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miércoles, 26 de julio de 2017

Llegan los intelectuales

Aquí mi artículo de hoy en elmón.cat, titulado La torre de marfil, las barricadas y las cloacas, a propósito del reciente manifiesto de doscientos intelectuales y artistas catalanes en contra del referéndum. No tengo nada en contra de los manifiestos. Al contrario, soy muy partidario de ellos. Contribuyen a animar y clarificar los debates, a saber en dónde está cada cual y qué razones se esgrimen. En el caso catalán llama la atención que, de momento, solo se hayan producido reacciones de intelectuales en contra del referéndum. No las hay a favor. Y mucho menos a favor del referéndum catalán firmados por intelectuales españoles. El artículo de elMón.cat trata de buscar alguna explicación a esta curiosa ausencia.

Aquí, la versión castellana:

La torre de marfil, las barricadas y las cloacas

Hemos entrado en la fase de la guerra de los manifiestos. Menudean los obuses de papel de abajofirmantes, las declaraciones en los aparatos mediáticos del régimen en contra del referéndum. Se mide y pesa la autoridad de las firmas y se espera que estas arrastren voluntades entre los lectores. La torre de marfil tiene troneras y desde ellas se defiende la posición unionista en España. Para encontrar gente de igual o superior peso hay que mirar al extranjero, en donde firman los partidarios del referéndum catalán. En España, ni los de la extrema izquierda.

Es parte del frente propagandístico-mediático de un conflicto que, de ser considerado un falso problema creado por una elite privilegiada y corrupta, ha pasado a ser la cuestión prioritaria en todos los aspectos de la vida colectiva hoy en España. Y es lógico. ¿Por qué iba a serlo en los campos político, económico, social, institucional o mediático y no también en el artístico, literario, musical y hasta religioso?

Los combatientes ocupan sus puestos. La torre de marfil apunta a las barricadas. Y ahí se encuentra con una respuesta contundente. Las posiciones ideológicas son minoritarias, inevitablemente elitistas y confían su fuerza a la calidad de sus nombres. Las otras son anónimas, pero muy nutridas con un movimiento social permanente, constante y prolongado en el tiempo. Las barricadas son la revolución; los manifiestos elitistas, la contrarrevolución. Paradojas de unas biografías previsibles.

Las posiciones ideológicas de los manifiestos se orientan a convencer a las masas anónimas que nutren el movimiento social. La calidad trata de arrastrar a la cantidad porque reconoce que, en el asunto concreto de que se trata (quién esté legitimado para decidir), la cantidad es el argumento definitivo. La cuestión de si es la cantidad española o la catalana no es secundaria pero no hace aquí al caso. Al caso hace la cantidad como criterio. La barricada y la revolución frente a la torre de marfil con troneras.

Interesante es, al tiempo, que esa defensa ideológica del unionismo se haga paralelamente a una realidad institucional, material, una acción del Estado que niega en la práctica lo que las elites predican en la teoría. “El Estado de derecho también se defiende en las cloacas” dijo en cierta memorable ocasión Felipe González. Y es cierto pero, a continuación, es preciso aclarar cómo se defiende: si haciendo más efectivas las cloacas o sea más sucia la guerra sucia, o acabando con ella.

Ahí es donde debe medirse el valor de estos manifiestos que intervienen en un conflicto, que empiezan por negar toda equidistancia. Y a fe que es cierto pues solo atacan a uno de los bandos, el independentista, sin considerar siquiera la posibilidad de que este sea en buena medida una respuesta a una actitud persecutoria, ilegal, arbitraria del Estado cuya última manifestación es la guerra sucia del gobierno contra él.

La guerra sucia sitúa el conflicto en un terreno muy resbaladizo. Si los encargados de velar por la seguridad de todos, incluidos los independentistas, recurren a procedimientos delictivos, nadie puede estar seguro. Ni los que firman manifiestos. Y estos acaban, quizá, justificando la injusticia cosa que, es de suponer, está fuera de sus genuinos propósitos.

Con un ejemplo se aclara el asunto. Entre quienes se han manifestado contra el independentismo se ha manejado la idea y esperanza de que se rompa la “espiral del silencio” en Cataluña. Dando por supuesto que se trata de la teoría de Noelle-Neumann y que tomamos las precauciones adecuadas a la evolución ideológica de la autora, la pregunta es: ¿han intentado aplicar la teoría a la opinión española? ¿Han comprobado si hay en España espiral del silencio respecto al independentismo catalán? De haberla, ¿han hecho una comparativa con la de Cataluña?

Isabel Coixet dice que no ser idependentista no te convierte en fascista. Por supuesto. Y serlo tampoco te hace nazi. Pero hay una diferencia que no puede pasarse por alto: quienes llaman “fascista” a Coixet no lo son ni lo han sido nunca; quienes llaman “nazis” a los independentistas, si no lo son ahora, lo fueron. Como Noelle-Neumann.

Conviene saber con quién está cada cual.

miércoles, 22 de marzo de 2017

Los nenúfares y los intelectuales progres

Uno de los trozos más profundos y conmovedores de El cuento de nunca acabar, de Martín Gaite, se titula "Divagación en torno a los nenúfares" y arranca con la conocida (seguramente apócrifa) anécdota de Miguel de Unamuno y Amado Nervo sobre los nenúfares que este menciona en su poesía. El relato desvela alguna de las claves más íntimas de esta íntima escritora y toma pie en un encuentro con un antiguo amigo, profesor cuyo embeleso con la gramática generativa chomskyana, muy de moda por entonces, trae a la autora el recuerdo de los nenúfares de Unamuno/Nervo y le inspira este trozo final que Palinuro reproduce con enorme admiración:

"La mayor parte de los 'intelectuales' -palabreja a la que, dicho sea de paso, tengo gran antipatía- plagan sus discursos de nenúfares. En nenúfares se convierten, pongo por ejemplo, la libertad, la condición de la mujer o la justicia social para quien al mismo tiempo que elabora peroratas más o menos brillantes sobre dichos asuntos, no se entera de que está tiranizando a los demás, es incapaz de hacer un esfuerzo para hacerle la vida agradable a la mujer concreta que tiene a su lado o no ve en la miseria y necesidad de los seres con cara y ojos de su más próximo entorno sino una inoportuna interrupción que obstaculiza su carrera magistral de redentor del género humano. Nenúfares son todas las abstracciones en letra mayúscula que tanto impresionan lanzadas desde el Parlamento, la cátedra, la televisión o la letra impresa, pero que a nadie le cuentan nada que pueda traer al recuerdo para sentirse confortado en el callejón sin salida de sus noches de insomnio, nenúfares los pretextos en nombre de los cuales se emprende una guerra para redimir a una humanidad cuyos miembros no se vacila en dejar sangrientamente diezmados; nenúfares la paz, la dignidad, la comunicación y el amor; nenúfares muertos, sapos disecados sobre el manto de tan solemnes predicadores." (El cuento de nunca acabar)

Carmen Martín Gaite murió el 23 de julio de 2000.

La imagen es un dibujo a lápiz (2014) de Alexandra Pociello bajo licencia de Creative Commons.

jueves, 2 de junio de 2016

Hitler siempre a mano

Hace un par de días, Joan B. Culla publicaba un interesante artículo titulado Barruts y farsants, algo así como "desvergonzados y farsantes" en el que se refiere a esos intelectuales nacionalistas españoles, con acceso a los más importantes medios de comunicación en los que publican artículos arrogantes, dogmáticos, irrespetuosos, incluso insultantes con quienes no coinciden con ellos. Lo que más criticable le parece a Culla es que estos intelectuales tengan intensos compromisos partidistas, pero no suelan hacerlos explícitos y, por el contrario, pretendan estar argumentando desde una posición de falsa objetividad, cual si sus argumentos de partido fueran la conclusión de sus imparciales observaciones como estudiosos, lo que, en opinión de Culla, es un impostura. 

El autor se refiere a dos conocidos intelectuales, el jurista Francesc de Carreras y el filósofo Fernando Savater, los dos con acceso frecuente a El País, en el que suelen publicar sus artículos sobre cuestiones muy controvertidas de la actulidad política y generalmente sin hacer referencia a sus respectivos vínculos partidistas. Cuando menos en el caso de Francesc de Carreras porque de Savater es bastante más conocido que es el intelectual orgánico de UPD y que se ha presentado como candidato al Senado y al Congreso por ese partido. En el caso de De Carreras, su estrecha vinculación con el partido Ciudadanos es menos conocida pero no menos intensa. Es uno de sus fundadores y más fieles apoyos desde el año 2007. Sin embargo, en ningún momento advierte De Carreras al lector sobre este extremo, cosa que Culla considera tramposa.

Curiosamente, ayer mismo aparecía un artículo del citado De Carreras en El País titulado La singularidad catalana en el que equipara a Artur Mas con Hitler. No sé qué grado de familiaridad tiene De Carreras con internet y me parece extraño que ignore lo que viene conociéndose como la ley de Godwin, una de cuyas versiones es que, cuando en un debate alguien menciona a Hitler, el debate se acaba. Ser un intelectual y entrar en un debate para aniquilarlo me parece un contrasentido.

Comparar a Artur Mas y, en general, a los independentistas catalanes con los nazis no es algo infrecuente en las diatribas de las derechas españolas más reaccionarias que, además, tienen escaso sentido del ridículo si se piensa en que el general Franco, cuya dictadura aquellas no condenan, llegó al poder gracias precisamente a Hitler. Pero uno no esperaría ver este lamentable recurso en la pluma de un respetable académico.

Aunque, si bien se mira quizá no sea tan estrafalario. ¿No es Rivera, el líder del partido al que apoya De Carreras quien afirma que las dictaduras "no tienen libertad, pero tienen cierta paz y orden"?

Pues eso mismo.

sábado, 2 de mayo de 2015

Una cuestión de perspectiva.

En antropología, psicología, sociología, política y demás ciencias sociales, los observadores rigurosos aclaran siempre antes de nada cuáles de sus conclusiones vienen de una perspectiva emic y cuáles de una etic. El espíritu científico y la honradez intelectual ordenan avisar de si se explican los hechos desde un enfoque interno al grupo observado, siguiendo sus pautas, criterios y categorías o si se hace desde uno ajeno, el del propio observador, con sus pautas, criterios y categorías analíticas. Una cosa es dar por bueno lo que los interesados dicen de sí mismos y otra muy distinta aplicar criterios analíticos exteriores. Mezclar los dos enfoques, que es lo que hacen muchos analistas en parte por desconocimiento y en parte por mala fe, suele producir un relato amañado, falso, interesado, inútil. Por eso es tan fácil saber de antemano lo que va a decir en cada momento el 99% de los tertulianos, porque mezclan descaradamente ambas perspectivas para elaborar una narración que les convenga y por la que les paguen.

Por supuesto, la mentira y la falsedad que rezuman los programas de debates no son sino el vicio más evidente de este espectáculo que pasa por comunicación e información. Hay problemas más serios como el de la función de la ideología a la hora de adoptar una perspectiva emic o etic, pero esto ya se sale del post. Aquí basta con averiguar si, cuando se dice estar haciendo observación emic o etic, se dice la verdad o, como suele pasar, se esta mintiendo como un bellaco.

