dimarts, 5 de maig del 2009

Las máscaras de la democracia.

Quien quiera tener una idea del estado de la filosofía política contemporánea, brillantemente expuesto y actualizado, así como acceder a sus puntos neurálgicos de debate, deberá hacerse con este libro de Félix Ovejero, Incluso un pueblo de demonios: democracia, liberalismo, republicanismo, Madrid, Katz, 2008, 357 pags. Al mismo tiempo hará bien en transitar por él con precaución porque, aunque el título haría pensar en otra cosa, el contenido no está estructurado en una unidad discursiva con un desarrollo coherente sino que se compone de partes separadas, muy bien ensambladas (tanto que casi parece una obra unitaria) pero que no soslayan del todo los inconvenientes de este tipo de empeños que, al mismo tiempo, son los testigos de su verdadera naturaleza, en concreto, las reiteraciones o simples repeticiones que no son aquí muy abundantes pero sí muy llamativas. Asimismo, al tratarse de un ensamblamiento de textos autónomos escritos en distintos momentos del desarrollo intelectual del autor, hay alguna inconsistencia que puede inducir a error, por ejemplo, el distinto peso atribuido a la deliberación como arquitectura misma de la democracia que si, al principio del libro, aparece como una variante de la democracia liberal, con sólo un mínimo de virtud como necesidad (p. 56) se muestra al final firmemente anclada en la democracia republicana y como epítome mismo casi demiúrgico de la virtud (p. 334). A este cuidado debe añadir el lector algo de paciencia para enfrentarse a un texto complejo, a veces abstruso y no muy felizmente organizado sobre todo por lo que hace a la relación entre el cuerpo principal del relato y el discurso agazapado en las notas a pie de página que, muchas veces, se convierte en un segundo texto por necesidad fragmentario pero que asimismo fragmenta el relato principal hasta la exasperación porque no siempre esas notas están justificadas.

El título remite al famoso pasaje de Kant en su Proyecto de paz perpetua en que afirma que hasta un pueblo de demonios, siempre que sean inteligentes, será capaz de dotarse de un sistema de normas, un Estado, para garantizar su convivencia. Por cierto que este es aspecto nada desdeñable en la obra. Ovejero la adorna con un abanico de citas todas muy pertinentes y de amplio espectro, testimonio de la gran cultura y el buen gusto del autor.

La obra arranca levantando constancia de una situación poco satisfactoria en la teoría política contemporánea. Se asiste a un evidente deterioro de la cultura cívica cuya causa y síntoma más evidentes son el individualismo y la abstención y ante el cual lo único que se escucha son lamentaciones (p. 23). La calidad misma de los ciudadanos deja mucho que desear pues son ignorantes, inconsistentes (inconsistencia que el autor tipifica por referencia al teorema de Arrow y la paradoja de Condorcet), egoístas e irracionales ya que tienen evidentes sesgos y hacen inferencias frecuentemente erróneas (pp. 28/35). Resumiendo (y simplificando bastante) diríamos que el problema es que el liberalismo nunca ha confiado mucho en los ciudadanos, que hay una tensión entre democracia y liberalismo (p. 39).

A la citada tensión consagra Ovejero la primera parte de su admirable obra, esto es, al estudio de la "democracia liberal", construcción muy extendida y nada exenta de problemas. Supone el autor que el meollo del liberalismo (del político, se entiende; en ningún momento hace Ovejero la habitual distinción entre liberalismo político y económico, pues los considera juntos) es la protección de la libertad negativa que queda garantizada en la dicha democracia liberal a través de tres provisiones: 1) la profesionalización de la actividad política; 2) la neutralidad del Estado; 3) un catálogo de derechos que impone límites a lo que los ciudadanos pueden votar, o sea, a la democracia (p. 50). Esta última provisión, en cuyo enunciado se encierra la típica tensión entre liberalismo y democracia o, para expresarlo en términos más clarificadores, entre Estado de derecho y democracia tiene, obviamente, una importancia capital. Por ello es uno de los temas más reiterados a lo largo de la obra, pero sólo en su mero enunciado, sin que el autor haya profundizado en él, salvo alguna pasajera referencia a la obra de Dworkin. Para los constitucionalistas (obviamente), como para Kelsen, que fue quien introdujo en Europa la jurisdicción constitucional, ésta es la clave del arco del problema de la defensa de la democracia y, por ende, de la democracia misma. Para los demócratas, como muy acertadamente señala Ovejero, ese por así decirlo encroachment de la jurisdicción constitucional (no representativa) sobre el legislativo representativo está lejos de ser enteramente compatible con un sentido pleno de la democracia como soberanía popular. El problema es que tenemos ejemplos para los dos casos y ejemplos no teóricos sino bien prácticos: es difícil negar que los EEUU, patria de la jurisdicción constitucional, sea una democracia; pero no menos lo son aquellos países en que tal jurisdicción no existe (por ejemplo, Gran Bretaña y su descendencia, Australia, Canadá, Nueva Zelanda o los países nórdicos) o incluso en donde está expresamente prohibida, como en los Países Bajos. Lo que puede querer decir que quizá el problema, si es que hay uno, no esté ahí.

La democracia liberal, sigue diciendo Ovejero, no requiere virtud ciudadana para funcionar y en eso se parece al mercado (p. 51) Y aquí entramos en un mundo de consideraciones del autor algunas francamente brillantes por moverse en un terreno económico que domina especialmente; pero no todas son convincentes por igual. Empieza por advertir que nos encontramos con dos tipos de democracia liberal: la democracia liberal de mercado y la de deliberación. La primera funciona sin virtud y la segunda sólo requiere un mínimo de ésta (p. 56). La democracia liberal de mercado se entiende a través de la venerable teoría económica de la democracia que parte de cuatro principios que se toman como guías heurísticas: 1) el individualismo metodológico; 2) la racionalidad individual; c) la presunción del equilibrio; y 4) el egoísmo humano (p. 60). Para complementar: de acuerdo con el teorema de la imposibilidad de la función única del bienestar social de Arrow no hay ningún sistema de decisión que pueda satisfacer a la vez los cinco razonables requisitos siguientes: a) racionalidad (consistencia y transitividad); b) ausencia de dictadura; c) soberanía individual o ciudadana; d) unanimidad; e) independencia de las alternativas irrelevantes (pp. 63/64). Las implicaciones de esto para la teoría de la democracia son: 1ª) la inestabilidad; 2ª) la injusticia; 3ª) la arbitrariedad de los resultados; 4ª) la manipulación de la voluntad general (pp. 65/66). Añade el autor la consideración del mercado político a través de la teoría espacial (p. 69) y las distintas reglas de elección, incluido el logrolling (p. 73). Algunos teóricos sostienen que esta teoría (económica) es falsa y no explica nada y otros que es verdadera pero insatisfactoria y conviene sustituirla por algún tipo de democracia deliberativa (p. 76), entre ellos, presumo, el propio Ovejero.

La fundamentación de esta última por medio del liberalismo no es aceptable ya que el liberalismo no es una teoría normativa y no puede fundamentar nada. Es el propio autor quien realiza una brillante tarea de distintas fundamentaciones según tres criterios: a) grado de autogobierno; b) de participación; y c) mecanismo de toma de decisiones. Emerge así con ocho posibilidades (p. 83), según se ve en el cuadro de la derecha, de las cuales escoge dos específicas, las ya consabidas democracia liberal de mercado y democracia liberal deliberativa (la que él quiere construir) según se ve a su vez en el cuadro de la izquierda en el que se evidencian sus respectivos caracteres.

Luego, la tesis de la bondad de la democracia liberal deliberativa se apoya en varias premisas: a) epistémica (la consecución de las decisiones más justas); b) pragmática (compromiso con los intereses públicos); c) aristocrático-antropológica (división entre ciudadanos virtuosos y los otros); d) identificación de la virtud (p. 95).

Hay un interesante apartado a continuación dedicado a las relaciones entre democracia liberal y mercado que es donde encuentro mis discrepancias con el autor que probablemente sean más de forma que de fondo y desde luego debidas a mi falta de comprensión cabal de la materia. Estas relaciones son curiosamente asimétricas. Es decir, que lejos de postular el famoso: "No hay socialismo sin democracia ni democracia sin socialismo", de Oskar Negt, Ovejero sostiene que así como el mercado necesita de la democracia, a la democracia no le conviene el mercado. Concretamente: el mercado precisa de la democracia pero tiende a socavarla y más aun en aquellas democracias que requieren mayor compromiso cívico (p. 111). Pero esto es dudoso y no se deduce de la definición ni de la realidad de ambos (democracia y mercado). La afirmación de que el mercado es incapaz de generar las normas que precisa para su supervivencia, aparte de identificar a estas normas con la democracia -que está lejos de ser el caso y también podrían identicarse con el Estado de derecho o aquella parte de la democracia menos "democrática") contradice la experiencia histórica antigua, media y moderna desde Babilonia hasta el Chile de Pinochet y la China contemporánea que prueban que el mercado es compatible con todas las formas posibles de organización política excepto, obviamente, con aquella que esté basada en una abolición expresa del mercado, que, por cierto, bien puede ser el resultado de una deliberación democrática. El razonamiento de que nadie en el mercado está interesado en la producción de bienes públicos (y la ley es el primero de ellos) ya que no hay modo de cobrar a los individuos que los consumen suena a escolástico y contradice la experiencia histórica y una de las más palpables realidades contemporáneas a través de internet. El ejemplo que pone (p. 113), que es un caso de juego bipersonal de suma no cero, variante del dilema del prisionero, en el que hay dos empresas A y B, ambas interesadas en la financión de un faro pero cada una de ellas obviamente más interesada en que sea la otra la que lo financie y cuya matriz de pagos aparece en el cuadro de la derecha solamente es válido para sostener su punto de vista en el caso de que, como en el dilema del prisionero, sólo se juegue una vez e incomunicado; si existe comunicación, como es de suponer al tratarse de una decisión que afecta a ambas empresas en un contexto de publicidad, lo más normal es que el mismo mercado genere la norma de la cooperación y maximice los beneficios de ambas empresas. Supongo, aunque puedo estar equivocado. Añade Ovejero que a la democracia no le conviene el mercado (p. 116) hasta el punto de que funcionamiento se ve erosionado por ese mercado dado que la democracia no funciona sino hay una trama de normas que el mercado no produce (p. 117) . No me parece convincente por un motivo que es doble: porque todos los órdenes políticos en cuyo seno ha vivido el mercado a lo largo de la historia han producido las normas precisas para el funcionamiento de ambos entes, orden y mercado, incluido el orden político democrático que no sería verdaderamente tal (de acuerdo con la propia teoría del autor) si no fuera autónomo y sólo fuera heterónomo. Podría admitirse (y no necesariamente) que el mercado erosione las tales normas (por ejemplo, todo mercado tratará siempre de soslayar la legislación antimopolio) pero no que éstas no puedan ser producidas por el orden político. El resto de las consideraciones sobre esta supuestamente difícil relación entre el mercado y la democracia como que las desigualdades generadas en el mercado dificultan el reconocimiento de la voluntad general (p. 118) o que el mercado hace improbable la igualdad política a través de la siempre posible compra-venta de voluntades (p. 121) me parecen variantes de la famosa correlación entre democracia y desarrollo económico (más que propiamente mercado) que ya planteara en su día Seymour M. Lipset y a la que ha contestado no solamente el comportamiento teórico de la democracia sino el práctico a través de ejemplos que no cabe soslayar como los casos de Irlanda o la India. Entiendo el punto de vista del autor cuando afirma que "una sociedad donde la distribución (se entiende, la económica) no se percibe como, en algún sentido, justa, no favorece el compromiso entre los ciudadanos", lo entiendo y me parece plausible; pero ya no me lo parece tanto que el autor concluya diciendo que "...sin éste (sin el mencionado compromiso) los derechos son papel mojado" (p. 122). Es más, me parece un non sequitur puesto que esos derechos pueden servir como cauce e instrumento para articular una protesta (voz) de los ciudadanos descontentos que, unas veces más otras menos, pueden acabar resolviendo problemas como se prueba considerando, por ejemplo, la lucha por los derechos civiles en los Estados Unidos en los años sesenta del siglo pasado.

