diumenge, 2 de novembre del 2008

Caminar sin rumbo (VII).

LA VIDA INTERIOR.

El viaje no es una opción abierta al ser humano porque no puede no viajar en un sentido metafísico de la cuestión, el que asimila la vida al viaje. Sólo muriendo puede uno apearse de ese viaje, pero no dejar de viajar y seguir viviendo. Hasta quien está en estado de quietud completa, bien por fuerza mayor, bien por decisión propia, viaja, viaja continuamente, viaja dentro de sí mismo, pasa por las memorias como la silla de posta por las postas, descarga y recoge viajeros, anuda conversaciones en el trayecto, pasa por la misma posta por la que pasó en la jornada anterior, pero ya no es la misma posta, según aclara Heráclito, llamado el "oscuro" por razones incomprensibles porque en su visión se acumula una experiencia más, lo que permite nuevas, distintas, variadas consideraciones, como con las variaciones musicales. Qué duda cabe de que, cuando de repente se me viene a la memoria un recuerdo de niñez, arrancado de un olor, de un color, de un sonido, de cualquier tipo de asociación de ideas y le he encontrado una explicación o una interpretación, si después, en un segundo momento, me vuelve al recuerdo ya no sólo será mi recuerdo de niñez, sino el recuerdo de niñez envuelto en la interpretación que le di en el primer encuentro. Así se tejen las telas de araña de la vida interior. De la vida interior se ocupa la peli de Paul Auster, La vida interior de Martin Frost que todavía no he visto pero he de ver porque promete y, si no, véase el trailer


¿A que tiene buena pinta? (*)

La vida interior a la que me refiero es algo más genérico, supongo, el conjunto de facultades mentales, emotivas, sensitivas (si es que no son todas la misma) que forman esa madeja en que consistimos aunque muchas veces queramos dividirla con intención analítica diciendo: he aquí la inteligencia, aquí la fantasía, aquí la pasión y otros sentimientos sin estar muy seguros de que tal procedimiento sea posible.

Pero entiendo que alguien me diga que voy muy deprisa para no ir a ninguna parte y que haga el favor de moderar el paso molestándome en ilustrar, por ejemplo, cómo puede uno quedar reducido a la inmovilidad absoluta, esto es, alcanzar la quietud completa a la fuerza o de grado. De buen grado. En quietud completa queda el afectado de una parálisis total, por ejemplo, que sólo deje en funcionamiento la actividad mental. La quietud completa de grado o voluntaria la alcanzan los yoguis y diversas variantes de budismo y de otras filosofías, por ejemplo el Tao. El Tao Te King dice en el aforismo cuarenta y siete que El sabio sabe sin necesidad de viajar. Claro, siempre que no se llame viaje a lo que hace la vida interior. Pero es que es viaje. La vida interior está en perpetuo movimiento porque es vida; si no sería muerte interior y ésta sólo es posible con la muerte tal cual. O sea, que es posible.

Si tuviera que poner un ejemplo de vida interior nada me parece más propio que la historia borgiana del jardín de los senderos que se bifurcan que es lo más aproximado a lo que pienso, si bien no exactamente lo mismo porque me da que lo interesante sería preguntarse si, cada vez que uno retorna a un recuerdo en el que uno actuó del modo “A” le fuera dado rehacer y actuar ahora del modo “B”. Cuestión contrafáctica en donde las haya, ciertamente, pero cuestión muy pertinente porque en el terreno especulativo y sobre todo en el literario, lo contrafáctico carece de pegada. Toda la literatura es contrafáctica. No lo sería si no lo fuera. Y siendo así, ¿que pinta tendría una vida que estuviera rehaciéndose continuamente como sucesión de senderos que se bifurcan? Pues lo más seguro es que no pudiera vivirse, que la vida absorbería de tal modo al que la vive que acabaría por aniquilarlo. Vale, pero... es que eso es exactamente lo que pasa en la vida ordinaria, en la normal, en la no contrafáctica, esa que damos como exterior, como real y verdadera, la que protagoniza enunciados ásperos como hierros herrumbrosos del tipo de "la dureza de la vida", "las enseñanzas de la vida", "las amarguras de la vida". Claro que también hay "bellezas de la vida" y gentes que afirman ¡Qué bello es vivir!, un tipo de comedia ligera que no obsta para que lo que generalmente aparece adherido a la vida sea su dureza. ¿Hay vidas muelles o dulces? En un sentido puramente material sí pero no en uno espiritual.

Así que vida interior y vida exterior son un batiburrillo. El lugar de ese batuburrillo, allí donde vida interior y vida exterior coinciden es el rostro humano. De ese del que se dice, bien de todo él, bien de alguna de sus partes, como los ojos, que es "el espejo del alma". Somos rostro, aquello que nos trabajamos a lo largo de la existencia según nos vamos viendo en los espejos y corrigiéndonos para conseguir parecernos a la imagen que queremos proyectar y que no tiene por qué ser siempre la que pueda considerarse "objetivamente" más agradable o más hermosa, ni mucho menos. Uno puede deleitarse en componerse un rostro repulsivo. Hay gente para todo. Pero en todo caso, el rostro. Por eso, si vamos al arte, ¿qué podemos decir de los famosos retratos del Fayum que vemos en esta entrada? Pintura hecha al encausto o témpera o guache entre los siglos I y III d. d. C. en el Egipto bajo dominación romana. La concepción del dibujo es romana, sin duda alguna. Representan semblantes de mujeres y hombres ciudadanos de cualquier ciudad del Imperio, burgueses, comerciantes y se visten como tales. Son retratos además muy realistas. Pero tienen algo indudablemente egipcio: que son todos retratos póstumos; es más son retratos de personas muertas que luego se pegaban sobre las momias antes de introducirlas en los ataúdes y se llaman también "retratos de momias". Son retratos de muertos pintados como vivos. (Esta costumbre volvió a Europa en los siglos XVI y XVII y ya hablaremos de ello). Todos esos rostros que nos parecen tan vivos son de personas que en realidad están muertas ¿Puede el rostro seguir siendo espejo del alma cuando el cuerpo está muerto? ¿No es ésta la aplicación fáctica de aquella máxima que solían aducir los dramaturgos griegos de "nunca digáis de un hombre que fue feliz en tanto no haya muerto? Lo interesante de plantear preguntas en el ámbito literario es que no hay obligación de responderlas. Desde luego. Pero ¡qué idea de la vida y de la muerte tenían estos egipcios que encaraban el que llamamos "viaje del más allá" con los ojos bien abiertos!

¿Y nosotros? ¿Cómo vemos esos ojos abiertos? ¡Cuántas veces nos hemos asomado a unos en nuestro diario vivir y sólo hemos visto la muerte en ellos! ¡Cuántas miradas son de guache y cuántas palabras que acompañan a las miradas!


(*) Creo que publicaré estos textos del viaje a ninguna parte en papel. En ese soporte desaparecerán las referencias que llevan a la red por impracticable. Se quedan en el blog, que es un multimedia, pero se quedan como incrustaciones, no como líneas que deban o puedan seguirse porque en tal caso el texto en papel se haría incomprensible.