diumenge, 14 de desembre del 2014

Panorama desde el vídeo.


--------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------

Aquí un vídeo con el que estoy de acuerdo y me gusta mucho. Tiene subtítulos en español. La autora, Kanka Kanak, me pide que ayude a difundirlo y así lo hago encantado. Es sencillo, directo e irrefutable.

El contramotín de La Granja.


Al histórico sitio de La Granja de San Ildefonso se ha llevado el presidente del gobierno a los barones del PP para un acto de afirmación constitucional, nacional, española. Los presidentes territoriales han leído una declaración con la doctrina oficial del partido sobre la reforma de la Constitución que pasará a la historia como La declaración de La Granja por su laconismo y brevedad pues consiste en una sola palabra: "No".

El presidente, sin embargo, ha condescendido a dar explicaciones complementarias, matices y hasta lo que él entiende por razones. La Constitución no es intocable, claro, pero casi. Hay que tener razones muy poderosas y muy claras para reformarla. No es cosa de andar con ocurrencias y frivolidades, dos abominables deslices que suelen ir a la par en sus discursos, como los tirios y los troyanos o la gimnasia y la magnesia. Su última fórmula, que la crisis es ya historia, al parecer, no es una ocurrencia ni una frivolidad. En efecto. Es una tontería. Y, como todas las tonterías, cuando se amplia y se explica resulta más tontería. Ligando la constitución a la salida de la crisis, pues ambas son historia, justifica la primera comparando los datos económicos (PIB, red viaria, gasto público, etc) de 1978 y los de ahora, 2014. Por esa misma brillante vía podíamos justificar la validez del Fuero Juzgo porque el PIB de hoy es estratosférico comparado con el de 1241.

La facundia presidencial tiene respuesta para todos los desatinos y desvaríos que profieren distintos grupos de gentes a los que suele referirse de modo esquinado, perifrástico. Así, Rajoy sostiene que es preciso explicar a los adanes que España es un gran país. El intento es absurdo porque esos "adanes", esto es, las gentes del PSOE, IU y Podemos básicamente, están tan convencidas como él de que España es un gran país. Eso lo dicen todos. Quien no parece estar convencida es España, cuyas magnitudes y parámetros en cualesquiera órdenes de la vida, desde los económicos a los culturales, la hacen aparecer como un país mediocre tirando a malo, de los más retrasados en todo de la UE con perspectivas de seguir siéndolo.

Para hacer creíble la nueva línea de propaganda según la cual la recuperación se nota ya en la vida diaria, se palpa en el bolsillo, se huele en el aire, nos alegra el día, Rajoy va a necesitar los servicios de hipnotizadores de masas. La televisión no es suficiente.

En cuanto al soberanismo catalán, el juicio presidencial ha pasado de considerarlo una algarabía y luego un festival a verlo como una ensoñación shakesperiana. ¿Cómo vamos a reformar la Constitución para que quepan los sueños? Porque aquí hay algo absolutamente claro: la soberanía nacional, la unidad de España, los derechos fundamentales de los españoles, la libertad y la igualdad de todos no se negocian. Quienes dicen que eso les parece muy bien pero que no reza con ellos, pues no son españoles, es obvio, se mueven por ocurrencias y frivolidades. Y, además, no saben lo que dicen.
 
Despachadas así las dos tribus alborotadoras, de los adanes y los catalanes, la jornada de La Granja toca a su fin. Sobre la corrupción no hay nada que decir. Rajoy, acusado de haber cobrado sobresueldos durante años y de presidir un partido al que un juez considera partícipe de un delito a título lucrativo, es el paladín de la transparencia y la regeneración democráticas. La corrupción, como la crisis, ya es historia.
 
Es el paladín de la estabilidad constitucional frente a los adanes y de la unidad de Epaña frente a los catalanes. Para ejercer esta función acude a lo que precisa: ha aumentado los medios de los cuerpos de represión y se ha dotado de una Ley Mordaza, también para reprimir el descontento que equivale a una especie de ley de excepción administrativa o ley de plenos poderes del ministro del Interior.
 
Y a esto lo llaman democracia.



Dios está con nosotros.


Si me dicen que un ciego con una cámara de vídeo de tercera ha rodado una película sobre Moisés, voy a verla. El Éxodo me parece el libro más importante del Pentateuco. El Génesis es una cosmogonía; el Éxodo, una epopeya. El primero es el libro de Dios y los patriarcas; el segundo, el del héroe. Los hombres siempre me han sido más simpáticos que los dioses. Sobre todo, los hombres con una visión, los conductores de pueblos, los que forjan su destino. Y Moisés es el prototipo.