La crisis actual de Podemos puede y debe analizarse desde las dos perspectivas, sin hacer las habituales trampas de presumir conocimientos privilegiados o estar en posesión de fórmulas mágicas que garantizan la certeza del juicio.

Desde la perspectiva etic, Podemos es un partido político como todos, con sus peculiaridades. La primera es que se presenta como uno abierto que todo lo hace en público, coram populo, a tal extremo que quiere dar publicidad y airear hasta las negociaciones sobre la investidura de Susana Díaz en Andalucía, algo que recuerda el compromiso bolchevique de acabar con las clausulas secretas en los tratados internacionales hasta que empezó a establecer las suyas. Su espíritu es contestatario, nacido en el 15M, empodera a la gente, sus decisiones se toman en asambleas y vienen de abajo arriba. Y todos los puestos se cubren mediante primarias con amplísima participación de los militantes. De acuerdo con los análisis de partidos al uso, trátase pues, de un partido clásico que hace consecuente realidad el mandato de que su funcionamiento interno sea democrático.

El deseo de televisar las negociaciones de investidura puede parecer muy razonable a quienes dispongan de tiempo y humor para contemplar por la tele horas de negociaciones entre fuerzas políticas distintas y encontrarles algún tipo de interés, pero es obvio que chocará con otras fuerzas políticas que prefieran negociar a puerta cerrada con el mismo derecho con que los de Podemos quieren hacerlo en público. Y no se ve cómo los representantes del 12% de los votos van imponer su criterio al 88% restante salvo a la fuerza y no parece haya posibilidad.

En cuanto al espontaneísmo, asamblearismo, abajo-arriba, transparencia y publicidad, el episodio de la dimisión de Monedero hace picadillo la imagen que el partido ha querido proyectar. Lo que se ha visto ha sido una organización monolítica, cerrada sobre sí misma, que no facilita información sobre sus procesos o controversias internas, que no se abre al escrutinio público, en la que rige una disciplina férrea de esa de tradición bolchevique. Una mera discrepancia que venia cociéndose semanas atrás, pero siempre celosamente guardada, aireada en los medios, ha dado con el discrepante en la calle, habiéndole aceptado Pablo Iglesias la dimisión que a saber si la presentó motu proprio o se vio forzado a hacerlo. Pero está claro: es Iglesias quien toma la decisión, quien acepta (hay que fastidiarse) la dimisión de Monedero. No es una decisión colectiva del triunvirato, ni siquiera del duumvirato restante. Errejón puede haber sido el catalizador de la decisión, pero no pinta nada en ella.

Así que el triunvirato es ahora un duumvirato. Y no parece probable que vuelva a ser triunvirato porque habría que incorporar a Carolina Bescansa, con lo cual ya no sería triunvirato en sentido estricto y, además, en Podemos hay tanta simpatía hacia la igualdad de género como entre sus amigos de Syriza. O sea, ninguna. Basta con ver la composición de sus órganos directivos.

Pero, admitido, esto pertenece ya a la perspectiva emic y no hay que hacer trampa. En la perspectiva emic, esto es, el modo en que, desde dentro, se ha abordado, explicado y justificado la baja del secretario del programa político, hay numerosas manifestaciones que, debidamente analizadas en sus mismas coordenadas, nos dan una imagen interesante de esta organización. El propio Iglesias, al tiempo que aceptaba la dimisión de Monedero, descontaba que esta fuera a restar votos a Podemos. El pragmatismo mal entendido, descarnado, del aficionado a Juego de Tronos, tiene estas cosas: con Monedero o sin Monedero, los resultados serán los mismos. O sea, de Monedero puede decirse, como de la filosofía que "es una cosa con la cual y sin la cual, el mundo sigue tal cual". Monedero responde con una carta en su periódico que Ekaizer considera, con cierta razón, propia del culto a la personalidad y la dicha cultivada personalidad responde que Monedero es un intelectual que, como los pájaros, ama la libertad, aunque, si los encarcelan, cantan que es un primor.

La imagen que se quiere trasmitir es clara: el poder de Podemos no es un poder a la vieja usanza, sino a la nueva y, en lugar de enfadarse con sus intelectuales críticos (al fin y al cabo, ¿se puede ser intelectual sin ser crítico?), los deja en libertad, a diferencia del tirano Dionisio de Siracusa, para que vuelen. De acuerdo, pero ¿no era este un partido en el que todos eran intelectuales, hombres de partido e intelectuales? ¿No ha escrito un par de libros el propio Iglesias y no está siempre refiriéndose a sus profundidades teóricas? Así es. Forma parte del síndrome de Iglesias, que aspira a ser el hombre de las mil caras: dirigente político, intelectual, caudillo,  showman...

El caudillo sigue su estrella y su destino mientras el intelectual incómodo estará ya pergeñando las primeras cuartillas de un orteguiano "no es esto, no es esto". Suerte tiene de que su gran amigo no haya llegado al poder como a él le gustaría. De haberlo conseguido estaría ahora quizá escribiendo otra cosa, un El cero y el infinito.

La perspectiva emic de la dirección es muy distinta de la de los camaradas de la base, como pasa siempre con las organizaciones muy jerarquizadas. Aquí se dan muchas variantes y no cabe detenerse en todas. Pero sí en alguna significativa, por ejemplo, los conversos de Podemos. Apenas acaban de instalarse en su correspondiente círculo tras su salida de IU o del PSOE y se encuentran con que, si los sondeos no mienten y los hechos se aceleran, van a quedarse a la luna de Valencia. La reacción más frecuente es la del converso con mando real o imaginario en plaza: aquí no ha pasado nada. ¿Monedero? Sí, claro, pero nadie es imprescindible; Podemos no es Monedero, sino la gente, los círculos, nosotros. Decir que porque se marche un tercio del triunvirato la organización sufre alguna merma solo evidencia lo nerviosos que están los oligarcas y reaccionarios de todo tipo. Tanto que convierten un signo de fortaleza y vigor como la dimisión de Monedero en otro de debilidad e incertidumbre. Cuando lo único que esta crisis muestra es que Podemos está más fuerte que nunca. Es más, ni siquiera hay crisis. ¿Crisis en Podemos? ¿Qué crisis? Amigos: salimos a ganar. Lo dice el jefe.

Volviendo al punto de vista etic, si yo fuera un converso, cosa difícil porque, no creyendo en dios alguno, no puedo cambiar uno por otro, estaría retornando al redil de donde me fui obnubilado por el oropel y el engaño de una fuerza de izquierda que no incurriría en los defectos de siempre del PSOE o del PCE. Sobre todo ahora que ya va quedando claro que Podemos no ha podido con el PSOE. Con IU ya es cosa distinta, pues cuenta con el submarino del paisano de Maimónides.

domingo, 1 de marzo de 2015

A las barricadas.


Las barricadas, hoy, son de cristal. Tienen forma de urnas. Su defensa y asalto se hacen en términos estrictamente discursivos, hablando, cosa que suele darse bien a los intelectuales. La campaña electoral de municipales y autonómicas promete alcanzar niveles nunca vistos. Los intelectuales hacen acto de presencia casi en masa, al menos en la izquierda. El PSOE presenta a un catedrático de Metafísica; IU a uno de Literatura; Podemos no parece tenerlo claro de momento aunque, si no entiendo mal, podría ser Luis Alegre, profesor de Filosofía. Y, en todo caso, en esa organización bullen los profesores e investigadores universitarios. O sea, intelectuales. A Luis García Montero, de IU, lo apoyan otros intelectuales expresamente; casi parece un Parnaso.

En algún sitio he visto un cartel muy ingenioso, imitando uno célebre de Obama; en lugar de este, la efigie de Gabilondo y, como lema, "Yes, we Kant. El lábaro de un metafísico. La referencia recuerda un famoso ensayo sobre filosofía de Ayn Rand, publicado como La filosofía y quién la necesita. En realidad era una lección inaugural de curso de la Academia militar de West Point, allá por los años setenta del siglo pasado. En ella, Rand desengañaba a los cadetes acerca de la estrategia general del mando. El enemigo de los Estados Unidos y, por ende, de la libertad, decía la autora de El manantial, no era el comunismo. Era Kant. Cuando Gabilondo enarbola a Kant prueba la verdad de la predicción. El imperativo categórico es contrario al capitalismo y no digamos al neoliberalismo.

Lo que no tengo claro es si son polémicas que se difundan por los medios. Los intelectuales tienden a la abstracción y las grandes fórmulas. Iglesias se arrancó hablando de asaltar los cielos. Y, al lado de los cielos, ¿qué son unas urnas de cristal? Los intelectuales salen de sus torres de marfil y se implican en los conflictos de la vida práctica.

Pedro Sánchez no se ajusta al patrón. Más parece un joven ejecutivo con dotes de mando y organización. Fondo de intelectual, poco. Pero en torno suyo hay bastantes, aunque desperdigados. Harían bien los socialistas en unificar sus fundaciones en una sola, como hace la derecha con la FAES. La unidad es un factor esencial en la práctica y la teoría políticas. Si no consiguen juntar las taifas fundacionales, creen una, dótenla de medios y pónganla a trabajar, porque les hace falta. Podemos quiere asaltar los cielos a lomos de estudios empíricos, análisis estadísticos, informes de viabilidad, dictámenes de expertos. Oponerse a eso con vaguedades no es prometedor.

Son, pues, dos tipos de intelectuales: los de la antigua usanza, más ideológicos y los de la nueva, más prácticos, más gestores que intelectuales, más managers, por utilizar el término que popularizó en 1941 James Burnham que, a su vez, procedía del movimiento trostkista. En medio está Carmona, candidato del PSOE a la alcaldía de Madrid, un mixtum compositum de sabio profesor, gerente avispado y locuaz tertuliano.
 
Esta efervescencia de ideas, tendencias y propuestas tiene como denominador casi común la idea de unidad. Unir a los intelectuales es tan posible como cuadrar el círculo.
 
La derecha no tiene ese problema. Sus candidatos son siempre políticos profesionales. Y sus intelectuales están aparcados en programas televisivos con títulos como amarillo limón o las pulgas del perro.

miércoles, 26 de noviembre de 2014

Cataluña y los intelectuales españoles.

El nacionalismo ha ido siempre reacio a los partidos. Estos fragmentan la voluntad del pueblo, evidentemente unitaria. Al presentar ayer Mas su plan de independencia en 18 meses, exige una lista única, de personas y no de partidos, de asociaciones cívicas. Un movimiento, vamos; un movimiento nacional. Tiene la expresión mala fama, pero no hay otra. Frente a él los votantes de partidos que, por no nacionalistas, son no nacionales. Así se podrá saber de cierto cuántos catalanes quieren la independencia y cuántos no. Y, tomando pie en ese dato, se convocará el famoso referéndum, ese que el gobierno ha prohibido con el catastrófico resultado de que se ha producido pese a todo. Y ahora enlaza con más.

