dimecres, 23 de setembre del 2015

“El gobierno español es capaz de cualquier cosa”.


Vuelvo a subir la entrevista que me hizo Lex Rietman para Het Finanzieele Dagblad hace quince días porque ahora dispongo de una magnífica versión española. La ha hecho con gran profesionalidad y de modo desinteresado Erik Martin Jansen (¡gracias, Erik!), a quien doy las gracias y trasmito mi admiración de colega traductor. Influye asimismo que, habiéndola leído de nuevo, creo que no ha perdido actualidad y sigue teniendo algún interés, especialmente para quienes no pudieran traducirla en su momento o no aguantaran los disparates del traductor de Google.

Por cierto, hoy he respondido a otra entrevista para un periódico polaco sobre el mismo tema. Toda la prensa europea y no europea está siguiendo este fenómeno con enorme interés, en mi modesta opinión porque cree atinadamente que el movimiento catalán es una verdadera revolución. Una revolución de nuevo tipo que cambiará muchas cosas en Europa y no solo en España.

Este es el texto:

Entrevista a Ramón Cotarelo, por Lex Rietman para Het Financieele Dagblad (Ámsterdam).

Sus adversarios tratan de acecharlo. Español, y encima madrileño, pero que muestra comprensión por la creciente incomodidad de 7,5 millones de catalanes en el Estado español. En la España actual esto equivale casi a un sacrilegio. No sorprende demasiado que Ramón Cotarelo (1943) sufra ostracismo entre los medios españoles. El profesor de politología de la universidad pública UNED de Madrid es uno de los muy escasos intelectuales españoles que apoya la autodeterminación de los catalanes.

Se trata de una cuestión urgente. El 27 de septiembre vota Cataluña. Formalmente se trata de unas elecciones regionales ordinarias, pero muy normales no son esta vez. Subyace la cuestión de si Cataluña debe ser independiente, un tema delicado para muchos españoles. En el caso de que el nuevo parlamento catalán proclame la independencia, podría intervenir el ejército. Así lo dejó caer el ministro de defensa español, Pedro Morenés. "Todo el mundo tiene obligaciones en esta cuestión, y si todo el mundo las cumple, el ejército no necesita hacer nada", dijo Morenés cuando fue preguntado acerca de la respuesta del gobierno a una posible declaración de independencia catalana y del papel del ejército en dicho supuesto.

El señor Cotarelo piensa que una respuesta violenta del gobierno español ante una hipotética declaración de independencia, "ilegal" según aquel, no es algo imposible. "Pienso que este gobierno es capaz de todo. El único freno sería que Europa dijera: "Hasta aquí y no más."

Pregunta: Algunos partidos buscan la solución de la agitación catalana en la modificación de la constitución, convirtiendo España en una federación. ¿Un nuevo parlamento español estaría dispuesto a ello y podría ser eso una alternativa a la independencia para los catalanes?
Respuesta: No. Parece que los recién llegados Podemos y C's se convertirán en tercera y cuarta fuerza. Funcionarán como apoyo a los dos grandes partidos: C's del conservador PP, y Podemos del PSOE socialdemócrata. Por lo tanto, nos podemos olvidar de un cambio en la constitución en sentido federal. Son cuentos para entretener a la gente.
Mis paisanos se han negado sistemáticamente a tomar en serio a los catalanes. Y eso tiene consecuencias. Cada vez son más aquellos que no ven ningún futuro dentro de España. Por ello, de todas las elecciones que se celebrarán este año, las catalanas son las únicas importantes. Y conforme a los usos castellanos, como decía el poeta Machado, la ignorancia lleva al desprecio. Supongamos que los partidos a favor de la independencia catalana obtengan el 60% y digan: somos un país propio y no participaremos en las elecciones nacionales de diciembre. ¿Qué pasará entonces con el parlamento español? Nadie lo sabe.

P. ¿Cómo piensa que reaccionará el Estado español ante una declaración de independencia?
R. Todo es posible. Pienso que el gobierno conservador de Mariano Rajoy será capaz de todo. El único freno a sus actos será que Europa diga: hasta aquí y no más.

P. ¿Aceptarán los estados de la UE una declaración de independencia catalana?
R. En función de la reacción del gobierno español, podrán mantenerse al margen y sostener que es un asunto interno, o proceder a alguna forma de intervención. Pienso que, si el gobierno español responde de forma violenta, cosa no impensable, no será sin consecuencias.

P. ¿Puede que la primera reacción de la UE sea: vamos a apoyar al estatus quo de un país miembro?
R. Naturalmente. Eso además lo dice el sentido común y el derecho internacional, es el principio de no intervención. Pero ello solo valdría para cuando España fuese capaz de solucionar este conflicto territorial de forma democrática. Si no es así, se resquebrajaría la solidaridad entre estados miembros.

P. Según los opositores al movimiento de independencia, un estado catalán estaría fuera de la UE. ¿Es así?
R. A nadie le interesa que Cataluña salga de la UE o de la eurozona. Ni a los catalanes, ni a los europeos, ni tan siquiera a los españoles. Cataluña no es precisamente una losa atada a la pierna, sino que los catalanes contribuyen positivamente en la UE y tienen una renta per cápita superior a la media europea. ¿Por qué querrían desprenderse de Cataluña?
La cuestión se puede resumir en dos puntos críticos. El primero, la venganza que podría ejercer el gobierno español, ejerciendo su derecho de veto contra la entrada a la UE. Pero pienso que no es algo que se pueda sostener en el tiempo. El segundo, el aspecto jurídico: se deberá crear un mecanismo que permita a Cataluña permanecer en la UE. Es cuestión de negociar. Y si existe voluntad desde luego que se puede solucionar.

P. Según algunos juristas una declaración de independencia del parlamento catalán no tendría ningún efecto jurídico y, por consiguiente, ningún interés.
R. Si el Parlament declara la independencia y los catalanes pasan a pagar impuestos a una Hacienda catalana, dejan de obedecer las leyes españolas, ¿cómo va a garantizar el Estado Español su soberanía en el territorio catalán? ¿Con qué medios?

P. ¿Usted cree que Cataluña debe seguir formando parte de España?
R. Me gustaría que los catalanes se quedasen. Pero si quieren separarse, debemos dejar que se separen. Las posibilidades de conservar a Cataluña en España dependen al fin y al cabo de la capacidad de los españoles de ganarse a los catalanes. Y esa capacidad es nula.
(Traducción de @translatorerik)

dimarts, 22 de setembre del 2015

Armageddon.

Se recordará la absurda expresión, propia de Ubú Rey, con que Rajoy quiso despachar hace cuatro años una concurridísima Diada en 2012. Un millón y medio de personas en la calle al grito de som una nació; nosaltres decidim era para el presidente de los sobresueldos una algarabía. Y, en cierto modo, no le faltaba razón. Al estar en catalán, lengua que Rajoy ignora, como todas las demás, excepto el español, que le resulta algo más familiar, aunque no del todo, era lógico que le sonara como eso, una algarabía o batiburrillo en árabe. Apenas se hizo especial hincapié en la necedad de la respuesta porque, en el fondo, no llamaba la atención. Los españoles estamos acostumbrados a unos políticos que frecuentemente (los pesimistas dice siempre) no saben lo que hacen ni lo que dicen.

Cuatro años más tarde, la algarabía es un potente movimiento independentista con amplísima base social transversal y un notable impacto en la opinión pública exterior. Una iniciativa política independentista que puede ocasionar la ruptura de España. Una crisis frente a la cual, el aparato de propaganda de la recuperación ha enmudecido. Una crisis de la que el señor Rajoy dice no ser responsable, ya que él no tiene la culpa de que haya más o menos independentistas. Si él, que es el presidente del gobierno no tiene la culpa, es imposible imaginar quién la tendrá.

