divendres, 3 d’octubre del 2014

La ciberpolítica


El año pasado, el Centro de Estudios Políticos y Constitucionales acogió entre sus históricos muros las segundas jornadas de ciberpolítica que organizamos desde la UNED. Buen comienzo, engastar las deliberaciones sobre la política del futuro en el ambiente cargado de simbolismo y añoranzas del antiguo Palacio del marqués de Grimaldi. Durante dos días, una veintena de reconocidos especialistas, procedentes de distintas disciplinas, sociología, politología, comunicación, filosofía, economía, estadística, matemáticas y análisis de redes, debatimos sobre el impacto que internet y las redes sociales tienen sobre la política en las sociedades abiertas contemporáneas. El decano de la Facultad de Políticas y Sociología de la UNED, José Antonio Olmeda y el  alter ego de Palinuro, Cotarelo, recogieron los trabajos, los editaron en el sentido inglés del término con el mayor esmero, y el citado Centro ha tenido a bien editarlos en el sentido español, con una presentación de su director, Benigno Pendás, en el que se levanta constancia de como la venerable casa se abre a los nuevos vientos de la política en la era digital. Todo ello posible también gracias a la colaboración de la subdirectora del centro, Isabel Wences, cuya competencia en materia de ilustración escocesa le hace sensible a los matices epistemológicos y de juicio moral que internet evidencia en la acción humana.

El libro recoge todas las aportaciones que cubren un vasto campo de la acción política en las sociedades democráticas, referida muy especialmente a España; aquí y ahora. Quiere ser un vademécum de la teoría y la práctica de la política 2.0. Además del cruce interdisciplinar, agrupa diversidad de enfoques metodológicos; tienen cabida estudios, análisis de casos, informes de investigaciones en curso de carácter empírico, cuantitativo y también cualitativo y especulativo. Igualmente mantiene un equilibrio entre posiciones de principio acerca de la pertinencia y hasta de la verosimilitud del concepto de ciberpolítica que, para unos es una realidad incuestionable que obliga al desarrollo de nuevos enfoques en la política y, para otros, una moda pasajera que apenas incide en el análisis político tradicional. Quien tenga la paciencia de pasearse por sus páginas, conseguirá base suficiente para formarse su propio juicio que debe de ser el objetivo de los libros serios.

Hemos dividido el material en cinco partes: la primera es teórica y repasa cuestiones como el gobierno electrónico, la creación del nuevo espacio público, las formas de la democracia, el voto electrónico y la participación en las cibercampañas electorales. La segunda parte se refiere a las nuevas formas de activismo, tanto en términos generales (sofactivismo, clickactivismo) como en casos concretos, el Movimiento por la Vivienda Digna, el 15-M, así como a la aparición de nuevos mecanismos de reproducción social, como el caso de los prosumidores. La tercera parte incluye una serie de estudios sobre nuevas formas de movilización social y partidos políticos, tanto de los tradicionales, en el sentido del uso que hacen de lo digital, como de las nuevas formaciones, constituidas en sistema-red, como el movimiento 15-M, la interacción entre los espacios públicos virtuales y los fisicos; igualmente se trata del uso de las redes sociales en la política y de la política propia de las redes sociales, que no es lo mismo. La cuarta parte versa específicamente sobre la nueva dinámica de interacción entre redes sociales y campañas electorales, muy especialmente Twitter. Como siempre, el punto candente en esta cuestión es saber si nos acercamos a esa promesa de utilizar los procedimientos de big data para pronosticar los resultados de las elecciones con un grado de exactitud superior al de los clásicos sondeos.
 
En fin, haremos una presentación en la que debatiremos estas cuestiones. El post es por si alguien quiere hacerse con el programa de mano.

dijous, 2 d’octubre del 2014

Un día en la vida de España.


Nadie que se dedique a la observación de la vida pública en España corre peligro de aburrirse. Todo lo contrario, lo corre de perecer de emociones y exceso de trabajo. Adjunto un somero resumen con cierta interpretación de la pintoresca jornada de ayer, que fue como una representación de la esencia española. Por la mañana, la España de hoy; al mediodía, la España profunda; por la tarde, la España eterna.

Por la mañana: la España de hoy. Amaneció el día con los catalanes desbordándose por las calles en protesta por la decisión del Tribunal Constitucional de suspender la consulta. Protesta que ya se inició el día anterior, lunes. Al tiempo, el Govern remitía al alto tribunal sus alegaciones y paralizaba la campaña institucional entre protestas de sus aliados más radicales. A poco, los Mossos empezaron a dar estopa a los manifestantes, en especial a los aficionados a las acampadas. Se desató la indignación en las redes. Es probable que la táctica de Mas sea mantener el pulso legal y, al tiempo, el orden público, incluso dando muestras de autoritarismo, para inspirar confianza en todas partes. Pero no ha conseguido evitar, y quizá fuera lo que pretendía, que el ministro del Interior, en uso de sus competencias y siguiendo sus ideas sobre la forma española de resolver los problemas de diálogo, le enviara 400 agentes antidisturbios, para ayudar al entendimiento. Y, por supuesto, en prudente previsión de que pueda pasar lo que, si pasa, será probablemente por esa previsión.

La prensa internacional sigue entusiasmada la cuestión española y respira mayoritariamente simpatía por el catalanismo. Bloomsberg News publica un editorial contundente, titulado First Scotland, Now Spain (ojo a la asimetría de nombres) en el que se dice textualmente a Rajoy que haga el favor de viajar a Cataluña a encontrar una solución dialogada con Mas en la línea escocesa. Rajoy ha perdido la batalla de la comunicación exterior, probablemente por no hablar idiomas.  Nadie fuera entiende ese cierre en redondo del gobierno central a cualquier tipo de negociación. Tampoco dentro, por cierto, pero todos lo apoyan por miedo a parecer menos patriotas que los vecinos en un tiempo en el que el patriotismo se hace más y más vociferante. El patriotismo nacionalcatólico, claro, el único consistente que hay en España; el de españolizar a los niños catalanes. Pues ya estamos en plena guerra sucia, alguien ha insinuado que el editorial de Bloomberg News está comprado. Supongo que con dinero de la Generalitat. Como si fuera tan fácil comprar medios extranjeros como los patrios. Que se lo digan a Aznar, que se gastó dos millones de euros de nuestro dinero en comprar una medalla del Congreso de los Estados Unidos que, al final, no le dieron.

De todas formas, es igual; si los catalanes insisten en su movilización pacífica y en sus alegaciones y decisiones, se los denuncia ante los tribunales y, llegado el caso, se los encarcela; a los demás, se los disuelve a palos. La adhesión sin fisuras de la oposición socialista al gobierno en el asunto catalán lo deja literalmente con las manos libres. Y un gobierno con las manos libres es un peligro en toda sociedad civilizada. ¿A quién interesa esta situación? Al gobierno más que a nadie porque, sobre verse con las manos libres, consigue que no se hable de sus peplas de corrupción e incompetencia evidente en gestión de la crisis. Al nacionalismo catalán no le interesa en absoluto, pero está obligado a hacerle frente en condiciones cada vez más difíciles, con un margen de acción que se estrecha por días. El país en general se entera poco porque la información sobre Cataluña está secuestrada por la opinión más patriotera y porque, además, surgen nuevos focos de atención que distraen la suya.

Al mediodía: la España profunda. La comparecencia de Cañete en el Parlamento Europeo, el hearing, vaya, una práctica tan desconocida en España que no tiene ni nombre. Consiste en que las personas que las autoridades competentes proponen para desempeñar ciertos cargos pasan un exhaustivo examen de idoneidad en todos los aspectos ante el órgano legislativo que ha de nombrarlas. Son interrogatorios en profundidad que hurgan en el comportamiento del candidato, sus conocimientos, su pasado, sus opiniones en otros contextos. Mera exigencia democrática.

Cañete había sido propuesto para otra cosa pero,  al final, Juncker lo derivó florentinamente a la comisaría de energía pensando que, si se asustaba ante el hearing que le esperaba dada su biografía, desistiese.  El presidente de la Comisión no puede enfrentarse así como así con los de gobierno de la UE; pero sí puede frustrarlos. Al fin y al cabo, era de dominio público que, por razones de negocios, Cañete hace pocas migas con el medio ambiente y por convicciones profundas tiene en solidaria estima a las mujeres en cuanto seres disminuidos. Todavía no se sabía que, además, era olvidadizo y dejaba de tributar inadvertidamente por unos miles de euros que le habían llovido en forma de sobresueldos, concepto contable originalísimo que la España profunda aporta a la cultura europea.
 
Con esos antecedentes, calculaba el malvado de Juncker, Cañete retiraría su candidatura. No conocía el coriáceo pellejo de los políticos españoles a quienes no hace dimitir ni el hundimiento del cielo. ¿Por qué habría de hacerlo Cañete, que viene de un gobierno en el que media docena de ministros, sin contarlo a él, tienen razones iguales o más graves para dimitir y ni se les pasa por las mientes? Si estaría seguro el simpático exministro que ni siquiera necesitó un SMS de su padrino, del tipo Miguel (se llama Miguel, ¿no?) sé fuerte. Así que el buen hombre hizo el ridículo en su hearing con absoluta pachorra y buena conciencia y hasta en francés, cosa que habrá dejado a Rajoy boquiabierto. Pero muy contento porque se demuestra que la gran nación mantiene su sagrada costumbre de nombrar siempre para los cargos a los menos idóneos.