En Cataluña se vive una revolución. Hasta los políticos han acabado por enterarse y hacen lo de siempre en este caso: en el PP, amenazar, prohibir, inducir al enfrentamiento; en el PSOE, gimotear por lo primitivo de las planteamientos para situarse a la vera del PP; en IU, hablar de otras cosas consideradas más importantes; en Podemos, hablar en un sentido y en su contrario casi en el mismo instante. Pero ninguno parece entender el proceso de Cataluña y no por falta de información sino por las anteojeras ideológicas que los llevan a enfrentarse todos con el nacionalismo catalán dando por supuesto que ellos no son nacionalistas españoles. Con lo cual no entienden gran cosa.

Sería de utilidad la aportación, siempre presente en nuestra sociedad mediática, de los intelectuales; especialmente de los españoles porque, por el contrario, los catalanes están muy comprometidos y activos tanto los soberanistas como los unionistas. En España, en cambio, hay un silencio llamativo, salvo algún esporádico intento de asociaciones como esa llamada Libres e iguales, de orientación muy conservadora.

Es sobre todo entre los intelectuales de izquierda, progres, liberales, críticos en donde reina un mutismo casi sepulcral. Algún artículo de uvas a peras rezongando sobre los excesos de los catalanistas y poco más. Sin embargo, es imposible no ver que la sociedad española se encuentra en la enésima repetición de su duda sobre el ser de España. Tema apasionante para los intelectuales y, sin embargo, estos lo silencian. Su compromiso los lleva a involucrarse en actividades políticas, sociales, medioambientales, de género, pero no en conflictos nacionales que cuestionen el marco general en las que las otras se dan y se llama, por nombre abreviado, España. La nación española se presupone incuestionable. A pesar de la importancia de la figura del otro en la filosofía occidental en sus diferentes formulaciones, los intelectuales españoles no le dan cabida en su reflexión. España es única, no hay otra España; o sí la hay, pero se refiere a una división distinta, tradicional, la de las dos Españas, que cruza el eje del conflicto nacional, aunque no claramente.

¿Y por qué el silencio? Como callar es cosa de cada cual, cada cual lo explicará como quiera y pueda. Está bien visto pronunciarse en contra del nacionalismo catalán. El derecho a decidir se niega de plano o, si se admite generosamente es para diluirlo en el derecho a decidir de los españoles. Los derechos de secesión e independencia ni se mencionan pues no se consideran derechos. Los intelectuales españoles son antes que nada españoles y no alcanzan a constituirse en nación precisamente porque no hay una cultura nacional, como dice un intelectual, Suso de Toro, que sí habla, pero no como español. Los intelectuales no han sabido crearla y ahora quizá sea ya demasiado tarde cuando una de las partes sí ha desarrollado una potente cultura nacional que circula por las venas de ese movimiento popular y la otra no.
 
¡Ah, los intelectuales! En un momento crucial de su país, con el Reino a punto de partirse y romper una tradición de quinientos años,  con un nombre, España, que deberá buscar una nueva justificación, ¿en dónde están?
 
 Ubi sunt?
 
 Where are all the flowers gone?

domingo, 4 de noviembre de 2012

Quedarse sin país

Dos escritos de abajofirmantes, uno catalán y otro madrileño, creo, toman posición frente al repentino independentismo catalán. Así lo celebra alborozado El País que, como todo el país, anda muy preocupado últimamente con ese avenate separatista de parte de la derecha catalana. De la izquierda, ya se sabe, puede esperarse todo. Así que, muy ufano, el diario titula: Intelectuales y profesionales salen al paso de la oleada soberanista de Mas. Eso es, a plantar cara a este dirigente que parece haber reorientado el rumbo a zonas fora portas.
Lo tiene muy crudo Mas con su apuesta. Porque aunque, al parecer, CiU no incluye el término independencia en su programa electoral (cosa que tampoco quiere decir mucho, visto cómo tratan los españoles los tales programas), está latente en todas las intervenciones de Mas y explícita, desde luego la fórmula de la consulta ciudadana. A la contra, el nacionalismo español ha movido Roma con Santiago y nunca mejor dicho. Sobre todo desde que los obispos catalanes decidieran y sin avisar considerarse más catalanes que obispos. Así no ha dejado palillo por tocar o amenaza por proferir. Ha sido un aluvión: la Guardia Civil pasará el Ebro, Cataluña no puede decidir por sí sola, para algo está el Tribunal Constitucional y, si los catalanes se van también lo harán de la Unión Europea. Rajoy, que empezó llamando algarabía al salto nacionalista habla ahora como el oráculo de Delfos: CiU plantea futuros imposibles; forma elegante de decir que no habrá independencia de ningún modo. Pérez Rubalcaba suscribe el fondo de la negación de Rajoy y por idénticos motivos aunque suaviza la actitud apuntando a un federalismo que acaba de retornar del reino de los muertos y en el que nadie cree mucho. Los empresarios echan las muelas porque diz que van a perder negocio y, por fin, para acumular los males, el propio socio de Mas, el caballero Durán i Lleida, le propina una refinada estocada democristiana en los ijares al avisar de que para la independencia que no cuenten con él. Lo ha vestido de sondeo de cocina casera afirmando que no hay mayoría suficiente para la independencia en Cataluña. Desde luego, Mas lo tiene crudo.
El nacionalismo español ha respondido con una celeridad, una agresividad y una desmesura que da que pensar. Obviamente no es una respuesta política. Tiene mucho de visceral, de irracional (como también lo tienen los discursos independentistas), de ex abrupto. Todas las propuestas parten del principio de que no es admisible la independencia de Cataluña. Una posibilidad negada de antemano en virtud de la historia, del estatus quo y de las generaciones futuras. Da la impresión de que lo que subyace en ese atropellado frente del "no" es el miedo. El miedo a quedarse sin país, sin patria, que es como quedarse sin madre pero en falso, aunque ampuloso.
Por eso El País saluda la llegada de los refuerzos de los dos manifiestos. Pero no puede ocultar que ambos textos, al menos según el mismo diario dice, reconocen que si, a pesar de que ellos estén contra la independencia, la mayoría de los catalanes la quiere, habrá que hacer algo, buscar una solución. Y hasta parece que ambos admiten la celebración de un referéndum.
Pero es que esta es precisamente la cuestión, señores míos, el derecho a celebrar esa consulta y en qué forma. Eso es lo que los independentistas quieren y lo que el nacionalismo español niega. La batalla no es sobre si independencia sí o no, aunque ese es el terreno en el que el nacionalismo español pretende que se dirima la cuestión; la batalla es si referéndum sí o no. Y, siendo esta la batalla, no está claro que los manifiestos respalden el nacionalismo español, sino que parecen respaldar los dos nacionalismos. Suele suceder con los intelectuales.

viernes, 8 de octubre de 2010

Es un tipo macanudo.

Alharaca nacional y no por nimio motivo. Vargas Llosa empequeñece la reciente hazaña de la Roja. La literatura como suceso mediático. Y ¡qué literatura! Depurada, elegante, apasionada, autobiográfica, costumbrista, histórica, psicológica; con todos los recursos de perspectiva, tiempos, narradores; con un estilo templado, clásico, que encierra todas las formas de expresión desde las descripciones pastorales hasta las turbulencias morales dostoievskianas. Una literatura que comprende todas las literaturas, una literatura que desborda todos los moldes tras haberlos empleado magistralmente y que es ella misma un mundo, el del autor, quien lo ha ido exponiendo a lo largo de su obra ante la atónita mirada de sus lectores con una inigualable profundidad humana y tan sin afectación, engolamiento ni endiosamiento que, sumo misterio del arte, parece fácil de hacer, con esa graciosa facilidad que desprende el siempre sutil toque del genio.

Los llamados "fenómenos mediáticos", excepción hecha de los deportivos que, como las danzas de la lluvia, tienen una función latente más importante que la manifiesta, suelen tomar pie en los estratos más oscuros y elementales de la conciencia colectiva. Por eso es magnífico que el país aclame y aplauda a un intelectual de compleja versatilidad, a un novelista en clave mayor. Conversación en La Catedral, con esa resonancia de Elliot, una novela que recrea un país, el Perú y una época, la dictadura de Odría y, con ellos, al conjunto de Hispanoamérica tiene más de setecientas páginas. Mayor al estilo de Tolstoi o, mejor, de Victor Hugo, sobre cuyos Miserables ha publicado un gran ensayo. Y lo aclama y con el país toda América Latina porque lo conoce, lo ha seguido a lo largo de sus peripecias vitales, cuando no en la realidad real, sí en la realidad poética. Esa obra increíble de La tía Julia y el escribidor narra su vivencia personal que ya era suficientemente atípica; atípica para el común de los mortales pero muy típica en él pues, tras divorciarse de su tía se casó con su prima. Qué no me digan que no hay ahí una ambigüedad remotamente incestuosa o, por lo menos, clánica. Y algo tendrá esto que ver también con las difíciles, kafkianas, relaciones de Vargas hijo con Vargas padre. Estas cosas y otras también muy personales hacen que el tipo sea muy popular en el mundo hispanohablante. Y que sea popular un hombre tan genial, tan creador, tan profundo, es un orgullo.

Porque ¿quién no ha leído algún libro de Vargas Llosa, un flaubertiano de exuberancia dumasiana o balzaquiana? Los que no lo hayan hecho probablemente se cuenten entre quienes nunca leen un libro; que los hay y son muchos. Y aun estos saben quién es el personaje porque lo han leído o lo han visto en la prensa, como autor o como noticia o en la televisión con motivo de sus muchos premios, o en el teatro también como intérprete de su propio personaje, Odiseo, tenía que ser para un culo de tan mal asiento, si no en Mérida que es lugar difícil de alcanzar, sí en la ubicua TV. Vargas Llosa debe de ser uno de los nombres más familiares de la cultura hispánica, alguien sobre el que todos los juntaletras de ambos hemisferios tenemos algo que decir, magnífico pretexto para hablar de nosotros mismos.

Recuerdo haber topado con La ciudad y los perros unos años después de su publicación, en 1968, junto con Cien años de soledad un tiempo después de haber leído Rayuela. Era el famoso boom latinoamericano que luego se convirtió en catarata, en feraz floración como si él mismo fuera un producto del universo mágico que describía. Y, al igual todo el mundo que conocía, quedé tan impresionado que imitaba servilmente el estilo en mi correspondencia, como si estuviera mesmerizado. Realmente, las Américas nos habían sorbido el seso, como las novelas de caballería a Alonso Quijano: la del Norte, primero con la generación perdida y luego con los beat que fue la que nos echó a la carretera y la del Sur con el famoso boom. Pero La ciudad y los perros era más que el boom, pertenecía a la realidad en su forma más cruda, un internado militar que evocaba el duro mundo de los Gymnasien alemanes que muchos teníamos en algún lugar de la memoria colectiva familiar y así estaba en una corriente mucho más amplia, la de los Bildungsromane, como "los años de aprendizaje del Joven Törless", por ejemplo, algo que impresiona mucho cuando se está cercano a la edad de los personajes porque es el amanecer de la vida, allí en donde te formas como persona, algo por lo que todos pasamos y razón por la cual viene bien tener un ejemplo a mano.