Es obvio: no saben lo que dicen ni lo que hacen o, tratándose de Rajoy, "no hacen".

Pero gobiernan y ahora hay una ofensiva independentista muy seria que los políticos españoles no han sabido calibrar. Esos políticos incluyen a la oposición socialista, incapaz de articular una opción más flexible y negociadora que la del gobierno porque, en el fondo, coincide con los supuestos básicos de la acción de este y no se atreve a adoptar un criterio distinto del más ultramontano nacionalismo español por miedo a perder votos en España.

Téngase en cuenta que, tratándose de un asunto de calado constituyente de hecho, los sondeos sin embargo, presentan una situación muy abierta y muy indecisa. Apuntan a una victoria independentista pero con diversos cálculos en cuanto a su proporción, lo cual obliga a esperar a los resultados en mayor medida que en otros momentos.

Decía el gobierno, con aquiescencia de la oposición, que las elecciones de 27 de septiembre son elecciones autonómicas ordinarias, nada de plebiscitarias, pues estas ni siquiera existen en la Constitución, aunque sí el referéndum. La impericia del gobierno, por no hablar de su manifiesta ineptitud, ha convertido las famosas elecciones autonómicas en una consulta de proyección internacional. Al meter en danza a Merkel, Cameron y Obama, mendigando de ellos declaraciones en contra de la secesión catalana que tampoco conseguía, el genio de La Moncloa ha cumplido con creces el programa independentista de la internacionalización.

No saben lo que hacen.

Pero insisten. Durante este tiempo, desde la algarabía de 2012 al yo no tengo la culpa de nada, no ha habido un solo intento de diálogo o negociación salvo en los términos perentorios de "se cumple la ley y punto". Nada de debate: silencio, rechazo, cerrazón, hostilidad y desprecio. Por supuesto, acompañados con una cascada de insultos, desde los más refinados a los más groseros. Y eran unas elecciones ordinarias.

En los días que quedan, se intensifica el tono y se pasa a las amenazas más directas y los augurios más funestos. Los bancos, muy enfurruñados, amenazaron con marcharse de Cataluña en caso de independencia, una posible decisión nada creíble por no estar basada en ningún cálculo racional de costes-beneficios. El caso de algún empresario de profundo nacionalismo español, como el de Pronovias, quien también promete llevarse el ajuar si el Principado se declara independiente, pone de manifiesto precisamente su carácter aislado. El Banco de España, dirigido por un fiel alguacil de la política económica del gobierno prevé un corralito catalán si hay independencia, con tanta razón y verosimilitud como la del ministro del Interior quien, inspirado por alguna de sus condecoradas santas, tuvo una visión de Cataluña rebosante de yihadistas y terroristas en general.

Faltaba llegar a lo abyecto y ahí figura, en portada de El Mundo: le República catalana no podrá pagar las pensiones. El Pacto de Toledo se firmó precisamente para poner fin a esta despreciable treta de jugar con las pensiones como arma de la lucha política. No había derecho a someter a chantaje al sector más vulnerable, indefenso y venerable de la sociedad. Lo primero que hizo el gobierno de la derecha fue, precisamente, romper el Pacto de Toledo para que ahora sea posible una ruindad como la de esa portada, para asustar a los jubilados catalanes. Menos mal que son católicos, ¿verdad?

Detrás de las pensiones vendrá el Apocalipsis. No saben lo que hacen ni lo que dicen.

Sin embargo, de aquí al 28 de septiembre ya solo cabe esperar y tomar nota del resultado que, casi seguro, va a ser un cambio de época en España por cuanto apunta a una alteración de carácter constituyente. A partir de esa fecha, los nacionalistas españoles tienen tres meses para remediar la situación, imitando descaradamente a los catalanes, es decir, convirtiendo las elecciones generales "ordinarias" en plebiscitarias entre un bloque con oferta constituyente (a ser posible, una única y no siete) y otro continuista. El continuismo sabemos lo que es: más corrupción, caciquismo, ineficacia, autoritarismo, censura, recortes, devaluación interna, desigualdad, más pobreza, nacionalcatolicismo y centralismo.

Lo interesante es si el bloque de opción constituyente es capaz de formular una suficientemente flexible, incluyente y eficaz para contar con un apoyo generalizado. La verosimilitud de la propuesta habría de quedar condicionada a la participación de los catalanes, que no está en modo alguno garantizada sino más bien al contrario. Da la impresión de que la única propuesta más moderada, capaz de frenar una DUI si el apoyo parlamentario lo permite, sería un referéndum de autodeterminación vinculante y en un plazo breve.

Y estaría por ver porque ese es el referéndum que, según el ministro del Interior, ningún gobierno de España autorizará jamás.


Edipo de sobremesa.


La gran ventaja del teatro clásico es que admite prácticamente infinitas variaciones. Temas famosos, muy conocidos por todos, sucintos, claros, rotundos, pueden contarse de mil maneras. Y así sucede. Quién más, quién menos habrá visto a Aquiles vestido de rockero, a Medea de vampira, a Prometeo de ángel del infierno o a Hamlet de oficinista de la City con un bombín y un paraguas. No sucede nada. El teatro inmortal es inmortal porque es maleable... hasta cierto punto.

Ignoro por qué motivo el director de este Edipo Rey, de Sófocles, en el teatro de La Abadía de Madrid, Alfredo Sanzol, ha decidido que podía representar la tragedia sentando a todos los personajes en una mesa después de un almuerzo o una cena, y hablando entre ellos o directamente a los espectadores. Una mesa, claro, de un solo lado para que ningún actor dé la espalda al público que, por cierto, actuamos como silencioso pueblo de Tebas. Más que una mesa, por tanto, parece un tribunal o la santa cena a falta de algunos comensales. Todos frente al público, todos recitando sus papeles a grito limpio sin levantarse de su asiento.

Es muy original, desde luego. E insoportable. Al estar todos los personajes de frente y alineados, cada vez que uno se dirige a otro a su derecha, por ejemplo, los espectadores situados a su izquierda no se enteran de nada y a la inversa. Eso tampoco es extremadamente grave porque en estas obras clásicas casi todos nos sabemos los diálogos, los de Edipo con Yocasta, con Creonte, de Creonte con Tiresias, los parlamentos del coro, las intervenciones del corifeo, etc, etc.

Lo peor, la metedura de pata que destroza la interpretación, es la maldita mesa. Las tragedias griegas tienen poca acción y escaso movimiento. Pero si se les quita el poco que tienen, confiando el relato exclusivamente a la voz, entonación, timbre de los actores, exactamente, ¿cuál es la diferencia entre esto y el teatro leído, por ejemplo, en la radio? En el teatro -en donde hay que emplear megafonía- la mímica gestual cuenta poco. Esenciales son los movimientos, los ademanes, el lenguaje corporal, la acción. Si estos se suprimen, como sucede en esta versión, la obra se convierte en un recital aburrido. Y nadie tiene derecho a convertir en un  recital aburrido una historia tan intensa, hermosa y sobrecogedora como la de Edipo.

Una prueba más de que este montaje es un desatino es que ni siquiera puede mantenerse durante toda la obra pues ya sería en verdad una especie de tortura malaya y, a la media hora, más o menos, algunos personajes se levantan y caminan como espectros por el escenario, entre otras cosas porque, por muy obsesionado que el director esté con lo sedente, la trama lo exige. Sería ridículo que los pastores a quienes se confió Edipo niño recién nacido para que lo mataran, y son pieza esencial en el descubrimiento del asesinato de Layo, hubieran estado sentados todo el tiempo en el ágape.

Y todo se acaba aquí. No se detecta interpretación o variante de interés en la historia del padre de Antígona. Si acaso el propósito lamentable de rebajar a una historia de sobremesa una de las fábulas filosóficas y morales más fascinantes de todos los tiempos: la de que ni los dioses pueden escapar a su destino. Cuánto menos unos pobres mortales.

dilluns, 21 de setembre del 2015

En Cataluña, la CUP; ¿y en España?

