dimarts, 20 d’octubre del 2015

Una visión de Ciudadanos y Rivera.


Ciudadanos lleva nueve años en política en Cataluña. No es un partido caído del cielo y su dirigente, Albert Rivera, tampoco. Y mucho menos de un guindo. Posee experiencia, sabe jugar, tiene aguante y, lo más decisivo, conoce a sus adversarios mejor que ellos a él.

Esa ha sido hasta ahora su baza principal, que en estos diez años desde que consiguieron tres diputados en las elecciones catalanas en 2006, hasta comienzos de este 2015, Rivera y C's eran prácticamente desconocidos en España.

Ya no. Un repaso de su historial en resultados electorales revela una trayectoria ascendente, discreta, sostenida, con algún altibajo, pero significativa. En las autonómicas de 2010 mantuvo sus tres diputados, con un 3,39% del voto, pero en las de 2012 los triplicó (7,56% y 9 diputados) y, finalmente, en las de este año, ha dado la campanada con 17,93% y 25, segundo partido del Parlament, por delante de los socialistas y de los infelices de Podemos.

Eso en Cataluña. Pero C's se ha visto siempre como un partido español y ha estado presentándose en diversas convocatorias con variada fortuna hasta que esta le ha sonreído este año y se prepara para el asalto decisivo en las próximas de diciembre. En las generales y andaluzas de 2008 (0,18% y 0,13% del voto respectivamente) se quedó fuera de ambos parlamentos. Nuevo fiasco en las europeas de 2009, en que se presentó en coalición con Libertas y Miguel Durán de cabeza de lista. Con tanto revés, prefirió no presentarse a las generales de 2011. Tampoco las municipales se le daban bien: 13 concejales en Cataluña en 2007 era para llorar y más aun en 2011, si bien aquí se encendió una lucecita de esperanza porque el partido consiguió algunos ediles fuera de Cataluña.

Las autonómicas de 2012, fueron el comienzo. Después, la escalada: 2 diputados en las europeas de 2014 (las que lanzaron a Podemos a "asaltar los cielos"), notable avance en las andaluzas de este año, con 9,28% del voto y 9 diputados de 109, decisivos para gobernar Andalucía. Las subsiguientes municipales y autonómicas de 2015, pedrea de cargos en toda España, que ha hecho determinante el partido de Rivera en varios lugares, por ejemplo, en Madrid. Las autonómicas plebiscitarias catalanas de este año han convertido C's en un partido central.

Los sondeos le son muy favorables y la valoración popular de Rivera en los barómetros del CIS es altísima, un 5,2, muy por delante de los demás líderes, incluido el prematuramente declinante Iglesias, y a distancia sideral del hombre de los sobresueldos en La Moncloa.

Del desconocimiento a favorito de todas las apuestas.  Pero C's no sale de la nada, no improvisa, no es producto de las cogitaciones de un grupo de profesores doctrinarios. Lleva diez años de brega y en territorio hostil. Está fajado. Ha tropezado, ha caído, se ha levantado y aquí está ahora, dispuesto a mantener un cara a cara televisivo con la estrella rutilante de las medios que, de pronto, aparece no solo "cansado", como él mismo tuvo la ingenuidad de confesar a Rivera, sino ajado, antiguo. Tanto que el propio Rivera, en un gesto de vencedor nietzscheano, sin piedad con el caído, pide ahora un debate con Rajoy y Sánchez, ignorando ya al dirigente de Podemos.

En estas condiciones, es lógico que los focos se centren ahora en este recién llegado que casi aparece salido de la nada. Con susto y sorpresa, la opinión descubre que no sabe nada de un hombre que en dos meses puede convertirse en el presidente del país. Y lo curioso es que seguirá sabiendo muy poco. Carece de pasado y casi de presente y, como Parsifal, ni él mismo sabe de dónde viene cuando llega al castillo de Monsalvat. Las búsquedas en hemerotecas y bases de datos apenas dan resultados. Hasta Wikipedia falla. Sus informaciones son escuálidas, casi inexistentes y, cuando se explayan algo más es para embellecer la figura de este político de 35 años que flota en el vacío, lo cual levanta suspicacias, pero no impide que su expectativa de voto sea muy alta y vaya en ascenso. No es un personaje tan puro y limpio como el virginal Galahad, pues se le conocen algunos pecadillos, pero en conjunto es tan intachable como Parsifal.

La buena facha lo acompaña. Su cartel in puribus para las elecciones de 2006 causó buen impresión y se quedó en la memoria visual colectiva. No tanto el que se reproduce aquí para las generales de 2008, en las que fracasó. Y con razón. La imagen tira de la metáfora de España enferma terminal salvada por la competencia médica de C's, igual que el espantoso pestiño que ha plagiado el PP para las de este año. La repulsión que ambas propuestas despiertan viene del hecho de que visualizan esa idea costista del cirujano de hierro, que tanto gustaba al dictador Primo de Rivera y que suelen acariciar las mentalidades autoritarias, proclives al fascismo, como las del PP y, a mi juicio, este Rivera. Pero, salvado este bache, el líder de C's tiene buena pinta, de las que gustan en televisión, resulta más favorecido que sus inmediatos competidores, Sánchez,  Iglesias y, por supuesto, Garzón, porque se ajusta mejor al canon de la nada sonriente que cautiva a unas audiencias incapaces de seguir un discurso de más de sesenta segundos.

Esa presencia positiva, atractiva, sin ser rutilante ni deslumbradora, la del Juan Español bien vestido, repeinado, sonriente, atento con las damas y solícito con los ancianos, tiene la magia der ocupar toda la pantalla y no dejar sitio a posteriores indagaciones. El hombre no tiene pasado grave que echarle en cara y los repetidos intentos de fabricarle una militancia en el PP o connivencias con grupos fascistas o claramente xenófobos (aunque alguna haya habido) son contraproducentes porque dan a entender que no hay nada que pueda criticarse en su discurso. Es mucho más eficaz, porque es real y cuenta, la coincidencia de C's con el PP a la hora de no condenar el franquismo ni el asesinato de Lluís Companys o la de negarse a abolir las corridas de toros, lo que propició que saliera en hombros de la afición de la plaza.

