divendres, 24 de juliol del 2015

Carisma Prime Time

Los teóricos de Podemos llevan años hablando de la importancia de los medios de comunicación. El concepto de sociedad mediática corre paralelo con el de hegemonía, que es uno de los puntos doctrinales más mencionado en el partido de los círculos. Tira este siempre de Gramsci también en otros asuntos como la guerra de posiciones/guerra de movimiento, lo nacional popular, etc. 

Gramsci murió sin conocer la televisión. De haberlo hecho, habría llegado a la misma conclusión a que llegaron los teóricos de Podemos: para conseguir la hegemonía ideológica en la sociedad mediática hay que conquistar los medios. Es una conclusión casi obligada. A esto lo llaman a veces "democratizar los medios". El nombre es lo de menos pues también pertenece a la política de hegemonía. Lo que se hace es valerse de unos medios para propagar su doctrina, igual que otros propagan las de otros partidos u opciones. Y si los otros funcionan de modo poco democrático, los nuestros harán lo mismo para no quedar en desventaja competitiva. "Democratizar los medios" quiere decir, en definitiva, ponerlos al servicio de la ideología propia, para que esta llegue a ser dominante en la sociedad. Y, por cierto, con un nivel de manipulación, enchufismo y censura que en nada desmerece a los de los medios comerciales o públicos del otro bando. Y con listas negras de gente a la que hay que callar, como los otros.

Ahora bien, con la teoría llega la práctica. Los medios tienen unas exigencias "técnicas" que quienes se valen de ellos no pueden obviar porque, de hacerlo, se quedarán sin audiencia, sin dinero y habrán fracasado. Dichas exigencias se dan en tres terrenos distintos. La imagen, el discurso y la audiencia:

La imagen.  Es esencial, es fundamental, sobre ella pivota todo lo demás. La mala imagen es la ruina. Una buena facilita la comunicación, predispone a bien al auditorio. La imagen que se lleva hoy más es la prudentemente rompedora, con unas gotas de escándalo, pero no en exceso. Nada muy allá en un mundo en el que la publicidad comercial se dirige a los clientes simulando tratar a cada uno singularizadamente, como si fuera único en el universo. Por lo demás, por atractiva que sea, la imagen precisa un discurso.

El discurso. Es esencial porque incorpora el mensaje clave. Pero tiene que ser elemental y muy breve. El medio audiovisual es veloz y los discursos largos siembran la confusión y se quedan sin auditorio. Reducir complejas disquisiciones teóricas sobre la hegemonía a una consigna de cuartel es dificil. Pero no hay otra solución. El medio manda. Por eso, se acuñan términos significantes, como casta o régimen, que cumplen esa función indicativa. Lo malo es que los medios los queman y acaban por no significar gran cosa.

La audiencia. Se quiere masiva porque los medios viven de su difusión. No se trata, evidentemente, de minorías selectas, ni de élites, ni de grupos de expertos, especialistas, conocedores o interesados. No, se trata de la masa sin diferenciación alguna, como el conjunto de los bípedos implumes de un país, en el nivel más bajo compartido de comprensión. Si queremos saber cuál sea este solo hay que ver qué programas de televisión reflejan los máximos índices de audiencia. No cuáles son los más vistos dentro de sus respectivos grupos, sino los más vistos a secas. Ese es el nivel de máxima audiencia, el que encuadra los discursos de quienes en ellos aparecen, por ejemplo, la gente de Podemos hablando de "la gente", el "pueblo", o sea la masa indistinta pero muy numerosa a la que hay que "hegemonizar". Porque, no se olvide, siempre que se habla de "hegemonía", ha de haber un "hegemón" y muchos, a ser posible todos, hegemonizados.

Resulta curioso comprobar cómo un partido que se hizo en los medios y en las redes pero sobre todo en la televisión acusa su vicio de origen. Las exigencias de los medios, antes citadas, han incidido negativamente en aspectos de más calado de Podemos como movimiento político. En concreto, han mostrado que la teoría no tiene unidad, sí muchas contradicciones y es bastante confusa. Solo los postulados de Podemos en relación con el soberanismo catalán abonan este punto de vista. El discurso es muchas veces incomprensible, otras contradictorio consigo mismo, otras inexistente y otras idéntico al que había. En cuanto a la audiencia, Podemos se rige por un criterio típicamente comercial en la red: la cantidad. Se enorgullece de contar con más de 300.000 inscritos en su organización sin que haya quedado clara, al menos al abajo firmante, en condición de qué se inscriben quienes se inscriben. Pero eso es indiferente. El hecho es que, tengan la condición que tengan, solo el 15,69% del censo ha votado en las primarias de Podemos para elegir la candidatura al Congreso de los diputados. Es un porcentaje similar al de participación estudiantil en las elecciones de la Universidad. Y nada que insufle seguridad de alcanzarlo en las próximas elecciones.

Una cosa es la audiencia televisiva y otra quienes participan en las redes sociales a través de lo que se llama el clickactivismo. Así como la participación en el mundo real desciende, aumenta la audiencia televisiva de Podemos, sobre todo la de su líder, Pablo Iglesias quien, a estos efectos viene a ser como el Belén Esteban de la política. La princesa del pueblo y el líder del pueblo. Y unas audiencias que los siguen a dónde vayan y digan lo que digan. Con la diferencia de que la audiencia de Belén Esteban es incondicional, mientras que la de Iglesias suele enredarse en discusiones internas sobre el hiperliderazgo del jefe.

Al final, la hegemonía estaba ahí, en la lista de los políticos más guapos.

Carta abierta a Felipe VI.

Estimado señor: en 1716, un antepasado suyo, Felipe V, abolió de un plumazo los derechos y libertades catalanas tras someter Barcelona mediante conquista militar. Trescientos años después quiere el destino que venga usted a impedir que los recuperen.

Acaba usted de espetar un discurso a un gobernante democrático, elegido por las urnas, como usted no lo ha sido, cuyo contenido esencial reside en recordar la necesidad de respeto al principio de supremacía de la ley, sin el cual, no es posible la sociedad civilizada.

