divendres, 7 de juny del 2013

Pasarás a la historia de la infamia.


Lo leí el otro día en algún lugar de Twitter que no puedo precisar: "Le has robado el futuro a la juventud y la tranquilidad a la vejez". Con esa sentencia creo, presidente, se ha calificado para siempre tu infausto mandato. Pero las cosas no se revelan de repente sino que se incuban, vienen precedidas de signos premonitorios y, en tu caso, se veían venir de lejos.

Hiciste una oposición de tierra quemada. Negaste todo apoyo al gobierno en asuntos de Estado, primero el terrorismo y luego la crisis. Es ya célebre el despropósito de tu hoy ministro de Hacienda, Cristóbal Montoro, cuando proponía -ignorante de que se le oía- dejar hundirse España, que ya la reflotaríais vosotros. Insultabas al presidente del gobierno ("bobo solemne") y tu antecesor en el cargo, Aznar, andaba por lueñes tierras hablando pestes del gobierno español y de su presidente. Pusiste las instituciones -el Tribunal Constitucional y el Consejo General del Poder Judicial- al servicio de tu política de partido y les causaste daños irreparables en su prestigio y autoridad.

En la campaña electoral redoblaste el acoso al gobierno y mentiste sobre todos y cada uno de los puntos de tu programa electoral. Afirmaste que no subirías los impuestos y es lo primero que hiciste. Hay abundante información gráfica de cómo te sumaste entusiasmado a la campaña de Esperanza Aguirre en contra de la subida socialista del IVA. Igualmente aseguraste que no tocarías la sanidad y la educación y que respetarías como algo sagrado las pensiones. Incluso hubo que soportarte una teórica acerca de cómo los jubilados son los más vulnerables pues no tendrán una segunda oportunidad. Y todo para justificar tu cerrada oposición a la congelación de las pensiones decretada por el bobo solemne

Un año y medio después, la sanidad pública está en proceso de privatización y cada vez la cobertura sanitaria es más cara y más excluyente; cada vez hay menos gente con derecho a la salud. Innecesario hablar de la educación, que ha sufrido una agresión sin precedentes a manos del ministro nacionalcatólico Wert. Miles de estudiantes universitarios tendrán que interrumpir sus carreras por no poder pagar las tasas. La destrucción de la educación pública en España en beneficio de la privada, financiada con fondos públicos, esto es, por aportaciones de quienes no pueden beneficiarse de ella y ahora ni de la pública.

Toca el turno de pasar por la piedra las pensiones. Los laboratorios de neolengua ya le han fabricado el nombre: factor de sostenibilidad. Con el susodicho se pretende alargar la edad de jubilación, rebajar las pensiones en un porcentaje ya mismo y cambiar el método de cálculo del importe desvinculándolo del IPC de forma que también quepa bajarlas en el futuro y que los pensionistas vivan en la incertidumbre de cuánto cobrarán el próximo año; incluso de si cobrarán. Amparas estas ruindades en un comité de 12 expertos, ocho de los cuales están vinculados con aseguradoras. No es tan desvergonzado como ese comité de 15 expertos sobre el aborto en el que no no hay una sola mujer, pero se le acerca mucho. Por supuesto los tales expertos quieren suprimir el sistema público de pensiones para que quienes los pagan aumenten sus ingresos. Para ello ignoran olímpicamente que las pensiones no solo pueden sufragarse con las cotizaciones de la seguridad social sino también vía fiscal. Pero los expertos no quieren ni oír hablar de subir impuestos; al contrario, quieren bajarlos. Y si para ello es necesario que los viejos se mueran, que se mueran. Por si acaso ya te has encargado de vaciar el fondo de pensiones en tus cuentas para bajar el déficit.

Otra medida en el sentido habitual en ti de que paguen la crisis los más desfavorecidos. Como los trabajadores, cuyos derechos laborales se han esfumado y sus salarios reducido, especialmente los del sector público; como los dependientes, a quienes se ha suprimido las ayudas; los jóvenes, que solo pueden marcharse de casa de sus padres si se van al extranjero; los justiciables, que se ven obligados a pagar tasas judiciales que les obligan a renunciar a su derecho de tutela efectiva de los tribunales. Insistes en haber hecho un reparto "equitativo" de los sacrificios, pero no es cierto: los bancos se han llevado cantidades astronómicas de dinero para tapar los agujeros de la mala gestión o el puro latrocinio de sus directivos, un dinero que se ha negado a los desahuciados por esos mismos bancos y entre los cuales no es infrecuente el suicidio.

Y todo esto, este autoritarismo que respira tu gobierno a través de los decretos-leyes, ese retorno del gorigori nacionalcatólico en aspectos claves como la religión en la enseñanza o la negación de los derechos de las mujeres, ese resurgir del nacionalismo español más intemperante se hace en el contexto del peor escándalo de corrupción de la historia de tu partido. Un escándalo que pone de manifiesto cómo las corruptelas, las ilegalidades, incluso los delitos han sido moneda frecuente en la historia del PP desde los noventa. Tú mismo apareces implicado en los papeles de Bárcenas sin que hasta la fecha hayas aclarado de modo fehaciente si cobrabas sobresueldos, sobres en B, regalos en especie, como viajes, etc que pudieran haber sido pagados con los fondos de la trama Gürtel. En cosas de corrupción eres de un tancredismo típicamente hispano: quieto, parado, mudo, no hay preguntas, no hay rendición de cuentas ni explicaciones y, si no queda otra que hacer declaraciones, las haces a través de plasma, si puedes. Es decir, escabulles el bulto por miedo a la falta de autoridad del gobierno que presides, en el que hay un buen puñado de ministros que también han cobrado jugosos sobresueldos o hecho buenos negocios con su propio partido.

Esa falta de autoridad, ese tancredismo, esa inflexibilidad e incapacidad para negociar nada ha puesto al independentismo catalán en pie de guerra. Aquel Zapatero rompe España, con el que iniciaste una inenarrable petición de masas de tipo referendario se vuelve ahora contra ti. Sin autoridad, sin habilidad, sin iniciativa política alguna, llevas al país a lo que Vidal-Folch llama choque de trenes con un riesgo muy alto de que, en efecto, España se rompa y de que, para evitarlo, te decidas por la vía represiva, acorde con tu temperamento autoritario y el de tu gente, y crees una situación insostenible.

Pero aunque podamos ahorrarnos algo de lo anterior, tu lugar en la historia de la infamia está ya seguro. El del enterrador del Estado del bienestar.