Pero justamente, estas negativas apuntan a un factor decisivo en la oferta ideológica de C's: el partido es de origen catalán pero de ambición española; habla siempre para público español, incluso cuando lo hace desde Cataluña. Reúne en una sola oferta una parte de Cambó y otra de Lerroux. Son catalanes buenos que quieren gobernar España y están dispuestos a terminar con el independentismo y el radicalismo como el emperador del paralelo. La unidad de España vencerá si la mayoría de los españoles vota la opción ideológica más apropiada para ello, la de Ciudadanos.

Así no es la telegenia del mancebo, ni su falta de tachas en el pasado, ni su populismo catalán lo decisivo, no. Lo decisivo son las propuestas ideológicas, el mantenimiento de un tirón doctrinal que instale cómodamente a Ciudadanos en el catecismo hegemónico del neoliberalismo ilustrado, mostrando con absoluto descaro su coincidencia con todo lo que se supone que ha triunfado (las bobadas y simplezas sobre la libre competencia, la flexibilidad laboral, la competitividad, la desregulación, las privatizaciones, etc) y su enfrentamiento con todo lo que ha fracasado (el paro, la pobreza, la desigualdad, la inmigración, etc.) en un juego consistente en apuntarse a todas las victorias y desaparecer de todas las derrotas.

Eso se llama falta de principios, oportunismo y, llegado el caso, juego sucio. Pero también puede considerarse falta de doctrinarismo, escepticismo postmoderno y pensamiento líquido muy apropiado en una época en la que ya nadie cree en los sistemas o los grandes dogmas. C's tiene un relato actual, que huye de toda construcción programática y se aferra a postulados singulares, soluciones concretas que se presentan como hallazgos pragmáticos siempre en pro de un bien común  que se da a entender, pero jamás se explicita.

Así como el PP, su referente, en las elecciones de 2011, presentó un programa falso que no pensaba cumplir y puso luego el verdadero en funcionamiento en una estafa histórica, C's mejora la práctica: dice en todo momento lo que la gente quiere oír y no se preocupa de si es o no contradictorio o si se ajusta o no a su programa porque no tiene programa. Ni verdadero ni falso. Esto le permite opinar sobre todo en una especie de horizonte de neoliberalismo trivial en el que lo más importante es no parar de hablar, no dejar que se haga el silencio y la gente, los electores, reflexionen sobre cuál pueda ser el objetivo de esta densa charla cuyo ruido solo denota el horror al vacío y al silencio de los charlatanes y vendedores de crecepelo. Rivera quiere que lo vean en el centro, igual que Podemos quería que lo situasen en la centralidad política antes de encontrarse a pique de irse por el sumidero de la historia. Pero la gente lo sitúa más bien a la derecha, en un 6,8 de media en la escala ideológica del CIS. Por eso es importante no hacer el vacío en la pantalla y no dejar que la gente encuentre un momento para atar cabos y no dejarse engañar. 

La segura sonrisa de Rivera preanuncia la confianza de Parsifal, el tonto inocente de la historia. Solo que, en mi opinión, de inocente, este no tiene nada.

El pleistoceno pende de un hilo.

Palacio de cristal del Retiro madrileño, un precioso lugar en medio del otoño, espacioso, luminoso, diáfano. Uno se siente casi alado. Vidrio, metal, agua, árboles y piedra. Todo yace y nada se está quieto. Uno tampoco. La contemplación es itinerante. Todo son puntos de fuga. Por el espacio deambulan los visitantes como si fueran figuras de Delvaux o del Año pasado en Marienbad. Solo que con móviles en las manos, cuyos ojos diminutos van registrando las imágenes que salen al paso. Silencio. Ni una palabra. Hay algo catedralicio en esta exposición.

El artista conceptual Danh Vo ha colgado del techo de la estructura metálica decenas de huesos fósiles de mamuts y otros seres del pleistoceno. Los restos casi pétreos y porosos se balancean suavemente al albur de imperceptibles corrientes de aire. En medio, un Cristo de marfil del siglo XVII crucificado pero sin leño. Algunas piezas por el suelo, como un molar de paquidermo con el que podría triturarse un huerto. ¿Significado? El que quiera darle cada cual. Incluso ninguno. ¿Por qué ha de tener todo un significado? ¿Por qué no tomar las cosas como son según aparecen? ¿Porque nunca aparecen como son ni son como aparecen? Eso son filosofías que atribulan, angustian, oscurecen el espíritu. ¿Por qué no ser cosas, huesos, que es lo que somos por encima o por debajo de lo que creemos ser y solamente lo somos transitoriamente?

Este Danh Vo, nacido en 1975, pertenece a la generación del boat people, los miles y miles de vietnamitas que se echaron al mar en embarcaciones improvisadas cuando los EEUU perdieron la guerra de Vietnam y eran recogidos, cuando lo eran, por embarcaciones de diferentes países. La barca en la que Danh Vo viajaba a los cuatro años con su familia fue recogida por un mercante danés y eso condicionó de modo absoluto su desarrollo posterior. Educado en Dinamarca y luego Alemania, ha pasado por varios países, reside actualmente en México y es un ejemplo logrado de creador expatriado, nómada, sin vínculos con tradiciones, usos, costumbres. Su creación no arraiga en ningún pasado con continuidad cultural. Así que, ¿por qué no colgar huesos fosilizados de mamut del cielorraso de un palacio de cristal? Es más, casi parece que estén ahí por derecho propio.

Sobre el saber.

Hoy, 20 de octubre, a las 19:00, en el Centro Asociado a la UNED de Barbastro (C./ Argensola, 60 22300 Barbastro), Palinuro tendrá el honor de dar la lección inaugural de apertura de curso 2015/2016. Presidirán el acto el Rector Mgfco. de la UNED, don Alejandro Tiana y el director del Centro, don Carlos Gómez Mur. 

