divendres, 8 de març del 2013

Felicidades a todas.

¡Feliz día de la mujer!

Especialmente dedicado a las más estúpidas machistas actuales: las mujeres que rechazan las políticas de cuotas por considerarlas machistas. Ejemplo perfecto de las esclavas felices. Cosa que no tendría nada de malo si se limitaran a serlo ellas mismas. Pero, por desgracia, son las más activas en el intento de mantener la esclavitud de las demás, a las que pretenden engañar con los razonamientos del amo.

Está empíricamente demostrado que los países que más avanzan en la igualdad de las mujeres, que cuentan con más de estas en las instituciones públicas y en la actividad privada son los que aplican políticas de cuotas. Pero eso no afecta a la siniestra actividad de estas lacayas porque lo suyo no es el reconocimiento de la realidad, sino la doctrina a machamartillo, en especial, la de la iglesia católica, probablemente la institución más misógina de la tierra. 

Las mujeres que rechazan la política de cuotas son las que se someten a la política de cuotas alternativa, la masculina que, por supuesto, no se llama así, sino que se considera natural a la especie pero tiene un porcentaje del cien por cien. El ejemplo más acabado esa misma iglesia católica, que afirma tener en alta consideración a las mujeres, pero les prohíbe el ejercicio del sacerdocio, reservado en un cien por cien a los hombres, aunque tengan a gala no ejercer como tales. Esa iglesia en la que tan a gusto están las más granujas de las mujeres: las que niegan las políticas de cuotas -únicas que pueden favorecer a las de su sexo- con argumentos falaces.

La lucha por la supervivencia.

El presidente del gobierno es un hombre acosado, a la defensiva, encerrado en su búnker de La Moncloa, ensimismado, sin dar explicaciones ni ruedas de prensa y aferrado a un discurso oficial en el que nadie cree, como esa afirmación, que ha repetido en el Senado, de que el déficit está en el 6,7% del PIB cuando todo el mundo sabe que está en el 10,2%. El hombre está luchando por su vida política. Se le ha venido encima una interminable avalancha de escándalos mayúsculos, de presuntas corruptelas, practicadas hace años, prácticamente identificadas con el partido del gobierno que él preside y del que por lo tanto es responsable desde 2004, ocho años antes de llegar a la alta magistratura que ahora ocupa.

El silencio hermético de Rajoy en el asunto Bárcenas ha carbonizado literalmente una batería de segundos, la secretaría general, los vicesecretarios, los portavoces. La acumulación de embustes y dislates que han protagonizado unos y otros en los últimos tiempos en comparecencias cómicas los ha convertido en versiones contemporáneas del que recibe las bofetadas. Ver a Cospedal hablando de la simulación de salario en diferido a Bárcenas y escuchar a Carlos Floriano pidiendo por la radio que se ponga límite a la libertad de expresión,(cosa que recuerda mucho la afición de la delegada del gobierno a modular el derecho de manifestación) produce desconcierto y algún temor. Es obvio que ya no saben qué decir ni cómo disimular el pandemónium presuntamente delictivo en el que están metidos y que les vendría de miedo una mayor represión de derechos o incluso suspensión de ellos. En un clima de democracia abierta, crítica, la situación del gobierno y su partido es insostenible pues, quieran reconocerlo o no, hagan o no vudú con su antagonista, están a merced de las peripecias procesales de un presunto delincuente.

Pero ¡qué delincuente! Bárcenas parece ser el Forrestal de la estafa. Los tiene a todos agarrados por el gañote. El juez Ruz ha pedido los papeles depositados en la notaría, en los que vaya usted a saber lo que hay. Quizá los temibles recibís, de los que habla la maledicencia periodística. Quizá cosas aun peores, más incendiarias. Si, como presume el juez, hay un vínculo entre la contabilidad barcéniga y la gurteliana, se habrá cerrado el círculo de la corrupción, del que es imposible que salga Rajoy indemne. 

El extraño comportamiento del presidente ausente autoriza a pensar que ha adoptado una táctica numantina. Está dispuesto a mantenella hasta el final y a hundirse no solo con su gobierno sino con su partido y quién sabe con qué destrozos institucionales. Es una lucha por la supervivencia a dentelladas; mudas, pero dentelladas.

La ayuda milagrosa, el deus ex machina aparece ahora en la figura de Mas y su decisivo giro soberanista. Es obvio que los nacionalistas catalanes tienen derecho a plantear sus reivindicaciones cuando lo consideren pertinente. Y lo es también que aprovechen las circunstancias quizá por entender que en el actual guirigay español tienen más posibilidades. Pero no cabe negar que su actitud, su planteamiento, proporciona  una magnífica ocasión al gobierno para enarbolar la bandera de la unidad de la Patria y desviar la atención del cenagal de corrupción en el que chapotea. Esa bandera es muy prometedora porque en torno a ella se arracima el PSOE, hoy en una crisis grave a causa de su reacción al catalanismo de una parte de él mismo. El nacionalismo español bipartidista resurge potente y busca la confrontación con el catalán, quien tampoco la rehúye.

Los gestos torvos, el cruce de amenazas en el aire preparan momentos de mayor tensión entre el Estado y una de sus más díscolas comunidades autónomas. Los toques a rebato suelen tener muy buen efecto a la hora de dirigir la atención pública en un sentido y apartarla de otro. Ahora no hay tiempo de ocuparse de las pendejadas de Bárcenas, pues nos ataca el catalán separatista. Hasta los socialistas están con nosotros en preservar la unidad de la Patria. Lo demás son chorradas.