(La imagen es una foto de La Moncloa en el dominio público).

dijous, 6 de juny del 2013

Una asociación de presuntos chorizos


Breve relación de las supuestas inmoralidades, ilícitos, faltas y/o delitos que pueden haber cometido los principales miembros del PP a lo largo de los últimos años. El mínimo común denominador de esta frenética, generalizada actividad, esto es, la inmoralidad, la vergüenza, el escándalo, ya está alcanzado. Que, además haya delitos dependerá de lo que digan los jueces. Las acusaciones, los indicios, las informaciones de momento, apuntan a:
  • Sobresueldos: Aznar, Rajoy, Cospedal, Arenas, Zoido, García Escudero, etc.
  • Dos o tres sueldos simultáneamente: Cospedal, Aznar, Sánchez Camacho.
  • "Gastos de representación": varios de los citados y bastantes otros dirigentes.
  • Regalos en especie: Aznar, Barberá, Camps, Mato, etc.
  • Comisiones ilegales: Bárcenas, Crespo, López Viejo, Martín Santos, Sepúlveda, "el albondiguilla", etc.
  • Malversación: Barberá, Camps, Fabra.
  • Financiación ilegal: Aguirre, Camps.
  • Prevaricación: Castedo, Díaz Alperi.
  • Apropiación indebida: Matas, Blasco, etc.
  • Fraudes millonarios: Rato, Blesa.

A esta relación hay que añadir cientos de enchufados, asesores, cargos de confianza muchas veces sin la titulación adecuada, nombrados a dedo y cobrando una pasta a través de todo tipo de mamandurrias.
Por supuesto: nadie dimite, nadie da explicaciones y el PP parece estar dedicado a obstaculizar la acción de la justicia, prostituyendo la figura de la acusación particular o tratando de acorralar a los jueces.
Por otro lado, y es indignante, empieza a haber niños pasando hambre, problemas de salud derivados de las necesidades y la mala alimentación, hay millones de gente sin prestaciones, miles buscando comida en la basura, dependientes abandonados, familias en la calle, personas suicidándose.
Resumen: mientras unos presuntos chorizos, muy patrióticos, muy católicos, muy españoles, siguen llevándoselo crudo y el pueblo pasa verdaderas necesidades, los supuestos mangantes amenazan a todo el mundo con querellas, por cierto pagadas con el dinero de todos. El PP está moralmente inhabilitado para seguir detentando el poder en España.

El lobo solitario y la peña, o el código del espacio público.


Bueno, bueno. Una ojeada, por favor, a la imagen de la izquierda. Dennis Hopper, en su HD en Easy Rider (1969), siendo adelantado treinta años después por Dennis Hopper, en su Ford Cougar, en un famoso anuncio de TV de la Compañía Ford. Famoso por ser un prodigio de habilidad cinematográfica ya que los técnicos consiguieron literalmente fundir a Hopper en su Ford en las escenas originales de la película que aquel protagonizaba (y dirigía y producía) con Peter Fonda. Lo hacen con un procedimiento muy complicado llamado Flaming. Desde luego, el vídeo publicitario completo, que dura un minuto, es muy curioso.

Pero no me interesa tanto la cuestión técnica cuanto la simbólica. El anuncio del Ford Cougar con Hopper es una metáfora magnífica del modo en que el sistema mercantil devora todas las manifestaciones de rebeldía antimercantil, y dedico esta reflexión a Sergio Colado, de quien estoy leyendo un original bien interesante que versa precisamente sobre esto. Ríanse ustedes de las camisetas estampadas con la foto del Che que pueden comprarse en todas las tiendas pijas del mundo. El vídeo de Ford/Hopper va mucho más allá: es una demostración plástica, gráfica, visual, patente, de la imposibilidad e irrelevancia de toda rebeldía individual. Es verdad que en Easy Rider eran dos pero, aparte de que con dos no se hace ni un grupo, la dualidad es exigencia del guión de las novelas on the road. Don Quijote necesita a Sancho, un otro imprescindible.

El caso es que la peli de Hopper, con banda sonora de Steppenwolf, Nacido para ser salvaje (Born to be wild), fue el icono de la ruptura generacional de los sesenta. Tampoco es que alcanzara grandes profundidades filosóficas, pero fue imagen y modelo de la rebeldía de entonces. Si no recuerdo mal, ese "nacido para ser salvaje" se ha utilizado también en otras ocasiones; es posible que hasta para un anuncio de Camel o Marlboro o su formulación algo más suave de "nacido para ser libre". Era liberación individual que arrancando con los beatniks de Kerouac, por el camino, se había hecho hippy, cambiando, entre otras cosas, el alcohol por las drogas. Al corazón de esa simbología va lanzada la flecha de Ford: dejad toda esperanza, ilusos. Al final es el espíritu positivo, industrial, la obra de la empresa, el pensar colectivo, el hacer común, lo que prevalece. La peña. Y cuando un cool y sexagenario Hopper, perfectamente integrado, pega un acelerón y deja muy atrás al lobo solitario, se ha cerrado el círculo que da sentido a la existencia humana, tanto en grupo como uno a uno. ¿O alguien va a negar que el lobo solitario está muy atrás en la vida del Hopper de hoy?

Pero está. No todos han sido lobos solitarios y, los que lo fueron, están marcados. Digo esto porque me irrita la facilidad con la que las conciencias críticas se rinden a la inevitabilidad del triunfo de los mercados sobre el espíritu de Hiperión. Hay algo que los mercados no pueden comprar en el lobo solitario: la creatividad. La Ford (el Ford) se incrusta en el film de Hopper; no lo ha creado. La empresa, el mundo, la colectividad, el grupo, la peña, la banda, el partido, pueden parasitar al lobo solitario, no substituirlo. Viven de él, pero acaban por aniquilarlo o expulsarlo. Hopper asesinado al final de la película y Hopper dejado muy atrás, a perderse de vista, en el anuncio de la Ford. ¿Por qué no voy a interpretar el acelerón del Hopper de hoy como un intento de huir de su pasado cosa que, como bien se sabe, es imposible?

