dissabte, 11 d’agost del 2012

Esperando el rescajoy.

Escondido en algún lugar de su frondosa Galicia natal, Mariano Rajoy,cuya cobardía deja chica su capacidad para mentir, aguarda que escampe la tormenta de verano sobre la Gran Nación que, gracias a él, vuelve a exportar mano de obra barata (esta vez cualificada) y a recibir ayudas humanitarias en forma de alimentos para paliar el hambre como en los tiempos del franquismo.
Vivir de la caridad ajena no es lo único que emparenta este gobierno con la dictadura del genocida Franco. También lo hace la política educativa del pedante meapilas Wert; el palo y tentetieso del francopusdeísta Fernández Díaz; la misoginia del repelente niño Vicente Gallardón; el analfabetismo multifuncional de Ana Mato; el patrioterismo gibraltareño del neofalangista García Margallo; la garrapatería de Montoro el socaliñas; la insultante holgazanería de la gandula Báñez, etc, etc.
Pero, al menos, Franco daba la cara, no se escondía, estaba siempre localizable y no disimulaba. De Rajoy, en cambio, nunca se sabe en dónde está, jamás da la cara y hace que la den esas lumbreras que tiene por ministros, manteniéndose él calladito o mandando decir que está muy ocupado pensando en los problemas de España.
Los problemas de España a este buen hombre le traen sin cuidado. Su jerarquía es muy otra. En primer lugar están él y sus posibilidades de mantenerse en el cargo; en segundo, su partido que hubiera conquistado Andalucía de no haber tenido que ocultar el presupuesto; en tercero la selección española de fútbol, también llamada lamentablemente "la Roja"; en cuarto el vino de Albariño; en quinto los percebes das Rías Baixas...etc, etc. y en nonagésimo nono lugar, España.
Ahora, escondido todo lo que puede y jugando al mus y otros deportes de riesgo, Rajoy trata de ver si el rescate pasa de largo y le permite regresar a Madrid como si hubiera ido a Fátima, a quedarse como está. Pero eso es difícil porque, como siempre, este insoportable fracaso de presidente no ha calculado los presupuestos y consecuencias de sus actos, no porque no sepa calcular sino porque su abulia mental no le deja hacerlo. ¿Cómo iba él a suponer, santo apóstol Santiago, que el malvado Monti le jugaría la perversa treta de pedir un rescate a dos por entender que será más liviano para ambos?
Pero con eso condena el italiano al gallego a la dimisión en cumplimiento del último deseo alemán, enunciado por Der Spiegel: si hay rescate, Rajoy dimisión.
¿Se acuerda el amable lector de cuando la prima de riesgo se llamaba "Rodríguez Zapatero" según esa ratita hacendosa de Sáenz de Santamaría? ¿Quién iba decir que sólo unos meses después no ya la prima de riesgo sino el rescate mismo se llamaría Rajoy; o sea, Rescajoy?
(La imagen es una foto de La Moncloa en el dominio público).

El silencio de los lobos.