Hasta cierto punto, me ocurre como a Willy Toledo, que se declara partidario de la CUP en Cataluña, si bien no pude votar por no estar empadronado allí. Mis razones son como las suyas: la CUP es la candidatura independentista más radical y la independencia de Cataluña quizá sea ya la última posibilidad de que una potente sacudida obligue al cuerpo social español a reaccionar y sacudirse de encima la oligarquía de caciques, parásitos, incompetentes y nacionalcatólicos que es la causa de la secular postración del país. Respecto a la coincidencia en la CUP le saco ventaja porque en principio iba a ir en su candidatura en el último o penúltimo lugar con finalidad puramente simbólica. Pero tropecé con el mismo inconveniente: al no estar empadronado en Cataluña carezco de derecho de sufragio activo, pero también del pasivo.

Bien, eso en Cataluña. ¿Y en España? Ahí nuestros destinos se separan. Toledo da a entender que no votará en las elecciones de diciembre porque se siente incapaz de "votar al menos malo". No es mi caso. Votaré al que crea "menos malo" si bien muy probablemente nuestros conceptos de "menos malo" diferirán. Vamos a ello.

Una ojeada a la portada de El País prueba lo certero del sarcasmo de que en España un partido no gana las elecciones, sino que las pierde su contrincante. Las cifras de intención de voto son: PSOE, 24,6%; PP, 23,4%; Podemos: 18,6%; Ciudadanos: 16,1%; IU: 5,0%. Desde luego, aunque figura en cabeza, por primera vez en años, no puede decirse que el PSOE gane de calle porque todavía está más de cuatro puntos porcentuales por debajo de su resultado en las elecciones de 2012. Pero lo que sí está claro es que el PP se da un batacazo fenomenal, perdiendo más de 21 puntos porcentuales con respecto a la citada elección, del 44,62% al actual 23,4%. Los otros dos partidos emergentes, Podemos y C's admiten poca evaluación ya que no se presentaban en 2011. IU, con su raquítico 5% escasamente mantiene la cabeza por encima del agua y eso si se presenta sola, por su cuenta. De UPyD ya no hay ni muestras.

De esta situación deduce el diario que los "electores quieren un gobierno fruto de un pacto". Es una falacia muy común que consiste en hacer de necesidad virtud. Lo indudable, lo que cantan los hechos, los datos, es que, si los resultados son los que aparecen, cualquier gobierno solo es posible mediante un pacto, de gobierno o parlamentario, pero un pacto. No por voluntad de los electores que, no siendo una congregación, carecen de objetivos compartidos, sino por exigencia de la aritmética parlamentaria. Esta debe además conjugarse con el análisis político que siempre aclara algo. Aritméticamente hay bastantes pactos posibles; políticamente, bastantes menos. Por razones políticas, el partido con más poibilidades de pactos (en realidad, todas) es el PSOE. El pacto más natural de este, a juicio de Palinuro, es el PSOE-Podemos. Coincide, además, con lo que viene propugnando una vez que la dura realidad hizo comprender al partido de los círculos que fagocitar (o sobrepasar) al PSOE no iba a ser tan fácil como con IU. El pacto PSOE es una coalición de izquierda mutuamente beneficiosa desde una perspectiva palinúrica, un win-win porque permite a Podemos gobernar parcial pero legítimamente con menos del 20% del voto y empuja al PSOE un poco más a la izquierda porque garantiza que cumplirá sus propósitos de desmontar la tremenda involución en todos los órdenes de la vida pública que ha supuesto la legislatura del PP.

Porque, para alguien de una izquierda no sectaria y que, por tanto, no anteponga alguna polvorienta doctrina al avance del bien común, lo esencial es echar al PP del gobierno con una mayoría electoral clara. Así pues, en mi opinión el mal menor al que hay que votar es el PSOE. Y hacerlo no para evitar un mal mayor sino uno mucho más peligroso, que podríamos llamar "mal intermedio", esto es, una alianza PSOE-PP, también conocida como gran coalición, que tiene poderosos valedores tanto en el partido del gobierno como en el fundado por el primer Pablo Iglesias. También es pensable un pacto PSOE-C's. El PSOE ocupa la famosa centralidad política. Obviamente, los dos pactos entre el socialismo democrático y las dos fuerzas de la derecha serían mejores que un gobierno de la derecha a secas como el que el país ha padecido en esta legislatura. Pero, desde el punto de vista de la izquierda, el pacto más deseable es PSOE-Podemos. Así el PSOE es el mal menor. Habrá quien diga que el verdadero mal menor es Podemos. Pero esto no se compadece con los hechos. Los votantes de Podemos no lo ven como mal menor sino como bien absoluto. Los del mal menor se concentran más en el PSOE.

Y aquí es donde, cómo no, interviene esa izquierda que gusta llamarse transformadora y, en realidad, parece destructiva o suicida. En el acto final de la fiesta del PCE, Garzón, alineado físicamente en un escenario con Julio Anguita y el camarada José Luis Centella afirma que "el enemigo es la oligarquía del PP, la monarquía y el PSOE". El PSOE y en su conjunto. Uno cree escuchar el viejo y adocenado discurso de Anguita con su obsesión antisocialista; pero no, es el de la joven promesa, Garzón, el que anda cortejando a Podemos con frenesí de enamorado para ir juntos a las elecciones de diciembre. Es decir, la joven promesa pretende aliarse con Podemos para luchar contra el único partido con el que Podemos a su vez puede aliarse para alcanzar el gobierno. Es difícil imaginar algo más absurdo. El odio de Anguita al socialismo democrático se contagia a las nuevas generaciones comunistas y las lleva al delirio.

Este disparate prueba que Podemos hace muy bien rechazando toda confluencia con IU y, sobre todo, con los comunistas. Por si alguien tiene alguna duda y para no perder el tiempo en vanas disquisiciones, hágase un sencillo cálculo: promuévase una confluencia electoral de Podemos con IU y el PCE. Hágase la campaña electoral explicando a los votantes que el enemigo por batir es la "oligarquía del PP y el PSOE".

Y a ver cuántos votos obtiene.

El yo no nos pertenece.

J. M. Coetzee y Arabella Kurtz (2015) El buen relato. Conversaciones sobre la verdad, la ficción y la terapia psicoanalítica. Barcelona: Random House. Traducción: Javier Calvo. 182 págs.

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Un curioso ensayo este. Parece haberse originado en un intercambio epistolar entre el novelista Coetzee y la psicoterapeuta Kurtz. Pero se presenta extractado y, por así decirlo, trasmutado en un diálogo. Un intercambio de opiniones sobre un conjunto de temas que apasionan a cualquier lector y, desde luego, a cualquier escritor: cuestiones de la memoria, los recuerdos, la identidad, el individuo y el grupo, las mentalidades colectivas, la culpa, etc. Tratadas desde una doble perspectiva, la literaria y la psicoanalítica, con lo que por sus páginas deambulan Dostoievsky, Austen, Hardy, Fielding, Freud, Klein, Winnicot, etc. La gran categoría de Coetzee permitía esperar un texto de sumo interés y así es, en colaboración con Arabella Kurtz, de quien no tenía referencia alguna y cuyo nombre y apellido parecieran acomodarse al tema de la creación, la fabulación, la obsesión o el recuerdo, en homenaje al Kurtz del Corazón de las tinieblas.