Por la tarde: la España eterna. Entretenido estaba el personal con estas quisicosas y saltó la noticia de que un selecto grupo de mangantes se había pulido 15,5 millones de euros públicos y de los impositores de Cajamadrid a lo largo de catorce o quince años en francachelas, viajes y lo que les saliera de las narices. Se valían de unas tarjetas opacas a efectos fiscales. No había que declarar. Había que pillar la pasta y correr. O callar. Hay quien dice que ese desfalco era el chocolate con el que los directivos de la Caja compraban a los supuestos consejeros, guardianes, chambelanes o lo que esta gente fuere, para que hicieran la vista gorda mientras ellos desfalcaban veinte mil millones, que ya es una cantidad por la que un caballero puede mancharse la corbata. Será o no será, pero va estando claro que, si sumamos esta estafa a todas las demás conocidas en todos los órdenes, no hay que ir a buscar el origen de la crisis más que a los despachos de los políticos, los empresarios, los financieros y toda la basura que arrastran.

En la Caja Madrid, el comportamiento de los consejeros de la izquierda, de IU y del PSOE no se diferencia en nada del de los otros. Se lo llevaban crudo y punto. A los representantes de los sindicatos, al parecer, se les untaba más generosamente, lo que habla en favor de la sensibilidad social de aparato corrupto. Supongo que la izquierda tendrá algo que decir sobre esto, que le hace mucho más daño que a la derecha. Sánchez ha prometido echar a los responsables y obligarles a devolver lo trincado. Eso es lo que ya ha hecho Rodrigo Rato y alguno más: han devuelto 200.000 pavos y, de paso, han hecho trizas las excusas de muchos otros de que estaban convencidos de que era legal.
 
Las abundantes fotos, los testimonios gráficos del vidorro que se daba el capo scuola, el compañero de pupitre de Aznar, esas instantáneas rifle en mano, con caza mayor exótica a los pies, a bordo de potentes y lujosas embarcaciones, esas mansiones de ensueño, hablan de una vida vertiginosa, de derroche y boato. Esos ocho mil emails que Blesa trata de mantener en secreto pero cuyo contenido se ha ido conociendo muestran un mundo de gentes sin escrúpulos, de gentes que manejan los fondos públicos y ajenos de un modo depredador, que asimilan gestión con expolio. Todo muy moderno, trepidante, al estilo Inside Job.
 
Pero, en realidad, cuando se despacha el pastel, la España eterna. La cleptocracia como forma de gobierno.
 
(La imagen es una captura del vídeo de El País.

dimecres, 1 d’octubre del 2014

El mandarín silencioso.


En momentos como estos, en que se da una fractura profunda en España con formas disonantes de entender la convivencia en el viejo solar hispano, conviene hacer acopio de opiniones y pareceres. Cuando se enfrentan concepciones distintas y opuestas del Estado y de la nación, suele recabarse el consejo de colectividades que, por su dedicación profesional, parecen adecuadas para pronunciarse en asuntos complejos que superan al común de los mortales. Una costumbre tan arraigada que, a veces, algunas de ellas, lo hacían por iniciativa propia. Los militares han solido pronunciarse sobre los más diversos problemas en la historia de España. Y los curas se  han inmiscuido tradicionalmente en lo que les competía y lo que no. Y, por supuesto, los intelectuales que en toda Europa han venido ejerciendo de gurús de la conciencia colectiva desde los inicios de la dominación burguesa. El famoso Yo acuso de Zola no hizo más que unir el nombre preexistente a una nueva forma de pronunciamiento a través de los medios de comunicación. Es lo que en el siglo XX se llamó el compromiso de los intelectuales, una especie de fielato moral por el que estos publicaban en medios de gran tirada e, incluso, convertían sus creaciones en cauces de difusión de sus opiniones acerca de las cuestiones sociales, políticas, nacionales, internacionales, de su época. Eran influyentes. ¿Como es posible que los intelectuales parezcan ausentes en la recrudescencia de un conflicto nacional en España que esta lleva siglos arrastrando?

La cuestión de la diversidad nacional española viene siendo objeto de preocupación principal, casi obsesiva, de los intelectuales, historiadores, ensayistas, escritores españoles desde finales del XIX. El regeneracionismo, los del 98, los del 14, algo menos los del 27,  los intelectuales franquistas,  los de la España del exilio y el llanto y los de la transición, se han ocupado tan intensamente de este asunto que aspira a la condición de género ensayístico: el ser de España. Por eso llama la atención que, cuando este conflicto nacional se agudiza, sobre él haya caído un manto de silencio. Y ello a pesar de la afición de los intelectuales españoles a recurrir al manifiesto como forma de influir en la opinión pública, según documenta Santos Juliá en su último libro, Nosotros, los abajo firmantes / Una historia de España a través de manifiestos y protestas (1896-2013) Galaxia Gutenberg, 2014. Sin duda ha habido algunas reflexiones de intelectuales aislados y muchas veces a consecuencia de alguna trifulca por acusaciones personales de nacionalismo de aquí o allí, o antinacionalismo; son excepciones. En cuanto a los manifiestos, solo conozco dos, de  reducidos peso y difusión, uno abiertamente anticatalanista y el otro no tanto, más suavizado, pero tampoco simpatizante ni de lejos con la causa del nacionalismo catalán.

Es raro tan espeso silencio. Entre otras cosas, los asuntos hoy en el centro del conflicto, la soberanía, la democracia, la legalidad, el Estado, la nación, el patriotismo, etc, son justamente los que apasionan a los intelectuales. ¿Cómo no hay encuentros, debates, confrontaciones para dirimir cuestiones de tanto calado? Los intelectuales catalanistas sí parecen muy activos y, a la contra, los intelectuales catalanes no catalanistas. Pero los españoles mantienen un sorprendente silencio.

Hay un dato que no puede pasarse por alto: los dos partidos dinásticos, columnas del templo de la transición, están unidos sin fisuras, en expresión de Pedro Sánchez, en su concepción de la nación española única e indisoluble y la soberanía indivisible del pueblo que la sustenta. Esta unidad  política crea un campo de acción social que afecta al conjunto de las administraciones y sus actividades, los medios de comunicación, las iniciativas empresariales, el quehacer de la llamada sociedad civil. En esas tupidas redes de oportunidades vitales los intelectuales pueden ser más o menos próximos a uno de los dos partidos dinásticos, pero han de compartir la visión de la unicidad de la nación española. Sin fisuras. Así que la falta de apoyo a las reivindicaciones catalanas ha de achacarse en un primer momento a una integración de los intelectuales, incluidos los comprometidos, si este término aún significa algo, en un sistema cultural basado en principios incuestionables. Quizá eso no sea muy propio de los intelectuales o de la imagen idealizada de estos, pero es lo que se da.

En la muy comentada entrevista de Ana Pastor a Artur Mas hay un momento en la conversación previa con Julia Otero en que Pastor advierte a su interlocutora más o menos que manifestar en público su intención de voto puede traerle problemas, supongo que profesionales. Lo que eso quiere decir es evidente. Por otro lado, la profesión de periodistas consagradas de ambas las incluye en una concepción lata de intelectuales y, en todo caso, de comunicadoras, una condición más reciente y amplia.

En el agudizado conflicto entre España y Cataluña, al enmudecer, al desertar de su tradicional implicación comprometida, los intelectuales españoles dan por buena la versión que los políticos fabulan en defensa de sus posiciones en asuntos como la nación, el derecho de autodeterminación, la desobediencia civil y que, según puede verse en la acción cotidiana del gobierno, consiste en imponer la visión más retardataria del nacionalcatolicismo. La adhesión incondicional de los socialistas a la Covadonga conservadora no abre siquiera la perspectiva de un replanteamiento de la nación española y no hablemos ya de un reconocimiento de la condición plurinacional de España que algunos intelectuales reconocen en privado pero no osan defender en público.

Termino con una consideración que tiene algo de personal. Durante la lucha contra el franquismo, la cultura catalana tuvo una influencia enorme. No hago de menos la aportaciones vascas o gallegas pero, por razones conocidas, la cultura catalana, en todas sus manifestaciones, impactó mucho y fue decisiva para la elaboración de una cultura española antifranquista. No es solamente la ingeniosa obviedad de Vázquez Montalbán de que "contra Franco vivíamos mejor"; es algo más profundo. El franquismo trató de asimilar todas las manifestaciones culturales y hacer una amalgama, enseñoreada por los rasgos de una cultura andaluza que, fiel a su condición señoritil, la oligarquía había convertido en emblema de España nación. No lo consiguió en Galicia y en el País Vasco; pero en donde fracasó más rotundamente fue en Cataluña, en donde se desarrolló una poderosa cultura de resistencia alimentada por artistas, escritores, músicos, poetas, pintores, arquitectos, científicos, etc., que fueron decisivos en la formación de los intelectuales españoles, al menos los de mi generación.

Esa es la cultura de resistencia que ha resurgido ahora en Cataluña. ¿Por qué no atenderla, entenderla, dialogar con ella, incluso colaborar con ella? ¿Porque creemos ser el objeto contra el que se dirige esa resistencia? Es un error. Esa resistencia se dirige contra los mismos poderes que oprimen a los españoles.

dimarts, 30 de setembre del 2014

El diálogo no es una concesión; es una obligación.


El punto de ebullición a que se ha llegado empieza a sacudir letargos y suscitar alarmas. La "cuestión catalana" escala puestos en el índice de preocupación de los españoles. Ya era hora. Hasta sectores y personalidades que hasta ayer ignoraban el problema o lo despachaban irresponsablemente cargando toda la culpa sobre el soberanismo catalán, urgen hoy sosiego, tranquilidad, diálogo, entendimiento, búsqueda de soluciones al alimón. Ya lo señaló Palinuro hace un par de fechas. Buena señal porque esta actitud indica disponibilidad a escuchar a los demás, aquilatar sus razones y, mira por dónde, quizá llegar a la conclusión de que tengan algo de validez.