Lo nuevo y lo viejo se mezclan en los recientes acontecimientos de Andalucía. Los hombres del SAT confiscando víveres en Mercadona con el acuerdo y el aplauso de Sánchez Gordillo, escenifican una versión nueva de la vieja desobediencia civil. Los jornaleros, seguramente también del SAT, ocupando pacíficamente una finca sin cultivar del ejército y la posterior intervención de la guardia civil desalojándolos no menos pacíficamente es también desobediencia también pero con un fuerte deje del viejo espartaquismo agrario andaluz.
Casi todo lo que se vive hoy muestra esta amalgama entre lo viejo y lo nuevo. Probablemente pasa siempre. Los cambios casi nunca son de la noche a la mañana, sino de carácter paulatino, con periodos de transformaciones más o menos marcadas. En realidad, la realidad es esencialmente cambiante. Quien crea haber llegado a un punto de estabilidad, inamovilidad, permanencia está en un grave error. Si, por creer asegurada su permanencia, ese quien descuida las tareas de la defensa, el error se convierte indefectiblemente en catástrofe.
Eso ha pasado con los defensores del Estado del bienestar. A fuerza de teorizarlo, acabaron por creer sus propias doctrinas, entre ellas la de que esa forma de Estado era irreversible porque había consagrado su estructura realizando la tercera oleada de derechos de Marshall, los derechos sociales y económicos, incrustándolos en las Constituciones. La idea era que la protección jurídica blindaba el Estado del bienestar frente a eventuales ataques desde dentro. Como si las Constituciones no se pudieran reformar para que digan lo contrario de lo que venían diciendo. En algunos casos no es necesario ni reformarlas. La mutación constitucional se hace por vía de interpretación gracias a la cual, si es ingeniosa, se acaba entendiendo que en donde dice "blanco", en realidad quiere decir "negro".
De "Estado social y democrático de derecho" habla nuestra Constitución en el entendimiento de que se trata de la forma superior, perdurable, segura de Estado. El estado del bienestar, en su forma abreviada, es irreversible. Una vez conocedores de sus derechos, los ciudadanos ya no permitirán que se les nieguen. Todos sostienen querer lo mejor para esta forma de Estado, hasta quienes se proponen acabar con él. Estos no declaran de antemano sus intenciones pues, dicen, sus reformas, recortes, ajustes, solo pretenden fortalecerlo, al modo en que la medicina medieval utilizaba las sanguijuelas para sangrar a los pacientes a fin de robustecerlos.
Irreversible no hay nada en la vida excepto la muerte. Todo lo demás, por eterno que se crea, puede avanzar, retroceder, quedarse en donde está, sobrevivir o perecer, dependiendo siempre de la acción de los hombres. Si estos no estan prestos a defender sus conquistas frente a los inevitables ataques sino que las dan por descontadas, las perderán y pueden encontrarse como nos encontramos hoy, luchando por la contratación colectiva (que el gobierno ha aniquilado de hecho), por los derechos de los trabajadores, la jornada de ocho horas (ya una quimera en casi todas partes en donde se trabaja mucho más), por las vacaciones pagadas, la seguridad social, la jubilación y las pensiones. Prácticamente como a comienzos del siglo XX, cuando unos empresarios todopoderosos imponían condiciones leoninas a los trabajadores. Y más. Parece que en España no hay trabajo infantil (y digo parece pues no estoy seguro) pero hay empresas españolas deslocalizadas que se valen de mano de obra infantil en otros países. Sería un error pensar que ese delito no nos afecta.
Esta es la situación que la desobediencia civil de Sánchez Gordillo ha puesto en evidencia. Y de inmediato se ha montado un enorme guirigay en el campo de la derecha mediática que ha echado mano de los viejos fantasmas para asustar a sus huestes y prepararlas para la acción. Unas buenas dosis de "comunistas saquean supermercados" y quizá ya se tenga a las bases preparadas para lo que haga falta. En estos días se oye toda suerte de barbaridades dictadas por el nerviosismo.Todavía no he leído que algún cortesano oficioso haya recordado al Rey el trágico destino de la dinastía Romanov en Ekaterinburg a manos de los bolcheviques. Pero hay relatos que se acercan: la marea roja, las hordas comunistas...
Este pandemónium por unos carros de comida de Mercadona y una finca en barbecho del ejército contrasta con el silencio reverencial del establecimiento mediático respecto a las ingentes trapisondas de mangantes que tienen montadas los bancos con ayuda de los gobiernos y las instituciones europeas así como el FMI, perejil de todas las salsas desagradables. Un frente que conspira contra el bienestar de los pueblos. El lujo, la ostentación, el despilfarro, las actividades delictivas de enriquecimiento, la corrupción contrastan cruelmente con las decenas de miles de desahucios, los cientos de miles que dependen de unos 400 euros que ahora pueden volar. Y ante ese contraste, ¿quién no siente indignación?
Otros silencios están resultando también muy llamativos. El primero de todos, el de la iglesia. Ni una palabra -no digo ya hecho- sobre el aumento de la injusticia social, el paro, el empobrecimiento de la gente, la estafa, el aumento de la explotación y la opresión. Si acaso, los obispos atribuyen la crisis a cosas tan genéricas como el haber perdido de vista a Dios, vivir en el relativismo más absoluto y dejarse dominar por la codicia. Es decir, nada. Y nada ha de ser porque la iglesia es la gran beneficiaria de la crisis, tanto en el plano económico, ya que no se merman ni tanto así sus cuantiosos ingresos como en el teológico-moral, pues se le entrega de nuevo la educación de los nin@s, la santidad del matrimonio heterosexual y, con un poco de suerte, también la indisolubilidad del vínculo. En cuanto al aborto, camino llevan de suprimirlo de cuajo en nombre de la modernidad y el progresismo.
Silencio también de los cuarteles de Aguirre en Madrid y Cospedal en Castilla-La Mancha, ambas gárrulas de ordinario y con bastante veneno en la lengua. Posiblemente las dos, dotadas de un notable sentido intuitivo de la política, piensen que el gobierno está metiéndose en laberinto en donde no parecen entusiasmadas en acompañarlo. Amenazado en el exterior por un ultimátum financiero de la UE y en el interior por un generalizado descontento, Rajoy puede tener los días contados, en cuyo caso se abrirá la intersante cuestión de la sucesión en la presidencia. A veces el silencio de los lobos presagia que están a punto de empezar a dentelladas entre ellos.
(La imagen es una ilustración de Georg Grosz titulada los pilares de la sociedad, de 1926. Obsérvese el nudo de la corbata del hombre del sable en primer término).

divendres, 10 d’agost del 2012

Gordillo y la desobediencia civil.

