miércoles, 26 de diciembre de 2012

El espíritu de la Navidad.

La Navidad es una fiesta multitudinaria en el mundo de tradición cultural católica; muy antigua, siempre igual y siempre nueva porque es la fiesta de la renovación. Los creyentes lo simbolizan en el nacimiento de un niño al que deifican. Si dios puede hacerse niño, con mayor razón sus criaturas. Niño. Ingenuidad, maravilla, pureza, espontaneidad, sinceridad, verdad. Menudo baño de regeneración de la especie. El niño absorbe toda la miseria material y moral del año pasado y la devuelve bajo la forma de una mirada diáfana al año que viene. Sed como niños. Comportaos como niños. La Navidad es un espíritu y ese espíritu es el del deseo, el anhelo de lo bello, lo bueno y lo verdadero que reconocemos tras haberlo desconocido a lo largo del año. Pero es la Navidad, en donde todo se perdona y se olvida por obra de ese niño cuyo destino es morir crucificado. Algo incomprensible, como todos los destinos y por eso los católicos lo llaman "misterio". El de la vida humana.
Los no creyentes ven la Navidad como la cobertura eclesiástica de ritos ancestrales en los solsticios de invierno y de verano. Démeter y Perséfone, convertidas en el niño Jesús y la noche de San Juan. Esta última, más dada al petardo y la hoguera, por más popular, es menos mística. El nacimiento de un dios es todo un portento. Esta interpretación secularizada, ilustrada, adquiere rasgos militantes en contra de la liturgia católica a la que critican el no ser sino el pretexto para dar rienda suelta a los más bajos y vulgares instintos de consumo, lujo, boato y depilfarro. Seguramente es así y la cháchara de la caridad cristiana revela su podredumbre cuando la apoyan, la fomentan y la exaltan todos los grandes almacenes. Pero ¿a que suenan aquí los severos tonos de los reformadores contra la Puta de Babilonia? Contra Roma, vaya. Y ¿en nombre de qué? Del verdadero cristianismo, el de Francisco de Asis frente al de Inocencio III, quien hubo de reconocer la orden franciscana a regañadientes. Que los ilustrados critiquen la hipocresía de la iglesia en nombre de los ideales abandonados por la propia iglesia muestra que se sienten dentro de ella.
 La tradición católica, aun queriéndose universal, es una entre otras de la más profunda tradición cristiana. Esa más amplia tradición proyecta la crítica de los críticos al globo entero y revela la insoportable contradicción moral de deificar a los niños en un mundo en el que cientos de miles de ellos mueren de hambre. Ciertamente, no podemos admitir los resultados de lo que nosotros mismos hemos hecho. Bueno, quizá no nosotros, sino quienes nos gobiernan. Nunca ha estado tan difícil lo de Dios y lo del César.
La crítica se prolonga después en el uso que los poderes de la tierra hacen de la veneranda fiesta. El Rey discursea. El Papa imparte la bendición urbi et orbi. Otras magistraturas, en tradición cristiana pero no católica, aprovechan la noche de fin de año para impartir sus doctrinas. Pero todos corean el espíritu navideño. Reyes, presidentes, papas, altos dignatarios de la iglesia, grandes magnates, todos quieren personificar el ánimo regenerador que nos invade anualmente porque somos seres cíclicos en nuestra diminuta porción del ser. Diminuta pero muy profunda pues es en donde anida el yo de cada cual que piensa siempre en renovarse, regenerarse con tanta fe como falta de fe en sí mismo. El espíritu de la Navidad es una escenificación y, como nos da vergüenza reconocerlo, cargamos con el motivo a los niños a quienes no hay que romper la ilusión porque también nosotros fuimos niños.
(La imagen es una foto de Jacilluch, bajo licencia Creative Commons).