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dimecres, 3 de setembre del 2008

Nueve hurras por el juez Garzón.

Basta con ver cómo se pusieron ayer todas las derechas del país para comprender que el juez Garzón ha dado en el blanco que es también donde más les duele. Voto a tal qué griterío organizaron, cómo se pusieron, qué cantidad de denuestos, descalificaciones, falacias e insultos pudieron oírse a propósito de la providencia del señor Garzón para recabar información antes de decidir qué hará en un asunto para el que ha sido requerido en debido tiempo y forma, esto es, si abre o no diligencias para averiguar si hubo delito en la sanguinaria, bestial, inhumana represión que organizaron los fascistas en España durante la guerra civil y los primeros años de la posguerra y, habiendo habido delito, a qué tipo responde y qué cabe hacer al respecto. Para muchos de los que ayer participaron en la diatriba contra Garzón éste sólo tenía que haber escuchado al fiscal que pedía el archivo del caso. Eso es lo que se llama respeto por la autonomía del juez de instrucción.

En el ámbito político el señor Rajoy dijo eso tan original de que no hay que reabrir viejas heridas sin plantearse siquiera si se habían cerrado alguna vez. El señor Mayor Oreja, un franquista confeso, calificó la decisión garzoniana de "disparate" porque volvía a poner a las dos Españas frente a frente. Habría mucho que hablar sobre esto y se hará en su momento ahora que el señor Garzón con una decisión encomiable ha planteado el asunto de fondo que envenena la política española: la represión franquista, ¿fue un delito de genocidio?

En este territorio político el que cargó con mayor contundencia contra el magistrado con insultos incluidos fue El Mundo que en esto de vilipendiar es consumado maestro. Calificó la decisión del señor Garzón de una truculenta garzonada y provocó que los otros jueces en la Audiencia Nacional pidieran la defensa de su compañero frente a la hostilidad y virulencia de los ataques. En lo que no eran insultos, el editorial de El Mundo utilizaba tres razones para oponerse a la decisión del juez Garzón alguna de los cuales era compartida por otras instancias, a saber: 1º) la decisión del señor Garzón es algo parecido a la "causa general" durante el franquism0 (argumento que comparte el diario con las asociaciones de la magistratura) o con el agravante de que dicha "causa general" no fue sino un asunto meramente propagandístico; 2º) los posibles delitos han prescrito a causa de la Ley de Amnistía de 1977; 3º) de hacerse caso al señor Garzón, ello obligaría a disponer de recursos que la Justicia española no posee.

De los insultos de este periódico especialista en la materia que se defienda el señor Garzón; de las falacias puede hablarse aquí: 1º) la "Causa General" fue una orden del poder político al Ministerio Fiscal para que realizara una acumulación de información mientras que ahora es al revés, una solicitud de información de la justicia a los poderes políticos. Además lo de meramente propagandístico no es cierto ya que muchos procedimientos penales se sustanciaron con pruebas de la "causa general"; 2º) en cuanto a la prescripción en virtud de una ley (de autoamnistía), aparte de que el genocidio no prescribe por decisión de los tratados internacionales, una ley posterior derogaría tranquilamente una ley anterior; 3º) lo de los recursos es una bobada por si cuela.

Pero la parte más divertida del guirigay antigarzoniano vino precisamente de los colegas jueces del señor Garzón en sus tres asociaciones de la magistratura, la de la derecha, la de la extrema derecha y la de la extremísima derecha pues la judicatura que, como decíamos ayer, apenas ha cambiado desde los tiempos de Franco, desconoce el centro y la izquierda y bien claro ha quedado. Su evidente coincidencia con El Mundo procede probablemente del espíritu corporativo porque, como nadie ignora, muchos jueces (o lo que pasaba por tales) fueron un puntal de la estrategia represiva de la dictadura. Si los criminales que componían la Brigada Político Social de Franco eran unos delincuentes, ¿qué fueron los jueces que condenaron a decenas, cientos de personas en el siniestro Tribunal de Orden Público, antecesor de la actual Audiencia Nacional? Los jueces de las asociaciones que pasan por ser la derecha y el "centro derecha" repiten los argumentos de la prensa reaccionaria sobre la nueva "causa general", la no competencia del juez Garzón, la inexistencia del delito y, en todo caso, su prescripción.

Los más refinados son los de la asociación"progresista" de jueces que parecen acusar al señor Garzón de activismo judicial y no ven justificación a una posible acción penal en lugar o substitución de la política que es la que corresponde. En el colmo de la incongruencia el portavoz de esta asociación "progresista" reconoció que asiste a las víctimas el derecho a saber donde se encuentran sus muertos pero no parece ocurrírsele que la garantía de que eso se cumpla sean precisamente los jueces y no ya solamente frente a la posible desidia de los poderes públicos sino contra su expresa oposición.