¿Con qué autoridad dice usted eso a un presidente que, como él mismo señaló en una entrevista posterior, nunca se ha saltado la ley? Contestemos a esta fastidiosa pregunta.

Su autoridad personal en la materia que, a fuer de republicano, este blog no reconoce, es inexistente. Su poder viene directamente de la designación de un militar golpista, un delincuente perjuro que se alzó contra su gobierno y usted no ha tenido el coraje ni la gallardía de refrendarlo mediante una consulta a la ciudadanía, un referéndum en el que esta decida si quiere seguir con la monarquía o prefiere la República, el último régimen legítimo que hubo en España, pues el suyo no lo es.

Usted carece de autoridad pero se hace eco de la del gobierno español, ese sí, elegido por sufragio universal. Es este quien ha enviado a usted a Cataluña a recitar el catón elemental del Estado de derecho: el respeto a la ley, que a todos nos obliga, incluidos los gobernantes.

En términos abstractos esto es cierto. En términos concretos, aquí y ahora, en España, no solo no lo es, sino que es una burla. El gobierno que exige a Mas el cumplimiento de la ley, la cambia a su antojo, unilateralmente, sin consenso alguno, valiéndose de su rodillo parlamentario cuando le conviene, de forma que esa ley ya no es una norma de razón universal, general y abstracta que atienda al bien común, sino un dictado de los caprichos del gobierno del PP que, como sabe usted perfectamente, es el más corrupto, arbitrario e incompetente de la segunda restauración. Un solo ejemplo lo aclara: el mismo día que el presidente de ese gobierno, un hombre sin crédito ni autoridad algunos, sospechoso de haber estado cobrando sobresueldos de procedencia dudosa durante años, denuncia que los soberanistas catalanes intentan "cambiar las reglas del juego" al desobedecer la ley, sus acólitos presentaban un proyecto de ley de reforma del sistema electoral español para cambiar las reglas de juego a tres meses de unas elecciones. Y nadie en España, ni un medio de comunicación, ni un publicista ha denunciado esta arbitrariedad, esta ley del embudo.

Ciertamente, los gobernantes dicen que, si a los catalanistas no les gusta la ley, pueden cambiarla, pero legalmente, como han hecho ellos. No tengo a usted por una lumbrera, pero imagino que no se le escapará la impúdica hipocresía de este razonamiento pues los catalanes jamás serán mayoría en cuanto catalanes en España y, por tanto, no pueden materialmente cambiar la ley y están condenados a vivir bajo la que la mayoría les impone. Siempre. Por si no lo sabe usted, eso se llama "tiranía de la mayoría" y es tan odiosa como la de la minoría.

No, señor, el asunto ya no es de respeto a la ley. El asunto es de legitimidad, o sea mucho más profundo y antiguo. Pero, por no abusar de su paciencia, se lo expondré a usted en tres sencillos pasos a imitación de la triada dialéctica hegeliana que sirve para explicar la evolución de la realidad, pero también su involución.

Primero vino una guerra civil y cuarenta años de dictadura que forjaron una realidad española en la que se mezclaban los sueños de fanfarrias imperiales con los harapos de un país tercermundista, gobernado por los militares y los curas, como siempre. Fascismo, nacionalcatolicismo, centralismo, ignorancia, represión y robo sistemático. Fue la tesis.

Luego llegó la transición, la negación de la tesis, la antítesis. España se convertía en una democracia homologable con el resto de los europeas. Se negaba la dictadura. El Estado se descentralizaba y devolvía libertades a los territorios, se promulgaba una Constitución que consagraba la separación de la Iglesia y el Estado y propugnaba un Estado social y democrático de derecho. Y se acariciaba la ilusión de que era posible una continuidad normal del Estado, por encima de los avatares históricos.

Por último llegó la negación de la antítesis, la negación de la negación, la síntesis. Con el triunfo aplastante del PP en 2011, volvió el espíritu de la dictadura, el gobierno de los  curas (o de sus sectarios del Opus Dei), el nacionalcatolicismo. Se conservó la cáscara de la Constitución, pero se la vació de contenido con la ayuda del principal partido de la oposición, cómplice en esta involución y se procedió a recentralizar el país, atacando el régimen autonómico y burlando las expectativas catalanas, de forma que su estatuto carece de contenido. De nuevo con la ayuda del PSOE y la diligente colaboración de todas las instituciones del Estado. La que más se ha usado ha sido un Tribunal Constitucional carente de todo prestigio y autoridad moral por estar plagado de magistrados al servicio del gobierno o sectarios del Opus Dei, con su presidente a la cabeza, militante y cotizante del PP. 

Así están hoy las cosas en España, señor mío. Un gobierno de neofranquistas y nacionalcatólicos, empeñados en imponer sus convicciones como ley de la colectividad, impregnado de corrupción, basado en un partido al que algún juez considera una asociación de delincuentes. Un gobierno que ha provocado una involución sin precedentes, una quiebra social profunda (lea usted las estadísticas de pobreza, las de paro, las de productividad, las verdaderas, no las que fabrica esta manga de embusteros) y una quiebra territorial mucho más profunda, que él mismo reconoce de una gravedad extrema y de la que es el único responsable por su incompetencia, autoritarismo y corrupción.

¿Cree usted que ese gobierno tiene autoridad para hablar de la ley?  ¿La tiene usted?

No le extrañe que los catalanes quieran liberarse de esta tiranía personificada en estúpidos provocadores como ese que quiere "españolizar a los niños catalanes". Muchos otros, si pudiéramos, haríamos lo mismo. No quieren, no queremos, vivir otra vez el franquismo. 

Y usted, le guste o no, lo representa.

dijous, 23 de juliol del 2015

Llegan las amenazas.