Ridley Scott (el de Blade Runner y Gladiador) se ha atrevido con la historia de las historias, eso que antaño se llamaba una "superproducción", palabra que hoy no tiene gran sentido. Está rodada casi toda ella en Almería. Y con efectos especiales galore. Viene también en 3D. Ya solo queda que las ranas invadan la sala, por cierto, vacía. La peli está teniendo una recepción ambigua. Le han hecho ya muchas críticas, generalmente apuntando al guión y a la falta de empaque de la historia, incluso de respeto hacia ella. Téngase presente que el asunto toca fibras muy sensibles de gentes religiosas, fanáticas, muy susceptibles ante interpretaciones que no sean de su gusto.

Los efectos  especiales se comen la historia y, para que resalten más, esta se plantea en términos mundanos, casi de "desencantamiento" weberiano, huyendo de lo portentoso o divino. La zarza ardiendo es inevitable pero enseguida la reemplaza un niño, personificación del Dios de los hebreos, no sé si con mucho acierto. Las tablas de la ley no traen el habitual acompañamiento de truenos y relámpagos y aparecen con cierto anacronismo, pues no se dan en el monte Sinaí. No hay entrevistas con el Faraón ni trucos de magia con la vara de Aaron y hasta la partición de las aguas del Mar Rojo se insinúa que pudo ser un tsunami. Dios está con nosotros, dice Moisés, un grito que seguirá sonando a lo largo de los siglos en todo tipo de batallas. Pero nadie lo ve. Solo él. Y es su fe la que mueve a su pueblo y lo libera de la esclavitud.

Da igual cómo se cuente la historia de Moisés, siempre será fascinante. Quizá tengan razón quienes se quejan de que el de Scott no tiene perfil ni profundidad. Da mucha importancia a la cuestión de la identidad del héroe para aceptar luego sin objeción alguna la versión de la leyenda hebrea. Moisés rescatado de las aguas por la hermana del faraón, Bitia, y criado en la corte como un general egipcio, siendo hebreo. En eso, la película es ortodoxa. Moisés es hebreo. Su hermano de sangre es Aaron y no Ramsés. Pero, ¿y si, en realidad, no fuera así? En Moisés y la religión monoteísta, Freud supone que Moisés era un sacerdote de Akenaton, el faraón que quiso instaurar el monoteísmo en Egipto y que, a la muerte de este, ante la restauración politeísta, poseído de su fe un solo dios, cogió su gente, la sacó de Egipto y la llevó a Canán.

También podría ser. La leyenda bíblica se habría fabricado después. Pero el asunto es secundario. Lo importante no es si Moisés era hebreo o egipcio. Lo importante es la fe en un dios único y celoso, que exige entrega y obediencia absolutas pero, a cambio, está contigo en la batalla.  Es esa fe la que mueve al héroe que da leyes a los hombres. Moisés es el prototipo. El arquetipo.

dissabte, 13 de desembre del 2014

La democradura.


Vuelve el franquismo y trae de la mano un neoliberalismo voraz, bendecido por el clero nacionalcatólico. Lo llaman "Neofranquismo", pero ese Neo debe de ser el de Matrix. Es el franquismo más castizo; ahí están los nombres de calles, plazas, lugares, los emblemas, insignias, monumentos, misas, conmemoraciones, fundaciones dedicadas a la memoria del  caudillo, alcaldes que defienden su sacra memoria, curas que llaman a una nueva Cruzada Nacional. Solo falta él, a quien un lamentable hecho biológico privó de su justo título a la inmortalidad.

Vuelve la esencia española. Las corridas de toros declaradas arte y patrimonio cultural del Reino y debidamente subvencionadas. Las atrocidades menores con toros, cabras, burros, gallos y otros animales, no alcanzando el excelso nivel del arte, deben de ser artesanía. Nacional, claro.

Los caciques, figuras reciamente tradicionales, pueblan las noticias, en la mayoría de los casos las de tribunales, porque son pilares esenciales de la tupida red de corrupciones que envuelve el país y sus instituciones. Del franquismo dijo en cierta ocasión un embajador yanqui que era una "dictadura atemperada por la corrupción"; de este neofranquismo cabría decir que es una corrupción atemperada por la dictadura. Es tal el encenagamiento que más que hablar de políticos corruptos debe hacerse de corruptos políticos.

Si la cantidad de casos subiúdice es indicativa proporcionalmente a la extensión del fenómeno, la corrupción es total. Y eso que se trata de una justicia descaradamente intervenida por el poder político, en gran medida al servicio del Príncipe y sus arbitrariedades. Muy al estilo de la dictadura, en cuyo espíritu respira todavía parte de la judicatura. De ello se beneficia asimismo la Iglesia católica, firme impulsora de esta involución general en la que ejerce su poder hierocrático, impone o trata de imponer sus dogmas y aberraciones como legislación civil del Estado y, de paso, hace su agosto parasitando el erario público de mil maneras y dedicada desde hace años a una tarea de reamortización que ya la ha convertido de nuevo en la principal propietaria del país.

