diumenge, 19 de maig del 2013

La vida en un paraíso fiscal.


Los paraísos fiscales son las válvulas de seguridad del capitalismo. Si la pequeña Suiza pudo mantener su neutralidad durante la segunda guerra mundial no fue gracias al poder de su ejército. Los alemanes, que habían engullido Francia y estaban haciendo lo propio con la Unión Soviética, hubieran tardado horas en invadir y controlar el país. Suiza salvaguardó su neutralidad escudándose en el poder invisible del dinero. El capitalismo necesita un punto de seguridad en mitad de la vorágine que provoca su propensión actuar sobre bases crediticias. Cuando dos Estados se enfrentan en guerra tratan de destruirse mutuamente pero hay algo en lo que ambos están interesados para garantizar sus transacciones y sus suministros y aprovisionamiento, que es el valor del dinero. La independencia de la banca es el aspecto fundamental. Es la doctrina alemana en materia de bancos centrales que, en el orden internacional, adquiere su manifestación en la existencia de un pequeño país alpino que en realidad, es un banco.

Al poco tiempo se haría evidente que la base del éxito no radica en el hecho de ser o no un banco, sino en cómo se maneje. El negocio está en el secreto bancario. A partir de aquí, el mundo se ha llenado de Suizas. Solo en Europa ha de haber más de una veintena. Debido a su carácter abstracto y su intangibilidad, las mayores cantidades de dinero caben en los espacios más angostos. En un disco duro, que hasta puede ser portátil. Dadas las circunstancias, es extraño que nadie haya inventado todavía el paraíso fiscal ambulante, por ejemplo, una furgoneta VW, al estilo de las de los hippies de los setenta, que recorra los países del viejo continente ofreciendo secreto bancario a quien pueda interesarle.

Los paraísos fiscales absorben cantidades astronómicas de dinero que, invertido en sus países de origen, garantizarían su avance. Un billón de euros acumulan los europeos, esto es, el PIB de España. En todo el mundo, al parecer, se escamotean 23 billones de euros. Cantidades ingentes. Pero lo que no se ve con claridad es cómo pueda ponerse coto a esta situación, por mucho que pública y reiteradamente se comprometan a hacerlo el G-20, la UE o el sursum corda. ¿Cómo va a hacerse? ¿Suprimiendo la libertad de circulación de capitales? No suele proponerse porque se considera un gran avance y, sobre todo, porque el propio capital sanciona a quien no la respeta privándole de su presencia. Lo primero que exige el capital en esas a modo de cartas internacionales para garantizar las inversiones mundo adelante es, precisamente, la seguridad de repatriación de beneficios o del principal de la inversión, incluso en condiciones leoninas.

Parece como si el único modo real de combatir los paraísos fiscales fuera convertirse en uno.  Si no puedes combatirlos, únete a ellos, reza el viejo proverbio. Y, al final, prácticamente todos los Estados recurren a los paraísos fiscales. Pues ¿qué otra cosa son esos fondos, esos bonos de bajísima rentabilidad que todos ofrecen y cuyo máximo atractivo es el hecho de ser opacos al fisco? Efectivamente, si se quiere combatir la fuga de capitales en un país, una de las formas es garantizarles la misma intangibilidad e inmunidad que si no estuvieran. Esa voluntad, tan reiteradamente expuesta como escasamente aplicada, de combatir los paraísos fiscales parece cumplir la función de una jaculatoria. 

La única forma real de combatir los paraísos fiscales es eliminar el secreto bancario, implantar una autoridad internacional capaz de obligar a terceros a hacer diáfanas sus transacciones financieras. Cosa que será muy difícil cuando los mismos Estados que quieren eliminar los paraísos fiscales acogen y amparan el secreto bancario en su jurisdicción. Entre otras cosas, porque suelen estar gobernados por gentes y organizaciones que suelen ser buenos clientes de los paraísos fiscales. Y sobre todo porque es muy difícil, si no imposible, combatir la esencia misma del sistema, consistente en la búsqueda de beneficios privados al coste que sea, y querer que el sistema siga intacto.

Nada es como parece, ni parece como es.

Alfredo Grimaldos (2013) Claves de la transición 1973-1986 (para adultos). De la muerte de Carrero Blanco al referéndum de la OTAN. Barcelona: Península/Atalaya (191 pags.)