En realidad, siempre han estado ahí. Pero ahora son explícitas y proceden de las más altas autoridades del Estado. El ministro avisa de que puede recurrir al 155 de la CE. Ya se sabe que no es posible suspender la autonomía porque eso sería suspender el estatuto, cosa que no cabe hacer unilateralmente. Pero sí puede forzarse a las autoridades de una Comunidad al cumplimiento de la ley, impartiendo las órdenes oportunas, incluso al conjunto de las autoridades de esa Comunidad. En términos de hoy, lo que el gobierno central pretende es conseguir el control remoto de la Generalitat. Para lo cual va a necesitar "troyanos", ya que puede encontrarse con una reacción de desobediencia civil generalizada en Cataluña. Es de suponer que el ministro tendrá algo preparado en estas circunstancias. O quizá sea mucho suponer.

Algo distinto de la Ley de Seguridad Nacional que el PP pactó con el PSOE de Rubalcaba y que, según el ministro, está pensada para cosa diferente de los conflictos con las Comunidades Autónomas. Escaso crédito merece el hombre. Primero porque el mismo enunciado de la ley, a fuer de ambiguo, está pidiendo que la empleen en lo que sea. Así se consideran dignos de especial protección unos etéreos "valores constitucionales". Y en segundo lugar porque, en el fondo, el gobierno central está dispuesto a hacer cualquier cosa para frenar el proceso soberanista en este punto de exaltación a que se ha llegado por méritos del nacionalismo catalán y deméritos del nacionalismo español.

Por ejemplo, una moción de censura al gobierno de la Generalitat. Ignoro si la señora Camacho cuenta con los requisitos, pero está claro que la moción no se presenta para ganar sino con el fin, según parece, de retrasar las elecciones autonómicas de septiembre que, por cierto, siguen sin convocarse oficialmente, que yo sepa. Si de retrasar las elecciones se trata, seguro que a alguien se le ocurre provocar un incidente que fuerce el aplazamiento y quién sabe si la nueva Ley de Seguridad Nacional o, con algo de suerte, un estado de excepción. Cualquier cosa con tal de que no haya elecciones. Las cloacas del Estado estarán a pleno rendimiento en defensa, por supuesto, de la democracia y el imperio de la ley.

La obediencia a la ley es la doctrina Rajoy que todos sus colaboradores repiten religiosamente. La ley está para acatarla. Es igual para todos. Nos obliga a todos y el gobierno la hará cumplir. Los soberanistas catalanes quieren desobedecer y, según Rajoy, cambiar unilateralmente las reglas del juego. Algo nefando, imposible de aceptar pero que es exactamente lo que hace él mismo con el proyecto de ley de reforma de la ley electoral que el PP pretende aprobar a tres meses de las elecciones, en el caso de pucherazo preventivo más asombroso que vieron los tiempos. Es decir, los soberanistas deben obedecer la ley que el PP cambia cuando le parece. Y con el recochineo añadido de que se les dice que, si no estan conformes con ella, que la cambien, sabiendo de sobra que, al ser una minoría nacional, los catalanes nunca podrán ser mayoría en el conjunto de España.

Esta actitud de choque de trenes que originó el PP ya desde sus campañas anticatalanas en contra del Estatuto, cuenta con el vergonzante apoyo del PSOE. Es difícil encontrar una muestra mayor de desconocimiento e insensibilidad frente a Cataluña que esa desgraciada expresión de Sánchez de que Mas tiende una trampa a los catalanes. Al margen de que lo diga en Hospitalet, que tiene su interés, queda por averiguar exactamente qué quiere decir con el término "trampa". A primera vista es bastante ofensivo para las autoridades y el conjunto de los catalanes, al parecer unos simples a quienes se puede engañar con trampas. Pero, sobre todo, revela verdadera rudeza de espíritu. A la vista de cómo se toma el gobierno la cuestión del proceso soberanista, no es inimaginable que Mas acabe en la cárcel. Llamar tramposo a alguien que arrostra la cárcel por sus convicciones no es de recibo.

dimecres, 22 de juliol del 2015

La contundente respuesta en el vacío.

Dice Mariano Rajoy, que no permitirá la declaración unilateral de independencia (DUI). Obvio, aunque, como siempre, mal expresado. No puede prohibir la DUI; lo que puede prohibir (si puede) es la independencia. Pero está claro. El presidente de España nunca admitirá que se le desgaje un trozo de ella. Sobre todo el que hace un año afirmaba que, mientras él fuera presidente, "no habrá consulta ni independencia". Consulta, de momento, ha habido. Independencia es lo que está por ver. O por no ver pues, pues es una hipótesis nefanda, algo contra lo que el presidente lucha a muerte, cosa que entra en su sueldo y en su sobresueldo. Cataluña no será independiente; el Estado dispone de recursos legales para impedirlo. Más le vale porque la confianza en la capacidad del presidente para conseguirlo por sus propias fuerzas cotiza muy a la baja. En la misma entrevista, el mismo Rajoy afirmaba que "a los ministros con coraje, como Wert y Ruiz-Gallardón los apoyaré siempre" o sea, los dos a los que ha dado sendos puntapiés.

Y ahora dice que no habrá independencia. Eso da una idea de la autoridad con la que habla.
 
Los recursos de que dispone el Estado para impedir una DUI, según Rajoy, son tres: la estabilidad, la ley, y la soberanía de los españoles.
 
La estabilidad. Rajoy dice representarla y hasta se identifica con ella. Él, el PP, son la estabilidad, el "sentido común", lo "que Dios manda". Pero, en realidad, ha sido quien más la ha atacado, hasta llegar a la situación actual en la que el nacionalismo catalán, según él, ha generado una división en Cataluña como no se recuerda. Ahora se lamenta, se enfurruña, amenaza. Pero debiera acordarse de cuando el PP a sus órdenes hacía campaña en contra del Estatuto de 2006 con acentos claramente anticatalanes, de cuando recurrió la norma ante el Tribunal Constitucional, de su sistemática hostilidad frente a Cataluña, coronada hace poco en la estupidez y provocación de proponerse "españolizar a los niños catalanes". El PP anima y atiza una catalanofobia primitiva que hay en España para sus fines partidistas. No, no representa la estabilidad sino lo contrario.
 