En este punto estamos porque el nacionalismo español, tan seguro de sí mismo que dice no ser nacionalismo, muestra una incomprensión absoluta del nacionalismo catalán que sí se admite como tal. Cito dos momentos clave, el de ciclo largo y el de ciclo corto. El largo: creyóse resuelta la cuestión con el título VIII de la Constitución en cuyo fondo latía la idea de diferenciar tres regiones especiales y las de régimen común. Pero ya en su enunciado el título contenía la semilla de su destrucción, al admitir que todas fuesen especiales a través de la doctrina del "café para todos" en un Estado autonómico del que casi nadie tiene ya algo bueno que decir, basado en una ignorancia evidente de los hechos diferenciales. El corto: el accidentado periplo del nuevo Estatuto de autonomía, desde su propuesta por una Generalitat socialista hasta su modulación a manos de Tribunal Constitucional, pasando por dos aprobaciones parlamentarias y una en referéndum. En esos cuatro años se acumularon agravios al nacionalismo catalán hasta culminar en la sentencia del Tribunal Constitucional, negando a Cataluña la condición de nación, agravios que luego se desbordaron en los cuatro siguientes en forma de una movilización popular sostenida y creciente que nos ha traído aquí. El grado de ignorancia, desconocimiento y, me temo, desprecio del nacionalismo español por el catalán se condensa en un juicio de Rajoy que Palinuro cita a menudo por creerlo muy significativo. Preguntado el presidente por su opinión sobre una gigantesca Diada independentista en 2012, creo recordar, dijo que el país no estaba para algarabías.

La crispada, tensa y amenazadora comparecencia de Rajoy ayer en La Moncloa a leer la declaración institucional, mantiene la posición sabida: las normas sobre la consulta, ipso facto al Tribunal Constitucional en virtud del 161,2 de la Constitución. Suspensión inmediata y margen de cinco meses para decidir. El gobierno se atiene a su deber: hace cumplir la ley. Atiende al aspecto jurídico ya que no lo hay político. Y aquí está la trampa: siempre hay un aspecto, una faceta política que activar antes de llegar a la ilegalidad. Pero es preciso querer. Y el gobierno no quiere; pretende reducir el asunto a uno de legalidad porque carece de margen político de negociación. No propone nada porque no se le ocurre nada. Y no se le ocurre nada porque no entiende el problema.

Hasta Rajoy sabe que, con el precedente de Escocia, es imposible sostener un veto a la consulta basado en una triquiñuela legal como es todo el asunto de la interpretación de la soberanía, su titular y alcance, que no puede ser una armadura, sino un constructo flexible que pueda adaptarse a circunstancias cambiantes. Eso sin contar con que la consulta, que no es vinculante, trata de ser un medio para conocer el estado de la opinión pública catalana respecto a un asunto que le importa sobremanera.

De "hechos consumados" habla el gobierno a fin de justificar su incapacidad para evitar que un conflicto institucional llegara hasta aquí. Hechos en sentido estricto aún no se ha producido ninguno, sino decisiones que serán más o menos oportunas o legales pero solo anuncian intenciones. No hay hechos consumados; hay falta de voluntad para entenderse con el nacionalismo catalán, en buena medida por ignorancia de su carácter actual, su fuerza, sus apoyos y sus pretensiones.

La reducción del problema a uno de legalidad plantea el problema de qué autoridad tenga un gobieno cuya relación con la legalidad deja todo que desear en todos los aspectos. Invocar una Constitución que los dos partidos dinásticos cambiaron en 24 horas en una noche de verano teutónico implica invocar un instrumento de la voluntad de esos dos partidos. Ya no es la Constitución de todos los españoles. No todos los españoles pueden reformarla. Los catalanes, como catalanes o los vascos como vascos jamás reunirán los requisitos exigidos para reformar la Constitución. Invitarlos a hacerlo como alternativa a cualquier otra acción es un ejercicio de mala fe.

Lo mismo que la remisión al Tribunal Constitucional. Se trata de pasarle la patata política caliente para escudarse detrás de su decisión. Es verdad que el Tribunal es un órgano político, pero no le gusta que se lo recuerden. Prefiere rodear sus decisiones de aureola judicial. Ha tardado menos de una hora en admitir a trámite los recurso del gobierno y suspender la consulta. Puede parecer una falta de tacto o de diplomacia, una ofensa incluso tanto a los recurrentes como a la parte recurrida. Y una falta de tacto por unanimidad. Pero es que obviamente, ya se descuenta el resultado a la vista de la composición del órgano. Seguramente lo descuentan hasta sus miembros. Un resultado que añadirá más agravios al conflicto porque nacerá no ya del desconocimiento del instante actual del nacionalismo catalán (la "algarabía") sino de su planteamiento de fondo.
 
Dice el presidente que queda margen para enderezar la cosas. Bueno, pues empiece ya.
 
Palinuro reitera una propuesta de días pasados, mejorada, a reserva de otra más puesta en razón:
 
a) El gobierno acepta la consulta a cambio de que la Generalitat la aplace a una fecha comúnmente acordada y acepte asimismo negociar la pregunta.
 
b) Ambas partes obtienen la correspondiente autorización parlamentaria para esas negociaciones que, llegado el caso, refrendarán las cámaras.

c) Una vez celebrada la consulta y, a la vista de los resultados, volverá a buscarse una solución negociada.

Último comentario: vistos los dos presidentes en menos de veinticuatro horas, el uno con Ana Pastor y el otro a palo seco, no hay ni color.

(La imagen es una foto de La Moncloa en el dominio público).

dilluns, 29 de setembre del 2014

No pasa nada.


Convencido de la urgencia del momento y cumpliendo los deseos del gobierno, el Consejo de Estado dictaminó ayer que el decreto de convocatoria de la consulta catalana es inconstitucional y quizá también la ley de consultas y que, por lo tanto, el gobierno hace muy bien en recurrirlos ante el Tribunal Constitucional. Más o menos lo esperado. El Consejo de Estado es un órgano de rancia prosapia cuyos orígenes rastrean algunos hasta Carlos V y tiene hoy una composición abrumadoramente conservadora. Está presidido por un hombre que fue leal servidor de la dictadura de Franco y luego no menos leal colaborador de Fraga Iribarne, que era como seguir siéndolo del dictador por persona interpuesta. Sus miembros, de diversas procedencias, son de orientación conservadora cuando no reaccionaria. Lo extraordinario sería que este personal abrigara una visión del problema simpatizante con el derecho de autodeterminación. Como su dictamen es preceptivo pero no vinculante, nadie le concede mucha importancia. Pero tiene un valor simbólico y llena de razón al gobierno.

Este pone hoy en marcha la pesada maquinaria legal para impedir la consulta. Se reúne en consejo extraordinario para trasladar el problema al Tribunal Constitucional. Cuenta con que este suspenderá la norma recurrida y dejará sin efecto el decreto de convocatoria. Tan seguro está que algunos gobernantes no se han recatado en predecirlo, dando una impresión bastante pobre respecto a la separación de los poderes ejecutivo y judicial. Obviamente, lo que está haciendo es transfiriendo un problema político a un ámbito judicial o parajudicial, cuenta habida del carácter del Tribunal Constitucional. En el caso del presidente del gobierno es conocida querencia. Lo propiamente suyo es quitarse de encima los problemas: cuando la firma del decreto se escondió detrás de su vicepresidenta y ahora con el recurso, se esconde detrás del Tribunal Constitucional para impedir la consulta. Convierte un problema político en un problema de legalidad y esconde la mano.

La cuestión parece ser ¿qué hará la Generalitat si el Tribunal, en efecto, suspende? ¿Respetará la legalidad o la romperá? Armada con esta pregunta y casi solo con esta pregunta, como si fuera un arma de repetición, entrevistó ayer Ana Pastor a Artur Mas en la Sexta. El entrevistado respondió con mucha habilidad a una cuestión que, obviamente, pretendía comprometerlo y la entrevistadora insistió e insistió tratando de contrarrestar esa habilidad, consistente, sencillamente en decir que, si el Tribunal Constitucional mantenía la suspensión, él consultaría con sus socios y adoptaría la decisión que se tomara colectivamente. No era lo que Pastor quería oírle decir; ella hubiera preferido que Mas, como suele llamarlo con cierta frivolidad, "se mojara", sin calibrar muy bien el coste de ese "mojarse"; aunque no es difícil comprender la que podría organizarse si un presidente de la Generalitat dijera: "sí, señora, actuaremos en contra de la ley". En verdad, es sorprendente.

Y no es lo único sorprendente. La entrevista merece un pequeño comentario, sobre todo porque levantó fuego en twitter. La periodista, que es competente, veterana, rápida y no se arredra, desembarcó en el palacio de la Generalitat con una actitud muy española de "vamos a ver si son verdad esas cosas que se dicen en el foro sobre los catalanes". Traía "esas cosas" muy apuntadas; las complementaba con datos bien documentados y, en general, dañinos para la Generalitat y, para calentarse intercaló antes de la entrevista sendas conversaciones con dos colegas, Sardá y Otero, buenos profesionales, pero ambiguos en sus apreciaciones. La amarga observación de Otero de que lo primero que se bombardea en una guerra son los puentes no es interesante por lo que dice, sino por el contexto que presupone: la guerra. Igual que ese recurrente temor de "ojo con lo que dices aquí o allí porque puede traerte problemas".
 
Lo que no se cuestionó la entrevistadora en ningún momento era que las preguntas respondían todas a una visión española, unilateral, del conflicto, sin la virulencia del nacionalismo español tradicional, pero con una coincidencia llamativa en los contenidos. En general, una visión del contencioso España-Cataluña como si hubiera surgido ayer y se debiera a los caprichos de los políticos catalanes, cuando no a un intento de esconder sus fechorías ondeando la cuatribarrada. Algo cocinado en los pasillos de las instituciones, las alianzas electorales, los tejemanejes de los partidos. Ausentes por completo, al punto de no mencionarse, el sentimiento nacional y el apoyo masivo que ese sentimiento nacional tiene en la sociedad catalana en proceso de movilización hace ya tres años.  Estos eran temas de Mas pero no de Pastor que los ignoraba.

