lunes, 1 de abril de 2019

Dialoguemos: no, no y no

El título del post carece de sentido, ¿verdad? Pues es justamente el sinsentido que por enésima vez ha enunciado el presidente Sánchez, no solo inasequible al desaliento, sino a la mera razón. Afirma rotundo (con esa rotundidad de campaña electoral) que no habrá independencia, ni nada parecido y, acto seguido, acusa a los indepes de no querer dialogar. Un sinsentido total y una mentira como un castillo de los Cárpatos. Los indepes se pasan la vida intentando dialogar, no se han levantado nunca de la mesa (por lo demás imaginaria) del diálogo y hacen propuestas tras propuestas de solución pacífica y democrática del conflicto. Todo eso es obvio, patente. Si Sánchez lo ignora no es involuntariamente. Es, en realidad, que, como a todo el unionismo español, le parece perder el tiempo atender a razones con los catalanes, sobre todo con los independentistas. Con los independentistas no se razona. Se les dan las órdenes oportunas, aunque se basen en puras falsedades. ¿Quiénes son los catalanes para discutir las decisiones de la metrópoli?

Y aquí entra la cuestión de la perspectiva colonial. Por colonia pueden entenderse muchas cosas. Una de ellas una entidad política y administrativa que no se autogobierna, pues las decisiones esenciales de su existencia se toman en otra parte y con arreglo a otros intereses; en la metrópoli.

Tómese la declamación de Iceta del triple "no" a la independencia, al referéndum y a la autodeterminación. Caray, casi parece el cuarto jinete del Apocalipsis. La pregunta, sin embargo es: ¿cómo qué, en calidad de qué, habla Iceta? ¿De político catalán? Su partido es parlamentariamente irrelevante en Catalunya y no está en condiciones de cumplir tan decididos propósitos. ¿Por qué los formula? Porque habla en nombre del poder de la metrópoli. Es el delegado catalán del partido del gobierno, un aspirante al cargo de lo que popularmente se conoce como "virrey" o un cipayo sin más para el independentismo radical. Una típica figura en una relación colonial. 

En esto del carácter colonial de la relación España-Catalunya hay aportaciones muy interesantes del adalidad de esta interpretación, Ramon Grosfoguel, que nos ahorran extendernos porque las suscribimos. Hay algunos factores que suelen aducirse para cuestionar la interpretación colonial, en especial, la llamada "historia común" de las dos naciones y lo que puede llamarse "inversión colonial catalana". 

La llamada "historia común" es una falacia pues se trata de la historia de Castilla y sus posesiones. El permanente estado de rebeldía de alguna, como Catalunya, la convierte en objeto de la historia de "España", pero no sujeto, salvo en algunas contadas ocasiones de crisis. No lo bastante para construir una identidad compartida con una "historia común".

La "inversión colonial catalana" (expresión de mi cosecha) trata de describir una paradoja. La experiencia muestra que, salvo casos aislados, la relación entre la metrópoli y la colonia es de explotación de la segunda por la primera, más rica y adelantada en todos los aspectos.  En el caso España-Catalunya es al revés. No se trata de que la colonia explote a la metrópoli en el sentido imperial tradicional, pero no cabe olvidar que Catalunya absorbe numerosos recursos del resto del Estado, materias primas, productos semielaborados, mano de obra y lo utiliza luego como mercado, aunque cada vez menos atractivo frente al europeo. En cuanto al mayor adelanto también en todos los órdenes civiles, la cuestión está fuera de duda.

De forma que la relación España-Catalunya es colonial en su balanza de poder, pero la paradoja de la inversión de papeles y el mito de la "historia compartida" funcionan como una nebulosa para ocultarla. Esa nebulosa según la cual no puede haber ni siquiera relaciones de España con Catalunya dado que Catalunya es tan parte de España como la mentira del ser humano. Serían relaciones de España consigo misma, siempre agobiada por su razón de ser. Algo a lo que los españoles, gentes solipsistas, tienen una clara tendencia. Los españoles son los seres humanos más humanos de todos, pues viven intensamente el "ensimismamiento" orteguiano. Y, cuando salen de él, prestos a la acción, encuentran una realidad que no comprenden: la colonia quiere dejar de serlo. Y es entonces cuando, siguiendo su inveterada costumbre de hablar alto, que León Felipe había detectado, los españoles empiezan a dar voces. Según el poeta, la primera vez fue "¡Tierra! ¡Tierra!"; la segunda "¡Justicia! ¡Justicia!"; y la tercera (la suya) "¡Que viene el lobo! ¡Que viene el lobo!". 

La cuarta, ahora mismo, "¡Que se van! ¡Que se van!"