La ley. Rajoy y su gente invocan con frecuencia la obligación general, universal, de obedecer la ley. Les parece un argumento definitivo. Pero ¿qué ley? ¿La que ellos cambian cuando les place gracias a la mayoría absoluta, sin dialogar con nadie y por pura imposición? ¿La Ley de RTVE que el gobierno hizo cambiar apenas llegado al poder para designar director del ente a un hombre de su estricta obediencia que convirtió la RTVE es un órgano de agitación y propaganda del PP? Se dice que, en democracia, la ley es la norma que dicta la mayoría y, si no gusta, se consigue una mayoría alternativa para cambiarla. Pero, entre tanto, no se desobedece. Esta teoría, en el caso de los catalanes, es falsa. Por muy anticatalanas que sean las leyes españolas, los catalanes jamás podrán cambiarlas porque nunca serán mayoría en España como catalanes. Así que, cuando Rajoy insta a Mas a pedir la reforma de la ley y le conmina a no saltársela, está riéndose de él porque sabe que, siendo una minoría nacional, los catalanes nunca llegarán a ser mayoría.  Teniendo en cuenta que, además, no pueden reformar la ley pero Rajoy sí puede cambiarla cuando le da la gana, cosa que hace, el enunciado de que aquellos deben obedecer la ley viene a significar que deben obedecer las órdenes de Rajoy. Y eso no tiene nada que ver con el imperio de la ley sino con el despotismo: hago la ley que me da la gana y tú la obedeces.
 
La soberanía. Rajoy, el de los sobresueldos, que está siempre en campaña electoral, garantiza a quien quiera escucharlo -cada vez menos gente- que no se troceará la soberanía del pueblo español, una unidad indisoluble en lo universal. La cuestión del futuro de Cataluña no pueden decidirla solo los catalanes, sino que debemos votar todos los españoles porque es asunto que nos afecta a todos. En este argumento, Rajoy cuenta con la aquiescencia del PSOE. Nadie va a arrebatarnos el derecho a decidir sobre una parte de España. La parte no tiene derecho a decidir por su cuenta. El todo sí tiene derecho a decidir por la parte. Este argumento presenta el mismo vicio que el anterior. Siendo minoría estructural, los catalanes tendrán que resignarse a que sean los 47 millones de españoles o los 35 millones de electores, incluidos los catalanes, quienes decidan por ellos. No es justo y no se me alcanza cómo nadie pueda sustentar de buena fe un derecho en una injusticia. No es justo y así lo han entendido los canadienses y los británicos, quienes han permitido tres referéndums de autodeterminación, dos en Quebec y uno en Escocia.
 
No hay ninguna razón para que los catalanes no tengan los mismos derechos que los quebequeses y los escoceses, salvo un nacionalismo español obtuso e impositivo que no ha alcanzado a ser nación y no se resigna a que hace siglos que dejó de ser imperio.

A quien pueda interesar.

Si quieres cambiar el mundo, empieza por cambiarte a ti mismo. No, no es fácil porque es imprescindible conocerse y eso es lo más complicado de todo. Y lo más engañoso. Puede que quien lo intente, quien vaya en serio en la introspección, se engañe a sí mismo. Es muy frecuente. Pero el que ni lo intenta, ese no solo se engaña sino que pretende engañar a los demás diciéndoles lo que tienen que hacer, como si él lo supiera mejor. Quien, sin introspección alguna, se cree autorizado a enseñar el camino a los otros suele sacar su seguridad de algún tipo de revelación exterior: dios, la historia, los padres, las lecturas de la infancia o las series de la televisión, el equivalente al pasto espiritual de la literatura de cordel o los seriales radiofónicos de generaciones anteriores.
 
La introspección hecha a base de referencias ideológicas o creencias adquiridas en los predios de la vida no sirve para nada tampoco, es puro teatro. Solo sirve cuando se arrostra sin conviccciones previas, sin respetos ajenos que son siempre simulacros de charlatanes y maestrillos por debajo de toda sospecha. Solo es respetable cuando se aborda sinceramente, pues únicamente nosotros sabemos de cierto si nos engañamos o no. Únicamente en nosotros anida la luz que nos ilumina sobre nuestras verdaderas motivaciones. Lo demás son farolillos de verbenas o triquiñuelas mediáticas. Si de la introspección, del examen de nuestras motivaciones reales, las únicas que cuentan, pues las fingidas no sirven, se sigue la convicción de que, en efecto, uno tiene algo que decir, recomendaciones, orientaciones para los demás, hágase como Zaratustra, sálgase a los campos y caminos y predíquese.
 
Di la verdad. No uses a los otros como excusa o pretexto para convertir en verdad la mentira. No te valgas de ellos, no los instrumentalices con consideraciones de táctica y estrategia. No seas asesino de posibilidades. No seas estratega.Y está preparado para escuchar la verdad de los demás. Y para aceptarla. No de boquilla o como recurso, sino como más verdadera que la tuya. En esa masa de los demás, hay tantas verdades como individuos. Muchos de ellos ocultarán la suya para seguir la tuya. De esos precisamente, de tus seguidores, debes huir. Cuando te pones al frente de ellos, en realidad, eres su rehén y vas por detrás. No diriges; te dirigen.
 
Si quieres valer, no a los ojos de los otros, que de nada te sirven, sino a los tuyos, acércate a quienes no te siguen ni te aplauden sino que te critican. Con esos debes hablar. Esa es la verdadera lucha porque lo es contra lo peor que hay en ti de ti mismo: la autocomplacencia. Tienes que distinguir entre las exigencias de la verdad y lo que te conviene, que suelen confundirse. Entre lo que tu conciencia te dicta y lo que los demás quieren oír. Solo así serás un espíritu libre y solo un espíritu libre puede aspirar a liberar a los demás.
 
El resto es propaganda y manipulación para vender cierta idea de futuro. O sea, humo.
 