No se me alcanza cómo puedan decir unos jueces que no sea competencia de un juez de instrucción indagar para descubrir al autor de un delito al que, antes de acusar formalmente, es preciso definir con exactitud y sin titubeos. Tampoco entiendo cómo pueda un juez negarse a indagar un delito porque suponga que haya prescrito. Los jueces están obligados a investigar la presunta comisión de delitos, luego ya se verá si hay o no prescripción. Dicho con otras palabras: Franco es responsable de un delito de genocidio y es un genocida. Si el delito ha prescrito, no habrá condena, cuestión tanto más irrelevante cuanto que el autor lleva ya más de treinta años muerto. Y si no ha prescrito pero se debe tener en cuenta el principio de irretroactividad de las normas penales, como se han apresurado a señalar los magistrados "progresistas" (más muertos de miedo que de vergüenza, me parece), queda la cuestión del ejemplo moral de nuestras acciones. En función de éste y en virtud del sentido de la justicia que siempre estará por encima de los subterfugios de los leguleyos, es importante que un tribunal de justicia declare que Francisco Franco fue un genocida. Y que quede claro que quienes honran su memoria honran la memoria de un genocida.

(La imagen es una foto de Carolonline, bajo licencia de Creative Commons).

dimarts, 2 de setembre del 2008

Tres hurras por el juez Garzón.

Ya era hora. Resultaba ridículo que España se erigiera en juez universal, precisamente a través de una iniciativa del señor Garzón en relación con el señor Pinochet y tuviese su casa sin barrer en asuntos como el genocidio y las violaciones de derechos humanos. Porque si Pinochet fue un criminal el máster se lo dio el general Francisco Franco, otro criminal que se adelantó a su tiempo en materia de persecuciones haciendo palidecer las de la junta militar argentina y otros dictadores latinoamericanos. A su lado todos estos eran honrados gobernantes que se desvivían por su amado pueblo.

A su vez, lo que la oposición derechista va a hacer de inmediato ya no será cuestionar la competencia del señor Garzón sino insistir en el principio de irretroactividad de las normas penales en la esperanza de que el nombre del delincuente Francisco Franco no incurra en el ludibrio y su alambicado sistema de iniquidades y maldades no surja a la luz pública y sea, por fin, condenado treinta, cuarenta, setenta años despúés.

¡Un censo de los desaparecidos, masacrados, asesinados y enterrados de cualquier forma en cualquier parte! Desde luego,lo mejor es que se sepa la identidad de todas esas víctimas y qué sucedio con ellas y si, de paso, se conoce la de los victimarios, mejor que mejor. Será un acto de justicia.

En los años de la transición esto no fue posible ni en broma. Los franquistas seguían en el poder, sobre todo en el militar y el judicial. Los militares hubieran impedido por la violencia que sucediera algo así. No se había hecho nada y ya hicieron una intentona... ¡Cuántas veces escuchamos en aquellos años que lo que los de izquierda pretendíamos era ganar en la paz lo que habíamos perdido en la guerra!

Ahora el ejército ha cambiado mucho, sobre todo desde el ingreso de España en la OTAN y gracias a dicho ingreso, guste o no a quienes pusieron en marcha Izquierda Unida desde la plataforma del OTAN NO. Ya no se puede contar con él para un golpe de Estado. Por eso la derecha se ha concentrado en instrumentalizar el Poder Judicial, que ha cambiado mucho menos que el ejército, si es que ha cambiado algo. Sin embargo, las iniciativas del juez Garzón, inscriben en este ámbito y logran el palmarés de lo más avanzado y progresista. El juez Garzón hace historia y contará con el apoyo entusiasta de toda la gente ecuánime y justa del país. Su decisión traslada la polémica al interior del Poder Judicial, que ya va siendo hora también de que se enfrente a sus responsabilidades durante la Dictadura.

Pero los jueces aplican las leyes, en este caso la llamada Ley de la Memoria Histórica Cuando ésta se aprobó en el Senado con el apretado resultado que se aprecia en la imagen, muchos en la izquierda la saludamos criticándola y pensando que menos daba una piedra. La idea era -y así lo expusimos- dar un primer paso que posibilitara otros posteriores que abrieran por fin ese lóbrego tugurio del miedo y la memoria histórica de los españoles a los aires frescos de la justicia y la reparación. La decisión de zancada hacia este fin. Pero ha sido posible gracias a aquella Ley tan timorata e insuficiente para muchos perfeccionistas del momento.

¡Tres hurras por eljuez Garzón y también por aquellos legisladores!

(La primera imagen es una foto de Carolonline. La segunda, de Jaume d'Urgell, ambas bajo licencia de Creative Commons).

dilluns, 25 d’agost del 2008

Cultura de guerra.