Juan Manuel Sánchez Gordillo anuncia que habrá más acciones de desobediencia y, en concreto, planea ocupaciones de bancos. Es justo lo que decía en su entrada de ayer Palinuro, que a un acto de desbediencia civil seguirá otro, y otro; y si faltan Gordillos, otros Gordillos seguirán su ejemplo. Es la ventaja que tiene la desobediencia civil pacífica. Cuanto más se cebe el Estado en la represión, cuantos más policías, fiscales, jueces y mazmorras utilice, si la desobediencia ha prendido, nada podrá detenerla porque su fundamento y su motor es un principio moral que nadie, ni los que reprimen ni sus esbirros, se atreven a negar: que no es justo que el gobierno proteja a los ladrones de guante blanco y persiga a los trabajadores y parados cuando hurtan alimentos para que los hambrientos coman. Además de injusto es estúpido pues la desobediencia civil producto de una conciencia crítica, es inexpugnable y capaz de los mayores logros.
A primeros del siglo XX nadie daba un ochavo por la suerte del Mahatma Gandhi. ¿Cómo iba a desafiar -y aun más difícil- vencer un escuálido joven abogaducho hindú al poderoso Imperio británico? ¿Cómo iba aquel abogaducho a conseguir la independencia de un subcontinente frente al imperio sin recurrir a las armas ni la violencia? Gracias a la Satyagraha, la doctrina de la no violencia, la resistencia pasiva, la desobediencia civil que Gandhi había estudiado concienzudamente en sus dos máximos exponentes hasta entonces, Henry David Thoreau y Leon Tolstoy.
¿Cómo podrá un alcalduelo de tres al cuarto, medio visionario, populista, algo tocado, de imposible clasificación en los usos políticos civilizados, resolver la complicada y pavorosa crisis que nos azota¿ ¿Cómo conseguirá este pintoresco personaje al que los señoritos del gobierno miraban con desdén hasta que empezaron a verlo con pavor, restablecer la justicia de forma que se restituya al pueblo sus derechos y sus medios de vida, arrebatados por unos políticos corruptos literalmente a sueldo del capital?
Muy sencillo, mediante la desobediencia civil, la resistencia pasiva, algo cuya superioridad moral ignora el ministro del Interior, que será muy del Opus, pero no sabe distinguir el bien del mal. Quizá por eso se apresta a tipificarla como delito, exactamente igual que hace 2.000 años los Fernández Díaz de Galilea condenaban a Jesús y liberaban a Barrabás  que hoy podría llamarse Rato, Botín, etc. Esa evidente superioridad moral de la desobediencia civil, ya se sabe, saca de quicio a Esperanza Aguirre quien, a diferencia de Fernández Díaz, tiene la inteligencia suficiente para intuirla, pero no la entereza ni la honradez de reconocerla.
Sin embargo es muy sencilla y Gordillo lo muestra en toda su simpleza: basta con quebrantar pacífica y públicamente una norma no en beneficio propio sino para denunciar una situación injusta, inhumana, cruel y no rehuir luego el castigo que ese quebrantamiento suponga. Es cosa de regirse por la conciencia y no por el bolsillo, como hace la derecha. Y, en efecto, ahí está Gordillo, esperando que vayan a buscarlo porque, como dice él, es el hombre más localizado de España. Que luego declare o no en los juzgados que lo citan es otra cuestión que el alcalde de Marinaleda consultará con su sindicato. Y hace bien. Hasta esa declaración puede convertirse en un episodio más de su lucha por la justicia.
Una lucha que no es improvisada sino fruto de una reflexión cierta. Gordillo señala de modo rotundo a los responsables de la crisis, los Rato, los Botín en España y denuncia que, en lugar de perseguirlos, el gobierno los protege, ampara e indulta porque es su cómplice. Denuncia que la crisis es una estafa y una excusa para desmantelar el Estado del bienestar, arrebatar sus derechos a los trabajadores y oprimir (más) a las mujeres. Algo que todos pensamos (incluidos quienes así actúan), muy pocos decimos o escribimos y casi nadie cuestiona mediante la acción, como él.
Gordillo es el enemigo público número uno de las clases dominantes, los banqueros que estafan octogenarios; los grandes empresarios que esclavizan la mano de obra; los curas que viven como tales a base de engañar a la gente; los gobernantes lacayos que legislan lo que les ordenan sus amos; los periodistas e intelectuales que difaman y calumnian a quienes luchan por sus derechos. Es un combate muy serio, en el que estamos todos involucrados y, a pesar de todo, Gordillo, que tiene un atisbo de retranca socrática muestra un raro ingenio cuando pone en ridículo al presidente del gobierno quien, entre sus insufribles farfulleos, suele decir que no le gusta lo que hace, pero que no tiene otro remedio. Los mismo afirma Gordillo.
(La imagen es una foto de Audiovisuales Acampadazgz, bajo licencia Creative Commons).

El orden nace de la justicia.

Por supuesto también puede nacer de las bayonetas o de las pelotas de goma de los antidisturbios, pero será un orden injusto y, por tanto, ilegítimo, que negará sus derechos a los ciudadanos. Un orden mecánico, impuesto, no basado en el libre consentimiento de la ciudadanía.
A estas alturas de la crisis, cuando parece que nos precipitamos en otra peor en parte a causa de las medidas que estamos tomando, hay una conciencia generalizada en el país de que vivimos en una sociedad convulsa, indignada, en estado de movilización prácticamente permanente. Esto se ve bien en Madrid: se van los mineros y se quedan los funcionarios, aparecen los parados y vuelven los funcionarios y salta luego la chispa y prende en Andalucía, una región o nacionalidad en la que existe una tradición de radicalismo político, reprimida en tiempos de Franco con la máxima dureza y crueldad. La movilización de la derecha en contra del acto de Mercadona es excesiva y demuestra mala conciencia con Andalucía, en donde se fusiló la gente a cientos y se coronó con lo asesinatos de Blas Infante y de García Lorca.
Sin embargo, según se deduce de las muy reiteradas manifestaciones de Gordillo, de lo que se trata es de llamar la atención acerca de una situación en el límite, en la que la gente ya pasa hambre y el gobierno continua imponiendo sacrificios y negando derechos. La intención de la derecha es tratar el asunto como de orden público y de procesar a los responsables, amparada en la mayoría absoluta del gobierno y la legalidad vigente. La situación se dirimirá en los tribunales. Pero eso no impedirá que Sánchez Gordillo realice otro acto de desobediencia civil, y otro y otro en otros ámbitos sociales. Y, si Gordillo falta, probablemente habrá otros Gordillos. Cuando las iniquidades del gobierno no dejan margen y prevalece la desobediencia civil, las cosas tienen difícil arreglo.
La insistencia en que la legitimidad del gobierno se basa en la voluntad de la gente, traducida en su mayoría parlamentaria, pretende ignorar que esa misma mayoría parlamentaria convierte al Parlamento en algo irrelevante. Bien claro ha quedado en los ocho meses de gobierno que este poco menos que lo ignora.
Es un parlamento prácticamente maniatado frente a un gobierno que no rinde cuentas de sus actos y que ha hecho todo lo contrario de lo que prometió en el discurso de investidura del candidato a la presidencia. Como era de esperar, parte de la oposición se traslada a la calle y puede tomar estas formas de desobediencia civil, muy difíciles de manejar en un contexto de libertades y garantías constitucionales. 
Muy difíciles, sobre todo, porque el orden que cuestionan con sacrificio de su libertad, es injusto. Es patente que el gobierno ha distribuido los costes de la crisis de modo tremendamente desigual. No ha tocado los intereses de los sectores privilegiados, la iglesia, los bancos, las grandes fortunas, las mayores empresas; al contrario, ha amnistiado a los grandes defraudadores; en cambio ha entrado a saco en los de las clases populares, trabajadores, parados, dependientes, jubilados, de la inmensa mayoría. 
En la época de los medios de comunicación e internet, esa situación de injusticia se visualiza todos los días. Por un lado se hace pública la pensión quer se autoasigna tal o cual cargo por haber llevado su banco a la quiebra o se cuantifican los millones que ha defraudado al erario público tal o cual presidente o alcalde, este o aquel otro ladrón de guante blanco y poderosas influencias; por otro se presencia un desahucio y se sabe que son miles los que se tramitan en todo el país o se debate incluso la posibilidad de eliminar un pago de 400 € al mes para los parados que hubieren agotado sus otras prestaciones, se ve a un ingeniero en paro pedir limosna por las calles o tal ayuntamiento pone candado a los contenedores de basura para que los pobres no puedan rebuscar en ellos.  Escuchar en ese momento que el salario de los altos cargos de las entidades intervenidas no podrá exceder de 300.000 € al año suena como un insulto para quienes tienen que luchar por 400€ al mes. Son esos cientos o miles de casos concretos de injusticia y abusos en todas partes los que producen un estado de indignación general que presta apoyo a los actos de Gordillo y los que vengan después.
Es el hartazgo con la injusticia, la contemplación de los abusos, la conciencia de la impunidad de que gozan los delincuentes, muchas veces amparados por las autoridades, la palmaria evidencia de que un gobierno indolente e irresponsable actúa sistemáticamente en pro de los privilegiados y en contra de la mayoría, que reduce sus posibilidades de vida por razones económicas y niega sus derechos por razones políticas los que están cebando una situación potencialmente explosiva de la que la desobediencia civil de Gordillo no es más que un síntoma o adelanto.
Por cierto, se piense lo que se piense respecto al alcalde de Marinaleda y sus motivaciones, nadie puede negar que este hombre ha sacudido la modorra de un país entero, ha puesto a ladrar furiosa a la jauría mediática de la derecha y ha confrontado a la sociedad con el hecho de que el orden social es profundamente injusto.
Si la única respuesta a este estado generalizado de ánimo e indignación la da ese ministro del Interior que parece directamente salido de la policía franquista, quiere decir que el orden injusto solo podrá mantenerse a base de pelotazos de goma de los antidisturbios, es decir, por la fuerza.
Y, si es por la fuerza, no veo razón alguna para criticar la de los jornaleros que más me parece legítima defensa frente a una agresión perpetrada por un gobierno tiránico que se escuda en una ley que él mismo incumple, tergiversa, defrauda y, cuando le parece, cambia a su antojo.