También puedes hacerte prudentemente a un lado y tratar de entender lo que pasa. Pero para eso es necesario dejarlo pasar, y no todos los profetas o caudillos saben contenerse.

dimarts, 21 de juliol del 2015

La lista de la DUI.

Pues sí, parece que los medios y los políticos españoles están enterándose ya de la importancia de lo que se les viene encima. Ni el gobierno, ni la oposición, ni los medios, ni los analistas, expertos o tertulianos calibraron el vigor, el apoyo del movimiento soberanista. Para Rajoy -los dioses le conserven el juicio- esto era una algarabía. Para los demás, algo más leídos, era un problema, pero lejano, en gran medida incomprensible, sobre todo desde las coordenadas del nacionalismo español compartido por la izquierda y la derecha. En todo caso, algo que correspondía resolver al gobierno. El gobierno no ha resuelto nada y ahora el país se encuentra ante unas elecciones el 27 de septiembre que prometen ser el comienzo de la ruptura entre Cataluña y España si las ganan la lista de Juntos por el sí y las CUP.
 
Y el nacionalismo español no sabe qué hacer. Sigue encastillado en su rotundo "no", en la negativa a reconocer carácter plebiscitario a las elecciones (en realidad, ni siquiera puede, pues carece de asidero legal para ello) y en emplear la represión. La vicepresidenta del gobierno repite, como si fuera un robot averiado, que se recurrirá ante el Tribunal Constitucional o instancia competente cualquier medida de la Generalitat a la que el gobierno se oponga. El ministro de Justicia también afirma, como tranquilizando gente temerosa, que el gobierno dispone de medios legales para frenar las iniciativas independentistas. Descarta la aplicación de la proyectada Ley de Seguridad Nacional. Bastará con aplicar las leyes y recurrir a los jueces que en España son libres e independientes. Lo de la Ley de Seguridad Nacional es más que dudoso y un desmentido de un miembro del gobierno de Rajoy no lo más convincente para nadie.  Aparte del absurdo de aprobar una norma para no aplicarla que, obviamente, no se cree nadie. En cuanto a la aplicación de la ley, suena a verdadera mofa que el ministro de un gobierno que cambia la ley a su capricho con su mayoría absoluta, exija a otros su cumplimiento.

Pero algo está claro. Si la lista de Juntos por el sí obtiene mayoría suficiente (cuestión esta ya despejada por Forcadell al cifrarla en 68 diputados, mayoría absoluta), al día siguiente comienza el proceso de desconexión de España mediante una serie de medidas del Parlament y actos del gobierno de la Generalitat. No se oculta a nadie que, a tenor de lo ya reiteradamente declarado por las autoridades españolas, estas recurrirán todas las disposiciones por considerarlas inconstitucionales y paralizarán el proceso. Si Juntos en Común hacen real su amenaza, el Parlamento catalán aprobará una declaración unilateral de independencia (DUI) que el gobierno español no reconocerá, pero generará una situación política interna y externa imposible de prever.
 
Es decir, en el fondo, los propósitos de Juntos por el sí son tan quiméricos como los de Catalunya sí es pot, pero se diferencia de estos en que cuenta ya con una propuesta alternativa, la DUI,  que los otros no consideran, o no mencionan o, como es el caso de Podemos, según parece, remiten a los tribunales. En el fondo, este pleito de la independencia está triturando a Podemos y no solo en Cataluña. Como buena izquierda española, no se molestó en entender la cuestión catalana y encontrar en ella una orientación. Resulta  ahora muy difícil trazar una vía intermedia entre el independentismo de las CUP y el unionismo del PSOE.
 
La DUI es un paso de no retorno que abre la vía a una mayor internacionalización del conflicto, en línea con los intereses soberanistas. Los reconocimientos de la DUI que se den aquí y allá y las presiones al gobierno español para que encuentre una solución negociada llegarán a ser insoportables. Una vez más el nacionalismo español se encamina a una derrota por su falta de comprensión de la realidad del otro y, lo que es peor, de la de sí mismo.

La revolución es un cubo.

De las muchas revoluciones que se han dado en las artes y en la vida social desde el siglo XIX, el cubismo y el feminismo han sido las más profundas, las que más se han extendido, más han afectado nuestra forma de ver las cosas y las más duraderas. Que el feminismo es una revolución en todos los sentidos del término está a la vista. Su finalidad última es la abolición de la sociedad patriarcal y su substitución por una igualitaria. Le queda trecho, pero esa es su orientación esencial y lo conseguido hasta hoy asombra y permite abrigar esperanzas de que en el futuro habrá más avances. Que lo sea el cubismo suele admitirse también, aunque con cierto diletantismo, al equipararlo con las oleadas de revoluciones y vanguardias que han caracterizado el arte desde el impresionismo hasta el hiperrealismo o el arte "grafitero", estilo Basquiat o las performances de video de hoy. Sin embargo, el cubismo mantiene su título con razón por cuanto representa un verdadero giro copernicano en la pintura, que es el primer requisito de una revolución: poner las cosas del revés, patas arriba, upside down, dar la vuelta a nuestra forma de mirar la realidad y reproducirla y entenderla de otra forma.

El cubismo rompe con el impresionismo y, a través de él, con toda la tradición pictórica al hacer hincapié en que lo esencial en la obra de arte no es el color sino la forma. Pero no la forma superficial del realismo o cualquier forma representada desde un único punto de vista. Es una forma distinta, opuesta, contraria a la absoluta, eterna, inmóvil, dictada por la mirada del artista, sin dinamismo y, por lo tanto, sin lazos con el pasado y con el futuro. Un aquí y ahora con pretensiones de eternidad.

A la entrada de la exposición de la Fundación Juan March de Madrid sobre el libro Du cubisme, de Gleizes y Metzinger se recuerda al visitante que entender a Cézanne es prever el cubismo, justamente la primera línea del texto de los dos pintores sobre el cubismo, el primero sobre este estilo, anterior al ensayo de Guillaume Apollinaire y considerado el manifiesto de la nueva vanguardia. Porque la exposición es sobre el libro. La acompañan tres lienzos de los dos autores y un grabado de Picasso cedido para la ocasión. Prácticamente, nada, porque el objeto de la muestra es eso, el libro en su edición de 1912 y la de 1947, que es la que se exhibe. De este modo, toda la muestra cabe en dos cuartos algo recoletos. Es que es una exposición sobre un libro, no sobre el movimiento que ese libro teorizaba.
 