La lección inaugural, que lleva por título la audacia del saber, es una nueva glosa a la línea horaciana del sapere aude, recogida por Kant como lema de toda la Ilustración. La entendemos como vía hacia la emancipación humana mediante la única arma que nos es tan intrínseca que se confunde con nosotr@s y nos garantiza el ser: la razón. No tenemos otra. Se intenta demostrar que esta tarea milenaria comienza cada día que amanece para la humanidad y cada un@ de nosotr@s y está hoy tan pendiente y es tan necesaria como siempre Y se intenta hacerlo, no en un terreno meramente especulativo, alejado de las condiciones concretas de nuestras vidas sino, al contrario en el ámbito de lo práctico y cotidiano, y como pertrecho imprescindible para llevar una existencia humana digna y plena, aquí y ahora.

Supongo que la gran competencia técnica del director, Gómez Mur,  asegurará que haya streaming del acto y garantizará que este quede luego colgado en la plataforma de la UNED. Por mi parte, pediré permiso igualmente para subir el texto escrito en mi página web ( http://ramoncotarelo.com/), una vez pasado el acto.

dilluns, 19 d’octubre del 2015

Topar con la Iglesia.


La Iglesia está muy presente en la vida pública. La jerarquía se expresa con frecuencia sobre asuntos de interés general y habitualmente en la perspectiva más conservadora y hasta reaccionaria. Monseñor Cañizares se pasea por ahí con una capa de cinco metros de cola roja por si alguien no se había dado cuenta de que es cardenal y aprovecha para enredar y azuzar contra los refugiados. Pregunta si todos ellos son trigo limpio. Puede que no, claro, pero la cizaña ya la pone él. Monseñor Rouco, desde su ático de lujo, seguirá planeando, es de suponer, la re-evangelización de España. Monseñor Reig, desde Alcalá de Henares elabora doctrina homófoba a base de entender la opción sexual como una patología. Él, que es cura católico y, por tanto, de cosas sexuales solo sabe lo que le haya contado el Espiritu Santo. El cura ese de los Jerónimos, que oficia misas por Franco y anhela una nueva cruzada para salvar a España de la hez habitual. La Iglesia es presencia permanente y los clérigos no paran de opinar sobre lo que les compete y lo que no les compete.

A su vez, las personas públicas civiles, políticos, comunicadores, periodistas, publicistas, son extraordinariamente parcas en su discurso sobre la Iglesia. Reina el silencio de la prudencia, por no decir miedo. Unos no hablan porque no se atreven a suscitar la reacción eclesial y otros, porque no les hace falta. No hablan de su fe sino que la ejercen a la vista pública sin ningún respeto mundano. El ministro del Interior lleva condecorada media docena de vírgenes o sea, de estatuas de la Virgen, es decir, media docena de leños policromados con cargo al erario. Algunas mujeres del gobierno y el partido, en cuanto pueden, se visten de mantilla y peineta, todas de negro al estilo tradicional de la devoción española. Todos los cargos juran delante de un crucifijo, con una mano sobre los evangelios. Muchas de sus medidas políticas se adoptan invocando poderes milagrosos de diversas vírgenes y santas. Y no se trata solamente de políticos de la derecha. En el PSOE hay chupacirios más beatos que los del PP. Algunos, incluso, son más papistas que el Papa. Sobre todo este, que es medio montonero.

Obviamente, nadie niega a la Iglesia el derecho a predicar y hacerse oír sobre cuanto juzgue conveniente que es todo pues su negociado es la salvación de las almas. Pero ese derecho debe ejercerse en condiciones de igualdad con otras gentes con negociados igualmente encomiables: la asociación de alcohólicos anónimos, los amigos de los animales o la Liga Antidifamación B'nai B'rith, etc. El clero católico recibe un trato privilegiado. La Iglesia en su conjunto, como asociación o sociedad perfecta, según ella misma, es un Estado dentro del Estado y no solo tiene una condición de absoluta inmunidad fiscal sino que recibe transferencias netas de las arcas públicas en miles de millones de euros. Con parte de estos financia sus medios audiovisuales desde los que defiende al gobierno y su partido y ataca sistemáticamente a la oposición. La que sea.

Esta situación tan absurda debe acabarse de modo tajante, aplicando cuando menos la timorata separación entre la Iglesia y el Estado que se prevé en la Constitución. El PSOE, según parece, se compromete a revisar los famosos Acuerdos de 1979, sucesores del Concordato de 1953 y de dudosa constitucionalidad. Debiera denunciarlos sin más y pasar a una ejecución del principio de autofinanciación de la Iglesia, recogido en los Acuerdos pero jamás aplicado. Amén de ello, la Iglesia, como asociación privada que es, por muchas que sean sus peculiaridades, debe atenerse al régimen fiscal ordinario en todos los aspectos, desde el impuesto de sociedades, el IRPF, el IBI, el IVA, todos. Y sin excepciones. Carece de sentido esa que introduce el PSOE de que no paguen el IBI los edificios destinados al culto. ¿Por qué no?

Para ser una sociedad moderna es necesario que los ciudadanos que quieran disponer de los servicios de una iglesia se la paguen de su bolsillo. No del de todos. Asimismo es preciso revisar otra serie larga de abusos y privilegios. Por ejemplo, hay que suprimir el cobro de una entrada en las catedrales y templos importantes, igual que la Iglesia deberá devolver todos aquellos bienes inmuebles que hayan inmatriculado a su nombre sin tener títulos para ello. El PSOE promete aquí una especie de nueva desamortización ya que, según parece, la Iglesia ha inmatriculado más de 4.000 propiedades por este procedimiento. Entre otras, la mezquita de Córdoba que ha pasado a su propiedad por 60 euros

Tomamos nota de estos compromisos del PSOE y recordamos con escepticismo que la ejecutoria de ese partido en materia de relaciones Iglesia-Estado no es brillante. Ni los gobiernos de González ni los de Zapatero amagaron siquiera con cumplir con la aconfesionalidad del Estado. Pusieron un ejemplar de la Constitución junto a los evangelios por si algún rojo quería prometer por lo civil y se dedicaron a mimar al clero. El último gobierno de Zapatero se atrevió a pergeñar un proyecto de ley de libertad religiosa que metió luego en el cajón, asustado cuando los curas fruncieron el ceño. Para contentarlos ese mismo gobierno socialdemócrata incrementó del 0,5 al 0'7% de la cuota de cada cual la cantidad que los contribuyentes católicos pueden aportar a su Iglesia.