Ya en el arranque se plantea sin ambages la cuestión que preocupa a los dos intervinientes desde su dos perspectivas, esto es, la de la verdad y la naturaleza de las ficciones. Coetzee las fabrica y Kurtz trata de descubrir su origen con fines de terapia. Ficción viene del latin fingere, moldear, dar forma (p. 13). Imposible no recordar aquí que Pessoa definía al poeta como un fingidor. Por eso Coetzee recuerda que el motivo por el que Platón expulsa a los poetas de la república es porque, si han de elegir entre la verdad y la belleza, invariablemente, los muy ladinos, eligen la belleza (p. 17). Pero Kurtz recuerda que lo suyo es averiguar la verdad porque se gana la vida así: la verdad que ha de hacer asomar entre la hojarasca de las ficciones que fabrican los pacientes para protegerse. Coetzee no se lo pone fácil y, sin mencionar a Kant, la confronta con la idea kantiana de la imposibilidad del conocimiento de la "cosa en sí", de la verdad. El mundo se divide entre una supuesta realidad nouménica, libre de interpretación y otra creada libremente por nosotros a la que podemos llamar "fantasía" y nos sirve para reconciliarnos con nuestros recuerdos (p. 28) o para escribir novelas.

Aparece aquí una de las cuestiones más espinosas e interesantes de este interesante ensayo. En el fondo, dice Coetzee, somos libres de inventarnos nuestro propio pasado como se nos antoje, gracias a lo cual hay novelistas en el mundo. Pero la idea de que no es así se basa en la fe en la justicia del universo (p. 37). Se acumulan  en este pasaje consideraciones profundas y muy sugestivas sobre esta cuestión de la culpabilidad, el recuerdo, el arrepentimiento, la memoria. Según el psicoanálisis, la represión consiste esencialmente en la ocultación de un recuerdo que no se quiere aceptar. El caso de Edipo es patente. Luego llega la literatura y fabula situaciones muy distintas: cree el personaje que su secreto está bien guardado en un pasado remoto y, de pronto, ese pasado revive con la llegada de alguien, como en una novela de Thomas Hardy. O, más fascinante aun, Hester Prynne, la protagonista de La letra escarlata, acepta llevar la marca de la infamia que le impone la comunidad, pero no lo hace con resignación sino con orgullo, pues niega a esta capacidad para condenarla moralmente. Y, por supuesto, tratándose de crimen, recuerdo y expiación, Dostoievsky aparece y reaparece (46) sobre el fondo de su célebre apotegma: "Si Dios no existe, todo está permitido", que, en realidad viene a ser como una glosa a los versos del poeta persa Saadi: "Temo a Dios y, después de él, solo temo a quien no lo teme".

El genio de Coetzee lo lleva a preferir la verdad inventada a la real, como hace don Quijote (p. 66). Somos libres de inventarnos lo que queramos. Lo único que no podemos invertarnos es la muerte (p. 68). No siendo esto, la libertad es absoluta en medio del desorden generalizado. El pasado, tanto el individual como el colectivo es siempre más caótico que ninguna versión que podamos  contar sobre él (p. 74)

Entramos ahora en lo que, a juicio de este crítico, es la esencia del libro, de la reflexión, por lo demás casi toda ella de Coetzee porque Kurtz añade poco fuera de su convicción, correcta, por supuesto y muy psicoanalítica, de que solo podemos llegar a la verdad sobre nosotros mismos a través de los demás. Los demás. Esa es la sempiterna cuestión. El individuo y el grupo, la masa, la multitud, la muchedumbre, aquello que, como decía Montesquieu en las Cartas persas "empequeñece el cerebro de los individuos". Sobre esto, el novelista, el fabulador, tiene mucho y, dada su gran sensbilidad, muy interesante, que decir. No tanto Kurtz, ya que la psicología y el psicoanálisis tienen poco que ver con las colectividades. Sin duda hay una psicología de masas (Le Bon, Reich, etc), pero es poco más que metafórica. De las masas y colectividades se ocupa más la Sociología. No tiene mucho sentido hablar de una psique grupal (p. 93), aunque esta sea la base misma de una próspera ocupación mercantil llamada "relaciones públicas."

Como nativo de Sudáfrica que vivió el Apartheid, y habiendo vivido experiencias asimismo de Australia y el Canadá, Coetzee tiene una preocupación especial con un problema contemporáneo muy extendido, poco reconocido, con mucha carga emocional y que -aunque el autor no menciona nuestro caso- tiene mucho que ver con los españoles. Este problema es el de las sociedades de colonos y sus pasados colectivos racistas y/o genocidas (p. 81). Los australianos blancos hoy día siguen siendo herederos y beneficiarios de un gran crimen cometido en el pasado con los maoríes (p. 76). Y los mismo pasa con los canadienses y, desde luego, los estadounidenses y los indios: son sociedades escindidas en lucha con su propio pasado. Esto de las reacciones escindidas le recuerda a Coetzee lo que decía D. H. Lawrence a propósito de James Fenimore Cooper, el de El último mohicano: una vez exterminados los indios hay que convivir con el pasado de culpabilidad. Será así, sin duda y, poco a poco va abriéndose camino la idea de que hay que compensar a los aborígenes por el expolio y el genocidio a que los sometimos. Sin embargo, hoy no vemos que los estadunidenses se sientan culpables por pisar una tierra robada (p. 90). En realidad, estos yanquees, como los australianos, en la medida en que se hacen cargo de este drama, lo encajan recurriendo al Zeitgeist (p. 83). Sí, nuestros antepasados fueron esclavistas, asesinos, ladrones, genocidas y ese recuerdo nos atormenta; pero no nos obliga (mucho) porque eran los usos, ideas y creencias de aquella época.

No hay duda: el demonio-fantasma del aborigen exterminado se introduce en la psique colonial, que se escinde y empieza a pelearse consigo misma, que busca sistemas internos de defensa (p.91). Pero la pregunta que planteábamos más arriba respecto a los españoles se mantiene: nadie pretende embellecer el carácter inhumano, cruel, sanguinario, genocida, de la conquista española de las Indias y, como se prueba con la obra de Fray Bartolomé de las Casas, la famosa "conciencia escindida" del colono empezó a funcionar rápidamente a través del Zeitgeist. ¿Por qué, sin embargo, se admite en el caso de los esquimales canadienses, los pueblos de la pradera en los EEUU, los maoríes en Australia pero no en el de los aztecas o los incas de hispanoamérica? No pretendo embellecer unos u otros casos, pero me gustaría conocer alguna razón que justificara esta diferencia de trato.

Del pasado y la memoria colectivos, a las experiencias grupales en el presente. El diálogo se hace aquí más intenso, aunque también más obvio. Lo primero pareciera ser la legitmidad y el alcance del concepto de "grupo". Determinadas experiencias y resultados nos permiten hablar del trabajo en equipo: el fútbol o el sistema Windows (pp. 100, 112). Aparece, cómo no, el "grupo" por excelencia, que es la nación y el nacionalismo (p. 100). Las observaciones de ambos son inteligentes, sin duda pero, como en España hemos hecho un supermáster en la materia, las dejaremos de lado porque estamos al cabo de la calle. Véase, por ejemplo: pertenecer a un grupo da seguridad. El niño que no pertenece a un grupo es infeliz (p. 115). Está bien, pero es algo soso.

Kurtz está segura de que una familia es un grupo (p. 116). Desde un punto de vista psicológico eso es razonable; desde uno sociológico, requiere algún matiz. La familia es un grupo, sí, pero ¿se rige por las mismas pautas, los mismos valores que los otros grupos? El reparto de roles en ella, ¿es similar a los demás grupos? La familia socializa, "constituye" a la persona, al niño. ¿Puede decirse lo mismo de otros grupos, muchas veces determinantes, como el ejército, por ejemplo, o la iglesia? La función que la figura del otro (p. 122) ejerce en las relaciones del individuo con el grupo, es análoga en la familia y en el ejercito?  Una ojeada a los obras de Erwin Goffman nos convencerá de que no.
 