Pero chorradas en sede judicial. Los procedimientos siguen su curso, lento, aunque inexorable. ¿Qué sucede si aparecen nuevos supuestos beneficiarios de la contabilidad barcéniga y la largueza gürteliana? ¿Qué si se imputa a alguno de los altos cargos del gobierno o del partido? Resulta así que, queriendo abrir un frente de batalla con el nacionalismo catalán para ocultar el otro, el de la corrupción, lo único que va a conseguir el gobierno con sus magras fuerzas es dividirlas aun más. 

Si Rajoy no recapacita el futuro es inquietante.

(La imagen es una foto de La Moncloa en el dominio público).

dijous, 7 de març del 2013

Ahogados en la corrupción.

La corrupción es la segunda preocupación de los españoles. Escala puestos. No los suficientes. Debiera ser la primera porque en ella está el origen de nuestras desgracias. Palinuro odia repetirse pero es claro que el caso Bárcenas revela una situación de corrupción generalizada, estructural, al menos en los predios del PP. Y parece que CiU no le va en zaga. A lo mejor es este un rasgo común de catalanes y españoles: la picaresca de altos vuelos.

Si al de Bárcenas se añade el caso Urdangarin, lo que hay es una situación corrupta sistémica. No queda nada en pie del sistema de la transición. Si acaso aquellos sectores o profesiones que la opinión pública sigue valorando: los médicos y los profesores. Esa misma opinión pública tiene en muy baja estima a los jueces y eso, me temo, es injusto. Con sus más y sus menos, el poder judicial está dando pruebas de una independencia tanto más loables cuanto más hostigada se encuentra por los poderes públicos.

La reacción de los distintos sectores, estamentos, fuerzas sociales a esta situación tan angustiosa únicamente la empeora. El gobierno está reaccionando a una crisis de esta gravedad con una actitud que es sencillamente intolerable en democracia: con el silencio. Una cerrazón tan absoluta que raya en lo neurótico, en lo patológico cuando se ve cómo, en efecto, Rajoy lleva dos meses sin pronunciar en público el nombre de Bárcenas, el menda cuyos papeles lo acusan de haber recibido cantidades de dinero en B. Este giro plantea el asunto en términos de honor personal dificilmente soportables. Sobre todo cuando se comprueba que, además de no mencionar su nombre, Rajoy tampoco procede judicialmente en defensa de su honor. Ni siquiera ha suscrito esa ridícula demanda de su partido, no a Bárcenas, sino a El País. Si el honor solo se lava con sangre, la verdad es que esta peripecia exige, cuando menos, la dimisión de Rajoy. No es de recibo que el presidente del gobierno sea sospechoso de haber cometido una ilegalidad y pueda ser imputado en algún momento.

El PP no puede seguir mintiendo a los ciudadanos varias veces al día. El finiquito de Bárcenas, el empleo de Sepúlveda, las trolas sobre la finalmente escamoteada auditoría externa son un mosaico de embustes en cadena que han destruido el crédito del partido. Por eso, cuando Cospedal afirma que es el más transparente (ella, cuyas declaraciones ni se entienden) la gente lo toma como cuando dice que el PP es el partido de los trabajadores, esto es, a recochineo. Y a recochineo se toma todos los anuncios de medidas del gobierno para restaurar el prestigio de la política o adoptar códigos de buenas prácticas y lucha contra la corrupción, de los que lleva ya aprobados varios y aplicado ninguno.

Aquí no hay más salida que la dimisión del gobierno cuya autoridad para imponer las drásticas medidas que pretende en todos los campos (sanidad, educación, justicia, etc) es inexistente. Y la convocatoria de elecciones anticipadas. Una perspectiva que pone los pelos de punta a más de uno porque no hay mucho en donde elegir.

Eso nos lleva a la reacción de la oposición, específicamente de la socialista. Es inexistente. No hay oposición. Hay síndrome de Estocolmo. Se disfraza de sentido de Estado pero, en el fondo, es aceptación del punto de vista del adversario, el enemigo, el secuestrador. La dirección del PSOE sigue en sus trece de oposición responsable consistente en ofrecer pactos de Estado para todo. Carente de una oposición real, el gobierno tiende al autoritarismo con rasgos despóticos. Y, efectivamente, nadie coordina fuerzas para presentar una moción de censura que lo obligue a explicar lo que no quiere explicar. Pero la oposición (socialista) no quiere hacer sangre, es responsable, prefiere no poner al gobierno en aprietos.

Solo parece haber dos razones para esta actitud acomodaticia del PSOE que le resta tanto crédito como al poder político sus mentiras. Una es , en efecto, la proximidad, la semejanza entre las experiencias de los dos dirigentes de los partidos mayoritarios. Partido que, por expresa manifestación de Rubalcaba, cabe considerar como dinásticos. La otra es la recrudescencia del nacionalismo catalán, que ha provocado una escisión de hecho en el socialismo, quiera este admitirlo o no. En este asunto la dirección del PSOE está más cercana al PP que al PSC. Los dos partidos mayoritarios, además de dinásticos, son nacionalistas españoles. Se acabó la época en que estos sostenían no ser nacionalistas, pues nacionalistas solo lo eran los llamados periféricos.

A la sombra de los indignados.

María Luz Morán (Coord.) (2013) Actores y demandas en España. Análisis de un inicio de siglo convulso. Madrid: La catarata, 238pp.

Esta crisis tan prolongada y profunda está teniendo consecuencias notables en las pautas sociales, las formas de acción, las respuestas institucionales, las tácticas de los agentes que se habían dado por supuestas en los años anteriores. Nuestros sistemas políticos están cambiando a ojos vistas. Aparecen nuevos actores; los antiguos cambian de tácticas o se transforman ellos mismos; surgen otras demandas; se recurre a repertorios distintos. La sociedad española marcha a ciegas por una camino nuevo, en un clima de creciente conflicto social, sin que nadie tenga prestas fórmulas para resolver los problemas y, menos que nadie, el gobierno y el parlamento.