La segunda parte del libro versa sobre el republicanismo, una construcción teórica o tradición política, como él la llama, por la que el autor siente mayor simpatía que por el liberalismo. El enfrentamiento entre liberalismo y republicanismo puede sintetizarse en una feliz fórmula triádica al contraponerse delegación a participación, derechos a mayorías y negociación a deliberación (p. 130). No hace falta decir que los primeros términos de los binomios son los correspondientes al liberalismo. Frente a la hipóstasis liberal de la libertad negativa el republicanismo postula la igualdad de poder, el autogobierno y la libertad como no dominación (p. 131) y se recurre de nuevo a acentuar la discrepancia entre mayorías y derechos amparados en los tribunales constitucionales que ya se trató más arriba. En varias partes de la obra Ovejero tiene la honradez de reconocer que, a veces, los puntos de vista de liberales y republcanos se entreveran (muy claramente en el caso de Rawls, al que dedica un par de capítulos), cosa que ya empieza por suceder incluso con los criterios distintivos reseñados, singularmente el de autogobierno.

La parte más señera del republicanismo es la deliberación. No puede haber en el mundo, dice el autor, ley justa ni por ende libertad, sin deliberación (p. 157). He aquí un ejemplo claro del paso del tiempo en las convicciones morales (a ejemplo de las variaciones en las científicas) desde que ya en épocas pasadas se haya venido especulando sobre la ley justa e injusta sin tomar en cuenta deliberación alguna. Trae a cuento Ovejero una interesante contraposición entre negociación (liberal) y deliberación (republicana) que abre el camino a una definición de esta última como "un procedimiento de toma de decisiones basado en una discusión pública en la que priman criterios de racionalidad e imparcialidad" (p. 163). Cuando la vena de realismo político que llevamos muchos de los que nos dedicamos a esto está a punto de sublevarse, reconoce el autor que está enunciando un tipo ideal (p. 166). Ancha es Castilla. Los valores que aduce en defensa de su tipo ideal son la autonomía, el potencial humano, la legitimidad y el consenso (pp. 167/169). Parece razonable. A la deliberación ayuda mucho la participación (un término este con una connotación orondamente positiva que habría que cuestionar con intensidad y rigor a mi modesto entender pero no necesariamente ahora) consiguiendo algunas ventajas como la corrección de los sesgos cognitivos, la disminución de la asimetría informativa y el incremento de la "producción" de virtud (pp. 177/178). Opina que la deliberación requiere la honestidad de las opiniones, cosa que se consigue (p. 179). Nada que objetar, ya que estamos en un territorio de tipos ideales.

La tercera parte de la obra es un agudo diálogo con John Rawls (en la Teoría y el Liberalismo político) que, por extraño que parezca aporta puntos de vista frescos y nuevos al tratar con el autor al que más ha manoseado la filosofía política contemporánea. Interroga al gran filósofo sobre las motivaciones de los ciudadanos desde el punto de vista liberal (motivaciones que, según Rawls, pueden ser abstractas, egoístas y comprometidas normativamente, funcionales para reproducir las condiciones de producción (p. 216) y detecta una contradicción en el autor de Teoría de la justicia entre su liberalismo y su admisión de cierto republicanismo al aceptar que sólo podemos disfrutar de la máxima libertad individual si no la anteponemos a la búsqueda del bien común (p. 223). Tras repasar la confrontación entre republicanismo y liberalismo en el tratamiento del bien público por excelencia, la libertad , sin olvidarnos de los free riders (p. 224) establece cuatro modelos de relación entre la participación y la democracia que vienen de la clasificacón de la primera parte: 1) el liberal puro; 2) el republicanismo comunitario; 3) el republicanismo autorrealizador; y 4) el republicanismo virtuoso (pp. 230/232).

La cuarta parte, dedicada a las fundamentaciones de las democracias, tiene un carácter todavía más abstracto y filosófico, como el mismo autor avisa y, de hecho, aunque el único capitulo de que consta se titula Tres miradas sobre tres democracias, no se trata de tres democracias en el sentido de realidades materiales sino de tres concepciones de la democracia. Contrapone así tres enfoques de fundamentación, que son el instrumental, el histórico y el epistémico (p. 282) que es el que él favorece. La fundamentación instrumental le parece insuficiente porque: a) relaciona tautológicamente la democracia con el valor que sirve para fundamentarla; b) debilita la fuerza de la democracia al considerar la posibilidad de su superación; c) desprovee a las decisiones políticas de calidad normativa y recala en un "relativismo incondicional que deja sin razones a las decisiones" (p. 299). Como buen partidario de la concepción instrumental de la democracia, estas objeciones no me parecen satisfactorias. Un instrumentalista honrado huiría horrorizado de toda acusación de tautología (sospechando, además que esa se encuentra en otra parte) al recordar que lo que el instrumento democracia persigue no es que se tomen unas u otras decisiones sino que se tomen decisiones a secas ya que, ciertamente, despoja a las decisiones políticas de toda "calidad normativa" e incurre gustosamente en ese "relativismo incondicional" contra el que últimamente cargan todas las fuerzas del cielo y de la tierra. La crítica que aquí enuncia Ovejero recuerda mucho a la de los comunitaristas que, entiendo, tiene rancia prosapia pero no me resulta convincente en un mundo ancho y ajeno al que no renuncio a comprender y querer en toda su abigarrada y contradictoria complejidad, aunque sea al precio de quedarme sin cuadrilla. La segunda objeción no reza en modo alguno para quienes hemos hecho del instrumento democracia puro un fin en sí mismo que nos permite relativizar alegremente todo lo demás. Somos los relativizadores quienes sospechamos de los no relativizadores (por no llamarlos esencialistas) la proclividad a encontrar algo en cuya ara pueda sacrificarse la democracia como Agamenón hizo con Ifigenia.

Ciertamente, la fundamentación de carácter histórico no es aceptable sin más y Ovejero muy atinadamente entiende que si la democracia es modo de vida, la tarea intelectualmente correcta es descriptiva (p. 304) y que los límites fundamentales de la fundamentación histórica son: 1) la historia explica, pero no justifica; 2) no hay vinculación fuerte entre democracia y moralidad; 3) la confianza en los valores no arranca de una consideración rezonada que juzga imposible, sino del cobijo afectivo y referencial que proporcionan (p. 309).

Por último, la brillante explicitación del punto de vista del autor en defensa de la superioridad de la fundamentación epistémica sobre las otras dos. La argumentación epistémica, razona, parte de la idea de que sin democracia no podríamos concebir la idea de elegir sobre la vida colectiva (p. 319). Estoy de acuerdo con esto, pero no veo cómo puede el autor evitar en esta perspectiva el defecto que señaló al comiezo de su capítulo al afirmar que para fundamentar la democracia necesitamos saber qué sea una democracia y, por lo tanto, una teoría de la democracia (p. 295) pero ¿cómo se puede tener una teoría de la democracia sin su correspondiente fundamentación? Para aclarar esta cuestión, el autor indaga por detrás (y, es de suponer, "antes") de las razones epistémicas y ahí encuentra un "núcleo compartido que equipara -las condiciones de- la democracia a la buena formación de los juicios morales" (p. 320). Es decir, no hay un "antes" ni un "después" pues son coincidentes, simultáneas, en el fondo la misma cosa: democracia y formacion de juicios morales; esto es, la deliberación, que era lo que se quería demostrar. "Sencillamente, no hay un modo independiente de determinar la voluntad general que la voluntad de todos formada desde las buenas razones" (p. 323). Si alguien empieza sentirse incómodo en este territorio rousseauniano y algo inefable que se haga cargo de que la fundamentación epistémica "hace de la democracia la gramática colectiva del ejercicio de la racionalidad práctica" (p. 324). Entiendo aquí el término gramática no metafóricamente sino en el sentido de la gramática generativa, lo que no está mal si se tiene en cuenta que seguimos sin saber qué sea la democracia como se deriva del hecho de que el autor considera inadmisibles formas de fundamentación de ésta que otros autores tienen por plausibles.