dijous, 9 d’agost del 2012

Todos contra Gordillo.

La previsible coincidencia de todas las fuerzas vivas pone de manifiesto la podredumbre de nuestra sociedad y su falta de entereza moral. El gobierno muestra la rapidez de reflejos, la decisión y la clarividencia para ponerse a perseguir al alcalde de Marinaleda que no tuvo ni tendrá cuando los supuestos delincuentes son otros, los Ratos, los Urdangarines, los Matas, las Munares, los Camps, etc. En estos casos, al reconocerse en los protagonistas de la peripecia, los gobernantes piden calma, serenidad, presunción de inocencia, protegen, impiden que comparezca en Parlamento, se niegan a investigar, paralizan las actuaciones y esperan que escampe, si es que no acusan directamente a la policía y los jueces de delinquir por perseguir a la gente bien.
No así con Sánchez Gordillo y sus jornaleros. Con estos el Estado es de una celeridad ejemplar. Bandas enteras de fiscales, policías y juces, azuzados por el ministro del Interior, que dice no "aspirar a la paz de los cementerios", como si fuera una concesión graciosa, y el de Justicia, ese hipócrita para quien reprimir a las mujeres es progresista, andan persiguiendo jornaleros por los campos de Andalucía. Su intención es mostrar contundencia y eficacia para tranquilizar a la derecha que, histérica con las visiones de las masas hambrientas asaltando sus posesiones y viviendas de lujo, exigen a gritos orden público, obediencia a la ley, castigo ejemplar a los culpables, no sea que la cosa vaya a mayores...
...Y si la cosa va a mayores, puede ponerse muy fea porque, como sabe todo el mundo, los verdaderos ladrones, los estafadores, los corruptos no están en los cortijos esperando trabajo ni compran en Mercadona: están en las grandes empresas, en los bancos, en los gobiernos, en los medios de comunicación, repletos de sectarios al servicio del capital hasta la deshonra. Y si la sociedad entera cae en la cuenta en que ha caído Sánchez Gordillo y actúa como él puede ser un disgusto para los defensores y directos beneficiarios de un sistema injusto que premia a uno, persigue y castiga a 100 y explota y oprime a todos.
El coro de los partidos políticos es también monocorde con alguna escasa excepción. Todos pìden castigo para los culpables. UPyD exige que se expediente a Gordillo, con la misma furia con que pide que se ilegalice a los de Bildu y todo cuanto pueda obstaculizar su sueño de que el país esté dirigido por una mujer tan carente de principios como de sinceridad. El PP, ya se sabe, a degüello con los culpables, todos a  la cárcel, ni un paso atrás, la sacrosanta defensa de la legalidad que es igual para todos... excepto para él que, como se ha visto con al Ley de la RTVE, cuando le molesta, la cambia. Pero para eso hay que ganar elecciones diciendo lo contrario de lo que se iba a hacer y haciendo lo contrario de lo que se dijo. No como ese alcalde "comunista" (cuando la derecha tiene miedo utiliza mucho este artilugio de calificar de comunista cuanto le parece peligroso) que hace lo que dice y, además no cobra como alcalde. En el PSOE, el portavoz Hernando -se ve que los jefes no quieren pringarse en este asunto peligroso- pide que se proceda contra quienes han infringido la ley y olvidando de paso que si los socialistas, desde Pablo Iglesias en adelante, hubieran seguido sus recetas, ahora él no estaría en donde está. Por último, IU aparece dividida: hay quienes apoyan a Gordillo y quienes temen las consecuencias de sus actos y un posible retroceso de las libertades a costa de la seguridad. No es muy elegante, pero es lo que hay.
A Sánchez Gordillo lo defienden sus compañeros, la izquierda anticapitalista y aledaños, parte de IU, el movimiento 15M y dos o tres intelectuales, opinadores y comunicadores que, como Palinuro, no deben obediencia a partido, grupo, trama, empresa o periódico algunos y, por lo tanto, hablan con la fuerza que da la convicción y la libertad.
Los ataques vienen de todos los frentes y tienen la marca indeleble de los intereses que se defienden. Alguien en el PP reprochaba a Gordillo que su jefe de policía cobrara más que el presidente del gobierno. Una estúpida mentira por partida doble digna del espíritu servil de quien la haya proferido pues en Marinaleda no hay policía y mucho menos jefe de ella cobrando sueldo alguno. Pero, además, el correveidile mentiroso establece un término de comparación que también ignora pues, hasta la fecha, nadie sabe cuanto cobra al mes Mariano Rajoy porque, aunque se le ha preguntado alguna vez, no ha contestado y este país es tan calzonazos, tan miserable y tan lacayo que tolera ser gobernado por un sujeto que se niega a decir cuánto cobra al mes, existiendo indicios de que cobra por diversos conceptos grandes cantidades moralmente inaceptables. Una buena prueba es que no lo dice. Si cobrara lo que le corresponde ya lo habría declarado.
Y estos son los tipos que atacan a un hombre como Gordillo acumulando sobre él toda clase de insultos y descalificaciones, sin percatarse de que, cuanto más se apiñan en el intento de lincharlo, más parecen una piara impotente.
Tómese la acusación más frecuente -y ,la más benévola-, la que dice que el gesto de Gordillo no sirve para nada. ¿Para nada?  ¿Cree el PSOE que este gobierno de derecha señoritinga y profundamente antipopular hubiera respetado los 400 € de los parados gracias a sus jeremiadas? Esos 400 € los ha conquistado y conservado el miedo cerval que el gesto de Sánchez Gordillo ha inspirado a las clases dominantes. 
Pase que el personal que opina, habla, escribe y pretende dar lecciones a los demás no tenga ni puñetera idea de lo que sea la desobediencia civil en una democracia, qué la acción basada en criterios morales, qué las cuestiones de legitimidad y que repita como papagayo las consignas de la derecha más cerril. Pero, al menos, disimulen y no hagan más el ridículo.
(La imagen es una foto de Audiovisuales Acampadazgz, bajo licencia Creative Commons).