Por eso es muy de celebrar que se haya acometido una tarea analítica de la situación desde una perspectiva académica, sistemática a la par que distanciada y objetiva. Es lo que ha hecho María Luz Morán, reuniendo un grupo de excelentes profesionales y encomendándoles una especie de informe o estado de la cuestión en las diversas realidades que articulan el sistema político. Hay, así, un capítulo dedicado a los inmigrantes, otro a los hackactivistas, otro a los jóvenes, a los partidos políticos, a la prensa, a la Iglesia, el antiterrorismo y el movimiento de los indignados. Se corona el manojo con un brillante capítulo de síntesis teórica a cargo de Gil Calvo, cuya lectura por sí sola ya justifica la de todo el libro.

El capítulo de la inmigración (E. M.Coppola y A. M. Pérez) estudia con tino la distinta percepción del fenómeno inmigratorio con el agravarse de la crisis, tanto en la opinión pública (p. 21) como en los partidos políticos (p. 22), da fe de la debilidad de las demandas de los actores en tiempos de crisis en que prevalece el silencio sobre la inmigración (p. 32), lo cual puede ser hasta prudente si se piensa en lo que los autores llaman la "fractura del muro de contencion", cosa que se ve en la aparición de Plataforma per Catalunya (p. 34).

Es muy interesante el capítulo sobre hackactivistas (J. M. Robles, D. Redondo, A. Rodríguez y S. De marco) porque confirma el avance en el estudio de esa política nueva que es la ciberpolítica. De hecho el libro entero acusa esta orientación pues, aunque solo un capítulo se ocupe en concreto de los indignados, todo el estudio está, en el fondo, a la sombra de estos. Poner el foco en los hackactivistas que son, obviamente, actores nuevos, está bien. Pero dado que el sujeto del nuevo ámbito digital es el internauta, convendría especificar las diferencias entre ambos pues si todo hackactivista es un internauta, la proposición inversa no es cierta. Surgen entonces preguntas bien interesantes: ¿cuándo pasa un internauta a ser un hackactivista? ¿Qué cantidad de hackactivismo hay en internet?

El estudio sobre los jóvenes (J. Benedicto y M. L. Morán), bien provisto de datos, expone las dificultades, los problemas y preocupaciones juveniles (p. 66) con notable fuerza de convicción, estudia los obstáculos actuales a la politización de las demandas juveniles (p. 71) y concluye considerando la posibilidad de que estas insuficiencias generen una sociedad débil (p. 76), interesante concepto sobre el que aún cabe reflexionar.

En cuanto a los partidos políticos (E. del Campo) pinta un panorama crítico, casi agónico de los partido políticos, cuyo deplorable comportamiento general (incumplimientos en especial) les ha ganado la desconfianza de la gente, su desafección, la aparición de movimientos como el de Beppe Grillo (p. 90) o los indignados, con su fuerte orientación apartidista. Del Campo advierte que la sociedad ha sabido adaptarse mejor que los partidos y recomienda a estos que aprendan a actuar en la red (p. 105). En realidad, hacen lo que pueden. Pero tienen difícil adaptación y, sin embargo, es imperativo que lo logren. No se ve por qué internet obliga a las profesiones a reinventarse (los periodistas, los profesores, los abogados, los traductores, los arquitectos, etc) pero no a estas venerables instituciones partidistas que vienen del siglo XIX. Tiendo a ver el Movimiento Cinco Estrellas más como un heraldo del futuro que como un síntoma pasajero de una crisis.

El ensayo sobre la prensa tradicional en España (A. R. Castromil y J. Resina) trae de nuevo los indignados a escena para aquilatar el comportamiento de la prensa tradicional y considerarla deficiente hasta el punto de plantearse la pregunta que se alza en todas las redacciones: ¿son las NNTT un substituto mediático? (p. 115) Sus ventajas son indudables y los autores las analizan con detalle y acierto y especial tino al dar cuenta de la polémica entre ciberoptimistas y ciberpesimistas (p. 118).

El capítulo sobre la Iglesia (J. de Andrés) es un estudio densísimo que, en muy breves páginas, sintetiza el sentido completo de la acción de la Iglesia en los últimos años, su panoplia de repertorios y el carácter de sus demandas. Un capítulo así solo puede ser el resultado de una trabajo de años, metódico y muy bien indagado. Es imposible dar cuenta de la riqueza del estudio. Señalo tres hallazgos entre otros muchos: el uso de las misas (cuatro en total) como hitos que permiten observar la acometida de la Iglesia en pro de la "reevangelización de España" (p. 134); los repertorios de actuación según que la Iglesia actúe como grupo de presión o como Estado (p. 146); la sutil clasificación de las demandas de la Iglesia, coronadas con el binomio matrimonio-patrimonio (p. 151). Hay que leerlo.

El trabajo sobre el antiterrorismo (L. F. de Mosteyrin) que antaño hubiera narrado explosiones y atentados, versa ahora sobre el ocaso del terrorismo. Registra el momento del giro con los hechos que condujeron al Foro de Ermua y la aparición de ¡Basta Ya! (p. 166) (por cierto, reaparecido recientemente) y que fueron el inicio de la política de tolerancia cero, alimentada asimismo por el impacto del 11-S. Está muy bien el tratamiento del todo es ETA y la doctrina de los círculos concéntricos del juez Garzón (p. 172), a quien el destino reservaba una jugada. Y está muy bien asimismo que se contrapongan los argumentos a favor y en contra.

Por último, el estudio sobre los indignados propiamente dichos (P. L. López) aborda el fenómeno desde la perspectiva del empleo político de los espacios públicos. La calle es nuestra (p. 192) y, a este grito, se traza la historia de los indignados españoles desde el barrio Malasaña al 15-M en la tarea de construcción de espacios simbólicos (p. 196), lugares para una nueva forma de acción política. La importancia de las NNTT en el movimiento indignado no puede exagerarse (p. 199). Por supuesto que no. Un ciberoptimista como Palinuro sostiene incluso que los indignados son la personificación de los actores en ciberpolítica.