En resumen, un gran libro, minuciosa y rigurosamente argumentado de esa materia viva y palpitante que es la teoría política que otros daban por muerta hace ya años. El mejor de la materia que yo haya leído en los últimos tiempos.

dilluns, 4 de maig del 2009

Vuelve el sabelotodo .

Reaparece el señor Aznar en entrevista a Raúl del Pozo en El Mundo del domingo. Al parecer ha perpetrado otro de esos librillos que publica a veces, majestuosos compendios de bobadas y lugares comunes escritos con mucha facundia como facundo es el autor. Prometo que lo leeré y lo reseñaré. Voy camino de convertirme en aznarólogo del Reino, a ver si consigo encontrar respuesta a la pregunta que ya me hice en las elecciones de 1996: ¿cómo un hombre con tan evidentes carencias intelectuales y morales ha podido ser presidente del Gobierno español?

Las deficiencias intelectuales están a la vista y a la oída. Las morales se desprenden de su reacción en los dos acontecimientos más graves que se dieron durante su mandato: en la guerra del Irak mintió sobre las armas de destrucción masiva y mantuvo su mentira durante años hasta que en una charleta tuvo a bien reconocer la verdad, que no había tales armas de destrucción masiva, pero no admitió haber mentido. El otro gran acontecimiento de su mandato fue el de los atentados del 11-M. De nuevo la reacción de Aznar fue mentir, afirmando que era ETA la responsable de los crímenes. De esta mentira todavía no se ha retractado. Y un hombre que miente y se empecina en la mentira es un inmoral.

Pues este inmoral, presunto criminal de guerra, de facultades intelectuales francamente limitadas carga contra el Gobierno en la citada entrevista afirmando que su tiempo (el del Gobierno) debería terminar cuanto antes entre otras cosas porque, según sabemos de otras intervenciones públicas suyas, él sabe "cómo salir de la crisis". Lo típico de los que don Pío Baroja llamaba "tontos ordinarios" es que carezcan de mesura. Se nota ¿verdad? Porque al señor Rodríguez Zapatero lo eligió la gente encabezando la lista del PSOE para cuatro años. ¿Quién es él para decirle que se vaya antes?

(La imagen es una foto de Brocco Lee, bajo licencia de Creative Commons).

Fantasmas del pasado.

Otro que retorna y no vencedor. Después de su temporadita a la sombra el señor Arnaldo Otegi vuelve como si no hubiera pasado nada y, con su habitual desparpajo, responde el ministro español del Interior (que había dicho que la opción de ETA es que "lo deja o lo deja") devolviéndole el tropo al afirmar que la solución al conflicto en el País Vasco es "negociación o negociación" y sosteniendo que habrá una negociación. Una de las características más típicas de la enajenación mental es la crasa ignorancia de la realidad. Ya hubo una negociación; ya se la cargaron a bombazos le amigos del señor Otegi; ya dijeron los gobernantes españoles que no volvería a haber negociación. ¿De dónde saca el señor Otegi que la habrá a pesar de todo? Sólo se me ocurren dos posibilidades: la ya citada enajenación mental o bien la chulería habitual y el matonismo de los proetarras que, amparados en las pistolas, piensan que los términos de la realidad los dictan ellos y si su dictado no coincide con la realidad, peor para ésta y para quienes tengan el estúpido prurito de atenerse a ella.

En el País Vasco tendrá que haber una negociación porque lo dice el señor Otegi, lo confirman los amigos del señor Otegi y lo garantizan los de las pistolas, mentores espirituales de todos ellos. Es el viejo estilo de amedrentamiento e imposición por trágala a que estaba acostumbrado el nacionalismo radical hace unos años, cuando mantenía impunemente su doble juego de estar en las instituciones y colaborar con los pistoleros. Ahora el intento es similar pero las circunstancias han cambiado mucho. Según parece hay en Batasuna un debate entre los partidarios de dejar las armas (o que ETA deje las armas, que es lo mismo) y los de la violencia. Antes ya sólo esta noticia provocaba todo tipo de comentarios y análisis para averiguar cuál sería su alcance. Hoy no interesa a nadie.

Porque esto se ha acabado. A nadie importa ya si Batasuna sobrevive o no. Además, no es verosímil que haya un Gobierno español, del partido que sea, que vuelva a abrir negociaciones. En el País Vasco sólo habrá una negociación después de que ETA haya dejado las armas de forma fidedigna y comprobable. Entre tanto, nada de nada y el señor Otegi ya sabe que puede volver a la cárcel en cuanto dé motivos para ello... y en Euskadi no pasa nada..

La imagen es una foto de ukberri.net, bajo licencia de Creative Commons).


diumenge, 3 de maig del 2009

Socorridos GAL.

Decía ayer Palinuro en su entrada titulada Vuelven los GAL que la señora Aguilar debía prepararse porque se le iban a echar encima sus antiguos camaradas a despellejarla y que lo menos que le dirían sería que pagaba un peaje en el PSOE con sus declaraciones sobre Felipe González. Palinuro se quedó corto: ¡qué frente de diatribas e improperios empezando, desde luego, por el del peaje! ¡Qué mal reaccionan las colectividades que se sienten como todos o sistemas complejos cuando uno de sus miembros se separa, se independiza, se autorregula, se va! Y estos son los que a su vez aleccionan a los demás sobre su respeto a la autodeterminación de todo quisque.

No han dejado hueso sano a la doña. Y el grado de frustración y rencor se echa de ver en que casi todos han reaccionado como Cayo Lara el primer día, como la zorra de la fábula que, no pudiendo pillar las uvas concluye que están verdes. No pudiendo frenar la fuga de la señora Aguilar resulta que todos estaban deseándola y va a hacer más bien que mal y permitirá que lleguen mil claveles...y "florezcan cien escuelas ideológicas".

Parte de esta batahola ha consistido en sacar de nuevo en procesión la mojama del GAL con la interpretación canónica que se sentó desde la línea de propaganda de El Mundo y que tanto ha calado en la sociedad donde la repiten todos como papagayos: el GAL fue cosa del PSOE, como ha quedado definitivamente fijado por sentencia del Tribunal Supremo y ¿cómo iba el PSOE a hacer algo así sin que se enterara el baranda máximo? Mr. X es Felipe González. Pte., recuérdese.

Por delante mi opinión de que este largar el pensamiento único sobre los GAL lo que pretende, en el fondo, es ocultar los casi catorce años de Gobierno socialista en España, borrar su recuerdo y dejarlos reducidos a la corrupción y el terrorismo de Estado. Construir una memoria de las legislaturas socialistas que se agote en corrupción y terrorismo de Estado y escamotee lo demás. En eso están muy interesadas la derecha e Izquierda Unida porque así se nota menos que, en esos casi quince años, las dos no hicieron otra cosa que hablar. En concreto IU se los pasó hablando de ser la izquierda "transformadora" pero no haciendo nada.

Porque quien transformó el país en esos años fue el PSOE, el primer gobierno socialista de la historia de España, el que consolidó la democracia, desmontando para siempre el peligro de las intentonas cuarteleras gracias a la reforma militar; el que puso a España de nuevo en el mapa del mundo después de casi cincuenta años de ausencia y nos integró en la OTAN (el comienzo fue de Leopoldo Calvo-Sotelo) y en la Unión Europea. Lo de la OTAN lo vivió muy mal la izquierda "transformadora"; tanto que IU surge precisamente de la plataforma Anti-OTAN que, innecesario decirlo, no se salió con la suya. También fue el Gobierno que promulgó la primera ley del aborto en la historia de España. A la vista de la que está organizando hoy la Iglesia con el proyecto actual de ampliación, podrá calibrarse cómo se puso la pía institución con la ley originaria. El Gobierno se enfrentó por primera vez con la Iglesia por la educación y si ahora nos parece que no fue muy lejos, no se pueder negar que se empezó y que hoy, tras cinco años de gobierno socialista, no estamos mucho más allá. Aquel gobierno universalizó la educación y la Seguridad Social y desarrolló el Estado del bienestar. También se quedó corto en esto pero no puede negarse que lo hizo. Igual que generalizó y racionalizó la organización y financiación de las Comunidades Autónomas. Tuvo que hacer frente a una reconversión industrial salvaje con enormes tensiones sociales que le costaron la primera huelga general, pero también es el gobierno que promulgó la ley de pensiones, la de las contributivas y las no contributivas, etc.

No sigo por no aburrir pero se ve lo que digo: esas vestiduras desgarradas y esos alaridos monocordamente escandalizados pretenden sepultar tan fecunda tarea de la izquierda bajo la mierda de la corrupción y el terrorismo de Estado.

No tengo mucho que decir sobre la corrupción: los socialistas llevaban diez años en el poder, relajaron los controles y se les vino encima media docena de sinvergüenzas que hicieron trizas la tradición de honradez del partido de Pablo Iglesias. Eso es innegable. Lo que no es de recibo es generalizar como entonces se hizo asegurando que, pues había corruptos en los círculos del poder, todos los socialistas eran uno ladrones.

Como tampoco es de recibo que, pues hubo unos casos de terrorismo de Estado, la consecuencia sea que el Gobierno socialista era un gobierno de terroristas de Estado. Y ya que estamos en esto del terrorismo de Estado, los GAL, voy a exponer por enésima vez mi punto de vista: que hubo terrorismo de Estado también es innegable; y también lo es que es todo muy oscuro en el tratamiento judicial de la cuestión. Ya el comienzo fue extraño: inició procedimiento el juez Garzón con los famosos policías Amedo y Domínguez pero lo paralizó para ir en las listas del PSOE segundo por Madrid detrás de Felipe en las elecciones de 1993. El procedimiento quedó congelado mientras el señor Garzón sufría revés tras revés en el seno del PSOE en donde no le nombraron lo que quería con lo que a mitad de legislatura, dio un portazo, se fue e inmediatamente reabrió el procedimiento paralizado entre los aplausos unánimes de los medios de la derecha que, como siempre, abarcan periódicos, dominicales, empresas de cine, emisoras de radio, y que estuvieron batiendo el cobre sin parar hasta que el asunto se vio en el Tribunal Supremo. El medio que encabezó la campaña fue El Mundo, cuyo director había jaleado la guerra sucia en el País Vasco cuando lo era de Diario 16. Por último recayó sentencia firme que, cuando menos yo, acato plenamente pero no comparto en modo alguno pues me parece injusta ya que condena al señor Barrionuevo con una prueba basada en la interpretación subjetiva que los magistrados hicieron de un ¡careo entre el ex-ministro y un supuesto cómplice! Hasta ahí la historia judicial. Se comprenderá que resulte de risa el intento de atribuir al señor González la condición de Mr. X basado en la consideración de que era imposible que algo que estaba haciendo el señor Vera, Secretario de Estado, no podía ser ignorado por el presidente del Gobierno.