Precisamente porque la entrevista era tan de parte, Mas tuvo la oportunidad de exponer su discurso ante una amplia audiencia española a la que normalmente no le llega, pues solo accede a los relatos cocinados por los medios nacionalespañoles, que son todos. Y la aprovechó muy bien. Expuso los argumentos catalanistas de forma clara y subrayó varias veces que, del otro lado, del del gobierno central, no había más que negativas o silencio. En esta perspectiva, esto es, dar a conocer en España que los soberanistas catalanes no son unos nazis o unos locos peligrosos, o unos chulos prepotentes atiespañoles, la entrevista fue un gran éxito.
 
Desde otro ya no tanto. Como suele pasar a los españoles, Pastor no dominaba el territorio en el que quería poner en aprietos a Mas y si su insistencia en pillarlo en un renuncio de legalidad se estrelló contra la habilidad de la respuesta, su falta de fondo se echó de ver en el conocimiento del pasado. La mención de Mas de que él era presidente de una institución con 650 años, la dejó descolocada. Sin embargo hubiera venido al dedillo preguntar a Mas de dónde deriva él la legitimidad de su cargo, si de la Generalitat, órgano medieval o de la Constitución de 1978, como sostiene la vicepresidenta del gobierno, otra que confunde legalidad y legitimidad.
 
 Su acendrado españolismo no dictó a Pastor ni una sola pregunta que no fuera dirigida a cuestionar el proceso soberanista, pidiendo a Mas reiteradamente alguna autocrítica, pero sin formular ni una sola a la actitud del gobierno central; sin mencionarlo siquiera. Al contrario, tratando de sacar de campo la figura de Alicia Sánchez-Camacho a la que Mas quería afear su incumplimiento de la ley argumentando que se trataba de un "y tú más". En realidad perdió tanto los papeles que ni siquiera tuvo la gentileza -y la astucia- de preguntar a Mas si, aprovechando la ocasión, tenía algún mensaje que dirigir a Rajoy.  No sé lo que hubiera contestado Mas pero, si hubiera sido Palinuro, estoy seguro de que su mensaje habría sido que Rajoy recibiera a Ana Pastor en La Moncloa y le concediera una entrevista como la suya. Para que la gente pudiera comparar.
 
Me quedo con una expresión de Mas sumamente esclarecedora: si se vota "no pasa nada".

(La imagen es una captura del vídeo de la 6ª con la entrevista de Ana Pastor a Artur Mas).

diumenge, 28 de setembre del 2014

Cuenta atrás.


El llamado proceso soberanista dio ayer un salto cualitativo espectacular. El presidente Mas firmó el decreto que convoca la consulta del 9N. Lo hizo en un acto sobrio pero solemne en el Palau de la Generalitat, en presencia de los dirigentes de las fuerzas políticas que lo apoyan. 

Como si se tratara de la declaración de independencia de los EEUU o de la firma de la declaración universal de derechos, los asistentes transmitían la conciencia de vivir un momento histórico. De la resonancia internacional se encargaron las cabeceras de los periódicos extranjeros. Aunque la canciller Merkel dijera hace poco que la cuestión catalana es un asunto interno español, ni los medios en su propio país son de su parecer. La internacionalización del soberanismo catalán en la estela del referéndum escocés, es un hecho y la comunidad internacional tiene los ojos puestos en Cataluña. Desde el punto de vista de la comunicación política, un exitazo en toda línea para el independentismo. Refrendado con esa firma que, para mayor ironía, casi parece el signo del Zorro, ese héroe popular lleno de habilidad, valor e inteligencia, en lucha contra un poder tan tiránico como estúpido. Como en un episodio del Zorro, comienza la cuenta atrás.

Y un éxito interno, además de internacional, porque, sobre hacer olvidar la grotesca comparecencia de ayer de Pujol, ha dejado al descubierto y en ridículo las carencias del gobierno central. El presidente estaba de viaje por la China, un viaje que hubiera debido posponer, para probar fehacientemente que quiere a Cataluña y le procupa. Al contrario, piensa que debe mostrar que no le preocupa. Se negó a comentar la noticia de la firma, como hace siempre. Y, como hace siempre, deslizó un comentario revelador de su capacidad de juicio: Mas se ha metido en un lío. Da un poco de vergüenza pero es literal.

La tarea de explicitar la posición del gobierno recayó sobre la vicepresidenta, escudo habitual de quien ganó unas elecciones asegurando que daría la cara. Ayer dio la cara de la vicepresidenta que, por cierto, fue un poema. Crispada, tensa, conteniéndose, recitó de corrido un discurso que seguramente pasó toda la noche memorizando ante el espejo y dividido en tres partes: calificación de los hechos, anuncio de las medidas que el gobierno ya tiene preparadas en cumplimiento de su obligación y un recordatorio sentimental a lo felices que éramos cuando, yendo todos los españoles juntos, nadie había sembrado la discordia entre nosotros. Formalmente fue una comparecencia penosa, en la línea, aunque no tan lamentable, de la de Botella en los juegos olímpicos.

El aspecto material fue aun peor. Acabó en un batiburrillo en el que no se sabía si la democracia depende de la ley, la ley de la democracia, con la soberanía revoloteando de la una a la otra. Pero, en esencia, el razonamiento de la vicepresidenta, el mismo que utiliza siempre el PP, es que se trata de un desafío a la legalidad y el gobierno, obligado a cumplirla y hacerla cumplir, la hará cumplir. Punto. No ve o no quiere ver que, además de un problema de legalidad, es de legitimidad y por partida doble.

De un lado, la legitimidad de este gobierno es escasísima, por no decir inexistente. Ganó las elecciones con un programa que no cumplió; está literalmente acribillado de casos de corrupción y comportamiento ilegal; y ha hecho de su capa de legalidad un sayo. Cuando una norma le incomoda, la cambia a su antojo a través de su dócil mayoría absoluta parlamentaria. O no se molesta en cambiarla sino que simplemente la incumple, como en el caso de las sentencias de los tribunales. O, incluso, la quebranta, como cuando destruyó los discos duros que el juez reclamaba como prueba al PP en las investigaciones de la Gürtel.

De otro lado, el independentismo catalán plantea el asunto en el terreno político del derecho de autodeterminación concebido como una forma de poder constituyente que, por lo tanto, no se somete a poder constituido alguno; es decir, lo plantea en el terreno de la legitimidad y la respuesta del gobierno, derivando el asunto al Tribunal Constitucional, no resuelve la cuestión. Al igual que el gobierno, el Tribunal Constitucional adolece de falta de autoridad ya que, además de su naturaleza política, no es generalmente aceptado como imparcial por razones de todos conocidas, siendo la principal el estar colonizado por el PP, incluida la figura de su presidente, exmilitante del partido.

Que el PSOE no quiera encarar de verdad el asunto y se ofrezca rendido a formar un frente con esta derecha nacionalcatólica, no anima a esperar buenos resultados. Los socialistas también se niegan a admitir la doble vertiente de legalidad y legitimidad con supeditación de la primera a la segunda. Por no identificarse del todo con el macizo de la raza imperial de la derecha, la de la gran nación, han rescatado del baúl de los recuerdos una hopalanda federal y con ella proponen negociar a los soberanistas y tratar así de conseguir algún tipo de acuerdo. Lo del federalismo en sentido estricto llega tarde, aunque es bueno que los socialistas, cuando menos, hablen de dialogar y negociar. Pero de inmediato vuelven a cegarse al poner como condición la renuncia a la consulta, al dret a decidir. Parece mentira cómo se puede ser tan inepto. Negociar con una parte a la que de antemano se le exige que renuncie a la pretensión que le da la fuerza para negociar es creer que se negocia con idiotas o truhanes, como uno mismo.

El gobierno dice tener todo preparado para responder. En esto también le ha ganado el soberanismo pues la Generalitat afirma a su vez tener preparadas las respuestas a la respuesta del gobierno, a su recurso. Pero esto es lo habitual. Lo nuevo es preguntar al gobierno cuál sea el contenido de ese todo. ¿La suspensión de la autonomía u otras medidas excepcionales quizá peores también? Aquí es donde esos ministros españoles tan bravíos deben recordar lo dicho más arriba: la comunidad internacional tiene la mirada puesta en Cataluña. Ojo que vuelve la leyenda negra.

La firma ha sido un aldabonazo en la autocomplacencia del nacionalismo español de derecha e izquierda. Ambos aspiraron hasta el último momento a que no se estampase. Se estampó. Y fue la estampida. El súbito agitarse de las plácidas aguas. Ahora todos dicen que hay que buscar una solución antes de llegar a peores, que hay que pactar, negociar, hablar. Llevan cuatro años ignorando el conflicto que ellos mismos han atizado de forma irresponsable en ese tiempo y ahora piensan que van a resolverlo en cuatro días.

No pueden porque, como nunca lo entendieron ni se lo tomaron en serio, no pensaron sobre él y no tienen propuestas que hacer para las hipotéticas negociaciones; no tienen nada preparado. Como siempre. Los soberanistas confían ahora la argumentación y defensa de su idea a la movilización social que le da un resplandor de ideal nacional. Los nacionalistas españoles, convencidos de que su razón moral es tan abrumadora que no precisa demostrarse, se limitan a aplicar la ley. A la represión, vaya.

Calcúlese quién pueda ganar.

dissabte, 27 de setembre del 2014

La patria siempre tiene un precio.