El epílogo, Dramatizar la agenda. La construcción performativa del antagonismo (E. G. Calvo) es un intento de síntesis teórica de alto vuelo. El fin de siglo coincide con la crisis de la democracia volátil (p. 217) que, supongo, tendrá algo que ver con la sociedad débil de Benedicto/Morán. En apoyo de la idea, Huntington, Giddens, Manin. Yo hubiera añadido la liquidez de Baumann, para hacer más redondo el espejo postmoderno. La crisis de la sociedad se articula en los tres factores de la mercantilización, la mediatización y la deslegitimación. Un juicio tan certero como penetrante. La reacción nos lleva directos al terreno de los superlativos esdrújulos o el campo de los novísimos, novísimas respuestas a la crisis; novísimos movimientos sociales, detectados de la mano de Chantal Mouffe y Ernesto Laclau (p. 224), pues los nuevos movimientos sociales, lexicalizados como tales, son cualquier cosa menos nuevos; novísimos repertorios retóricos. Sin ir más lejos, FB y no hablemos ya de Twitter, allí donde se produce lo que anuncia el título del ensayo: el encuadre antagónico, el ciberactivismo y el giro performativo (p. 225), convenientemente apoyado en los elementos de toda performance de Jeoffrey Alexander (p. 232). Un trabajo bien interesante y, como dicen los blogueros, muy currao.

Todo el libro es muy interesante e innovador.

dimecres, 6 de març del 2013

Muere el caudillo.


No me cuento entre los fans de Hugo Chávez ni de lejos. Pero, aunque no fuera nada del otro mundo, la estofa de los argumentos que se emplean para atacarlo haría de él un hombre grande. Y eso sin cuestión ideológica ni personal alguna.

Era un caudillo, en efecto, con unas formas y modos de gobierno muy personales y rompedores. No era un hombre del común. Caudillos fueron, en cierto modo, Roosevelt, Churchill o DeGaulle. Hombres poco corrientes, que hacían cosas poco corrientes, que rompían moldes. Como Chávez. Pero aquellos ganaban elecciones. Como Chávez. Eran caudillos democráticos, que guiaron a sus pueblos en situaciones difíciles. Como Chávez. Creen quienes lo tachan de "caudillo" que todos los caudillos son como los que ellos veneran. Y no es el caso.

Chávez era un gobernante populista y mediático. Controlaba los medios públicos y hasta tenía un programa de TV, Aló, Presidente!, un poco estrambótico. Pero también tenía enfrente una poderosa batería de medios privados (audiovisuales y prensa) que iban -y van- al degüello. Es de risa que las críticas más feroces contra Chávez en España salgan de los beneficiados del control absoluto que el gobierno ejerce sobre todos los medios públicos y gran parte de los privados. Como en Italia. Los más antichavistas son los berlusconianos, quienes gobernaron con control total de los audivisuales (públicos y privados) y gran parte de los escritos.

Como la corrupción. Ignoro cuál sea la ejecutoria de Chávez pero sé que, si hubiera algo, la legión de sabuesos, espías, confidentes y judas que la derecha venezolana y mundial habrá lanzado sobre ella, lo hubiera propalado por doquier a los sones de la marcha triunfal de Aida. También tiene gracia que, quienes más insinúan comportamientos corruptos del militar venezolano (de insinuar no pasan) sean quienes apoyan cerradamente un gobierno cuyo presidente está acusado de recibir pagos ilegales sin que, dos meses después, haya acudido a los tribunales en defensa de su honor o haya dimitido al reconocer que el honor estaba perdido.

El odio de la derecha a Chávez cristaliza en el famoso ¿Por qué no te callas? Que sonó a la voz de la  España rancia acallando la América Latina rebelde. ¿Con qué autoridad? El tiempo la ha mostrado. El venezolano calló. Pero su vida habla hoy por él. El español hizo callar. También su vida habla por él. Chávez habrá hecho de las suyas pues era hombre temperamental. Pero no consta que viviera recluido en una burbuja protegida por unos medios timoratos y cómplices y unos servicios de seguridad dedicados, al parecer, a menesteres impropios. Un ambiente cortesano en el que se entrecruzan los granujas, los conseguidores, los aduladores, los validos y las amigas entrañables. ¿Quién calla a quién?

Chávez fue un caudillo populista democrático. Un militar golpista que supo redimirse (y, de paso, mostrar la valía de sus intenciones primeras) aceptando el sacrosanto principio de que al poder legítimo solo se llega mediante la voluntad libremente expresada de la mayoría de los ciudadanos y solo se conserva legítimamente mientras esa mayoría así lo decida. Aquel rapaz nacido en la miseria ha sabido labrarse un lugar brillante en la historia, mucho más noble que el de sus enemigos.

Que la tierra le sea leve y no digáis nunca de un hombre que fue feliz en tanto no haya muerto.

(La imagen es una foto de www_ukberri_net, bajo licencia Creative Commons).

dimarts, 5 de març del 2013

Un gobierno mudo, ciego y sordo.

Nadie del PP salió el lunes, cuatro de marzo, a dar la habitual rueda de prensa posterior a la reunión de la cúpula del partido. Silencio sepulcral. Los otrora desafiantes Cospedales, Florianos, Ponses, se han esfumado. Los no menos gárrulos Aguirre y Aznar parece habérselos comido la tierra. El partido ha enmudecido de modo clamoroso. Ley del silencio, decretada por Rajoy en enero. Omertà. El que hable se pierde. El único en romper el sigilo es Feijóo, desde Galicia, pidiendo explicaciones sobre Bárcenas, por quien dice sentirse engañado. Bárcenas, un nombre impronunciable en el PP y en el gobierno del PP, sobre el que ha caido anatema, entredicho, proscripción. El partido no habla y el gobierno, preguntado por las bravatas de aquel sobre Bárcenas, remite al partido. Las dos bocas, pues, la de Génova y la de La Moncloa, están mudas. Silencio total.