Coetzee recuerda que Donald Winnicot escribió mucho sobre el "falso yo", cuando un niño acepta demasiada verdad ajena a expensas de su incipiente capacidad de conocerse a sí mismo en el seno de la familia (p. 129). En las relaciones con los demás funciona la proyección (p. 130), algo que si es evidente en los círculos más restringidos familiares resulta apabullante en la vida pública, especialmente en la política. El descaro con que unos políticos acusan a los adversarios de hacer lo que ellos mismos hacen quizá no tenga parangón en el ámbito de la hipocresía y el cinismo, dos vicios que parecen tan inherentes a la acción política como la lucha por el poder. De ahí que, siguiendo a Bion y, sobre todo, Menzies Lyth, el novelista sudafricano sostenga que, en cuanto se forma un grupo, parece producirse una regresión (p. 133) . La finalidad del grupo es tener enemigos-víctimas a quienes se pueda atacar para defender el grupo (p. 135). Quizá por eso sea por lo que ambos parecen coincidir en una amarga conclusión: hoy es imposible establecer una "psicología grupal" (p. 157)

Se aprende mucho sobre la forma de razonar de un escritor de ficción, un novelista, cuando expone sus problemas en el manejo de su oficio.

diumenge, 20 de setembre del 2015

Cunde el pánico.

Metroscopia en El País de hoy. Los pelos como escarpias. El titular de primera suena a ABC Los separatistas logran mayoría de escaños y casi el 50% del voto. No se lo pierdan: los "separatistas"; ya falta menos para lo de los judeomasones. Se hace un primer análisis electoral erróneo como siempre, y se señala que la lista de Juntos por el Sí no llega a la mayoría absoluta y necesitará de la CUP. En realidad, CDC y ERC, el independentismo, han bajado 4 o 5 escaños con relación a 2012. Sí, es cierto; pero la CUP ha ganado siete u ocho. La conclusión obvia es que el independentismo ha aumentado y se ha radicalizado.

Lo interesante, sin embargo, es el análisis político del conjunto del sondeo de Metroscopia y, por su impacto, en efecto, cunde el pánico en el campo españolista. Además de la encuesta, el diario consagra a Cataluña un editorial (Elecciones críticas) y un artículo de Cebrián, anunciado en portada como si fuera el oráculo de Delfos, Reconstruir el Estado. Los títulos traslucen el nerviosismo. De celebrar, cuando menos, que se den cuenta de la trascendencia y gravedad de las circunstancias que hasta la fecha han estado ignorando con una estolidez irritante. Palinuro se ha aburrido de señalar que en la cuestión catalana (que ha sido siempre la "cuestión española" y sigue siéndolo) el nacionalismo catalán llevaba la iniciativa política mientras el español ni se enteraba. Ahora se van viendo las consecuencias de confiar el gobierno a una manga de necios e incompetentes.

Tanto en el editorial como en el artículo de Cebrián se sigue cargando contra el independentismo catalán, aunque no con la virulencia con que se ha venido haciendo hasta la fecha; pero, y eso es lo importante, ya se reconoce abiertamente que la responsabilidad de la situación de ruptura es en lo esencial del presidente del gobierno, mejor dicho, de su patente ineptitud y del desastre que ha provocado en el conjunto del país. El artículo de Cebrián, que no es el habitual exabrupto lleno de petulancia y soberbia, trata de simular una imposible equidistancia entre el independentismo y el cerrilismo del gobierno. Todavía ayer su diario asustaba a la audiencia con la pueril amenaza de la banca de marcharse de Cataluña en caso de independencia, algo tan absurdo que solo puede ser producto de la colaboración intelectual entre Rajoy y Linde, el gobernador del Banco de España, dos lumbreras.

Reconstruir el Estado se llama la pieza cebrianesca. En realidad viene a decir que hay una crisis de Estado, algo tan evidente como que el movimiento catalán es, en realidad, una revolución. Cebrián se ve a sí mismo como estadista y por eso quiere reconstruir el Estado. Sigue sin ser ecuánime en su análisis y continúa reduciendo un vigoroso (y ejemplar) movimiento social a los supuestos cálculos tácticos de Mas, pero no es tan abusivo y mendaz como su propio periódico. Parte del supuesto de que no habrá independencia por diversas razones, todas ellas refutables que, en realidad, se resumen en una: no habrá independencia porque él no quiere. Al margen de la validez de esa conclusión, su diagnóstico es generoso en distribuir culpabilidades para lo que, en efecto, se considera una "crisis de Estado", al hablar de los "últimos decenios". Reduzcamos el foco al último: Zapatero sería mejor o peor en política económica, pero no hay duda de que era un demócrata y respetuoso con el Estado de derecho. Eso no puede decirse de la última legislatura con el PP. Ni democracia, ni Estado de derecho, ni nada. El país lleva cuatro años en manos de un partido corrupto hasta la médula, imputado por tal por los jueces. Como tal no ha hecho otra cosa que expoliar los caudales públicos al tiempo que legislaba o pretendía legislar verdaderos disparates, atropellos e injusticias que luego se ve obligado a revertir él mismo: ha pasado con el aborto, con la exclusión de los inmigrantes del acceso a la sanidad pública, con los expolios de los funcionarios, el rechazo a los matrimonios homosexuales o la LOMCE, un auténtico bodrio eclesiástico por el cual sus perpetradores disfrutan de un retiro dorado en París a costa de los constribuyentes españoles.
 
Cuatro años de incompetencia y puros dislates bajo mayoría absoluta de unas gentes que no saben ni lo que es la democracia. Cebrián enumera escandalizado los casos más graves: un Tribunal Constitucional presidido por un ex militante del partido de la Gürtel, unos jueces también sumisos al partido que no se inhiben y pretenden juzgar por lo penal a una organización a la que están agradecidos, una perversión sistemática de las instituciones, una práctica de gobernar mediante decretos leyes, una ignorancia del principio de división de poderes, etc, etc. Cuatro años que coronan más de veinte de corrupción sistemática, en muy buena medida, responsable de la crisis. Cuatro años de gobierno de un presidente que debería haber dimitido casi antes de tomar posesión, de haber tenido algún mínimo sentido del decoro y de la democracia. Cuatro años de degradación de la vida democrática, del debate público, de la comunicación política, monopolizada por una banda de esbirros y matones.
 
Y, en lo referente a Cataluña, cuatro años de arrogancia, desprecio, ignorancia e intento de sometimiento, sin el menor espíritu dialogante o constructivo.  A los años anteriores de verdadera catalanofobia (hasta un político tan tosco como Albiol reconoce que la recogida de firmas contra el estatuto fue un "error") siguió después un ánimo abiertamente hostil, ya inaugurado con la estupidez de que había que españolizar a los niños catalanes y coronado hasta la fecha con la arbitraria reforma en solitario de la ley del Tribunal Constitucional, lo cual ya es el colmo para un personal que luego sostiene cínicamente que las leyes están para que los demás las cumplan.
 
Está bien que la élite pensante del país caiga en la cuenta de que a punto se encuentra de quedarse sin él por ponerlo en manos de una banda de incompetentes y corruptos, en la más pura y acrisolada tradición hispánica. Basta con observar el nivel de los políticos que han tenido más poder en los últimos años, los Rajoys, Aguirres, Gonzáleces, Cospedales, Camps, Fabras, Barberás, Matas, Granados, Ratos, etc. Por no hablar de los Florianos, Casados, Hernandos y otros detestables corifeos. Con esta tripulación, ningún navío llegará a puerto.
 
Está bien asimismo la idea de que ya no basta con una reforma de la Constitución, sino que hay que reconstruir el Estado. La pregunta es: ¿cómo? Y ¿qué Estado?

dissabte, 19 de setembre del 2015

La sombra del fracaso.

