dimarts, 10 d’abril del 2012

El rostro de un cobarde

Aquí está el presidente del gobierno español de la derecha, el que tenía cuajo, el que exigía en tono apocalíptico a Zapatero que diera la cara, el que iba a darla sin esconderse, el líder que esperaban los españoles, a quien no temblaría el pulso, el que sabía lo que había que hacer y lo haría pese a todo, el que tenía las ideas claras y sabía como defenderlas. Aquí está, en efecto, corriendo como una conejo asustado por los pasillos del Senado en una escena que avergonzaría al más pusilánime. Aquí se le ve llegar hasta los periodistas e, incapaz de decir nada, ni de mantener el tipo, dar medio vuelta y salir huyendo como alma que lleva el diablo, seguido por sus guardaespaldas, pelotas y tiralevistas varios, tratando de escaparse.

Un hombre que presume de afrontar los problemas como eso, como un hombre, pero que resulta ser inconstante, imprevisible y temeroso como un cervatillo no es que no merezca ya crédito (no le queda nada después de este fin de semana) es que no merece la consideración ni el respeto de sus conciudadanos.

Ignoro qué manejos tendrán que montar mañana los comics La Razón y el ABC para disimular la vergonzosa huida de Rajoy ante las cámaras, cómo se las ingeniarán para hacerlo aparecer como el gran lider que necesitan los españoles. Y ya, después de lo que hemos visto, da igual. Que vuelvan a poner la foto de los legionarios. Hasta ahora sabíamos que Rajoy era ambiguo, huidizo, oculto, taimado, poco inteligente y muy convencional; pero no sabíamos que, además, es un cobarde.

¿Cómo va a defender a su pueblo un cobarde?

(La foto es una captura de un vídeo de Público.

¿Y si España quiebra?

A juzgar por la oposición del PP al anterior gobierno del PSOE, las críticas que le hizo, los remedios que proponía, las prisas por desplazarlo mediante elecciones anticipadas, el acoso permanente, sin darle tregua ni descanso y la labor de zapa que Aznar hacía en el extranjero, las cosas debieran estar prácticamente solucionadas, la sangría contenida, las fuerzas recobrándose, la confianza recuperándose, los brotes verdes refulgiendo en un ya visible final del túnel.

Sin embargo, la situación es muy otra. Exactamente la contraria: ahora estamos, incluso, peor que antes porque ya ni siquiera existe la posibilidad de una alternativa política ordinaria. La prima de riesgo está en zonas zapateriles y el capitán del navío corre azorado de un sitio a otro, tapando vías de agua, sin un plan previo, sin idea de lo que sucederá un minuto después.

El autoritario gesto de ayer de anunciar un recorte suplementario de 10.000 millones de € con las bolsas cerradas es una decisión de tirarse a la piscina a la desesperada antes de saber si hay agua o no. El anuncio a bombo y platillo del supuestamente durísimo presupuesto, celosamente escondido hasta las elecciones de Andalucía, no solo no calmó los feroces mercados sino que los encrespó más. Por si fuera poco, algunos dirigentes europeos, como Sarkozy y Le Pen, dedicaron el finde a meter a Epaña en el saco griego. Rajoy pierde los nervios y comete el disparate de anunciar el recorte suplementario, con lo que ha terminado de hundir su crédito. Porque, si después del presupuesto más restrictivo de la historia de la democracia, queda sitio para 10.000 millones más, una de dos: o se mintió en el presupuesto o aquí se confía en que los miles de millones caigan del cielo como el maná. Probablemente se trata de lo segundo ya que, sobre anunciar el recorte en nota de prensa, como si fuera un festival, el gobierno se niega a explicar de dónde se recortará en concreto, probablemente porque ha calculado los 10.000 millones al tuntún.

La oposición del PP al PSOE en el gobierno no estaba basada en un estudio y diagnóstico razonado de la situación y una batería de propuestas para remediarla sino simplemente en la urgencia de desplazar a los socialistas y reconquistar el poder. A esa finalidad se sacrificó todo, incluso la obligación de presentar una alternativa a discusión pública. El PSOE hablaba entonces de programa oculto. Pero no era cierto. El PP no tenía programa oculto porque no tenía programa, como se ha visto en sus cien días de gobierno, llenos de contradicciones, ambigüedades, rectificaciones e indefiniciones. Achacando siempre sus males a la "herencia recibida", Rajoy no ha hecho otra cosa que formular ocurrencias e improvisaciones, justo lo que criticaba a Zapatero. ¿O es que cabe calificar de otra forma la amnistía fiscal a los ricos cuando el mismo que ahora la formula la condenaba como una "ocurrencia" un año y pico antes?