En este clima aparece el presidente del gobierno como un Pantocrator a proclamar que la crisis es ya historia. Hemos pasado de ser el enfermo de Europa a ser su locomotora. Algo pasmoso, pero típico de la furia española. Es la Raza. La Gran Nación. Los datos, todos, hablan en contra de este supuesto. Y la conciencia de la gente, toda, incluidos los miembros del gobierno, no da el menor crédito a la hiperbólica declaración. Algo también esencialmente franquista. Recuerda mucho aquella anécdota de cuando a fines de 1943 ya era evidente para todo el mundo que los nazis estaban perdiendo la guerra pero el diario Informaciones seguía dándolos ganadores. El gobierno franquista, en consecuencia, recomendaba a la gente viajar menos y leer más el Informaciones. Ahora recomienda leer toda la prensa de papel y atender a casi todos los medios audiovisuales.

Porque los medios, como los de la Dictadura, están poblados por comunicadores al servicio incondicional del poder político, tanto en los privados como en los públicos; en estos últimos, además, a sueldo directo y generalmente astronómico. Si la consigna es que la crisis es historia, hablarán de ella en pasado remoto a los millones que cobran el salario mínimo de 625,30€ o menos, al 24% de parados, la mitad de ellos sin prestaciones, al 35% de empleados en precario, a los desahuciados a razón de casi doscientos al mes, a las decenas de miles de emigrados, a los dependientes a quienes se ha reducido o eliminado la asistencia.

Si la consigna también es que en Cataluña no hay nada que decidir que incomode al poder central, los mismos medios y los mismos comunicadores levantarán una barrera de prohibiciones, impedimentos, reproches e insultos, llamando a los soberanistas, según les dé, nazis, egoístas, palurdos, totalitarios, medievales, delincuentes y masa de borregos. Menos viajar al norte del Ebro y más leer La Razón. En Cataluña lo que hay es una algarabía de un puñado de nacionalistas rabiosos frente a una inmensa mayoría silenciosa profundamente española.

El poder de los medios se juzga determinante pero, por si acaso no lo fuera, el Parlamento acaba de aprobar y de remitir al Senado un Ley de Seguridad Ciudadana que es una Ley Mordaza, un candado a los derechos y libertades públicas, un ataque represivo y probablemente inconstitucional a la seguridad jurídica de la ciudadanía y su derecho al amparo de los tribunales. Una ley inspirada en la Ley de Orden Público de Franco. Pleitear, discrepar, salir a la calle a protestar es algo que va a quedar reservado a las grandes fortunas. Porque la democracia es suya. Como el erario público. Y la conciencia de los ciudadanos.

"Afortunadamente", piensan algunos optimistas irremediables, "están en ciernes las elecciones que, de eso, Franco, no sabía mucho". Las elecciones, sí, las elecciones. Corren rumores en los mentideros de la Villa y Corte de que andan los abogados del Estado, nuevo vector de propagandistas de la fe nacionalcatólica, buscando triquiñuelas para aplazarlas hasta enero o febrero. Conociendo el talante de los neofranquistas, Palinuro preguntaría de qué siglo. Que tampoco es preciso echar mano de la fantasía. Imagínese que sucede algo en Cataluña que justifique, aunquen sea por los pelos, una situación de excepción. Lo primero que se pedirá aplazar sine die serán las elecciones, quizá con el apoyo de los dos partidos dinásticos. 
 
Encima podrían echar la culpa a los catalanes.

(La imagen es una foto de La Moncloa en el dominio público).

La parábola de Mayor Dundee

En Mayor Dundee (Sam Peckinpah, 1965), el comandante unionista Amos Dundee (Charlton Heston) decide salir de expedición y cruzar sin permiso la frontera con México para dar caza a una banda de apaches dirigidos por Sierra Charriba (Michael Pate). Como tiene pocos hombres, enrola a la fuerza a un puñado de prisioneros confederados dirigidos por el capitán Benjamin Tyreen (Richard Harris), antaño  gran amigo de Dundee y hoy su jurado enemigo, a muerte. Los dos sellan un pacto según el cual unirán sus fuerzas contra el enemigo común, Charriba, hasta atraparlo o acabar con él. Después, volverán a enfrentarse a muerte. Acaban con el apache. Lo que sucede luego no hace aquí al caso porque esto es una parábola y no un spoiler.

Bonita historia, ¿verdad? Y llena de enseñanzas.

divendres, 12 de desembre del 2014

Catalanes: habla el Rey.