Un silencio paralelo a una ceguera absoluta. Además de mudo, el gobierno está ciego. No ve a Bárcenas, ni sus papeles, ni los jaguares en los garajes, ni los sobres, ni la Gürtel. Tampoco ve la protesta social creciente, la creciente desafección y cólera de la ciudadanía. No ve los sondeos ni los baremos, en donde cosecha juicios francamente devastadores. No ve los parados, ni la evasión fiscal. Por no ver, no ve ni el déficit y se inventa uno tres puntos y pico por debajo del real, por si cuela. Es un gobierno ciego a la realidad que se supone debe regir y parece que solo iluminado por la luz interior de le experiencia mística. La ministra Báñez, como el santo Job, sigue confiando en la intercesión de la Virgen del Rocío; la alcaldesa Botella impetra asimismo la ayuda del Cristo de Medinaceli que registra estos días colas más largas que las del INEM; la secretaria general del PP y la vicepresidenta del gobierno, Cospedal y Sáez de Santamaría, fueron a lucir peineta al Vaticano, también en solicitud de protección; el presidente del gobierno se presentó en persona a devolver el Códice Calixtino al apóstol Santiago con la intención de congraciarse con él para que eche una mano; el ministro del Interior, directamente iluminado por el Señor, pide que la religión (la suya, la católica, apostólica y romana) sea obligatoria en todo el sistema educativo, probablemente incluida la Universidad, que es donde la juventud se pierde; y el ministro de Educación, atento al quite y a las indicaciones de los obispos, también en contacto con su Dios, está tomando las medidas oportunas para que así sea por los siglos de los siglos.

Lo anterior no es un trozo sacado de una novela de Anatole France o de Eça de Queiroz o de Roger Peyrefitte, ni una farsa valleinclanesca, ni un escrito del marqués de Sade o un alegato de Voltaire. Es el espíritu mismo de un gobierno solo atento al criterio de su religión, creencia o superstición compartidas, pero ciego a la realidad de una sociedad abierta, democrática, tolerante, multicultural y plurinacional. Un gobierno empeñado en devolver España a una época de caciquismo y corrupción, como en los tiempos de la primera restauración y todo ello adobado con un discurso sedicentemente neoliberal que no pasa de ser nacionalcatolicismo, pero imposible de refutar porque, además de mudo y ciego, el gobierno es sordo.

No solamente no escucha. Probablemente ni oye los argumentos contrarios a sus políticas. No oye a los sindicatos, ni a los expertos, ni a las otras opciones políticas, ni instituciones financieras nacionales e internacionales, ni a los mandatarios de otros Estados, ni siquiera las indicaciones de los mercados que solicitan atemperar el rigor presupuestario con políticas expansionistas. El gobierno no oye nada pues está literalmente teledirigido desde Berlín. Es, en realidad, un encargado de negocios y podría ser un autómata. Pues no quiere o no puede hablar, ver u oír, Rajoy se ha echado en brazos de Angela Merkel, un angelus novus a su medida. Esta táctica minimalista, de huida y refugio, tiene un pequeño inconveniente: su corto plazo. Es año de elecciones legislativas en Alemania. Si Merkel las pierde o se ve obligada a una nueva coalición con los socialdemócratas, la voz de Berlín previsiblemente cambiará y Rajoy se verá en la enojosa situación de Rip van Winkle cuando, al despertar de su largo sueño, se encontró que todo había cambiado en torno suyo.

¿Tiene sentido un gobierno que no habla, no ve y no oye? Porque, ¿cómo gobierna ese gobierno? A la vista está.

(La imagen es una captura del vídeo de El País.

El contar de las historias.

Fui a ver la película de Pablo Larraín al haberme llegado recomendada por varias fuentes interesantes. Es una gran película. Todo en ella es grande, lo bueno y lo malo, y da que pensar. La historia narra los preparativos para la campaña del referéndum pinochetista de 5 de octubre de 1988 en el que -aquí no hay spoiler posible- ganó el NO a la continuidad de la dictadura por una holgada mayoría. El guión, aunque basado en una pieza teatral inédita y una novela publicada de Antonio Skármeta, trata de dar una visión de documental, de transportarnos a aquellos momentos no solo por la ambientación sino por la técnica misma del rodaje. Larraín ha desdeñado las cámaras de cine y ha empleado una de vídeo. Y consigue su propósito. La película recuerda mucho el Estado de sitio, de Costa Gavras, ambientada en Uruguay en 1972.

Efectivamente, la técnica, a veces algo irritante porque recuerda el technicolor de los años cincuenta, transmite una gran sensación de verosimilitud documental. Al fin y al cabo se narran dos hechos reales: la derrota de Pinochet en el plebiscito y el modo concreto en que se consiguió y que, según la tesis de la película, fue el carácter de la campaña mediática del frente del NO. Hay quien la ve, incluso, como una película de comunicación política, apta para demostrar un postulado de esta disciplina: que las campañas en positivo llevan ventaja sobre las negativas, las optimistas sobre las pesimistas, las alegres sobre las tristes.

En efecto, el argumento es que un joven creativo de media-marketing, formado en los Estados Unidos, proyecta una campaña rompedora de publicidad política que conseguirá dar la vuelta a las previsiones, haciendo que gane el NO. Para ello, tendrá que vencer la hostilidad y el obstrucionismo de otras fuerzas de izquierda del frente que se sublevan frente a la superficialidad, la trivialidad y hasta el comercialismo de la campaña. La ven, incluso, como una traición a la tradición, la memoria de los muertos, el dogma de la lucha, la importancia de la causa, etc. Pero vence, impone su criterio y este triunfa. ¿Así se explica la caída de Pinochet? ¿Mediante una ingeniosa campaña de marketing político?