A la vista de lo anterior, el crédito de los socialistas en referencia a las relaciones Iglesia/Estado es escaso.

En un asunto me pica la curiosidad. La Iglesia está también muy presente en Cataluña. Incluso más que en el resto del Estado. En Cataluña hay dos monjas muy implicadas en el ámbito público y en el proceso independentista, Teresa Forcades y Lucía Caram. Pero, además, hay mucho clero y jerarquía detrás del independentismo. No solo párrocos vehementes con la estelada sino prelados que ponen los puntos sobre las íes a sus pares españoles cuando a estos se les escapa la fiebre nacionalcatólica en versión imperial. A su vez, los políticos catalanes soslayan todos los temas religiosos, excepción hecha de Unió, claro, que es organización democristiana. Misma prudencia que en España. Sin embargo, la pregunta es obligada: en el caso de una República catalana, ¿qué lugar ocuparía la iglesia católica? ¿Seguiría siendo una organización privilegiada, un Estado dentro del Estado?

Tiempo de ataques.


Palmira Chavero (2015) Prensa y política en tiempos de crisis: estudio de la legislatura 2008-2011. Madrid: Centro de Investigaciones Sociológicas. (263 págs.)

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La clave para entender el desastre de esta legislatura con mayoría absoluta del PP dirigido por un prodigio de incompetencia y mala fe como Rajoy se encuentra en la segunda de Rodríguez Zapatero. Por este motivo se agradecen obras que, como esta, aborden aquel tiempo con distanciamiento y perspectiva científica. El propio Palinuro y su colega César Colino publicaron un reader en 2012 con otros colegas tituladoEspaña en crisis. Balance de la segunda legislatura de Rodríguez Zapatero. Valencia: Tirant Lo Blanch, subrayando lo que entendían entonces y este libro en comentario viene a confirmar: lo decisivo del segundo gobierno socialista de Rodríguez Zapatero fue el hecho de que tuviera que bregar con la crisis que, en mi modesta opinión, acabó con él. La diferencia entre nuestro trabajo y este no reside en las conclusiones, sino en el enfoque. Nosotros dimos una perspectiva panorámica del conjunto de la legislatura, mientras que Chavero se concentra en el aspecto de la comunicación política.

La obra de la joven profesora es el resultado de una magnífica tesis doctoral, debidamente aligerada de aparataje científico y metodológico sin merma del rigor, para hacerla de más fácil y grata lectura, cosa que consigue cumplidamente. Chavero se mueve como pez en el agua en el vasto campo de la comunicación política y más específicamente en las principales teorías explicativas del impacto de los medios en la vida pública, las teorías del agenda setting, del framingy de la tematización (pp. 20/26). Su hipótesis de partida es que, además de vigilar a los poderes públicos, los medios de comunicación mantienen una relación de interacción con los actores políticos que se desglosa en dos direcciones a su vez interrelacionadas: los medios desempeñan un papel activo en el proceso de comunicación política y, en los contextos de crisis toman parte activa en la resolución de los asuntos de relevancia pública (p. 33)

Chavero aborda su investigación con una doble perspectiva, cuantitativa y cualitativa por razones tan obvias como bien y convincentemente expuestas por la autora. Su objetivo es un análisis de contenido de la prensa de papel de referencia centrado en su visión de la gestión del sistema político, tanto en el gobierno como en la oposición. Para el análisis cuantitativo somete el estudio de las variables a tablas de frecuencia y contingencia y, en el caso de las dicotómicas, a la regresión logística y para los aspectos cualitativos, al análisis crítico del discurso (pp., 35/40).  La prensa escrita de papel que considera de referencia es El País, El Mundo, ABC (Sevilla), La Vanguardia, El Periódico de Cataluña, La Voz de Galicia, Levante EMV, El Correo (Euskadi) (p. 38). El criterio de selección de los diarios obedece a territorialidad, difusión y posicionamiento ideológico (p. 45). Sin duda es un buen procedimiento y está avalado por una larga tradición de estudios de este tipo que toman como objeto los viejos y grandes periódicos. Su objetivo, obviamente, es estudiar qué actitud tomaron estos medios respecto al gobierno de Rodríguez Zapatero y la oposición de Rajoy. No va más allá, ni puede en una época en la que, como la misma autora señala más abajo, la difusión de la prensa escrita de papel es cada vez más baja, la influencia de esta cede ante el predominio apabullante de la televisión y, asunto cada vez más interesante, los medios digitales (escritos como los otros, pero no en papel) cada vez ganan más audiencia, por no hablar de la revolución que están suponiendo las redes sociales

Con referencia a los clásicos y venerables periódicos de kiosco, Chavero recurre a la clasificación de Hallin y Mancini para aceptar que el sistema mediático español es de un pluralismo polarizado (p. 56). Pero esta tipología admite variantes que la autora subraya. No todos los políticos ni partidos tienen el mismo comportamiento frente a los medios. Zapatero cuenta en su haber con la despolitización de la radiotelevisión pública (p. 61) mientras que la llegada del PP en noviembre de 2011 puso punto final a la etapa de independencia de la RTVE (p. 63). La autora se abstiene de hacer juicios de valor en este caso, pero el crítico no se siente constreñido por el mismo corsé de rigor metodológico y aprovecha para subrayar que ya solo esta diferencia radical de actitud frente al derecho a la información demuestra que quienes afirman que el PP y el PSOE son lo mismo no saben lo que dicen o lo saben y saben que mienten. Por cierto, quien quiera un sucinto e ilustrativo resumen de la audiencia de los medios en España y a qué banderías y escuderías pertenece cada uno, hará bien en consultar esta obra, muy puesta al día en un panorama cambiante (p. 73).