Hace unos días, en una reunión de alcaldes del PP en Barcelona, Rajoy anunció su propósito de aumentar la presencia del Estado en Cataluña. Preguntaba el quisquilloso Palinuro qué quería decir esto. Empieza a estar claro. Ayer, el Rey, el jefe de ese Estado, se desplazó a Barcelona, a recibir la medalla de oro de la patronal catalana, Foment del Treball Nacional, la organización empresarial más antigua de Europa, a la que la prensa nacional llama "Fomento del Trabajo", ignorando ese "nacional" que, viniendo de Cataluña, es sospechoso. Acudieron al acto 160 empresarios catalanes, otros peces gordos de la patronal y varios políticos, mayormente de CiU. Acompañaba al Rey, que habló en español y catalán, el ministro del Interior a fin, sin duda, de hacer presente el Estado en sus dos más visibles atributos, la majestad y el garrote, para que nadie se llame a engaño. Speak softly and carry a big stick recomendaba el primer Rossevelt, Theodore, el rough rider. Y ese sabio consejo rige aquí. Suaves palabras y un buen garrote en forma de Ley de Seguridad Ciudadana, más conocida como Ley Mordaza, recién aprobada en esa cámara de silencios y aplausos llamada Congreso de los diputados.

Por cuanto se ve, el nuevo Rey viene a ser una especie de mandado o chico de los recados del presidente del gobierno. Este se lo llevó a México, a ese pintoresco guateque de la Cumbre Iberoamericana en Veracruz en donde, como siempre, lo más noticioso son los países que no asisten. En esa cumbre y en una reunión de empresarios, el Rey recitó de coro el discurso triunfalista del gobierno: España está saliendo de la crisis, crece más que nadie, tira de Europa y es un sitio fantástico para invertir porque los costes laborales unitarios son muy razonables; vulgo: porque los salarios están por los suelos.

Superada con éxito la prueba, Felipe VI, el Estado, recibió el encargo de aparecer en Cataluña en todo su esplendor ante una escogida representación de los suyos. A decirles ¿qué? Otra vez el discurso del gobierno: estamos mejor juntos, Cataluña es grande cuando España es grande, la Constitución, marco de concordia fraternal y garantía del Estado de derecho que reconoce a morir la singularidad catalana, aunque a veces hayan podido cometerse errores puntuales, errar es humano, que serán corregidos sin duda con garantías de éxito. Apuntalaba la remozada doctrina nacional española el presidente de la patronal catalana, Joaquim Gay de Montellá, pidiendo diálogo, negociación y pacto. ¿A quién? ¿Al Rey? No. Al pobre Artur Mas que estaba allí junto a  un par de conmilitones, todos con las orejas gachas pensando que eso es exactamente lo que les piden a ellos los soberanistas catalanes que, por cierto, con eso de que suelen ser republicanos, no estaban allí a recibir la ducha de esencias patrias nacional-españolas.
 
Desde otro punto de la geografía hispana, Rajoy inauguraba la nueva campaña de comunicación de La Moncloa, ya enfilando el año electoral, o campaña de Propaganda 2.0. Lo hace con gran habilidad dialéctica y trémolos poéticos, como si hubieran cambiado a Arriola por Manuel José Quintana. No es que estemos saliendo de la crisis, no. Es que la crisis ya es historia. Los brotes verdes son ya gigantescs baobabs.  Y, como le han dicho que el juego de las macrocifras no engaña ni a las figuras del museo de cera, asegura que las familias detectan ya la mejora en sus nóminas, bolsillos, mesas y fiestas de cumpleaños. No basta con mentir de lejos; hay que mentir de cerca también. Hay que probar a la gente que ve lo que no ve y tiene lo que no tiene. Lo complementa ese inenarrable presidente de Madrid para quien el problema de los niños en su comunidad no es el hambre sino la obesidad. 
 
Por si acaso el personal se mosquea y piensa que la propaganda 2.0 es una tomadura de pelo, también habló a los catalanes el ocupante del sidecar del Rey, como catalán y ministro de la cachiporra, recordando a los empresarios que el gobierno tiene como interés primordial al progreso de Cataluña. Es un respiro porque este mismo ministro afirmaba hace días que una Cataluña independiente sería pasto de la delincuencia organizada y las mafias extranjeras, siendo obvio que es mucho mejor serlo de las nacionales. Cosa que no sucederá, gracias a la intercesión de varias Vírgenes que el ministro tiene condecoradas y a la aprobación ayer de la Ley Mordaza, una ley de seguridad ciudadana en el más recio espíritu de la Ley de Orden Público de la Dictadura.
 
Así se hace la patria, sin duda. Esta es la cara del Estado en Cataluña y, por cierto, en el resto de España. El Rey ha hablado y ha puesto en palabras los silencios de Rajoy.
 
Ahora le toca a Mas aclarar si se inclina por el acuerdo o pacto con el Estado o con el resto del soberanismo, singularmente Esquerra Republicana. La primera opción tropieza con el inconveniente de que es el propio Estado el que niega que haya terreno para el pacto. La segunda el de una posible subalternidad del nacionalismo burgués frente al republicano.
 
Por último: lo importante no es lo que se dijera en esa reunión de empresarios a repartirse premios. Lo importante es lo que hayan hablado después.

La fortuna y el arte.