El veinticinco de julio pasado Pujol reconocía en público lo que muchos, muchísimos, dicen ahora haber sabido en privado. Que es un defraudador contumaz. Aquel día, festividad de Santiago Matamoros, patrón de España, comenzó un forcejeo entre las fuerzas políticas sobre si el Molt ex-Honorable debía comparecer en el Parlamento, cómo, cuándo, en qué condición, cosa que al final ha sucedido. Ha sido un episodio confuso en el que no queda clara la posición de algunos actores decisivos, como CiU o ERC, probablemte porque, siendo una situación imprevista, no quieren significarse demasiado en uno u otro sentido. El resultado de la confusión, una comparecencia medida, milimetrada, como dice Gutiérrez Rubí en un gran artículo en "El País", Pujol, desnudo. Otra cosa es que se hayan conseguido los objetivos que los participantes pretendían.

No Pujol, desde luego. Probablemente tampoco esperaba mucho ya que, como es lógico, su batalla está ahora en el terreno judicial y el político solo puede perjudicarlo. Pero, si pretendía poner fin a la indagación parlamentaria, ha fracasado. La lectura del texto era perfectamente prescindible. No contestó a ninguna pregunta; cargado de patriótica indignación con un punto de amenaza, abroncó a los diputados y provocó su indignación,

Tampoco lo han conseguido los partidos que, según parece, pretendían la comparecencia para evitar la comisión parlamentaria de investigación, CiU y ERC, aunque de este último no estaría tan seguro. Hay un elemento de confrontación interpartidista en el nacionalismo que cuenta aquí. El caso Pujol tiene pinta de ser institucional, estructural y afectar a los nacionalistas burgueses en cuanto gestores de la autonomía catalana. No es familiar, privado, incluso personal, como se dice. Es más bien arbóreo, por seguir la metáfora pujoliana. Si se menea el árbol caen las ramas. Muchas.

Además de institucional, estructural y arbóreo o silvícola, el  caso Pujol puede ser nacional en el sentido del nacionalismo catalán, cosa que, obviamente, preocupa en el ámbito de ERC y aledaños. El anhelo independentista no puede verse afectado por las andanzas de un presunto galopín. ¡Ah! Pero el presunto se envuelve en la bandera patria: todo lo que ha hecho, lo ha hecho por hacer país, nación, patria. En las palabras más inocentes está la trampa. ¿Todo? Ahora vamos a ver qué sea ese todo y si con sus partes puede hacerse país, nación, patria y en dónde, si en España, en Cataluña, en Andorra, en Suiza o en las Islas Caimán. Estos días habrá abundante recurso al famoso apotegma de Samuel Johnson del patriotismo como último refugio de un granuja.

El caso Pujol también es nacional en el sentido del nacionalismo español. No solo porque vaya a emplearlo como arma en contra del soberanismo. De eso se encargó la señora Sánchez Camacho, impartiendo una lección de ética en el Parlamento catalán en nombre del PP, que es como decir de la Gürtel. También porque, en el fondo, se descubre la mucha razón que tenía aquel "ABC" de los años ochenta en que se nombraba a Pujol español del año. Y se quedaba corto. A juzgar por lo presuntamente defraudado, debió nombrarlo español del siglo. Porque aquí está el núcleo de este asunto, el hecho de que cuanto suceda en Cataluña tiene un enorme impacto en España. Mucho más del que los españoles están dispuestos a reconocer. La buena convivencia entre los pueblos de España, catalanes y andaluces, por poner dos ejemplos de acusado perfil, es el fundamento del ser nacional español. Si aquella no se da, este entra en aguas turbulentas y la nave amenaza motín. Que un andaluz llegara a presidir la Generalitat catalana pareciera mostrar que los prejuicios étnicos estaban vencidos y la convivencia garantizada. ¿Es así?

El siete de mayo de 1898, en plena guerra hispano-norteamericana, el Spectator publicaba un editorial sobre España en el que, entre otras cosas, se decía:

Pues hay un riesgo real de que se dé lo que el mundo consideraría anarquía en España. En primer lugar su cohesión es imperfecta. El norte y el sur son enteramente diferentes; el norte es industrial; el sur, agrícola; el norte, moderno; el sur, medieval; el norte pleno de sangre goda; el sur con un ramalazo de sangre árabe; el norte, fiscalmente expoliado y disminuido en su comercio porque el sur apenas puede pagar. Preguntad a un empresario de Barcelona su opinión sobre un cordobés o un murciano.

Esa opinión tardaría 60 años en hacerse pública. Pero se hizo en la pluma del empresario/banquero Pujol en los años cincuenta, en un texto vehemente y juvenil titulado La inmigración, problema y esperanza de Catalunya resucitado por Ciutadans en ocasión electoral en 2012 y con ánimo de hacerle daño:

El hombre andaluz no es un hombre coherente, es un hombre anárquico, es un hombre destruido, es generalmente un hombre poco hecho. Un hombre que vive en un estado de ignorancia y de miseria cultural, mental y espiritual. Si por fuerza del número llegase a dominar, sin haber superado su propia perplejidad, el andaluz destruiría Catalunya" .

Curioso que los dos fragmentos hablen de anarquía. Es cierto que, posteriormente, Pujol pidió disculpas por este juicio y lamentó verse perseguido por una "frase desafortunada". También ahora es víctima de una decisión desafortunada hace treinta años. Pero todo es y ha sido siempre por la patria. Esos infortunios, sobre todo la corrupción, son  golpes en la autoconciencia del independentismo. Este tiene que mantener su legitimidad llegando hasta el final en el descubrimiento de la verdad, incluso perdiendo aliados. En asuntos de principios los oportunismos tácticos son vergonzosos.

Porque la patria siempre tiene un precio, aunque en monedas muy distintas.

(La imagen es una foto de Wikimedia Commons, con licencia Creative Commons).

divendres, 26 de setembre del 2014

Las dos espadas.


El inevitable obispo soltó ayer una bomba pastoral. Indignado por la claudicación del gobierno en el aborto, lanzó una tremebunda marianítica, llamando "desleal", "insensato" y falto de "rigor intelectual" al presidente del gobierno. Como suena; lo comentaré más abajo. Utiliza el prelado una terminología casi apocalíptica, curiosa mezcla de retórica bíblica ("diabólica síntesis", "estructuras de pecado", "excomunión") y lenguaje ilustrado y tecnocrático ("feminismo radical", "imperialismo transnacional neocapitalista" (sic), el "lobby LGTBQ"), en un batiburrillo confuso que muestra tanto desconocimiento sobre la edad contemporánea como prepotencia en la imposición general de un dogma religioso tan opinable, problemático e incierto como cualquier otro, el musulmán o el judaico, por ejemplo.

Lo que delata el exabrupto obispal, en realidad, es una indignación mucho más profunda. Muy alarmado, monseñor llama ya a la acción política para imponer la doctrina social de la iglesia. Incluso lleva su audacia a proponer por enésima vez la posibilidad de regenerar los partidos políticos mayoritarios, aunque hasta ahora estos intentos han sido siempre improductivos. Es un lenguaje altanero. Invocar la regeneración de los partidos no por la corrupción, la falta de representatividad, sus estructuras no democráticas, sino porque ha habido un choque de carácter dogmático revela soberbia eclesiástica hasta en España, país sumiso a los desvaríos de la religión, y ha irritado a los políticos. Pedro Sánchez, convertido en una especie de cañón giratorio con encargo de disparar a todo lo que se mueva, respondía horas más tarde con una carta abierta de la que también diremos algo. Pero ese sobresalto de los políticos, yerra el punto central de la indignación clerical, que está oculto en la combativa epístola obispal.

Ciertamente, el aborto es cosa de la que la iglesia ha hecho causa mayor, cosa de principios irreductibles, valores, fundamentos. Pero, en el fondo, la trinchera es una avanzadilla de un frente más profundo en que hay dos elementos decisivos: la perpetuación de la supeditación de la mujer negándole un derecho esencial a su vida, y el núcleo de la teología política católica basada en la teoría de las dos espadas del Papa Gelasio. Las dos espadas, forjadas por Dios, son autónomas. En uso de esa autonomía, el gobierno comunicó a la jerarquía la retirada de la ley contra el aborto antes que al pais y al parlamento. Quizá antes que al ministro de Justicia.

Ya solo este hecho obliga a cualquiera con alguna conciencia cívica a preguntarse quién gobierna en España, si el poder civil o la iglesia. Es obvio que los proyectos legislativos más ideológicos de este gobierno, la reforma del aborto y la de la educación, vinieron dictados por los curas. Lógico, creen los gobernantes, acudir a ellos a comunicarles antes que a nadie las dificultades para realizarlas. Sí, cierto, piensa el obispo; pero no es bastante. La teoría de las dos espadas afirma la superioridad de la espiritual sobre la terrenal; esta es autónoma excepto en aquellos casos que afectan a cuestiones espìrituales, privativas de la iglesia. En ese caso el poder espiritual prevalece sobre el temporal. ¡Justo lo que no ha pasado! El gobierno, aleve, ruin, cobarde, traidor, ha faltado a su obligación. La segunda espada se ha alzado sacrílegamente contra la primera. Procede la excomunión, gruñe el obispo y no cualquiera sino latae sententiae, en el momento del pecado/delito, porque el aborto es, sobre todo, un pecado.

Esa es la razón de la furia obispal, expresada con muchas protestas de respeto a las autoridades, pero tanto más enconada cuanto no puede hacerse pública: si cedéis en el aborto, acabaréis practicando el regalismo, el laicismo, el relativismo, relajando el control sobre esas enemigas del cuerpo místico que son las mujeres y hasta aceptando que la iglesia deje de financiarse con cargo al erario público y la sostengan los fieles. Y eso ya son palabras mayores.