En todo caso está claro que el hecho de que los dos protagonistas de la pinza de entonces, IU y el PP, vuelvan a exhibir los GAL trata de ocultar el balance positivo del gobierno socialista desde 1982 a 1996. En esos años, la alianza IU y el PP nos trajo finalmente el gobierno de los ochos años del PP en el cual el país se vio envuelto en una guerra en el Irak. Y mientras el PSOE transformaba a España hasta el punto de que no la reconocería ni la madre que la parió, como dijo el señor Guerra (primera dimisión forzada por un asunto de corruptelas), IU, la llamada izquierda "transformadora", no transformaba nada.

Hace bien la señora Aguilar en pensar en pedir perdón a González por la infamia de hacerlo responsable de los GAL. Eso fue una canallada que montaron los que, según reconocieron ellos mismos, no conseguían ganarle las elecciones y trataban de echarlo como fuera con la inapreciable ayuda del señor Anguita. Habiéndose producido Il sorpasso el político cordobés ya se veía al frente de ciento cincuenta o doscientos diputados de la "verdadera" izquierda que por fin podría transformar algo gracias a su "programa, programa, programa". El programa ahí sigue; IU tiene dos diputados; el señor González no es Mr. X, igual que el PSOE no es el partido de los GAL sino un partido socialdemócrata, reformista y progresista que ha gobernado durante diecinueve de los treinta y un años de democracia en España por voluntad de diez y once millones de electores.

(La imagen es una foto de 20 Minutos, bajo licencia de Creative Commons).

Malos datos.

Igual que el Publiscopio de hace unos días, la encuesta de Metroscopia para El País de ayer vaticina un triunfo del PP si hubiera hoy elecciones. La ventaja sigue siendo muy baja, de 1,2 puntos porcentuales. Ello quiere decir que la crisis está pasando factura al Gobierno pero la oposición, lastrada por los escandalazos de corrupción, no sale mejor parada.

Da la impresión de que, si no hay cambio de tendencia, el Gobierno perderá las elecciones al Parlamento europeo. Puesto que el PP, aunque ganador, también apunta a la baja, ¿quizá debamos esperar un aumento del voto a otras formaciones nacionalistas (incluida la nacionalista-española UPyD) o de la izquierda más a la izquierda del PSOE? Estas últimas se presentan en una situación de fragmentación, casi atomización que no augura nada bueno para sus resultados electorales pero si uno lee sus encendidas proclamas se hace patente una actitud de voluntarismo infantil con una fantasia de omnipotencia discursiva que mueve a risa: todas las demás candidaturas son de burgueses o de antiguos izquierdistas vergonzosamente vendidos al enemigo de clase que tiene a la "verdadera" izquierda en estado de sublevación permanente.

En el terreno de las realidades electorales, los malos augurios del Gobierno, descontado el efecto crisis se originan, entiendo, a la vista de qué bajo puntúa el electorado a los ministros que no los conoce ni dios. ¿No habíamos quedado en que habría un cambio de ritmo? Me niego a creer que el cambio de ritmo sea que los ministros están tomándose ahora las vacaciones de Semana Santa a las que hubieron de renunciar para mostrar qué duro trabajan los ministros. Pero ahora están desaparecidos. No solamente no están en dónde debían estar sino que, además, nadie los ha visto ni parece que tengan gran cosa que proponer. Hasta ahora lo único que hemos sabido es que esa inenarrable ministra de la Vivienda, Beatriz Corredor, ha metido trescientos millones de euros en los bolsillos de los construtores para comprar suelo sobre el que construir VPOs. Como todo el mundo sabe, con un stock de un millón de pisos por vender, lo que España necesita es... más pisos.

(La imagen es una foto de guillaumepaumier, bajo licencia de Creative Commons).

dissabte, 2 de maig del 2009

Los misterios de Madrid.

Madrid, la ciudad del "¡No pasarán!", la que resistió heroicamente los bombardeos fascistas durante dos años y medio en la guerra civil; Madrid, origen de la revuelta contra el francés; foco de la resistencia al franquismo, lleva decenios bajo gobiernos de la derecha del PP, libremente votados por los madrileños con mayorías absolutas. Y no gobiernos de una derecha más o menos potable, como la que representa el señor Basagoiti en el País Vasco, sino de corte de los milagros y astracanada, al estilo de doña Esperanza Aguirre, epítome de la verdulería aristocrática, modelo de chulería neoliberal, quintaesencia de la estulta pillería, referente universal del desparpajo gazmoño, meapilas avanzada, demagoga refitolera. La derecha madrileña no se molesta en simular modernidad, apertura de miras, afán de servicio público y preocupación por el bien común. En el caso del Ayuntamiento va a una política del espectáculo faraónico con vistas a ligar la capitalidad de los próximos juegos olímpicos, que es lo único que importa al consistorio y para conseguir lo cual está dispuesto a hacer lo que sea, incurrir en gastos suntuarios y subir en un ciento por ciento el impuesto de circulación de vehículos. En el de la Comunidad prima una política de expolio de lo público a base de privatizarlo todo en beneficio de los allegados y amigos; todo menos la televisión, claro, que es un medio de adoctrinamiento y propaganda a favor de la presidenta de la Comunidad. La única diferencia entre esta piratería institucional y la de los siglos XVII y XVIII es que ahora son los propios piratas quienes expiden las patentes de corso desde las instituciones.

¿Cómo es posible que Madrid sea el baluarte de una derecha retrógrada y agresiva, habitualmente enfrentada al Gobierno socialista del Estado incluso en el ámbito legislativo y boicoteando sus medidas? Una encuesta de Metroscopia para El País predice que, de celebrarse hoy elecciones, el PP lograría la mayoría absoluta de nuevo y ello pese a los escándalos que han caracterizado al gobierno de la señora Aguirre, desde el Tamayazo (por el que dos diputados sociatas cambiaron su voto y dieron la presidencia a doña Esperanza, presuntamente por dinero) hasta los espionajes de unos consejeros a otros y la implicación de la estructura del PP de Madrid en el caso Gürtel que es como decir corrupción a lo largo de toda la cadena del mando.

Viendo cómo mis paisanos, que son lo que el alcalde Pedro Castro llama tontos de los cojones, votan gobiernos de expolio de lo público, de manejo rumboso con los dineros de todos, me pregunto si es que los madrileños somos genética, constitutivamente reaccionarios o hay algún otro factor explicativo. ¿Es cosa de la naturaleza o de la cultura? ¿Tiene Madrid más de tres millones de ricos que voten a esta acaudalada señora para que esquilme los recursos colectivos y empobrezca a todo el mundo menos, según parece, a sus amigos o a los parientes de sus consejeros? Desde luego que no pero sí es cierto que presenta una peculiar composición demográfica: es, sobre todo, una ciudad de funcionarios. Ya lo era antes de Galdós, que la retrató, y sigue siéndolo al día de hoy cuando aquí se concentra toda la administración del Estado más la de la Comunidad Autónoma y los ayuntamientos, algunos de los cuales son como la famosa cueva de Alí Babá. Puede ser el famoso "poblachón manchego" que decía no estoy seguro de si Ortega, Azorín o algún otro, pero repleto de empleados públicos, entre los que domina una personalidad autoritaria de ordeno y mando desde el subsecretario hasta el último conserje.

Ocurre además a la administración como a los ejércitos de antaño: que tras ellos arrastraban una nutrida recua de putas, chulos, charlatanes, trujimanes, conseguidores, oficios varios. Si recordamos que Madrid, además de villa es corte y que a la anterior amalgama ha de añadirse la piña de aristócratas, rentistas, curas, monjas, otros parásitos, matones, petimetres, zahoríes, charlatanes, militares y mangantes ya tenemos el abigarrado foro capitalino que vota a la derecha como un solo hombre (o mujer). Ahora bien, eso sólo no justifica que Madrid sea un baluarte de la derecha. Hay algo más porque hubo un tiempo en que en la Capital gobernaba la izquierda, con el señor Tierno Galván en el Ayuntamiento y el señor Leguina en la Comunidad. ¿Qué ha podido pasar desde entonces para que la izquierda parezca condenada a ser un partido segundón frente al siempre potente PP?

Entre otras cosas, que el PSOE ha venido presentando como candidatos al Ayuntamiento y a la Comunidad a auténticas nulidades, gentes muy creídas y poseídas de su importancia pero que tenían tantas posibilidades de ser electas como el pato Donald. Y esto no es invención alguna. En la Comunidad de Madrid los candidatos del PSOE han sido gentes sin relieve ni personalidad, excrecencias del aparato partidista y normalmente pringados en los tejemanejes de influencias y cortijos ideológicos más o menos corruptos. El último que se presentó frente al ciclón Aguirre fue el señor Simancas, sin duda muy honrado y buen chico, muy bien considerado en su partido y bien situado en él, sobre todo económicamente, pero incapaz de parir una idea o de dar muestra alguna de personalidad y experto tan sólo en trapisondas internas de la organización. En el Ayuntamiento, despúes de la muerte de don Enrique Tierno, el PSOE presentó varias veces, con contumacia, a don Juan Barranco, cuyo atractivo electoral es como el de un banco del Retiro. Después del señor Barranco vino algún otro candidato (o candidata) cuyo nombre no fue conocido ni durante la campaña electoral, para terminar con la propuesta del asesor del señor Rodríguez Zapatero, don Miguel Sebastián, en las últimas penosas elecciones. Éste no conoce Madrid y mucho menos su complejísimo Ayuntamiento, pero aceptó alegremente la oferta del jefe cuyo desprecio por los madrileños puede verse en esta unción de un valido que no duró ni un asalto al peso pesado de Ruiz Gallardón. Como premio de consolación, el presidente del Gobierno nombró ministro de Industria al audaz inepto que continúa dando amplias muestras de su no saber hacer en su nuevo puesto.