La Fortuna es una diosa reiteradamente representada en la pintura. Aparece a veces alada, con los ojos vendados y todos los signos de la inconstancia y la incertidumbre. Es caprichosa e imprevisible. Puede darle por cualquier cosa. Por coleccionar obras de arte, por ejemplo, una dedicación que exige estar en posesión de una unorma fortuna, de ser un predilecto de la Fortuna. Es el caso de Juan Abelló, empresario y financiero de gran éxito que anduvo una temporada en negocios con Mario Conde, pero supo mantenerse a este lado de la ley. Y uno de los puntos más llamativos de su abigarrada biografía es el de ser poseedor de una colección de quinientas obras arte, generalmente pintura, de incalculable valor. Parece que en ello ha sido decisiva la influencia de su esposa, Anna Gamazo Hohenlohe.

En exposición en el CentroCentro del Ayuntamiento de Madrid hay 160 piezas de la colección y es una visita fascinante. Se trata de una muestra de coleccionismo en estado puro. La selección de las piezas no se ha hecho por razones temáticas, no es de paisajes, retratos o bodegones, ni de técnicas, aunque haya un cuantioso acopio de dibujos. La selección se ha hecho con un criterio puramente cronológico, con la intención de que se vea una o más muestras de todos los estilos y temas de la pintura desde el gótico internacional al arte de hoy, de Rothko o Bacon. Es un viaje a través de la pintura occidental de todos los países desde el siglo XV a hoy. No hay nada de pintura oriental y no europea salvo eso, algún Rothko. Un viaje por obras poco vistas porque pertenecen a una colección privada de alguien que ha tenido la fortuna de comprar obras de arte y el juicio y el gusto de escoger piezas representativas. Hay muchísimas ausencias, por descontado pero las presencias superan con mucho la mayor parte de las colecciones privadas.

La nacionalidad más representada, la española y dentro o al margen de esta, según cada cual lo considere, la catalana. Hay una Virgen lactante de Pedro Berruguete de transición del gótico al renacimiento fascinante u otra Virgen del silencio, de Luis de Morales, por quien Palinuro tiene especial debilidad. Hay mucho retrato de la realeza. Uno de Felipe II con la orden de la Jarretera, como Rey de inglaterra bastante sorprendente. Igualmente dos retratos de Carlos II y de Mariana de Neoburgo, de Jan van Kessel, el Mozo, medallones desde los que los retratados parecen mirar con tristeza el destino del imperio que no supieron gobernar. Otros dos retratos, de Felipe V y María Luisa de Saboya, de Jacinto Meléndez, inauguran la segunda parte de la representación, cuando la sobria etiqueta borgoñona fue sustituida por la pelucas empolvadas y los bordados rococó de la corte del Rey Sol.

La pintura italiana se reduce a unas cuantas vedute de Canaletto y Guardi y se vuelve luego al mundo goyesco, incluidos dos estupendos retratos de los consuegros de Goya. La colección se hace fuerte en el siglo XIX y el XX. Hay bastantes muestras de pintura catalana, Fortuny, Casas, Nonell, Rusiñol, Anglada Camarasa, etc, algunos vascos, valencianos. Hay impresionismo, con Bonnard o Degas, un notable Modigliani. Hay abundante cubismo, de Bracque a Maria Blanchard, Picassos, con muchos dibujos, expresionismo alemán, con algún dibujo de Grosz, etc, culminando el viaje con un par de trípticos de Bacon que lo dejan a uno, como dicen los chavales, flipándolo en colores, los rojos y los cobaltos de Bacon.

dijous, 11 de desembre del 2014

El dinero, los vivos y los muertos.




I.
En el "Exódo" se narran diez plagas de Egipto. El Faraón cedió a la décima y dejó marchar al pueblo elegido. No fue necesario enviar la undécima que ya tenía Dios preparada y que, con las debidas actualizaciones, podría caer esta noche. Imagínese que mañana el mundo despertara para descubrir que el dinero, todo el dinero, todos los apuntes contables, balances, valores, cuentas, hubieran desaparecido. ¿Que pasaría? Probablemente en cosa de horas la sociedad volvería al estado hobbesiano de naturaleza. Todos contra todos y ley del más fuerte. Bueno, tampoco hace falta imaginarlo. Tenemos algún ejemplo histórico. Eso es lo que estuvo a punto de suceder en la República de Weimar entre 1921 y 1923, cuando el papel moneda dejó de tener valor y fue necesario sustituirlo por otro respaldado no por oro sino por el propio suelo alemán, en una hipoteca nacional que impuso la República. A la hiperinflación achacan muchos el ascenso del nazismo y otros esa especie de obsesión antiinflacionaria alemana que preside toda la arquitectura financiera de la eurozona, le función del Banco Central Europeo y las políticas de austeridad a rajatabla.