La edición de 1912 llevaba ilustraciones de Cézanne, Picasso, Derain, Braque, Metzinger, Laurencin, Gleizes, Léger, Duchamp, Gris y Picabia. Algo impresionante en sí mismo. Y no era para menos. El cubismo era objeto de fortísimos ataques. Incluso fue objeto de un debate la Cámara de los Diputados, lo que no deja de tener su gracia. Para la edición de 1947, la que se exhibe, se emplearon estampas asimismo de Picaso, Villon, Picabia, Metzinger, Léger, Laurencin, Gris, Gleizes, Duchamp, Derain y Braque. Sale Cézanne y entra Villon.
 
Pero la importancia de Du Cubisme  no radica en sus ilustraciones, sino en su contenido que, a diferencia del de otros manifiestos, no es declamatorio sino bastante moderado y razonable, aunque de mucho alcance. Sepulta la corriente entonces dominante del "arte decorativo" a base de sostener que es la antítesis del arte y aclara su relación con la forma, el punto central de su reflexión. Se opone a la geometría euclidea porque esta presume la indeformabilidad de las cosas en movimiento. La forma es dinamismo. Esto lo suscribiría sin pestañear Umberto Boccioni, tambien obsesionado con el dinamismo de la forma pero que no suele encuadrarse en el cubismo sino en el futurismo.
 
Lo que sucede es que el dinamismo de la forma, para los cubistas, no está en la propia forma, sino en la mirada que la observa. Un par de años antes de aparecer el libro, Metzinger había publicado un ensayo, Note sur la peinture, en el que proponía dar vueltas en torno a un objeto para verlo en todas sus perspectivas. La capacidad de representar de una vez la multiplicidad de perspectivas del objeto es lo que hace que el cubismo, segun Gleizes y Metzinger sea un arte independiente y completo. Y explica la fuerza que tiene.
 
Pero también hay paz en la guerra. Tras destronar el color y entronizar la forma, su representación de la forma, los autores acaban reconociendo que, en definitiva, entre el impresionismo y el cubismo solo hay una diferencia de grado. Por supuesto, también entre el agua y el vapor solo hay una diferencia de grado, pero, a la vista, resultan incomparables. El color es especificar el modo en que se revela la realidad iluminada por la luz. Pero hay que sublevarse contra las sinestesias cromáticas ordinarias. No hay razón para que a la luz corresponda el color blanco y a la oscuridad el negro. Sin duda, pero eso también lo sabían los impresionistas, que coloreaban las sombras con una gama amplia.
 
Está claro que la revolución cubista corresponde a una época de creciente individuación. La base de esta es el postulado cubista esencial de que hay tantas imágenes como ojos que las miran. Una revolución.

dilluns, 20 de juliol del 2015

Puta barata podemita. Ta-ta-ta.

Efectivamente, "ta-ta-ta", es lo que hubiera gustado a este individuo, ametrallar a la portavoz socialista de su ayuntamiento de Villares del Saz, Cuenca. Así lo hacían sus antecesores ideológicos, los sublevados el 18 de julio de 1936, por cuyo retorno reza un cura en los Jerónimos de Madrid. Porque en España tenemos el raro privilegio de que 30 años después de una de las dictaduras más salvajes, estúpidas, inhumanas y ridículas que se han dado en el mundo, hay clérigos que honran la memoria del genocida y encomiendan su alma a su dios.
 
Suele decirse que este tipo de exabruptos son casos aislados, que no pueden ni deben generalizarse. Falso, absolutamente falso. Es el espíritu mismo del PP, fundado por otro matón, servil ministro de la dictadura, Fraga Iribarne, y en el que tienen acomodo todos los franquistas, hasta los más burros, como se ve en Cuenca. Basta con recorrer las noticias e ir seleccionando los casos: cachorros de las Nuevas Generaciones haciendo el saludo fascista o paseando la bandera de Franco; un alcalde diciendo que los asesinados por los franquistas se lo merecían; otro, que las mujeres están para violarlas; el amigo Hernando, portavoz del PP, un jayán pendenciero, insultando a las víctimas de los asesinatos franquistas; otro todavía más necio, Casado, que llama "carcas" a los de izquierdas por querer recuperar los restos de sus familiares o allegados, con lo que une el insulto a su supina ignorancia pues desconoce el significado de carcas; Sáenz de Buruaga, llamando "buena gente" a tipos que, como un antepasado suyo, son responsables de auténticas masacres; Miguel Platón, asegurando que la mano de obra esclava del Valle de los Caídos no era esclava sino gente que estaba allí voluntariamente y por la paga. En último término, la intención de la liberal Aguirre de denunciar al Ayuntamiento de Madrid si elimina los nombres de los asesinos franquistas del callejero pertenece al mismo tipo de actitud: la de quienes no solamente no condenan la sublevación de los fascistas ni la dictadura que erigieron, sino que la celebran y anhelan su restauración.
 
No, no son casos aislados ni impredecibles. Es política deliberada del PP, esa derecha que, según los acobardados liberales españoles Fraga había civilizado, no siendo cierto en modo alguno porque es tan agresiva, franquista y ridícula como siempre. O más, porque van sin complejos.
 
Es el propósito de no condenar el franquismo, no eliminar sus huellas, monumentos y homenajes, el de torpedear la Ley de la Memoria Histórica o, en los casos de las franquistas más contumaces, como Aguirre, incluso pedir que se derogue. No quieren que nada se revise, que nada se toque. Pretenden que todo quede como siempre, los cien mil asesinados en las cunetas, la iconografía franquista en las ciudades. Que no se reabran las heridas, que no vuelvan a encenderse los odios. Esta derecha tiene un problema psiquiátrico colectivo. No puede defender su pasado. Al contrario, trata de ocultarlo y negarlo porque le pesa en la conciencia. Es un caso de neurosis, de acto rechazado, de recuerdo reprimido.
 