A la irresponsabilidad de postularse como gobierno en momentos de crisis sin tener ni idea de lo que está pasando, el PP ha añadido otra de mayor envergadura consistente en sacrificar el interés general del país a los particulares del partido en las elecciones de Andalucía. Si no hubieran ocultado el presupuesto noventa días, ahora no sería necesario que Rajoy pretextara razones de urgencia y necesidad casi mortales. En definitiva, la gestión del PP no solo ha sido errática sino tremendamente irresponsable; tanto que cabría descubrirle un aspecto penal.

Imaginemos que, atrapada en la espiral griega, España quiebra, que no puede pagar sus deudas, que es insolvente. Ha pasado en Irlanda, Grecia y Portugal. ¿Por qué no aqui? Desde luego no será por las seguridades que dan los políticos. Después de haber escuchado a Rajoy decir que recortaría en todo excepto en pensiones, sanidad y educación, ¿qué valor puede tener que González Pons diga que en 2012 no subirá el IVA? ¿De dónde sale su seguridad? De la misma fuente de la que brota la de Guindos cuando dice a los alemanes que España saldrá del brete por sus propias fuerzas o la de Rajoy cuando asegura que el país cumplirá sus compromisos. Si bien el mismo Rajoy, que ha recibido una dura lección de una realidad para él desconocida, ya admite la hipótesis mala cuando afirma que España cumplirá aunque a él le cueste el puesto. Y el asunto puede ser peor. El puede perder el puesto por el fracaso de su gestión y España puede incumplir.

Si esta hipótesis se diera, habría llegado el momento de que la iniciativa ciudadana forzara una reconsideración política de la situación, una fórmula política extraordinaria. Ya hay quien la propone bajo la forma de un gobierno de concentración si las cosas se ponen más chungas de lo que están. Pero también pueden estudiarse otras posibilidades. Habría llegado quizá el momento de enjuiciar públicamente la gestión de los gobiernos, especialmente el del PP, responsable directo del fracaso, al estilo islandés. ¿Por qué no? Los gobernantes deben saber que postularse de modo irresponsable para dirigir un país sin capacidad de hacerlo y solo por el afán de mandar e imponer criterios ideológicos y morales propios, llevándolo luego al fracaso y a la ruina, tiene un coste y que, una vez puestos a dirigirlo, supeditar sus intereses a los electorales de su partido multiplica por mil ese coste.

A estas alturas todo el mundo sabe que la crisis no es una crisis sino una estafa. En toda estafa hay estafadores y estafados. Se trata de averiguar del lado de quién está el gobierno y en favor de quién ha actuado.


(La imagen es una foto de La Moncloa, en el dominio público.

dilluns, 9 d’abril del 2012

El Aberri Eguna en paz...

... y en amor del Señor. Esto de que el Aberri Eguna se celebre el domingo de resurrección tiene varias lecturas. Hay quien señala el catolicismo del pueblo vasco y, desde luego, el del PNV quien siempre se ha visto a sí mismo como un partido demócrata-cristiano, a pesar de la jugada que le hizo Aznar al expulsarlo de la internacional democristiana. Lógicamente, la patria enlaza con un momento solemne de la liturgia, el de la Resurrección: la resurrección de la Patria Vasca.

Habrá también quien diga que los dos, el Aberri Eguna y el Domingo de Resurrección vienen de mitos mucho más antiguos, de cultos como el de Osiris en el antiguo Egipto, el dios de la resurrección, símbolo del Nilo, padre de la nación egipcia. O leyendas como la del ave Fénix. El mito cristiano de la resurrección de Jesús enlaza más directamente con los misterios de Eleusis que celebraban la vuelta de la vida a la tierra en el comienzo de la primavera, a través del mito de Deméter y Perséfone. Después de seis meses de tinieblas, cada año Perséfone retorna a la luz y la vida vuelve a sonreír . Jesucristo reduce la ausencia a tres días, pero los dos retornan del reino de los muertos.

En fin, el Aberri Eguna, la patria, la nación, la identidad, el ser mismo de los vascos en la interpretación del romanticismo nacionalista. Y, por primera vez en ochenta años, dijo ayer Urkullu, en paz. Dado que la fiesta, si no ando errado, tiene eso, ochenta años, es como para pensárselo. Ha habido menos años de paz en el Aberri Eguna que de cierre de las puertas del templo de Jano en Roma.

Por cierto, esa paz ha sido posible por la derrota de ETA; porque, se ponga como se ponga, una derrota ha sido, política y militar. Y esa derrota se consiguió con un gobierno de Rodríguez Zapatero, del que llegó a decirse que quería partir España o venderla a no sé qué o no sé quién. No es por nada, pero la justicia consiste en dar a cada uno lo suyo. Zapatero no es solo el hombre de la crisis; también es el hombre de la paz.