Así que el obispo entra a saco. Rajoy, el desleal, ha inclumplido su promesa electoral en relación con el aborto. O no se ha enterado de que el hombre lleva tres años incumpliendo sus promesas electorales, lo que sería grave, o eso le importa una higa, lo que sería peor viendo los parados, los jóvenes, la violencia de género, los desahucios, la pobreza infantil. Da igual. Rajoy es un "insensato" y carece de "rigor intelectual". Esto último es obvio; basta con oírlo hablar. Pero quizá el obispo debiera vigilar el suyo. Al igual que Ruiz-Gallardón, por darse aires de enterados en las líneas actuales de pensamiento social, político, filosófico, utilizan conceptos que no entienden o que instrumentalizan de forma lamentable, ridículo. No es exagerado decir que el párrafo siguiente muestra la necesidad de que el prelado se informe algo más porque, en verdad, es que no tiene ni idea de lo que dice, o vaya al psiquiatra: el Partido Popular es liberal, informado ideológicamente por el feminismo radical y la ideología de género, e “infectado” como el resto de los partidos políticos y sindicatos mayoritarios, por el lobby LGBTQ; siervos todos, a su vez, de instituciones internacionales (públicas y privadas) para la promoción de la llamada “gobernanza global” al servicio del imperialismo transnacional neocapitalista. Substitúyase el lobby LGBTQ por los protocolos de los sabios de Sión, el Partido Popular por el Liberalismo, el feminismo radical y la ideología de género por la masonería y el judaísmo internacional, la gobernanza global por la tiranía de Satanás y el imperialismo transnacional neocapitalista por el Anticristo y el discurso es el de siempre.

Pedro Sánchez se ha sentido obligado a pergeñar una carta abierta que ha publicado en Twitter, con buena intención, pero con falta de enjundia. Una carta de protesta, sí, pero también sumisa, redactada en esos términos conciliatorios que luego impulsan al PSOE cuando tiene el poder a confraternizar con la iglesia, no en todos los aspectos, pero sí en algunos cruciales en los que el socialismo, típico producto del enteco nacionalismo español de raíz liberal, se pliega a las exigencias del nacionalcatolicismo, verdadera maldición de los españoles. La carta contiene protesta, pero rezuma respeto. El PSOE ha pedido a la jerarquía que releve al obispo de Alcalá, seguramente en la creencia de que su sustituto sea menos brutal. Pero no es esta la actitud que un partido heredero de la ilustración europea (ya que la española ha dejado escasa herencia) deba adoptar ante un episodio de esta naturaleza en el que se juega un asunto fundamental para la sociedad española y su convivencia, de la que habla Sánchez, pero sin referirse a nada específico.

Y lo específico está al alcance de todos: acometer de una vez por todas la separación de la iglesia y el Estado en España; denunciar los Acuerdos con la Santa Sede de 1979 y el Concordato de 1953; suprimir el presupuesto de culto y clero y hacer que la iglesia se financie por sus propios medios y cumpla sus obligaciones fiscales como todos los ciudadanos. Solo así conseguirá alguna autoridad moral para hablar de las cosas del común. En caso contrario, el que se da ahora mismo, la iglesia actúa con evidente falta de legitimidad y de autoridad, puesto que arremete contra las decisiones de un Estado del que vive. Y, por cierto, opíparamente.
 
De eso, en la carta de Pedro Sánchez no hay ni palabra. El obispo montaraz, al oír que se le critica tan respetuosa como sumisamente pensará en recia tradición española: ahí me las den todas.

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La segunda imagen es una ilustración de Frantisek Kupka titulada el dinero para la revista anarquista L'assiette au beurre, del 02/11/1901.

dijous, 25 de setembre del 2014

España Potemkin.


Hubo en el siglo XVIII un príncipe Grigori Aleksándrovich Potiomkin , el príncipe Potemkin, amante y marido de Catalina la Grande; y cuenta de él la leyenda que, cuando viajaba con la Emperatriz a sus territorios del Sur, hacia Sebastopol, donde él gobernaba, mandaba poner decorados por el camino, simulando aldeas prósperas y campesinos alegres y felices para solaz de su señora. Las aldeas ficticias se conocen hoy como aldeas Potemkin. No parece justa esa mala fama en concreto (otras sí) del príncipe, pero la denominación ha hecho cierta fortuna de modo que, cuando un gobernante presenta una imagen falsa de la realidad, se dice que está haciendo un Potemkin.

Tal cosa sucede en España y no uno, sino cuatro potemkins: el de la economía y la crisis, el de la política y las elecciones, el de los valores y la corrupción y el de la nación y el independentismo. Con estos cuatro potemkins montados a la española, Rajoy ha ido de visita a la China, bien lejos de la algarabía, de esta España imprevisible.

El potemkin de la economía y la crisis es un verdadero fracaso. Hasta el gobierno ha comprendido que es contraproducente un discurso triunfalista que no resiste un telediario. No obstante, lleva más de un año largándolo sin que la realidad a la que se refiere le haga el más mínimo caso. El paro no desciende, ni el resto de las magnitudes problemáticas, por más que las autoridades estén manipulándolas permanetemente con lo cual han conseguido restarles todo crédito. Han dejado de hablar de los brotes verdes que, a estas alturas, ya debieran ser frutos granados y se han ido bajo tierra, como el topo, hablando de raíces vigorosas. Esto equivale a decir a la gente que la realidad no es lo que ve todos los días, sino lo que no ve pero que está ahí porque el presidente lo dice, cosa que lo hace muy verosímil. Es imposible que un país como España con una deuda pública de más de un billón de euros vaya bien. Aunque bajen legiones de potemkines, dirigidos por san Mijail.

El potemkin de la política y las elecciones promete ser una función tragicómica. El sistema español, aparece como el régimen del 78; el personal político, administrativo, institucional, empresarial y eclesiático que lo dirige es la casta, según Podemos. Este sistema se repliega sobre sí mismo ante la crítica social ascendente; los dos partidos dinásticos cierran filas en apoyo de la estructura constitucional existente, aunque con variantes. El mensaje compartido es, más o menos, España es un Estado democrático de derecho normal que sufre algunos problemas coyunturales y transitorios en su desarrollo. Puro potemkin. La crítica emergente apunta a problemas estructurales que ponen en duda la estabilidad general. Las próximas elecciones municipales meten algo de miedo porque, así como las europeas son más para el voto despreocupado, en las municipales se ventilan intereses concretos y gozan de antecedentes históricos poco recomendables. El gobierno, muy nervioso, ha intentado un pucherazo de última hora para garantizarse alcaldías, pero no se ha atrevido a imponerlo. A su vez, los de Podemos, asustados de la que se les venía encima con los 8.000 ayuntamientos, se retiran de las municipales, pero se quedan en las autonómicas. Y apoyan las candidaturas ganemos, con lo cual, por mucha estabilidad que los dinásticos quieran garantizar, nadie sabe qué pueda salir de las municipales.

El potemkin de los valores es ya el baile de la desvergüenza. Alcanza su imagen más rotunda con la dimisión de Ruiz-Gallardón por ser incapaz de sacar adelante su ley en contra del aborto, a pesar de tratarse de un compromiso de su partido y del firme deseo y no menos firmes órdenes de la jerarquía eclesiástica. ¡Los miserables cálculos electorales han prevalecido sobre la obligación católica de proteger la vida del nasciturus! Se han traicionado y vendido los principios por un plato de votos. El país está maravillado de la rabieta del ex-ministro, sobre todo porque el hombre ha tardado tres años en enterarse de lo que sabe todo el mundo, incluido el presidente del gobierno, esto es, que el presidente del gobierno no ha cumplido un solo compromiso o promesa electorales. Ha cumplido, dice, con su deber, consistente en no cumplir con su deber. Es imposible que Ruiz-Gallardón entienda estas complejidades. El gobierno, sin embargo, las entiende perfectamente: hablando de valores, es claro que en España hay un problema de corrupción generalizada, estructural. El gobierno, muy consciente de que la corrupción es la tercera causa de congoja de la ciudadanía, lleva tiempo trabajando para presentar un buen paquete de medidas de regeneración democrática. Potemkin total, absoluto. El gobierno del partido con la mayor cantidad de imputados por agrupación local, acusado de comportamiento ilegal por los jueces, de financión ilegal, y dirigido por unas personas acusadas de comportamiento también presuntamente ilegal presenta un proyecto de regeneración democrática con la misma autoridad con la que Hitler podría decirse seguidor del Mahatma Gandhi.

El potemkin de la nación tiene un alcance insólito. España es una gran nación, va diciendo Rajoy. "España es una gran nación", recitan al unísono el rey cesante y el rey reinante. No una nación; eso lo es cualquiera, sino una gran nación. Somos los primeros, llevamos quinientos años juntos y así seguiremos hasta el fin de los tiempos porque lo suyo es estar unidos y no embarcarse en aventuras y singladuras borrascosas que vaya usted a saber. Siempre que hemos estado unidos, hemos vencido; cuando nos hemos enfrentado, nos han derrotado. Estas o parecidas simplezas abundan en ese cuenco de la "gran nación". Un potemkin a la desesperada. La gran nación contempla una parte importante de su territorio en rebeldía con el apoyo de una mayoría muy apreciable de la población. Pero no es capaz de reaccionar. Los dos partidos dinásticos se oponen al derecho de autodeterminación de los catalanes, pero carecen de discurso alternativo que no sea el mantenimiento del statu quo o una imprecisa propuesta reformista federal del PSOE que los conservadores no aceptan y los propios socialistas no saben precisar porque acaban de echar mano de ella. Los nacionalistas catalanes tienen, en cambio, un discurso autodeterminista con un fortísimo apoyo interior y exterior, sobre todo en un lugar como Europa en donde todos han visto cómo los escoceses ejercían un derecho que está vedado a los catalanes, incluso en su forma más suave. Ambas partes, ambos nacionalismos español y catalán tienen conciencia de estar haciendo historia, pero de muy distinto sentido.