Es el dinero, misterio entre los misterios. Sin él, el mundo no funciona porque es el único medio universalmente aceptado para realizar las transacciones, el único medio que permite comparar valores distintos, tan distintos que no admiten ninguna otra comparación. Y esos valores ¿cómo se miden? En dinero, precisamente. Parece absurdo que el valor de lo que se equipara lo determine el que equipara y no las partes, pero es como funciona el sistema. Bastante mal, por cierto, pero su defensa suele ser que no hay otro mejor. El dinero está en la base de todos los comportamientos. Cuando abunda, todo lo esconde, lo confunde. Las bocas que se abren se tapan con dinero y nadie protesta. Cuando escasea o falta, todo se explica. Las bocas y los ojos se abren y comienza a evidenciarse que el problema no es que no haya dinero sino que está mal distribuido.
 
Entran aquí en escena los papas y los reyes, las figuras más aficionadas a soltar sermones sobre la necesidad de redistribuir la riqueza por unas u otras siempre muy excelsas razones. Pasada la palabrería, la gente percibe de modo inmediato que la mala distribución de la riqueza se debe al funcionamiento de un mecanismo inherente al dinero, el de acumulación. El dinero, el valor, son relaciones, no substancias. El capital tiende a acumularse o a perecer. Si está condenado a hundirse en una crisis indefectiblemente o se regenera después de cada crisis mediante mecanismos de destrucción creativa, como decía Schumpeter, son futuribles. De momento está y está en crisis, lo cual obliga a tomar medidas económicas y políticas drásticas que se amparan en reformas jurídicas capaces de garantizar la supervivencia del sistema si en la aplicación de aquellas pasa por turbulencias.

El elemento esencial de la acumulación capitalista, tanto en períodos de abundancia como de carestía, es la  corrupción. La corrupción es inherente al sistema capitalista. También lo era al comunista, pero eso no es ahora un consuelo. La teoría del libre mercado presume la existencia de agentes económicos angélicos, respetuosos con el juego limpio. Si acaso cayeran en malignas tentaciones, se cuenta con un ordenamiento jurídico cuya intervención represiva tiene que ser, al mismo tiempo, eficaz y tan mínima que mejor fuera inexistente. En el mundo ideal de estos relatos son los mecanismos del mercado los que impedirán la competencia desleal. Por la misma razón por la que los burros vuelan.

II.

La única diferencia entre la corrupción de la abundancia y la de la escasez es su publicidad. En épocas de prosperidad hay una especie de equilibrio de Pareto, nadie queda perjudicado, aunque otros acumulen y no trae cuenta denunciar la corrupción. En épocas de escasez, la corrupción se hace más descarnada y suscita mayor rechazo social. Las diferencias de ingresos que en España son abismales indignan al público y encienden los ánimos. ¿Qué otra razón cabe esperar cuando la gente ve cómo señoras y señores con salarios de 10.000 y 20.000€ al mes establecen un salario mínimo de 645,30€ también al mes para los demás?

La gente indignada denuncia. Las denuncias se exponen en los medios. A pesar de una labor denodada de obstrucionismo del gobierno y su partido, los tribunales actúan sobre las denuncias, se abren diligencias, procesos y el país descubre estupefacto que la corrupción es estructural, que afecta al conjunto del sistema político, muy especialmente al partido del gobierno configurado como una presunta sociación de malhechores, y que se extiende a otros sectores sociales, profesionales, empresariales, financieros y de la casa real. La corrupción es sistémica. Durante veinte años, allí donde ha gobernado el PP, ha puesto en marcha una política de saqueo y expolio de lo público que finalmente ha terminado en una orgía de privatizaciones, festoneadas de todo tipo de delitos.

Visto lo visto, el gobierno de Rajoy, con una ministra destituida por su implicación en la corrupción, sostenido por el partido al que el juez hace el mismo reproche que a la ministra dimisionaria y con un presidente él mismo acusado de haber recibido sobresueldos en negro decide recuperar la iniciativa en la lucha contra la corrrupción y presenta su producto más relevante: el portal de la transparencia al que ya la prensa está sacándole los defectos y faltas y el PSOE rechaza porque no contiene las declaraciones de bienes. Muchas de estas cosas se corregirán; otras, no, claro. Pero lo esencial aquí no es si el portal sirve o no, sino qué tipo de información contiene. ¿Trae los sobresueldos? ¿Las malversaciones? ¿Las sobrevaloraciones de costes? ¿Las múltiples formas de corrupción que se dan hasta hoy mismo, las mordidas, las comisiones? Por supuesto que no. Entonces, esta transparencia ¿qué transparenta? No los hechos, sino lo que se va a hacer a partir de ahora. Es decir, es una propuesta de borrón y cuenta nueva presentada por los responsables y beneficiarios del borrón. De risa.

Para que esta escenificación, carísima, seguro, tuviera crédito, debería ir precedida de la dimisión de los responsables de este deplorable estado de cosas, empezando por Rajoy y todos los directa e indirectamente salpicados por la Gürtel, desde Arenas a Cospedal, pasando por Aguirre. Están todos quemados. Y la prueba de que lo están es que el mismo gobierno y partido que presentan ufanos el Portal de la Transparencia son los que impiden que haya una comisión de investigación sobre la gigantesca estafa de Bankia, en la que bien parece que están todos pringados hasta las cejas.  
 