Dice al parecer el premiado que espera que le hayan dado el Nobel por su obra antes que por sus opiniones políticas. Lo cual demuestra que el hombre es verdaderamente macanudo porque las opiniones políticas que profesa, el neoliberalismo, normalmente se manifiestan de forma muy arrogante. Que no es su caso, primero porque es un neoliberalismo moderado y matizado con una sensibilidad de artista preocupado por las injusticias sociales de todo tipo; segundo porque, aunque él realmente creyera lo que dice y no lo dijera sólo por modestia, sus opiniones son determinantes de su obra, de toda su obra. ¿Qué diantres es La guerra del fin del mundo sino una profunda reflexión filosófica sobre la irracionalidad del comportamiento humano? Una trova. ¿O La fiesta del chivo, la recreación de una sociedad y unas relaciones humanas durante la dictadura de Trujillo y después de su asesinato con un entrelazamiento literario que implica una reflexión sobre todo, sobre la dictadura y sobre el tiranicidio y sus consecuencias?

Esto de las opiniones políticas de Vargas Llosa tiene varias facetas. La que más escuece a la izquierda radical es la crítica feroz del novelista a Cuba y Venezuela. Me parece, sin embargo, una crítica muy sensata y realista y estos países harían bien en prestarle oídos en lugar de rechazarla de plano por ser reaccionaria, proimperialista, antirrevolucionaria, etc. Las otras ideas políticas de Vargas Llosa, el neoliberalismo moderado, presidido por una concepción moral de la acción política, tienen el valor añadido de que el tipo ha descendido a la arena política, a pelearlas en el orden práctico, en aplicación de la undécima Tesis sobre Feuerbach, de Marx. ¿No había comenzado el joven Mario militando en el Partido Comunista? No es lo mismo exponer la propia doctrina política en tertulias y papeles, que es lo que suelen hacer los intelectuales, que batirse el cobre en unas elecciones y nuestro hombre se presentó candidato a la presidencia del Perú en 1990 por un partido del centro-derecha. El hecho de que lo venciera en la pugna Alberto Fujimori, presentado con el lema populista de un político que iba acabar con la política (como las guerras dicen querer acabar con las guerras), es una especie de alegoría del sentido de la época. Vargas Llosa se convirtió en el principal crítico de Fujimori y, unos años después, se nacionalizó español. Hoy es Nobel de literatura y Fujimori está en la cárcel. Nada más. Si acaso una reflexión sobre los caprichos del destino: hubiera sido elegido y quizá no hubiera conseguido el Nobel.

Los opiniones políticas de Vargas Llosa son una versión conservadora del humanismo clásico revestido de liberalismo. La versión extrema de ese neoliberalismo es la que profesa su hijo, Álvaro Vargas Llosa, coautor de un bodrio llamado Manual del perfecto idiota latinoamericano al que su bondadoso padre puso un prólogo que demuestra cómo hasta los genios faltan al viejo adagio de si se es más amigo de Platón que de la verdad. Porque Mario Vargas no puede ignorar la pobreza intelectual del manualito, especie de sarta de vulgaridades sobre la teoría y la práctica de la izquierda, psicosociología barata a modo de libro de autoayuda. Pero el prologuista es padre, al fin y al cabo y, con la mejor voluntad del mundo, ayuda a su retoño a perderse sólo en una lucha estúpida por los principios incapaz de comprender, como Pantaleón en lo más profundo de la Amazonia, que a veces haya que traicionarlos para ser consecuente con ellos. Eso es lo que lo convierte en macanudo.

Dicho sea sin contar con que, opiniones o no opiniones, se ha metido en los avisperos contemporáneos más agitados, sin cejar en sus ideas, recientemente en Palestina y en el Congo, a donde ha ido en busca del Corazón de las tinieblas, como Coppola en el cine y, según parece, su última novela, a punto de salir, es una consecuencia de esa especie de fascinación por el mal que late en el conjunto de la experiencia. Un hombre que investiga en el mundo que lo rodea, que trata de comprender los grandes conflictos humanos en todas latitudes y culturas con independencia de sus idiosincrasias porque, como buen liberal, cree en el carácter racional y universal de los principios morales del individualismo, un hombre así es macanudo.

Y ¡qué contento se ha puesto con el premio! Lo confiesa con una ingenuidad que desarma. Todos sabemos que el Nobel de Literatura está lleno de historias dramáticas, como el hecho de que nunca se lo dieran a Borges, candidato sempiterno, o emocionantes, como el de que Jean-Paul Sartre lo rechazara, algo que nadie más ha hecho, ni siquiera Harold Pinter quien, sin embargo, pronunció un alegato incendiario contra el orden social del que el Nobel es pieza importante de legitimación. Amenazaba la de que Vargas Llosa seguiría los pasos de Borges; al fin y al cabo ya lo había obtenido su alter ego antagonista, García Márquez. Dárselo ha sido la reparación de una injusticia histórica porque Vargas Llosa y García Márquez no tienen nada que ver, como no tienen nada que ver en sus opiniones políticas. Y aun coincidiendo con ellas, tengo la impresión de que las de García Márquez son menos genuinas que las de Vargas Llosa.

domingo, 20 de septiembre de 2009

Loa a la independencia.

Ha fallecido Irving Kristol, fundador del neoconservadurismo estadounidense, uno de los movimientos intelectuales más interesantes del siglo XX que luego, cual suele suceder con las doctrinas filosóficas cuando encarnan en la realidad práctica, se ha convertido en un credo para una mezcla de imbéciles y asesinos que, en su momento culminante (desde los tres de las Azores hasta el hundimiento de Lehman Brothers) ha estado a punto de destruir el sistema social y económico que dice defender, el capitalismo. (N.B.: el neoconservadurismo suele confundirse con el neoliberalismo. En sentido estricto no son lo mismo pero su uso indistinto en los medios de comunicación tampoco es tan disparatado). Kristol (no confundir con William Kristol, hijo suyo y también seguidor de la doctrina de segunda generación) fue el primero en aceptar la etiqueta de "neoconservador" que había acuñado con ánimo crítico Michael Harrington, un socialista democrático que, sin embargo, como trataré de probar en esta nota necrológica, tenía mucho que ver con su espíritu.

Irving Kristol, un hijo de inmigrantes judíos centroeuropeos nacido en Brooklyn sintetiza en su persona los rasgos característicos de la generación de intelectuales radicales neoyorquinos (bastantes de ellos, trostkistas) que en los años de 1960 y 1970, rompieron con la izquierda y se orientaron hacia posiciones conservadoras, como Norman Podhoretz, David Horowitz o Nathan Glazer entre otros. Sus curricula son parecidos y muestran diversos momentos en coincidieron o trabajaron juntos: se hacen de izquierda en los años treinta, tienen un momento decisivo en la guerra civil española, sufren su primer desengaño fuerte con el pacto germano-soviético de 1938 (al estilo de otros intelectuales comunistas europeos como Arthur Koestler, Franz Borkenau o Ignazio Silone), evolucionan hacia alguna forma de socialdemocracia ("liberalismo" en los EEUU) y, finalmente, se hacen conservadores a raíz de la revolución del 68, la "Gran Sociedad" y la guerra del Vietnam

Hay dos rasgos formales que, a pesar de mis diferencias profundas en asuntos de contenido, me hacen particularmente atractivos y cercanos a estos pensadores: su invocación de la rebeldía personal y su convicción acerca de la importancia de la lucha de la ideas y la comunicación. En cuanto al primero, confieso que mi coincidencia con ellos es absoluta. Breaking Ranks, de Norman Podhoretz, me parece un libro extraordinario. La historia es simple y consiste en darse cuenta de repente de que, cuando uno se hizo de izquierda en busca de una actitud de independencia de criterio y rebeldía frente a las estupideces y los topicazos de la sociedad burguesa, uno acababa por caer en otra forma de ortodoxia, de reglamento intelectual colectivo, de creencias compartidas, de fe y, lo que es peor: ¡voluntariamente! La sumisión colectiva de la izquierda, especialmente la comunista, es la forma que toma en el siglo XX el discurso de la servidumbre voluntaria de La Boètie. Por eso es necesario reunir energías y romper filas con esa nueva forma de obediencia y sumisión de grado a otro credo con otros dioses y milagros, esta vez, merced al marxismo, "científicos"; invocar el derecho irrestricto del individuo a cuestionar todo sin excepción, la independencia de juicio que sólo puede ser personal. Tal cosa es lo que hicieron estos intelectuales en su momento, como se lee en las Reflections of a Neoconservative: Looking Back, Looking Ahead, de Irving Kristol, también un gran libro.

El segundo punto de contacto está en relación con el primero: los neoconservadores dan una extraordinaria importancia al mundo de las ideas y los debates intelectuales, criterio que comparto con ellos (aunque en sentido distinto) y que probablemente todos hemos bebido de nuestras reflexiones sobre los conceptos gramscianos de hegemonía, bloque, príncipe moderno, etc. De hecho, el movimiento neoconservador se articula en un principio en la vieja tradición de las vanguardias, a través de la acción práctica por medio de revistas y antes de que, al ganar peso social, pasara a controlar el mundo más opaco e inquietante de las fundaciones, los think tanks, etc. Irving Kristol empleó mucho tiempo de su vida editando y fundando revistas (Commentary, Encounter, con Stephen Spender, un inglés, poeta, exbrigadista internacional y hombre fascinante, The Reporter, The Public Interest y, por último, la verdaderamente neoconservadora The National Interest).

Coincidiendo con ellos en estos dos puntos y en algún otro (el libro de Irving Kristol Two Cheers for Capitalism quizá sea una de las defensas más inteligentes, brillantes y convincentes del capitalismo que se hayan escrito, junto a las de Ayn Rand y George Gilder), difiero mucho de sus conclusiones. El relato que el propio Kristol hace de las influencias intelectuales que reconoce en su vida en Neoconservatism: the autobiography of an Idea, básicamente Leo Strauss y Lionel Trilling, a quienes cabe añadir a George Orwell o James Burnham, muestra a las claras a qué horizonte lleva su pensamiento: criticismo, postulación de valores, sana desconfianza burkeana frente a las falacias ideológicas de todo tipo, algo que suscribo con igual decisión y optimismo. Lo que no acepto es que esos valores hayan de ser los de la religión, la patria, la familia en el más angosto y mezquino espíritu burgués; el orden establecido, la explotación capitalista, la desigualdad, la negación del Estado del bienestar, la intervención imperial exterior, la conservación del statu quo internacional (nada en el mundo podrá lavar la ignominia de los neoconservadores apoyando y alentando el golpe de Estado del genocida Pinochet en 1973) o la defensa de la cristiandad, que me parece tan legítima como la del Islam, o sea, ilegítima desde el punto de vista intelectual. Es decir, me pasa con los neoconservadores como con los comunistas: que me caen simpáticos hasta que triunfan y, a partir de ahí, enfrentamiento total.

Irving Kristol fue un hombre decente, un intelectual clarividente y complejo, un buen escritor, combativo en defensa de sus ideas, que no llegó a hacer su segunda revisión, como sí la hizo en cambio Nathan Glazer, retornando a una visión más humanista, socialdemócrata.

