento haya vuelto a decaer en los años noventa, a medida que se cerraban los grifos de financiación pública. Se agota el modelo del capitalismo que podríamos llamar "progresivo"; se enfundan las fotos como armas, en espera de tiempos mejores. Llegan tiempos más oscuros.
 
Además de las interesantes reflexiones teóricas que aporta la exposición no pueden dejar de mencionarse dos actividades prácticas, dos experiencias, dos hallazgos que Palinuro ha encontrado de sumo interés. Se trata de dos formas deconstrucción gráfica, por así decirlo. La primera es un trabajo de Martha Rosler sobre los sin techo, la calle y otros lugares que culmina con una serie de fotos del Bowery neoyorkino, acompañada de unos textos que chocan con las imágenes de muchas maneras. El trabajo, entre 1974 y 1975 se llama The Bowery in two inadequate descriptive systems ("El Bowery en dos sistemas decriptivos inadecuados"), aunque quizá fuera mejor traducción "incompatibles". Retrata esta mítica zona del bajo Manhattan en uno de sus momentos de degradación urbana y le contrapone unos enunciados aislados, como disparos, que nos obligan a reinterpretar las imágenes de formas no habituales.

La otra obra de deconstrucción es un trabajo de fotoperiodismo de 1982, de Susan Meiselas, sobre los procesos revolucionarios de Nicaragua y El Salvador. Aparece en un corcho a lo largo de las paredes en tres franjas superpuestas. En la superior están las fotos publicadas en revistas y periódicos que ilustraban las noticias consideradas interesantes. En la central, las imágenes que había publicado en un libro y tenían un sentido narrativo, cronológico. En la tercera, las que no habían aparecido en ninguno de los dos soportes anteriores. Viéndolas a la par se pueden construir varias historias, algo muy recomendable para quien le gusta interpretar lo que ve y no que lo aleccionen.

Colofón innecesario: entre las muchas actividades que internet está revolucionando, la fotográfica ha sido una de las primeras en cambiar de arriba abajo. La aparición de photoshop es un reto artístico de primera.

lunes, 1 de diciembre de 2014

No pueden con Podemos.


Podemos es un típico media party, surgido de los medios, organizado a través de los medios y cuya acción se expresa básicamente a través de los medios. Ya se sabía hace mucho tiempo: la nuestra es una sociedad mediática y nuestra democracia, al decir de Manin, una democracia de audiencias. Se sabía, pero apenas se actuaba en consecuencia. Los partidos tradicionales, todos ellos surgidos de la interacción social directa, no mediada, se adaptaban a los medios como podían y trataban de valerse de ellos pero desde fuera, considerándolos como algo ajeno, como instrumentos. Podemos no se adapta a los medios sino que se identifica con ellos; él mismo forma parte de los medios. Su líder y fundador no solo se mueve en los audiovisuales como pez en el agua, sino que es presentador de televisión. Lo ha sido en La Tuerka, lo es en Fort Apache y podría serlo en alguna cadena comercial privada de mayor alcance. ¿Por qué no? Las empresas privadas buscan la audiencia como los heliotropos el sol. Las audiencias, por supuesto, son beneficios y, si estos aumentan dando cancha a quien critica el sistema que los posibilita, tarde o temprano se le dará cancha. De uno u otro modo. Es uno de los efectos de las contradicciones culturales del capitalismo, de Daniel Bell.

El carácter mediático de Podemos, visible también en que La Tuerka emite desde la plataforma de Público.es, se refuerza con el empleo de las redes. Podemos también ha nacido en las redes y se expresa en las redes con una pericia, una competencia y un éxito que son la envidia de su competidores, cuya presencia en ellas suele ser poco lucida. Audiovisuales y redes en conexión con un momento de difusa agitación social con descontento creciente, desafección hacia los partidos dinásticos y las instituciones e indignación por los fenómenos de corrupción generalizada en medio de una crisis cada vez más percibida como una estafa. Tal es la clave de la irrupción sorprendente de Podemos.

Esa repentina y poderosa aparición en la esfera pública ha provocado una curiosa reacción de hostilidad generalizada. Los medios, casi todas las cadenas de televisión, con alguna excepción, las emisoras de radio, todos los periódicos de papel y algunos digitales se manifiestan beligerantes frente al nuevo partido. Los comunicadores oficiales y tertulianos de derechas echan venablos y a alguno va a darle un pasmo. Los intelectuales orgánicos de prácticamente todas las tendencias ningunean y desprecian a los líderes y avisan de sus tendencias leninistas, totalitarias.