El último número de la revista Historia social vol II, nº 61, 2008, FIHS, UNED de Alzira-Valencia, 174 págs.) es semimonográfico dedicado a la cuestión de la cultura de guerra, un territorio relativamente nuevo de la historiografía consagrado al estudio de las pautas culturales en tiempo de guerra o, por decirlo con términos más definitorios de Annete Becker y Stéphane Audoin-Rouzeau, citados por Eduardo González Calleja en su trabajo introductorio, La cultura de guerra como propuesta historiográfica: una reflexión general desde el contemporaneísmo español, "el modo en que los contemporáneos del conflicto han representado y se han representado la guerra, como conjunto de prácticas, actitudes, expectativas, creaciones artísticas y literarias" (p. 71). Está claro, la forma en que la gente habla y se habla de la guerra; o sea el viejo concepto de cultura en sentido antropológico aplicado a los conflictos armados. Para el caso de los países europeos el asunto es extraordinariamente relevante en las dos guerras de 1914/1918 y 1939/1945. Basta con recordar su impacto en la producción literaria, artística, cinematográfica. Es abrumador. El caso de España, sin embargo, por su neutralidad en ambas (más clara en la primera, menos en la segunda) presenta perfiles propios. No obstante, González Calleja echa mano de la propuesta de José Álvarez Junco para señalar la importancia de cuatro períodos bélicos en la historia de España para ver nada menos que el proceso de construcción de la identidad española: la guerra de la independencia, el expansionismo militar de la Unión LIberal a mediados del XIX, la derrota de 1898 y la guerra civil de 1936/39 (p. 75), aunque no sé yo si tomada así, en un arco de ciento cincuenta años, no se desdibuja la propuesta del impacto de la "cultura de guerra" para pasar a hablar simplemente de la "historia de España" que, como la de todos los países, tiene sus guerras y sus paces. Me parece más interesante -y es lo que hace el número de la revista- centrarse en la cultura de la guerra civil del 36/39, a la que González Calleja propone aplicar el concepto de brutalización, prestado de la obra del alemám George Mosse acerca de las dos guerras europeas y que da cuenta de los fenómenos de diabolización y deshumanización del enemigo y de agresión sin límites a la población civil (p. 81), todo para dar cuenta de la extraordinaria crueldad de la contienda que Sebastian Balfour, por su lado, atribuye a la herencia de la tradición de las guerras coloniales de Marruecos (p. 83).

A este terreno concreto se orienta el muy interesante trabajo de Maud Joly Las violencias sexuadas de la guerra civil española: paradigma para una lectura cultural del conflicto, en el que se aborda un asunto que apenas está empezando a despuntar incluso en la crónica de los conflictos armados de ahora mismo: el empleo del cuerpo de la mujer como territorio de combate para humillar y doblegar al adversario mediante la mutilación, la violación y el escarnio. La práctica del rapado de mujeres (que luego reaparecería después de la liberación en Francia con las acusadas de colaboracionistas), la administración de aceite de ricino, la exposición pública, el desnudo, la marcación de los cuerpos (también practicada en ambos sexos en los campos nazis) y las violaciones, todo lo considerado como "arma falangista" (p. 95) fue moneda corriente durante la guerra y en la inmediata posguerra. Cierto que hubo casos de brutalización de mujeres en la zona republicana pero en la facciosa este recurso tuvo (como lo tiene hoy en muchos conflictos en los Balcanes, en África, etc) carácter de táctica deliberada de combate. Tiene su importacia que Joly mencione, aunque no se extienda sobre ello, cosa que podemos hacer los lectores, el hecho de que la práctica del rapado de las mujeres reapareciera en los primeros años sesenta en tiempos de las huelgas de mineros asturianos como represalia contra estos.

De mucho interés también el estudio de Mercedes Yusta Rodrigo, Una guerra que no dice su nombre: los usos de la violencia en el contexto de la guerrilla antifranquista (1939-1953), un enfoque novedoso en la aproximación al fenómeno guerrillero en el que se hace hincapié en la heterogeneidad de las guerrillas, su mezcla de combatientes venidos del extranjero y "huidos" de la represión en España, las complejas relaciones con la población civil que las apoyaba y la espiral de represión-respuesta guerrillera-represión incrementada. Revelador el último párrafo de Yuste: la guerrilla antifranquista "es un fenómeno violento surgido de una sociedad "brutalizada" desde la guerra civil, inmersa en una guerra de las fuerzas represivas contra un sector importante de la población civil, víctima de una cultura de la represión que impregnaba insidiosamente todos los aspectos de la vida cotidiana" (p. 126). Lo suscribo en principio porque refleja lo que para mí ha sido siempre el aspecto más imperdonable del régimen franquista en toda su existencia, esto es, el hecho de que tratara al país entero como territorio ocupado y no mostrara jamás no ya clemencia hacia los vencidos, a los que tuvo siempre a su (falta de) merced, sino el menor atisbo de reconciliación. Mi única salvedad a la cita de Yuste es que no se trataba de "un sector importante de la población civil" sino de toda ella; de toda. Incluso la que apoyó siempre al franquismo porque, si no lo hizo por miedo, fue cómplice del crimen general, permanente y obvio del genocidio y la represión; es decir, se encenagó en la miseria moral en la que sigue. Porque si malo es asesinar y torturar, no menos lo es beneficiarse de ello, aplaudirlo o condonarlo. Y eso es lo que explica que en buena medida la derecha española actual no pueda saldar su responsabilidad con ese infame pasado.