Porque el problema del neoconservadurismo no es la reflexión inicial que lo enfrentó a la hipocresía de una izquierda instalada y ramplona sino, como se decía al principio, las consecuencias prácticas que de ella obtuvieron los seguidores y discípulos de la segunda generación, los Paul Wolfowitz, Robert Kagan o José María Aznar en España, gentes sin aventura, sin rebeldía, sin valor personal, defensores de nuevo y sin coste alguno del orden constituido, el derecho del más fuerte, la guerra, el autoritarismo de la política de seguridad y, en definitiva, el terrorismo del antiterrorismo.

Que la tierra sea leve al judío radical neoyorquino evolucionado en neoconservador Irving Kristol.

(La imagen es una foto de parl, bajo licencia de Creative Commons).

lunes, 5 de enero de 2009

Genealogía de los intelectuales.

Este libro de González Seara (La aventura del intelectual antiguo, CIS, Madrid, 2008, 383 págs.) es una original aportación al estudio de esa figura del intelectual que tanto interesa, en especial a los intelectuales. Habitualmente los estudios sobre este tipo humano arrancan del célebre J'accuse! de Zola y se mueven luego por los terrenos de las vanguardias y las relaciones entre los intelectuales y el compromiso político, los intelectuales como legitimadores del poder o críticos de éste, los intelectuales como conciencia moral de la colectividad, etc. O bien consumen páginas y páginas tratando de formular una definición y alguna clsificación de este fenómeno esencialmente proteico e inclasificable. Como si esta función fuera algo exclusivo de los siglos XIX y XX. González Seara rompe con esa costumbre y, en un estudio minucioso y muy bien documentado, un magnífico ejemplo de eso que se llama la "historia de la cultura", ha ido a buscar los orígenes de la figura del intelectual a la noche de los tiempos, pues lo situa en el paleolítico a través de sus testimonios en las pinturas rupestres de Altamira o Lascaux.

Los hombres de las cuevas son cazadores que se convierten en hombres y no hombres que se ponen a cazar. El lenguaje y la caza presiden el proceso de hominización y, echando mano de los trabajos de Herbert Read que sostiene que el arte es un elemento esencial en el desarrollo de la conciencia humana (p. 36), deduce que esas pinturas rupestres son una buena prueba del ingenio humano, la tercera forma del ingenio en la clasificación de Huarte de San Juan, esto es, el "ingenio superior acompañado de demencia" (pp. 30/31). Las cuevas prueban ya la existencia de los primeros profesionales, magos artistas que, junto al mago médico, quizá sean los hombres especializados originarios (p. 43). El arte del neolítico abre el camino a la escritura (p. 45). Los símbolos llevan ya a las formas superiores de religión y las conquistas de la ciencia (p. 46). Luego del cazador y el chamán llegan el forjador y el alfarero como las formas siguientes de especialistas (p. 57). Con la revolución urbana aparecen las clases, los caudillos, los reyes, las bases mismas del escritor, quien controla la palabra escrita (p. 61).

Avanzada algo más la civilización el escriba es el antecedente del intelectual (p. 71). El primer ejemplar de la clase ociosa es el sacerdote, una profesión distinta a la del profeta que es un tipo más ocasional y carismático (p. 74). Los sacerdotes y los escribas son los primeros intelectuales de lo que Marx llamará el "modo de producción asiático" y Seara hace buen uso de la clásica obra de Wittfogel sobre esta materia. En Egipto el faraón es dios; en Mesopotamia no, pero la institución procede del cielo y en Israel es el pueblo el primer responsable de la monarquía cuando pide un Rey y Samuel unge a Saúl (p. 90). En las culturas del Cercano Oriente aparece una clase de sacerdote y escriba que monopoliza la escritura y establece las bases del sistema dominante. Mientras en Mesopotamia no hubo profetas que cumplieran funciones críticas o revolucionarias y en Egipto sí aparecieron algunos sabios que cuestionaron el orden existente, la función profética fue esencial en Israel y también en el mundo griego, desde Delfos a Eleusis (p. 108). Sin embargo son los sacerdotes y los escribas los que tienen verdadera importancia porque son las figuras de una función duradera, permanente, fundamental en Israel, por ejemplo, en la interpretación de la Torah. La clase se divide en dos grandes sectores, el de los conservadores (saduceos) y el de los innovadores (fariseos) (pp. 123/125), quedando en un lugar más indeterminado el de los esenios, de los que habla Filón de Alejandría, quien constituye el enlace entre la filosofía griega y la doctrina revelada judía p. 133).

Me resulta de especial interés el capítulo dedicado al brahmán y el mandarín, las figuras más orientales de los intelectuales que el autor acierta a exponer en el abigarrado contexto cultural y filosófico de la India y la China. Ya en sus orígenes védicos en la India el Rey aparece siempre acompañado de un consejero, el Purohita, un sacerdote, especie de protointelectual. Las Leyes de Manú que imponen los más horribles castigos para quienes osen ofender en lo más mínimo al brahmán ordenan que cada Rey tenga su Purohita (p. 157). Recoge y expone el autor la idea de Karl Jaspers acerca del tiempo-eje, como ese feliz periodo en la historia de la humanidad (entre el 800 y el 200 a.d.C.) en el que florece el más importante plantel de grandes hombres y fundadores de religiones de la humanidad. La figura más importante en China es la de Confucio, padre de la concepción de la administración encomendada a los letrados (p. 161), seguido de su discípulo Mencio, cuya idea antropológica positiva contrasta con la negativa de Hun-tsé, llamado "el Hobbes chino" (p. 167). Otras escuelas se refieren al pacifismo conservador de Mo Tse o Mo Ti y el taoísmo de Lao Tsé (p. 172). En todo caso, la figura del intelectual chino, prevalezca quien prevalezca, queda simbolizada en la del mandarín (p. 175). En el caso de la India, la primitiva supremacía de los brahmines se consagra con las Brahmanas, comentarios sacerdotales a los Vedas que culminan en los Upanishads que constituyen la expresión de la crisis espiritual de los sacerdotes brahmínicos al combinar la magia con la mitología y las interpretaciones rituales con las enseñanzas sobre la unidad entre el alma individual y la realidad espiritual universal que constituye el descubrimiento fundamental del Vedanta anterior a Buda, cuya culminación se daría mucho después en la obra de Samkara, un filósofo del siglo IX d.d.C (p. 179). Por su lado Buda, un iluminado chatriya de formación védica, se opone a los principios brahmánicos, niega la existencia del brahmán, el atmán del Vedanta y la práctica de los sacrificios. Su doctrina es la de las cuatro nobles verdades mediante las que se alcanza el nirvana en el "camino medio" de las ocho vías (p. 184), doctrina de predicación a través de monjes, sea en la forma de pequeño vehículo (hinayana), gran vehículo (mahayana) o la del Zen en el Japón (p. 196). En Samkara cristaliza la restauración brahmánica que une la doctrina samkhya con la idea mística de la identidad con Brahma lo que permite absorber el budismo mahayana en la nueva religiosidad hindú, cosa que ya venía facilitada por la síntesis anterior del Baghavad Gita (p. 214).

Los dos últimos capítulos están dedicados a las formas de los intelectuales en la antigua Grecia que el autor analiza en una proyección de índole cronológica, aplicándole una especie de creencia en el progreso del espíritu humano, cosa que cristalizaría en la sucesiva preeminencia de los poetas, los sofistas, los filósofos y los científicos. En la figura de estos últimos, cuyo ejemplo inmortal es Aristóteles, culmina la genealogia del intelectual antiguo.

La democracia ateniense no llega sin lucha y es muy significativa la que mantienen las fuerzas burguesas ascendentes en la polis con los representantes del viejo espíritu aristocrático, cuyos exponentes más preclaros son poetas como Teognis y Píndaro, ambos cantores de la antigua areté aristocrática (p. 260). Hay una evolución y modulación de la poesía en su manifestación social más característica del mundo griego que es el teatro. El drama de Sófocles y la escultura de Fidias, son la expresión de las virtudes de la nueva polís, la de la "templanza" o sofrosine (p. 265). En el proceso de evolución progresiva que durante muchos años se consideró ajena al mundo conceptual griego, los nuevos intelectuales continuadores de los poetas son los sofistas, al menos la primera sofística (cuya alta valoración por Hegel suscribe el autor) frente a las exageraciones y amaneramientos de la segunda (p. 284). Ese progreso es el reflejo del de la creencia en el de la humanidad que se encuentra en Jenófanes, Demócrito o el Prometeo de Esquilo (p. 293).

Por último con Sócrates, símbolo de la nueva intelectualidad que los conservadores quieren ahogar, se cierra el primer periplo de la intelectualidad sofista para dar paso a la de la Academia y otras escuelas (p. 313). Sócrates, según la obra clásica de Nestlé, es a la vez la superación y la culminación de la sofística. Es el momento de proliferación de las escuelas filosóficas y los filósofos que, como harán siempre los intelectuales, oscilan entre quienes se ponen de moda como especies de bufones de las cortes, al estilo de Aristipo en la corte de Dionisio y quienes se apartan por entero de los ambientes cortesanos, como Antístenes y el cinismo (p. 335). Platón, un hombre para el que la política era el fundamento de la vida espiritual (aunque sus relaciones con ella fueran muy accidentadas), es el representante del nuevo espíritu filosófico, posterior a la sofística (p. 340). Seara aborda en la huella de Popper la idea platónica del Estado perfecto como aquel que excluye toda posibilidad de cambio en el culmen de la "sociedad cerrada" popperiana. Esa condena del cambio culmina en Las leyes en donde éste queda proscrito en aras de los intereses superiores del Estado. No obstante hay en Platón una gradación que viene impuesta por la amarga experiencia de las cosas. Después del mundo ideal de La República, aborda el problema de los gobiernos imperfectos en El político y en Las leyes, vista la naturaleza humana, acaba admitiendo que el Estado se asiente sobre el derecho, que fundamenta el dominio del hilo de oro de la ley (p. 353). Lo cual da paso a Aristóteles, con cuya consideración cierra el autor este gran periplo de la genealogía de los intelectuales. Analiza la contraposición entre Platón y Aristóteles a la luz del fresco rafaelista de las estancias vaticanas, La escuela de Atenas (357) y coincide con una opinión muy generalizada que ve en el estagirita la primera personificación del pensamiento científico como llegará hasta nosotros (p. 371).

La obra de González Seara es un vasto cuadro clarificador de la evolución y distintas manifestaciones históricas de ese fenómeno tan difícil de precisar pero tan importante de la presencia de los intelectuales en la historia humana. Y una lección magistral de historia del espíritu.

domingo, 14 de septiembre de 2008

Otra vez los chaqueteros.