Tengo para mí que parte de esa irritación procede de la hegemonía que Podemos ha establecido casi de la noche a la mañana, imponiendo gran parte de los contenidos del debate público. No todo porque Cataluña se le escapa. La hostilidad se hace furor cuando se comprueba que los medios, favorables o desfavorables, se vuelcan en Podemos. Y lo hacen en tres órdenes o niveles:

En un nivel ideológico, los medios ponen de relieve la ambigüedad del partido en cosa de principios. El debate izquierda/derecha vs. arriba/abajo, el pase a la reserva de la reivindicación republicana, la indefinición frente a Cataluña, el silencio sobre la Iglesia, son los clavos con los que otras opciones políticas amenazadas quieren construir a Podemos el ataúd del populismo. Pero el intento no cuaja y sí, en cambio, la sospecha de que esa ambigüedad en paralelo con la claridad en reivindicaciones prácticas, programáticas, del día a día, puede ser un acierto.

En un nivel programático, los medios acosan a Podemos y quieren detalles sobre la deuda, la banca, el crédito, la jubilación, los salarios, las pensiones, los impuestos, etc. Y lo quieren en datos y magnitudes comprobables. Consultan a expertos, convocan jornadas, reclaman artículos. De este modo mantienen a Podemos en el proscenio y, además, le ayudan a perfilar su programa, cotejándolo con otras opiniones o criterios y corrigiéndolo cuando necesario. Eso les da más prestigio sobre todo en comparación con los dos partidos dinásticos que, o no tienen programa o el que tienen lo ignoran.

En un nivel personal, los medios escudriñan la vida y milagros de los dirigentes, pero en términos más o menos superficiales. Que si pagan las consumiciones en los bares, tienen un novio en Arenas de San Pedro o son aficionados al fútbol. Claro, todo eso importa; pero no es decisivo. Es preciso ir algo más allá, hasta ese punto en que, según el nuevo feminismo, lo personal es político. El partido representa la irrupción en la esfera pública de un grupo de gentes cohesionadas por afición y devoción que, además, gustan de verse como una generación, una generación nueva. Como tal, sus integrantes, considerados personalmente, están atravesando lo que quizá sea para ellos el gran momento de sus vidas, una experiencia vital única. Y lo hacen tocando con los dedos la posibilidad de conseguir lo que todas las generaciones han anhelado y anhelarán: cambiar el mundo. Al menos este, aquí, ahora, en España. Cuando se tiene este espíritu en cuenta se entiende mejor la diferencia entre la "nueva y la vieja política" al modo de hoy. Considerados personalmente, los dirigentes de Podemos viven la política como una pasión; los de los partidos institucionales como una rutina. Óigaseles cómo hablan de su relación con sus respectivos partidos. Los políticos institucionales se dicen siempre al servicio de su partido. Los de Podemos tienen el partido a su servicio.

Aquí intervienen dos consideraciones finales que remachan una visión desapasionada del fenómeno y no son necesariamente coincidentes: la referencia al carisma del liderazgo de Podemos y el reiterado discurso de este de no considerar la posibilidad de perder. Ganar, conseguir el Poder es el objetivo al que se orienta todo lo demás, la ambigüedad en los principios, la flexibilidad programática y el carácter centralizado y jerárquico de la organización.

Es el bolchevismo, es el leninismo, acusan los mandarines de la Corte. No, responde Iglesias, es la verdadera socialdemocracia. Formalmente es correcto por cuanto Lenin fue socialdemócrata hasta que se proclamó comunista. Y vuelve a serlo pasándolo por el cedazo del Eurocomunismo, la feliz fórmula que inventó Carrillo en los 70 del siglo pasado de renunciar a la revolución y adoptar la vía electoral con un discurso socialdemócrata que, por supuesto, descansaba sobre la idea de que los socialdemócratas se habían hecho todos de derechas y habían dejado libres sus zapatos. Dicha fórmula no funcionó electoralmente.