Aquí mi artículo de hoy para elMón.cat. Se titula l'ombra del fracas. Para quienes quieran leerlo en castellano, incluyo aquí la versión original:
 
 
La sombra del fracaso.
 
Ramón Cotarelo

La mayoría absoluta que los sondeos pronostican al bloque del “sí” en las plebiscitarias del 27 de septiembre anuncia que el independentismo ya ha triunfado, que Cataluña es una nación, que tiene derecho a constituirse en Estado y que esto es ya indiscutible política y moralmente. Que lo sea ahora jurídicamente es el meollo de lo que nos jugamos en los tiempos que vienen a continuación, ya, ahora mismo.

La campaña del 27 de septiembre, la realizada y la que falta, es la prueba de que en Cataluña, efectivamente, la vieja política ha muerto, que está naciendo otra y una forma nueva de hacer las cosas, pero no como lo predican los emergentes, sino de verdad y en serio. Todas las opciones españolas, desde el PP hasta Catalunya sí que es pot se negaron a admitir que estas elecciones fueran plebiscitarias porque no están acostumbradas a que las cosas en su país sean como quieren y las definen los catalanes, sino como quieren y se definen en Madrid. Madrid decide; Cataluña obedece. Madrid pone los nombres; Cataluña los acepta. Y, por eso, siguiendo la querencia, han desembarcado todos en Barcelona, a decir a los catalanes lo que tienen que pensar, hablar, hacer.

Algunos, los del PSOE y C’s están de commuters, van y vienen como pendolari, mareando el AVE o el puente aéreo. Otros, como los líderes de Podemos, sabedores de que se juegan aquí su futuro en España, han cogido abono fijo en algún hotel de la capital catalana y no se mueven ni para ir a comer el domingo a casa. Y así han conseguido que el régimen habitual y tradicional de tratar a los catalanes como gentes de la colonia o menores de edad se les vuelva en contra. Cualquier agencia de publicidad les explicaría que no es buena táctica que el personal no sepa quién es el cabeza real de cada lista, si Rivera o Arrimadas, Sánchez o Iceta, Iglesias o Rabell. Pedir a la gente que vote por teloneros es hacerla muy de menos. El único cabeza de lista que parece genuinamente catalán, Albiol, es el que más interesaría que no lo fuera.

El 27 de septiembre mostrará a los ojos de todos, especialmente de los europeos, el fracaso de la vieja política, el fracaso del sucursalismo. Un fracaso tan descontado que las fuerzas más sólida y tradicionalmente españolas han decidido abandonar toda senda de diálogo o entendimiento civilizado y han pasado a la acción directa que aquí no es otra cosa que las amenazas y las provocaciones. “Se ha acabado la broma”, zanjó Albiol hace unos días como resumen del intento de pucherazo del gobierno de cambiar a la fuerza la ley reguladora del Tribunal Constitucional para convertirlo en un retén de guardia del cuartel ya que como Tribunal Constitucional tiene nulo predicamento.

Haciéndose eco de este turbio propósito, reaparecen los militares –que nunca andan muy lejos cuando se hace política en España- recordando que el artículo 8 de la vigente Constitución los hace garantes de la integridad territorial de la patria. Evidente es que están dispuestos a cumplir con su deber en Cataluña ya que se les sigue olvidando hacerlo en Gibraltar por más que el ministro de Asuntos Exteriores no ve llegado el día en que la Legión lo recupere. El ministro de Defensa advierte que, si los catalanes “cumplen con su deber”, el ejército no tendrá que intervenir. Por supuesto, el “deber de los catalanes” se decide en Madrid y los cuartos de banderas respaldan estas hoscas admoniciones para que se tomen muy en serio.

Todo son anatemas, y excomuniones en caso de independencia. Según un mandatario de la UE, familiarmente unido a militantes del PP, con lo que no se sabe si habla como eurócrata o simpatizante del partido fundado por Fraga, la República catalana independiente quedaría eo ipso fuera de la Unión. Están acostumbrados a mentir, falsear, simular una autoridad que no poseen y creen que en Europa puede prevaricarse tan impunemente como se hace en España. Que Cataluña vaya a quedar dentro o fuera de la UE es algo tan problemático como lo es con España porque si la República catalana independiente es un “Estado nuevo”, también lo será una España sin Cataluña que, entre otras cosas, tendrá que recalibrar su representación y su aportación a la Unión; es decir, obligará a renegociar los tratados, igual que si de un acceso catalán se tratara.

En realidad, poco importa la verosimilitud o probabilidad de las predicciones. Lo que se busca es conseguir mediante amenazas y chantajes torcer la voluntad democrática de los catalanes. Se azuza a los empresarios más recalcitrantes a que amenacen con salir del país, a los banqueros a que presionen y afirmen, contra todo sentido común, que se irán a hacer negocios en otras zonas más pobres.

Todo vale para evitar o disimular el fracaso. Y, por si hubiera alguna duda, el ministro del Interior, cuyo hilo directo con la divinidad por la intercesión del Caudillo es permanente, lo ha dejado claro de una vez por todas: ningún gobierno español aceptará un referéndum de autodeterminación en Cataluña. Esto, claro, incluye al PP y al PSOE, pero también a los demás partidos españoles que se adherirán a esta prohibición no por gusto, dirán, sino por amarga necesidad.

Como todos los esfuerzos han fracasado, solo quedará emplear la fuerza bruta. Esta se encontrará con una desobediencia generalizada. Y ahí es donde el triunfo moral y político del independentismo se convertirá en jurídico por imposición de Europa y la comunidad internacional. Porque si se emplea la fuerza contra el derecho, una fuerza mayor hará valer un mejor derecho.

Las incongruencias del poder.


El analista no puede atender a todos los frentes. La realidad es tan confusa, abigarrada y variopinta que se necesitaria un equipo compuesto por un Dickens, un Balzac y un Galdós para dar cuenta de ella. Ayer contraía matrimonio un figura del partido del gobierno y hasta el último instante se mantuvo el suspense sobre si el presidente asistiría a la boda. ¿Motivo? Es una boda de dos hombres y el partido que preside tiene recurrida ante el Tribunal Constitucional la norma que la permite. De triunfar el recurso, la boda sería nula y la presencia de Rajoy también. O sea, como de ordinario, pero más. Hasta cabría decir que Rajoy no estuvo en donde estuvo. Algo que lo caracteriza porque también suele no decir lo que dice ni hacer lo que hace. Y al revés.

Bueno, se consuela el recién casado, en el fondo, el recurso de mi partido es una pura cuestión nominal. El PP no se opone a que los homosexuales se junten, se unan y hasta se fusionen en un solo cuerpo, siempre que a eso no se le llame "matrimonio". Parece una tontería. Y, efectivamente, lo es. Porque se llame como se llame esa unión, por ejemplo, juntazgo, tiene que tener los mismos derechos que el matrimonio. Incluido, lógicamente, el de llamarse matrimonio porque, si no fuera así, no tendría los mismos derechos. No se sabe qué decidirá el alto tribunal en esta pintoresca cuestión de los universales. Sería de desear que no decidiera nada en contra de la recta razón.
 
Mientras Rajoy se personaba en la boda, según algunos por cálculo electoral, las patronales de la banca española daban a luz una declaración institucional. Pretextando la inseguridad jurídica que se generaría en Cataluña en caso de una independencia debido a la presunta salida de esta de la UE y el euro, los banqueros amenazan con marcharse de Cataluña. Algunos empresarios también amagan con la huida. No es algo que parezca muy relacionado con la oposición del PP a los matrimonios homosexuales porque esta pertenece al ámbito ocuro, irracional, de los sentimientos y tendencias sexuales mientras que el comportamiento de la banca y la empresa está guiado por criterios estrictamente lógicos y racionales de análisis de costes-beneficios. Pero algo tiene que ver. En concreto, su incongruencia. 
 