Pues eso, decía, es la metáfora del código vigente en el espacio público. Este se compone del Estado y las instituciones y la sociedad civil, básicamente asociaciones (partidos, grupos de presión) y familias, que son asociaciones, claro, pero especiales. En la inmensa mayoría de los casos, la formación del individuo y su acción social están condicionadas por unos u otros (a veces varios) contextos de acción colectiva. De hecho parece como si el individuo solo fuera visible en cuanto pieza o elemento componente de colectividades. Fuera de ellas, nada. Extra Ecclesiam nulla salus. Los solitarios son lobos. Se los alaba para tenerlos a raya, pero se los persigue y abate cuando se cree conveniente. Todos los entes colectivos, institucionales o no institucionales, son codiciosos y egoístas. La familia causa excepción en su interior ya que es el único espacio en el que los seres humanos pueden experimentar algo de altruismo. Pero, hacia el exterior, es una institución tan egoísta, cerrada, colectivista como las demás.

Las empresas, los partidos, los grupos de presión, las asociaciones diversas, laicas y religiosas, todas funcionan bajo criterios colectivos. Son los criterios de grupo, de pandilla, de clientelismo, que hacen a los miembros hablar en primera persona del plural, como partícipes orgánicos de una unidad superior, un pensamiento colectivo. No es concebible separarse del dictado común que puede tomar muy distintas formas, concepciones políticas, confesiones religiosas, visiones comunes. El ejemplo más claro y absurdo son esas multas con que los partidos castigan a sus diputados cuando votan según criterios personales, en conciencia.  No puede ser "yo voto"; ha de ser "nosotros votamos". "Nosotros" es expresión que el lobo solitario no puede emplear salvo en un sentido análogo a la paradoja de Epiménides el cretense.

La unidad de acción y opinión en el espacio público es el grupo, el que legitima la voz del individuo cuando habla, pues no lo hace como individuo sino como portavoz de una colectividad más o menos declarada y cuyo contenido puede ser incluso contrario a las convicciones profundas del citado portavoz. Es el precio que, al parecer, hay que pagar para ser parte de un ente superior que garantice la eficacia de tu acción. La lealtad al grupo, algo que el lobo solitario ni entiende. Lo suyo es lo de Juan en el desierto. Solo que el desierto está lleno de espectadores todos agrupados en peñas que escuchan atentamente, se inspiran en lo que oyen y pretenden hacerlo suyo, como Ford se "incrusta" en Easy Rider. Pero si el más corrupto de los poderes les pide la cabeza del predicador, se la entregan en bandeja. Si la más sanguinaria de las ideologías lo empuja a ello, Walter Benjamin se suicida en Portbou.

(La imagen es una foto de oddsock, bajo licencia Creative Commons).

dimecres, 5 de juny del 2013

La belleza y la dignidad de la rebelión.


Me gustaría estar allí, quisiera estar allí, deseo estar allí. Allí en donde la gente se siente libre porque rechaza el miedo y se enfrenta a la bestialidad del poder, ese aparato servido por perros sin alma a las órdenes de potentados, banqueros, capitalistas, militares, curas y otras variantes de criminales y cobardes. Sé que no vale mucho, pero quiero expresar mi sentimiento de cercanía, mi identificación con esa gente a la que no conozco de nada que se ha levantado en Turquía, que ha recogido la antorcha de la marcha de la humanidad hacia un mundo en el que no haya más caos, más brutalidad, injusticia, explotación, despotismo, abuso, manipulación, movidos por los siniestros intereses del dinero, la codicia, el odio, la tiranía. Y en donde sus lacayos y agentes ideológicos en los medios, en las universidades, en las fundaciones, cenáculos intelectuales e iglesias ya no puedan mentir hablando de orden, tolerancia, justicia, bienestar, democracia, prudencia y libertad. No sé cuánto durará este hermoso ejemplo turco, ni si mañana la gente se abrazará en las calles o los gobernantes y sus esbirros en los partidos, la policía, el ejército, procederán a "restablecer la calma" masacrando a la gente como es su tendencia inmemorial. Ya es maravilloso haber llegado hasta aquí, con esa indomable voluntad de persistir que anuncia la máscara antigás de ese ciudadano, hoy icono mundial de la sempiterna lucha del pueblo contra los opresores de todos los tiempos y todos los países. 

España, en pie de escrache.


¡La que se puede armar con un gesto! No hay mayor desprecio que no hacer aprecio. Esos estudiantes, los mejores, que se han negado a estrechar la mano del ministro Wert, estaban ayer en todas las portadas de los medios y movían olas de pasiones en las redes. ¡Qué ironía y cómo habrá dolido en su orgullo, que es inmenso, al afectado que algunos de los excelentes se nieguen a dar la mano al ministro peor valorado del gobierno! Sospecho que al peor valorado de todos los ministros de Educación del país desde 1978. Quizá de todos los ministros a secas. Hay aquí un símbolo poderoso. Dejemos a los todólogos de las tertulias la tarea de dilucidar su alcance. Al fin y al cabo, se reúnen no para debatir sino para insultar. El insulto es una forma de juzgar por la vía rápida pero solo interesante para los el gremio. Aquí nos concentraremos en dos puntos del hecho, considerándolo como categoría y en sí mismo.

Como categoría está muy clara. La movilización social creciente se materializa, entre otras formas, en escraches a todas horas y en todos los lugares. Apenas hay casos en que los gobernantes aparezcan en público y no se lleven su ración de pitidos, abucheos e improperios. Son grupos, pero muy sonoros y visibles y multiplican su acción a través de los medios, con lo que sirven de información, ejemplo e incentivo. La alternativa sería censurar las informaciones y a ella se ha recurrido en alguna ocasión, sobre todo en los medios públicos gubernamentales. Pero viene a ser peor el remedio que la enfermedad. A Cospedal suelen increparla, llamándola de todo; y a Rita Barberá; y a Camps. El público pita a los Príncipes de Asturias y hace escraches siempre que puede a Rajoy, es decir, siempre que este no aparece en plasma. Mato, Báñez, Gallardón pueden dar fe de lo mismo, hasta el punto de que seguramente pensarán que hay una conspiración contra ellos. Esto aparte de que ya no se respeta nada y estamos incurriendo en el libertinaje. Precisamente el ministro Wert, el antiguo tertuliano "moderado" hoy lider visionario de la extrema derecha nacionalcatólica, colecciona ya un amplio historial de desplantes, así como una intensa movilización de sus administrados en todos los órdenes: profes, alumnos, padres.