En la parte de análisis empírico, la autora hace una caracterización del contexto político, afirmando, como hicimos nosotros en la nuestra, que la crisis fue la protagonista de la legislatura (p. 92) y realmente dio al traste con ella. Su segundo y último tramo estuvo caracterizado por el movimiento de los indignados y un  fin de legislatura con convocatoria de elecciones anticipadas en noviembre de 2011 bajo presión generalizada. Lo más llamativo, un artículo de Juan Luis Cebrián, de 18 de julio de 2011, conminando al infeliz de Zapatero a que convocara elecciones, cosa que este hizo (p. 96). No cabe olvidar que, a diferencia de lo que sucedía con Felipe González, las relaciones del grupo PRISA y el gobierno de Rodríguez Zapatero eran muy malas porque este había intentado poner en pie un conglomerado mediático rival del otro. Así que, cuando Cebrián carga contra la "insoportable levedad" de Zapatero, suelta el rencor y la rabia contenidos hasta entonces por la osadía del socialista de liberarse de su tutela. Ignoro si, al ver cómo Zapatero cedía como un cordero, Cebrián acabó creyendo que su opinión tenía un peso decisivo en la conducta de los gobernantes. Es una neurosis muy frecuente entre pseudointelectuales. Pero, si lo creyó, habrá abandonado la idea. Ante la situación de catástrofe nacional en que Rajoy ha sumido el país, ahogado en el fracaso, la corrupción y la amenaza de fragmentación territorial, el mismo Cebrián ha escrito otra de sus insoportables conminaciones pidiendo igualmente elecciones anticipadas con el resultado de que Rajoy las ha convocado habiendo rebasado el plazo estricto que tenía. Es duro para alguien tan soberbio pero a Cebrián los poderes públicos no le hacen el menor caso. 

Chavero estudia la comunicación de la crisis a través de la evolución de los encuadres. Desde el principio, el encuadre dominante es el que propone el gobierno: salida de la crisis con un programa social (p. 102) y este es el enfoque que las duras circunstancias se encargarán de alterar y que se verá obligado a dejar paso a otros temas como el terrorismo, la corrupción y los partidos políticos (pp. 117/123). La autora concede igualmente una gran atención al proceso de diálogo social porque, a diferencia del campo devastado en que el dominio del PP dejaría después las relaciones laborales, estas interrelaciones entre los agentes económico-sociales con otra correlación de fuerzas era entonces importante. De aquí nace una "coalición negativa" contra zapatero (p. 147) y la imposición de la reforma laboral por decreto en junio de 2010, (p. 160), cuando ya podía verse que lo duro todavía estaba por llegar. Habida cuenta de que, al triunfar el PP en noviembre de 2011, se apresuraría a sustituir el normal procedimiento legislativo por el uso y el abuso del Decreto-Ley, no hay más remedio que coincidir con la autora en que la legislatura terminó con un triunfo de la derecha mediática (p. 168).

Un epígrafe especial dedica Chavero a la presión de la UE y la reforma de la Constitución en el verano de 2011. En ella se selló el destino del segundo gobierno de Rodríguez Zapatero. De no ser porque esa reforma fue un atropello neoliberal imperdonable que ya veremos si se deroga con un hipotético triunfo electoral del PSOE, sería cosa de subrayar el aspecto cómico de que, probablemente, la reforma fue posible por la pura ignorancia de Zapatero sobre la materia que, se supone, enseñó alguna vez en la Universidad, el Derecho Constitucional. De haber sabido el español que los alemanes reforman su constitución con frecuencia, que llevan unas sesenta reformas desde 1949, a lo mejor se le hubiera ocurrido la conveniencia de explicar a Merkel que la reforma constitucional no tiene el mismo impacto en Alemania que en España con lo que quizá hubieran podido buscar otra vía que fuera menos devastadora para el PSOE, partido que perdió luego las elecciones con el porcentaje de voto más bajo desde la transición, lo cual dio alas e ilusiones a los bisoños de Podemos.

Chavero dedica un muy interesante capítulo a la campaña electoral y a su precampaña de cuatro meses y concentra su atención en el momento culminante, que fue el debate televisado Rajoy-Rubalcaba, en donde este terminó de perder las escasísimas esperanzas que pudieran quedarle de ganar a elecciones (pp. 212/213). 

La investigación llega a su conclusión satisfactoria validando sus hipótesis. Los medios en España son beligerantes y, en el caso de la segunda legislatura de zapatero, impusieron un estilo de campaña y una estrategia dominante caracterizada por la conflictividad en todos los órdenes (p. 234). Su resultado es la catástrofe que llevamos viviendo desde 2011 y el riesgo cierto de ruptura del país.

diumenge, 18 d’octubre del 2015

Horizonte de desobediencia.

Aquí mi columna de elMón.cat en la versión catalana. Es imposible hablar ni dialogar con quien se niega a hacerlo, quien no se mueve, no hace propuesta alguna, no admite la existencia del otro, ni le reconoce legitimidad, ni siquiera respeta su derecho a la existencia. Es imposible entenderse con quien no quiere entender ni encontrar un terreno común y solo está dispuesto a emplear la fuerza.

Esta es la versión en español.



Horizonte desobediencia.
                                                                                                    
La política fluye, como un río que no cesa. Rebasada la declaración de Mas ante el TSJC, con amplio respaldo institucional y popular y fuerte proyección internacional, entramos en un tramo nuevo: constitución del Parlamento catalán y aplicación de la hoja de ruta hacia la independencia bajo la amenaza del procesamiento del presidente de la Generalitat. En el horizonte, la posible condena a Mas y la también posible desobediencia de las instituciones catalanas.