Legalidad y legitimidad.

Los términos en el título de la famosa obra de Carl Schmitt siguen acotando el campo del debate político esencial, hoy igual que ayer. Schmitt hizo una crítica despiadada de la República de Weimar y hasta tuvo en proyecto una propuesta de reforma de su Constitución que luego abandonó por la vía más expedita de los nazis, a cuyo partido se afilió en 1933, fecha temprana. Los hitlerianos dieron buena cuenta de tal Constitución dejándola fuera de juego de un plumazo con una ley de plenos poderes, la Ley para luchar contra el estado de necesidad de la Nación y el Reich, de 24 de marzo de 1933. De golpe se suprimía la legalidad y la legitimidad de la República y se instauraba la legitimidad de la Dictadura que descansaría sobre su legalidad.
Esa tensión está tan viva como siempre. Lo ideal, según parecer mayoritario, es que legalidad y legitimidad coincidan, esto es, que lo que sea legal sea también legítimo, es decir, justo. Pero eso es lo ideal. En la realidad, ¿puede haber leyes que no sean justas, que no sean legítimas? Cientos. Las leyes raciales de Nürnberg, por ejemplo, que Carl Schmitt aplaudió con entusiasmo. Radicalmente injustas. Nulas de pleno derecho. Pero estuvieron en vigor, fueron la legalidad, una legalidad ilegítima. ¿Se deben obedecer las leyes injustas?
Los legalistas no lo dudan. Las leyes en vigor no admiten desobediencia. No hay ámbito moral, de conciencia, en el derecho positivo. Las leyes se cumplen y el que tenga quejas, cumpla primero la ley y plantee luego sus cuitas en el negociado correspondiente.
Los legitimistas, en cambio (entendiendo por tales no los legitimistas monárquicos sino aquellos que postulan que el orden político, el legislador, debe tener un fundamento moral) tampoco dudan lo contrario. La obediencia a la ley está sometida al dictado de la conciencia. Si la ley es injusta o inicua, no debe obedecerse por muy en vigor que esté.
Es la tensión entre el positivismo de la legalidad y el subjetivismo de la legitimidad. Ningún orden político puede tolerar que se desobedezca la ley y toda desobediencia debe ser castigada. Pero es obvio que habrá y hay momentos en la historia en los que se darán desobediencias a la ley por razones de conciencia y tratar estas como delitos comunes es un error que tarde o temprano se paga.
La ley no puede tolerar la desobediencia civil. Pero, en ciertas circunstancias de necesidad, la desobediencia civil será una realidad, tanto más peligrosa para un sistema político cuanto que parte de una evidente superioridad moral. El desobediente civil, a diferencia del delicuente, no se lucra con su acto ni trata de evitar la pena que el ordenamiento prevé para su infracción.
Y, en afecto, ahí tenemos a Juan Manuel Sánchez Gordillo diciendo muy tranquilamente que se sentirá orgulloso de ir a la cárcel.
Sin embargo, un sistema que encarcela a Sánchez Gordillo pero indulta a un alcalde prevaricador, a un banquero convicto y confeso de no recuerdo qué ilícito, mantiene en la calle a malversadores condenados por los tribunales de justicia y amnistía a los grandes defraudadores, tiene un serio problema de legitimidad. El orden social es injusto y eso es lo que la desobediencia de Gordillo ha puesto de manifiesto.
La crisis-estafa sigue su curso, cada día un poco más negro y amenazador que el anterior. La desobediencia civil de Sánchez Gordillo abre la puerta a un debate sobre la legitimidad de las decisiones que están adoptándose. A eso apunta, entiendo, la petición de referéndum de los sindicatos. Los partidos también tendrán que pronunciarse. Y el asunto es delicado. Izquierda Unida va por la vía de solidarizarse con la desobediencia de Gordillo, como un acto simbólico con lo que parece querer limar importancia al hecho, si bien la tiene precisamente porque es simbólico. El PSOE a su vez no se ha pronunciado formalmente, aunque andan los jefes diciendo por ahí que la situación es muy mala pero que el asalto al supermercado, como si fuera el Moncada, no es la vía. Es pasmoso a qué velocidad pierden los socialistas el contacto con la gente. Si esta no es la vía, ¿cuál es? El PSOE está defendiendo con uñas y dientes los 400€ de los parados indefinidos, lo cual le honra. Si por casualidad fracasara, ojalá no, ¿cuál será la vía para las 200.000 personas que se quedarán sin ingreso alguno? ¿La mendicidad?
(La imagen es una foto de comcinco, bajo licencia Creative Commons).

dimecres, 8 d’agost del 2012

Sánchez Gordillo y la lógica del sistema.