Y ahí le duele epecialmente, en el ámbito académico. La oposición masiva a los designios ministeriales ha acabado forzando al responsable a confesar sus móviles reales y tiene pinta de poner en entredicho toda su obra legislativa, auténticamente arrasadora de la enseñanza pública. En efecto, Wert inició su tarea pretextando la legalidad vigente (aunque tuviera que ir a buscarla a la UNESCO), así como criterios racionales, positivos, empíricos, en último término científicos. Pretextar que la ciencia manda eliminar la Educación para la ciudadanía por ser "ideológica" y reimplantar la enseñanza de la religión como materia obligatoria curricular es verdaderamente absurdo. Pero el ministro, muy a tono con otros acreditados intérpretes del saber científico, como los obispos, lo hacía. En esto se parece mucho a su colega Gallardón, quien ampara sus designios reaccionarios en fraseología emancipadora, como cuando justifica su inquina al aborto como un derecho en su preocupación "por el más débil".

Pero en el caso de Wert, el absceso ha reventado y el ministro reconoce ahora que su ley tiene aspectos ideológicos en los que puede haber diferencias. Ideología por ideología, obviamente la del ministro ha de ser mejor porque es el que manda. Y punto. Ignoro qué interpretación querrá usar del difuso concepto de "ideología". Por mi parte, entiendo que se trata de puro partidismo, del partido nacionalcatólico, el más fuerte de la derecha española, apoyado por la Iglesia. Pero, aunque no fuera esto, la afirmación de Wert es lógicamente inaceptable. Al decir que puede haber "diferencias", relativiza la ideología. Y, si es así, ¿por qué suprimió la (supuesta) de Educación para la ciudadanía? No hay criterio racional alguno, solo hay una imposición, un acto de fe, un "quítate tú que me pongo yo", una arbitrariedad que el propio ministro debería corregir si quiere que lo tomen en serio.

Porque, en último término, también hay que pensar en los perjudicados por esta obcecación ideológica: los estudiantes, a quienes habrá que someter a una nueva reforma legislativa de la educación en España que llegará cuando se haga la razón y se comprenda el absurdo de la enseñanza evaluable de la religión en las escuelas de un Estado no confesional.

La doble visión del mundo.


Luis Arroyo (2013) Frases como puños. El lenguaje y las ideas progresistas. Madrid: Edhasa, 173 págs.


Está muy bien el último libro de Arroyo. Sobre todo que lo publique casi inmediatamente después del anterior, más extenso, La política como espectáculo, ya comentado por Palinuro en una entrada previa, El discurso sobre el discurso. Así podemos seguir mejor el pensamiento del autor y entender más cabalmente algunas de las cuestiones que plantea directa o indirectamente en el segundo, orientadas a un objetivo: dar una campanada, hacer una llamada de atención en un momento considerado límite para la izquierda y hacer una propuesta de reorientación práctica, clara.

La situación límite es la del "declive progresista" (p. 22), entendido como parte de la boga de la (falsa) teoría del fin de las ideologías (p. 28). Siendo progresista, según reiterada profesión propia, Arroyo no se resigna ante el declive e, invocando la conclusión de I. Urquizu, en un también reciente libro (La crisis de la socialdemocracia. ¿Qué crisis?), igualmente reseñado en Palinuro (Lo que quedó en la caja de Pandora) ,viene a confiar en que no hay crisis (p. 29) si los progresistas consiguen "desempolvar los principios de siempre" (p. 35) y corrigen su principal defecto: que no saben hablar.

La querella está en el lenguaje y por eso, el autor encabeza su obra con un título tan sonoro, que trae a la memoria otro casi idéntico, aunque más clásico, de Iñaki Gabilondo, Verdades como puños y, en todo caso, los dos, con su implícita referencia a la puñada o puñetazo, harían las delicias de J. L. Austin, como ejemplo del carácter performativo de las palabras. Y aun Gabilondo habla de "verdades", algo abstracto, mientras que Arroyo lo hace de "frases", o sea de palabras, con las que se hacen las cosas, según el mentado Austin. La razón viene dada en el subtítulo de la obra, que es como un programa: "El lenguaje y las ideas progresistas". Ahí está el meollo del asunto, en la relación entre el lenguaje y las ideas, más concretamente, la forma lingüística en que se dan las ideas. Esto es lo que hay que cambiar para que los progresistas dejen de estar en declive. Así lo explicita el autor: "cambiar el marco para cambiar la visión del mundo" (p. 73). Entiendo que la visión del mundo de los demás. Al fin y al cabo, Arroyo escribe desde la perspectiva del especialista en comunicación política. La comunicación política tiene algo que ver con la propaganda. Baste con recordarlo aquí, sin necesidad de extenderse más de momento. La función de ambas es convencer al prójimo de algo. En este caso de que nuestra visión del mundo es la correcta. Para lo cual es preciso cambiar el marco.

Este es el anclaje teórico del libro, la teoría del marco (Frame Theory) elaborada fundamentalmente por G. Lakoff, colaborador de la Fundación Alternativas, con la que también lo hace Arroyo. Este reconoce la paternidad anterior de la teoría a E. Goffman, cuya obra ha sido decisiva para el desarrollo de la etnometodología. Igualmente hace debida referencia a P. Berger y Th. Luckmann, con su perspectiva de la construcción social de la realidad. Con estos antecedentes y una frecuente remisión al elefante de Lakoff, Arroyo construye la armadura teórica para interpretar después los resultados empíricos del trabajo de campo que presenta como interesantísima segunda parte del libro. No sin antes reconocer que esta perspectiva frame cuenta con una "larga tradición de la filosofía y la sociología políticas" (p. 68).

Y tanto. Los interaccionistas simbólicos a lo Goffman se sirven abundantemente de la obra de G. H. Mead y los constructivistas a lo Berger de la fenomenología de A. Schutz. A su vez, todos ellos reconocen un antecesor común de múltiples matices en el pragmatismo de J. Peirce, W. James y J. Dewey, es decir, la fuente de la que mana gran parte de la filosofía, sobre todo de la filosofía social, hasta el día de hoy en la medida en que plantea que el ser humano solo es inteligible en sus relaciones con los demás. Nada nuevo, eso de que el ser humano es social. Lo nuevo es el concepto de "social" en cuanto tejido de relaciones intersubjetivas, de forma que los hombres solo entienden y categorizan el mundo a través de los significados subjetivos/sociales que reciben, en forma lingüística. Esa es la relación que el subtítulo de Arroyo plantea, qué determina qué entre el lenguaje y las ideas, relación que está lejos de decantarse en un sentido u otro, pues, por así decirlo, las espadas siguen en alto. Sin embargo, el autor tiene partido tomado casi con la firmeza de una trinchera: "El lenguaje que se utiliza determina la visión del mundo que se tiene " (p. 36), una rotunda reformulación de la versión dura de la hipótesis de Sapir-Whorf.

