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viernes, 6 de junio de 2008

La perfectibilidad de la democracia II.

Sigo con la revisión del número monográfico de Sistema. Antes de continuar, sin embargo, unas palabras sobre el título de la perfectibilidad de la democracia. A mi entender, una característica esencial de esta forma de gobierno es su explícita aceptación de NO ser perfecta (incluso de desconfiar como de la peste de quienes hablan de formas perfectas de gobierno), sino de aspirar a un perfeccionamiento continuo. De aquí se sigue necesariamente una actitud abierta a la crítica ya que en muchos casos ésta contribuye a mejorar aquella. Mal demócrata será quien rechace sin más cualquier propuesta de "democratización" o cualquier crítica a un supuesto déficit democrático. En cierto modo la historia de la democracia es, si se permite el juego de palabras, la de la democratización de la democracia. La forma de gobierno que dio origen al término mismo de democracia en la polis ateniense no pasaría hoy el examen democrático del siglo XXI; como tampoco lo pasarían las democracias occidentales de voto restringido, masculino o censitario de los siglos XVIII a XX. Recuérdese, por ejemplo, que en algunos cantones suizos las mujeres no votaron hasta 1974. Igual que muy probablemente las democracias de comienzos del siglo XXI no pasarán el cedazo democrático del XXII. Por eso, democracia y perfectibilidad son términos cuasi sinónimos. Perfectas han pretendido ser otras formas de gobierno, desde la Civitas Christiana al Reich der Tausend Jahre hitleriano, pasando por la Monarchia Hispanica y el Estado comunista de todo el pueblo. Frente a estos intentos yo metería a la democracia dentro del cajón de lo que me gusta considerar como las chapuzas con éxito. La democracia es una chapuza, como la Unión Europea, que funciona porque todo el mundo sabe que no solamente no es perfecta, sino que está llena de defectos que hay que arreglar permanentemente y a la desesperada porque, si no, nos quedamos sin ellas. Probablemente sea esa perenne necesidad de estar tapando vías de agua de estos desvencijados navíos (que requiere el afán de todos los implicados y de ahí la conveniencia de la participación) la que los mantiene a flote mientras los Titanic se hunden.

El trabajo de Enrique Peruzzotti, La rendición de cuentas social en la democracia: nociones y experiencias en América Latina, arranca de la consideración de Guillermo O'Donnell sobre una situación deficitaria de rendición de cuentas en Latinoamérica, tanto en su forma horizontal como en la vertical, específicamente en las elecciones. Éstas no pueden suplir a aquellas porque: a) el voto no sirve para señalar qué acciones y/o políticas concretas están señalándose para castigarlas o premiarlas; b) el electorado no puede coordinar el voto de forma que se pueda utilizar éste para pronunciarse sobre la acción pasada del gobernante o sobre sus proyectos; c) hay una gran asimetría entre la información de que disponen los votantes y la que tienen los insiders (p. 114). Propugna Peruzzotti una rendición social de cuentas como complemento a las elecciones que permita: 1) una fiscalización más regular y permanente de la labor de los gobernantes; 2) una fiscalización dirigida no sólo a los representantes electos sino a distintos tipos de funcionarios de las burocracias estatales; 3) una fiscalización instantánea, en el momento, frente a acciones indebidas de las burocracias; d) una acción que no es individual sino que implica mayor participación y una coordinación social en forma de redes; 5) una mejora de la información pública; 6) un mayor conocimiento de las necesidades de la población y, en consecuencia, una mejora de las políticas públicas destinadas a satisfacerlas. En cuanto a los vehículos principales de estas formas de exigencia de rendición social de cuentas, entre otros, Peruzzotti considera las organizaciones ciudadanas (p.117), los movimientos o protestas coyunturales (p.118) y las organizaciones vecinales o comunitarias (p. 118). Encuentro valiosas estas sugerencias y las incluiría en un capítulo de formas prácticas de organización de la democracia directa como intento de vencer las tradicionales objeciones de la alta teoría a esta forma de organización democrática. Lo que me llama la atención en el trabajo de Peruzzotti (pero esto es crítica que dirigiría a todos/as quienes han colaborado en este número) es que no haga ni mención de las posibilidades que el mundo de la web abre a todas estas propuestas más o menos parainstitucionales y ello en un mundo en el que las refexiones sobre este asunto adquieren ya la prestancia de una subdisciplina llamada de formas diversas: gobierno electrónico, democracia en red, ciberdemocracia, etc.