No, no se trata de exabruptos aislados. Pero tampoco se limita a esa mala conciencia de saberse herederos ideológicos de unos militares golpistas y unos curas cómplices. No serían ellos si esto quedara así. El franquismo no fue solamente una dictadura que suprimió el Estado de derecho e instaló un régimen criminal. También fue un expolio, un robo organizado y sistemático. Los vencidos quedaron a merced de los vencedores, quienes no solamente los persiguieron, torturaron y fusilaron sino que, además, les robaron sus pertenencias, propiedades, títulos, casas, empresas, tierras, hijos. Y todo para lucro personal de los vencedores. Antonio Maestre muestra cómo muchas de las empresas que cotizan en el IBEX 35 se originaron en el expolio franquista de los vencidos. Muchas fortunas actuales se hicieron arrebatándoles sus propiedades, despojándolos de sus pertenencias. La fortuna de la señora Gomendio, por ejemplo, hasta hace poco secretaria de Estado de Educación se origina directa o indirectamente en la dictadura o como resultado de la actividad criminal de su bisabuelo, el general Kindelán, responsable del bombardeo de Gernika y a sueldo del Foreign Office británico durante la guerra. Hicieron una guerra para robar y en ello siguen.
 
¿Cómo va a querer esta gente que se haga memoria histórica, que se haga justicia a las víctimas, que se sepa la verdad? Se empieza desenterrando a los asesinados y se termina teniendo que dar cuenta del origen de la fortuna y/o riqueza de que se disfruta. Y eso es algo inadmisible para una gente acostumbrada a un país, que considera suyo, sin libertades y en el que media población vive a base de de explotar a la otra media. Si condenara, quizá tendría que empezar a devolver lo robado en su día.
 
Y mientras llega ese momento y por si acaso, insultan a mansalva pues, de momento, no pueden volver a fusilar.

De literatura e historia.

Eusebio Lucía Olmos, Cosas veredes. Madrid: Endymion, 2008. 654 págs.
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Hace unos días publicaba una reseña de un reciente libro de Juan Maestre Alfonso en el que se hablaba de mi barrio de niñez y adolescencia, cosa que me tira mucho. Las memorias de Maestre se inscriben en el cuadrilátero Glorieta de Bilbao, Quevedo, Argüelles y Plaza del Dos de Mayo. Barrio Maravillas ligeramente escorado hacia el Oeste. Quizá por ser más andarín o revoltoso, las mías se sitúan entre Bilbao, los Cuatro Caminos, Rosales y el Noviciado. No es un perímetro mucho más grande, pero cualquier conocedor de la zona verá que hay algunas diferencias, sobre todo al Norte y al Sur. Ahora cae en mis manos esta novela de Eusebio Lucía Olmos, encuadrada más menos en similares lindes, aunque con sus variantes: calle ancha de San Bernardo, Bulevares, Argüelles y el Noviciado. Y, como esto de los recuerdos primeros llega muy hondo, no me resisto a comentarla pues, aunque no es de muy reciente publicación, tengo amistad con el autor, que fue al mismo colegio que yo, el Divino Maestro, por cierto, el mismo al que fue Rafael Chirbes.

En lo que ya no hay coincidencia es en la época de la narración. Ni para el autor ni para mí puesto que se desarrolla entre 1915 y 1917, mucho antes de que ambos naciéramos. Es una novela histórica aunque no al uso, de esas llenas de faraones, princesas de Samarkanda, monjes cistercienses, templarios, mosqueteros o corsarios, sino de gente corriente, vecinos de Madrid, de condición generalmente modesta, que malviven en la capital durante los últimos años de la primera guerra mundial y que presencian la huelga general de agosto de 1917, la intermitente guerra del Africa, la epidemia de gripe de febrero de 1918 y las elecciones al Parlamento del mismo año. Casi podría calificarse de crónica novelada. Y todo ello entre las calles del Norte, de la Palma, de San Dimas y la plaza de las Comendadoras, el hinterland de la de San Bernardo, en la que vivía yo.

La novela es asimismo autobiográfica con la consiguiente adaptación cronológica. El protagonista, Hilario Medina, es un mozo que entra a trabajar en la fábrica nacional de moneda y timbre gracias a la influencia de Juan José Morato, el socialista díscolo. Su familia, que perdió al padre, otro socialista de primera hornada, compuesta por la madre y dos hijas más, malviven en una buhardilla de la calle del Norte y lucha por salir adelante haciendo economías y juntando los escasos cuartos que traen todos sus miembros, pues todos ellos trabajan, la madre y una hija cosiendo en casa e Hilario y una hermana fuera de ella. Seguimos los avatares de todos en esos años, especialmente los de Hilario quien mantiene una relación de discípulo-maestro con el señor Morato. La función de este en la novela es la de narrador e intérprete de los acontecimientos. En este aspecto, la obra se separa de la tradicion de la novela histórica para entrar en el territorio de la "novela de formación" o Bildungsroman, típica del romanticismo. También podría llamarse "los años de aprendizaje de Hilario Medina", para situarla en un marco solemne. 

Y no es poca cosa el aprendizaje. Morato ilustra a Hilario sobre las cuestiones teóricas socialistas, la vida de partido, las relaciones de este con los republicanos, la personalidad de Iglesias, el abuelo, las diferencias históricas entre anarquistas y socialistas, etc. Hilario tiene un primo, Narciso, residente en Cataluña y genuino confederal que será casi el otro protagonista de la historia y para quien el autor tiene reservada una peripecia muy especial que el crítico no puede revelar pero que da buena prueba de la imaginación del autor. Poco a poco, aunando la doctrina moratiana y la experiencia vivida, Hilario va alcanzando lo que en otros tiempos llamábase una madura conciencia de clase, entendiendo las dificultades, tiras y aflojas de la política parlamentaria de un partido marxista y revolucionario, como pensaba ser el PSOE por aquellos años. El título de la obra, Cosas veredes remite a la contraseña que, al pie de un artículo anónimo en El socialista, había de dar la señal para el comienzo de la huelga general de 1917.