Pues las espadas están en alto, esta posibilidad es real; pero también lo es la contraria. Es nuestra visión del mundo la que determina nuestro lenguaje. Preguntan entonces los whorfianos de dónde ha salido nuestra visión del mundo y devuelven la pelota los interaccionistas preguntando a su vez cómo se ha hecho el lenguaje y así podemos seguir un buen rato. El propio Arroyo, quien admite, junto con Isaiah Berlin (a quien cita en un par de ocasiones en el asunto de la libertad negativa/positiva) que los seres humanos podemos albergar valores contradictorios, da la impresión de ser en esto muy humano. Junto a la nítida formulación whorfiana asoman en este libro breves destellos de las conclusiones de la incipiente ciencia de la neuropolítica (sobre la que se extiende más en su obra anterior) según las cuales, la orientación en la pareja conservador/progresista (es decir, la visión del mundo) puede tener una fundamentación neurológica, esto es, biológica, en cuyo caso, me temo, el lenguaje no podría ser determinante. Quizá coadyuvante, pero no determinante. En todo caso, no decisivo, por lo cual será necesario resignarse a aceptar que el ambicioso programa habermasiano de una "pragmática universal" solo puede realizarse en dos universos distintos, el conservador y el progresista que, al estar biológicamente determinados, no pueden confundirse en una unidad. Una dicotomía irreductible que puede estar en la base genética de los seres humanos y así seguirá por los siglos de los siglos.

Se trata entonces de saber cómo prevalece una de las dos concepciones del mundo en unos contextos democráticos en los que la hegemonía solo puede conseguirse mediante elecciones y, para ganar estas, es preciso, claro, convencer a la mayoría. Esto solo se hace imponiendo el propio marco, a través del empleo sesgado del lenguaje. Al respecto, los progresistas, piensa Arroyo, llevan bastante tiempo fracasando porque a) no han conseguido articular su visión en términos positivos, convincentes; y b) han aceptado en muchos casos los del adversario, cargados de significados contrarios. De ahí la importancia del mensaje, básico en la actividad de comunicación política a que se dedica Arroyo. Para ello ha realizado un curioso trabajo de campo mediante un sondeo a través de Metroscopia (los datos, en el libro), para averiguar si hay diferencias en las reacciones de la gente según la forma lingüística en que se le formulen ciertas cuestiones. Y, en efecto, las conclusiones le dan la razón al comparar las respuestas a cuestiones iguales planteadas en términos opuestos como mercado, libertad, la función del Estado, el patriotismo, la religión y un buen número de asuntos conexos.

 Ahí quedan dibujados los conservadores y los progresistas. Culmina sus observaciones al dejar constancia de que, en tiempos de crisis, las gentes nos hacemos más conservadoras y miramos hacia el padre con autoridad de Lakoff. Oscilamos, por tanto, cambiamos, pero Arroyo pone un límite: lo que está, se queda. En sus palabras: "Los conservadores, que de oficio se opusieron a cada uno de los cambios políticos y sociales que los progresistas promovían, hoy dan por buenos los avances y los hacen también suyos" (p. 160); en Europa muchos de los derechos laborales, civiles o sociales "se han incorporado al acervo comunitario y son ya derechos adquiridos" (p. 162). ¿Seguro? También en este orden práctico están en alto las espadas.

Una última observación que contiene en sí una metáfora del trabajo de Arroyo (y una más de las que él mismo señala) en relación con su propio y específico marco. En todo momento, la dicotomía es entre "progresismo" y "conservadurismo". No recuerdo haber leído (aunque puedo estar equivocado) una sola vez la dualidad "izquierda" "derecha" en su libro y esta ausencia, obviamente, no es inocente. Puede, quizá ampararse en la necesidad de no generar más confusión de la que ya hay, aunque, en todo caso, convendría justificarla y sin ignorar la fastidiosa tendencia de todas las dicotomías a hacerse complejas, la de izquierda-derecha no menos que la de progresismo-conservadurismo.

En todo caso los de izquierdas (o progresistas) parecemos más aficionados a nuestra vez a enredarnos en disquisiciones terminológicas y a aceptar con Hamlet que hay más cosas en el cielo y en la tierra de las que caben en nuestras filosofías. 

dimarts, 4 de juny del 2013

La culpa la tiene Twitter.


Erdogan está que bufa. La población se le ha sublevado a cuenta de su autoritarismo y su confesionalidad. Y no unos cientos de ciudadanos, sino miles; no en Estambul solamente, sino a lo largo y ancho del país; no de los jóvenes, sino de todas las edades; no los hombres, sino también las mujeres. De nuevo muchedumbres inteligentes en marcha, con sus tácticas horizontales, desestructuradas, espontáneas, su reiterada ocupación de espacios públicos, sus enunciados democráticos genéricos y su falta de programa concreto. Como está pasando hace ya un par de años en todas partes. En Turquía, sin embargo, por partida doble pues a la condición de país más o menos europeo (y, por lo tanto "indignable") se une la condición musulmana de la antigua Sublime Puerta. Aunque nadie hable de una "primavera turca", los acontecimientos alcanzan ya notable virulencia, los manifestantes tienen a las fuerzas de seguridad en jaque permanente y el gobierno parece políticamente acorralado.

Así que Erdogan está que bufa y habla, cómo no, de elementos extremistas, viejo cuento de los sistemas autoritarios que ya no cuela porque a la vista está el carácter pacífico y democrático de las manifestaciones, como el propio gobierno reconoce. Sin embargo, son sus fuerzas de seguridad las que recurren a la violencia, incluido el empleo de gases. Pero hay algo nuevo en las diatribas de Erdogan, el que bufa. Además de a los "elementos extremistas", culpa a Twitter, de quien dice que es una fuente de problemas. Lo mismo que decían Ben Alí en Túnez y Mubarak en Egipto, antes de que a este último le diera un ataque de locura transitoria y bloqueara internet.

Twitter, internet, las redes sociales son las que cargan con las culpas. El debate sobre si las redes son políticamente relevantes está muerto. Son relevantes. Son decisivas. Otra cosa es que, al estar en sus comienzos y arrastrar un considerable inconveniente en forma de brecha digital (que contradice la vocación universal de internet) su acción no sea inteligible en términos de la política institucional tradicional. Por eso se dice que estos movimientos son irrelevantes porque su falta de estructura orgánica no les permite influir allí donde se toman las decisiones: el Parlamento. Otra cosa fuera si se organizaran en partidos políticos. Pero ese es un juicio pobre. Hipostasia el juego institucional y no entiende que, dada la juventud de las redes, sus formas de acción están por inventarse.