Buenooooo. No sé. Supongo que la peli no quiere decir eso; pero es lo que dice. La misma película puede entenderse como un producto de marketing: se concentra en el objetivo al cien por cien, ignora todos los elementos adyacentes que puedan distraer la atención (como movilizaciones, protestas, etc) y es una historia simpática, alegre, afirmativa. Si se hubiera quedado en eso, en un documental positivo acerca de cómo la democracia triunfa a la larga sobre la tiranía, el bien sobre el mal, ambos hechos serían convincentes: la caída del genocida y la importancia de la campaña electoral, sobre todo de los vídeos proyectados diariamente por la televisión durante un cuarto de hora. Pero, probablemente para hacerlo más verosímil, Larraín ha introducido un elemento de ficción (que también puede haber sido real, pero eso es indiferente), quizá para humanizar a los personajes, sobre todo a René, el joven creativo que, de otro modo, parecería más un James Bond del márketing político.

Pero este elemento de ficción es el núcleo explicativo de esa incomodidad que produce el film. En esta historia hay una de amor, de matrimonio roto, de niño, de vida cotidiana que de pronto se ve invadida por el sobresalto de la trama, narrada e interpretada con un fuerte eco exterior, de pautas culturales o simbólicas exteriores. Más concretamente, estadounidenses. El relato recuerda mucho el prototipo del héroe solitario, enfrentado a un poderoso sistema, a fuerzas muy superiores a las suya, al final vence porque representa la razón o la verdad o la justicia. Como aquí. Ese recurso a las pautas culturales ajenas, la forma de contar la historia, no esta misma, desde luego, es el que delata la mirada exterior. Sin duda los autores e intérpretes son chilenos (excepción hecha de Gael García, que es mexicano) pero estructuran su narración bajo pautas exteriores, gringas. Por más cámaras de vídeo que se empleen la historia está narrada casi veinticinco años después e interpretada por gentes que solo pueden verla desde fuera.

Tiene gracia que la victoria en una campaña por una opción política y moral sea de quien la plantea del modo más mercadotécnico posible. Y más que gracia. Encierra un mensaje a todos los expertos en comunicación política y es el siguiente: el valor de lo positivo es tan grande que puede hacer ganar una opción por el NO (intrínsecamente negativa) a base de cambiarle el marco narrativo, el famoso frame de forma que, gracias a las melodías pegadizas, los colores vivos, las gentes alegres, los refrescos, las playa, etc, el NO aparezca enmarcado en las propuestas nuevas, originales, vivas, de futuro. De eso modo se deja al frente del SI en la incómoda posición de defenderse de la acusación de que, en el fondo, es un NO.

Pero esta visión es pobre. Lo interesante es el intento de contar una historia como si fuera una vivencia directa en tiempo real, transmitida por gente que está fuera. Había en Estado de sitio algo parecido, aunque infinitamente más tenue. La película, rodada en gran medida con actores franceses simulaba ser un documental de un episodio concreto de la lucha de los tupamaros en el Uruguay a comienzos de los setenta y estaba contada como un documental, con voces en off e indagaciones de todo tipo. Tras el desenlace, el film termina con un close up del rostro de un trabajador anónimo del aeropuerto de Montevideo que observa con atención cómo acaba de aterrizar un avión yanqui del que desciende un alegre funcionario estadounidense, el nuevo agente de la CIA que ha venido a sustituir a su predecesor, Philip Michael Santore, secuestrado y ejecutado por la guerrilla tupamara. Lo que más llama la atención de ese primerísimo plano del probable contacto tupamaro en el aeropuerto es el intenso color azul de sus ojos.

dilluns, 4 de març del 2013

La corrupción estructural.

Noblesse n'oblige pas, parece haberse dicho el monarca, muy a la borbónica manera, y se ha quitado del medio en un momento crítico para el país. Como hicieran sus antepasados, Carlos IV y Fernando VII, que se fueron con el francés. O su abuelo, quien emprendió el camino del exilio motu proprio. Como hizo él mismo cuando se presentó en el Sahara, siendo Jefe del Estado interino o algo así, a garantizar a la guarnición que España entera estaba detrás de ella; la misma España que luego le dio la espalda, firmando unos acuerdos francamente lamentables con Marruecos. El pretexto es una operación de cadera que lo tendrá postrado de dos a seis meses. Plazo elástico. Clara precaución por si el lío nacional se prolonga en el tiempo o se resuelve milagrosamente. Pero no sé si la Jefatura del Estado puede estar en sede vacante (a imagen y semejanza del solio de San Pedro) tanto tiempo. Esta situación no está prevista y convendrá tomar alguna decisión. Tendrá que sustituirlo su sucesor, el príncipe Felipe, pero en calidad ¿de qué? Algo así le sucedió al Rey un verano del 74 en que Franco fue ingresado en el hospital, como si fuera un ensayo general de muerte por ver si las llamadas "previsiones sucesorias" funcionaban. Repuesto, Franco recuperó el mando y es claro que a lo mismo aspirará Juan Carlos. Pero, de momento, se ha quitado del medio cuando caen chuzos de punta.