El último trabajo del semimonográfico es el de Francisco Sevilla Calero, Cultura de guerra y políticas conmemorativas en España del Franquismo a la transición, en el que hace un buen análisis de la administración política del calendario y las festividades, mostrando cómo el franquismo barrió el republicano e impuso sus festividades, las religiosas, las propias suyas y las mezclas: el "año triunfal", la "Fiesta nacional del Caudillo" el primero de octubre, el "Día de la Raza", (que ya venía de antes) el doce del mismo mes, el día de Santiago como día de la "santa cruzada" (una cruzada, por cierto, en la que los moros luchaban con los cristianos contra otros cristianos) el veinticinco de julio, el día del "Alzamiento Nacional", el dieciocho de julio, el "día de la unificación" (de FET y de las JONS) el diecinueve de abril, entre los más señalados. Frente a esta política de festividades y recuerdos avasalladora Sevilla sostiene que la transición y subsiguiente democracia ha sido olvidadiza y poco contundente. Bueno, se ha restaurado el primero de mayo, se ha suprimido el dieciocho de julio, el veinticinco de ese mes tiene un estatuto algo vergonzante, se mantiene el 12 de octubre como "Fiesta Nacional de España" por aquello de América, se conserva casi todo el calendario religioso y se ha añadido un día de la Constitución. No está del todo mal. Yo restauraría la fiesta del dos de mayo, después de que tanto se habla de la nación española vinculándola a esta insurrección, pero sólo por razones biográficas personales: de mozo viví enfrente de la calle de Daoíz, cabe la plaza del Dos de mayo y lo pasaba muy bien en las festividades.

Los otros artículos de este número de Historia social son más desparejos, pero tienen mucho interés. Especialmente el primero de Antonio Gil Ambrona, La violencia contra las mujeres: discursos normativos y realidad, que centra su investigación en los procesos de divorcio entablados ante los tribunales eclesiásticos en algunas partes de España (como Barcelona) en los siglos XVI y XVII. No es que fueran muy copiosos (entre 1565 y 1654 el tribunal diocesano de Barcelona entendió de 191 procesos de este tipo, 177 entablados por mujeres y 14 por hombres) (p. 11), pero sí muy interesantes porque se prueba que las mujeres acudían a los tribunales en busca de protección acusando a los maridos de malos tratos y aquella se dispensaba en dos momentos: en el primero procediendo al "secuestro" de la esposa en casa de algún familiar o en un convento (lo que equivalía a una separación de facto o alejamiento) y en segundo lugar pero en contadas ocasiones anulando el contrato y concediendo el divorcio. Para examinar estas circunstancias, el autor se basa en los trabajos del jurista de la época Tomás Sánchez y contrapone estos hechos a la doctrina acrisolada entonces acerca del ideal de la mujer casada y cómo ésta debía sobrellevar los malos tratos maritales que se encuentra entre otras en la obra de Luis Vives De institutione feminae christianae. No me parece que haya extraído todas las consecuencias posibles de esta contraposición pero ello no empece el gran interés que tiene el trabajo en cuanto documentación acerca de la longevidad de una detestable práctica que muchos creen sea reciente. De hecho, ¿acaso no es violencia doméstica, de sexo, de género, machista o como quiera llamársela la que se glorifica en un subgénero de literatura occidental habitualmente muy celebrado hasta el día de hoy con nombres como La doma de la bravía o La fierecilla domada?

Miguel Cabo Villaverde publica un interesante trabajo Leyendo entre líneas las elecciones de la restauración: la aplicación de la la ley electoral de 1907 en Galicia, en el que sostiene la muy innovadora tesis de que el famoso artículo veintinueve de esta ley, generalmente considerado como el epítome de las prácticas electorales corruptas, caciquiles y de consagración del dominio de los dos partidos dinásticos también tuvo la funcionalidad contraria: "...si bien en la mayor parte de los casos el 29 venía a sellar efectivamente un dominio claro sobre el distrito o un pacto entre notables dinásticos, en un porcentaje difícil de precisar pero en todo caso significativo representa exactamente lo contrario de lo que se asume automáticamente, es decir, la debilidad del grupo de poder dominante hasta el punto de reconocer a los opositores (en el caso gallego siempre de matiz agrarista) como interlocutores legítimos y firmar un acuerdo sobre la base del reparto de esferas de influencia." (p. 41) En su justa medida. No se sabe cuánto de significativo fue pero no conviene olvidar que no hay regla sin excepción.

Carlos Arenas Posadas publica un estudio sobre Concepto y teoría del capital social: una aplicación a la sociedad sevillana del primer tercio del siglo XX. El "capital social" es, efectivamente, un concepto muy útil y prometedor de las ciencias sociales, aunque de compleja cuantificación y el autor hace una presentación satisfactoria de él en su escisión entre una perspectiva "micro" (las relaciones sociales, las influencias que tienen los agentes sociales individualmente considerados) y la "macro" (la densidad del asociacionismo, las redes existentes en una sociedad y su funcionamiento) que, a su vez, son complementarias. La aplica después en concreto al caso de Sevilla en los treinta primeros años del siglo y aceptando la idea de que el capital social es el "eslabón perdido" en la teoría del desarrollo, especialmente el económico, diagnostica que la pérdida de posiciones de Sevilla en la ordenación de riqueza de las ciudades españolas se debe a la endeblez de su capital social y al hecho de que éste estuviera monopolizado por la oligarquía terrateniente que no permitía que se abriera a sectores sociales más dinámicos y emprendedores.