¿Retirarse de la parte del país que produce el 26% de su PIB y representa el 16% de su población? ¿Dejar de hacer negocios con el lugar más próspero y productivo de España por razones políticas? Es poco creíble. Este nuevo frente de millonetis es parte del despliegue estratégico del nacionalismo español para frenar el independentismo. Carente de toda política al respecto, tan privado de ideas como de objetivos, el gobierno anda instando por doquier declaraciones contrarias a la secesión catalana. Al igual que los neuróticos colocan sus obsesiones a todos los que tienen la desgracia de toparse  con ellos, los gobernantes piden una declaración antisecesionista a todos los que van encontrándose por ahí. Los militares, los empresarios, ahora los banqueros, mañana los intelectuales a los que bastará con dar de comer un par de días para que también se descuelguen con otro manifiesto anticatalanista. Esto empieza a ser de risa. Y los banqueros que se van, ¿también van a llevarse los depósitos de los clientes? ¿A dónde? ¿Por qué?  Si Cataluña se queda sin bancos, ¿cuánto creen estos genios que tardarán en instalarse otros extranjeros?

Los gobernantes de de los demás países ya saben que una visita a España incluye algún tipo de manifestación pública sobre un conflicto interno sobre el que ya es fama que los españoles no tienen ni idea de como resolverlo. Merkel y Cameron (el de Gibraltar y su mar territorial) salieron del paso hablando del respeto a los tratados y otras vaguedades. Lo de Obama fue más caro. Su disposición a trabajar con una "España fuerte y unida",  nos costó la base de Morón de la Frontera. Un par de declaraciones más de estas favorables a la soberanía de España y a España no le queda tierra sobre la que ejercerla. 
 
La histórica fanfarronería de los gobernantes españoles se presenta siempre vestida de ridículo. Es difícil imaginar uno mayor que el que protagonizó el Rey en su visita a la Casa Blanca. Muy contento Felipe VI de haber escuchado al gringo lo de "fuerte y unida", fue a hacer una ofrenda floral al monumento a George Washington, padre de la nación estadounidense a través de una declaración unilateral de independencia como la que él quiere evitar en España. El ministro de Asuntos Exteriores de España se merece un ascenso a Gallo de Morón. Le va pintado.

La chispa y la burbuja.

En el Canal de Isabel II de Madrid hay una exposición retrospectiva de Leopoldo Pomés que deja con la boca abierta al visitante. Y los ojos como platos. Y los oídos. Y los demás sentidos, el gusto y el tacto, al menos en forma narrativa. Pero todos los sentidos. Porque si bien suele tenerse noticias aisladas, inconexas, de distintos logros del hombre, esta exposición, magníficamente montada, ofrece una visión panorámica del conjunto de su obra, desde su primera fotografía, en 1947, hasta sus últimas producciones de ahora mismo. Setenta años de un torrente de imágenes de todo tipo, retratos, foto-reportaje, producción artística, publicitaria, de videos, películas, pero también de poemas, de ensayos, de experiencias empresariales, diseño comercial. Pomés ha hecho incursiones en todos los géneros, tocado todos los temas y, en esta exposición de conjunto se ofrece una imagen caleidoscópica, que interpela todos los sentidos. El propio Pomés, quien no para de explicarse a lo largo del recorrido de diversas formas, dice que es un hedonista y hace un panegírico de la buena mesa probablemente relacionado con el hecho de que, habiendo nacido en 1931, le pilló el hambre de la postguerra en la adolescencia, cuando la cena era a base de patatas hervidas y algún escuálido acompañamiento. Andando el tiempo, la misma experiencia le llevaría  a fundar y regentar con éxito un par de restaurantes en Barcelona y hasta una tortillería.
 
Esa exuberancia de los sentidos lo hacía idóneo pra la fotografía publicitaria. Arrancó en 1959 con un encargo de los bañadores Meyba y acabó siendo el rey indiscutible del gremio, cosa patente si se recuerda que es el autor del spot más caro de la televisión, el anual de Freixenet, el de las burbujas. Entre medias ha dominado el mercado de la foto publicitaria con ideas, propuestas y campañas que han creado escuela: estética 007, dinamismo de las imágenes, audacia de planos, falta de convencionalidad, detalles de genio aplicados a la publicidad de Terry ("usted sí que sabe") o a la de Gallina Blanca. Aquella primera foto del bañador Meyba se hizo famosa no por la modelo sino porque, junto a ella, figuraba un caballo. Y es el caballo, curiosamente, el que mantiene el interés de la imagen ya que la mujer está como engastada en un traje de baño de tres piezas de apariencia muy rígiday resiste peor el paso del tiempo.
 
Es fácil decir que la obra de Pomés se expande en paralelo con el desarrollo posterior al Plan de Estabilización, la generalización del consumo y la era de la televisión. Es obvio que se trata del terreno para teorizar sobre la sociedad de consumo, la cultura del ocio y el American way of life. Alguno trabajos de nuestro hombre recuerdan los aires de Harper's o la misma Life. Pomés hizo series enteras en campañas para vender las fibras sintéticas, que invadieron el mercado en los sesenta y setenta. Incluso inventó un personaje, Pedro Tergal, para publicitar el tergal, una fibra. Y, con el consumo, técnicas de comunicación. El cortometraje de Terry repetía el recurso al caballo pero, esta vez en movimiento. El anuncio, que paseaba una hermosa modelo cabalgando a pelo un alazán por una playa, por los Campos Elíseos en París, la plaza de San Marcos en Venecia o Trafalgar Square en Londres en 1972, quizá sea el más egregio monumento a una especie de kitsch contracultural de los setenta.
 
Hay chispa en todo lo que Pomés toca. La serie de retratos "serios", entre 1970 y 2013 (Cortázar, Eduardo Mendoza, Jorge Herralde, etc) atestigua la permanencia de un espíritu de exigencia, pues los retratos quieren ser psicológicos, que probablemente procede de sus años de formación, en los cincuenta en los círculos de pintores de los grupos de Dau al Set y El Paso, Joan Ponç, Modest Cuixart, Tàpies, Saura, el malogrado Manolo Millares y en los de poetas como Brossa, Joan Oliver (Pere Quart) o Cirlot, con abundante presencia de Chillida. De todos ellos hay muchos retratos que, significativamente, no tienen nada de psicológicos sino que son como manifiestos, como imágenes de tendencia, de escuela, de grupo. De vanguardia. El autodidacta Pomés se forjó en un ambiente de ruptura artística plástica y la recomposición de una estética rebelde en una sociedad autoritaria y conformista que desembocó en el abstracto. Hasta ahí llegó a asomarse Pomés, con fotos de arpilleras, al estilo de Millares o grafitti colorido en homenaje a Miró.
 
La exposición muestra también diversos encargos cuya contemplación es muy grata. Una serie callejera de Barcelona en los cincuenta por encargo de Seix Barral y otra sobre tauromaquia que no llegó a publicarse porque el escritor comprometido a redactar el texto, Hemingway, se suicidó. Mención especial merece su tratamiento de las mujeres, empezando por la propia, que le sirvió de musa y modelo en muchas ocasiones. Su visión de la estética femenina está bien definida con su concepto de hedonista, es levemente erótica, elegante y contenida. Tengo la impresión de que la serie que dedica a la arquitectura modernista está relacionada igualmente con ese hedonismo y esa especie de plenitud y alegría de vivir que siempre trasmite Pomés.
 
Su innegable triunfo en la fotografía publicitaria le hizo ganador del concurso para realizar el spot de presentación de los juegos olímpicos en Barcelona en 1992. Se muestra íntegro. Merece la pena verlo. Podría servir perfectamente para publicitar la via lliure del independentismo actual.

divendres, 18 de setembre del 2015

El desastre de la izquierda española.