Como no puedo contar nada de la "noche blanca" de Madrid porque estamos todos recuperándonos del jet lag del viaje a México que ha sido especialmente duro esta vez, y aprovechando que el post sobre los chaqueteros suscitó algo de polémica y no sólo en los comentarios sino a través del correo personal de Palinuro, he pensado que podía volver sobre tan interesante asunto no porque tenga mucho nuevo que decir sino por puntualizar algunos extremos. Seguiré sin dar nombres por una precaución elemental ya que al personal le saca de quicio que lo mencionen por do más pecado había pero estoy seguro de que todo lector medianamente informado puede pensar en ellos cuando hablamos de corrosivos filósofos que dinamitaban armados de poderosas dialécticas el orden constituido que hoy apuntalan con igual denuedo, de incisivos periodistas de la izquierda histórica que atacan actualmente desde bien remuneradas columnas de prensa o participaciones en tertulias cuanto antes defendieron heroicamente, de antiguos opositores comunistas al franquismo que disfrutan de agradables canonjías en puestos representativos administrados por una generosa derecha, de viejos intelectuales ultrarradicales que hoy defienden con uñas y dientes no el trono pero sí el altar. E così via.

Por cierto para aquellos lectores que insistían en averiguar el nombre del único caso que Palinuro decía conocer de evolución a la inversa, esto es, de le derecha a la izquierda, pues sí, en efecto, se trata del señor Verstrynge un ejemplo bien singular que parece constituir la excepción que confirma la regla de que el chaqueteo se hace siempre de la izquierda a la derecha pero no a la inversa. Algún lector llamó la atención sobre este hecho sugiriendo que quizá haya alguna razón profunda. No se me ocurre ninguna salvo la respuesta que daba el filósofo Arcesilao a quienes le hacían ver que los seguidores de otras corrientes se convertían al epicureísmo pero nunca al revés. Decía Arcesilao: los hombres pueden convertirse en eunucos pero no a la inversa.

Los intelectuales (concepto cajón de sastre para esta tropa) suelen ser vanidosos, volubles y bastante soberbios. Con frecuencia buscan el éxito, el reconocimiento social y ciertamente los bienes materiales que estos acarrean y, si no los obtienen con un tipo de prédica, la cambian por otra con mejores perspectivas. Me reafirmo en la idea de que el factor material es determinante en el chaqueteo; eso o el despecho por no recibir el reconocimiento, los honores (y retribuciones) que piensan merecer y que viene a ser lo mismo pero a la inversa son los móviles más frecuentes en la mudanza de convicciones. Lo cual plantea desde luego el problema de la sinceridad con que se sostienen éstas, tanto las primeras que en su día se abandonaron como las que ahora se dice profesar. Pero cierta experiencia en el trato con intelectuales me lleva a no dar un adarme por la sinceridad con que abrigan sus ideas o sus creencias, para echar mano al siempre socorrido Ortega. No diré que en sus actuaciones sean farsantes, pero se acercan más a estos que a la gente sencilla de firmes creencias que es semillero de mártires. Casos como el de Tomás Moro, capaz de morir por sus convicciones, son excepcionales y por eso precisamente lo hicieron santo.

Por supuesto no estoy negando a nadie el derecho a evolucionar, a cambiar, a deshacerse de unas convicciones y adoptar otras. Hacerlo sería ridículo cuando yo mismo he cambiado tanto que a veces ni me reconozco, cuando es evidente que en la vida todo es cambio y mutación y defender la fidelidad a machamartillo a unas convicciones a lo largo de toda la existencia es tan estúpido como lo contrario. En modo alguno. Lo que cuestiono no es el hecho de que alguien cambie sino que ese alguien se empeñe en que los demás cambien con él; cuestiono que quienes defendieron unas convicciones de forma fanática, tratando de arrastrar a ellas a otros, defiendan hoy con igual fanatismo las convicciones contrarias y sigan intentando arrastrar a los demás. Eso ya lo decía en el post anterior: lo que me llena de pasmo es que personas que al cambiar de convicciones,reconocían haber estado equivocadas, no reconozcan ahora que bien pudieran estar equivocadas por segunda vez y muestren la misma intransigencia y agresividad que tenían cuando, según ellos, estaban en el error.

Curiosamente esta aparente incongruencia que al modesto entender de Palinuro resta todo crédito a las prédicas de los intelectuales conversos es lo que parece concentrar su valor de uso y de cambio. Una ojeada a los neocons más vociferantes, los Kagan, Wolfowitz, Horowitz, Kristol, Podhoretz, etc revela biografías que comenzaron en la izquierda e incluso en la extrema izquierda, trotskystas y similares. Lo que estos conversos aportan a los intereses de la derecha en lucha por la hegemonía ideológica gramsciana es precisamente el conocimiento y la familiaridad con los conceptos y las categorías de la izquierda, la capacidad para plantear a ésta la batalla en su propio terreno. Estos "neocons" y sus remedos hispánicos son magníficos ejemplos no ya de la traición de los intelectuales de que hablaba Benda, sino de la doble traición de los intelectuales porque si traicionaron su misión poniéndose antes al servicio de un partido, vuelven a traicionarla ahora poniéndose al servicio de otro.


Por último una referencia al transfuguismo que es, por así decirlo, el aspecto cutre del chaqueteo. Porque el chaquetero maneja ideas, grandes ideas, alambicados conceptos: Occidente, la libertad, los derechos humanos, la familia, qué sé yo mientras que el tránsfuga, un chaquetero de gobierno local, es incapaz de hacer la "o" con un canuto, pero tiene muy en consideración la cuenta de resultados. El tránsfuga, normalmente un sinvergüenza que cambia su voto en una corporación local para favorecer a una opción política distinta de la suya a cambio de un buen pellizco, es una maldición del sistema democrático en los niveles local y autonómico que es en donde la política está más directamente relacionada con los negocios.

Unos ciudadanos de Dénia que al parecer están soportando una situación de transfuguismo en su corporación local me pidieron que me hiciera eco de ella y así lo hago. Han creado una asociación que responde al muy pertinente nombre de No nos resignamos (vaya, hombre, como mis amigos de la izquierda plural, quienes también tienen una asociación llamada No nos resignamos que espero amparen a estos hijuelos) con el fin de denunciar la situación y hacer campaña porque se tipifique el transfuguismo como delito. Me parece bien (¿en dónde hay que firmar?) pero no es sencillo. Sucede que en tanto el Tribunal Constitucional no cambie su actual doctrina en materia de mandato representativo esto será imposible ya que dicha doctrina sienta el principio de que el escaño pertenece al diputado/concejal como si fuera su bolígrafo y es imposible despojarlo de él. Se presume aquí que el representante no actúa según directrices de partido, sino según los mandatos de su conciencia, que es en lo que se refugian quienes carecen de ella, por lo cual son inamovibles, hagan lo que hagan y no cabe tipificar como delito una actuación en conciencia. Para cambiar esa doctrina sería necesario renunciar al concepto del mandato representativo en pro del mandato imperativo, cosa que no veo factible ni tampoco muy conveniente por cuanto terminaría por convertir en absoluto el poder de los partidos, que tampoco es buena solución. Realmente lo único que se me ocurre para resolver estos casos es instituir la figura de la revocación: si el representante traiciona la voluntad de los representados estos lo revocan en cualquier momento del mandato. Para ello hay que arbitrar las garantías pertinentes en cuanto a tiempos, motivaciones y mayorías. Pero sería eficaz. Muy eficaz.

viernes, 22 de agosto de 2008

Los intelectuales, el franquismo y la transición, II.

(Viene del post de ayer).

En lo que es estrictamente la transición identifica Pecourt tres discursos: continuidad, reforma y ruptura (p. 120) y se concentra en el de ruptura, en donde distingue cuatro subcampos, cada uno de ellos con sus intelectuales y sus revistas: el socialista, el comunista, el nacionalista y el libertario (p. 132) a los que añadirá luego el feminista (p. 174). En la caracterización del comunismo me asalta una duda pues no sé si lo que se dice de éste es un reflejo de las ideas del régimen o lo piensa el autor: "La fortaleza franquista percibía en el comunismo al enemigo más peligroso de la verdadera tradición hispánica, un adversario que logró monopolizar el poder cultural y político durante el período republicano y que terminó por provocar, inevitablemente, el inicio de la Guerra Civil. Por ello utilizaría todos los medios posibles para erradicarlo y evitar la aparición de amenazas similares en el futuro" (p. 136). El párrafo es ambiguo. Si lo que hace es reflejar la mentalidad de los franquistas estoy de acuerdo con él; si vierte una opinión del autor no puedo estar más en desacuerdo: los comunistas no monopolizaron nada precisamente hasta bien entrada la guerra civil.

A la altura de la transición, el comunismo era ya eurocomunismo y así lo trata Pecourt, reflejando bastante bien esta estrategia del que quería ser comunismo democrático (p. 140) a través, sobre todo, de las ideas de Daniel Lacalle y la revista Argumentos, por él resucitada. Se recordará que Lacalle ya había sido el factótum de la primera Argumentos en la clandestinidad durante la dictadura, de la que llegaron a salir cuatro números. De especial interés he encontrado las referencias de Pecourt a los críticos izquierdistas (incluso comunistas) del eurocomunismo, como Gustavo Bueno (p. 144) quien por entonces dirigía una revista filosófica, El basilisco, Manuel Sacristán desde Materiales y Joaquín Estefanía desde El cárabo (p. 148). Es imposible saber cómo hubiera evolucionado el difunto Sacristán pero las subsiguientes biografías de Bueno y Estefanía dan material abundante para la reflexión.

En el subcampo del socialismo Pecourt arranca del primer proyecto demócrata-cristiano de Cuadernos para el diálogo, al que se sumaron muchos socialistas que luego iniciaron su propia publicación, Sistema (p. 157), desde donde se hicieron las críticas más agudas al proyecto eurocomunista, en concreto a través de la pluma de Ignacio Sotelo (p. 158).

En el subcampo libertario Pecourt atribuye una función iniciática a José Luis López Aranguren, quien se había radicalizado en la segunda mitad de los años sesenta (p. 164), y hace un repaso a las principales revistas de esta corriente, Ajoblanco (cuyo director, José Ribas, publicó el año pasado unas interesantes memorias aquí reseñadas en un post llamado Lo que pudo ser), Ozono, El viejo topo (p. 166). De gran interés su reseña sobre el pensamiento de Agustín García Calvo y del Fernando Savater de la época, el del Panfleto contra el todo (otro motivo para la reflexión y hasta la melancolía) así como su muy ilustrativa polémica con Ignacio Sotelo (p. 172).

Capítulo aparte merecen al autor los intelectuales y revistas catalanistas. El nacionalismo incipiente se articula en torno a dos de éstas, una más "catalanista" y elitista, Serra d'Or, amparada por el Monasterio de Montserrat, y la más popular y "españolista" Destino (p. 181) . A mi modesto entender, es el mejor capítulo del libro, con muy abundante y pertinente información sobre la propuesta y vicisitudes de la concepción de los países catalanes (Ernest Lluch y Joan Fuster) (pp. 192-194), las causas del fracaso político del catalanismo y el enfrentamiento entre nacionalistas y españolistas personificado en la controversia sobre el libro de Federico Jiménez Losantos, Lo que queda de España y el famoso "Manifiesto de los 2.300" (pp. 209 y sigs.). Como se ve, con el nuevo manifiesto "en defensa de la lengua española", el señor Jiménez Losantos sigue en onda. Lo que no acaba de convencerme del relato de Pecourt es que no haga mención alguna al atentado de los terroristas de Terra Lliure contra el hoy locutor de la COPE.