Finalmente el número de la revista trae un último trabajo de Roberto Ceamanos, De la ruptura a la convergencia. La historiografía social obrera española y francesa (1939-1982) que es como una especie de estado comparativo de la cuestión. Útil para quienes pretendemos orientarnos en un campo que no es estrictamente el nuestro. Ceamano divide el periodo en dos subperiodos: en el primero, después del erial en que quedó la investigación historiográfica española tras el triunfo de los sublevados en 1939, el intento de recuperación en los años sesenta y setenta del terreno perdido frente a los avances muy notorios de la historiografía francesa que, a su vez se había renovado notablemente. Es decir, una especie de reelaboración del sempiterno atraso español, pieza fundamental de nuestro "excepcionalismo"; el segundo cuando, una vez, por así decirlo, homologados nuestros estudios, nos encontramos con que vuelve a haber un décalage (la expresión es suya) con la producción foránea, que ha vuelto a pegar un salto incorporando nuevos enfoques y una perspectiva multidisciplinar que obligan a la historiografia patria a seguir tratando de recuperar el terreno perdido. Mientras no se trate de un ejemplo de la aporía de Aquiles y la tortuga...

Las imágenes son: la primera de Alfonso Daniel Rodríguez Castelao, Portada de Atila en Galicia (1937) (Museo de Pontevedra, Pontevedra); la segunda, José Gutiérrez Solana, Recogiendo a los muertos (1937) (Blog Urban Idade); la tercera, Eduardo de Vicente, Pasaron los fascistas (1937) (Dibujos de guerra, Ciudad de la Pintura).

divendres, 20 de juny del 2008

Historia de la historia.

Hace veinte años, cuando mis dos buenos amigos y competentes historiadores Javier Paniagua y José Antonio Piqueras me dijeron que iban a poner en marcha una revista académica consagrada a la historia social les auguré que no pasarían del tercer número. Demostré ser un pésimo zahorí porque este año la revista cumple veinte años, va por su número sexagésimo y goza de mejor salud que alguno de sus fundadores, al que deseo pronto restablecimiento.

Este número sesenta que ahora celebro y comento (Historia social, nº 60, Valencia, 2008, 260 págs.) es una especie de recapitulación sobre el estado actual de esa disciplina relativamente joven que se llama historia social. Un número monográfico sobre el estado de la cuestión. La primera mitad contiene cinco interesantes ensayos que comentaré de inmediato y la segunda dieciséis respuestas firmadas por algunos de los más prestigiosos historiadores sociales actuales españoles y extranjeros y de las que haré una valoración de conjunto.

El número se inicia con un elegante ensayo de Colin James, Los "pobres" de Olwen Hufton, el "pueblo" de Richard Cobb y la noción de longue durée en la historiografía de la revolución francesa, un título interminable, que es el precio que los británicos pagan por su enfoque tradicionalmente empírico. El autor traza unas semblanzas paralelas de estos dos reconocidos historiadores ingleses especializados en la revolución francesa. Cobb tenía un estilo muy personal y una actitud oscilante y así fue avanzando, hasta dar en una actitud antipolítica. A la inversa, Olwen Hufton, con un pronunciamiento ideológico/político más claro se sumó al programa socialdemócrata de Lord Beveridge y, además se convirtió en abanderada de la introducción de la perspectiva de género en la historia social. Cobb es un antimodernista y Hufton plenamente modernista: los dos desarrollan la longue durée de Fernand Braudel, si bien para Cobb ésta va de 1790 a 1960, mientras que para Hufton es la del propio Braudel (siglos XV a XVIII). Los dos autores, Cobb y Hufton se parecen en el estilo, pues ambos son "resurreccionistas", como Jules Michelet; pero así como Michelet ve la revolución como un romance du peuple, los dos británicos la ven como una tragedia al estilo en que la presentó Charles Dickens en Historia de dos ciudades un libro que todavía hoy, casi en en sesquicentenario de su publicación, sigue condicionando la forma en que los británicos ven la revolución francesa.

El ensayo de Marilyn J. Boxer, Repensar la construcción socialista y la posterior trayectoria internacional del concepto de "feminismo burgés" es una muy interesante pieza sobre la evolución del movimiento feminista. La autora no pierde el tiempo en probar que éste sea parte de la historia social y con razón lo da por supuesto. Arranca de la obra de la socialista alemana Clara Zetkin quien siempre sostuvo que desde el punto de vista marxista la emancipación de la mujer sólo podría venir con la emancipación de los trabajadores en general, lo que la llevaba a calificar (y, en consecuencia, condenar) cualquier intento de emancipación femenina como "feminismo burgués". No menciona Boxer un ejemplo que apuntalaría su posición: ese era también el punto de vista de Marx en relación con los judíos en La cuestión judía donde se decía que la emancipación de los judíos será su emancipación como ciudadanos. La consideración peyorativa del "feminismo burgués" es compartida por otras mujeres, como Luxemburg o Alexandra Kollontai. Esa es también la razón por la que los gobiernos franceses del Frente Popular no pidieron el voto de las mujeres, algo que también pasó en España, en donde Clara Campoamor, de Izquierda Republicana, luchó por el voto femenino y lo obtuvo, mientras que Victoria Kent, socialista, se oponía al sufragio de la mujer. Este concepto/estigma de femenismo burgués aún estaba en vigor en tiempos de la pionera Betty Friedan o de la más combativa Kate Millet, empezando a cambiar a mediados de los años setenta con las obras de Juliet Mitchell y Sheila Rowbotham, ambas discípulas de E.P. Thompson que suplieron la más significativa laguna de su maestro: la ausencia de género en The Making of the English Working Class. Suscribo la conclusión de Boxer: "En tanto movimiento político, el feminismo nunca ha sido "burgués" en el sentido que le dieron a esa palabra los marxistas. El "feminismo burgués" fue un invento del algunas socialistas y no existió como movimiento de mujeres específico, identificable con una base clasista." (p. 56)