La cuestión es si lo hará ahora. Si lo hace, Podemos habrá triunfado y podrá administrar la victoria. Si no lo hace, habrá perdido y no podrá administrar la derrota porque no nació para eso. Puede ganar o perder, pero ello solo dependerá de él. Lo que haga el frente de la hostilidad es irrelevante. No puede con Podemos.

(La imagen es una foto de My Web Page, con licencia Creative Commons).

miércoles, 8 de octubre de 2014

Podemos: el parto del partido.


Ayer topé con una noticia en eldiario.es que me llamó la atención, según la cual Pablo Iglesias abandonará el liderazgo de Podemos si no prospera su idea de partido. De inmediato me vino a la cabeza que algo parecido había dicho y hecho Felipe González en similar situación allá por 1979. Se me ocurrió tuitearlo y me salieron unos cuantos interlocutores más o menos cercanos a Podemos con tipos distintos de críticas a la comparación. A diferencia de los tuiteros de otros partidos los de Podemos son gente afable, moderada en la expresión, aguda y no está siempre presuponiendo que toda observación sea un ataque a las esencias doctrinales. Es un placer discutir con ellos. Y, al mismo tiempo, me di cuenta del calado del asunto, que el periodista sintetiza de un trallazo en ese su idea de partido. Pues sí, como le pasó a González en 1979, su idea de partido.

Pero reducir esta cuestión al ejemplo citado es muy pobre, de gracianesca austeridad tuitera, y no hace justicia al alcance de la cuestión ni a los asuntos que aquí se ventilan. Podemos está en proceso constituyente, llamado "asamblea fundacional", en la que ha de definirse en qué tipo de ente se constituye, que forma de partido adopta, incluso si quiere ser un partido. Según entiendo, hay tres propuestas sometidas a debate. Una, la propugnada por Pablo Iglesias se inscribe en una tradición de partido con ecos leninistas, esto es, un partido de liderazgo que a su vez ejerce el liderazgo sobre un movimiento más amplio. Todo muy democrático, desde luego a base de empoderar a la gente, un arcaísmo que trata de resucitar reconvertido en barbarismo del inglés empowering. El partido como medio o instrumento para conseguir un fin, no un fin en sí mismo y aprovechando el hecho de que ya está constituido como partido en el pertinente registro del ministerio del Interior.
 
Otra propuesta, apadrinada por Pablo Echenique, trae cuenta de una tradición más espontaneísta, quiere dar más peso, sino todo él, a las asambleas, aquí llamadas círculos. Otro vago eco de todo el poder a los soviets. La democracia radical, revolucionaria, es consejista. O sea, de los círculos. En España repudiamos el término consejo porque, de un tiempo a esta parte, lo asociamos con una cueva de ladrones, truhanes y sinvergüenzas, pero tenemos en aprecio las decisiones colectivas, sobre todo las surgidas de la base, la calle, el barrio.
 
Hay una tercera propuesta, según mis noticias, pero no me ha dado tiempo a documentarme sobre ella. Ahora me concentro en las dos primeras, que llamaremos la leninista y la consejista porque, en buena medida, recuerdan la polémica entre los bolcheviques y los espontaneístas y consejistas, al estilo de Rosa Luxemburg o Anton Pannekoek. Estos, particularmente la primera, venían de pegarse veinte años antes con los revisionistas de Bernstein en defensa del principio de que el fin (la revolución) lo es todo y el movimiento (o sea, las reformas), nada. Y ahora se encontraban con que los soviéticos los llamaban ilusos y cosas peores porque se habían olvidado de que el fin era el poder en sí mismo. Por aquel entonces los bolcheviques habían ganado todas las batallas mediante su pragmatismo y concepción instrumental: desactivaron el potencial revolucionario de los soviets a base de absorberlos y hacerlos coincidentes con los órganos jerárquicos del partido. El resultado se llamó Unión Soviética, pero no tenía nada de soviética. Y, a la larga, ese aparente triunfo, setenta y cinco años de simulacro, fue una tremenda derrota, pues no solamente acabó con la Unión Soviética sino que desprestigió y deslegitimó el ideal comunista.