Los dos partidos dinásticos también excluyen de la transparencia las cuentas de la Casa Real. Teniendo en cuenta que el Portal tampoco dará información sobre los 11.000 millones de euros que recibe la Iglesia en transferencia directa y otros tantos por vía indirecta, la verdad es que lo de la transpaerencia es una burla, una especie de juego de trileros. Lógico. Las épocas de corrupción son ricas en vividores, logreros, gentes hábiles para medrar en situaciones dífíciles, siempre al filo de la legalidad y con una capacidad notable de maniobra porque o tienen contacto directo con el poder político o ellos mismos son ese poder político.

III.

La corrupción es actividad propia de vivos, de vivales que, en el caso de España se hace sobre un trasfondo terrible de muertos, de asesinados y enterrados en cualquier parte a lo largo y ancho de la geografía del país. El dato, frecuentemente repetido, de que seamos el segundo país después de Camboya en número de fosas anónimas permite decir que los españoles vivimos literalmente pìsando sobre nuestros muertos. Bueno, sobre los muertos de una parte de nosotros, que preferiríamos no pisarlos, porque a la otra no le importa hacerlo. El país de la corrupción, el reino de los vivos, está edificado sobre el de los muertos y no en el sentido simbólico de la sucesión de las generaciones como las hojas de los árboles, que dice Homero, sino en el más trágico y brutal de que hollamos las sepulturas de quienes están esperando una justicia que nosotros les negamos.

Ayer culminó el Congreso su villanía de dar por abrumadora mayoría la espalda a las víctimes del franquismo. La transición se edificó sobre una ley de amnistía que era de punto final y ahora se camina hacia una especie de ley del olvido. Los muertos, que se habían levantado como espectros judiciales en la Argentina, deben volver a sus fosas y muladares y abandonar toda esperanza. Los vivos están muy ocupados haciendo dinero, a lo que ahora llaman salir de la crisis. El PP ya ha dicho que no piensa retomar la tímida ley de la Memoria Histórica del PSOE ni resarcir a las víctimas del franquismo. No nos hace falta, dice la derecha, una "comisión de la verdad" . Las democracias no tienen "verdades oficiales", dice el senador del PP Muñoz Alonso. Es cierto. La verdad oficial del franquismo la fabricó el propio franquismo, según la cual en las cunetas no hay nadie asesinado y enterrado y tal es la verdad, la única verdad, que la democracia ha heredado. Que eso lo piense Muñoz Alonso, heredero ideológico y defensor de aquella tiranía y lo justifique citando a Orwell es lógico. Que lo piense el PSOE, no.

dimecres, 10 de desembre del 2014

Las cosas de dentro.

Bueno, sin alharacas, sin ponernos estupendos ni darnos pote, de modo claro, directo y sencillo, hoy Palinuro tuvo un encuentro con el personal de administración y servicios (o sea, PAS) de su facultad. No estaba programado, no respondía a ninguna convocatoria, no lo había previsto nadie y, menos que nadie, él. Cuando me lo contó después todavía estaba emocionado.

- Fíjate -me dijo-. No estaba planeado, fuera del hecho, naturalmente, de que l@s participantes se habían puesto de acuerdo para coincidir en un sitio y a una hora determinados. Pero nadie me había prevenido´...

- Vale -le dije, viendo que no se le pasaba la emoción-. Tranquilízate, hombre. Eres un antiguo. Las cosas en el siglo XXI se hacen así...

-Ya, ya. No creas que, por venir de Troya, soy tan ignorante. Pero estarás de acuerdo en que toca un punto por dentro el hecho de que la gente que ves todos los días, con la que trabajas a diario, que tiene sus obligaciones, tareas y preocupaciones como tú tienes las tuyas, de pronto decida parar un instante y hacerte ver que, en contra de lo habitual en este perro mundo, sabe quién eres, te considera, te aprecia y te lo prueba.

- Bueno -respondí, viendo que se iba por las nubes, porque este piloto es un poco soñador excéntrico- eso te pasa a ti con ell@s.

- Claro -me contestó-. Pero eso lo sabemos tú y yo. Y raramente se te presentará la ocasión de hacérselo sentir... salvo que sean ell@s quienes tomen la iniciativa. De lo contrario, todo discurre como está administrativamente previsto. No eres tú quien decide lo que vales; son los demás. Y no hay duda alguna de que, si dan el paso y abren la vía, eso es una experiencia privilegiada.

- Pero hombre -le hice ver- que estás en una facultad de Políticas y Sociología sobre la que revolotea el espíritu de Max Weber, como el fantasma de Canterville, agarrado a sus cadenas del mundo legal-racional.