Y en la paz, ¡qué distinto se ve el panorama político vasco! La izquierda independentista, que ha conmemorado unida por primera vez en mucho tiempo, ha descubierto el Mediterráneo de que la acción a través de las instituciones es más eficaz que en contra de ellas y se promete resultados espectaculares en las elecciones autonómicas de 2013. El PNV, a su vez, estando obligado a diferenciarse en algo de una izquierda abertzale claramente independentista, recurre de nuevo a la ambigüedad, disfrazada de pragmatismo. Habla de "nuevo marco político", de soberanismo, pero no pronuncia la palabra maldita, Independentzia y no me parece haberle oído hablar de autodeterminación, que es el caballo de batalla.

El PNV plantea su máxima aspiración en el terreno de la más estricta legalidad lo cual supone que cualquier plan aprobado en el parlamento de Vitoria deberá someterse a las Cortes Españolas, en donde el "no" a toda veleidad independentista o soberanista está garantizado. De ahí su resignación, al extremo de entender la soberanía en términos estrictamente desarrollistas, esto es, soberanía es que mejore la vida de los vascos. Suena al Estado de obras de Fernández de la Mora solo que sin Estado. A su vez la Izquierda Abertzale (IA) está comprobando la trampa de la legalidad que ella siempre denunció pero acabó aceptando. En contra de lo que decía la IA, en España cabe defender todos los proyectos políticos sin excepción. Lo que no cabe es garantizar su triunfo, que depende de muy distintos factores. Y ahí es donde la IA va a tropezar con la piedra que ya encontró el PNV: la legalidad española no permite la autodeterminación de una parte de su territorio.

Palinuro cree que en España debiera estar reconocido ese derecho. Pero Palinuro no es más que un simple marinero incapaz de entender las profundas maravillas y el glorioso destino de una nación que convive con sus partes a cara de perro y que todo lo más que ha conseguido idealizar su vida común es el orteguiano y desencantado conllevarse.

No digo nada sobre el PSE-PSOE y el PPE porque está abundantemente claro que en 2013 pasarán a la oposición frente a un bloque de gobierno nacionalista. Y, si todos los nacionalistas, la IA y el PNV se embarcan en una política de conflicto institucional permanente con la misma tenacidad con que ETA estuvo cincuenta años pegando tiros, será cuestión de ir pensando en alguna solución ingeniosa. ¿No?

(La imagen es una foto de www.larrabetzutik.org, bajo licencia de Creative Commons)

diumenge, 8 d’abril del 2012

El odio a los homosexuales.

Viendo el odio que destilaban ayer las palabras del obispo de Alcalá, ese franquista que celebra misas en honra de un genocida, se queda uno sorprendido. ¿Qué habrán hecho los homosexuales a este hombre? Porque está tan furioso contra ellos que los envía al infierno sin remisión, a ese infierno del que creo haber leído que dudan hasta los papas. Para la iglesia católica la homosexualidad es un horrible pecado y parece que también para otras religiones del Libro. En muchos países, además de pecado, es un delito. También lo era hasta hace poco en España y en otros países de Europa. Y en algunos donde es delito, lleva aparejada la pena de muerte. Está clarísimo en el mapa adjunto.

Afortunadamente, en los países más avanzados de la tierra la homosexualidad no solo es legal sino que en algunos -entre ellos el nuestro, al menos hasta ahora- se han protegido sus derechos especialmente. Sin embargo, también en estos países más avanzados sigue habiendo sectores de opinión muy contrarios, furiosamente contrarios, a los homosexuales a los que no es extraño que a veces se les haga objetos de violencia en público cuando muestran su condición.

La pregunta es: ¿de dónde viene este odio a la homosexualidad? En Occidente al menos todo el mundo sabe que en Grecia y en Roma no había homofobia y que las relaciones entre varones no eran infrecuentes. Las tres religiones del libro apuntan a la condena a la homosexualidad que en él se contiene. Recuérdese, de paso, que en Israel la homosexualidad es legal. Pero la verdad es que el Antiguo Testamento no trae mucha condena explícita de la homosexualidad; algunos dicen que, en realidad, ninguna porque los dos textos básicos, esto es, la historia de Lot y Sodoma y Gomorra (Génesis, 19) y los dos pasajes del Levítico, 18: 22 y 20:13 son interpretables en varios sentidos. Personalmente creo que el Levítico condena la homosexualidad masculina, pero en una sola ocasión, sin reiterarla como hace con otras amonestaciones. El Nuevo Testamento es también preciso en algunas cartas de Pablo pero, en cambio, los Evangelios, que son lo importante, no dicen nada.

¿De dónde, pues, viene este odio a los homosexuales que no deja vivir a los homófobos? Y no es broma; en el caso del obispo citado es una manía, una obsesión que lo tiene de cruzado de la homofobia por el mundo, diciendo verdaderos disparates.