En diversas ocasiones ha dicho Pablo Iglesias que proviene de una cultura de la izquierda que no ha vivido más que la derrota; que, incluso, ha acabado resignándose a ella, en el espíritu apocado del beautiful looser. Con esta determinación se adhiere a una tradición de la izquierda e ignora otra, la socialdemócrata, que dice haber vivido tiempos de triunfo casi hasta nuestros días. Desde el punto de vista de la izquierda comunista, leninista, bolchevique, no ha habido triunfo alguno, sino traición. La socialdemocracia administró y administra, cuando le dejan, las migajas de la explotación capitalista a la que, en el fondo se ha sumado con lo que no tiene nada que ver con la verdadera izquierda; o sea, la derrotada. Esa es la tradición de derrota que Iglesias cuestiona, la que no le parece aceptable porque piensa que, dados los ideales de la izquierda, de su idea de la izquierda, esta merece ganar, triunfar, llegar al poder, implantarlos. Implantarlos ¿cómo? Sin duda alguna, de la misma forma en que se plantea hoy llegar al poder: ganando elecciones. O sea, el primer paso para ganar es ganar elecciones. Y hacerlo limpiamente. Todos los días pasan a los de Podemos por el más exigente cedazo de legalidad democrática tipos que, a su vez, tienen de demócratas lo que Palinuro de tiburón financiero.

Solo se ganan elecciones consiguiendo el favor de mayorías, lo cual plantea las condiciones de un discurso capaz de conseguirlo en una sociedad abierta en competencia con muchos otros y en la cual la única regla es que no hay reglas porque la política es la continuación de la guerra por otros medios. Y en la guerra no hay más reglas que las aplicadas por los vencedores. Incluso es peor que la guerra porque en esta suele engañarse al enemigo, pero no a las propias fuerzas, mientras que en política puede engañarse al adversario y también a los seguidores de uno, a los electores. El triunfo electoral del PP en noviembre de 2011 es un ejemplo paradigmático. Ganó las elecciones engañando a todo el mundo, incluidos sus votantes.

¿Puede la izquierda recurrir al engaño, a la falsedad, al embuste? La pregunta es incómoda porque la respuesta obvia es negativa pero va acompañada del temor de que, si no se miente algo en una sociedad tan compleja y conflictiva como la nuestra, no se ganan elecciones y, si no se ganan elecciones, no se llega al poder. De ahí la reiterada insistencia de los de Podemos en que no son los tristes continuadores de IU, sino pura voluntad de ganar. Qué discurso haya de articularse para este fin es lo que se debate ahora. 

El momento, desde luego, es óptimo. Táctica y estratégicamente. La crisis del capitalismo y la manifiesta extenuación de la socialdemocracia ofrecen una buena ocasión para el retorno del viejo programa emancipador de la izquierda. ¿En qué términos? En unos que deliberadamente evitan toda reminiscencia de la frase revolucionaria. Aquí no se habla de revolución, sino de cambio; no de clases, sino de casta; no de socialismo, sino de democracia; no de nacionalizaciones, socializaciones o confiscaciones sino de control democrático; ni siquiera se habla de izquierda y derecha, sino de arriba y abajo. Es un lenguaje medido, que trata de ocupar el frame ideológico básico de la democracia burguesa para desviarlo hacia otros fines, para "resignificarlo", como dicen algunos, y llevarlo después a justificar una realidad prevista pero no enteramente explicitada. Alguien podría sentirse defraudado y sostener que esto entra ya en el campo del engaño político, el populismo y hasta la demagogia. Es verdad que el discurso bordea la ficción, pero no incurre en ella por cuanto las cuestiones comprometidas se remiten siempre a lo que decidan unos órganos colectivos que a veces están por constituir. Nadie se extrañe. Si diez días conmovieron el mundo, más lo harán diez meses.

Ahora bien, lo cierto es que semejante discurso requiere una táctica y estrategia meditada, prevista, consecuentemente aplicada y para ello, el sentido común suele preferir una unidad de mando y jerárquico, aunque sea con todos los contrafuertes y parapetos democráticos que se quiera. Un solo centro de imputación de responsabilidad continuado en el tiempo. Un partido y jerárquico, aunque a la jerarquía la llamen archipámpanos. El partido de nuevo tipo, con el espíritu asambleario anidado en su corazón, pero partido, medio para llegar al poder que el propio poder, astutamente, se ha encargado de convertir en único instrumento válido para su conquista y ejercicio. Para eso se redactó el sorprendente artículo 6 de la Constitución. Frente a esta libertad que es necesidad, las asambleas, los círculos, los consejos o concejos, los soviets, etc., incorporan un ideal de democracia grass roots con tanto prestigio como irrelevancia. Cabría pensar que en la época de internet, la de la ciberpolítica, las nuevas tecnologías, debieran resolverse estos problemas de eficacia del asambleísmo que, en lo esencial, según se dice, son puramente logísticos. Estoy seguro de que todos nos alegraremos si lo consiguen. Pero, de momento, no es así.