Sánchez Gordillo es uno de esos radicales, apocalípticos, imprevisibles e indisciplinados frutos de la tierra, capaces por sí solos de subvertir el orden constituido por la autoridad, consagrado por la santidad y aceptado por la credulidad. No postula alambicadas construcciones teóricas. Rawls le sonaría a chino. Tiene un concepto simple, directo y certero de la justicia, pero que deja en evidencia la gigantesca hipocresía de un sistema que premia a los delincuentes, los ensalza, los hace gobernantes, presidentes, papas, mientras castiga y explota a las víctimas y persigue y reprime al hombre justo, dejando el conjunto en manos de unos políticos, gestores, justificadores y leguleyos cuyas conciencias compra como el que adquiere sardinas en la plaza.
Eso es Sánchez Gordillo por encima de todo: un hombre justo, uno que no cabe en el marco de las ordenanzas, los códigos o los misales, uno que habla poco pero hace mucho y lo que hace es lo que ha dicho que iba a hacer, no lo contrario como algún otro botarate que así llega a presidente del gobierno. Ya es milagroso que Gordillo haya llegado a alcalde. Demuestra que los vecinos de Marinaleda saben lo que hacen cuando votan y no como millones de españoles, que votan contra sí mismos sin enterarse. Como todos los escasos hombres justos, Gordillo es un incordio y una incomodidad para una sociedad que hace ministro de Cultura a un pedante, de Justicia a un hipócrita, de Defensa a un fabricante de armas, de Trabajo a una holgazana, de Sanidad a una analfabeta, etc. Es un incordio para los académicos porque no se deja clasificar; para los periodistas porque no se puede manipularlo; para los políticos porque no se deja comprar; para los curas porque no es un inmoral como ellos.
En definitiva, un elemento de la naturaleza que a veces nos es propicio y otras nos amarga la velada.
En la mejor tradición insurreccional andaluza que historiaran los Bernaldo de Quirós y los Díaz del Moral, el gesto de Sánchez Gordillo ha encendido España entera y ha dejado con el culo al aire a las legiones de escribas, fariseos, políticos, parásitos, intelectuales y dignos delincuentes de traje y corbata encargados de justificar el orden existente con el espíritu del lacayo panglosiano. Al plantear el asunto con tanta contundencia y simplicidad deja en evidencia los artificiosos distingos mediante los que los paniaguados del capital hacen pasar por justicia una olla podrida de crímenes, robos, saqueos, violaciones, estafas y sobornos.
Viene ahora el contraataque de las fuerzas del orden mandadas por unos políticos suyo único mérito es ser amigos de Rajoy y azuzada por unos periodistas a sueldo de este y sus conmilitones. Comenzaran los debates sobre si esta ley o este precepto, este punto o aquel artículo con los que se pretenderá encauzar ese río desbordado de indignación popular que el gesto de Gordillo ha hecho pasar por medio de la podredumbre del sistema como Hércules hizo con el río Alfeo y los establos del Rey Augías.
Y si alguien cree que me excedo al calificar el sistema de corrupto, que explique cómo es posible que un hombre condenado por delincuente como Mario Conde pretenda organizar un partido político.
Esas son las tres posibilidades reales: Gordillo-Rajoy-Conde.
Y hay que elegir.
Sin duda, Palinuro elige a Gordillo.
(La imagen es una foto de Audiovisuales Acampñadazgz, bajo licencia Creative Commons).

La retórica de la derecha.