En mi opinión, parte de este odio es, en realidad, un reflejo de otro, aun más profundo, que es el odio a las mujeres, la misoginia. Por regla general, el homófobo es también misógino, aunque quienes practican lo primero suelen gloriarse de ser irresistibles para las mujeres. Eso no quiere decir nada. Don Juan es un misógino. En una actitud superficial, casi instintiva, los heterosexuales proyectan sobre los homosexuales la figura de las mujeres porque ellos se ven como hombres solo. Y en un mundo patriarcal como el nuestro (aunque hay diferencias entre nuestra parte y la de los musulmanes, por ejemplo) las mujeres son seres de segunda.

La identificación del homosexual con la mujer es propia de gente poco avisada; sobre todo en el caso de los curas quienes, por tener prohibida la sexualidad, ni saben de lo que hablan. Es el núcleo de lo que se discute en los pasajes del Levítico pues habla de realizar el coito entre varones al modo femenino. De ahí viene también la costumbre, que ya está perdiéndose, de llamar afeminados a los homosexuales. A estos se los condena con tanta más saña cuanto se comprueba que la condición anatómica de hombre no garantiza lo que se considera el adecuado comportamiento sexual. Es decir, así como las diferencias anatómicas entre hombres y mujeres son insalvables, entre los hombres son inexistentes. No se puede distinguir un homosexual de un heterosexual si no es por sus actos, lo que echa sobre las espaldas del segundo el estigma de la ocultación y el engaño, o sea, los homosexuales son pérfidos; justo como las mujeres. Así se produce ese fenómeno que se ha dado en llamar la homosexualidad en el armario.

Ese es, sucintamente reconstruido, el discurso del odio. No es el mismo que el racista o el xenofóbico ya que, en estos casos, suele haber diferencias anatómicas, en el color de la piel sobre todo. Es un odio más profundo, que está mezclado con el miedo. Pero eso ya nos llevaría muy lejos a ver cómo el odio es la proyección exterior de un sentimiento que se ha adueñado del odiador. Encontrar un alter ego que cargue con nuestros miedos y tratar de exterminarlo. Literalmente. En el Irán ahorcan públicamente a los homosexuales.

Del concepto en que la sociedad convencional bien pensante tiene a la homosexualidad femenina mejor es no hablar. El odio se exacerba a extremos criminales. Y es que hasta en la represión que sufren ciertas gentes por su opción sexual, las mujeres llevan la peor parte. Como siempre.

(La imagen es una foto de Wikimedia Commons,que está en el dominio público.).

dissabte, 7 d’abril del 2012

La dictadura católica

Personalmente me trae al fresco si unas gentes sostienen que la homosexualidad es un vicio, un pecado, una enfermedad, un delito o cualquier otro mal que sus obsesivas mentes quieran atribuirle. También me es indiferente si esas mismas gentes (u otras) sostienen que el derecho de las mujeres al aborto es en realidad un horrendo crimen. Están en su derecho de pensar así y no hay razón alguna para impedirlo. Muy probablemente, las personas (por ejemplo, los curas, los obispos) que están todo el día dando vueltas a tales asuntos en el fondo tienen un problema de neurosis de raíz sexual (cosa que se evidencia en los numerosos casos de pederastia eclesiástica), pero ese es un asunto de su estricta competencia, excepto, por supuesto, cuando se convierte en delito, como suele suceder.

Igualmente parece claro que estas ideas y oposiciones son producto de mentes atrasadas, acomplejadas, asustadas, supersticiosas, ruines y carentes de todo interés. Tampoco nada que objetar mientras sus manifestaciones se hagan en el contexto de quienes las comparten de forma que se alimenten unos a otros con ideas y creencias que, al menos a Palinuro, resultan estúpidas. L@s pobres de espíritu necesitan apoyos externos, "guías espirituales" que les "expliquen" las reglas morales, símbolos, promesas, castigos y recompensas; como los niños. Si esas "guías" resultan luego ser verdaderos sinvergüenzas que hacen lo contrario de lo que predican y tienen montado un lucrativo negocio a cuenta de la credulidad ajena es algo que los creyentes deberán ventilar por su cuenta, si quieren.

Lo inaceptable es que quienes profesan estas necedades impongan su discurso sectario, que normalmente alimenta el odio e incita a la violencia contra los diferentes, a través de los canales públicos de comunicación que pagamos todos los contribuyentes, nos toquen o no sus delirios. Palinuro, como ya ha dicho en otras ocasiones, no mira la TV. Nada. Pero la paga y, por lo tanto, tiene derecho a opinar sobre lo que por ella se emite. Y su primera opinión es preguntarse por qué tienen los gays y l@s abortistas del país que sufragar las injurias y los insultos proferidos por cualquier majadero tocado con una tiara?

Si los curas y obispos quieren seguir emponzoñando la convivencia y sembrando su mensaje de odio (curiosamente, en nombre de un Cristo de amor) que lo hagan en buena hora en sus locales privados y por medio de sus canales privados de comunicación. Y digo bien: sus locales privados; no las iglesias que también pagamos todos, salvo si pasan a costearlas los curas de su peculio particular. Y, desde luego, sus canales de comunicación privados. TVE-2 es un canal público y la instrumentalización de un bien público con fines sectarios es una prueba de tiranía y dictadura.