Sin duda este es el debate. Los asambleístas señalan los riesgos del líder carismático y concomitantes de oligarquía, burocratización, aburguesamiento. Y los leninistas, la función del liderazgo de siempre de la vanguardia que se hace visible en el rostro de ese lider carismático. Es verdad que hay un peligro de narcisismo y culto a la personalidad. Pero, ¿en qué propuesta de acción colectiva en el mundo no hay algún riesgo? En el fondo, esta polémica recuerda a su vez también una del marxismo de primera generación, bien expuesta en la obra de Plejanov, primero maestro y luego archienemigo de Lenin, sobre el papel del individuo en la historia. Un tema perpetuo.  La izquierda, toda, presume de crítica, pero acepta el liderazgo como cada hijo de vecino. ¿Quién puede discutir de buena fe a Pablo Iglesias el mérito de haber llegado a donde ha llegado y haber hecho lo que ha hecho? Ya, ya, había condiciones, un movimiento. Pero alguien se ha puesto a la cabeza, con cabeza y con valor, que diría Napoleón. ¿Con qué razones se pretenderá que no puede ir más allá en su idea de partido?¿Con qué otras que deberá poner en práctica una idea?

Más o menos, entiende Palinuro, es lo que está discutiéndose aquí. Y no es cosa de poca monta.

(La imagen es un montaje con dos fotos de Wikimedia Commons, con licencia Creative Commons).

domingo, 21 de septiembre de 2014

El reto de Podemos.


Twitter es parte decisiva del ágora pública digital. Una corrala tecnetrónica en donde las noticias se dan simultáneas a los hechos de que informan. Anoche saltó una: Pablo Iglesias retaba en directo en la 6ª a un debate cara a cara a Pedro Sánchez. Un terremoto. Los tuiteros se enzarzaron. Los socialistas estaban enconados; unos criticando que Podemos fuera la oposición de la oposición, lo cual favorece al gobierno; otros señalando que era el PSOE quien ya había retado a Podemos infructuosamente. Ignoro si Sánchez ha recogido el guante. Supongo que sí.

Iglesias es ante todo un animal mediático. Su capacidad para hacer política a través de los medios tiene al respetable maravillado. Si Guy Debord hubiera alcanzado a ver el auge de Podemos, se sentiría vindicado en su veredicto de la sociedad del espectáculo; y Baudrillard hubiera detectado de inmediato el simulacro. La política se hace valiéndose de los medios de comunicación. En ellos está la llave del poder. No el poder mismo. Con los medios se ganan las elecciones. En ese terreno es donde Pedro Sánchez ha salido también a la reconquista del electorado perdido. El nuevo secretario general del PSOE sigue de cerca a Iglesias, lo imita, al tiempo que lo distingue con sus críticas al populismo y, siguiendo su ejemplo, se multiplica en lo medios.

Casi suena a una historia para etólogos, con dos machos marcando territorio y luchando por la jefatura de la manada. O para politólogos, con dos líderes delimitando campos y compitiendo por la hegemonía sobre el electorado. El reto de Iglesias es el desafío a combate singular de los dos jefes por ver cuál señorea el campo mediático. Eso es lo que más irrita a los socialistas, el hecho de que, como buen táctico, el de Podemos escoja el momento y el lugar de la confrontación. De nada sirve recordarle que los socialistas lo había retado antes o que el deber de la oposición es oponerse al gobierno y no a la oposición. Son consideraciones irrelevantes para el cálculo pragmático que late en el reto.

No estando en el Parlamento, Iglesias tiene escasa base para invitar a un debate televisado a Rajoy que, por otro lado solo se pone delante de una cámara cuando no hay nadie más en kilómetros a la redonda. Ese reto corresponde a Sánchez a quien, aun siendo parlamentario, no se le había ocurrido. O no lo tiene por necesario pues, en principio, ya se mide con Rajoy los miércoles en el Congreso. Aunque esto no sea en nada comparable a un debate de televisión.