El ensayo del latinoamericanista Manuel Alcántara, La democracia en América Latina: calidad y rendimiento, celebra en tonos casi ditirámbicos el avance de la democracia en la región y lleva su entusiasmo al peligroso terreno de lo profético viniendo a decir que la democracia en América Latina está asentada ya para siempre y que no hay que temer involuciones de carácter golpista (pp. 131 y 146). Da la impresión de manejar una idea hipostasiada de democracia a la que le vendría ancha cualquiera de las consideraciones sobre su perfectibilidad siendo así que, sin embargo, los diversos índices que utiliza para calibrarla (y al margen de los mayores o menores sesgos que puedan presentar) ya delatan una situación muy escalonada en la que hay países más y países menos (incluso mucho menos) democráticos. Los índices que emplea para dar mayor respaldo empírico a su trabajo (si bien advierte de que no es suficiente y sostiene que será necesario proseguirlo) son el de Freedom House, el IDD-Polilat de la Fundación Konrad Adenauer, el The Economist Intelligence Unit (EIU) y el de Levine y Molina (pp. 132-137) que presentan diferencias de elaboración metodológica pero dan unos cuadro de distribuciones y frecuencias de países similares y que el autor hace visibles mediante un gráfico ordinario y un HJ-Biplot muy plástico. El resultado viene a ser de cuatro grupos de mayor a menor democracia: 1) Chile, Costa Rica y el Uruguay; 2º) Panamá, el Brasil, la Argentina, México y la República Dominicana; 3º) el Perú, El Salvador, Bolivia, Nicaragua, el Paraguay, Colombia y Honduras; 4º) Venezuela, Ecuador y Guatemala (p.140) Cuba ni aparece. Como balance pasa el autor a un territorio francamente prescriptivo que llama "los rsultados de la política" en el que propugna: 1º) mayor participación; 2º) más eficacia y eficiencia del Estado en la prestación de servicios públicos (único momento en que aparece aquí algo parecido al "rendimiento" del título); 3º) la reducción de la brecha de la desigualdad; 4º) la reducción de las políticas identitarias, que ve peligrosas; 5º) el excesivo protagonismo de los medios de comunicación (pp. 143-145). Son prescripciones que no van a gozar de aclamación unánime; como tampoco lo hará la jerarquización de los países en la "escala de democracia". En fin, es un rasgo que impregna todo el por lo demás meritorio trabajo y que queda patente en una afirmación categórica como la siguiente : "La democracia en América Latina tras un lapso de un cuarto de siglo se encuentra asentada" (p. 146). ¿Seguro? Por no decir ¿qué democracia?

El ensayo de Alfredo Alejandro Gugliano, Mirando hacia el Sur. Trayectoria de la democracia participativa en América Latina, enlaza en cierto modo con el de Peruzzotti en que se centra en la cuestión de la democracia participativa y en sus formas prácticas, que no quiere decir empíricas. La crisis del Estado del bienestar (tema recurrente en el número, aunque no tanto como la referencia a Dahl) lleva a la aparición de formas participativas como los consejos populares y las asambleas de barrio. Pero lo que más interesa a Gugliano, probablemente por ser brasileño, es la experiencia de los presupuestos participativos al ejemplo del de Porto Alegre. Estos presupuestos participativos, en su articulación real, se dividen en tres formas, según como se articule en ellos la participación: asamblearios, deliberativos y mixtos (p. 161). Gugliano considera después dos formas que, en principio, parecen superar los límites de estos presupuestos participativos, en concreto las experiencias de Venezuela y de la ciudad de Montevideo. De Venezuela en concreto dice Gugliano que "es la única nación que hasta el momento incorporó la idea de democracia participativa al texto constitucional, estimulando la organización política de los ciudadanos en los diferentes niveles de la sociedad" (p. 165). Está claro que hay una contradicción entre esta valoración y el bajo lugar que ocupa Venezuela en la escala democrática del profesor Alcántara. Personalmente me inclino más por la clasificación de Alcántara, sin dejar de apreciar el punto de vista de Gugliano, pero esta discrepancia debiera ser suficiente para hacernos ser más relativistas en nuestras conclusiones en un terreno que, nos pongamos como nos pongamos, es muy incierto. Finalmente Gugliano hace una brevísima síntesis de las críticas que razonablemente cabe oponer al modelo de la democracia participativa, casi como si lo molestaran, si bien es de justicia resaltar que las expone con limpieza académica. Son éstas (y no son triviales): falta de control ciudadano de las deliberaciones de las asambleas, interferencia de los intereses partidistas, influencia de los viejos (sic) caudillos políticos, privilegios de ciertas organizaciones sociales, mayor tendencia a la privatización de la economía (p. 167). Hay para pensar en esto y para modular la eficacia de las fórmulas participativas como sustitución de la democracia reprsentativa.