La política es muy aficionada a las figuras retóricas, las licencias poéticas, los tropos. Tanto la derecha como la izquierda. Las figuras de la derecha son muy características y dicen mucho sobre quienes las usan. En concreto me referiré a tres muy curiosas, dos metáforas y una cuestión contrafáctica.
Metáfora primera: la familia. Postular la familia como el origen del orden político, del reino, es antiquísimo. Está en Confucio y los legistas chinos, se convierte en doctrina imperante a través de Aristóteles y adquiere forma institucional con el derecho romano de la familia y la figura en torno a la que ha girado el orden político occidental hasta tiempos recientes, la del pater familias. Suele olvidarse que el pensamiento político moderno, nuevo, liberal, que arranca con la doctrina de Locke del "gobierno por consentimiento" se plasma precisamente como crítica de este al hoy olvidado tratado de Robert Filmer, característicamente titulado Patriarcha, or the Natural Power of Kings, que fundamentaba la monarquía absoluta en la figura del pater familias.
La autoridad de la familia llega hasta el día de hoy en el pensamiento conservador que dice  estar dispuesto a todo por protegerla. Rajoy no deja de invocarla para ejemplificar su concepción del sentido común. Cuando recita sus habituales perogrulladas sobre la crisis, nunca falta la referencia a la familia. Él está haciendo con los recortes, dice, lo mismo que hacen las familias que se ven obligadas a reducir sus gastos cuando vienen mal dadas. La comparación tiene una trampa obvia que procede de la distinta forma de entender la familia: ¿alguien concibe una familia que ajuste los gastos a base de quitar el desayuno al niño, suprimir la medicina del abuelo, o arrebatar la beca al joven mientras dedica más recursos a mejorar el campo de golf del padre? No, ¿verdad? Sería inconsistente con nuestra idea de la familia como el territorio de la solidaridad, el sacrificio y el altruismo. Eso tiene que saberlo Rajoy con lo cual es obvio que el empleo de la metáfora es falaz. Los recortes del gobierno recaen sobre los sectores más débiles y desprotegidos porque la sociedad no es una familia sino el ámbito del egoísmo y la insolidaridad. Para que la sociedad fuera como una familia tendría que ser más una comunidad en el sentido de Tönnies o de los comunitaristas actuales, posibilidad que Rajoy, como buen neoliberal, niega tajantemente incluso aunque, en su ignorancia, no lo sepa. En la sociedad rige el principio de que "no hay almuerzo gratis"; en la familia, en cambio, el de que, para algunos, el almuerzo es gratis. Porque la familia es (aunque en muchos casos no sea así) un territorio desmercantilizado. Utilizarla como metáfora para disfrazar unas medidas injustas, insolidarias, abusivas y hasta despóticas es mendaz.
Metáfora segunda: el barco. También metáfora antiquísima. El estado es una nave y el gobernante, el piloto, el que lleva el timón, también llamado gobernalle. La crisis, visualizada como una mar embravecida, ha alentado mucho el uso de la metáfora del navío: todos estamos en el mismo barco, repiten los conservadores, y todos debemos remar en la misma dirección. Sabio consejo, sin duda, si se quiere que el barco se mueva. Pero el problema no está en la conveniencia de remar en el mismo sentido sino en saber si todos reman o si, como el famoso chiste de Quino, solo rema uno, Fernández, y los demás van de guateque. Todos estamos en el mismo barco, pero unos en la sala de máquinas, en la sentina, en la cocina y otros en el puente de mando, el salón de baile o la piscina. Y recordar que compartimos el navío a la hora de pedir a los desfavorecidos que pechen con las deudas y los despilfarros de los afortunados es cínico y desvergonzado.
La cuestión contrafáctica: ¿qué pasaría si...? se la oí ayer a un periodista de Vocento en una increíble entrevista a Sánchez Gordillo en la que solo le faltó llamarlo "ladrón desorejado". Es una figura muy socorrida. ¿Qué pasaría si todo el mundo se llevara el género de los supermercados sin pagar? Hace poco también en Telemadrid, una periodista de derechas se preguntaba escandalizada qué pasaría si todos los mineros se pusieran en marcha hacia la capital para protestar. Son preguntas retóricas que no requieren respuesta; es más, se prefiere que no la haya para que el efecto implícitamente apocalíptico de la interrogación vaya calando en los ánimos. Y, sin embargo, hay una respuesta bien clara y rotunda: ¿que pasaría si todos hurtáramos en los supermercados? Que los supermercados tendrían que contratar seguridad y/o se buscaría con ahínco una fórmula eficaz en contra de la pobreza, la miseria, el hambre. ¿Qué pasaria si los mineros, etc? Que estos tendrían más fuerza en sus reivindicaciones y el gobierno se vería obligado a ceder.
La retórica es una gran ayuda de la política, pero hay que emplearla bien, de forma menos trillada y falta de sinceridad.
(La imagen es una foto de La Moncloa en el dominio público).

dimarts, 7 d’agost del 2012

El retorno del franquismo.

El franquismo no ha muerto. Goza de espléndida salud y gobierna desde La Moncloa, perfectamente adaptado a estos tiempos pecaminosos de relativismo y ataques a la iglesia, poniendo las cosas en su sitio. El gobierno, integrado por monaguillos (Wert), meapilas (Gallardón), oligarcas (Morenés), tecnócratas reaccionarios (Montoro), analfabetas (Mato), sección femenina (Báñez), demagogos estilo falangista (Soria) etc, representa la vuelta a las más puras esencias del nacionalcatolicismo. Su inspiración es Rouco Varela, quien dirige la política del país en educación, familia, matrimonio, derechos de las personas, etc con la vista puesta en la reevangelización de España, ofrenda que el cardenal gallego quiere dedicar a su dios, a ver si se calza el Papado. Como el franquismo, es un gobierno que se da continuos golpes de pecho pero vive de explotar, oprimir y reprimir a los más débiles, de robar a los pobres para dar a los ricos. Un gobierno de hipócritas cristianos profundamente anticristiano.
Ese franquismo ostentoso no solo se da en el terreno de los principios y las proclamas sino también en el de las medidas prácticas. En estas, la similitud de los gobernantes actuales y los franquistas se convierte en identidad. Véase:
  • Ha destruido todas las garantías jurídicas de protección al trabajo y ha dejado a los trabajadores sin derechos, literalmente como esclavos en manos de los empresarios.
  • Persigue y trata de aniquilar los sindicatos, asfixiándolos económicamente y reprimiéndolos administrativa y laboralmente.
  • Reprime toda expresión de descontento o crítica. Por la vía gubernativa gracias al fascismo rampante de la delegada del gobierno en Madrid que penaliza el ejercicio de los derechos ciudadanos de reunión, manifestación y expresión mediante la arbitrariedad policial. Por la vía penal, tipificando como delitos comportamientos que en ningún país civilizado lo son, como la resistencia pasiva..
  • Censura la libertad de expresión de trabajadores y funcionarios públicos y/o los amenaza con represalias si ejercen sus derechos de crítica.
  • Controla los medios públicos de comunicación, manipulándolos sin miramientos y poniéndolos al servicio del gobierno y su partido como oficinas de propaganda. El caso más claro, Telemadrid, una televisión financiada por todos los madrileños y colonizada por los periodistas a sueldo del PP que falsean, mienten y hacen demagogia al servicio de su amo, acallando las voces crítica.
  • De este modo, se hace difícil que la opinión pública tenga un conocimiento aceptable de la pavorosa ineptitud de los gobernantes y los niveles de corrupción y despilfarro de sus administraciones.
  • Todo ello acompañado de una permanente campaña de los medios privados y públicos que ensalza las glorias de los gobernantes y ataca de modo torticero, falso y amarillista a sus adversarios. De lo primero, de los ditirambos ridículos que los incondicionales dedican a Rajoy, da pruebas abundantes ese comic de Planeta que se edita en Madrid y se llama La Razón. De lo segundo las campañas de bulos, mentiras e infundios contra los adversarios que periódicamente pone en marcha El Mundo, un libelo amarillista de una calidad ínfima, a la altura de El Alcázar,.
. (La imagen de Rajoy es una foto de La Moncloa en el dominio público; la de Franco también está en el dominio público. El montaje, fruto de la Minerva de Palinuro).