El último capítulo trata de dar cuenta de la aportación de los intelectuales al consenso constitucional que el autor ve, coincidiendo en ello con Jordi Solé, como la "tendencia incipiente hacia el bipartidismo que caracterizaría, cada vez con mayor intensidad, la nueva ciudadela democrática" (p. 222), juicio que me parece acertado y comparto en la evolución posterior del sistema político español, pero no para el momento constituyente que es cuando lo formula Solé. Basta considerar la composición de la comisión constitucional para darse cuenta de ello: AP, UCD, PSOE, PCE y Minoría catalana. Realmente todos los partidos a falta de los nacionalistas vascos, cuyo espiritu foralista estaba representado no obstante por el señor Herrero de Miñón. Por cierto nadie ha mencionado que yo sepa (tampoco Pecourt) el hecho de que esta comisión tuviera una evidente sobrerrepresentación del nacionalismo catalán puesto que tanto el señor Roca (nacionalista) como el señor Solé (comunista) lo eran, aunque no en igual medida.

Pecourt señala como determinantes del consenso y su resultado final lo que llama los dos "compromisos apócrifos" de los artículos 1º (Estado social y democrático de derecho, p. 233) y 2º (organización territorial, p. 237) de la Constitución. No me parece, sin embargo, que su tratamiento de ambos temas sea satisfactorio; le falta perspectiva y profundidad, tanto en el aspecto doctrinal (sobre todo en lo referente al Estado de derecho y sus variantes) como en el de la peripecia histórica concreta (especialmente en el caso del artículo 2º) que fue determinante.

En resumen, el autor ha sabido acotar magníficamente un tema de mucho interés (la aportación de los intelectuales al proceso de la transición) y lo ha hecho de forma original y muy ilustrativa, tomando base en las revistas políticas cosa que, a mi conocimiento, no había hecho nadie antes y resulta muy útil.

Corona su obra con un par de consideraciones pertinentes: entre los años 1977 y 1982 desaparecerán casi todas las revistas políticas. Quedan la Revista de Estudios Políticos (REP), la Revista de Occidente, Cambio 16, El ciervo, Nuestra Bandera, Sistema, Serra d'Or, Mientras tanto, Leviatán y El viejo topo (resucitada en 1993). Las razones de este hundimiento general es la reaparición de la prensa libre (p. 244) y la mejor calidad de la televisión con programas de debates de los que el autor menciona en especial La clave, de José Luis Balbín (p. 249). En cuanto a los intelectuales, es interesante señalar cómo la gran mayoría hizo un "giro hacia la derecha" en los años ochenta (p. 257) y una exigua minoría (prácticamente Sacristán y sus allegados) otro hacia la izquierda heterodoxa (p. 260).

Hay en el libro algunas inexactitudes que conviene repasar y corregir en sucesivas ediciones. Las más frecuentes conciernen a la REP: no se me alcanza por qué dice el autor que estaba financiada por el Ministerio de Información y Turismo (p. 129) cuando, que yo sepa, estuvo siempre en el Instituto de Estudios Políticos que dependía del Consejo Nacional del Movimiento y, a partir de 1977, como Centro de Estudios Constitucionales, de Presidencia del Gobierno. Entre los años 1963 y 1965 su director no fue Carlos Ollero (p. 151), sino Jesús Fueyo Álvarez. Carlos Ollero fue director en los comienzos de su "Nueva Época", en 1978 y no Pedro de Vega, como dice el libro (p. 229), quien sí lo fue más tarde. Lo sé de primera mano porque yo era el Vicesecretario técnico de la publicación en aquellos años de 1978. Llamar "pensador madrileño" al profesor López Aranguren (p. 164) sólo puede entenderse como una licencia, porque era de Ávila. Por último, el Congreso de Suresnes del PSOE no fue en 1979 (p. 157) sino en 1974; da la impresión de que se confunde ese congreso (el XXVI) con el XXVIII en Madrid, en 1979, en el que se plantea el problema de la definición marxista del partido.

jueves, 21 de agosto de 2008

Los intelectuales, el franquismo y la transición, I.

He aquí un interesante trabajo sobre la función de los intelectuales españoles durante la transición política (Los intelectuales y la transición política. Un estudio de campo de las revistas políticas en España, Centro de Investigaciones Sociológicas, Madrid, 2008, 298 págs.), aunque no esté seguro de que el subtítulo haga entera justicia al contenido. El trabajo es metódico y sistemático, pero no sé si puede llamarse propiamente "de campo" ya que apenas se manejan datos empíricos, a excepción de algunas cantidades de tirada de ediciones. Más bien es un enfoque historiográfico que da cuenta y lo hace con brillantez del tema del título.

Pecourt muestra audacia al adentrarse en un territorio lleno de dificultades y asechanzas y sobre el que hay mucho escrito. Ante todo tiene el acierto de exponer la definición del tipo de intelectual que le interesa: "el actor social que utiliza el prestigio y la respetabilidad adquirida en el mundo de la cultura para participar en el debate político desde una cierta posición de autonomía." (pp. XIII/XIV) Igualmente acota el tiempo de su investigación decidiendo que, a sus efectos, la transición va desde la muerte del general Franco en 1975 hasta el fracaso de la intentona de 1981. En un terreno en el que no hay acuerdo general es una propuesta tan buena como otra y que tiene significados valedores.

A continuación aborda un primer capítulo sobre el estado de la cuestión de los intelectuales partiendo de la dicotomía generalmente aceptada de intelectuales como "guardianes del conocimiento objetivo y defensores del compromiso político" (p. 2), de donde se sigue que su definición anterior de intelectual hace referencia al segundo tipo. Es la división que acuñó en su día de forma feliz y poéticamente condensada Siegfried Lenz al hablar de la disyuntiva de los intelectuales entre "torre de marfil o barricada". Entre los defensores del primer concepto, Pecourt analiza los casos de Karl Mannheim con su idea del "intelectual relativamente desclasado", esto es, el que flota por encima de las clases (con lo que el sociólogo trataba de librarlos del estigma de la ideología) y Raymond Aron y su uso del "poder espiritual" comteano.

Entre los defensores del segundo concepto echa mano con mucho acierto de Gramsci (el "intelectual orgánico") y Alvin Gouldner ("la nueva clase") para traer luego el problema a nuestro tiempo de posmodernidad refiriéndose al inevitable Foucault y a Zygmunt Bauman, el de la "realidad líquida", con su idea del intelectual como "intérprete". No obstante el autor en el que Pecourt toma pie y cuyas propuestas sigue es Pierre Bourdieu tanto en su idea de las cuatro clases de capital (económico, político, cultural y simbólico) como en su concepto de "campo" (p. 26) que el autor aplica aquí al de las revistas políticas. Cierra su exposición del tema general recordando la propuesta de Quentin Skinner del intelectual como "ideólogo innovador" (p. 36) y elabora una cierta crítica a Bourdieu arrancando de la distinción weberiana entre intelectuales como "sacerdotes" y como "profetas" (p. 34) que es una especie de reformulación de la propuesta de Coleridge de los intelectuales como clerisy, que tanto interesó a Stuart Mill y que recogería luego Julien Benda en su Traición de los clérigos.

El resto del libro tiene una estructura claramente cronológica como corresponde a la formación de historiador del autor. Aborda en primer lugar el problema de la caracterización del franquismo. En la célebre polémica sobre la propuesta de Juan J. Linz de caracterizarlo como un régimen autoritario que no ha tenido general aceptación parece inclinarse por la crítica que le hicieran Giner y Sevilla (p. 41) entre otros. Igualmente menciona la concepción de Tusell de "dictadura arbitral" (p. 57) que siempre me ha parecido más sacada del modelo primorriverista, y acaba proponiendo su categoría de "fortaleza franquista" (p. 51) aunque sin extenderse mucho en su caracterización. Sí señala que en Franco se concentraban muchos poderes pues era "además de Jefe del Estado, jefe del Gobierno, jefe nacional de Falange y Generalísimo de los Ejércitos de Tierra, Mar y Aire" (p. 53). A todo lo cual hay que añadir -y ello es decisivo para entender la naturaleza de su régimen- que ostentaba el poder legislativo o, como decía la legislación de la época, "la suprema potestad de dictar normas jurídicas de carácter general"; es decir la dictadura en estado puro.

El régimen de Franco puso punto final al florecimiento de publicaciones de la República, no sólo las revistas de liberales o de izquierda como Revista de Occidente, Cruz y Raya, Leviatán, La revista blanca, Germinal o Mirador, sino también las conservadoras como Debate. El clima atosigante de censura venía justificado por la elaboración teórica del que sería ministro de Información y Turismo, Gabriel Arias Salgado, bajo el nombre de Teología de la información y en él menciona el autor la Revista de Estudios Políticos, (que no estoy muy seguro de que Pecourt aquilate debidamente por las razones que expondré en la segunda parte de esta reseña) así como las falangistas Jerarquía y Escorial, o las nacionalcatólicas Ecclesia, Razón y Fe, de la Compañía de Jesús o Ateneo, del Opus Dei (p. 84). Otras publicaciones de las "familias" (A. de Miguel) del régimen, fueron Arbor, del Consejo Superior de Investigaciones Científicas, en el que el Opus se había hecho fuerte, Ciervo, una respuesta católica a los avances del Opus o Destino, una revista catalana. El panorama es desolador como corresponde a la actitud de cerrada enemistad de la dictadura de Franco hacia los intelectuales. Recuerda Pecourt la famosa frase del dictador a su Director General de Propaganda, Pedro Rocamora, cuando le propuso que recibiera a Ortega y Gasset para volver a éste más favorable a la Dictadura: "Rocamora, Rocamora, no se fíe Vd. de los intelectuales", que puede ser una invención del propio Rocamora pero está muy bien traída.

El frente monolítico del franquismo comienza a romperse con los acontecimientos del 56 y el origen de la disidencia intelectual que asoma tímidamente en las revistas universitarias, en la catalana Laye y en la madrileña Alcalá (pp. 96/98). También aparece por entonces el Boletín Informativo del Departamento de Derecho Político de la Universidad de Salamanca, que impulsaba Tierno Galván, quien importó en España el funcionalismo (aplicado sobre todo al modo de proceder en la futura accesión de España a la Comunidad Europea, un punto claro de la oposición al franquismo) y el positivismo lógico, en un plano más metodológico, aunque igualmente heterodoxo por lo que hacía al apelmazado mundo intelectual de la dictadura. (p. 100). Algo más tarde, con lo que llama "el desarrollo del mercado cultural", aparecerían Cuadernos para el diálogo y Triunfo. La primera fue resultado del encuentro entre las corrientes más progresistas de los ámbitos religioso y académico (p. 104) , la segunda más claramente de izquierdas y ambas respondiendo a la lógica de las instituciones heterogéneas a medio camino entre el mercado económico y el cultural (p. 107) pero ambas decisivas para entender la evolución posterior de la oposición a la dictadura.