El reto llega el mismo día en que, entre noticias contradictorias, parece fijo que Podemos concurrirá solo a las elecciones municipales, dejando las alianzas para después de la votación. En realidad, la organización/movimiento ha fagocitado a IU, pero no le interesa la fusión porque, procediendo de la misma cultura comunista en sentido genérico, no quiere que se la confunda con ella. Esta actitud pretende reproducir el ejemplo de la Syriza griega que, viniendo de la izquierda marxista, no es el partido comunista. Al plantear el reto al PSOE, Podemos ya da por amortizada IU, se sitúa a la par con el PSOE y le riñe el territorio. Convierte de esta forma en acción política los resultados de los últimos sondeos que dan a Podemos como segunda fuerza política en Madrid.

Así se muestra la  iniciativa política pero también se abre cierta paradoja. Iglesias aparece ahora como  el defensor de la plaza mediática frente al forastero que quiere entrar en ella. Justo lo que era él hace un par de años. Los dos están bastante nivelados en edad, formación, actividad política. Pero uno defiende las murallas y el otro las asalta. Son Eteocles y Polinices en la lucha por Tebas y por la herencia maldita de Edipo: el poder. Hay mucho de personal en este enfrentamiento. Pero discurrirá por los cauces dialécticos. Iglesias querrá dejar probado que el aparato del PSOE es pura casta, si bien no así su militancia, mientras que Sánchez probará el peligroso populismo de su adversario quien, por ganarse el favor de las mayorías, arruinará el país. 

Ese reto apunta a un debate con un significado que va mucho más allá de la circunstancia actual. Es un debate en el territorio de la ya casi ancestral división de la izquierda entre, para entendernos, socialistas y comunistas; un debate histórico, interno a la izquierda. Una pelea que los comunistas han perdido siempre cuando la competición era a través de elecciones democráticas. La tradición comunista, queriéndose pura y considerando traidora a la socialista, es la eterna derrotada. De ahí que Podemos, procedente de esa tradición pero con voluntad de triunfo y de representar algo nuevo, evite toda asociación con el comunismo; pero su objetivo principal sigue siendo la socialdemocracia. Pues la miel de la victoria solo se degusta cuando el adversario prueba la hiel de la derrota.

La diferencia entre este enésimo enfrentamiento y los anteriores es que los retadores tienen una voluntad deliberada de dar la batalla en el discurso. En lugar de enfrentarse a la socialdemocracia -a la que previamente relegan al campo de la derecha- mediante el radicalismo de la palabra, ahora se hace mediante un discurso templado, neutro, moderado, relativista para no asustar a nadie, pero con promesa de reformas de calado. Una versión actualizada del reformismo radical a que se apuntó la izquierda alemana posterior a los años sesenta. Si al poder solo se llega por vía electoral, hay que ganar el apoyo de la mayoría, cosa que se hace diciendo a esta lo que esta quiere oír; y oír a través de la televisión. Por eso es imprescindible cuidar el lenguaje, convertirlo en un telelenguaje, que no asuste, ni crispe, que invite a confiar. Un ejemplo llamativo: los marxistas de Podemos no hablan nunca de revolución, sino de cambio. El término con el que ganó las elecciones el PSOE en 1982 y el PP en 2011. La moderación y buenas formas del lenguaje tienen réditos electorales, aunque preanuncien un apocamiento de las intenciones.

Esa división de la izquierda beneficia a la derecha. Pero es inevitable. Y, además de inevitable, de consecuencias muy variadas. El reto a Sánchez se inscribe en la estrategia de lucha por la hegemonía de esta jurisdicción ideológica y trata de provocar una situación en que el enfrentamiento sea entre la derecha y Podemos, para lo cual este encaja al PSOE en el PP con el torniquete de la casta. A su vez, el PSOE puede revestirse de la autoridad que parece dar la moderación frente a los extremismos fáciles de esgrimir: el populismo de los neocomunistas, el neoliberalismo e inmovilismo de los nacionalcatólicos. La amenaza de polarización puede venir bien al PSOE, beneficiario del voto asustado por los radicalismos, para resucitar el centro de la UCD. 