Es gravísimo que la Generalitat se plantee desobedecer la ley, dice la vicepresidenta del gobierno central. Tanto, añade su jefe el presidente, que, si la desobediencia se da, puede llegarse a la suspensión de la autonomía, vía artículo 155 de la CE. Entre tanto Manos Limpias seguramente pedirá la ilegalización de todos y cada uno de los votantes independentistas por sediciosos. 

El terreno de juego está perfectamente marcado. Nadie hay por encima de la ley, dice el gobierno. Ni él mismo, por la sencilla razón de que, cuando la ley no le gusta, la cambia porque sí. Igualmente es obligado obedecer las decisiones de los tribunales, compuestos por magistrados con carné del partido y que aplican la “justicia” del gobierno, la que complace al Rey pues por eso se administra en su nombre. El discurso del principal partido de la oposición es el mismo: hay que obedecer la ley del embudo y acatar la justicia de Peralvillo. 

El frente español está cerrado. España es un Estado de derecho y aquí no se mueve nadie ni se cambia nada. Con esta Constitución hemos tenido cuarenta años de paz, tantos como los que generosamente nos dio el Caudillo de emocionado recuerdo y así seguiremos otros cuarenta, viendo desfilar la cabra de la legión. 

El nacionalismo español ignora el abc de la política, su condición dinámica, fluida, líquida. La política, como la vida, es cambio y si uno no lo anticipa, no se prepara para él, no propone nada para encauzarlo en su propio (y legítimo) beneficio, para hacerlo fructífero y constructivo, esa cambio inevitable lo dejará de lado o lo arrollará. Lo que no se mueve, se pudre. Lo que no avanza, muere. Quien no prevé, perece. La política es iniciativa, proyecto, plan, todo lo que tiene el independentismo catalán y de lo que carece el nacionalismo español. La única reacción de este es una falta de acción y respuesta, elevada a epítome de la cazurra astucia de ese prodigio de incompetencia que reside en La Moncloa, para quien, la mejor decisión es no tomar decisión alguna. Con lo cual son los otros quienes las toman por ti y no te dejan ni el recurso a la socorrida mentira para tapar las vergüenzas de tu ineptitud.

Cuando se cansan de insultar y amenazar, los propagandistas del nacionalismo español , sobre todo los intelectuales que pasan el resto del tiempo desaparecidos en sus covachas, se ponen comprensivos y lamentan cómo el independentismo ha fracturado la sociedad catalana. El panorama es terrible: las familias están enfrentadas y los ciudadanos son sombras esquizofrénicas que vagan por las calles preguntándose angustiados por su identidad. Es difícil tomarse en serio esta basura pero no está de más recoger algo de su enseñanza porque si algo está fragmentado y fraccionado aquí es precisamente el nacionalismo español. Cualquiera que vea la sociedad catalana sin prejuicios observa una amplísima movilización popular fuertemente aglutinada con unidad de propósitos y, por supuesto, las naturales desavenencias en todo empeño complejo y colectivo. Ese mismo observador no puede ignorar que en el resto del Estado, la situación es la inversa: reina la atonía, la inacción, el desconcierto, el enfrentamiento y la irreconciliabilidad de proyectos que solo se remedia en la actitud reactiva frente al riesgo cierto de la secesión.

Que el PP y el PSOE hagan causa común frente a Cataluña demuestra por enésima vez que el problema español no tiene arreglo. Entre el nacionalcatolicismo reaccionario, oscurantista, oligárquico, represivo e intolerante de la derecha española, tan franquista hoy como siempre, y el sedicente nacionalismo liberal, tolerante, progresista, de las supuestas izquierdas, incapaces de formular proyecto alguno de reforma en serio, hay acuerdo básico en lo referente a los llamados “nacionalismos periféricos”. Ese acuerdo básico de los nacionalistas españoles, cuya incapacidad para reconocer su situación los lleva a proclamar el oxímoron de un nacionalismo no nacionalista. Queda claro así por tanto que se trata de último acto de esta tragicomedia llamada España en la que la idea de la modernidad, la tolerancia, la democracia y el respeto los derechos de un liberalismo enclenque, secularmente subalterno frente al reaccionarismo tridentino español. Una sociedad sumisa, fracturada, insolidaria, de súbditos claudicantes ante la oligarquía mesetaria y caciquil de siempre.

Esta España no tiene nada que ofrecer a unos pueblos que, por razones que no hacen al caso pero están en la mente de todos, tienen la suerte de contar con proyectos propios, con iniciativas políticas de renovación y regeneración. 

Esta España no deja otro camino que la desobediencia.

Los cigarrales de Toledo.


Sí, en un cigarral toledano ha tenido lugar la reunión estratégica convocada por Rajoy para aleccionar a los suyos, a modo de arenga del jefe, en previsión del combate que se avecina. Se ha llevado a los ministros, la dirección nacional del partido, los portavoces de los grupos parlamentarios y los presidentes regionales. Un verdadero estado mayor. El lugar está muy bien elegido. Un cigarral nombre que, supongo, designará una lugar en el que antaño abundaban las cigarras. El canto de las cigarras suele ser monótono y aburrido y muy persistente. Es buen acompañamiento, incluso ideológico, para las cavilaciones de Rajoy al comienzo de la precampaña electoral. Es un símbolo del mensaje que siempre lanza: somos seguridad, los de siempre, los normales, los del sentido común, como Dios manda. Y así una y otra vez, y otra. Como las chicharras. Hasta que la idea, convertida en martillo, entre en la cabeza del auditorio como la gota malaya. Una discurso que los medios audiovisuales tienen que repetir hasta la extenuación. Un discurso elemental, condensado en tres sencillos enunciados: 1) todo lo que hubo antes del gobierno del PP fue ruina y desastre; 2) con las políticas realistas y responsables del PP, el país está remontando, saliendo de la crisis; 3) quienes digan lo contrario mienten y sus propuestas solo conducirían a la catástrofe. A Franco le dio un resultado óptimo durante cuarenta años. Tanto que no le era necesario convocar fastidiosas elecciones.