(Continúa en el post de mañana).

jueves, 7 de agosto de 2008

La gente del espíritu.

Este libro de Wolf Lepenies (¿Qué es un intelectual europeo? Los intelectuales y la política del espíritu en la historia europea, Barcelona, Círculo de lectores, 2008, 467 págs) está compuesto por la serie de quince lecciones que como titular de la Cátedra Europea del Colegio de Francia pronunció en esta institución el filósofo y sociólogo alemán en 1992. Aunque la traducción (de Sergio Pawlowsky) es del francés, de una edición de Seuil de 2007, el lapso que va desde que las lecciones se pronunciaron hasta su aparición en forma de libro tanto en Francia como en España no afecta gran cosa a su contenido pero a la parte a la que afecta (la última) lo hace mucho.

La obra se divide en tres partes. Las dos primeras ("Utopía y melancolía" e "Historia natural e historia de la naturaleza") son como síntesis y reelaboraciones de dos famosas obras anteriores suyas (Melancolía y Sociedad y Las tres culturas), mientras que la tercera ("El origen de las ciencias y la pérdida de la moralidad"), de mayor actualidad es la que más acusa esa distancia entre el curso y la publicación.

El título general induce a cierta confusión. Me da la impresión de que, por los motivos que sean, quizá que se trate de apuntes o que no se hayan reelaborado suficientemente, la confusión, ciertas soluciones de continuidad y algunas reiteraciones se manifiestan en toda la obra. Parece que va abordarse la sempiterna cuestión que interesa sobre todo a los intelectuales acerca de qué sean ellos mismos, pero no es el caso puesto que el autor da por sentado que aquello por lo que pregunta está ya definido y, sin más dilaciones, pasa a exponer sus cogitaciones sobre algunos aspectos específicos de lo que podríamos llamar la "historia del espíritu europeo" sin tomarse el trabajo no ya de definir aquello por lo que pregunta sino de justificar por qué habla de lo que habla y no de otros asuntos.

Lo del "espíritu" (la política del espiritu) está también en el título y remite a uno de los autores que Lepenies toma como guía y hasta cierto punto modelo: Paul Valéry. Ello nos pone sobre la pista de dos datos que caracterizan la obra en comentario. El primero que no hay intelectuales ni espíritu sino es en Europa. El segundo que, dentro de Europa, este alemán invitado a un sacrosanto templo del saber francés, hace alarde (ignoro si sincero o simulado) del tradicional complejo de inferioridad germánico frente a la latinidad francesa y acota su tema en ese acomplejado diálogo franco-alemán. Todo lo cual resulta curioso si se tiene en cuenta que uno de los puntos de arranque de la reflexión de Valéry sobre el que también se apoya Lepenies es precisamente la conciencia de que la era de la supremacía europea ha pasado y que Europa no puede ya "ordenar el mundo según los designios europeos" (p. 38).

La primera parte (las cinco primeras lecciones), la que es reelaboración de Melancolía y sociedad, versa sobre los intelectuales como seres tradicionalmente insatisfechos, disconformes con el mundo y melancólicos. Esa melancolía es la que los hace fabricar utopías porque en las utopías está desterrada la melancolía. Y esa relación entre melancolía y utopía es lo que, a su juicio, caracteriza al espíritu europeo.

No dándose el recurso al pensamiento utópico, los intelectuales oscilan entre el aburrimiento y el resentimiento y el modelo que toma y analiza minuciosamente es el de las Máximas de La Rochefoucauld, el hombre de acción que ha de resignarse a serlo de pensamiento (y por lo tanto a aburrirse) por el fracaso de la Fronda. Fracaso es aquí la sensación dominante y donde reaparece Valéry con su señor Teste, clara muestra de aquel por no haber ahuyentado la melancolía. Cierra la consideración una cita de Walter Benjamin: "El intelecto sigue siendo cuestión privada, y ese es el melancólico secreto del señor Teste" (p. 107). Una interesante referencia al Oblomov de Goncharov (y, claro, el oblomovismo, propio de la sociedad rusa prebolchevique) abre paso al inevitable masoquismo germánico: la burguesía alemana es una muestra de melancolía sin poder (p.121).

En la segunda parte (otras cinco lecciones) trata del segundo tipo de intelectuales, los científicos, las buenas conciencias de las que ya hablara en su Las tres culturas, el paso al pensamiento histórico como ruptura decisiva del pensamiento europeo, concretado en la transición de la historia natural a la historia de la naturaleza. Dedica un capítulo a cada uno de los que toma como ejemplos científicos en distintos campos y con distintas perspectivas: Buffon, Winckelmann (para la historia del arte), Georg Forster (para una nueva antropología) y Linneo. Como es lógico, la oposición es Buffon-Linneo, pero no estoy muy seguro de que haga justicia a ninguno de los dos porque se concentra en la parte de la obra de estos que tiene una incidencia (a veces colateral) sobre las ciencias sociales o, incluso, la literatura. Al tratar de Buffon se detiene no sobre la Historia Natural sino sobre el Discurso sobre el estilo y el famoso dictum buffonesco de que "el estilo es el hombre mismo" (171). De aquí a referirse a la cadena de influencias sobre Balzac, Flaubert, Zola, Proust hay una clara solución de continuidad a mi juicio ya que los que los novelistas creyeron aprovechar era la aplicación del espíritu científico a las cosas humanas. La influencia de la Historia natural, dice, "sobrevive en forma de novelas, mientras que sus autores se ven reducidos a literatos y las pretendidas novelas de Buffon desaparecen poco a poco de la ciencia seria" (p. 188).

Algo parecido sucede con el caso de Linneo. Lepenies se concentra en una obra que no es el Sistema de la naturaleza pero tiene gran interés por tratarse de un intento de aplicación de su método científico al mundo humano, histórico y social. Trátase de la Nemesis divina, una obra que no se publicó íntegra hasta 1968, si bien se conocían fragmentos en el siglo XIX y que muestra el interés de Linneo por incardinarse en el contexto de la físico-teología y de la teodicea. Lepenies se refiere a la máxima de Ovidio que Linneo citaba en la némesis divina y que presidía su dormitorio, Innocue vivito, numen adest ("vive en la pureza porque Dios está presente") (p. 239). Al final el mundo tiene un orden, es un orden moral y está impuesto por Dios, incluso a través del castigo y la venganza. Que Linneo representa el avance en la ciencia frente a Buffon, pero no en el orden humano e histórico queda claro y es convincente cuando Lepenies lo contrapone a Adam Smith, también empeñado en demostrar el orden moral pero que confiaba éste no a la némesis divina sino a la probabilidad (p. 314).

El tratamiento de los otros dos intelectuales Winckelmann y Forster, el maestro de Humboldt, se me antoja más insatisfactorio y confuso. Winckelmann trató de establecer una ciencia del arte de acuerdo con los criterios claisficatorios de Linneo, pero no conseguiría superar la objeción que plantearía Kant en la Crítica de la facultad de juzgar según la cual el juicio del gusto no es cognitivo, ni lógico, sino estético y, por tanto subjetivo. (p. 208) y algo parecido sucedería con Forster que, en su intento de crear una "nueva antropología" se vincularía expresamente a Winckelmann y acabaría tropezando esta vez expresamente con Kant, con quien polemizaría agriamente a propósito de la obra de éste Definición del concepto de raza humana, tratando de contraponer las observaciones de "un simple empirista, aunque perspicaz y digno de confianza a la verborrea especiosa de un espiritu sistemático y parcial" (p. 229), teniendo que reconocer posteriormente su falta de formación para esta controversia.

Antes de acometer la tercera parte del libro (las cinco últimas conferencias) hay un capítulo dedicado al origen de las ciencias sociales a través de la pérdida de la perspectiva moralizadora. El personaje en el que centra el análisis es el crítico Sainte-Beuve de quien dice muy acertadamente que "es una encarnación asombrosa de ese tipo de intelectual que, en el siglo XIX, preso de la corriente científica de la época o incapaz de sustraerse a la misma, traspone las pautas de pensamiento científicas a la literatura, en particular a la crítica literaria" (p. 331). Quedan así dibujadas las "tres culturas" que forman el núcleo esencial de la doctrina de igual nombre de Lepenies: a) la buena conciencia de las ciencias naturales, hoy más poderosa que nunca; b) los "hombres que se quejan", esto es, los escritores y cultivadores de las ciencias humanas; y c) entre medias, oscilando, las ciencias sociales (p. 295).

La tercera parte se concentra en lo que llama el autor "la iglesia de los intelectuales". El punto de arranque en el concepto de clerisy, de Coleridge (p. 345), que le da mucho juego para entender la obra de Matthew Arnold y, sobre todo, del alemán Karl Mannheim enfrentado, como no, al francés Julien Benda. Donde Mannheim entiende que el papel del clérigo aparece consagrado como el "intelectual que flota libremente", sin ataduras, lo que le permite abrigar la esperanza de que la política llegue a ser una ciencia (p. 334), Benda denuncia la traición de esos mismos clérigos.

Y a esa traición se remite Lepenies en dos capítulos dedicados al caso alemán que suenan como una especie de curiosa "mea culpa": en primer lugar la traición que representaron los intelectuales fascistas que él ejemplifica en un estudio (por cierto, magnífico) de Gottfried Benn como el hombre que habiendo tenido la lucidez de llamar a la función intelectual "palabrería protegida por el Estado" (p. 368) acabó al servicio del Estado nazi y, aunque excluido por él, sin perder nunca sus convicciones. El juicio negativo de Lepenies es contundente: "Estetizar la política, deshumanizar la vida, limitar la moral a la forma: esto conduce inevitablemente al rechazo de la democracia." (p. 379)

La otra traición de los clérigos alemanes es la del comunismo, de la que Lepenies sabe mucho porque nació y se educó en la Alemania Democrática. Al menos lo suficiente como para, tras pasar revista a los intelectuales más destacados del régimen comunista, concluir de forma lapidaria que lo más característico de ellos fue cómo aprendieron "el arte de ser dominados" (p. 395).

La obra se cierra con una invocación contemporánea a la "política del espíritu" de Valéry y en un tono negativo y resignado: "En el mismo instante en que la especie está amenazada en su supervivencia, el Homo sapiens celebra su adiós a la historia separándose por un lado de las experiencias del pasado y por otro de las expectativas del futuro. Esta locura de la desaparición comporta un adiós a la moral: en ausencia de alternativa, la diferencia entre el bien y el mal desaparece progresivamente; Leibniz podría estar contento. Hemos llegado a la época de una nueva teodicea. Este mundo es el mejor de todos los mundos posibles porque no hay otro, y porque éste no cambiará".

Así se veían las cosas en 1992, recién hundida la Unión Soviética. Ya dije al principio que este lapso afecta mucho a la visión del autor. Es obvio que este mundo no puede ser el mejor de los posibles si se afirma que no hay otro porque eso carece de sentido; es obvio que no es el mejor de los posibles a secas ya que basta con verlo; y es obvio por último que no solamente cambiará sino que de 1992 hasta ahora ya ha cambiado mucho.