(La imagen es un instante de la homilia del Santo Oficio del Viernes Santo desde la Catedral Magistral de los Santos Niños Justo y Pastor de Alcalá de Henares, oficiado por el Obispo Monseñor Juan Antonio Reig Pla. Captura de la página web de RTVE).

La lucha por la existencia

Cuando a mediados del siglo XIX Darwin popularizó su concepto de la lucha por la existencia en el mundo animal como elemento clave de su teoría de la evolución, los ideólogos e intelectuales de la época se lo apropiaron rápidamente para explicar el orden social, el de los animales racionales. Surgió así el "darwinismo social", una doctrina que extrapolaba al mundo humano las pautas de comportamiento del no humano. Explicaba y, de paso, justificaba el orden capitalista en el auge de la primera revolución industrial. Lucha por la existencia. Los más aptos sobreviven; los otros perecen o malviven como proletariado o lumpenproletariado.

La teoría encajaba a la perfección con la tradición individualista del liberalismo, ya desde el comienzo del "individualismo posesivo" (Macpherson). Una sociedad de individuos libres que van a lo suyo y sometidos a la mínima cantidad posible de regulaciones compatible con un orden civilizado, es decir, sujetos a un "Estado mínimo" (Nozick). Ese orden capitalista liberal, basado en la idea de la igualdad de todos ante la ley, en ignorancia de sus condiciones y posibilidades materiales reales es el que llevó a Anatole France a manifestar su sarcástico asombro ante "la majestad de la Ley que prohíbe por igual al rico y al pobre dormir debajo de los puentes."

El socialismo como idea y movimiento nació de la conciencia de la necesidad de garantizar una igualdad real que la igualdad burguesa formal negaba. De las varias fórmulas propuestas por el socialismo para hacer realidad este sueño la que resultó más eficaz y duradera fue el Estado del bienestar. Se trataba de mejorar la suerte de los individuos pero no mediante sus solas fuerzas sino a través de la acción colectiva. Una acción colectiva presidida por una idea altruista que los individualistas han negado siempre. Una acción que no abandonara a su triste sino a quienes no habían conseguido imponerse en la lucha por la existencia por las razones que fueran. Y la verdad es que el Estado del bienestar funcionó muy bien en la segunda mitad del siglo XX, al menos en Europa, hasta el punto de que acabó siendo el banderín de enganche de toda la izquierda y no solamente de la que lo propugnó en un primer momento, esto es, el socialismo democrático. Es la última trinchera que la izquierda está dispuesta a defender con uñas y dientes.

Porque el ataque al Estado del bienestar, que se recrudeció en los años ochenta con las victorias electorales de Margaret Thatcher y Ronald Reagan, se hizo desde la perspectiva del liberalismo individualista, del llamado "egoísmo racional", clamando contra un altruismo que contradecía la supuesta naturaleza egoísta del individuo y que solo podía mantenerse por imposición coactiva de un Estado metomentodo orientado hacia el totalitarismo. Ese discurso se empleaba en especial con las nuevas clases medias, aquellas que han ascendido gracias a las medidas redistributivas del Estado del bienestar pero que han perdido de vista su origen y experimentan las cargas inherentes al bienestar como exacciones injustas con las que hay que acabar bajando los impuestos, reduciendo las ingresos del Estado, empobreciéndolo. Ese pensamiento que rompió la hegemonía ideológica de los "welfaristas" y se impuso como "pensamiento único" (Ramonet) es el que ha provocado la actual crisis económica, de una extraordinaria gravedad.

Que para salir de la crisis se apliquen las medidas y políticas que la causaron carece de todo sentido. Y la realidad lo desmiente siempre. Rajoy ganó las elecciones prometiendo que no subiría los impuestos y fue lo primero que hizo en cuanto llegó a La Moncloa, subirlos. Era obvio. El Estado tiene que aumentar sus ingresos para pagar su deuda; no basta con reducir gastos. Obsérvese, por lo demás, que esa reducción de gastos se hace sobre todo en los capítulos del gasto de carácter más social y redistributivo, desde la ayuda al desarrollo hasta las prestaciones a los dependientes. ¿Cuál es la finalidad? Volver al liberalismo, por eso la tendencia se llama "neoliberalismo", a la lucha por la existencia y la supervivencia de los más aptos. A los demás, que les den.

(La imagen es una foto de Bettysnake, bajo licencia de Creative Commons).

divendres, 6 d’abril del 2012

¿Qué pasa con la izquierda?