El trabajo de José Antonio Piqueras El dilema de Robinsón y las tribulaciones de los historiadores sociales es una ingeniosa interpretación del Robinson Crusoe de Daniel Defoe a la luz de giro lingüístico y de la pretensión de que ya no tenemos textos ni pasado sino sólo interpretaciones de textos (p.63) que, por lo demás, es lo que decía Nietzsche: "No hay hechos; sólo interpretaciones". La divertida lectura del Robinson que realiza el autor subraya la transferencia de conceptos, sentimientos, creencias, etc. ¿No queríais interpretación de textos? Taza y media. Piqueras, sin embargo, es poco partidario del pluralismo metodológico y para él no tiene el mismo valor la aceptación de una all pervading subjetividad que la de alguna forma de objetividad, aunque ahora no se llame así, sino explicación de la realidad histórica. Resulta que "por más que nos empeñemos en descubrir subjetividad en la construcción de la percepción social, este mundo nos devuelve situaciones tangibles y acumulación de tal volumen de información que si alguien duda del trabajo que aguarda al historiador del mañana, el que se ocupará de nuestra época, es porque los dioses, para perderlo, le han confundido sus sentidos" (p. 87).

En el trabajo de Ricardo García Cárcel Veinte años de historia social de la España contemporánea se ve cómo la historiografía social española ha ido siempre a remolque tardío de las orientaciones metodológicas procedentes del extranjero. Después de los primeros maestros, Domínguez Ortiz y José Antonio Maravall, así como posteriormente Josep Nadal, la historiografía social española aparece impregnada de un marxismo vulgar al que después sustituirá la moda del cuantitativismo. El impacto hoy día es el del posmodernismo al estilo de Vattimo, Lyotard y el conjunto del giro lingüístico, Gadamer, Derrida, Foucault. Sostiene Garcia Cárcel que todos ellos ha influido en la historiografía española a través de Chartier (la investigación de la lectura, que habla mucho de la influencia del público lector, de Habermas), Giovanni Levi (el replanteamiento de la función de la Inquisición) y Peter Burke, el responsable de la historia cultural ajustado al muy fascinante estudio de la lectura en el pasado (quién, qué, cómo, cuánto, dónde, cuándo leía). La historiografía social española es homologable con la extranjera y diez puntos de ésta así lo evidencian, entre ellos la historia de la lectura, el éxito de la historia local, el fracaso de la microhistoria, la historia religiosa (no la eclesiática), la de la vida cotidiana, etc.

Finalmente el artículo de Julián Casanova Pasado y presente de la guerra civil española, debiera titularse Pasado y presente de la historiografía de la guerra civil española, que fue lo que fue y es lo que es. El franquismo no dejó nada de valor salvo, parcialmente, la historia militar. En los años noventa fue incrementándose la demanda de historia de la guerra civil y postguerra, las cuestiones de la memoria histórica que el establishment franquista vio como un peligro redoblado, lo que c0ntribuyó al nacimiento de una nueva historia de la guerra civil de carácter ideológico y militante, que reproducía las falsedades de los historiadores franquistas a manos de seudohistoriadores. La historiografía de la guerra civil goza de muy buena salud y aporta puntos de vista nuevos, por ejemplo, el autor singulariza la contribución de Michael Seidman, que explica la derrota del bando republicano a partir de la falta de motivación de los combatientes, que él obtiene de sus métodos de análisis del comportamiento del individuo (p. 124).