Con esos adversarios, ¿cómo no va a ganar las elecciones el PP? Y para las próximas locales y autonómicas la cosa pinta igual. En la amorfa oposición municipal no parece haber nadie que pueda ser alcalde, con lo cual pretenderán improvisarlo en el último mes, cabreando más a los madrileños que se sienten menospreciados y nombrando por fin a algún honrado compañero (o compañera) de la agrupación de Móstoles, Parla o Lozoyuela, a quien revolcará el candidato del PP muy a su sabor. En la Comunidad, para desgracia del progresismo capitalino, ya tenemos de candidato sociata a don Tomás Gómez, un muy votado como alcalde en su pueblo, a quien la alcaldía se ha subido a la cabeza y parece absolutamente dispuesto a hacer realidad el principio de Peter de que cada cual alcanza el nivel de su máxima incompetencia.

En esta situación de tranquilo descuido para la derecha que gobierna en los dos niveles con mayoría absoluta y sin verse apremiada por la oposición, los jefes conservadores se atreven a amagar cambios y reformas que ponen los pelos de punta. Según leo en Público, el alcalde planea ceder a Ana Botella la Alcaldía de Madrid. Magnífica jugada por la que la Villa pasaría a estar gobernada por un duunmulierato, que es muy progre y mola mazo. Una meapilas liberal y una legionaria de Cristo más currutaca y cursi que un repollo con lazo. Claro que los candidatos de la izquierda serán peores; de uno, el de la Comunidad, ya lo sabemos; a ver con qué nos soprenden en el Ayuntamiento. Ojalá fueran Pedro Zerolo o Beatriz Gimeno (que no sé si es del PSOE), pero no será así. ¡Podrían ganar las elecciones!


(La imagen es una foto de Pulsarín, bajo licencia de Creative Commons).

Censurar al Papa.

A iniciativa dels Verts/Iniciativa per Catalunya e IU, el Congreso de los Diputados debatirá esta semana si reprueba o no al Papa por sus desatinos sobre el condón en el África.

- Pero, ¿cómo? -Salta Monseñor Cañizares desde una clínica de Roma en donde lo están tratando de una tromboflebitis que debe de haber pillado en algún vuelo y a quien el Congreso de los Diputados le parece el patio de un colegio-. ¿Cómo? Si el Parlamento recusa al Papa, estará recusando a España.

Toma ya prudencia, respeto al legislador, sentido de Estado y sentido común. Los que llevan veinte siglos condenando, censurando, anatematizando (y quemando en la hoguera) se molestan porque alguien, en nombre de la salud pública en los países más pobres del mundo, pida que se censuren las palabras de SS condenando el condón y asegurando que no sólo no remedia la enfermedad sino que la fortalece.

La muy católica Bélgica ya ha reprobado las palabras de este ignaro provocador. Pero no las tengo todas conmigo en que también lo haga España y al final el PSOE no se doblegue. Al pío señor Bono la condena puede producirle otra tromboflebitis como prolongación de la de Monseñor Cañizares, al modo en que las llagas de San Francisco lo eran de las del Señor.


(La imagen es una foto de Mr. Heston , bajo licencia de Creative Commons).

divendres, 1 de maig del 2009

Vuelven los GAL.

¡Uy, lo que ha dicho doña Rosa Aguilar! Que pedirá "disculpas a Felipe González por relacionarle con los GAL". Realmente esta mujer tiene agallas o está pidiendo que la crucifiquen. Me extraña que la tropa de demagogos, embusteros y gente sin escrúpulos que en los años de la conspiración pretendieron enredar a González en el sucio asunto de los GAL no haya salido aún al degüello de la cordobesa. Seguramente están tan atónitos por su osadía que les faltará el habla. Pues que se prepare la doña porque lo menos que van a decirle es que eso de exonerar a Mr. X del terrorismo de Estado es el peaje que cobra el PSOE por admitir en su próvido seno a los prófugos de IU.

No hace falta que diga que, a mis ojos, la señora Aguilar ha ganado muchísimo porque siempre he sostenido que aquel atropello fue un montaje urdido entre gente como la arriba mencionada con delincuentes de toda laya al que prestó su interesado apoyo IU entonces de la mano del señor Anguita. Añadiré que nunca he sabido si al señor Anguita lo movía más su mezcla de odio y envidia hacia González que sus discursos de maestro ciruelo sobre el marxismo leninismo. Pero el asunto de los GAL -del que sigo sosteniendo que se desfiguró para utilizarlo con éxito en contra del Gobierno de entonces- fue el pivote sobre el que funcionó la famosa pinza entre el PP e IU que finalmente se coronó con el notable éxito de ocho años de gobierno de la derecha. Y en aquella pomada estaba doña Rosa Aguilar, tan látigo de "terroristas de Estado" como su jefe, acusando a González de "tener las manos manchadas de sangre con los GAL". Por eso sus palabras de hoy me parecen emocionantes y la felicito por ellas de todo corazón. Son éstas:

Probablemente entonces no era consciente de la trascendencia que tenía. El día que pueda, después de la experiencia que he acumulado, le pediré disculpas y perdón a Felipe González. Nunca pensé que aquello tuviera tanta trascendencia. Trascendencia que luego he valorado en términos humanos. A veces hacemos daño innecesariamente en la política. Hace ya mucho tiempo que me di cuenta de que a veces lo que en la política puede ser un titular de gran dimensión causa daño a un ser humano. El día que tenga oportunidad lo comentaré personalmente con Felipe González y le pediré disculpas.

Nada, doña Rosa, bienvenida a un club que todavía hoy, casi quince años después, cuenta con muy pocos miembros. Poquísimos, se lo aseguro. Muchos menos de los queVd. imagina. No sé si llegaremos a la docena. En todo caso mi concepto sobre Vd. ha subido mucho porque estoy seguro de que ha pronunciado Vd. esas palabras por pura necesidad de alivio de conciencia y no con fin utilitario alguno.

Porque supongo que, al hacerlo sabe -si no lo sabe es Vd. una ingenua sin remedio- que está echándose encima a la jauría de granujas que, tras jalear a los GAL, GOL, GUL y cualquier forma de guerra sucia contra ETA, se convirtieron luego de la noche a la mañana en exquisitos defensores del Estado de derecho sólo porque en ello vieron la posibilidad de derribar al gobierno de la izquierda. Manipulando, por supuesto.

Lo que no sé si sabe, ni siquiera sé si se lo espera, es que entre sus nuevos amigos se ha ganado un buen puñado de enemigos: todos aquellos que en nombre de los inmarcesibles principios socialistas se sumaron al carro de la infamia de verter la mierda de los GAL sobre su propio Gobierno y llenaron las ondas y las páginas de los periódicos de escandalizadas críticas y aquellos otros, muchos más, que estando moralmente obligados a defender lo que tenían que defender, si no por convicción (que no cabe pedir peras al olmo) cuando menos por gratitud, callaron como piedras por ver si escampaba el temporal, no los afectaba y volvían a disfrutar de sus canonjías. Como siguen haciendo hoy, prestando su valiente apoyo a un Gobierno que no lo necesita, por si cae algún nombramiento.

Sí, doña Rosa, ha coronado Vd. su acto de transfuguismo con una declaración suicida y van a despellejarla.

Pero ha ganado Vd. un amigo en Palinuro.

Enrocamiento.

Mal negocio el que ha hecho el PP permitiendo que dos personas tan señaladas como Francisco Camps y Luis Bárcenas sigan en sus cargos porque representan munición para los ataques del adversario sobre la trama de corrupción y, además, no tienen razones que justifiquen su comportamiento cuando en otros casos de cargos y/o militantes bajo sospecha ha actuado de modo contundente. Precisamente esa irritante diferencia de trato ante el comportamiento de personas presuntamente implicadas en ilegalidades, lejos de clarificar la situación la está complicando mucho.

En el Parlamento valenciano, preguntado por quinta vez acerca de los comprometedores asuntos, algunos con una innegable vis cómica, en los que se ve mezclado, el señor Camps se limita a decir que las acusaciones son falsas y un montaje y que él arde en deseos de explicarlo todo donde corresponda. Un buen sitio sería el Parlamento valenciano, sin perjuicio de las aclaraciones que este singular y escurridizo personaje tiene pendientes en sede judicial.

A medida que pasan los días y van conociéndose nuevos elementos incriminatorios de las personas imputadas por Garzón, la situación de éstas se hace más insostenible. Y en nada ayuda la conocida doble o triple moral del partido que toma represalias con unos pero deja a otros en paz, pide que se respete la presunción de inocencia y respalda por entero a los imputados. Además de estar descalificada esta actitud a causa de la doble moral citada, es un error porque cada vez que se conozca algo nuevo sobre los imputados, será noticia de primera de todos los medios lo que quiere decir que el PP está hipotecando el resultado electoral.

Es tan inexplicable y suicida esta actitud del partido que suscita la idea de si es que el señor Rajoy y sus asesores tienen miedo a su tesorero por lo que éste pueda largar.

(La imagen es una foto de Público, con licencia de Creative Commons).

dijous, 30 d’abril del 2009

¿Es o no transfuguismo lo de Rosa Aguilar?

La espantada de doña Rosa Aguilar está siendo un episodio de catarsis de la izquierda y quién sabe si del conjunto de eso que se llama la "clase política". Cada cual manifiesta en público lo que lleva dentro y eso opera como un psicoanálisis global.