Los papeles de Bárcenas revelan una situación terrible de la cosa pública. De ser cierto lo que en ellos se contiene, el PP lleva años haciendo adjudicaciones irregulares a cambio de cuantiosos donativos de las empresas no menos irregulares que, al parecer, se utilizaban luego para financiar las elecciones y el funcionamiento del partido y para gratificar tan generosa como arbitrariamente con sobresueldos a un cogollo de dirigentes del partido entre los cuales aparece el nombre de Rajoy. Es una situación tan escandalosa que el país no puede pasarla por alto sin más, ni plegarse a la inaceptable actitud del gobierno de proceder as usual. Es insostenible desde todos los puntos de vista. Revela una actitud instrumentalizadora y patrimonializadora de la administración pública en colusión con un puñado de empresarios en contra del interés general y en beneficio de esos empresarios (licitaciones de millones de euros), del partido y personal de algunos de sus dirigentes. No se puede confiar la gestión pública en manos de quienes presuntamente la aprovechan para delinquir.

Esa confabulación entre los empresarios y el partido es la clave de la falsedad del discurso neoliberal de la derecha. Ambas partes dicen que solo la privatización, la confianza en los empresarios (ahora llamados también "emprendedores", que tiene una connotación más romántica), la abstención del Estado y la desregulación nos sacará de la crisis. Ambas, igualmente, coinciden en demandar sacrificios, austeridad, contención y resignación de la ciudadanía como forma, dicen, de arrimar el hombro en estas terribles circunstancias. Y ambas, asimismo, se entienden para hacer lo contrario de lo que predican: las empresas y los empresarios parecen vivir (y opíparamente, por cierto) de estafar al contribuyente con la ayuda activa del Estado. ¿Cabe un comportamiento más repugnante? El Estado no solamente no se abstiene sino que está colonizado por las empresas. Toda la política de privatización de la sanidad pública está movida por esta ambición de lucro empresarial a costa de los ciudadanos a los que se expolia sin que exista un solo estudio que demuestre la superioridad de la sanidad privada sobre la públic. Los que hay demuestran lo contrario.

Cuando se habla de colonización empresarial del Estado (presente de forma palpable en la justificación de las reformas del sistema educativo en pro de una mayor eficiencia mercantil) no debe quedar fuera la gran empresa nacional, la Iglesia. Comparada con la iglesia vociferante y militante de la época zapateril esta parece un remanso de paz. Sus privilegios se han mantenido intactos, pues no consta que a los curas se les haya suprimido la paga de Navidad, y la jerarquía no ve motivos para salir narrando agravios y planteando nuevas exigencias. Ya lo hacen los gobernantes por su cuenta. El ministro de Justicia está dispuesto a satisfacer todas las demandas de los obispos en cuanto al aborto y ya veremos qué pasa con el divorcio. El de Educación les ha entregado la enseñanza en España, se ha cargado la Educación para la ciudadanía y ha vuelto a meter la religión en los programas de estudio. Aun así, a la Iglesia le parece poco y por eso ha movilizado al hermano lego que tiene en el gobierno, el ministro Fernández Díaz, para exigir que la religión no solo no sea una María, sino que sea troncal y valga lo que la química o la lengua. O más, si cabe. Al fin y al cabo, todo depende de Dios.

Por supuesto, tampoco puede faltar la banca a la cual ha sido necesario rescatar con ingentes sumas de dineros públicos porque estaba en una situación calamitosa. Solo el hundimiento (por supuesta estafa) de Bankia suele aducirse como explicación de la agudeza de la crisis en España. Un mundo en el que la mala gestión estaba entreverada de corrupción a todos los niveles: créditos a fondo perdido, malversaciones, apropiaciones indebidas, créditos a proyectos suntuarios de las administraciones públicas en los que robaba todo el mundo, subvenciones clientelares, autoasignación de pluses, pagas y pensiones estratosféricas.

¿No es acaso obvio ya, no solo que la crisis es en verdad una estafa, sino también quiénes son los beneficiarios y cómo lo han hecho y están haciéndolo? Gestionadas por un partido presuntamente corrupto, las instituciones no cumplen sus funciones. El conjunto del sistema está bloqueado, pendiente de las incidencias procesales de estos portentosos casos de corrupción, el de Bárcenas y el de la Gürtel que, al parecer, están entrelazados y tienen atrapados, como en una tenaza, al gobierno y su partido.

Quizá no sea muy gallarda su actitud pero el Rey ha hecho bien con el mutis, antes de que el torbellino de la corrupción arrastre la corona merced a esa figura antaño retrechera y hoy macilenta de Urdangarin. Porque al pringue de la corrupción general del país, el Rey añade uno propio, peculiar, familiar, zarzuelero que, además, presenta aristas sentimentales escabrosas, también en la mejor tradición borbónica.

Hay que ver cuán polifacética es la familia que el pío ministro Fernández Díaz llama natural. Por cierto, cómo cambian los tiempos; antaño, lo natural era pecaminoso para la Iglesia, como se ve en la designación de hijo natural que, si era de abolengo, podía llamarse "bastardo". La familia como Dios manda -que es lo que el ministro quiere decir- se adapta a la perfección a las vías corruptas. El espectáculo español probablemente fuera menos español de no aparecer en el baile los maridos tarambainas, las esposas lelas, los yernos pillastres, los primos, las nueras y, por supuesto, las amigas entrañables, admirable complemento de la institución natural.

diumenge, 3 de març del 2013

Nueve razones por las que Rajoy debe dimitr.