El ensayo de Ricard Zapata-Barrero, Democracia y multiculturalidad: el ciudadanismo como argumentación política, recoge la propuesta de evolución de la democacia de Dahl y la sitúa en el momento actual de la globalización cuya característica esencial es el pluralismo cultural. No podemos permitir que éste entre en contradicción con el principio democrático cosa que está pasando en opinión del autor desde el momento en que en el conflicto entre inmigrantes y ciudadanos se da prevalencia a los intereses de los últimos, la actitud que él llama ciudadanismo (p. 173). Y aún las hay peores. Su examen de la multiculturalidad se articula en un plano sustantivo, dividido en tres vertientes fáciles de entender, la social, la política y la moral (p. 174). A continuación pasa revista a lo que podríamos llamar el "frente anti-multiculturalidad" bajo el más moderado epígrafe de "restricciones en la definición de una política del discurso sobre la inmigración" que atribuye a diversas agencias: al sistema electoral (e institucional en general, supongo), a los partidos políticos, a los medios de comunicación y a la casuística de los acontecimientos concretos y conflictos que se generan permanentemente (pp. 178-181). El producto más alarmante de la actitud restrictiva en el discurso sobre la inmigración es la aparición de los nuevos populismos que Zapata analiza detalladamente como una forma de discurso reactivo (p. 184) y muy dependiente del contexto y consecuencia de sus fuentes de legitimación (p. 186). Mientras la multiculturalidad queda reducida, como sucede aquí, a cómo enfocar la cuestión inmigratoria (con inmigrantes de allende las fronteras estatales) en la democracia, el planteamiento de Zapata me parece impecable y subscribo su afirmación de que el ciudadanismo constituye uno de los principales retos (incluso amenazas) a la teoría de la democracia (p. 195). Sin embargo, también llamamos multiculturalidad o multiculturalismo (la una como realidad y el otro como actitud ante dicha realidad) a un problema de convivencia de mayorías y minoría(s) nacionales en un mismo territorio y que puede dar origen a movimientos migratorios asimismo. En puridad no debiera haber diferencias en ambos casos pero de hecho las hay dado que los inmigrantes "interiores" son tan ciudadanos como los otros y, en principio,no puede haber restricción que valga. Se verá la diferencia en el artículo siguiente, de Valentina Pazé. Quedémosnos aquí con un punto curioso que arranca de la cadena lógica que vertebra la retórica populista según Zapata y es muy revelador al dar el paso a la segunda forma de multiculturalidad (por cierto, también un reto para la democracia): 1) El ciudadano es el fundador de la acción política, económica y cultural; 2) esta legitimidad se está alterando como resultado de procesos de multiculturalidad; 3) elpopulismo busca restablecerla (p.188).

El artículo de Valentina Pazé, La democracia ante el reto delmulticulturalismo aborda esta problemática cuestión de modo muy decidido. Cruza espadas con los principales valedores de la política multiculturalista, defensores de los derechos colectivos de las minorías nacionales, como Charles Taylor o Will Kymlicka a los que acusa de actitudes no democráticas por pretender proteger las identidades minoritarias por ley en lo que a la autora se le antoja una típica contradicción performativa, o sea, una especie de fantasía de omnipotencia. Para Pazé el error de este planteamiento arranca de su dualidad en la medida en que quienes defienden estas identidades minoritarias parten de una idea de la comunidad como herencia y como proyecto (p. 199), en donde claramente se refleja la pretensión quebequesa y también la vasca o la catalana y que consiste en que no consideren insostenible la pretensión de hacer con los ciudadanos en su interior lo mismo que la comunidad mayor hace con ellos en el Estado. En román paladino, que el nacionalismo vasco esté dispuesto a tratar a los vascos nonacionalistas de la forma que no tolera que el nacionalismo español trate a los nacionalistas vascos en España. La autora dibuja aquí la cadena lógica de estos partidarios de defender coactivamente la identidad minoritaria que resulta similar a la del populismo explícita en el artículo de Zapata: a) el mundo está subdividido en varios grupos culturales (juicio de hecho); b) la diferencia cultural representa un bien que tiene que ser protegido y promovido (juicio de valor); c) para ello no bastan las instituciones clásicas concebidas por la teoría liberal-democrática, sino que son necesarias medidas políticas y jurídicas ad hoc (teoría política prscriptiva) (p. 200).

