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jueves, 24 de mayo de 2018

Frankenstein sigue su camino

Curiosa coincidencia. Este año es el bicentenario de la novela de Mary Shelley, Frankenstein o el Prometeo moderno y del nacimiento de Karl Marx. Un chiste malo que se habrá hecho cientos de veces: en 1818 nacían el Prometeo moderno y su historia que, por cierto, aunque dos hechos completamente dispares, están relacionados de mil sutiles maneras.

Es el caso que, en mis visitas a la biblioteca de mi universidad, se me ha pasado por alto una exposición que lleva desde el día del libro y está a punto de cerrarse. No me explico cómo no la había visto antes pues habitualmente chequeo las exposiciones en la entrada que suelen ser muy buenas. Y menos me explico cómo la he visto hoy. Estoy tentado a creer en algún efluvio mágico procedente de una simpática figura de la criatura de Frankenstein (en la inimitable caracterización de Boris Karloff), sentado en un sillón y presidiendo el espacio de la exposición. Esta está magníficamente comisariada por Antonio Ballesteros y Ana Parra Luján, dos notables especialistas en literatura inglesa y en especial la romántica y victoriana. La segunda ha trabajado la figura del doble y el primero tiene una vasta obra en estos asuntos concretos y otros adyacentes. Dos sabios de la casa.

La exposición es de apariencia minimalista: seis textos de los comisarios y seis vitrinas con objetos relacionados con la figura de Frankenstein. Los textos se concentran en Mary Shelley, la novela/leyenda, su impacto y algunas de sus implicaciones. Pero las vitrinas, que son básicamente portadas de libros y de vídeos de películas muestran un verdadero universo, que va desde los orígenes hasta aquellos aspectos cercana o lejanamente relacionados con una creación literaria, habitualmente considerada un mito que arranca de un mito, muy revalorizado por el romanticismo. Uno de los pasatiempos más socorridos es hacer la arqueología y genealogía de Frankenstein, territorio fértil: además de las relaciones familiares inmediatas (Wollstonecraft y Godwin de padres, Shelley de amante y esposo), el tiempo reverberaba, Radcliffe reinaba en lo gótico, provocando las iras de Jane Austen y rivalizaba con Matthew Lewis en demonizar a los católicos; en la ciencia el darwinismo que daba pie a dos corrientes, una por así decirlo, científica, que no se metía en camisas de once varas (si acaso, el llamado "darwinismo social") y otra literaria, fabulosa que, a través de Samuel Butler y Bulwer Lytton, daba entrada a lo que acabaría siendo un horizonte plausible, el mundo de las máquinas, de los autómatas, de las creaciones del hombre, susceptible de evolucionar. Añádanse las corrientes paranormales de la época, los fabulosos usos del magnetismo. Todo esto y mucho más, por supuesto, da para entretenerse con Frankenstein. Debe de ser una de las figuras más populares del cine, él y sus variaciones.

Pero quiso la casualidad que Frankenstein viniera al mundo en la famosa estancia en villa Diodati, al borde del lago Leman, al tiempo que otra creación literaria que, no teniendo nada que ver con aquel, se ha consagrado como el otro mito del mal: el vampiro. Es casi una metáfora de la época. Frankenstein entronca con el Golem, los alquimistas, los autómatas de E.T.A. Hoffmann, pero su fundamento es la ciencia y la ambición del ser humano, empeñado en responder a la pregunta del arcángel Miguel. Otra cosa es que el positivismo vaya acompañado del consideraciones morales  sobre la demasía humana. De Frankenstein nacen, en cierto modo, algunos célebres desdoblamientos de creador y creatura en diversos campos (científico, artístico), como el de Jeckyll-Hyde o el de Dorian Gray.

Pero la otra figura, el vampiro no tiene nada que ver con la ciencia. Es una vuelta a lo legendario y puramente supersticioso, una expresa negación de la ilustración y apoteosis de la magia. El vampiro no se refleja en los espejos porque, en realidad, no existe, no tiene cuerpo. Es una referencia a la idea del alma de los pueblos venida de los tiempos oscuros, propia del historicismo más desatado de los años posteriores. La aparición de un suconsciente colectivo en rituales sangrientos que haría luego las delicias de los freudianos. Los vampiros han tenido también una excelente acogida en el cine, con las figuras clásicas (y muy distintas) de Bela Lugosi como Drácula sobre la novela de Stoker y Max Schreck, como Nosferatu que, por cierto, se titulaba "una sinfonía del horror", del horror en el más puro expresionismo alemán. Y sin olvidar la hazaña de Sheridan Le Fanu, también presente en la eexposición, que, con su Camilla creó la figura de la vampira que luego se vulgarizaría hasta en el nombre, como "vampiresa". 

Andan por las vitrinas muchos otros autores y libros que amplían sin cesar la galaxia a otras constelaciones: La caída de la casa Usher, claro. Una de las editoriales que publica más obras de gótico en general aquí expuestas, se llama Valdemar. Los autómatas también se feminizan, como en La Eva futura, de L'Isle Adam. Alguna obra de Stanislaw Lem trae el tema (creación/máquina/autómata/rebelión) a los tiempos modernos. No solo los de Chaplin, que ya dejaba las cosas claras sino los de Metrópoli, de Fritz Lang, también en exposición. Al fin y al cabo, María, la dulce María tambiéen es una autómata.

En fin, que sale uno de esta exposición minimalista con la cabeza hecha un bombo. Cosa buena pues para eso están las exposiciones, para cambiar cabezas. Y es lo que tiene exponer portadas de libros, cada una de las cuales remite a un mundo. Al despedirse tropieza uno con Lovecraft y aprieta el paso porque le parece haber escuchado un extraño ruido agudo metálico continuado que no había escuchado nunca.