Esta situación coincide con el viaje del rey a los Estados Unidos, a impartir lecciones de democracia al mundo y el del presidente a la China, en busca de oportunidades de negocios para los empresarios españoles. Coincide también con la dimisión del jefe máximo del aparato de propaganda del gobierno, el director de RTVE, otro fracasado. Sus potemkins son tan malos que la audiencia se ha desplomado y el ente está en la ruina. Pero, en el fondo, todo ello da igual. El sistema político de la segunda restauración, estando consolidado, marcha por sí solo. Sin que lo dirija nadie.

Y eso es lo preocupante. 

(La imagen es una foto de La Moncloa en el dominio público).

dimecres, 24 de setembre del 2014

El sabor de la derrota.


La dimisión del ministro de justicia por el aborto tiene su parte de anécdota y su parte de categoría. La anécdota es que la dimisión es una y trina, como corresponde a la profunda religiosidad de Ruiz-Gallardón. Dimite de ministro, de diputado y de cargo del PP; ignoro si del mismo PP. Se va a su casa y abandona la política; es de esperar que no como la abandonó su enemiga Aguirre cuando dimitió a su vez hace un par de años. En absoluto, dicen los suyos, Alberto se va para siempre, muy dolido.


Y muy despechado. Un carácter tan altanero, tan soberbio como el suyo, convencido de llevar treinta años siendo infravalorado cuando está llamado a mucho más altos destinos que la política local, jamás podrá perdonar el trato recibido. Se siente utilizado y luego abandonado a los pies de las leonas feministas. Frustrado en su esperanza de reintegrar la política española al seno de la Iglesia, siguiendo al pie de la letra los deseos de la jerarquía nacionalcatólica a las órdenes del hoy jubilado forzoso Rouco Varela. Además de aparecer ante este como un débil, un inútil para la causa de la reevangelización de España, proyecto dorado del cardenal.

Ha dimitido en un acto de rebeldía, en nombre de unos principios que no pueden sacrificarse a meros intereses electorales. Y, por cierto, ha dejado muy mal a sus compañeros del gobierno todos los cuales dieron su aprobación entusiasta al anteproyecto de ley que les presentó el ministro en contra del derecho a decidir de las mujeres; por supuesto con otro nombre. En esto de pretender un objetivo pero llamarlo de otro modo es maestro Ruiz Gallardón, que lleva su desparpajo al extremo de defender su agresión a esos derechos con terminología progre, hablando de la emancipación de las mujeres y de la protección de los más débiles.

Es poca la base moral del ya exministro para invocar los principios ante los chaqueteros del gobierno. Él mismo venía precedido de una aureola de tertuliano de derecha liberal, cultivada en los medios de PRISA, en donde pasaba por ser un hombre de centro que llegó a repartir como alcalde la píldora del día después. Aureola que se desvaneció para dar paso a la dura realidad de uno de los gobernantes más reaccionarios, arbitrarios, clasistas y misóginos de la historia de España, incluida la parte de Franco, durante la cual su suegro fue ministro. Alguien que disimula sus principios y los impone cuando puede por la fuerza no está en situación de acusar a los demás de relativismo u oportunismo.

En cuanto a la categoría, la retirada del proyecto de ley contra el aborto ha sido un triunfo de la sociedad civil española e internacional, que también se ha implicado. Sobre todo, un triunfo de la lucha del feminismo contra la agresión desde el poder. Los partidos han tenido actitudes distintas: el PSOE e IU han sido activos en su oposición al plan del ministro. El PSOE, además, esgrimiendo ufano que la ley que pretendía derogarse con la nueva, la ley de plazos, una de las más avanzadas del mundo, es suya. Los de Podemos han aprovechado para patinar, sosteniendo hace escasas fechas que el aborto no es una prioridad porque no genera potencial político, o algo así. Estos jóvenes caen simpáticos y tienen ideas, aunque a veces, desvarían.

La retirada del proyecto es la confesión del fracaso de un plan deliberado, el de volver atrás, volver a someter a las mujeres. Si se ha hecho por motivos electorales o no es irrelevante. Se ha hecho. Y es un triunfo de todos. Es un error presentarlo como un triunfo de las mujeres. Demuestra que las raíces patriarcales son más profundas de lo que se admite. No es un triunfo de las mujeres; es un triunfo de todos. Incluso de quienes están en contra. Hasta de aquella decena de diputadas del PP, puestas de pie y aplaudiendo a un ministro que acababa de anunciar su intención de reducirlas a la condición de menores de edad de hecho. Hasta de ellas es un triunfo. El feminismo no es un atributo de género. Solo siendo feministas atienden los hombres a sus intereses.

La retirada del proyecto de ley contra el aborto es otro trozo del viejo mundo que cae. Las mujeres recuperan su amenazado derecho a decidir, aunque ahora pretenden recortárselo por otro lado. El meollo de la cuestión es siempre el mismo: el derecho a decidir. A que otros no decidan por ti; que no decidan en contra de ti y encima quieran convencerte de que es por tu bien. 

dimarts, 23 de setembre del 2014

Llegan los federales.


No es el séptimo de caballería, pero se da un aire. Aquel aparecía en el momento en que los colonos y sus familias, refugiados en el fuerte asediado por los indios, iban a ser masacrados. Sonaba el clarín, se iniciaba la carga y los atacantes huían despavoridos. Actualmente son los federales quienes se hacen cargo de la lucha contra el crimen allí donde las autoridades del Estado están desbordadas. ¿Tan mal está la situación?


La crisis ha golpeado duramente la economía y la cohesión social. Los indicadores de desigualdad y pobreza se han disparado. Ha aparecido una movilización social, cristalizada en ejemplos como Democracia Real, el 15-M y, últimamente, Podemos, que pretende replantear de modo radical la gestión económica y social de este desastre. El radicalismo siempre asusta, pero la clase dominante, el capital, la Iglesia, cree saber que, inserta como está en Europa, España no determina su política económica y, por lo tanto, serán los dioses de los mercados quienes marquen los límites a estos jóvenes ilusos. En el terreno exterior España no es soberana, lo cual tranquiliza mucho a los conservadores, que van por ahí, sin embargo, presumiendo de soberanía, liderazgo europeo y de ser una "gran nación".

La soberanía, esa que la Contitución atribuye al pueblo, se ejerce hacia el interior. Y no todo porque se excluyen Portugal y Gibraltar, llaga permanente del nacionalismo español. En uso de esa parca soberanía se espera que España resuelva como pueda la endemoniada cuestión catalana. Esta pone en jaque la tal soberanía al prever la posibilidad de que una parte del territorio español se declare en rebeldía. Habría que ver si no se producirán amagos de intervención exterior que recibirán, claro es, otro nombre. España espera la solidaridad de los demás Estados europeos en su preservación de la integridad territorial y todo lo que recibe es un ejemplo absolutamente contrario a sus intereses en el caso de Inglaterra. Mala suerte y leyenda negra.

Junto a los aspectos económico-sociales de la crisis los de la organización territorial del Estado, amenazado, incluso, de una Declaración Unilateral de Independencia. De pronto, esta cuestión se sitúa en el proscenio. Llevaban años minimizándola, ignorándola, sin entenderla y ahora les ha estallado en el rostro. Y era un problema de Estado; de constitución del Estado. Todavía en 2012, Rajoy llamaba a la Diada algarabía, mostrando fina percepción y gran entendimiento. Así ahora todos hablan de reformar la Constitución. Ni el PP hace ascos a la idea, si bien ha de tratarse de una reforma tasada y escueta. Para los conservadores, la reforma federal propuesta por Pedro Sánchez en "El País", en realidad es una novación constitucional y a tanto no llegan ellos ni de broma. Pues sí, el federalismo requeriría una revisión profunda de la Constitución, total, como la llama el propio texto (art. 168). ¿Y qué otra cosa puede ser una "revisión total" sino otra Constitución? Por eso mismo se propone con frecuencia un proceso constituyente, sobre todo en la izquierda y en ciertos nacionalismos, aunque con otro alcance.

En realidad, el desconcierto es absoluto. Siempre que se tocan los cimientos de una casa hay riesgo de derrumbe, lo que más temen los habitantes del inmueble. A todo ello debe añadirse la persistencia de la corrupción que, a fuer de generalizada, no abandona los noticiarios, cuando no es porque el delincuente Fabra elude de momento la cárcel a la espera de un indulto del gobierno de su partido, es porque el caso Gürtel podría ser juzgado por una magistrada perfectamente recurrible. Este desprestigio de la honorabilidad de los gobernantes, corroe su escasa legitimidad a la hora de adoptar decisiones públicas.

El próximo capitulo en la confrontación política será el de las elecciones municipales y autonómicas. El resultado de las pasadas europeas hace pensar que las locales puedan tener uno explosivo. Se trata de saber si la tendencia al fin del bipartidismo allí apuntada, se mantiene y/o amplía ahora. Si se mantiene, el PSOE podría vivir horas aun más bajas, con ecos del PASOK y malos augurios para la candidatura de Sánchez a La Moncloa. Si se rompe por cuanto, por ejemplo, el voto en elecciones europeas guarda relación negativa con las internas, retornaremos a una situación de bipartidismo más o menos modificado, con Podemos ocupando el lugar de IU con más apoyos pero también un techo claro.