En este viernes santo tod@s l@s creyentes de derecha o de izquierda andan en procesiones por doquiera, ciudad, campo y playa, dándose golpes de pecho o zurriagazos, tocados con peinetas, capirotes o capuchas, portando en andas inmensas imágenes, generalmente de un gusto detestable, de dolor, sufrimiento, tortura y sacrificio en la cruz. Bueno, quizá no todos los creyentes sino solo los que se definen como practicantes. El catolicismo es una religión que no obliga a los creyentes a practicarla, lo cual es pintoresco. Pero esos practicantes, séanlo por convicción o conveniencia, convierten el país en una especie de territorio de esperpento, como en un cuadro de Gutiérrez Solana.

Son actividades rodeadas de fervor popular, debidamente jaleadas por los medios de derecha, costumbres antiguas conservadas de generación en generación. Los que van a ellas o incluso forman parte del séquito, son los que ya iban de niños o los cargos públicos del momento. Los que no íbamos de niños, tampoco lo hacemos de mayores sobre todo si, como es mi caso, jamás he sido cargo público que obligue a hacer el ganso junto al párroco del lugar y el comandante de puesto de la guardia civil. Personalmente tiendo a ver todas las procesiones, desfiles y cabalgatas como manifestaciones del instinto ovino de la especie. Fechas en que una colectividad civil, religiosa, militar, por el motivo que sea (siempre tienen muchos) decide hacerse visible y ocupar el espacio público con un "aquí estamos nosotros". Los demás pueden contemplarlos o ignorarlos. Prefiero lo segundo, la verdad, y dedicar mi tiempo a algo más interesante.

Por ejemplo, a hacer una reflexión sobre la izquierda, cosa que nunca pasa de moda. Y hacerla al socaire de esa especie de efervescencia que vuelve a vivirse en Francia al estar cuajando una alternativa de la verdadera izquierda; la enésima, por cierto. Las cosas gabachas influyen mucho en España que no puede considerarse colonia cultural de Francia solo porque esta ha de compartir la posesión con Italia, Alemania e Inglaterra. En España ha habido y hay afrancesados, la mayoría de los intelectuales de izquierda bebe en fuentes francesas; pero también hay germanófilos y anglófilos, aunque en menor proporción. Francia marca la pauta. Y si allí puede conseguirse la unidad de la verdadera izquierda, ¿por qué no aquí?

Ayuda mucho el que Mélenchon asegure estar inspirado en ejemplos latinoamericanos: la Argentina de Kirchner y Fernández, el Ecuador de Correa, etc y el que aglutine a tendencias muy diversas de la izquierda no socialdemócrata, proponiendo medidas de corte claramente anticapitalista. Ambos datos tienen claroscuros. El recurso al Tercer Mundo como inspirador de una languideciente izquierda revolucionaria (Mélenchon habla mucho de revolución), que ya se intentó con la violencia de los años setenta (RAF, Brigate Rosse, FRAP) fue un rotundo fracaso. Cada país tiene sus peculiaridades y cada región del mundo, y no es avisado trasplantar estrategias. No funciona.

En cuanto a las virtudes aglutinadoras de la operación, lo cierto es que los grupos, tendencias y partidos que tuvieron buen cuidado en escindirse, separarse, distanciarse unos de otros en función de criterios ideológicos a veces difíciles de entender tanto en Francia como en España buscan ahora recuperar la unidad. Pero lo hacen siempre provistos de un criterio excluyente: se trata de unir a la verdadera izquierda. La falsa, esto es, la socialdemocracia, queda fuera. El resultado en términos electorales, los únicos que otorgan realidad material a las ideologías, suele ser magro.

En realidad el problema remite a la sempiterna cuestión del significado de la izquierda que no es unívoco ni mucho menos. La izquierda es una ideología, una actitud, un talante, un espíritu, una profesión de ciertos valores, todo ello intensamente subjetivo lo cual impide que pueda darse una definición clara y convincente con carácter general. La izquierda significa cosas diferentes para gentes distintas y nadie tiene derecho a arrogarse facultades discriminatorias de quién sea y quién no sea de izquierda. Eso queda para los comisarios que siempre abundan. Y ejercen como maestros ciruelos e inquisidores de quién está en lo correcto y quien en lo erróneo o, incluso, en la herejía y la traición. Las raíces de la iglesia son muy profundas.

Discrepo en muchas cosas de muchas izquierdas. No creo que el Gulag sea compatible con la izquierda, ni el sistema de partido único en Cuba, ni la dictadura de capataces de China, S.A., ni creo que sea de izquierda bajar los impuestos como sostenía (y, lo que es peor, hacía) Rodríguez Zapatero. Pero eso no me impide considerar a los partidarios de tales actividades de izquierda puesto que todos ellos dicen serlo. El dogmatismo y el sectarismo, los dos grandes pecados de la izquierda, impiden su acción unitaria, razón por la cual suele ser irrelevante.

(La imagen es una foto de xabeldiz, bajo licencia de Creative Commons).

dijous, 5 d’abril del 2012

¿Era lo que mandaba Dios?

