sábado, 23 de febrero de 2013

El gran murciano.

Pues sí, di mi conferencia en un master en comunicación en la Universidad de Murcia en un clima muy agradable, con gente francamente interesada y, a lo que se ve, muy trabajadora. No están perdiendo el tiempo. Los colegas, un grupo juvenil, dirigido con experta mano en su investigaciones por Ismael Crespo, me hicieron el honor de acompañarme y finalmente compartimos todos la presentación del libro sobre Comunicación política y nuevas tecnologías. En la mesa se nos unieron dos dirigentes políticos, una del PSOE y otro del PP, por aquello de la neutralidad académica. Estuvieron ambos muy atinados. Es claro que la mejora de la comunicación entre el PP y el PSOE es un objetivo deseable. En general la comunicación entre todos los partidos. Y me atrevería a decir, entre distintas zonas, regiones, reinos y/o naciones de las Españas. Pero eso ya nos llevaría muy lejos y habíamos decidido quedarnos en Murcia.

Más que nada para visitar los museos de Salzillo y de Ramón Gaya, a los que tenía ganas hacía mucho tiempo. El de Salzillo está adosado a la iglesia de Jesús Nazareno, sede de la cofradía que en el siglo XVIII encargó los famosos pasos al escultor imaginero. Entre los numerosos hijos ilustres de este reino, a mi parecer, el más grande de todos. Y eso porque su "murcianismo" fue una libre elección. Nació y murió en la capital de la Huerta y jamás salió de ella. Otros murcianos célebres, Floridablanca, Paco Rabal, fueron viajados, cosmopolitas. Salzillo, no. La influencia exterior, básicamente italiana, le vino de su padre, napolitano. Eso se ve muy bien en el museo, cuya pieza fundamental es el famoso nacimiento, en la tradición del pesepre de la tierra paterna (aunque ya la había propia en el siglo anterior en algunos conventos de monjas), con más de quinientas figuras de barro, madera y estofa de unos treinta centímetros. Es un ejemplo acabado de preciosismo, barroco derivando hacia el rococó, en el que se mezclan influencias francesas, de la Commedia dell'arte y una auténtica delicia. La obra, de encargo de noble, es en realidad del taller y la terminaron los discípulos, pues él murió antes. Pero refleja por entero su espíritu. El relato del nacimiento sigue minuciosamente los evangelios de Mateo y Lucas, con algún curioso anacronismo, como la escena de caza con armas de fuego que se exhibe antes del nacimiento propiamente dicho. Todas reflejan tipos del lugar que dan a la leyenda un curioso aire de realismo: hasta la anunciación y, desde luego, los episodios posteriores, la búsqueda de un lugar para dar a luz, las pensiones llenas, el pesebre (en realidad, un pórtico), los pastores, los magos de Oriente (con unos pajes que parecen arlequines sacados de los cuadros de Watteau), el castillo de Herodes, la guardia herodiana, la matanza de los inocentes y la huida a Egipto.

El museo, muy agradable, contiene mucha información sobre Salzillo y es mucha porque es alguna, pues el hombre no dejó tras de sí casi nada excepto sus obras, por cierto abundantes, como un millar,  pero muy desperdigadas por las iglesias de los pueblos de la provincia. Salzillo era en realidad un cura secularizado por los afanes del mundo. Comenzó el noviciado en los dominicos y hubiera profesado de no ser porque, al morir su padre, le fue forzoso abandonar el cenobio para hacerse cargo de la familia. Ni siquiera sabemos cómo era físicamente porque no hay una efigie suya cierta. Los retratos existentes son idealizados. El más famoso se pintó en el siglo XIX, muchos después de su muerte. Él vivió oscuramente (aunque llegó a tener reconocimiento oficial) de 1707 a 1783, practicamente coetáneo con el siglo de las luces que para él fueron toda su vida místicas. Tenía que ser tratándose de España, hija tridentina de Roma.