La conclusión evidente es que, para Pazé, teóricos como Kymlicka razonan como los populistas de Zapata y su actitud frente a la democracia tendrá alguna concomitancia. Un interesante punto de vista que descansa sobre la agria polémica en la que centra su trabajo la autora acerca de si hay o no derechos colectivos. Allí donde Kymlicka los sostiene, Pazé los niega por cuanto todo reconocimiento de derechos a un ente colectivo entraña una conculcación de los de los individuos que residen en su seno y son los únicos posibles titulares de derechos de acuerdo con la concepción liberal clásica. Un punto de vista muy digno de tener en cuenta y muy cierto de no ser porque tropieza con una petición de principio: la preexistencia de un ente colectivo, el Estado, que es el que tiene el derecho a nombrar a los titulares de los derechos pero que no es menos colectivo que las colectividades que pretenden formarse en su seno. Para entendernos: es el pueblo del Estado en su conjunto (aquí llamado nación) el que enuncia la ley que impide a otros fragmentos esa nación (o Estado) ejercer el derecho a la separación, el que no admite un ejercicio fraccionado de su competencia legislativa superior y originaria que sólo le corresponde colectivamente. Por tanto, sí hay derechos colectivos. ¿Cuáles? El de las colectividades que cuentan con un Estado, esto es, la posibilidad de imponerse por la fuerza a las pretensiones "disgregadoras" de otras colectividades en su seno. No hay, pues, fuerza en los razonamientos sobre la titularidad individual/colectiva de los derechos sino solamente el razonamiento de la fuerza del Estado.

(La segunda imagen representa a la diosa Democracia, erigida por los estudiantes chinos durante las jornadas de Tian Anmen en Pekín, en 1989, en una foto de Undersound y la tercera una interpretación del viejo cartel del Tío Sam adaptado a la petición de que se inhabilite al presidente Bush por “high crimes and misdemenors” en foto de Maia C, ambas bajo licencia de Creative Commons).

martes, 27 de mayo de 2008

La vergüenza de ser europeo.

Desde los orígenes del llamado "Estado nacional" (y antes, por supuesto) casi todos los pueblos europeos hemos emigrado en algún momento de nuestras historias, a veces durante siglos. Por unos u otros motivos, religiosos, políticos, económicos nos hemos visto forzados a salir de nuestros países y poner rumbo a América, a Australia y a África. Por centenares de miles, por millones, ingleses, irlandeses, escandinavos, alemanes, eslavos, griegos, italianos, españoles, portugueses tuvimos que buscarnos la vida en otros países que nos acogieron y nos dieron seguridad y trabajo. Desde las emigraciones de los puritanos ingleses en el siglo XVII a Norteamérica hasta las de los españoles, griegos, italianos y portugueses a Europa central a mediados del siglo XX, nuestra historia es una historia marcada por la emigración. Los países de acogida se beneficiaron de nuestro esfuerzo y nosotros nos beneficiamos de las nuevas oportunidades en los países de acogida.

Ahora acabamos de aprobar una directiva (pendiente de ratificación a primeros de junio) que considera a los inmigrantes como delincuentes y ciudadanos de tercera, que los hace objeto de tratamientos represivos sin garantías ni derecho a defensa jurídica alguna, que permite recluirlos en campos y expulsarlos luego de modo expeditivo por la vía administrativa. Toleramos que los gobiernos más reaccionarios, como el francés o el italiano, presidido por un sujeto que alardea de su xenofobia y ha convertido la inmigración ilegal en un delito, impongan sus criterios de mano dura al conjunto de la Unión. Es más nos plegamos de buen grado a su autoritario proceder porque así salvamos nuestra buena conciencia argumentando que no podemos hacer nada frente a la alianza de los poderosos. Somos unos canallas desagradecidos y unos hipócritas que decimos regirnos por valores muchos de los cuales están en la Biblia pero la ignoramos cada vez que machaconamente nos repite que no aflijamos ni atribulemos a los peregrinos porque también nosotros lo fuimos en Egipto (Ex., 22, 21; Lev., 19, 33-34; Deut., 10, 18-19; etc.).