Es indudable que las redes provocan conmociones sociales y políticas y, por supuesto, mediáticas. Es el ciberespacio a través de internet. Y la razón de esta revolución es internet.

Por eso todos los gobiernos tratan de controlarla. Todos. Hasta la fecha lo han hecho invocando el benéfico concepto de la propiedad intelectual y la necesidad perentoria de combatir la piratería en la red. A esa intencionalidad respondían los dos proyectos legislativos que no han conseguido imponerse de momento en los Estados Unidos, SOPA (Stop Online Piracy Act) y PIPA (Protect IP Act) así como su primo hermano, también fracasado por ahora en el Parlamento Europeo, ACTA (Anti Counterfeiting Trade Agreement). Un lío esto de la propiedad intelectual cuando lo que los Estados quieren es controlar directamente la red, censurar, bloquear lo que les parezca peligroso o ilegal. Por eso se forzó una reunión internacional hace un par de meses en Dubai, convocada por la China y la India, entre otros, deseosos todos de llegar a un acuerdo que permita a los Estados (o sea, los gobiernos) meter sus narices en la red, en las redes sociales, en la vida privada de los ciudadanos. El acuerdo no salió por la oposición de los Estados Unidos. No porque sea un adalid de la libertad de los mares digitales sino porque aspira a tener el monopolio de fiscalización de la red.

El gobierno español también se ha puesto manos a la obra y en el anteproyecto de ley de reforma del Código procesal penal que está cocinando el ministerio de Justicia hay un amplio apartado sobre investigaciones judiciales penales (para delitos catigados con más de tres años de cárcel) literalmente online. En el curso de la instrucción (que ahora parece la dirigirá el fiscal, aunque esto no lo tengo muy claro) y por decisión judicial, la policía podrá hackear ordenadores, meterles troyanos, robarles las contraseñas, espiar todos los movimientos de los internautas. Y quien dice todos, dice todos. Los delitos que se invocan para justificar esta posibilidad de vigilancia universal son los más detestables: pornografía intantil, acoso, trata, tráficos de todo tipo (de drogas o de armas), delincuencia organizada, terrorismo. La capacidad de intervención abarca ordenadores, tablets e iphones, los discos duros y lo que se almacena en la nube. Llega incluso a apoderarse de las IP de otros ordenadores en contacto con el investigado e investigarlos a su vez por los mismos procedimientos. Nadie está a salvo. Nadie está seguro.

Desde luego, la intención -procedente de un ministro que ya ha dejado nota de su talante autoritario y represivo con un proyecto de ley mordaza de la prensa que los medios le han hecho retirar de momento- suscita importantes reservas desde el punto de vista de los derechos cíviles más elementales: la intimidad, el secreto de la correspondencia, la inviolabilidad del domicilio, etc., etc. Sin duda hay terreno para un debate que va a durar lo suyo. Más interesantes me parecen dos consecuencias que no se han resaltado tanto.

De un lado, el recurso a los delincuentes para combatir el delito tiene el inconveniente de que se difuminan los límites entre la legalidad y la ilegalidad. Pero, sobre todo, parece ignorar que los delincuentes también pueden recurrir a otros hackers para defenderse de los del gobierno y atacar a este. De otro el fortalecimiento de la fiscalía en la instrucción, por mucho control judicial que haya, da mala espina, al menos mientras el Ministerio Fiscal sea una dependencia orgánica de hecho del gobierno. La mera sospecha de que el gobierno pueda utilizar al fiscal para desacreditar a un adversario político, debiera hacer pensar al ministro que eso también puede pasarle a su partido cuando esté en la oposición. Salvo que el ministro crea que el PP ya nunca abandonará el poder.

Que algo así es posible se echa de ver hoy mismo cuando el fiscal actúa más como abogado defensor de la infanta Cristina en su proceso que como acusación. Por algo así ha expulsado el juez del proceso de los papeles de Bárcenas al PP. A lo mejor también se puede expulsar a este fiscal. Aunque eso será irrelevante porque el sustituto seguramente hará lo mismo. Y no por presiones de la Casa Real. Qué va. En absoluto.

(La imagen es una foto de Rosaura Ochoa, bajo licencia Creative Commons).

dilluns, 3 de juny del 2013

Luz y sonido.


Se han hecho numerosas especulaciones sobre la fulminante reaparición televisiva de un Aznar iracundo y, como siempre, rencoroso, hace unos días. Que si reto a Rajoy, que si intención de volver a la vida pública (de la cual no se ha ido ni un minuto), que si la conciencia, la responsabilidad, el deber. Pamplinas. El hombre reaparece en defensa propia. Tiene noticias sobradas de que la Gürtel y los papeles de Bárcenas lo señalan como posible gran responsable de la trama de corrupción en que, según todos los indicios, ha vivido el PP durante años bajo su presidencia y la de su ungido sucesor, Rajoy. Y no observa en el gobierno la actitud de cerrada defensa de su persona que se esperaba. Al contrario, la premonitoria expresión de Cospedal al comienzo de la saga de que cada palo aguante su vela parece dirigida en concreto a él. Él, el gran Él, que salvó a España del desastre, el milagroso Él, de impoluta trayectoria se ve ahora acusado de las más bochornosas corruptelas; sobresueldos cobrados durante años, incluso, supuestamente, mientras era presidente del gobierno, actos organizados con dinero de la Gürtel, clases de golf costeadas con los impuestos de los madrileños, medallas del Congreso de los EEUU jamás conseguidas pero literalmente compradas con dineros públicos.

Cuando El País desveló las primeras acusaciones, el hombre reaccionó con contundencia, querellándose con el diario. Pero, justo cuando comparecía en la televisión para dar las explicaciones pertinentes, el mismo periódico le lanzó una andanada en la línea de flotación al informar de que la Gürtel, el amigo Correa, en concreto, había costeado parte de la bombástica ceremonia de la boda de su hija. En concreto, la iluminación. Aznar pergeñó una explicación para salir del incómodo paso suscribiendo la que daba su yerno: Correa era su amigo; nadie en el momento de la boda se coscaba de que era un presunto chorizo; se trataba de un regalo personal, al uso de las bodas normales; y, seguía el yerno Agag, quien insinuara alguna irregularidad se las vería con sus abogados. Para no ser menos, Botella, la madre de la novia, añadía que la duda acerca de si la Gürtel había recibido contraprestaciones a cambio de iluminar la boda de su hija la ofendía. Ignoro cuán ofendida estará la alcaldesa de Madrid, pero parece incontrovertible que la Gürtel recibió trato de favor, incluso ilegal, de parte de las administraciones regidas por el PP antes, durante y después de la boda.