El otro punto de Salzillo son los pasos procesionales. Los más famosos de ellos, los que salen en andas todos los viernes santos por las calles, se encuentran en la iglesia de Jesus Nazareno, a la que se accede por un pasillo discreto desde el museo. Al respecto, el gran murciano es el último representante de la tradición de la imaginería española, de Gregorio Hernández o Juan Martínez Montañés. Los motivos son análogos: crucifixiones, pasiones, calvarios, flagelaciones. Pero en el murciano, ya libre del manierismo, se desliza una influencia clasicista, con ecos de Bernini que llama la atención poderosamente en sus dos figuras más características, el San Juan que precede el paso de la Dolorosa y el ángel del huerto de los olivos.

Hay otros rasgos de las tallas procesionales muy dignos de consideración. Entre ellos, el fuerte elemento narrativo. El grupo de la última cena reúne las trece figuras en torno a una mesa y cada figura está cargada de expresión y significado. ¡Qué idea representar a Judas rubio con una túnica amarilla! El amarillo era ya entonces el color de la traición y el escándalo. Pregunté por el peso del paso: 1.200 kilos. Tiene su mérito sacar en andas el Viernes Santo 1.200 kilos por las calles durante tres horas. Veinte costaleros tocan a sesenta kilos por hombro. Ciertamente, si la fe mueve montañas, también mueve 1.200 kilos. Pero hay que verlos. En un vídeo en una sala del museo puede obervarse cómo los costaleros derrapan en las curvas como las yuntas de bueyes con carros muy cargados. Por eso, supongo, las cofradías estaban asociadas a los gremios que patrocinaban los distintos pasos y tenían interés en sacarlos aunque fuera en andas: los tejedores, el paso de la Verónica. Imagino que los hosteleros y venteros la última cena. Suele suceder: en casi todas las ceremonias cívico-religiosas de nuestras ciudades, los más interesados son los comerciantes.

Unas más otras menos, las figuras son todas expresivas, pero de una emotividad contenida a pesar de su intensa policromía, lo que es de agradecer porque es tenue el límite de lo grotesco. Con todo, las dos tallas mencionadas, el San Juan y el ángel son las que más sobresalen. En eso coincide casi todo el mundo. Son dos figuras muy bellas. Pero hay muchas alabanzas mezcladas de cierta reticencia generalmente no confesa. Como si se reprochara al artista el haberse dejado llevar a un misticismo, por así decirlo, pagano, algo que desentonara con la recia, austera, amargada tradición católica. Algunos, incluso trasmiten, con cierto escándalo íntimo, la vieja comparación del San Juan con el Apolo de Belvedere. Ahí está el asunto. Las dos figuras son bellas porque son andróginas. El porte de San Juan es femenino y solo el pie que asoma por debajo de la lujosa vestimenta de seda delata lo masculino. Lo cual tampoco es mucho.

En cuanto al ángel, no hay más que verlo. Jesucristo, que se ha llevado al huerto a Pedro y a los dos hijos del Zebedeo, se aparta de ellos como tiro de piedra y empieza sufrir agonías. Su Padre le envía entonces un ángel que lo consuele. Y ahí está, delante de un frondoso olivo, un semidesnudo casi femenino de un joven barbilampiño en contraste con el barbado rostro del Salvador. Él acababa de pedir que le apartara el amargo cáliz. En fin, la belleza tiene siempre algo de transgresión, si bien en este caso admitida por el dogma, pues el sexo de los ángeles es considerada cuestión bizantina.

Después de ese baño de misticismo de vía crucis salimos a toda pastilla a visitar el museo de Ramón Gaya. Inútil. La autoridad (in)competente (al parecer el Ayuntamiento) ha decidido cerrar el museo  de 14:30 a 17:00, seguramente por el yantar de los encargados. Costumbre muy española y muy estúpida. Hay gente que en vez de comer al toque de fagina prefiere ver la obra del pintor de la generación del 27, otro gran murciano, Ramón Gaya. Este, al contrario de Salzillo, muy viajado por peripecias de la raza, también fue casi coetáneo del siglo XX (1910-2005). Pero es cosa de ir en horas de oficina.

(La primera imagen es una reproducción de la página de ArteHistoria de la Junta de Castilla y León. La segunda, una foto de Sebasbag, bajo licencia Creative Commons).