Igualmente durante esos siglos, desde el XVI hasta bien entrado el XX y en algunos casos hasta el día de hoy (véase el Irak) los europeos hemos saqueado al resto del mundo, singularmente el África, parte del Asia, Oceanía y xasi toda América, hemos robado sus materias primas, esclavizado y exterminado a sus poblaciones autóctonas, destruido sus culturas, esquilmado sus formas de vida y les hemos impuesto las nuestras y ahora que, luego de siglos de rapiña, todos aquellos inmensos territorios que tienen independencia política pero malviven en la miseria, la enfermedad, la ignorancia y la muerte temprana (a veces con esperanzas de vida en torno a los cuarenta años), necesitan de nuestra ayuda, se la negamos.

Los europeos, como el resto de los países desarrollados, aprobamos la Resolución 2626 de 1970 de la Asamblea General de las Naciones Unidas (hace ya treinta y ocho años) por la que nos comprometíamos a destinar el 1% de nuestro Producto Interior Bruto (PIB) al desarrollo y el 0,7% en concreto en forma de Ayuda Oficial al Desarrollo (AOD). La inmensa mayoría jamás lo cumplimos como se comprueba echando una ojeada al cuadro del Euroestat de 2008 con datos hasta 2006 a la derecha en donde se ve que únicamente tres países escandinavos (Dinamarca, Suecia y Noruega) y dos centroeuropeos (Países Bajos y Luxemburgo) llegan al 0,8% del PIB o pasan de él. El resto no cumplimos ni de lejos y los casos más sangrantes son los países ex-comunistas Chequia (0,12%), Hungría (0,13%), Polonia (¡0,09%!) y Eslovaquia (0,1), que muestran así la noble herencia moral del comunismo, y Grecia (0,17%) y Turquía (0,18) que seguramente necesitan su dinero para comprar armas con que entrematarse.

No obstante, quizá por vergüenza, algunos países nos habíamos comprometido a alcanzar el 0,7% del PIB en alguna fecha concreta por ejemplo Francia y España en 2012 (o sea con cuarenta y dos años de retraso) y Gran Bretaña para 2013. Pues bien en el Comité de Representantes Permanentes que está celebrándose ayer y hoy Francia e Italia (¡cómo no!) seguidas por los Países Bálticos y otros muy solidarios ex-comunistas se han desentendido de este acuerdo. El movimiento está acaudillado por la derecha que pretexta que estamos en época de crisis y, si bien la izquierda, por ejemplo la de España y Portugal (países que tampoco se lucen en la escala) formulará alguna protesta, está por ver que haga algo. Dice el señor Rodríguez Zapatero que España llegará al 0,7% en un plazo máximo de dos años. Se admiten apuestas.

¿No somos repugnantes en nuestra avaricia y falta de conciencia?

(La primera imagen es una foto de Cicilief, bajo licencia de Creative Commons).

martes, 20 de mayo de 2008

Nadie quiere a los inmigrantes.

Los emigrantes lo tienen crudo en todas partes. Por si el hecho de la emigración por razones políticas, económicas, o las dos al tiempo, no fuera suficientemente angustioso y si los trayectos que los emigrantes han de hacer no estuvieran sembrados de riesgos y peligros, la acogida que los países receptores suelen brindarles todavía es peor. El hecho de que, en un momento u otro de sus historias todos los países hayan tenido que pasar por el amargo trance de la emigración no hace a sus poblaciones más sensibles, acogedoras o receptivas a los afuereños. Al contrario, parece como si el haber sido víctima de alguna injusticia en el pasado predispusiera a los pueblos que la sufrieron a infligírsela ahora a otros. El ejemplo canónico hoy día son los israelíes: los decendientes de quienes sobrevivieron a los campos de exterminio son quienes hoy abanderan el exterminio de los palestinos.

En Sudáfrica llevamos ya cerca de dos semanas de disturbios en los arrabales de Johannesburg en los que la población nativa (negra) en multitud persigue por las calles a los extranjeros (también negros, pero de Zimbabwe, de Mozambique, de Malawi, etc), los apalean, ocasionalmente los descuartizan, los queman vivos, violan a sus mujeres, derriban sus casas y roban sus pertenencias porque, dicen, ellos, los extranjeros, roban sus tierras, sus trabajos y hasta sus mujeres.