Los acontecimientos políticos son como un trasfondo de una historia que tiene también aspectos económicos y sociales así como urbanísticos. Lucía Olmos es un consumado conocedor del Madrid clásico que podría sentar plaza de cronista de la Villa. Su dominio del callejero y de la historia de los edificios lo sitúan en la estela de los escritores "madrileños", como Mesonero Romanos o Pedro de Répide y dado que a los madrileños, desdeñosos como aparentamos ser con nuestra ciudad, en realidad nos apasiona que nos hablen de ella, el lector, si es gato -y aunque no lo sea, sino más de aluvión- se lo pasará en grande paseando por las calles de la Villa de la mano de tan avezado guía.

La estructura novelística es clásica y tradicional, de estilo realista, de un realismo mas de la época que describe que en la que se escribe, tiene ambición descriptiva y apunta a otros territorios, además de la narración de misterio del primo anarquista. Así se narran las experiencias sexuales inciáticas del héroe Hilario, la segunda de las cuales, una fogosa y breve pasión con una vecina del inmueble encierra, quizá, la clave de un frecuente recurso del autor en sus intervenciones actuales en las nuevas tecnologías. Porque Hilario ha crecido, se ha jubilado en la Casa de la Moneda, se ha hecho escritor pero en su muro de Facebook siguen apareciendo unas vecinas muy interesantes.

diumenge, 19 de juliol del 2015

Entre listas anda el juego.

El elenco de la lista por la independencia aumentó ayer con un nombre, Eduardo Reyes, que ocupará el 6º lugar, detrás de Romeva, Forcadell, Casals, Mas y Junqueras. Reyes es el principal responsable de Súmate, una asociación de residentes en Cataluña, castellanohablantes, en su mayoría procedentes de la inmigración. Cualquiera que conozca a Reyes, un cordobés de origen, sabe que es un hombre de gran dinamismo. Su plataforma, producto casi exclusivo de su mucho empeño, probablemente fortalecerá la lista de CDC y ERC con votantes de sentir español, pues contribuirá a mitigar los temores de estos de encontrarse siendo ciudadanos de segunda en una Cataluña independiente. En qué medida lo consiga cuando esa población inmigrante suele sentirse más atraída por opciones no independentistas es cosa que las próximas elecciones de 27 de septiembre dilucidarán.

Frente a la lista anterior está articulándose otra, la de Catalunya sí es pot que, definiéndose social y de izquierda, también se dice soberanista. La componen, en principio, Podemos, ICV, EUiA y procés constituent. Y digo "en principio" porque casi todos ellos están pendientes de ratificar la opción en sendas asambleas y/o consultas a las bases. Esta tendencia está muy de moda, aunque el personal empieza a maliciarse que las aficiones referendarias pueden dar resultados pintorescos como ha sucedido en Grecia, en donde un gobierno organiza un referéndum, pide el "no", sale el "no", pero él lo interpreta como un "sí". En el caso de Procés Constituent se va más allá del referéndum o la consulta para supeditar la decisión al resultado de un congreso dentro de unos días.

El ambiente es de ilusión y pocos dudan de que las asambleas, círculos, bases, sancionarán la confluencia propuesta. Hay ya acuerdo en que la lista sea encabezada por el independiente Arcadi Oliveres, de Procés Constituent y los demás apoyan cerradamente: Coscubiela, Nuet, Dante. Por qué no es cabeza la monja Forcades es asunto que da qué pensar, aunque no sea ahora el momento. El momento es poner en pie una lista frente a la de CDC/ERC con una finalidad, repetimos, social, de izquierda y soberanista y con un bosquejo de programa que Palinuro analizaba hace unos días en un post titulado La república catalana de Podemos

La tendencia a tipificar ambas listas de modo simple es poco afortunada. La de Catalunya sí es pot dice ser de izquierda, pero integra a Podemos, a quien eso de la izquierda no dice nada y parece cosa de trileros, mientras que en la otra figura ERC que es un partido de izquierda de toda la vida. El asunto es más complejo. La lista de CDC/ERC es, sobre todo, independentista y la unión de la izquierda republicana con la derecha de Convèrgencia (con el añadido de la población castellanohablante) pretende simbolizar esa prioridad nacional al tiempo que especifica qué medidas concretas adoptará para lograr sus objetivos. 

Catalunya sí es pot es primeramente social y de izquierda y solo después, también soberanista. Y las medidas concretas que anuncia para ese objetivo son confusas. Pero, sobre todo, la gran diferencia entre las dos listas es la presencia o no de partidos españoles en ella. En la de CDC/ERC, todos los componentes son de ámbito estrictamente catalán, incluido Súmate. En la otra lista se mezclan formaciones puramente catalanas con otras con proyección de ámbito español, en concreto EUiA y, sobre todo, Podemos. Esto explica por qué sus propuestas soberanistas son tan confusas. De hecho ya lo son las de Procés constituent por su cuenta

La existencia de dos listas debilita la consideración de las elecciones del 27 de septiembre como consulta plebiscitaria. Pero ya lo estaba desde el momento en que las CUP van a las elecciones como opcion independentista y de izquierda. Añádase el frente constitucionalista que invoca Sánchez Camacho, en realidad un frente nacionalista español que, de cristalizar, estaría compuesto por el PP y Ciudadanos. Y, por último, el PSC que es de izquierda, pero ha renunciado expresamente al derecho a decidir y, en consecuencia, también representa una opción claramente diferenciada.

Con todo, esas elecciones puede seguir considerándose plebiscitarias, entre un a la independencia vía DUI, que comprende la lista primera y las CUP y un no, que comprende todas las demás opciones, aunque con matices diferenciadores.