De esas incertidumbres está hecha la política.

(La imagen de Pablo Iglesias es una foto de Wikimedia Commons, con licencia Creative Commons, con expresa atribución de autoría. La de Pedro Sánchez es una foto de Wikimedia Commons, con licencia Creative Commons).

sábado, 6 de septiembre de 2014

Reflexión sobre Podemos.

La fulgurante aparición de Podemos ha sembrado el desconcierto en el sistema político, lo cual es una muestra de lo lentos que somos en nuestras percepciones y nuestra poca capacidad para explicar las novedades. Hace lustros que se teoriza sobre la "sociedad de la información y la comunicación", la "sociedad mediática", las democracias de los medios. Pero seguimos sin entender cómo funcionan. Los partidos ya no se fundan en modestas tascas de barrio o en los mullidos despachos de abogados y banqueros y en relaciones personales. Surgen de una realidad abigarrada, fragmentada, que llamaría "postmoderna" si supiera qué quiere decir eso. De una comunicación que trasciende el orden personal, mediada por las TICs. Incluso algún adelantado del análisis político académico, como Rospir, propuso llamarlos media parties hace años. Podemos tiene algo de esto, pero no se agota en ello. Ni mucho menos.

Sentado, pues: la reacción mayoritaría del establishment político mediático ha sido hostil. Eso que antes se llamaba el sistema, un término similar al de casta de Podemos y también muy conveniente porque permite identificar un enemigo y hacerlo de un modo suficientemente vagaroso para incluir o excluir de él a quien nos parezca en cada momento. Ese pronombre "nos" es la clave del concepto, la clásica e implícita contraposición entre "nosotros " y "ellos". Aclaro que me refiero a la vieja idea de sistema. Esta reciente que se trasluce de las acusaciones de "antisistema" en boca de gentes conservadoras es un contrasentido que no cuaja, pues usan el término sistema como sinónimo de "orden constituido", el que las beneficia a ellas.

La reacción ha sido muy hostil. La derecha no ha parado en barras y tanto sus políticos, diputados como sus innúmeros portavoces en los medios y tertulias han ido al ataque en todos los frentes, político, ideológico, social, personal. Con tanta saña que algunos se preguntan si no se conseguirá el efecto contrario de ensalzar la formación a ojos de la opinión pública. Porque esa opinión es muy contundente. Pablo Iglesias es el líder mejor valorado en los sondeos; Mariano Rajoy, el peor. Ya no gana ni al socialista.

El PSOE ha sido más moderado, pero su reacción es igualmente hostil. Podemos es antisistema, populista y neobolchevique. Alfonso Guerra propone una alianza entre PP y PSOE frente al resurgir de neofascismos y neocomunismos. Es comedido. No menciona Podemos, pero no hace falta. Felipe González sí se desmelena más y compara Podemos con Chavez, Le Pen, Beppe Grillo y Syriza. Otro que tampoco entiende la sociedad mediática en la que vive y sobre la que teoriza. Si algo tienen en común Chavez, Le Pen, Beppe Grillo y Syriza es que salen por la tele. Pero eso le pasa a él también, así que habría que incluirlo en la lista de no ser porque esta lista es una tontería, con todos los respetos.

La reacción de IU es cautamente ambigua. Los resultados electorales recientes y el sentido común indican que la federación ha sido el principal caladero de votos de Podemos. De ahí esa actitud ambivalente de sí pero no, somos lo mismo pero no somos lo mismo y otros sofismas que no dejan mucha salida a ninguno de los dos porque tampoco Podemos puede permitirse ir a una alianza con una fuerza tradicionalmente perdedora y ahora debilitada precisamente por su presencia. Es una situación cruel, pero no tiene otra salida que la hegemonía de Podemos à tout hazard.

Porque, efectivamente, contra pronósticos, Podemos supone una alteración sustancial del sistema político. Al día siguiente de las elecciones europeas (que hicieron trizas la autoestima de los sondeos) hubo una cascada de dimisiones en otros partidos y fuerzas; hubo primarias, secundarias, terciarias y hasta tercianas. Incluso ha amanecido un proyecto de reforma de la Ley Electoral General, dentro de un plan pomposamente llamado de "regeneración democrática". Lo suficiente para que, al margen de consideraciones más o menos coyunturales, se intente un análisis, siempre provisional, pero imparcial del fenómeno. Confieso de antemano que mi imparcialidad es compatible con mi simpatía por el movimiento y sus dirigentes, a algunos de los cuales conozco personalmente y de los que me siento cercano, especialmente Iglesias, Errejón o Urbán.