Veamos. Por una lado dice el señor Alcaraz que en el trasvase de la señora Aguilar "con dinero público se intenta organizar una especie de epidemia de transfuguismo" . Y añade que "no es normal la conversión de la política en mercado y que sea impune organizar operaciones de transfuguismo". Son juicios severos y hasta brutales porque, entre otras cosas, parten de uno de intenciones de la interesada muy poco benévolo en la presunción de que es la codicia la que la ha movido. Pero una cosa es decir eso y añadir, si se quiere, que el señor Alcaraz no es un caballero y otra bien distinta sostener, como hace el señor Javier Pradera en Transfuguismo y movilidad política que lo que el señor Alcaraz dice es incierto porque no se trata de una caso de transfuguismo... sino de ¡movilidad política! Es decir repudiar el enunciado del señor Alcaraz no por grosero y patán sino por falso. Y, ya puestos, presumir una intención buena y noble en el gesto como es el cambio de convicciones se entiende que genuino, no de conveniencia. Eso no es transfuguismo, se dice; para que lo haya, el presunto tránsfuga ha de llevarse su cargo bajo el brazo se supone que para lucrarse de él. Es... movilidad política.

No hay que ir muy lejos a sancionar la cuestión. El DRAE dice que es tránsfuga "la persona que pasa de una ideología o colectividad a otra" y sólo en segundo lugar: "Persona que con un cargo público no abandona éste al separarse del partido que lo presentó como candidato." Luego de acuerdo con la primera y dominante acepción del término por voz de la autoridad competente la señora Aguirre es tránsfuga y no es infamia alguna decirlo. A lo mejor la infamia está en lo contrario. Lo importante para ser "tránsfuga" es cambiar de "ideología o colectividad" que es a lo que apunta la etimología de la palabra. Porque alguien puede llevarse el escaño y no ser tránsfuga; por ejemplo, las que son independientes (bien en el punto de partida bien en el de llegada) o las que no se van a otro partido o grupo (colectivo) sino que se quedan en el grupo mixto. Llevarse o no el escaño es irrelevante. Lo relevante es mandarse mudar de conveniencia. La señora Aguirre es tránsfuga. Otra cosa es que, como el señor Pradera, obviamente, tiene mal conceptuado el transfuguismo, trate de salvarla de él y él sí se invente una categoría: la mirífica "movilidad política".

Tratándose de un caso de transfuguismo que afecta al comunismo tenemos suficientes ejemplos en la historia de cómo vive esa ideología su sobresaltada existencia de escisiones, expulsiones, separaciones, etc. ¿No venía la señora Aguilar sintiéndose incómoda en el PCE y en IU por asuntos que la atribulaban ideológicamente? Lo que ha hecho ha sido zanjar una cuita interior que no la dejaba vivir. Y lo ha hecho, oh coincidencia feliz, en el momento del relevo en la presidencia de la Junta de Andalucía y los cinco días en que podía estar una consejería en sede vacante en esa Junta. Doña Rosa no es una aprovechategui sino alguien que se sacrifica por la causa.

¿Y en cuanto al juicio moral? Ya decía antes que llamar "tránsfuga" a la señora Aguilar no era infamia alguna y en cambio sí puede serlo llamarle otra cosa. El señor Alcaraz sostiene, en una especie de arrebato kantiano, que en la política no se puede "contratar" (como dice el señor Griñán que ha hecho con doña Rosa) a los cargos cual si fueran ejecutivos de empresa porque eso equivale a confundir la política con el capitalismo. Esto puede ser cierto o no, ya que aquí intervienen consideraciones sobre cómo se entiende la gestión pública y el señor Griñán podía escoger mejor sus verbos, pero véase cómo razona finalmente el señor Pradera su alegato a favor de la señora Aguilar y del hecho de que no sea una aprovechada: "La vocación política puede terminar siendo una profesión especializada, dedicada -dentro de la división social del trabajo- a cubrir puestos retribuidos en los aparatos de los partidos y a desempeñar cargos remunerados representativos o de libre designación dentro de la Administración central, autonómica y municipal". Es decir, el señor Pradera defiende como solución lo que el señor Alcaraz ataca como perversión y lo que el propio señor Pradera criticaba por atribución falsa: la carrera del político profesional al estilo de la empresa. ¿En dónde está la infamia?

(La imagen es una foto de 20 Minutos, bajo licencia de Creative Commons).

Contra la privatización de la sanidad pública.

Los de la Asociación en Defensa del Hospital Severo Ochoa (ADHSO) han puesto en marcha una campaña con el muy noble objetivo de sentar al señor Lamela, responsable de las calumnias al doctor Montes, el banquillo con el titulo de Lamela al banquillo. Quien quiera leer las muy sólidas razones de la Asociación que pinche en Lamela al banquillo

Por lo demás, los de la ADHSO nos piden una módica contribuición de 10 € para ayudar a esta causa que conlleva un proceso costoso en el que la otra parte no dudará en emplear los recursos públicos para defenderse:


Si no estás dispuesto a consentir que nuestra falta de medios económicos permita su impunidad…


Ingresa o transfiere 10 € a la cuenta corriente de
La Caixa: 2100 1745 56 0200090640

Indica en el concepto “Lamela al banquillo”

Igualmente, en el nombre de la cuenta hay que poner ADHSO..

Mientras zumbaban las balas

He leído bastantes libros sobre la transición democrática en España y algunos sobre la intentona del 23 de febrero de 1981, momento crítico de aquel proceso de transición. Habitualmente los escriben politólogos, historiadores, juristas, sociólogos, periodistas o los propios protagonistas en forma de memorias. Yo mismo tengo algo garabateado sobre el asunto en forma de recopilaciones y alguna monografía. En la abundante bibliografía se encuentra de todo, desde obras muy estimables hasta verdadera basura. Pero nunca había leído una versión escrita por un literato. El libro de Javier Cercas (Anatomía de un instante, Barcelona, Mondadori, 2009, 463 págs) sobre la intentona del 23 de febrero no es una novela; antes bien, parece ser que, habiendo escrito una pero no considerándola suficientemente buena, el autor se decidió a dar otra forma a su relato. ¿Cuál? Es difícil de decir: la obra es una mezcla de géneros, en parte reportaje, en parte investigación histórica, en parte relato, narración con inventiva literaria. Sin duda difícil de etiquetar y que probablemente estará levantando ronchas en los distintos campos académicos que operan con un criterio de enclosures disciplinarias y que acusarán a Cercas de intrusismo, cuando menos.

Por fortuna el valor de las obras de los hombres depende de sus méritos intrínsecos y los de la obra de Cercas brillan muy altos. El novelista ha pintado un cuadro de la situación del país en aquellos meses de 1980 y 1981 que vieron la acelerada descomposición de la UCD, la dimisión de Suárez y la intentona golpista, una reconstrucción minuciosa tras una intensa labor de documentación. Al mismo tiempo nos ofrece una interpretación del sentido de aquel tiempo en su conjunto y de las motivaciones, intenciones, proyectos y justificaciones de los principales protagonistas de los hechos, una tarea de investigación psicológica en los personajes que revela un conocimiento profundo de sus personalidades y una gran calidad de creador y novelista.

Sirva lo anterior como un desahogo antes de añadir que Anatomía de un instante me parece una obra fascinante, de una calidad fuera de duda y que se lee con el interés y la intriga de una novela de aventuras siendo así que mantiene una muy convincente estructura de ensayo historiográfico. Pero no es historia en algún hipotético sentido académico lo que hace Cercas sino una interpretación del sentido de una época que consigue lo que pocas obras consiguen ya y menos en un tema tan trabajado como la transición, esto es, abrir perspectivas nuevas, proponer interpretaciones originales y que, al mismo tiempo, al menos para mí, son convincentes.

La obra está dividida en cinco partes de las cuales dos (la primera y la cuarta) describen pormenorizadamente los mecanismos de aquel golpe militar tan complejo y las otras tres cuentan los acontecimientos bien desde el punto de vista bien de las circunstancias de cada uno de los tres protagonistas que para Cercas tuvo aquel instante: Adolfo Suárez, Gutiérrez Mellado y Santiago Carrillo. Los tres únicos miembros de la Cámara que no se tiraron al suelo ante la actitud conminatoria de los asaltantes sino que se mantuvieron sentados en sus escaños, imperturbables, mientras las balas zumbaban a su alrededor. Aparte de la mecánica propia de la intentona, el libro extrae su significado de ese encuentro casual de tres personas que comparten un destino y sus comportamientos así lo atestigua. Esa coincidencia de los tres personajes, en paralelo con los otros tres del otro bando, Alfonso Armada, Milans del Bosch y Antonio Tejero le permite hacer un tratamiento simétrico extraordinariamente subjetivo y que da al libro mucha de su prestancia.

En la Primera parte, que se titula La placenta del golpe, dice el autor que en el 23 de febrero se engarzan dos cosas distintas: una operación contra Adolfo Suárez pero no contra la democracia y otra contra Adolfo Suárez y contra la democracia. No son independientes pero tampoco son solidarias (p. 39). Por aquellos meses había un clima como previo a un golpe de Estado por cuanto, como señalaba el Paris Match de la época, se acumulaban la crisis económica, el terrorismo y el escepticismo ante las instituciones. Todo Madrid era un hervidero de conspiraciones contra Suárez. Recuerda el autor un artículo de Pilar Urbano en el Abc titulado "Todos estamos conspirando" (p. 46).

También conspiraba la Iglesia. La buena relación del Cardenal Tarancón con A. Suárez se rompe en el otoño de 1980 a causa del proyecto de ley del divorcio a tal punto que la Conferencia Episcopal, que estaba reunida el día 23, se disolvió sin decir nada, ni un gesto, ni una palabra en espera de ver cómo se resolvían las cosas tras la ocupación del Congreso. De todas formas, señala asimismo el autor, debe recordarse que los obispos no hicieron nada distinto de lo que hizo el conjunto del país: callarse, refugiarse en su casa y esperar a ver qué sucedía.

Por otro lado quien más conspiró contra Suárez fue su propio partido. Cercas tiene aquí tres explicaciones del desmoronamiento de Suárez que se produce en esos años: a) Suárez, que sabe hacer fácilmente lo difícil (desmontar una dictadura), no sabe hacer lo fácil (administrar una democracia); b) Suárez, hasta entonces un político de acero, se derrumba psicológicamente; c) los celos, rivalidades y traiciones en el interior de su propio partido (p. 68). A la altura de abril de 1980, Suárez se encuentra con que todos los jefes de la UCD lo desprecian, cosa que se pone de manifiesto en la época en una reunión extraordinaria de los jefes de la UCD tres días en Manzanares el Real, en donde hay una especie de sublevación, de fronda de los barones del partido.