- Pues, por eso, por eso. Parece mentira que, tan listo como te crees, no hayas visto  que nada puede ese mandato legal-racional si no tiene una substrato sentimental. Los funcionarios y asimilados vivimos en un mundo de normas, reglas, códigos, claves, formas y reglamentos. Al extremo de que a veces nos miramos en el espejo y lo que vemos es un expediente. Pero de vez en cuando, como hoy, el corazón rompe los diques de la razón y muestra su señorío. Y es entonces cuando uno descubre que el sentido de la vida humana va por dentro.
 
Muchas gracias, Merche, Lola, María, Salva, Blanco, Isabel, Carmina, Mila y Nuria.

El gobierno, contra los jueces.

Y van tres. Primero fue Garzón, condenado por prevaricación y apartado de la carrera judicial por su forma de instruir el caso Gürtel. Luego fue el turno del juez Silva, igualmente inhabilitado por su forma de instruir el caso Bankia. Ahora le toca al juez Ruz por el caso Gürtel de nuevo y el de Bárcenas. No se le reprocha ilicitud alguna, pero se le aparta de hecho del caso con un pretexto puramente formal, legalista, contra todo sentido de funcionamiento racional de la administración de justicia y envuelto en explicaciones torticeras y engañosas. Mañana puede ser el juez Castro, instructor del caso Urdangarin y según lo que decida en cuanto a la infanta Cristina.
Ocuparse de los casos en los que el gobierno y su partido tienen un interés directo es una línea de peligro para los jueces. Aunque no para todos sino solamente para los independientes que proceden según criterio propio y no según órdenes de arriba o intereses extrajudiciales. Aquellos otros que exoneran a acusados a quienes tienen que volver a encausar, los que tratan a los corruptos con miramientos y privilegios, dan carpetazo a las causas o favorecen los indultos de los condenados, no padecen problema ni persecución ninguna.

La injerencia del poder político en la justicia es escandalosa. No solamente visible en el modo en que el gobierno y su partido ha poblado de militantes y simpatizantes puestos claves de la magistratura, del Tribunal Constitucional o del Consejo General del Poder Judicial sino en la forma beligerante en que arremeten contra los jueces incómodos e independientes. Se les busca las vueltas como sea, aprovechando las circunstancias que sean y, entre tanto, se los vapulea en los medios a cargo de tertulianos afines o también militantes, generalmente pagados con dineros públicos.

Todo el mundo sabe que no se respeta la independencia judicial y que el gobierno y su partido presionan a los jueces y los persiguen cuando no se doblegan. De los fiscales no es preciso ni hablar. Es lógico que se sepa porque es exactamente el fin deseado por el gobierno: que se sepa. Si un juez se pone escrupuloso, investiga en serio la corrupción y señala a los responsables en el gobierno y en el partido y al partido mismo como tal, se sabe que, probablemente, tenga los días contados como juez. Los escarmientos tienen un efecto paralizador sobre la voluntad del resto de la judicatura de cumplir con su deber de independencia. Para ello deben ser públicos y debe saberse, cuando menos intuirse, quién los ha impuesto. Basta con la sospecha: si te enfrentas al Príncipe, este, como Herodías, pedirá tu cabeza, juececillo.
Al mismo tiempo, el gobierno, su partido y su aparato de propaganda hablan sin parar de respeto a la ley, a la labor judicial, a la exquisita separación de poderes, a la legalidad escrupulosa de la acción del gobierno, a la transparencia, al principio de inocencia y al resto de piezas que componen ese delicado equilibrio del Estado democrático de derecho. Lo de social, que incluye la aclamada Constitución vigente, lo dejo fuera por pertenecer al reino de la fábula.

La conversión de la justicia en justicia del Príncipe, al servicio del poderoso, y en contra del débil destruye el fundamento mismo del Estado de derecho y la democracia que los gobernantes  dicen defender. Lo dicen y también sin mucha convicción porque no les hace falta. Que Cospedal salga por la televisión afirmando que el PP es el partido que más ha hecho contra la corrupción no puede refutarse en el terreno empírico de los hechos porque la buena señora se  obstina en asegurar que son lo contrario de ellos mismos con la misma cómica seguridad con que el Sombrerero Loco explica a Alicia que allí no se celebra una fiesta de cumpleaños sino de no-cumpleaños.

Paralizar el proceso de la Gürtel hasta después de las elecciones, como interesa al gobierno y su partido, presupone la idea de que, de aquí al día de la votación, la gente se olvidará de la corrupción y del hecho verdaderamente escandaloso de que sean sus responsables quienes le soliciten el voto. Suena absurdo, ¿verdad? Pero también suena absurdo que alguna vez haya podido oírse el grito de ¡vivan las caenas! Y se oyó. Él y alguna variante todavía más aleccionadora sobre la mentalidad del pueblo español como el de ¡Vivan las caenas y muera la Nación!