Pequeño interludio: los blancos somos racistas pero los negros también, tanto como los blancos o más, si cabe. Que cabe. Al día de hoy ningún extranjero que no hable alguna de las lenguas sudafricanas (y tampoco sirven las minoritarias) puede circular con seguridad por las calles de las townships de Alexandra, Cleveland, etc porque las patrullas armadas vigilan y cuando se tropiezan un viandante le piden que recite un pequeño párrafo en una lengua sudafricana y si no es capaz o no quiere, puede morir asesinado allí mismo. Eso es racismo, no de razas, puesto que no se distinguen, ni de religiones que son indiferentes; es racismo de lenguas. Pero racismo: identificar al "otro", al "extranjero", para masacrarlo ya que representa un peligro para nuestra seguridad, nuestro trabajo, nuestras familias, etc. Los negros pobres de los arrabales de Johannesburg creen que los tres millones de gentes venidas de Zimbawe, expulsadas por la guerra y la crisis económica, representan una competencia peligrosa por las oportunidades vitales y, por lo tanto, tratan de acabar con ellos.

Así que ya puede decir el obispo Desmond Tutu que los sudafricanos deben acordarse del Apartheid que no está tan alejado o la señora Winnie Mandela pedir perdón a "nuestros hermanos africanos". Todo eso es inútil. El Gobierno tiene que intervenir e impedir esta masacre. Pero lo que hará será salvar a los extranjeros expulsándolos de la República Sudafricana.

Que es exactamente lo que quiere hacer Italia con los rumanos gitanos que tiene en su territorio (unos 120.000), algunos concentrados en campos, como el de Castel Romano (900 personas) y Castilino (1400) cerca de Roma, o los de Nápoles. Los de Nápoles ya han sido objeto de ataques de napolitanos. Por supuesto, no tan bestias como los de la Unión Sudafricana pues ya se sabe que los europeos somos civilizados, a diferencia de los negros, y en vez de quemar viva a la gente, la apaleamos o la colgamos. Pero el hecho es que el gobierno del señor Berlusconi está preparando medidas de expulsión y de consideración de la inmigración ilegal como delito, para poder ser más expeditivo en la expulsión. El ministro del Interior, signore Maroni, insiste en que pedirá al Consejo de Ministros que se considere delito la inmigración ilegal y que, además, ello se haga por vía de decreto-ley, es decir, a toda pastilla. Ese Gobierno que ha dicho "basta" al Gobierno español por boca de su ministro de Exteriores, signore Frattini, argumentando que el Gobierno español todavía es más duro. No lo sé, quizá sí. Pero vaya argumento.

En Italia se está siendo consecuente con el contenido de la nueva directiva de la Unión Europea sobre inmigración, cuya votación está aplazada, que también endurece las medidas represivas de la inmigración en Europa con plazos de internamiento tan generosos que parecen de campos de concentración. Pero los italianos, especialmente los de Nápoles, Sicilia y el Mezzogiorno en general han olvidado ya los tiempos en que eran ellos quienes emigraban en busca de una vida mejor, como hacen ahora los africanos, y esperaban una recepción humana y no una persecución. Entonces la emigración les parecía un derecho; ahora les parece un abuso.

No es la hora de inmigración en ninguna parte. Hasta en la civilizadísima Suecia pintan bastos para los desplazamientos masivos. En el país nórdico los que "amenazan" a los autóctonos son los bálticos. Una reciente encuesta pronostica que el partido de extrema derecha, Sverigedemokraterna (SD, demócratas de Secia) puede llegar al 4% del voto (barrera legal para entrar en el Parlamento) en las próxima elecciones, esto es, el partido que pide terminar con la inmigración. Y si todavía nadie sabe en Italia de qué qué país vienen muchos gitanos porque algunos tienen pasaporte de la hoy extinta Federación de Yugoslavia, en el caso de los bálticos, los tres países son tan miembros de la Unión Europea como Suecia, por tanto tienen derecho a quedarse en el país escandinavo. Pero también van a empezar a tenerlo crudo.

La emigración es un fenómeno global. El mundo está en marcha. Pararlo es imposible.


(La imagen es una foto de Carles Ríos, bajo licencia de Creative Commons).

viernes, 29 de febrero de 2008

Inmigrantes.