La segunda parte consiste en una especie de encuesta. La revista ha preguntado a dieciséis reputados especialistas en historia social, nacionales y extranjeros, "¿Qué entendemos hoy por historia social?" y ha impreso sus dieciséis respuestas que configuran un buen diagnóstico del state of the realm hecho por quienes lo conocen (y muy bien) por dentro. La conclusión que obtiene un lector curioso no especializado en la materia es que si la historiografía quiso pasar del marco de las antiguas Humanidades al más nítido de las ciencias sociales lo ha conseguido plenamente visto que los temas que más la apasionan son los de su propio status como disciplina, su lugar al sol en los planes de estudio y su razón de ser. La prueba empírica de que esta Historia es ya una ciencia social es que más de la mitad de este número de jubileo de la revista se dedica a preguntarse angustiadamente por su esencia y potencia. En las dieciséis respuestas aparecen mencionados los siguientes asuntos, algunos varias veces y que suenan familiares a cualquiera que se dedique a estos menesteres: la ambigüedad de la expresión "historia social" (lo mismo pasa con el término social de la expresión "Estado social y democrático de derecho" y ¡está en la Constitución vigente!); la falta de una definición unívoca sobre qué sea la disciplina; abundante controversia metodológica (lo individual, lo colectivo, las cuestiones semánticas, la construcción social de la realidad, etc); los frecuentes cambios en métodos y fuentes; la multiplicidad de marcos teóricos (muy cómodo para los posmodernos y poco para los premodernos); típicos problemas de la incertidumbre heisenbergeriana; eclipse de viejos y queridos objetos de estudio (clases, estados, economía y otros valores antaño seguros) que hoy flotan a la deriva como pecios en la mar líquida del posmodernismo más descreído; el malhadado giro lingüístico; el fin del paradigma marxista y el abandono de una posición de izquierda (p. 188); la aparición de los "enfoques culturales", que no todo el mundo ve con delectación; la aparición de la historia oral; la del feminismo (estos dos últimos, giros metodológicos decisivos); el surgimiento del transnacionalismo (que nadie me quita de la cabeza es una versión metodológica medio histórica medio antropológica del cosmopolitismo y la globalización); la angustia por lo que se percibe como el "fin de la historia social" y el hecho de que ésta haya de confesarse en el diván del psicoanalista, que es donde por su propio bien quiere verla Javier Paniagua.

De entre las dieciséis respuestas singularizo una de Peter Burke, Algunas reflexiones sobre la circularidad cultural que me ha resultado especialmente grata por afinidades electivas con el autor cuando éste recuerda esas "identidades circulares" de Gambetta que los sistemistas llamarían Feedback loops, ejemplarizándolas en la la relación entre el condado faulkneriano de Yoknapatawpha y el de García Márquez de Macondo o la relación de va y viene entre las novelas de José Lins do Rego y Thomas hardy. Me gusta ver que a la historiografía social no le duelen prendas de codearse con la literatura; como Viernes con Robinson Crusoe.

En resumen, felicidades a la revista por su vigésimo aniversario y que lo cumpla otras veinte veces.

divendres, 26 d’octubre del 2007

Memoria de lo grande y de lo chico.

Se me pasó dar cuenta de la feria de otoño del libro viejo y antiguo del madrileño paso de Recoletos, de los agustinos recoletos, que tenían su convento aquí, hoy desaparecido. Aunque a destiempo, pongo el cartel de Mingote que es al que todos los años se lo encomiendan los organizadores. La feria estuvo muy bien y sirvió para comprobar que los libros antiguos han pegado un subidón como si fueran petróleo. Conste que no me parece mal. Si un diamante vale una pasta, justo es que la valga también una edición príncipe de Juan de Timoneda o una Summa Theologica de mediados del XIX. Son más preciosos que un diamante.

Pero es que también están carísimos los libros viejos de cierto respeto, la diversas colecciones de Aguilar en papel biblia, las ediciones técnicas de Labor o los libros modernistas de Montaner y Simón. Carísimos para lo que solían valer antes de la feliz llegada del euro. De todas formas, es un placer mirarlos, aunque no pueda uno permitírselos. Antaño a veces compraba los Emilios Salgaris de Calleja cuando, infeliz padre primerizo, pensaba que mis hijos sentirían por ellos lo mismo que yo. Vana ilusión porque los sentimientos no pueden reproducirse como si fueran un DVD.

De todos modos, este año compré por el módico precio de seis euros una cartilla de racionamiento correspondiente al segundo semestre de 1951. Esas cartillas, que yo llegué a ver y manejar de niño, cuando acompañaba a la chacha a comprar algo a la tienda, tenían dentro unos cupones que daban derecho a adquirir cantidades racionadas (la época se llamó del racionamiento) de pan, aceite, legumbres, etc. Es decir, doce años después del fin de la guerra civil la alimentación de la población seguía siendo un problema y había gente que pasaba hambre. Por decisión de la ONU, todos los países del mundo excepto la Argentina y Portugal rompieron relaciones con el régimen de Franco y lo sometieron a aislamiento. Franco se quedó tan pancho, movilizando a sus partidarios. Prueba del interesante sentido falangista de la política: Si ellos tienen ONU, nosotros tenemos dos. Pero la población lo pasó fatal. No había de nada y lo que se necesitaba había que procurarlo mediante el estraperlo y el contrabando.

Traigo esto a colación como excusa para poner la imagen de la cartilla de racionamiento, con esa póliza de veinticinco céntimos con el rostro de José Antonio y en la que se advierte que carece de "valor postal". Es una imagen de mi niñez y me ha conmovido verla a seis euros. No es únicamente cutre sino iconográficamente absurda pues amalgama en una sola propuesta con el águila de San Juan, símbolo del orgullo nacional español la idea de la escasez y el racionamiento. El imperio y la miseria, como el príncipe y el mendigo; el hidalgo hambriento. O sea, España.