Fuera de España la situación no era mejor pues mientras Suárez giraba a la izquierda en política exterior, el mundo lo hacía a la derecha (p. 74). Señala Cercas que los Estados Unidos estaban informados del golpe, cosa que deduce de una entrevista de Alfonso Armada con el embajador estadounidense, el ultraderechista Terence Todman el 13 de febrero en una finca cerca de Logroño(p. 76).

En los últimos meses de 1980 y primeros de 1981 todo el mundo conspira contra Suárez (p. 77). Sólo hay dos personajes que no lo hacen, Santiago Carrillo y Gutiérrez Mellado. Acerca de esta situación de universal conspiración había un informe del CESID de noviembre de 1980 y titulado Panorama de las operaciones en marcha. Este documento, el más útil, llega al Rey, a Adolfo Suárez, a Gutiérrrez Mellado y al ministro de Defensa, Agustín Rodriguez Sahagún. Según la primera parte del documento hay cuatro operaciones políticas, tres de la UCD y una del PSOE. La segunda parte cuenta tres operaciones militares en marcha, la de los tenientes generales, la de los coroneles y la de los "espontáneos" (p. 81). Y finalmente se registraba una conspiración cívico-militar, concebida como un "golpe blando", destinado, en teoría a impedir los otros. No se trata de eliminar la democracia sino de limitarla. Con todo, el informe no es del CESID. ¿Intervino el CESID en el golpe? El autor avanza un dato: intervino en dos de los cuatro movimientos de los golpes y en uno de ellos la intervención no fue anecdótica. (p. 87).

La segunda parte se titula Un golpista frente al golpe. Analiza con criterio y estilo literarios el gesto del general Gitiérrez Mellado de no dejarse tirar al suelo (como luego hará también con los de Carrillo y Suárez). Entiende que el gesto de Gutiérrez Mellado está lleno de furia, pero no contra los guardias civiles que lo zarandean sino contra sí mismo, a modo de contricción por su sublevación cuarenta años atrás contra el poder civil legítimo cuando él hacía lo que ahora hacían los guardias civiles que lo atacaban mientras que él estaba defendiendo la misma democracia que ayudó a liquidar cuarenta años antes.(p. 106) Según un cliché la transición fue posible gracias a un pacto de olvido pero Cercas entiende que, al revés, lo fue gracias a un pacto de recuerdo (p. 108) Quienes hicieron la transición supieron que no había que hacer ajuste de cuentas a quienes habían ajustado las cuentas durante cuarenta años, pero lo recordaban muy bien y no quisieron repetirlo (p. 109). Esta es una de mis escasas discrepancias con el autor: esta equidistancia entre unos y otros "ajustes de cuentas" no es acertada. Un posible "ajuste de cuentas" de la democracia sería siempre algo legal, a diferencia de lo que hicieron los sublevados, que fue establecer un régimen de delincuentes.

A Gutiérrez Mellado le hicieron la vida imposible. Después de la legalización del PCE (que fue un momento crucial en la transición) ya fue todo el ejército el que lo consideraba traidor, igual que a Adolfo Suárez, que había jurado fidelidad a los principios del Movimiento Nacional (p. 117). En un homenaje a militares asesinados por ETA Gutiérrez Mellado estuvo a punto de ser linchado por oficiales exaltados. A su vez el ultraje que sufrió en el congreso lo grabaron las cámaras. En su muerte Suárez citó unas palabras suyas "Dime la verdad, presidente: aparte del Rey, de ti y de mí, ¿hay alguien más que esté con nosotros?" (p. 132)

El golpe definitivo se lo dio a Suárez el Rey al retirarle su confianza (p. 139) pero como Suárez era un político puro no se fue, sino que lo echaron, lo echó la calle, el Parlamento, Roma, Washington, su partido, su derrumbe personal y, por fin, el Rey (p 148). Suárez dimitió como presidente del Gobierno para legitimarse como presidente del Gobierno (p. 151), pero no se agachó porque, aunque era un pícaro, un falangistilla de provincias y un arribista del franquismo que estaba dispuesto a jugarse el tipo por la democracia.

El CESID (que fue obra de Gutiérrez Mellado) contribuyó a parar el golpe; como lo hizo y lo consiguió el Rey (p. 160). Armada insistió en que la situación era grave pero no desesperada e insistió en que lo recibiera el Rey. Fernández-campo lo obligó a quedarse en el Cuartel General del Ejército con lo que el golpe ya había fracasado.

La tercera parte, (Un revolucionario frente al golpe) versa sobre el otro gesto, el de otro que tampoco quiso echarse al suelo y se mantuvo sentado mientras las balas zumbaban en torno suyo. Santigo Carrillo es de la generación que hizo la guerra. Como Gutiérrez Mellado, se sublevó en armas en 1934 en contra de la legalidad republicana y, como Gutiérrez Mellado, nunca se arrepintió. (p. 180). Carrillo tampoco quiso ajustar cuentas con quienes llevaban cuarenta años ajustándolas sin piedad (p. 181). Curiosamente, igual que las derechas jamás perdonaron su traición a Suárez ni a Gutiérrez Mellado, las izquierdas no perdonaron la suya a Santiago Carrillo (p. 183). Con la legalización de PCE empezó a fraguar el golpe de un lado y la sublevación comunista del otro. Carrillo había vendido la legalización con la promesa de que atraerían millones de votos (p. 198) porque el viejo político siempre creyó en la viabilidad de un Gobierno de "concentración nacional" con Adolfo Suárez (p. 200). Para todo ello había elaborado el oxímoron del comunismo democrático. En noviembre de 1977, en un viaje por los Estados Unidos, Carrilló anunció que en el siguiente IX Congreso el PCE abandonaría el leninismo y ahí es en donde comenzó la sublevación de la militancia (p. 201). Así, en abril de 1978, en el X congreso del PCE se adoptó el eurocomunismo y se abandonó el leninismo (p. 202). El PCE se dividió en "renovadores" (entre ellos, Tamames), "prosoviéticos" y "carrillistas" y el jefe de estos se enfrentó a una sublevación en el PCE parecida a la que hubo de afrontar Adolfo Suárez en UCD (p. 203). En vísperas del 23 de febrero Santiago Carrillo se aferra a Suárez igual que un náufrago a otro (p. 205). Sostiene el autor que nuestro hombre tuvo algo que ver en la matanza de Paracuellos (pp. 216/217) que la derecha jamás le perdonó.

Conviene recordar que, en el momento del golpe no hubo reacción popular digna de tal nombre. El país entero se encerró en su casa y no reaccionó (p. 209). Doy fe de ello. En aquella tarde recuerdo haberme llegado hasta la Carrera de San Jerónimo donde en el mejor momento llegamos a ser como cien de izquierdas que hubimos de responder a las agresiones de los grupos de la derecha sólo para disolvernos con una carga policial. Nadie defendió entonces el orden constitucional y democrático en las calles, que estaban vacías. La preocupación principal del Rey no fue sino qué harían los capitanes generales, la mitad de los cuales estaba más o menos comprometida con el golpe pero que, como un grupo de militares cobardes y sin honor que eran, se pusieron todos de inmediato a las órdenes del Rey (p. 234). Salvo Milans, ningún capitán general apoyó abiertamente el golpe pero, salvo Quintana Lacaci y Polanco, tampoco se opuso abiertamente a él (p.235).

En la cuarta parte, (Todos los golpes del golpe) se expone cómo la trama del golpe la urdieron Armada, Milans y Tejero y no existió trama civil alguna (p. 255). La trama civil era lo que Cercas llama "la placenta" del golpe. De los tres golpistas, Armada era el jefe político, Milans el jefe militar y Tejero el jefe operativo del detonante del golpe, esto es, el asalto al Congreso (p. 258). Armada, roído por la inquina a Suárez, que lo había deplazado de la Secretaría del Rey y pretendía recuperar su puesto y su ascendiente sobre el monarca (p. 261). Milans, un fascista que odiaba a Gutiérrez Mellado. Tejero un hombre de ultraderecha que odiaba a Santiago Carrillo (p. 268) El golpe del 23 de febrero fue, en realidad, tres golpes distintos (271). A este hilo desarrolla Cercas su muy brillante, ingeniosa y cierta teoría de la triple simetría: Adolfo Suárez, Gutiérrez Mellado y Santiago Carrillo de un lado frente a Alfonso Armada, Milans del Bosch y Antonio Tejero. Esta potente imagen del trío de militares golpistas frente al trío de reformistas (que, a su vez, tenían un pasado del que responder) que se mantienen firmes ante la intimidación y no se agachan cuando el tiroteo, es el punto fuerte del libro, su más ingeniosa explicación, la clave del arco de la interpretación de Cercas del tema eterno de las dos Españas: los golpistas y los defensores del orden democrático-constitucional a los que los golpistas acusan de traición puesto que, en realidad, abandonaron sus postulados primeros, Gutiérrez Mellado el franquismo militar, Suárez el Movimiento Nacional y Santiago Carrillo el leninismo revolucionario. Tiene aquí Cercas una brillante reflexión sobre valor de la traición en política que merece la pena citar in extenso. Suárez, Gutiérrez Mellado y Santiago Carrillo, "... traicionaron su lealtad a un error para construir su lealtad a un acierto; traicionaron a los suyos para no traicionarse a sí mismos; traicionaron el pasado para no traicionar el presente. A veces la traición es más difícil que la lealtad. A veces la lealtad es una forma de coraje pero otras veces es una forma de cobardía. (...) Quizá no sabemos con exactitud lo que es la lealtad ni lo que es la traición. Tenemos una ética de la lealtad, pero no tenemos una ética de la traición" (p. 274) Una ética de la traición quizá no sea posible pero sí una investigación sobre la conveniencia de la traición en el proceso político. Se la debemos a Denis Jeambar e Yves Rocaute, Elogio de la traición, Madrid, Gedisa, 1984, en la que se sostiene la tesis de que la traición es el mecanismo que posibilita el funcionamiento de los sistemas políticos y entre lo ejemplos que ponen destaca el del Rey Juan Carlos, traidor a los principios del Movimiento Nacional que había jurado defender.