¡Qué no habrán dicho y hecho para ganar las elecciones! ¡A qué insulto o injuria no habrán recurrido para desalojar al PSOE del gobierno! El único obstáculo a la recuperación de España era Rodríguez Zapatero, quien pasó de ser un bobo solemne a ser un peligro para la Patria. Arrastraron a esa idea a intelectuales, filósofos, analistas y hasta al jefe de PRISA, que lo instó de modo intemperante a quitarse del medio el verano pasado, un 18 de julio si no recuerdo mal, a convocar elecciones anticipadas y a hacer mutis por el escotillón de su "insoportable levedad" (o algo así de original). Sostuvieron que, tan pronto desapareciera el fementido y ellos tomaran la gobernación del Estado, todo se arreglaría por arte de birlibirloque, que la confianza llegaría a raudales y que un nuevo amanecer aguardaba a España. Sonaba a milagro pero anunciado por quien podía hacerlos ya que, quienes así hablaban, sostenían ser capaces de gobernar como Dios manda.

Muy cerca de Dios deberían de estar, a juzgar por su ostentosa religiosidad. La insólita imagen de Cospedal arrastrando la cruz da que pensar si no será un mensaje subliminal a la población, cuya vida está siendo un via crucis. Prepárate al sacrificio, pueblo elegido. En todo caso, la señora recuerda los episodios de los Evangelios en los que se habla de los fariseos y los sepulcros blanqueados. En verdad, si están tan cerca de la gente como de Dios, están a distancias siderales.

Se han presentado con paso recio y firme el ademán (o al revés) y han adoptado una serie de medidas contundentes, una reforma laboral demoledora y unos presupuestos que recortan drásticamente las partidas por las que la derecha no siente simpatía: educación, sanidad, dependencia, investigación, ayuda al desarrollo, igualdad de género, servicios públicos, etc. Mientras que pretenden amnistiar a los grandes dafraudadores y, por supuesto, a la iglesia no le han tocado un céntimo. Porque cerca de Dios, en realidad no están, pues les falta caridad, pero con los curas son uña y carne.

Se trata de un gobierno claramente nacionalcatólico que, según asegura Rajoy, sabe lo que tiene que hacer. Si él lo dice... Pero los hechos muestran algo distinto: que las contundentes medidas no tranquilizan, todos los indicadores han ido a negativo, la bolsa, el Ibex están en mínimos históricos, la prima de riesgo, por las nubes. Es decir estamos, según los expertos, como en septiembre de 2011, cuando gobernaba el liviano, leve o aleve Rodríguez Zapatero. Yo diría peor, por cuanto ahora ya no existe aquella sonrosada esperanza de 2011 de que el pueblo votara por una auténtico partido con un auténtico programa. Y eso que ahora el gobierno no tiene a la oposición sentada en la chepa, augurando catástrofes y afirmando que España no sería capaz de cumplir sus compromisos y que había un riesgo de intervención. Es decir, ahora el gobierno puede gobernar con una oposición crítica pero leal.

Y, a pesar de todo, la situación es catastrófica. Dice Rajoy que las medidas son muy desagradables y que a corto plazo lo serán más, solo provocarán más paro, más estrecheces pero que a medio y largo plazo tendrán efectos óptimos. Nadie ha explicado al presidente el famoso adagio de Keynes de que "a largo plazo, todos calvos". O sea, que fiar a largo cuando hoy se juega a corto, a cortísimo, es un dislate. Entre otras cosas, evidentemente, Rajoy está a punto de meter a España en la vorágine griega: cuantas más reformas hace el gobierno, más le exigen "los mercados". Es la forma segura de ir a una quiebra como la griega.

(La imagen es una foto de La Moncloa y está en el dominio público).

dimecres, 4 d’abril del 2012

Robar muertos, robar vivos.

Entre las atrocidades a que se consagraron los franquistas durante la guerra civil y después de ella, por largos años, ocupan lugar destacado los asesinatos sistemáticos de civiles y sus parientes y el robo de los hijos de los rojos. Tanto es así que sus repercusiones se hacen sentir aún hoy, como si fueran réplicas de aquel terremoto, trasmitidas de generación en generación. Ambas prácticas son piezas claves de una tragedia que ensombrece el imaginario colectivo de los españoles. La negativa de la derecha a encarar estos hechos como requiere una ética elemental (y, desde luego, la cristiana), su defensa del olvido con la metáfora errónea del peligro de reabrir heridas, su intento de equiparar contra toda razón las atrocidades de los unos y los otros, solo demuestra su mala conciencia, incapaz de reconocer que aquellas atrocidades se cometieron en nombre de su dios y de sus creencias e intereses. Comprendo que fastidie reconocer que los discursos patrióticos, los pomposos ideales, los sueños imperiales, la dogmática de la nación católica rezumen sangre de inocentes. Pero mientras esto no se reconozca, mientras los curas no relaten lo que hicieron en la guerra y en la posguerra y no pidan todos perdón por tanta crueldad, las heridas no estarán cerradas.