El mapa que se reproduce, sacado de Wikimedia Commons tiene licencia GNU Free Documentation y refleja los movimientos migratorios en el mundo hacia 2006. Los países en marrón son países de emigración, los en azul de inmigración y los en verde ni lo uno ni lo otro. Como se ve, un fenómeno planetario, algo que afecta a toda Europa y a algunos otros países en el mundo. Otra parte muy importante de éste está tratando de cambiar de residencia, de país.

Este fenómeno mundial -son millones, decenas de millones, quizá centenas los que están en camino- no se resuelve con políticas nacionales. Se necesita un acuerdo mundial, probablemente aprobado en las Naciones Unidas y siempre que los Estados que se sirven de ellas, los cinco permanentes del Consejo de Seguridad y en especial los EEUU estén dispuestos a aceptar algo así que siempre es una limitación de soberanía. Dudoso.

Entre tanto, sólo caben medidas nacionales no para resolver el problema, sino para paliar sus consecuencias país por país, región por región. Pero esas medidas no son todas iguales. No todos los partidos enfocan de igual modo la inmigración. El escrito de los 127 profesores y expertos en asuntos de inmigración, criticando con toda dureza el enfoque del PP contrapone lo que considera el discurso tradicional de la derecha al respecto, autoritario, arbitrario, xenófobo, asimilacionista y hasta racista con otro democrático, legal, xenófilo, integracionista y antirracista. Esto los lleva a pedir que no se vote al PP.

Lo cierto es que el río suena porque agua lleva. No sé qué mando del PP en las Canarias ha vinculado directamente la inmigración con la delincuencia, como suele hacer el señor Rajoy dando incluso los pormenores de los delitos; secuestros y violaciones de muchachos menores.

En el tratamiento de este asunto no es exagerado decir que el señor Rajoy bordea la xenofobia. No lo hace descaradamente porque no se atreve, pero lo insinúa de un modo bastante repugnante. Esa idea de que "los derechos de los unos no pueden ir en menoscabo de los derechos de los otros" es una formulación más o menos apañada de otra que se repite mucho por la calle cuando los ciudadanos se quejan de que la administración los posterga en beneficio de los afuereños. Percepción falsa, pero muy popular. Lo más fácil es siempre culpar a quien, por azares del destino, sentimos en peor situación aun que nosotros. Azuzar esa inquina entre autóctonos (sobre todo los más pobres) y los "recién llegados" es de una irresponsabilidad tan grande que da que pensar si en efecto, el señor Rajoy es lo que el expresidente González dice que es. Bueno, no da que pensar. Lo es.

viernes, 8 de febrero de 2008

¡Rajoy y cierra España!

Si piensan, deben de pensar que los demás no piensan. Cada vez que los señores de la derecha abordan una cuestión de esas que los sondeos sitúan entre las que "más preocupan a los españoles" (las otras no parecen interesarles) y le dan un repasito, dejan al auditorio haciéndose cruces sin saber si son reaccionarios porque son insensibles o son insensibles porque son insensatos. Tras unos días vaticinando el apocalipsis a cuenta de los datos económicos con tanta animación que pareciera que se alegraran ayer tocó zafarrancho de inmigración. El señor Rajoy anunció que, de ganar las elecciones -acontecimiento harto improbable- hará que los inmigrantes firmen un contrato con el que se comprometerán a cinco cosas, tres de ellas malévolamente necias y las otras dos ominosas.

Las primeras son: a) cumplir la leyes, como si esta no fuera una obligación obvia de todo el mundo, inmigrante o nativo; b) pagar los impuestos que, al parecer, no es algo obligado por ley; y c) aprender la lengua, cosa generalmente imprescindible si se quiere trabajar. Las dos ominosas son: d) en caso de no encontrar un trabajo, se volverán a su casa (¡y uno que creía que los inmigrantes legales venían ya con su contrato de trabajo!); y e) adaptarse a las costumbres españolas. Dado que lo de las costumbres españolas es algo tan impreciso y ambiguo como las ideas del señor Rajoy, no hay duda de que, de salir adelante propuesta tan retrógrada, los inmigrantes estarán a merced de los caprichos de los amigos del señor Rajoy en materia muy evanescente. Y los autóctonos también. Las corridas de toros, por ejemplo, parecen ser costumbre reciamente española. Como yo no asisto a esos espectáculos que me resultan repugnantes, ¿he de entender que peligra mi nacionalidad? ¿Querría acaso el señor Rajoy deportarme? Ganas no le faltarán, seguro.