Ahora parece que el regalo no se limitó a la iluminación sino que, según informa de nuevo El País, la trama corrupta también pagó el sonido. Un espectáculo pues de luz y sonido costeado por unos presuntos delincuentes. Si la iluminación la sufragó Correa, el sonido parece haber corrido a cargo de el Bigotes, otro pintoresco personaje de esta trama que a lo mejor también resultó haberse movido por su intensa amistad con el novio. Es un hecho, muchas veces comentado en las redes, que en la boda de la hija de Aznar hubo una clara sobrerrepresentación de gentes posteriormente imputadas en todo tipo de mangancias, choriceos y corrupciones. 

Teniendo en cuenta estos "regalos" y el hecho de que varios alcaldes pusieron numerosos medios y recursos públicos al servicio de los festejos matrimoniales de Agag-Aznar, es autorizado pedir al reaparecido expresidente del gobierno que aclare a la opinión pública qué es lo que él pagó de su bolsillo en aquel inenarrable espectáculo.

De Turquía con dignidad.



Estoy entusiasmado con lo que pasa en Turquía. La gente sigue despertando. Es un ejemplo para todos. La dinámica es siempre la misma. Los ciudadanos se echan a la calle para protestar contra las arbitrariedades del gobierno (en Turquía, en España, por doquier). Este responde con su habitual violencia y se produce un fenómeno de acción-reacción. La violencia hace entonces su aparición entre los manifestantes. Pero nadie sensato puede atribuir a estos designios violentos algunos cuando es claro que responden a la violencia del sistema en legítima defensa, como queda patente en el visionado de este vídeo en Youtube. Cada vez es más claro que una revolución es posible en Europa.

(La primera imagen es una caricatura mía de Aznar a partir de una foto de Встреча Россия, bajo licencia Creative Commons).

El dret a decidir.


Xavier Vidal-Folch (2013) ¿Cataluña independiente?. Madrid: La catarata (142 págs.)



Xavier Vidal-Folch es un reconocido periodista, abogado y licenciado en Historia Contemporánea que ha desarrollado su labor publicística en distintos puestos de El País, edición catalana. Todas ellas condiciones idóneas para tratar con conocimiento de causa esta "cuestión catalana" cuya repentina recrudescencia actual muestra que, como siempre, es un problema irresuelto y acaso hoy más acuciante que nunca. El autor lo hace con competencia, mesura, objetividad y con cariño para ambas partes de este sempiterno contencioso.

Se abre el libro con una introducción magnífica, probablemente lo mejor de la obra, en la que se sintetizan los momentos claves del siempre problemático encaje de Cataluña en España en los últimos doscientos años. Tiene una prosa excelente y hace acopio de referencias a fuentes clásicas y modernas, demostración de que se trata de algo que el autor viene estudiando cuidadosamente hace bastante tiempo con sensibilidad para los aspectos jurídicos e historiográficos. De este modo Vidal-Folch nos sitúa ante los antecedentes y en el marco general del problema en cuyas aristas de actualidad entrará luego en su condición de periodista. El meollo de su exposición parte del supuesto indudable de que el contencioso catalán no es flor de un día, ni capricho de nacionalistas o de populistas delirantes, ni mera pantalla para escamotear otras cuestiones como las políticas de derecha, la corrupción, etc.

La introducción contiene ya la formulación de la hipótesis de Vidal-Folch, muy bien expuesta por él mismo: "de forma que ni España ha logrado domar (o seducir) a Cataluña, ni Cataluña ha tenido suficiente fuerza (ni deseo) para marcharse de España. Ni España ha podido convertir el hecho diferencial catalán en elemento político puramente residual, ni Cataluña ha logrado, pese a distintos intentos, federalizar España" (p. 9). El resto del libro es una demostración más al detalle de esta mutua impotencia, este callejón sin salida, este laberinto que condiciona la historia de España decisivamente desde fines del siglo XIX. Y lo hace examinando los acontecimientos que han venido dándose, sobre todo, a partir de la famosa Diada de 2011, que se entendió como un giro copernicano del nacionalismo burgués tradicional hacia el soberanismo a raíz del disgusto producido por la sentencia del Tribunal Constitucional del 28 de junio de 2010, por la que este órgano -entonces en horas bajas de prestigio por diferentes motivos- desactivaba los elementos políticos más importantes del proyecto de nuevo Estatuto que había sido aprobado por el Parlamento catalán, el español y el pueblo de Cataluña en referéndum (pp. 32, 85). Esa Diada llevó a un Mas entusiasmado a adelantar las elecciones autonómicas a 2012 y a cosechar un resultado bastante frustrante para él porque, si bien dieron como resultado un ascenso notable del independentismo (ERC y CU), también trajeron una merma sensible del nacionalismo moderado (pp. 21-27). La opción soberanista perdía puestos pero se radicalizaba.

Si alguien cree que esa radicalización es injustificada y solo refleja la obsesiva (e injustificada) queja de los catalanes por lo que consideran el maltrato español, que reflexione sobre el hecho, debidamente subrayado por el autor en varias ocasiones de que algunos de los artículos del Estatuto anulados por el Tribunal Constitucional, están sin embargo en vigor en otros textos fundamentales autonómicos (en Andalucía y Valencia, por ejemplo) que los habían tomado casi al pie de la letra del catalán. 

Para Vidal-Folch, la sentencia fue el detonante de un aumento de la desafección catalana hacia España que se agudizó merced a lsas "operaciones recentralizadoras del PP" (p. 41) que el autor enumera una a una: descenso de las inversiones, corredor del Mediterráneo, normativa sobre aeropuertos, hospitales, impuestos, tasas y cajas de ahorros (pp. 50-56). La culminación de estas operaciones fue el infausto propósito del ministro Wert de "españolizar a los niños catalanes" (p. 56). Ciertamente, una intención inepta en grado sumo para formulada por alguien que dice partir del principio incontestable de que los catalanes son españoles y, por lo tanto, también los niños catalanes. Querer españolizar a los españoles se me antoja algo absurdo, pero no insólito en nuestro país en donde, en tiempos de la última dictadura la España que "españolizaba" era la nacional-católica. La que ahora vuelve a querer "españolizar".