En un momento dado Cercas se pregunta cuándo empezó todo y explica que casi siempre es imposible detectar el momento exacto del nacimiento de algo o su fin. En el caso del golpe, el ambiente en el que fue creciendo fue un conjunto de conversaciones privadas, de confidencias, de rumores, de sobreentendidos que Cercas llama "tejido casi inconsútil" (p. 277). La idea de que la situación exigía un Gobierno de unidad presidido por un militar era entonces la comidilla de Madrid (p. 279). Armada daba a entender que hablaba en nombre del Rey y así se reunió con Mújica en Lleida el 22 de octubre de 1980 y lo convenció para la idea del Gobierno de unidad (p. 281). Actualmente es una cuestión contrafáctica averiguar qué hubiera pasado si el "golpe blando" con apariencia de salvación de la democracia de Armada llega a triunfar, pero está claro que, a raíz del compromiso de Mújica, el PSOE hubiera desempeñado un papel tan poco gallardo como el que tuvo colaborando con la Dictadura de Primo de Rivera. Hay encerrado en la historia del PSOE un ramalazo de oportunismo antidemocrático bastante molesto. Después, Armada habló con Milans del Bosch quien quedó convencido de que aquel hablaba en nombre del Rey (p. 283) del que se suponía que respaldaba el golpe blando que, sin embargo, se deshizo cuando Adolfo Suárez dimitió (p. 290), lo que obligó a adelantar los planes y pasar del golpe cívico político a uno militar.

La quinta parte (¡Viva Italia!) está dedicada a averiguar las motivaciones de Suárez en aquellos meses y, por último, su decisión de no echarse al suelo y mantenerse sentado en su escaño. Sostiene Cercas que si Suárez llegó a presidente del Gobierno fue porque era un chisgarabís servicial y ambicioso, un gallito falangista (p. 353) que carecía del peso personal de algunos otros aspirantes, como Areilza o Fraga. Suárez, por su parte, nunca había querido ser otra cosa que presidente del Gobierno (p. 355).

Según mis noticias, así es. Propuse a Suárez para doctor Honoris Causa por la Universidad Complutense de Madrid hacia 1993. La Universidad lo aceptó pero aquellos años fueron muy problemáticos, plagados de escándalos y problemas y, como el Rey quería asistir a la ceremonia, el doctorado se fue aplazando y, entre tanto, yo lo iba tratando, preparando el galardón. En una de nuestras conversaciones me contó que, cuando le presentaron al entonces Príncipe de España, él le dijo algo así como "Juan Carlos, tú serás Rey de España pero te darás una hostia si no me nombras presidente del Gobierno". En lo que conozco al personaje puede ser verdad. Por cierto, este doctorado tuvo su aventura. En 1996, siendo rector Rafael Puyol, se desbloqueó la concesión pero el Rector me llamó y me dijo que finalmente habría concesión del doctorado Honoris Causa a Suárez pero que la Laudatio quería pronunciarla él. Me dio a entender que si yo me negaba (cosa lógica, dado que era el padrino del doctorando) el tema podría volver a empantanarse. Como lo que yo quería era que mi universidad reconociera Honoris Causa a Suárez, acepté, pero no asistí a la ceremonia que se basó en un expolio.

El caso es que aquel chisgarabís tendría que ser el hombre sin principios que pusiera en marcha el astuto plan de Torcuato Fernández Miranda para deshacer las Leyes Fundamentales del Movimiento desde dentro de la legalidad franquista a través de la Ley para la Reforma Política (p. 367). Suárez, en efecto, consiguió que los procuradores de Franco aprobaran la ley que los situaba al margen de la historia y lo consiguió amenazándolos o comprándolos directamente (p. 368). El caso es que a raíz de su éxito, la oposición tuvo que cambiar de táctica que ya no podía ser la ruptura ni siquiera la ruptura pactada sino que habría de ser la reforma pactada. La medida límite de esta vía fue la legalización del PCE (p. 371). A cambio de esta "traición" al espíritu de las Leyes Fundamentales del Movimiento, el PCE aceptó de una andanada la monarquia, la unidad de España y la bandera rojigualda (p. 372).

Cercas, que ha venido comparando al "falangistilla" con algunos conocidos héroes de novelas francesas del XIX, como Julien Sorel (el héroe de Rojo y Negro) Lucien Rubempré, de Balzac o Frédéric Moreau, de La educación sentimental, dedica ahora una especial atención a una semejanza que confiesa haber visto en El País entre Adolfo Suárez y el estafador y delincuente Emmanuelle Bordone a quien las circunstancias sitúan en un lugar heroico a pesar de él mismo: se le ofrece la oportunidad de hacerse pasar por el héroe de la resistencia General della Rovere con el fin de delatar a los alemanes al jefe de los partisanos italianos pero, al final, acaba identificándose con el personaje que interpreta y se redime de su vida de sinvergüenza y estafador, dejándose fusilar como si fuera el verdadero Della Rovere (p. 375) La historia está sacada del film de Roberto Rossellini, Il General della Rovere que interpretaba soberbiamente Vittorio de Sica.

La gran obra de Adolfo Suárez en aquellos años con los partidos políticos son los pactos de La Moncloa, la Constitución de 1978 y el Estado de las Autonomías (p. 376). Cuando las cosas parecieron salirse de madre y Suárez quiso dar marcha atrás en las Autonomías ya era lo que Cercas llama "un político ortopédico y sin recursos" (p. 379). Adolfo Suárez no se tiró al suelo el 23 de febrero para redimirse a sí mismo y redimir al país por haber colaborado con el franquismo (p. 385). Esa es la ironía de esta historia magistralmente contada por Cercas: en aquel momento el gesto de los tres diputados que no se tiraron al suelo, Suárez, Gutiérrez Mellado y Carrillo es la defensa misma de la democracia. Una democracia defendida por tres hombres que no habían sido demócratas en su vida pasada y que, en el caso de dos de ellos, se habían alzado en armas para derribarla. Y este es el gran secreto de la transición: que fue obra de personas que no venían de la democracia pero que, en el proceso, se convirtieron hasta el punto de arriesgar su vida por ella.

dimecres, 29 d’abril del 2009

El nuevo pacto de familia.

Como ya sabían los cultivadores de aquella sospechosa disciplina llamada Geopolítica, la geografía es destino. La situación de España en el extremo suroeste de Europa hace que el país dependa por entero de Francia para sus comunicaciones terrestres con el continente. Francia tiene la llave del acceso de España a Europa, igual que España tiene las del acceso de Portugal, y esa situación ha marcado el destino del país dado que Francia no ha mostrado nunca interés especial por facilitar aquel acceso. Pregunten Vds. por túnel de Canfranc y se harán una idea aproximada.

La situación sigue siendo más o menos la misma. En estas reuniones de mandatarios con consortes en pleno lujo y boato que probablemente hacen las delicias de las televisiones y a mí se me antojan lamentables, ya lo he dicho, en un país con cuatro millones de parados, según parece, el Rey ha presionado al señor Sarkozy para que agilice los proyectos de comunicaciones de España con Francia y, a través de Francia, con el resto de Europa. En su comparecencia ante las Cortes Generales y en la rueda de prensa que ha dado con el presidente del Gobierno español el mandatario francés se ha comprometido a hacerlo. Son tan amargas las experiencias de los españoles con los franceses que basta con que estos se muestren accesibles, aunque sea con esa actitud condescendiente del señor Sarkozy para que a aquellos se sientan en el séptimo cielo. La prensa se hace lenguas de la visita de Estado y de las excelentes relaciones de España con Francia, supongo que con el sordo cabreo del PP. Casi parece que estuviéramos viviendo una reedición de los desafortunados pactos de familia del siglo XVIII. Ojala no nos pase nada. Para halagar aux petits espagnols, Sarkozy dice que la prensa francesa habla del eje Madrid-París-Londres. No dice que lo haya; dice que la prensa lo dice. Ya veremos qué sucede si al señor Rodríguez Zapatero se le ocurre dar por supuesto que el eje existe.

Sólo he visto un eje en Europa que fuera beneficioso para España y funcionara: el hispano-alemán. Espero que deslumbrados por el gran vendedor Mr. Sarkozy y su bellísima esposa los españoles no olviden que su aliado en Europa es Alemania, de quien los otros dos no acabarán nunca de fiarse.

Y eso porque hablamos de los españoles socialistas, que oscilan entre los alemanes, los británicos y los franceses. Si consideramos a los conservadores del PP la cosa se complica porque estos no entienden nada de ejes en Europa y se echan siempre que pueden en brazos de los Estados Unidos, el último país que ganó una guerra a España.

Los términos en que se expresó en la conferencia de prensa el señor Sarkozy me parecieron condescendientes, lo que los ingleses llaman patronising y hago votos porque, con todo, España se beneficie de esta visita y ello en un clima de buenas relaciones entre iguales. Nada de Pacto de familia. Para nosotros es muy importante. Piénsese que uno de los aspectos más claramente geopolíticos es el hecho de que el territorio francés haya sido durante muchos, demasiados, años santuario de terroristas y asesinos etarras. Sarkozy ha formulado un principio bello en sí mismo y con bastante elegancia al decir que Francia, lugar de origen de los derechos humanos (que lo sepa el anfitrión) se deshonraría si diera cobijo a terroristas que atentan contra el derecho humano básico, el de la vida. En el aire queda siempre flotando la cuestión de que hubo un tiempo en que ese cobijo honraba a Francia que no acogía y protegía a terroristas sino a demócratas y luchadores contra la dictadura asesina franquista.

Por cierto, échese una ojeada a la imagen de la derecha: ¿qué pinta ahí esa señora o señor de pelo cano? ¿Es la traductora? El presidente del Gobierno de España ¿tampoco habla francés? Esto es algo inaudito. Propongo que el Parlamento tome una decisión en los términos que estime oportuno que obligue a quien quiera ser investido presidente del Gobierno de España a que hable cuando menos dos lenguas vivas europeas así como una de las que se hablan en España.

(La primera imagen es una foto de 20 Minutos; la segunda, una foto de 20 Minutos, bajo licencia de Creative Commons), ambas bajo licencia de Creative Commons).