Podemos tiene una faceta inmediata, práctica, contingente. A ocho años de una crisis sistémica, aguda y que parece no tener fin; a tres años de un gobierno especialmente antipopular, autoritario y corrupto de la derecha; con una sociedad civil desmoralizada, después de una experiencia de fracaso del último gobierno de Zapatero, el terreno estaba baldío pero en barbecho. La aparición de un movimiento nuevo, fresco, joven, sin vínculos con el oscuro pasado, dirigido por una personalidad fuertemente carismática, popularizada en los medios de comunicación, viralizada en las redes sociales, iconografiada ya hasta en videojuegos, tenía que despertar una oleada de simpatía popular, adhesión y, por supuesto, esperanza. Porque todo eso se da en un contexto social caracterizado por un paro juvenil masivo que hace hablar de una "juventud sin futuro", una contradicción en los términos porque la juventud es el futuro.

Pero Podemos tiene una faceta mediata, de más peso teórico, menos transitorio. Tiempo habrá de estudiar hasta qué punto el movimiento se fragua en las asambleas del 15-M, pero la relación entre ambos, 15-M y Podemos es evidente. Es más, hasta cabe decir que esta fuerza es la forma que adquiere el debate algo atascado en el 15-M, acerca de cómo alcanzar eficacia en la acción política, si manteniendo la asamblea u organizándose en partido. De ahí que Podemos tenga todavía pendiente esta cuestión organizativa, que ya se verá cómo se soluciona. 

Al margen de ello, sin embargo, sí parece claro que la organización de los círculos acepta el principio democrático de que al poder se llega ganando elecciones. Eso del neobolchevismo es un golpe bajo. Ahora bien, las elecciones tienen unas condiciones, unos requisitos, formales y materiales que, de siempre, han sido fuerte escollo para las aspiraciones de las izquierdas en todo el mundo. El primero de todos, dictado por la experiencia, es que en las sociedades occidentales (a falta de nombre mejor) la mayoría, que es lo que se precisa para ganar, es centrista. Las opciones, en consecuencia, moderan su lenguaje y sus programas para no verse arrinconadas. Ahí tiene poca cabida la disyuntiva crasa izquierda-derecha que, sin embargo, sigue siendo real, de forma que se multiplican las anfibologías, los eufemismos: clases medias, los de arriba y los de abajo, etc.

Hay más, mucho más en los procesos electorales (listas, escutinios, etc), pero nos quedamos con la cuestión esencial: cómo obtener la mayoría electoral para una opción de izquierda hoy. Hay dos pasos: a) coalición de la izquierda (preelectoral o postelectoral) en sentido estricto; b) coalición de la izquierda en sentido amplio. 

Respecto a a) no es exagerado decir que Podemos se perfila como el eje en torno al cual quizá pueda fraguar una unidad de la izquierda. Si frentista o no es cosa de terminología. El problema no es terminológico, sino de contenido. Se trata de saber si las demás izquierdas, IU y sus constelaciones, aceptarán formar parte de una alianza hegemonizada, quieran o no, por Podemos. Doy por supuesto que esta coalición por sí sola no daría el gobierno a esta unión de la izquierda. Si no fuera así y se la diera, podríamos ahorrarnos considerar el paso b).

Respecto a b) y en el supuesto de que a) salga adelante. Se trata de saber si en la coalición entra o no el PSOE y cómo. Cuestión la más peliaguda por las murallas de reticencias por todas partes. Según unos, es pronto para decidir y conviene esperar los resultados de las municipales de mayo de 2015 y ver cuáles son los del PSOE. Si este va en una senda de pasokización o si mantiene su segundo (y puede que hasta primero) puesto en la dualidad de partidos dinásticos. Desde luego, las proporciones que se decanten serán decisivas para las opciones que adopten los dirigentes. Y es probable que, al final, la decisión recaiga sobre Podemos y el PSOE ex-aequo.  

Y aquí es donde hay que pensar si la sociedad española se merece otros cuatro años de gobierno de esta derecha.