Sueño de una noche de verano.

Leo un tuit de Odón Elorza (@odonelorza2011) en el que dice que: "Los datos d CIS y Metroscopia desbaratan la alternancia y el péndulo d poder.Nos piden otra forma d vivir la politica. Otra forma de vivir la política es un understatement pero se entiende muy bien pues, para vivir de otra forma la política preciso es hacer otra política.
Odón Elorza es un socialista relevante. Tiene juicio, criterio, experiencia y dice lo que piensa razonándolo. Debiera haber más Odones Elorzas en el PSOE. Sería un partido menos dócil, más inquieto y difícil de manejar, pero más creativo, más plural, más abierto y, sobre todo conectaría mejor con una opinión pública que, como demuestran los sondeos, sigue alejándose de la órbita de los dos partidos dinásticos.
La desorientación de la izquierda y el abatimiento de la gente (que quizá tengan una relación causal) apuntan a una situación de lucha por la supervivencia del modelo de Estado social que se instauró en la posguerra y, por ende, de la propia izquierda. En opinión general esa supervivencia está condicionada al logro de una unidad de acción de la izquierda.
¡Ah, la unión de la izquierda! Deseo mítico, siempre postulado, jamás conseguido; un empeño al estilo de Sísifo que dura un siglo y nunca ha cuajado salvo contadísimas y muy problemáticas ocasiones, como los Frentes Populares de los años treinta, la Unidad Popular de Allende, el Programa Común de la Izquierda en Francia en los primeros ochenta, el improvisado intento de listas comunes en España al Senado en las elecciones de 2000 y muy poquito más y ese poquito, en los países nórdicos. Es prácticamente imposible forjar una unidad entre una izquierda generalmente mayoritaria, socialdemócrata y una multiplicidad de partidos de izquierda radical entre los cuales, en algunos casos, en España, por ejemplo, sobresale el Partido Comunista.
Pero en una cálida noche estrellada de agosto, mientras llega la segunda oleada de calor asfixiante está uno proclive a dejarse llevar por el ensueño de qué sucedería si la izquierda se tomara en serio la unidad. Porque convencido de esta necesidad parece estar todo el mundo al extremo de que se dicen verdaderos disparates. El otro día leí a alguien proponiendo una unión de la izquierda al margen del PSOE lo que supone al margen de seis o siete millones de electores. Se dice entonces que no se pretende marginar a las bases sino solo a la dirección. Suena a repetición de la vieja consigna de los años veinte y treinta, de unidad por abajo, dejando en la estacada a los dirigentes, una de las tácticas más antiunitarias que quepa imaginar.
La izquierda radical necesita de la moderada si quiere ejercer elementos de poder igual que la moderada necesita de la radical para no ejercer el poder en detrimento de su base social y en beneficio de la clase dominante. Para ello, entiendo, nada mejor que abandonar los debates dogmáticos sobre cuestiones muchas veces irrelevantes y que, en todo caso remiten a un pasado de enfrentamiento desvanecido con la Unión Soviética. Como no hay modelo para seguir ni experiencia que aducir (si no es amarga) y está todo por hacer, ¿por qué no sentarse a una mesa a ver qué coincidencias hay en fines y medios? Igual cabe poner en marcha algo eficaz. Las cuestiones acerca de quién es la verdadera izquierda, que son como las de los patios de colegios de niños, pueden quedar también apartadas por el momento.
Del lado de la socialdemocracia la suavidad de la noche invita a adoptar una actitud abierta, cooperativa, colaboradora. Los socialistas quizá puedan despojarse de sus prevenciones anticomunistas, eso que los propagandistas llaman el anticomunismo visceral, término curioso carente de contraparte. No he oído hablar de anticapitalismo visceral. No todas las izquierdas radicales son comunistas y los comunistas ya no son lo que eran, desde el momento en que han tenido que moderar, si no hacer a un lado, su viejo programa revolucionario que puede seguir soterrado pero del que nadie habla para no asustar a los votantes. Tampoco estaría de más que el PSOE se sirviera aclarar algunos puntos dudosos que afectan a cuestiones de principios. La más llamativa es el repetino carácter dinástico del partido. Este había mantenido la disyuntiva Monarquía /República en una especie de limbo para no generar un conflicto incómodo. Pero en los últimos tiempos el PSOE se ha pronunciado claramente a favor de la Monarquía allí donde no era necesario. Este giro rompe con una tradición republicana del socialismo de modo subrepticio, sin someterla a debate. Igual sucede con el principio del derecho de autodeterminación. Le ha pasado lo mismo que a la República, empezó cayendo en el olvido, no mencionado en discursos ni declaraciones y, reemergió por fin como la posición contraria; el PSOE es contrario al derecho de autodeterminación (de los demás, claro). Es comprensible pero ese ser contrario no puede ni debe impedir un debate libre y a fondo sobre la cuestión.
Al fin salen cantando Oberon y Titania una conclusión feliz, de la unidad de la izquierda puede depender que esta llegue al poder en las próximas elecciones, tras de las cuales le espera una tarea de gigantes pues tendrá que volver a poner en pie el Estado del bienestar que la derecha habrá destruido. Si las pierde, esa destrucción se consolidará. Y no solamente desaparecerá el Estado del bienestar sino también la posibilidad de construcción de la izquierda en España y en Europa por muchos años.
(La imagen es una foto de Abode of Chaos, bajo licencia Creative Commons). Es un retrato de Manolis Glezos).