En medio de este temporal, surge la figura de Pedro Sánchez con evidente propósito y mandato de recuperar el músculo perdido del PSOE. Y lo hace en el estilo Podemos, esto es, multiplicando sus apariciones públicas, solo limitadas por carecer del don de la ubicuidad, como buen mortal, aunque le anda cerca. Raro es el día en que Sánchez no nos habla desde una radio, una televisión o un periódico. Casi parece dominado por una verborrea incontenible. Pero su línea de comunicación es consistente y muy clara: hablar mucho, muy seguido, en todas partes, pillar cámara y, en su defecto, micrófono, pero insistir siempre en dos ejes: la panacea federal y la equidistancia entre el radicalismo populista de Podemos y el conservador, pero también radicalismo, del PP. La opción centrista es el radiante y confuso grial que se divisa entre las glorias del triunfo. El PSOE quiere ser el "partido de izquierda que atrae al centro"; incluso, porqué no, el centro derecha. Así el PSOE se construye con tres tercios: un tercio de centro derecha, otro de centro centro y otro de centro izquierda. Aporías aparte, el centro.

La larga connivencia de los dos partidos dinásticos hace que haya menos distancia entre el PSOE y el PP que entre el PSOE y Podemos. Los dos primeros comparten el respeto por la Monarquía, grosso modo también la actitud frente a la Iglesia y en cierta medida el acuerdo con el consenso de Berlín. Frente a un Podemos que es ambiguo en relación con la Monarquía y la Iglesia, pero propugna la ruptura del consenso de Berlín o de Bruselas, que viene a ser lo mismo. Por eso el PSOE ataca menos al PP y hasta le ofrece "pactos de Estado", con ánimo de resaltar su voluntad cívica mientras que se enfrenta cerradamente a Podemos, con quien no quiere saber nada y al que tacha de populista.

Hasta ahora Sánchez no ha respondido al reto de Iglesias a debatir en la tele. Obviamente, está pensándoselo. Hace bien porque se juega mucho. Hay ante todo una cuestión de ceremonial, protocolo y jerarquía. Sánchez es alternativa de gobierno y debate con su igual, el presidente en el cargo. No lo hace con un recién llegado, aunque sea una revelación. Además, pensará Sánchez, un político de convicciones no debate con un populista por la misma razón por la que un caballero no justa con un villano.

Pero no aceptar un reto televisivo en la era mediática es siempre un error. Máxime cuando Rajoy no está dispuesto a debatir con Sánchez ni por todos los Bárcenas del mundo. Así que el socialista se queda en dique seco, mientras Iglesias luce su cabellera en Fort Apache. Y la presencia mediática es esencial en darse a conocer a los posibles votantes y ganarse su confianza. Es obvio que el PSOE tiene la sangría por la izquierda. La obsesión de Sánchez será radicalizar la palabra y moderar el hecho mientras que la de Podemos es la inversa: moderar la palabra y radicalizar el hecho.

Por eso chocan y por eso es interés del PSOE marcar claramente los límites. Le va en ello la hegemonía en la izquierda y su condición de partido de gobierno. Si no lo hace con sabiduría y buen tino, la carga será, sí, de caballería, pero de la caballería ligera y terminará como ella.

dilluns, 22 de setembre del 2014

Podemos: ojo a los consejos.


Circula por las redes un prontuario o argumentario confusamente relacionado con Podemos que ha ocasionado más de un soponcio. Confusamente porque aparece sin enlace a fuente alguna. Hay que rastrear en Google; y Google remite a Rebelión donde se han publicado los nueve puntos que velahí con la correspondiente explicación y otros tantos artículos justificando punto por punto. O sea, una aportación de unas buenas gentes en el proceso asambleario iniciado por Podemos en busca de algo así como una manifestación de la inteligencia colectiva. Una aportación entre miles, supongo, al debate. Pues santas y buenas.

Pero estos nueve puntos llaman la atención de Palinuro, piloto avezado en interrogar a la noche para descubrir sus mil secretos. Le llaman la atención por su contenido esencialmente retórico, esto es, orientado a sancionar formas de hablar, discursos preparados. Se recordará cómo, a propósito de la gran entrevista de Orencio Osuna a Iglesias, comentada en el post Podemos y el Golem. Apostillas a una entrevista a Pablo Iglesias, Palinuro insistía en que el discurso de Iglesias era pragmático, táctico, apropiándose de parte del marco conceptual de los partidos institucionales, delegados de la casta, con un ojo puesto en la muy celebrada teoría del encuadre. Ese enálogo parece orientado al mismo fin pero ya en el terreno práctico. Y aquí es donde Palinuro, que no pertenece a círculo alguno y, si acaso, sería al de Escipión o al de Bloomsbury, deja escritas dos o tres impresiones sobre el asunto. A vuelapluma.

Los nueve puntos suscitan reservas de diversa índole pero hay un interrogante que afecta a todos, el de la sinceridad. Se dice que se diga lo que se dice con independencia de lo que se piense ¿o también que se piense? Si es lo primero, el discurso es falso, aquejado de hipocresía jesuitica; si lo segundo, es totalitario. En ambos casos, típico proceder de la vieja política, un riesgo permanente. La nueva política no puede venir de la mano del viejo discurso legitimatorio. ¿O sí? Depende del grado de pragmatismo que se tenga. La ética y la eficacia, las dos éticas weberianas, conviven en la misma alma, territorio desgarrado por la duda entre el bien y el mal como lo estuvo Hércules entre el vicio y la virtud.

Repito; todos los "consejos", linda palabra, con mucha historia, tienen su intríngulis. El primero de todos, y es el primero y es muy significativo que lo sea, es (véase). Hasta su redacción es portentosa: "acabar"; extirpar, vamos, como un cáncer "todo tic anticlerical". ¡Tic! El problema esencial de España desde la Contrarreforma hasta ahorita mismo, esto es, la dominación parasitaria de la iglesia católica, el nacionalcatolicismo, se reduce a un "tic". Eso se llama minimalismo, sí señor. Fuera tics y a no decir ni pío sobre la iglesia en España ni sobre los 11.000.000 millones de € que se lleva la organización de bóbilis bóbilis, sin contar los demás privilegios, cononjías, exenciones y favores de que disfrutan los curas. No es prudente hablar de esto porque no da votos ya que la mayoría de los españoles se confiesa católica aunque escasamente prácticante. Criterio, pues: no incomodar al votante por nada de este mundo ni del otro.

Con este criterio, en realidad, sobra leer los otros ocho consejos que son puro oportunismo. Pero hacerlo tiene su miga. Los números 2) y 3) son poca cosa, meros recursos tácticos. El 4) ya pega más. El adjetivo "tajante" es muy fuerte, pero es el oportuno para acabar con el nudo gordiano del problema de la violencia. Violencia, cero. ¿Incluida la violencia en legítima defensa? Es de suponer que no, con lo que ya estamos otra vez en terreno peligroso. O quizá sí, quién sabe, y ello obligaría a preparar el martirologio.

El número 5 es muy gracioso. Nada de ceremonial retro de la izquierda que ya no emociona más que a los abuelos. Música de hoy. Que ensalce la democracia, la libertad, etc. O que no ensalce nada. L'art pour l'art. Cierto, cierto. No recuerdo quién decía que la música es siempre políticamente sospechosa. Así que fuera con la política que, en el fondo, es el mensaje que late en estos consejos, pero que no se formula porque resultaría ridículo: somos apolíticos. Hacemos como Franco, que no se metía en política. ¡Ah, la música, arte apolíneo y dionisiaco al mismo tiempo!

El presunto apoliticismo casa como el zapatito de cristal al pie de Cenicienta con el rollo de que Podemos no es un movimiento de izquierda. Aquí ya el lío es de campeonato. El consejo invoca un verbo fuerte y reforzado, "reafirmar". Solo puede reafirmarse lo que ya se ha afirmado. Así que viene de antes este no ser de izquierda. Como, al mismo tiempo, resulta que tampoco es de derecha, ya estamos en el típico enunciado falangista de "ni de derechas ni de izquierdas", que tiene muy mala fama. Se entiende que el mensaje es más bien el de no ser de izquierda a la vieja usanza y se generaliza para no ofender. Pero choca con el sentido común: nadie se define por lo que no es. Necesita explicar qué es.

A eso dedica Debate Constituyente (no pongo el link porque no lo da; solo una dirección de e-mail, que se encuentra en la página de Rebelión) los tres últimos puntos del enálogo, 7, 8 y 9, a decir más o menos lo que es y lo que es está muy relacionado con Cataluña, si bien se las ingenia para no mencionarla ni una vez. Sí, en cambio, España. En el 7) se nos informa de que el nombre de España es España y conviene dejarse de circunloquios nacionalistas, como "Estado español" y otras mandangas. Podemos es una organización fieramente española. El 8 es el consejo más liberal del grupo pues nos deja en libertad para llevar la bandera que queramos, aunque en su explicación se da por cierto que lo sensato, razonable, de izquierda no lunática, con vocación de mayoría, es echarse al hombro la rojigualda, como hacen los hinchas de "la Roja" y hasta los números de la guardía civil en las muñequeras.

Todo culmina en el punto 9, que es como la novena plaga de Egipto. A ver ¿quién decide en lo de Cataluña? Todos los españoles, hombre, y hasta los muertos si se nos apura que, por lo demás, ya votan a través de muchos vivos. Todos los españoles, catalanes incluidos, cómo no. Es verdad que el consejo 9, considerado en su desnudez no dice eso, pero eso es condición imprescindible para que se dé lo que propone: reforma constitucional con implicación de todas las partes interesadas. Correcto; lo firma cualquiera. Pero, entre tanto, ¿qué hacemos con la consulta del 9 de noviembre? Porque este es el momento del Hic Rodhus, hic salta, que recuerda Marx en alguna parte. El PP pone cara de póker y pregunta: ¿qué consulta? El PSOE se parte en dos: el partido en su conjunto no quiere saber nada de la consulta y la vertiente catalana del PSC ha votado a favor de ella. Jeckyll en España, Hyde en cataluña. ¿Y Podemos? A tenor de los consejos 7, 8 y 9 tampoco esta segura de qué decir. 

Pasa mucho con los consejos. Los consejeros los tienen claros. Los aconsejados, no tanto. Ya se verá lo que piensan estos al final.