La única salida que queda en la enmarañada situación política española, con el fracaso continuado del gobierno en todos los frentes, es la dimisión inmediata de Mariano Rajoy.  La moción de censura sería laminada por la mayoría absoluta de la derecha. No obstante debe presentarse por decoro político y porque permitiría que, al menos por una vez, los ciudadanos supieran cómo están las cosas de verdad y no según la propaganda del gobierno. Pero solo la decisión de Rajoy de quitarse del medio, la única compatible con los usos civilizados, las pautas morales de la sociedad y hasta el buen gusto, puede abrir un proceso de regeneración democrática en el país. Las razones para la dimisión del presidente son claras:
  • 1ª.- Mintió en la campaña electoral de 2011 e incumplió luego su programa de gobierno.
  • 2ª.- Ha arruinado y deprimido más España salvando a los bancos a costa de los ciudadanos.
  • 3ª.- Ha hecho crecer el paro, la emigración, los desahucios y los suicidios.
  • 4ª.- Mantiene un gobierno de ineptos y corruptos que ya deberían haber dimitido hace tiempo.
  • 5ª.- Él mismo está bajo sospecha al no aclarar fehacientemente si recibió o no dinero ilegal.
  • 6ª.- Tampoco explica cuál sea su situación real e ingresos de su plaza de registrador.
  • 7ª.- Nombró tesorero a Luis Bárcenas y amparó sus actividades durante años.
  • 8ª.- Amparó el presunto saqueo sistemático del erario público a través del PP y la Gürtel.
  • 9ª.- Mintió al afirmar que Bárcenas no tenía nada que ver con el PP desde 2010.
Un país no puede estar gobernado por un hombre y un partido sometidos al chantaje de un presunto delincuente.
(La imagen es una foto de La Moncloa en el dominio público).

Peor que nunca.

Todos los datos económicos de 2012, el primer año íntegro de Rajoy en el gobierno, han ido a peor. Si la herencia recibida de Zapatero era mala -como ha aducido machaconamente el PP- la gestión de la derecha con mayoría absoluta la ha hecho buena. Ya quisiéramos hoy estar como en 2011, cuando había 600.000 parados menos, el déficit era del 9% del PIB y no del 10% como ahora, el crecimiento era positivo (de un 0,4%) en lugar de negativo (-1,4%) y el consumo final aún crecía (+ 1,2%) en lugar de decrecer (- 1%). Incumpliendo todo su programa electoral y aplicando uno contrario (o sea, como dice Rajoy, cumpliendo con su deber), el gobierno ha empeorado la situación en todos los frentes y ha hundido el país en la depresión más de lo que ya estaba.

Eso en lo económico. En lo político, la situación es calamitosa. El prestigio de las instituciones está bajo mínimos (excepción hecha del poder judicial, único baluarte en pie del Estado del derecho) y el de los partidos y los políticos que las gestionan bajo mínimos de los mínimos. La corrupción se ha enseñoreado del conjunto de la vida social: los políticos (fundamentalmente del PP, incluido el presidente del gobierno), muchos empresarios y hasta allegados a la Casa Real están presuntamente inmersos en oscuras tramas delictivas en las que se apalean millones de euros mientras la ciudadanía pasa necesidades y no figuradas, sino bien reales: desahucios a miles, empobrecimiento general, emigración forzosa, cantidad creciente de suicidios. Para tapar todo lo cual el gobierno y sus medios -que son muchos pues incluyen los públicos- recurren a la mentira de forma tan sistemática que han perdido todo su crédito. Así, el penúltimo embuste de Rajoy, el del déficit al 6,7% del PIB (en donde se escamotea el adicional 3,3% del rescate de la banca, que sí se contabilizaba en el cálculo de la era Zapatero) ya no produce ni escándalo. Todo el mundo da por supuesto que Rajoy no habla y, cuando habla, miente.

La sociedad está reaccionando con una movilización sostenida, intensa y muy numerosa. Las mareas -ahora extendidas también a Portugal- mantienen un clima de conflicto social que, a pesar de su carácter pacífico, a veces toma aires violentos. Pero no por la predisposición de los manifestantes sino, habitualmente, por la actividad provocadora de la policía. Porque, junto a la mentira sistemática, el otro medio de que se vale el gobierno para hacer frente a las oleadas sucesivas de indignación ciudadana es la represión con hostigamientos policiales, detenciones arbitrarias, montajes acusatorios, cargas indiscriminadas y una continua criminalización de las acciones de protesta.

La mentira y la represión pueden contener de momento la ira de la ciudadanía, pero no frenar el deterioro de las instituciones. Un ochenta por ciento de los votantes del PP cree que Bárcenas chantajea al PP y, en concreto, a Mariano Rajoy. En ningún país del mundo se toleraría un gobierno cuyo presidente esté sometido al chantaje de un presunto delincuente. En verdad es una situación límite que, sin embargo, no parece afectar a Rajoy, cuyo pundonor no es vigoroso, razón por la cual no piensa en dimitir para bochorno de toda la ciudadania. La corrupción Bárcenas/Gürtel, pues ahora empiezan a unirse procesalmente, no es un caso aislado, ni una excepción, ni un accidente. Parece ser una norma de comportamiento del PP que este traslada a las instituciones; es una corrupción estructural. No es posible gobernar en estas circunstancias y lo que el gobierno debería hacer sería dimitir y convocar nuevas elecciones para que, ahora sí, con suficientemente información, el electorado pueda decidirse con conocimiento de causa. No engañado, como lo fue en las elecciones de 2011.

Pero pinta mal para elecciones. Según los datos de Metroscopia en El País de hoy la intención de voto es del 24,3% para el PP y del 23,1 para el PSOE. Cantidades raquíticas. El PP pierde veinte puntos con respecto al resultado de 2011 y el PSOE, agarrénse, cinco y medio y eso que su resultado de 2011 era el peor de su historia reciente. Entre los dos suman el 47,4% del voto, no llegan al 50%, tambièn la más baja de la historia, que muestra una media del 75,1% de 1982 a 2011. Ignoro si esto anuncia un fin del llamado bipartidismo o solo es muestra del hartazgo de la ciudadanía con los dos partidos dinásticos.

Aparentemente, la situación no tiene salida. Pero la política consiste en encontrar la salida a situaciones que no la tienen, solución a problemas que parecen irresolubles. Claro que para eso hacen falta políticos. No burócratas.