En 1939 la izquierda española sufrió una derrota histórica por dos motivos principales: la superioridad militar de su enemigo y su propia y suicida desunión. La derecha fascista, en cambio, tuvo un triunfo igualmente histórico que consolidó mediante una dictadura de genocidio y terror, administrada por delincuentes, que duró cuarenta años.

En 1945, la derecha fascista europea sufrió una derrota histórica mientras que la derecha democrática y la izquierda conseguían una victoria también histórica que asentarían en un régimen de libertades y prosperidad en toda la Europa occidental de la postguerra menos en Portugal y España, en donde gobernaba la derecha fascista con regímenes de opresión y miseria. La derecha europea se había ganado sus credenciales democráticas enfrentándose al fascismo en los campos de batalla, cosa que no hizo la española, que siguió siendo fascista e impregnó con su cultura política los 40 años del franquismo.

En 1975, con la muerte del genocida, la derecha fascista española, en un contexto internacional hostil, creyó conveniente adaptarse a los tiempos y disfrazarse de demócrata. Tal cosa posibilitó la transición, un pacto entre franquistas que no podían seguir gobernando como hasta entonces y una izquierda atemorizada, debilitada, incapaz de imponer la ruptura porque, además, estaba tan dividida como en 1939. Así echó a andar el sistema político de la segunda restauración, pronto bajo gobierno de una socialdemocracia que, por miedo, conformismo, excesiva buena fe o las tres cosas a la vez, fingió que este régimen era una democracia homologable a las europeas, a pesar de que no se hizo nada por depurar las responsabilidades de la dictadura ni se impartió justicia a las más de 140.000 víctimas asesinadas por la vesania franquista, que la rácana Ley de la Memoria Histórica no se aprobó hasta 2007 y nunca, en realidad, ha sido eficaz, estando hoy prácticamente en desuso por obra del PP

Visto que la izquierda cumplía su compromiso de no exigir responsabilidades ni hacer depuraciones, la derecha incumplió el suyo de reconducirse a un espíritu democrático, se quitó la careta y reapareció como lo que siempre ha sido, una derecha fascista, sin complejos, como la animaban los comunicadores de su cuerda y su ánimo le pedía. El país siguió lleno de calles dedicadas a los franquistas, de bustos de Franco, con el Valle de los Caídos como monumento a la victoria del fascismo y la Fundación Francisco Franco dedicada a honrar la memoria del delincuente dictador, mientras los ayuntamientos estaban plagados de fascistas afiliados al PP, muchos de los cuales presumen de ello en las redes sociales.

Con las elecciones de noviembre de 2011, ganadas merced al engaño, el fraude y la financiación ilegal, el país volvió a ser regido por franquistas como una dictadura de hecho. Había y hay una Constitución vacía de contenido y una estructura formalmente democrática, pero, en realidad: 1) se gobierna mediante decreto-ley; 2) el parlamento no pinta nada; 3) los tribunales de justicia, salvo excepciones, obedecen al ejecutivo; 4) los medios de comunicación son un monopolio al servicio de la agit-prop del gobierno y su partido; 5) se vuelve a la legislación represiva como la Ley Mordaza y se vulneran derechos y libertades; 6) la iglesia católica sigue siendo un Estado dentro del Estado coronado de privilegios y con control del sistema educativo; 7) la tasa de explotación de los trabajadores es de las más altas de europa, igual que la de expolio y saqueo de los recursos públicos mediante privatizaciones o simple robo; 8) se retorna al centralismo territorial; 9) domina la oligarquía y el caciquismo tradicionales en una estructura de corrupción; 10) se ahoga y descapitaliza la cultura pero se subvencionan los espéctaculos sangrientos y de alienación colectiva, como las corridas de toros. Y todo esto lo gestiona una asociación de presuntos malhechores repleta de nacionalcatólicos, embusteros y matones.
 
Frente a ello, la izquierda, como siempre, está atomizada, enfrentada, hundida. El PSOE, con una larga gestión de gobierno con luces y sombras, ha sucumbido al colaboracionismo con una derecha nacionalcatólica, disfrazada de neoliberal, está aburguesado y carece de programa convincente que no sea la conservación del trono, el altar, los caciquismos locales y las poltronas de sus dirigentes y no osa presentar una moción de censura a un gobierno de franquistas. IU es ya un grupo marginal  aferrado como siempre a su política de antisocialismo visceral que la convierte en aliada objetiva de la derecha fascista y actualmente está en proceso de desaparición fagocitada por Podemos. Podemos, una fuerza emergente, no consigue superar, aunque se lo proponga, las viejas limitaciones del antisocialismo y es víctima de una mezcla de oportunismo, jerarquización, ambigüedad, pedantería y culto a la personalidad que la descalifican como verdadera renovación de la izquierda. Por último, los confusos intentos de articulación de una cuarta opción que levanta bandera propia y aparte bajo el absurdo grito de la confluencia y la unidad, al estilo de Ahora en Común, no parece ser otra cosa que una colección de divos y divas en procura de algún lugar en el escenario político sin más base real que sus ganas de figurar porque el grado de narcisismo en sus filas es muy elevado.
 
En todos estos grupos disparatados, enfrentados y divididos tengo amigos y no quisiera enfadarme con ninguno. Pero, para refutar lo que aquí se dice serán precisas pruebas y no mohínes. En todo ellos, igualmente, hay intelectuales que, probablemente, vean cómo la unidad de la izquierda, de toda la izquierda, es la única posibilidad real de ganar las elecciones. Pero, siendo orgánicos o enchufados de unas u otras tendencias, prefieren mantener sus privilegios antes que caer en desgracia de las jefaturas políticas y económicas que los otorgan, entrando en controversias que pongan de relieve las maniobras de las camarillas para conservar sus cargos y evitar una unidad real.
 
En esta situación de bloqueo, con una derecha franquista en pleno control del poder y sus inmensos recursos, legales e ilegales y una izquierda a la gresca interminable, el resultado más probable de las elecciones generales del próximo diciembre será un nuevo triunfo del PP que noquee a la izquierda para una larga temporada o haga algo quizá peor: cooptar a lo que quede del PSOE en un gobierno de gran coalición con la excusa de preservar la integridad territorial del país. A pesar de que su ruptura ha venido propiciada en muy gran medida por la política provocadora, intolerante, nacionalista y catalanófoba de la derecha franquista.
 
Sabido es, antes de esas generales hay unas plebiscitarias catalanas en las que el resultado, a su vez también probable, será un triunfo holgado del bloque independentista. Esta previsión pone a las izquierdas del Estado español antes sendas nítidas alternativas. En efecto: ¿qué hará un izquierdista catalán coherente? Está claro: votar por la independencia. ¿Y un izquierdista español coherente? Exactamente lo mismo: votar por la independencia.
 
La independencia de Cataluña es lo único que puede sacudir este país, España, en estado catatónico desde hace más de trescientos años. Un país que, gracias a los abusos de una derecha franquista que no es democrática ni nunca lo fue, y una izquierda fragmentada y enfrentada en estúpidos odios narcisistas se apresta a continuar por la senda del hundimiento secular.
 
Estas izquierdas fracasadas, incapaces de atender al primer y más urgente mandato del sentido común, que es unirse, andan desgranando promesas a los catalanes de reformas constitucionales, procesos constituyentes o referéndums que no estarán jamás en condiciones de cumplir. Y no lo estarán porque no tienen garantizado el acceso al poder y, por lo tanto, tales promesas no son meros deseos ingenuos, sino verdaderos intentos de engaño y fraude.
 
Por eso, la opción a corto plazo no puede ser otra que el voto por el bloque independentista, el triunfo de este y si, en las generales, el resultado real y tangible permite a la fragmentada izquierda española hacer alguna promesa creíble, escucharla con educación y cierto escepticismo.
 
Entre tanto, amig@s, el peix al cove.