Contiene el libro un par de capítulos aclaratorios sobre la situación económica actual de Cataluña, la crisis y la petición de rescate (p. 60), así como un examen desapasionado de la muy enconada cuestión de la balanza fiscal y el supuesto "expolio" de Cataluña por España (p. 75) a raíz del fracaso del encuentro entre Mas y Rajoy en el que el primero no obtuvo del segundo su objetivo de un "pacto fiscal" al estilo vasco-navarro (p. 87). No hubieran estado de más aquí mayores datos y estadísticas que ilustraran sobre lo cierto o incierto de la petición del nacionalismo catalán.

Vidal-Folch estudia con mucho acierto los argumentos que se debaten en torno a la posible independencia de Cataluña, la situación en la Unión Europea, los distintos aspectos jurídicos y políticos del hipotético referéndum, del dret a decidir, etc (p. 96). Presta asimismo atención a los argumentos del nacionalismo español, el renacimiento del "síndrome centralista" (p. 113) con sus concomitantes rumores de reacciones violentas y más o menos soterradas amenazas de intervención militar. Su inteligente examen de las propuestas de reforma constitucional en sentido federalista, tanto de dentro como de fuera de Cataluña, muestra una vez más que la del federalismo (una de las opciones que el mismo autor considera) es una solución muy difícil de implantar por razones de todo tipo, empezando por la de que, en el mejor de los casos, los nacionalistas solo aceptarían un federalismo asimétrico, generador, sin duda, de nuevos agravios.

En definitiva, un libro sucinto, claro, bien argumentado, en el que no hay nada nuevo, salvo un intento de exponer en sus justos términos un problema que afecta como ningún otro al futuro de España. Al respecto no es de echar en saco roto que el autor, de quien cabe colegir que en la famosa matriz identitaria se considera a sí mismo "tan catalán como español",  dé a entender resignadamente, aunque lo formule entre interrogantes que, según van las cosas, un choque de trenes pueda ser inevitable.

diumenge, 2 de juny del 2013

El "patriotismo" de la derecha corrupta y trincona


Ya es oficial que, según los documentos del Foreign Office británico bastantes generales franquistas -Varela, Granda, Queipo de Llano, Kindelán, etc- fueron sobornados por los ingleses para conseguir que España no entrara en la segunda guerra mundial. Palinuro lo comentó hace unos días, recordando que el hecho no es nuevo para quienes hayan leído a Preston, que ya lo reveló. Pero, al ser ahora oficialmente público, cabe algún comentario más. Quienes aguantamos las soflamas patrióticas de aquella dictadura de criminales, estúpidos y reaccionarios tenemos la certidumbre de lo que siempre sospechamos, esto es, que, como se atribuye al gran Samuel Johnson, el "patriotismo es el último refugio de un canalla". Tal cual. Aquellos sinvergüenzas que daban los gritos de rigor de "¡España, España, España!", cobraban bajo cuerda de una potencia extranjera. 

Palinuro recordaba asimismo la curiosa circunstancia de que el servicio MI6,a través del cual se organizaron los sobornos de los franquistas, estaba dirigido por espías comunistas, el principal, Kim Philby. Tiene gracia que la dictadura franquista -cuyo máximo timbre de gloria era haber vencido al "comunismo internacional"- viviera sobornada por comunistas. Pero tampoco es asunto esencial salvo para los comunistas de hoy, que quizá debieran encarar de una vez su pasado.

En todo caso, el patriotismo de los ladrones. Tres conclusiones-preguntas saca Palinuro de ese bochornoso espectáculo, uno más en la siniestra carrera de la derecha española:
  • 1ª)¿Franco no cobraba? No me lo creo.
  • 2ª) Los curas ¿no cobraban? Tampoco me lo creo.
  • 3ª) El Estado español ¿mantendrá el título nobiliario de un presunto traidor y felón como Queipo de Llano?
Sabido es: aquella dictadura organizada por criminales y genocidas fue en su día definida de forma afortunada como una "tiranía atemperada por la corrupción". ¿Y hoy? ¿Qué sucede hoy con la derecha neofranquista, la del PP, partido fundado por un ministro de Franco? ¿Sigue los pasos de sus antecesores o hay alguna novedad? En cuanto a la retórica, ninguna. El PP es el partido del patriotismo español vociferante, el que saca los colores rojigualdos en sus manifas, el de las grandes banderazas aznarinas, el de la España única, invicta. Es el partido del nacionalismo español más agresivo, sin complejos, sí señor. El partido de España es una gran nación, según repite Rajoy mientras -en una nueva prueba de su estulticia- menosprecia los Estados pequeños. O sea, no hay gran diferencia entre el patriotismo franquista y el de sus sucesores del PP. 

¿Y en cuanto a la honradez y los sobornos? Tampoco. El caso Gürtel y el caso Bárcenas muestran a las claras que el PP es un partido estructuralmente corrupto, en todo similar al Movimiento Nacional del Caudillo, una organización de trepas y sinvergüenzas a ver quién trinca más y se forra antes. El de "España es una gran nación", al parecer, cobraba sobresueldos de 200.000 euros anuales en B, mientras mentía como un bellaco a la gente diciéndole que necesitaba mirar sus cuentas a fin de mes. El héroe de las Azores, el que puso a España de nuevo en el mapa, también trincaba sobresueldos en forma de "gastos de representación", recibía clases gratis de Pádel a costa de todos los madrileños y conseguía que una trama de supuestos ladrones, dirigida por una amigo íntimo de su yerno, pagara parte de la bombástica boda de su hija. Los más importantes militantes del partido trincaban pasta a espuertas o estaban hasta el bigote metidos en sedicentes delitos de prevaricación, malversación, etc saqueando los fondos públicos al grito de "¡Viva España!" Muchos de ellos -Bárcenas entre otros- compatibilizaban su ferviente amor a la patria española con la tenencia de cuentas en Suiza con dinero negro.

De nuevo tres conclusiones-preguntas de Palinuro:
  • 1ª) Rajoy con sus supuestos sobresueldos y viajes gratis, ¿no tiene cuenta en Suiza? No me lo creo.
  • 2ª) Aznar, con sus gastos de representación, sus clases de pádel, sus bodas semigratis, ¿tampoco tiene cuenta en Suiza? Tampoco me lo creo.
  • 3ª) ¿Solo los políticos del PP trincaban? ¿Qué pasa con sus periodistas de cabecera?
(La primera imagen es una foto de propaganda de la dictadura en eldominio público), la segunda, una foto de Wikimedia Commons, bajo licencia Creative Commons).