El discurso del presidente no tiene nada que ver con la realidad pero eso no es importante. No lo hace para entender la realidad o mejorarla, sino para ocultarla, mentir sobre ella, convertirla en otra que él y los suyos se inventan o, plagian del otro lado del Atlántico. No va a salir diciendo que ha arruinado el país, esquilmado el fondo de pensiones, aumentado el déficit, dejado el paro como estaba o peor, empobrecido a la población mientras él y los suyos se apropiaban del común por todos los procedimientos, incluidos la corrupción y el delito. No va a decir que, mientras sostiene que la ley de dependencia no es viable, él mantiene a su padre, dependiente, con cargo al dinero de los contribuyentes. No va a reconocer su responsabilidad en los papeles de Bárcenas y el presunto beneficio personal que obtuvo del asunto. Tampoco va a admitir que la relación entre el PP y la trama Gürtel es simbiótica y ha corrompido las instituciones del país. 

Nada que ver con la realidad real. Todo con una realidad inventada en la cual puede decirse cualquier cosa y arremeter contra los adversarios con la alegría de disponer de un verdadero frente mediático y de no hacerse responsables de nada. La idea es presentar el PP como una empresa seria, sólida, responsable y no un chiringuito montado deprisa y corriendo o un partido hecho a partir de una tertulia televisiva. Grave afrenta a la televisión de la que el PP se sirve en régimen de monopolio en el caso de los medios públicos y de oligopolio en el de los privados. Sobre todo porque el PP es un partido hecho en tertulias televisivas y normalmente monocordes. 

El mensaje de la chicharra es: el PP es un partido en el que se puede confiar. La corrupción no existe, la condición del PP como presunta asociación  de malhechores, tampoco. Nada se mueve. El PP ganará las próximas elecciones de modo holgado, según su propio juicio. Todo seguirá sin moverse y gobernado por un partido cuyas políticas profundamente injustas se orientan a aumentar la tasa de explotación de los trabajadores y el expolio de la ciudadanía, tanto en el orden económico como en el de los derechos y libertades.

Obligado aparte en referencia colateral a Cataluña: nadie va a romper España, la ley se cumplirá y se adoptarán las medidas necesarias al efecto. De dialogar, nada; de negociar, menos. Nación no hay más que una, la española y en esto cuenta con el apoyo entusiasta del otro gran partido dinástico. Quienes en Cataluña proponen esperar a las elecciones de diciembre para ver si hay algo que negociar con España son gentes bien intencionadas pero algo ilusas.

Cuentos góticos.


Lo mejor de esta película recién estrenada de Guillermo del Toro es el título. Y no por lo que dice sino por lo que insinúa engañosamente. Como la película. El original es Crimson Peaks. La versión  La cumbre escarlata se aparta de la literalidad del texto, ya que crimson en español es "carmesí", mientras que "escarlata" da scarlet. El responsable habrá pensado que "escarlata" es más común e identificable y quizá menos extraña y rebuscada que "carmesí". Y más literaria. Hay varios escarlatas en la literatura de diferente tronío: la Pimpinela escarlata, de la baronesa d'Orczy, La letra escarlata, de Hawthorne y el Estudio en escarlata, de Conan Doyle, que yo recuerde. Si le añadimos el "cumbre", que remite a las borrascosas de la Brontë (aunque estas eran heights) ya tenemos un título apañado y sugestivo. A los españoles, sin embargo, también nos hubiera parecido bien La cumbre carmesí, porque sabemos lo que es desde El manuscrito carmesí, de Gala. Además, sospecho que hace más justicia al tono del color. La arcilla mojada oscurece y, fundida con la nieve, da un rojo grana, como se ve en las imágenes, más que el rojo vivo del escarlata.

En cuanto a la película en sí, poco que decir. Es de género de terror, una historia gótica con todos los topicazos de rigor, algo de gore que haga juego con el color del título y unos fantasmas sacados del dominio de los efectos especiales de Guillermo del Toro, el director y especialista en ellos. Tiene mucho oficio el mexicano Del Toro. Dirigió también dos films de tema español y más concretamente de la guerra y la inmediata postguerra civil, El espinazo del diablo y El laberinto del fauno. El mucho oficio, puesto al servicio de productos comerciales, mata la creatividad y la originalidad. La cumbre escarlata es una historia traída por los pelos, con un  argumento un poco de risa, un aroma de cuento de Barba Azul y un guión confuso, cuya función es meternos una Mansión Usher a lomos de un relato trivial.

Aunque tiene un punto fuerte que, de haber girado la historia en torno suyo, el interés hubiera sido distinto, mucho mayor. Pero quizá no hubiera podido producirse ni distribuirse por razones morales. El fundamento de la trama versa sobre un tabú cuya naturaleza no puedo revelar sin destripar la película. Y no debiera ser así, pero lo es precisamente porque el tabú, en efecto, se toca, pero no se investiga, ya que queda sumergido en las truculencias góticas de los negros pasillos, los sótanos oscuros, las puertas que se cierran solas y resto de artimañas del género. Justamente esta es la base de la crítica a estos productos falsos a fuer de comerciales, y una buena ocasión para mostrar cuán oportuna es: La letra escarlata es un estudio en profundidad del tabú del adulterio en la sociedad puritana y una de las más hermosas novelas de todos los tiempos. En su película, Del Toro se limita a señalar su tabú, pero no profundiza en él, a pesar de que tiene una carga de interés mucho mayor que el conjunto de aventuras y pintorescas ambientaciones que devoran el relato. Al contrario, lo que viene a decirse en la película es que el tabú protege del horror y del mal que se desencadenan cuando se rompe. Un punto de vista perfectamente vulgar.

 Destripar este tema a base de topicazos y efectos especiales quizá sea muy taquillero, pero es imperdonable. 

dissabte, 17 d’octubre del 2015

Patriotismo de partido.