Hablamos mucho ahora de la memoria histórica y por tal nos referimos a las víctimas directas de la dictadura, los perseguidos, torturados, encarcelados, enjuiciados en tribunales militares que fueran de risa de no estar formados por delincuentes y cómplices de delincuentes, responsables del asesinato y atropello de cientos, miles de seres humanos, los ejecutados en las "sacas" y "paseos" y los exiliados. Esa es la Memoria Grande, por así decirlo; luego, está la Memoria Chica, la de los acontecimientos cotidianos, las relaciones sociales, el sucederse de fechas y estaciones de una sociedad oprimida, cerrada, sin perspectivas, explotada, aterrorizada. Tengo una imagen que no se me despinta: bajábamos a jugar a la calle, preferiblemente en algún jardín, por ejemplo, la plaza del Dos de Mayo, para nosotros "el dosde", pero si acertaba a pasar un cura por allí (y estaban en todas partes porque para eso habían entrado en Madrid con las tropas del ejército faccioso) los chicos dejaban sus juegos y acudían en tropel a besarle la mano; incluso los que tenían a sus padres en la cárcel.

¿Alguien puede visualizar eso?

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diumenge, 21 d’octubre del 2007

Las 13 rosas en clave personal.

Apenas de regreso de Galicia he ido a ver Las 13 rosas, la peli de Emilio Martínez-Lázaro que acaban de estrenar. En algún lugar he leído que, según el director, las trece rosas es una leyenda de la izquierda de la que hacía diez años que no se hablaba. Esto último no es exacto, nunca se ha dejado de hablar. Jesús Ferrero publicó una novela, Las trece rosas, en 2002 y el periodista Carlos Fonseca un libro de reconstrucción de los hechos y los tiempos, Trece rosas rojas, en 2004. De este año también es el documental Que mi nombre no se borre de la historia que versa sobre lo mismo.

Pues sí, una leyenda de la izquierda de siempre que a mí me contaron siendo crío. En mi infancia y adolescencia en mi casa me relataron la epopeya de los vencidos no como un lamento sino como un canto de alegría. Luego yo me ocupaba de contrastar esa epopeya con la de los vencedores que me tragaba en el colegio. La leyenda de las trece rosas no tenía contraste posible porque los vencedores no la narraban. Eso sólo se hacía en los cenáculos de rojos, que fue en donde me crié. Se la he oído contar con lágrimas en los ojos a más de uno. Así que no se espere de mí una crítica objetiva porque no puede haber objetividad en algo en que esté involucrada la infancia y la adolescencia de uno.

La historia misma es muy fuerte y muy dramática por versar sobre unas chicas también adolescentes. Parafraseando a Marcel Proust cabría decir que se trata de La sombra de las muchachas en flor, una edad especialmente injusta para ser víctima. Al lado de ese drama de la vida segada en agraz la forma en que está contada la historia es lo de menos. Porque el guión de Ignacio Martínez de Pisón es confuso e inverosímil a partes iguales. Es confuso en el desarrollo de la trama en los primeros meses de l franquismo y es inverosimil en el reflejo de la situación de la cárcel de Las ventas que más que un lugar lleno de infecciones donde se hacinaban miles de mujeres muchas de ellas con niños parece un internado de señoritas del Ejército de Salvación.

Se trasmite bien la situación de avasallamiento ideológico de las reclusas a las que se obliga a cantar el Cara al sol brazo en alto o a ir a misa. Pero lo que podía minar la moral de las mujeres, cosa que estaba calculada para que sucediera era el hambre, la suciedad, las infecciones, la sarna. Y de eso en la película no hay nada.

Pero tampoco me parece tan importante. Lo que trasmite de modo felicísimo y sin que se nos pueda escapar es que los vencedores en la guerra entraron en el país como entraron en la capital, contando con la rendición incondicional del enemigo, considerándose en tierra conquistada y tratando a la población como prisioneros de guerra y sospechosos de haber ayudado a la rebelión militar, que es el tipo delictivo que encontró Franco en el código de justicia militar para condenar a quienes se habían opuesto a la rebelión que él encabezó, así como a su familia, deudos y allegados y al que pasaba por allí. Lo que trasmite bien es la situación de una población entregada sin defensa posible a la vesania de los ganadores de la guerra que podían hacer literalmente lo que quisieran con la gente.

Y lo hicieron. A la vista está. La tiranía que aquellos criminales establecieron y mediante la cual gobernaron durante casi cuarenta años, creó un país virtual con sus instituciones, sus normas, sus procedimientos, sus usos y costumbres pero basado en el terror, la arbitrariedad, la impunidad de los criminales (fueran curas, militares, falangistas o civiles afectos al régimen), la delación mutua, la tortura y el asesinato seudojudicial de los opositores, los sospechosos o los simples neutrales.

Por eso es tan importante que haya un acto de memoria que airee estos asuntos y ponga al pasado en los términos en que se produjo. Porque aquellas trece muchachas de las Juventudes Socialistas Unificadas (la fusión de las Juventudes del Partido Comunista de España con las del PSOE, que quedaron bajo influencia comunista) murieron fusiladas en un acto de represalia por la muerte de un delincuente del Régimen en la que ellas no tuvieron nada que ver. Un fusilamiento a título de escarmiento, igual que el de sus cuarenta y tres compañeros de las JSU, para aterrorizar a la población. Como los que hacían los nazis en los territorios que ocupaban.