jueves, 14 de noviembre de 2013

Guardianes de la vida eterna.


La milenaria China nos visita, bajo la forma de los llamados guerreros de Xián del ejército de terracota que acampan en el centro de arte Fernando Fernán Gómez, en la madrileña Plaza de Colón. Es la segunda vez que vienen en unos diez años pero parecen nuevos y hasta rejuvenecidos con sus curiosos sombreros, sus corazas, sus pantalones, espadas de bronce, objetos de jade, sus caballos con sus arneses. Es una ínfima avanzadilla del ejército que hizo esculpir para acompañarlo en su mausoleo el creador del primer imperio y primer emperador chino, Qin Shihuang, en el siglo III a. d. C. Y su héroe epónimo pues, según ciertas fuentes está en la etimología de "China", aunque otras lo nieguen.

Este Qin Shihuang fue un personaje extraordinario, que tiene la historiografía dividida y no solo en lo referente a su nombre sino también su persona, su carácter, su gobierno. Una tradición lo presenta como un déspota cruel y despiadado y otra como un gobernante clarividente y estas tradiciones a veces se alternan en el tiempo. En la actualidad parece tener buena prensa. Mao Tsetung lo valoraba mucho por haber creado la nación china y haberla defendido de los asaltos de los bárbaros nómadas del Norte. De hecho fue él quien hizo erigir la primera de las varias murallas de la China, de la que ya solo quedan vestigios. Ese buen nombre actual viene también propiciado por la conclusión de que la leyenda según la cual mandó enterrar vivos a cuatrocientos letrados, legistas, literatos, sabios es eso, una leyenda.

No obstante, el emperador Qin debía de profesar cierta inquina a los intelectuales porque lo que sí parece más cierto es que mandó quemar todos los libros de pensamiento que se encontraran y prohibió el cultivo del confucianismo. Solo esto es ya una revolución, dada la centralidad moral (medio religiosa, medio civil) de Confucio en aquel país. Recuerda la revolución de Akhenaton en Egipto más de mil años antes: un emperador que quiere cambiar los sentimientos, las creencias, la moral, la religión de un pueblo. Lo decisivo en el chino no es que se hiciera llamar Qin, sino Shi que, según tengo entendido, quiere decir "divino". O sea, el primer emperador decía ser dios, una pretensión en la que le han seguido muchos hasta el día de hoy.

El atributo esencial de dios es la inmortalidad y actualmente hay acuerdo general en que el emperador Qin estaba poseído de un frenesí: ser inmortal. Envió expediciones a lejanas tierras en busca del elixir de la vida eterna y, si no ando desencaminado, murió de regreso de un viaje en el que, además de asegurar su imperio, buscaría esa pócima maravillosa. Y, mientras tanto, ¿qué hacía? Había mandado esculpir su ejército en arcilla, al tamaño natural, uno a uno. Lo que se dice, un trabajo "de chinos" porque, aunque los cuerpos y miembros están hechos en serie con moldes, los rostros están individualizados y, por ahora, se han descubierto ocho mil. Una obra gigantesca en la que se empleó para excavar más de 20.000 metros cuadrados y construir el mausoleo unos 700.000 prisioneros de guerra. Si Qin no conseguía la inmortalidad, quería ir a la otra vida protegido por el que había sido la columna de su poder, el ejército, soldado por soldado, arquero por arquero, caballo por caballo. Y, según dice la historia, en algún momento tuvo un ejército de 100.000 hombres.

Aquí es donde, me malicio, entra la prohibición de Confucio. El venerado maestro había dejado dicho que se enterrara a los muertos sin nada o con alguna baratija de valor simbólico. Estaba en contra de los enterramientos de boato por varias razones. La obra del emperador no encajaba en la doctrina, así que fuera doctrina y fuera libros. Él a construir su ejército para presentarse en el más allá en toda su gloria. Luego, los sobresaltos de la historia, los reinos en lucha, las revoluciones, el hundimiento de la dinastía, hicieron que aquel enorme mausoleo se lo tragara literalmente la tierra, quedara sepultado en el olvido. No estoy muy seguro de si se mantuvo la memoria siquiera como leyenda.

El hecho es que en 1974 unos campesinos, cavando para hacer un pozo, dieron con este prodigioso mundo subterráneo, con sus ocho mil figuras individualizadas, una excavación que aún no se ha concluido pero que, al parecer, alguien ha calificado como la octava maravilla del mundo. No es muy original, pero se hace uno una idea viendo además esta exposición que suple su carácter infinitesimal con diversos recursos, incluidos vídeos y abundante información, alguna especialmente pertinente. Por ejemplo esa que recuerda que el color gris uniforme de las figuras es lo que queda tras dos mil doscientos años de lo que fue una viva policromía. Algo que tendemos a olvidar a tal extremo que nos cuesta imaginar también coloreadas las estatuas griegas y romanas. Y lo estaban.

Los expertos discuten sobre el significado de esta obra increíble y abundan las teorías y las especulaciones: la magnificencia del poder, el símbolo de la defensa, el sentido industrial de la organización social china, su fuerza expansiva, su unidad nacional. Todas razones verosímiles, especialmente para los legos. Palinuro, lego entre los legos, tiene una: en realidad, el ejército de terracota debía de cumplir una función similar al sudario que tejía y destejía Penélope; una función de distracción. Mientras Qin buscaba desesperadamente el elixir de la vida eterna quizá creyera tener entretenida y engañada a la muerte suponiendo que esperaría a que todo su ejército estuviera esculpido y en perfecta formación de marcha. Vaya uno a saber lo que pensaba un personaje tan extraño. Pero, desde luego, tenía mucho poder. Y ese poder lo había enloquecido al extremo que podemos ver perfectamente ilustrado en esta exposición. La locura de un hombre que quería hacerse acompañar al otro mundo por todo su ejército en efigie pero también por los cientos de miles que infelices que trabajaron en la obra y a los que se ejecutaba en ella según iba avanzando.