El desembarco de Lozano en el PSOE por arriba, como un dron, para caer en el cuarto puesto de la lista por Madrid levanta ronchas. Palinuro no tiene nada contra ella. Probablemente sea una mujer decidida, con ideas, con ambición de carrera política y cree que tiene algo que aportar. Todo ello muy legítimo. Quizá pudiera hacer una notable tarea en "regeneración democrática". No hay por qué dudarlo.

Como tampoco hay que dudar del ánimo recto y desinteresado de que aquellos militantes del PSOE que no admiten el ingreso en sus listas de alguien que hasta ayer mismo era flagelo de su partido. Es también muy legítimo. Es manifestación del poco invocado pero existente patriotismo de partido del que en el PSOE hay mucho porque tiene una más que centenaria historia. A diferencia de organizaciones surgidas de la noche a la mañana, diseñadas en despachos como operaciones electorales a plazo inmediato, el PSOE es una organización trabada por una ideología, por desvaída que sea y una forma de ver el mundo, una Weltanschauung que en muchos casos tiene raíces familiares, esto es, lo que cabe llamar una cultura política socialista.

No sé si Sánchez entiende de esto. No parece tener especial sensibilidad hacia las tradiciones de su partido. No es la primera vez que toma medidas tajantes, autoritarias, por iniciativa propia, consultándolas, si acaso, con sus colaboradores más íntimos y nada más. Esta actitud jerárquica y mandona se justifica seguramente echando mano de alguna teoría ad hoc a propósito del liderazgo fuerte. Sánchez no es un personaje autoritario y hasta despótico, sino uno persuadido de su función remediadora de un socialismo en crisis que tiene que convertir en un instrumento de gobierno. 

El criterio que parece alentar en el fichaje de Lozano es el de la eficacia. Es competente, tiene las ideas claras, sabe lo que quiere y cómo conseguirlo. Se le puede encomendar la regeneración democrática. Ya el uso del término fichaje sitúa más el asunto en el terreno del marketing y las empresas que en el de los partidos propiamente dichos. ¿Cómo sabe Sánchez que en su partido no hay otra persona que supere aquellas cualidades de largo y a la que deberá otorgarse una prima de confianza por su más larga militancia socialista? No lo sabe porque no pregunta, porque designa a Lozano según su personal criterio de eficacia en el que hay siempre un cálculo electoral del poco elegante estilo de la leña del árbol caído. Pero ¿es ese cálculo suficiente para compensar por la decepción de sectores que se sienten heridos en su patriotismo de partido o en su cultura política socialista? La gente que se ha sentido insultada por Lozano ¿tiene ahora que aplaudir la gestión de quien la menospreciaba y ni siquiera considera preciso excusarse por ello?

Y ya no hablemos de los criterios democráticos de adopción de decisiones.

Los medios son los fines.

Hace unos años el empresario Jaume Roures, propietario del diario de papel Público, una publicación de izquierda, lo cerraba de golpe por motivos económicos y ponía en la calle a la plantilla a través de un ERE con el que los trabajadores quedaron muy descontentos. Algún tiempo después, el mismo Roures volvió a comprar la cabecera que salió a subasta o algo así, para hacer una publicación exclusivamente digital. Se trata del diario Público.es, prácticamente un órgano de prensa de Podemos. Roures es además el dueño de Mediapro, la empresa matriz (o algo así) de la Sexta, cadena de mucha audiencia igualmente al servicio de Podemos, cuyos miembros más significados se pasan el día en ella.

Ahora, Roures, el jefe, está de cumpleaños e invita a sus amigos, colaboradores y empleados. Entre ellos, a los de Podemos que acuden pero ruegan que no se les hagan fotos. Una gente que está permanentemente en la pantalla de televisión no quiere fotos. ¿Por qué no? Porque se trata de un asunto privado, sostienen. También los mítines en Vista Alegre son privados. Todo lo que no se hace mediante instituciones públicas, es privado. Las fotos pueden estar permitidas o no. Pero la privacidad de las personas públicas, sobre todo de los políticos, es cosa controvertida. Y la gente puede estar interesada en saber qué hacen sus políticos, esto es, quienes le dicen lo que tienen que hacer, cuando se relacionan en privado con quienes financian sus apariciones públicas y su política de imagen. Las fotos se hicieron con móviles y circulan por la red. Es inevitable.

La teoría central de Podemos es que hay que servirse de los medios para sobrevivir y prosperar. Su batalla es mediática. Disponen de un diario digital, Público, una cadena de TV, la Sexta, que no está mal. Su acción se desarrolla ensencialmente en los medios. En buena medida encaja en el modelo de media party. Cabe decir que ha convertido los medios en fines en sí mismos. Ya no se trata de que la revolución sea televisada; la revolución vive en la televisión.

Pero los medios son empresas y responden a la lógica empresarial del beneficio. Tienen una estructura jerárquica y manda el que paga, en este caso, Roures. Cuando Roures convoca, sus empleados acuden. Y no quieren fotos. Si no quieren fotos, lo mejor es no ir, como han hecho con la convocatoria del Rey el 12 de octubre. Las fotos dificultan la tarea de explicar que se está con los de abajo, pero los canapés se los toma uno con los de arriba.

Tampoco debe exagerarse el purismo. Además, la teoría de Podemos de convertir los medios en fines viene acompañada por una instrumental: hay que democratizar los medios-fines. Democratizar es término denso. De significar algo en el contexto de los medios será el hecho de permitir que a ellos accedan todas las opiniones y no solo unas cuantas o solo unas. Es una teoría fácil de comprobar en la realidad. Basta con tener ojos y oídos para ver cómo la Sexta sí parece admitir la discrepancia, incluso mucha, pero en los medios audiovisuales de Público, administrados por los de Podemos, eso no sucede. No dan acceso a voz crítica alguna. Sea la que sea. Igual que hacen las cadenas de televisión públicas y privadas que censuran. Como no vamos a pensar que lo hagan por espíritu censor habrá de reconocerse que lo hacen por falta de agallas.