dissabte, 1 de novembre del 2008

Caminar sin rumbo (VI).

CAMINAR SIN LLEGAR.

Me gusta caminar por la ciudades y por los campos. Me gusta caminar. Por donde sea. Al borde del mar, por una calle concurrida en Manhattan (si puedo), por los bosques de la Selva Negra, por una carretera de Castilla. Por cualquier parte. Lo mío es caminar. A veces, en mi casa, me pongo a ello; voy de mi despacho al salón y del salón a mi despacho, apenas diez o quince metros pero lo suficiente para hacer un intinerario, una trayectoria que me permita concentrarme en lo que esté pensando. Al mismo tiempo, al caminar el paisaje va cambiando y reclama la atención. Cuando camino, por tanto, mantengo una oscilación curiosa, no me atrevería a llamarlo un diálogo porque los diálogos con uno mismo sólo pueden der monólogos, aunque se llamen de cualquier otro modo, un tira y afloja entre la atención que se proyecta sobre el paisaje y la que va hacia las cosas de dentro de uno mismo. Se suceden, se intercalan, se superponen de vez en cuando y hasta se mezclan.

Iba a buscar un recurso para esta jornada del viaje a ninguna parte cuando me tropecé con un anuncio de la editorial Anthropos que me entra por el e-mail, avisando de la reciente publicación de un libro del filósofo Ernesto Grassi que lleva por título Viajar sin llegar. ¡Toma!, me digo un título más o menos como el mío. Sólo que el suyo es anterior y por tanto tiene mejor derecho. Mira que es difícil innovar allí donde no hay nada nuevo bajo el sol. Porque el Viajar sin llegar tiene algo de Viaje a ninguna parte aunque no sea lo mismo. Viajar a ninguna parte no implica no llegar ya que, además de ser eso, un viaje a una meta que no existe, por ejemplo, viajar a la nada, permite viajar sin una meta predefinida pero abierto a la posibilidad de llegar a alguna. Mientras que quien viaja sin llegar puede saber a dónde va, pero lo que le sucede es que no llega. Una segunda ojeada al libro de Grassi anunciado que tendré que leer, claro, indica que tiene un subtítulo, Un encuentro filosófico con Iberoamérica. Por cierto, en algún momento dedicaré alguna reflexión a ese curioso problema que se plantea con los nombres de América, de toda aunque aquí se trate en especial de Iberoamérica, también llamada Hispanoamérica, Latinoamérica, América Latina, según la connotación. Lo que me interesa ahora es eso de viajar sin llegar. Me hace pensar en la Sinfonía 45 en fa sostenido menor de Haydn, llamada del adiós porque el último tiempo termina con un adagio en que los distintos instrumentos van callándose y abandonando el escenario hasta que sólo quedan dos violines. Una sinfonía que no llegó y podía llamarse Inacabada con mayor razón que la octava de Schubert a la que fuera más lógico llamar "interrumpida", que no es lo mismo porque no es lo mismo agotarse en el camino que dejar de pisarlo porque se dedica uno a algo distinto.

Pues lo dominante en todo viajar es el camino. Y si uno es de buen conformar como yo que me gustan todos, el del salón de mi casa y la desierta y brumosa playa del norte, tanto mejor. Y cuando digo que el del salón de mi casa es un camino y da para un viaje, permítaseme recordar uno de los libros más curiosos que conozco, el Viaje alrededor de mi cuarto, de Xavier de Maistre, el hermano del de San Petersburgo. Y si un cuarto, una miserable chambre da para más de cien páginas, el salón de mi casa puede dar para una entrada en el blog. Y más. Sobre todo porque, como digo, alterno los caminos y el salón se troca en una carretera de ínfimo grado perdida en la sierra de la zona de Ayllón. Iba ayer en coche por una de ellas y me salió un corzo al paso que la cruzó de un salto y se perdió como una centella entre los robles que ya tienen las hojas marrones. No ignoro que es completamente desmesurado en nuestro tiempo y lugar atravesado por una miriada de carreteras de alquitrán por las que circulan millones de automóviles, con gasolineras cada cierto trecho y "áreas de descanso" decir que esas apariciones repentinas de animales silvestres en la zona por la que me muevo en Castilla es lo más cerca que he conseguido estar a la experiencia de viajar por lugares recónditos, sin civilizar en los últimos tiempos. En otras épocas me he movido en alguna ocasión más cerca del wild fringe en el África, por ejemplo aunque no hace aquí al caso. El caso es precisamente la pervivencia de lo salvaje entre los pliegues de la civilización. Un corzo entrevisto en la carretera es una llamada de atención a la especie, algo así como si se dijera: "oye, todo lo que tanto os preocupa estar destruyendo sigue aquí, oculto, a la espera" y equivale a esa higuera que brota de la juntura de dos piedras del brocal de un pozo que hace decenios que no se usa o a esas hierbas que asoman en las grietas del asfalto de las carreteras, la esperanza de la regeneración. La posibilidad de que no tuviéramos razón en nuestra forma de relacionarnos con la naturaleza y de que pudiera enderazarse el camino de modo que el futuro no presentara tintes tan oscuros. Buscar en otras latitudes normas culturales distintas. Eso sí que son viajes.

Por eso Grassi en el libro de Anthropos fija la búsqueda en Iberoamérica y se ve clara su intención al considerar sus enunciados: El encuentro. I. La disolución de la historia y de las categorías históricas. II. Primer encuentro con la naturaleza. III. Vestigios de una vida inactual y la naturaleza ahistórica. IV. Vestigios de una historia olvidada. V. El mundo apocalíptico y la objetividad. VI. La carencia de mundo. VII. La sociedad alienada. VIII. Conclusión. Filosofía y paisaje. Suena mucho aquí lo del multiculturalismo y el eurocentrismo. Asunto que me parece bastante baladí. No porque no sea cierto que lo es y un montón, sino porque su planteamiento encierra una petición de principio, que es el nombre culto del puñetero círculo vicioso. Que el eurocentrismo (aquella idea según la cual los europeos van por ahí pensando que todo lo suyo lo entienden y comparten los demás con ciertas variantes, claro es, pero con una coincidencia general) es cierto se echa de ver en un dato muy sencillo: el eurocentrismo consiste en convencer al mundo de que Europa es un continente cuando es obvio que no lo es de acuerdo con la propia definición de continente elaborada en Europa. El círculo vicioso o petición de principio se observa en el hecho de que el eurocentrismo es un concepto eurocentrista. Una de las características de ese mundo en donde se habla de eurocentrismo es el ensalzamiento de los valores y las culturas indígenas, cuya protección y adelantamiento se consideran cosa buena y equitativa. Supongo que sí, pero no sé en qué grado o en qué sentido puede hablarse de bondad y equidad. He visto un par de reservas indias en Nuevo México, en los Estados Unidos y son reservas de verdad: allí rige la ley india y el gobierno indio y los indios viven del turismo, de cobrar a la gente por hacer fotos del paisaje. Si eso es lo que quieren, bendito sea, pero no tiene nada que ver con la intención de ver en estas culturas un fondo salvífico no ya para los demás sino siquiera para sí mismos. Quizá en otros lugares donde la cultura indígena sea más consistente o robusta peda decirse algo distinto.

Las imágenes son sendos cuadros de Jean François Millet, Le départ pour le travail 1851 y Hombre con azada (1860-62).