Resulta claro que esta propuesta es xenófoba y racista ya que da por sentado que los inmigrantes vienen a incumplir las leyes, defraudar a la Hacienda Pública y cargarse la Constitución, y no a trabajar, sacar adelante a sus familias, labrarse un futuro en nuestro país que, además, se beneficia extraordinariamente de su presencia aquí. Por si no se hubiera entendido suficientemente bien al señor Rajoy, apuntaló luego sus despropósitos ese prodigio de la verborrea insultante que es el señor Arias Cañete, diciendo que los inmigrantes abusan del servicio de urgencias del sistema nacional de salud que está colapsado por su causa. ¿Por qué nadie aclara a estos demagogos que es al revés, que los inmigrantes consumen menor cantidad de recursos públicos de la que contribuyen a financiar? ¡Qué pregunta! Como si no lo supieran. Explicarlo es inútil pues no están interesados en la verdad sino en atizar los miedos, los odios a los diferentes, las fábulas y los cuentos para conseguir más votos, aunque para ello se carguen la paz civil.

Por la noche, el señor Rajoy concedió una entrevista en la cuatro a Iñaki Gabilondo que no tuvo desperdicio. Estaría bien comentarla por entero, valorar la alta categoría de entrevistador del señor Gabilondo y el penoso espectáculo que dio el señor Rajoy que, acosado por el presentador no supo si no recurrir a topicazo y vaguedades. Pero no ha lugar aquí, salvo en lo relativo prtecisamente a la inmigración. Protestaba el presidente del PP de que la regularización de los 600.000 inmigrantes que realizó en 2005 el Gobierno del señor Rodríguez Zapatero había ocasionado un "efecto llamada" por el cual en este momento hay en España un millón doscientos mil inmigrantes ilegales (o clandestinos) más. Cantidad que soltó triunfante dibujando un horizonte de futuro incierto. Perdió la ocasión el señor Gabilondo de averiguar cómo había llegado su entrevistado a tan precisa cantidad si se trata de inmigrantes "ilegales" o sea, no registrados. Pero no perdió en cambio la de preguntarle qué pensaba hacer con ellos si alcanzaba la presidencia del Gobierno. Apabullado el señor Rajoy, no supo qué contestar y se limitó a balbucir que "desde luego, regularizarlos, no". O sea, ya sabemos lo que el señor Rajoy NO hará con ese 1.200.000 almas en pena que, según él, vagan por los caminos de España; pero nos hemos quedado sin saber lo que hará, si gana. Pero, para no hacer algo no es necesario elegir un presidente del Gobierno pues puede seguir sin hacerlo tan ricamente en su casa.

Así es todo: agobian al personal con sus negros vaticinios pero luego no saben aportar una sola solución práctica. Menos mal que tampoco es necesaria, dado que los problemas que los abruman se los han inventado. En este caso concreto de la inmigración, sin embargo, esa actitud es particularmente detestable porque: a) trata de aprovecharse de una colectividad en situación de especial desvalimiento; b) ignora el evidente beneficio que la inmigración aporta a nuestro país, infinitamente superior a los inconvenientes que ocasione; y c) sobre todo, olvida que si hoy somos lo que somos y atraemos emigrantes es gracias al sacrificio de generaciones y generaciones de españoles que marcharon al extranjero en procura de las oportunidades que los iguales al señor Rajoy les negaban en España. Olvida que España fue durante siglos una nación de emigrantes. Olvida que el primer deber de los cristianos -y el señor Rajoy dice serlo- es acoger a los inmigrantes con corazón magnánimo, pues su Dios les recuerda continuamente que ellos fueron inmigrantes.

Pero estos liberales sólo se ocupan de los inmigrantes para coaccionarlos y amenazarlos. ¿O alguien ha olvidado cómo el señor Losantos intimidaba por la radio a los ecuatorianos residentes en Madrid que querían movilizarse con las víctimas del terrorismo recordándoles qué partido gobernaba dicha Comunidad, cual si dependieran de sus mercedes como los siervos lo hacían de los señores en la Edad Media?

(La primera imagen es de Jaume d'Urgell bajo licencia de Creative Commons. La segunda, un monumento al inmigrante, es de Julianrod, también bajo licencia de Creative Commons).

domingo, 16 de diciembre de 2007

Clandestino.

Con algo de retraso reboto aquí una recomendación de una amiga: Clandestino, de Manu Chao; aunque he elegido otro formato.

Desde luego Amalia, es magnífico.

Vaya repaso.