No hace falta ser de izquierda para darse cuenta de que, con más de 100.000 asesinados, ejecutados extrajudicialmente, paseados, fusilados en sacas de las prisiones y enterrados en fosas comunes, anónimas, España no es otra cosa que un cementerio de víctimas de la barbarie y el odio. Y que los españoles caminamos literalmente sobre los huesos de las víctimas de un genocidio. Ahora mismo están unos geólogos excavando una fosa común en el jardín de una vivienda privada. Y ahora también, merced al descubrimiento de una peineta en una calavera queda probado lo que todo el mundo sabía: que, además de asesinar a los rojos, los franquistas asesinaban también a sus mujeres. Iban por ellas como iban por los hijos, los hermanos, los padres o los abuelos. El terror sembrado fue infinito y dura hasta hoy. Es un crimen de lesa Patria, cometido por quienes se pasan el día hablando de ella.

La otra atrocidad fue el robo de hijos de republicanos. Ahora ya sabemos mucho de esa práctica inhumana. Sabemos que esperaban a que las condenadas dieran a luz para fusilarlas y quedarse con los críos; sabemos que se llevaban los hijos de las presas y ya no se los devolvían; sabemos que secuestraban a los hijos de los exiliados mediante el servicio exterior de la Falange; sabemos que el robo de niños estaba amparado en las doctrinas inenarrables de un psiquiatra, Vallejo-Nájera, con calle en Madrid, que, en su demencia, consideraba, por ejemplo, que el marxismo era una enfermedad y que no tenía mucho que envidiar a los racistas alemanes.

Con el paso del tiempo seguramente empezaron a escasear los hijos de rojos que pudieran robarse y fue necesario buscar suministro en otra parte porque, muy probablemente, ese delito del robo de niños se había convertido en un negocio. Así, por lo que vamos sabiendo de esta siniestra trama en la que, cómo no, está mezclada la iglesia católica a través de sus curas y monjas, la actividad duró hasta fines de los años setenta y primeros de los ochenta. Que haya monjas metidas en este crimen demuestra hasta qué punto l@s religios@s católic@s hacen lo contrario de lo que predican. Se oponen a la contracepción y, con uñas y dientes, al aborto en nombre del supremo valor de la vida humana en abstracto, pero su respeto por la vida humana en concreto termina en el momento en que esta sale del seno materno.

La imagen de esa madre reunida con su hija de 29 años, que le fue robada nada más nacer, podría titularse rostros que irradian felicidad y la hacen contagiosa. Una felicidad mayor que los 29 años de sufrimientos impuestos por una gente desprovista no solo de corazón sino también de entendimiento. Fanátic@s y/o canallas.

(La primera imagen es una foto de Foro Cultural Provincia de El Bierzo, bajo licencia de GNU Documentación libre.). La segunda es la portada de El País de hoy.

Mingote.

Mingote era un hombre muy de derechas. En determinadas cosas francamente reaccionario. Pero tenía sentido del humor (le dedicó su vida) y una especie de honradez natural que le hacía interesarse por los puntos de vista de los demás. Retrató el franquismo y lo hizo con tanto realismo que sus dibujos adquieren el doble valor de ser testigos de una época y documento de ella. Y no solo el franquismo, también la transición y la democracia subsiguiente. Sus dibujos son una crónica de cincuenta años de la vida del país.

Mi madre, que era lectora del ABC no porque fuera monárquica sino porque decía que era el diario menos fascista de todos, era muy aficionada a Mingote y celebró mucho uno de ellos en los tiempos del impacto del Concilio Vaticano II, del que se hablaba sin parar en España porque parecía ir contra el nacionalcatolicismo. En el dibujo se veían dos señoras bien, endomingadas, a la entrada o a la salida de misa y una de ellas decía: "Sí, pero al cielo, lo que se dice al cielo, iremos los de siempre." Le servía, a mi madre, digo, para demostrar la contumacia de la derecha española y estuvo años valiéndose de él.

Siempre he tenido a orgullo que Mingote me dedicara un chiste que reproduzco a la derecha. Corría el año 1993 y así queda probado que algunos llevamos luchando contra ese vicio nacional del ruido hace mucho tiempo. Poco a poco se va admitiendo que la contaminación acústica es un vicio o, incluso, un delito. Al principio, a los que protestábamos por el ruido nos miraban como a excéntricos, algo chalados y maniáticos, cuando no directamente como a antiespañoles. El patriotismo español es extraordinariamente vocinglero. Me dedicó otro chiste, aunque no expresamente, como este, poco después a propósito de un episodio chusco que me ocurrió en el Congreso de los Diputados con una novia que tenía por entonces. Era un chiste muy divertido pero, por desgracia, no lo tengo.