La primero que llama la atención de este libro es su título. ¿Por qué el paréntesis de “para adultos”? ¿Tiene acaso contenido escabroso? ¿Quizá no puedan leerlo los niños o las almas bellas hegelianas? Después de haberlo recorrido entero no encuentro motivo alguno que justifique la advertencia más de lo que haría si se previniera a los ciclistas, los contables o los diabéticos, salvo que se trate de una insinuación: quien no esté en posesion de estas "claves" no será completamente adulto. Lo mismo sucede con las fechas. El autor sabe probablemente que uno de los encantos de ocuparse de la transición (aparte del de meterse en un berenjenal de acusaciones cruzadas que muchas veces ventilan otros agravios o neurosis) es acumular razones para proponer distintas fechas de comienzo y final del proceso, distintos términos a quo y ad quem. La mayoría de los autores viene aceptando como fecha inicial la de la muerte de Franco, mientras que la propuesta por Grimaldos, 1973,  suele considerarse más como "pretransición". En cuanto al término, hay más discrepancias: muchos aceptan 1978 (Constitución), otros prefieren 1981 (golpe de Estado fallido), otros 1982 (triunfo socialista), así que no hay inconveniente en aceptar 1986, data del referéndum de la OTAN o volte face socialista.
La elección de 1973, a primera vista, no parece disparatada ya que, con la voladura del Almirante, se rompía una previsión sucesoria de Franco. Pero es endeble por dos razones: a) en el fondo, Carrero Blanco como presidente del gobierno no pintaba nada; b) el “atado y bien atado” de la transición residía en la Ley Orgánica del Estado y el juramento de Juan Carlos. Me inclino, pues, a pensar que la elección responde a razones subjetivas del autor. Habiendo nacido este en 1956, en 1973 tenía diecisiete años. De fijarse en 1975, como es el uso, encontraría a Grimaldos con 19 años y le plantearía la cuestión que suele suscitarse en los estudios sobre la transición, sobre todo en aquellos que tienen fuertes elementos críticos en un sentido u otro, esto es: y usted, personalmente, que tantos reproches acumula frente a los hechos, ¿qué hizo por cambiarlos? ¿Cuál fue su actuación? ¿Qué defendía por entonces? El asunto no es trivial nunca porque es frecuente que, en estos estudios, el paso del tiempo acabe convenciéndonos –sin duda de buena fe- de que, si ocurrió algo enojoso, fue sin nuestra ayuda y quién sabe si con nuestra oposición directa.
En este caso concreto se añade, además, que el autor, sin hacer de ello causa específica, da por buena la versión de los hechos que ofrece uno de su protagonistas más polémicos y característicos, el notario Antonio García-Trevijano. Es este un personaje ambiguo que compensa su absoluta irrelevancia en los años en cuestión, con su contumacia en una interpretación posterior que expone cómo todos los personajes que intervinieron eran unos incapaces, unos incompetentes o unos traidores menos él y algún amigo suyo. Es decir, cuando se hagan –si se hacen- las tipologías de visiones de la transición, habrá que encontrar un nicho especial, único, sui-generis, para la de García-Trevijano expuesta en abundantes publicaciones en papel y en la red, únicas o periódicas, con una audiencia exigua hecha sobre todo de amigos e incondicionales que forman algo parecido a una asociación con ribetes de partido, pero que los medios académicos y mundanos, se obstinan en ignorar olímpicamente. Lo cual los hace sospechosos, claro es, de concomitancias inconfesables con las espurias intenciones con que los protagonistas incumplieron su deber y traicionaron las esperanzas depositadas en ellos.
Esta visión de la transición de García Trevijano es un ejercicio de megalomanía continuado. Miembro de la Junta Democrática –de la que el autor lo hace prácticamente creador y espíritu vivo (p. 61) no siéndolo- a título personal, como lo fue su amigo y en cierto modo protegido Calvo Serer, miembro del Opus o Pepín Vidal, su idea parecía ser reconducir el franquismo hacia la monarquía, por muy republicano-constitucional que venga reclamándose desde entonces. La confluencia de la Junta con la Plataforma de Convergencia Democrática, animada por el PSOE en Coordinación Democrática, también llamada Platajunta en marzo de 1976, dejó al hombre sin escalera, pero agarrado a la brocha. Desde entonces, ha podido estar en varias de las maniobras y conspiraciones que se han urdido en España con diversos motivos (desde derrocar la Monarquía hasta acabar con el gobierno de Felipe González) siempre en alianza con personajes de agitadas y contradictorias biografías, como Pablo Castellano, Jaime Campmany, Joaquín Navarro, Gómez de Liaño, etc. varios ya fallecidos, de posiciones políticas no coincidentes pero todos unidos por el engrudo de un altísimo, insuperable concepto de sí mismos. Empezando por el propio Trevijano.
Esta visión de la transición que el autor expone sin reserva crítica alguna, coincide con la interpretación radical que la ve como una ignominiosa traición de la izquierda a sus principios a cambio de un pacto de colaboración con los franquistas para encontrar un lugar al sol del nuevo régimen. De hecho, uno de sus principales expositores, Pepín Vidal, fue también uno de los personajes iniciales de la Junta Democrática que, en un primer momento, casi parecía una sociedad entre los comunistas del PCE y los miembros del Opus, aunque estuvieran enfrentados a la obra, como era el caso de Vidal. Pero es una coincidencia aparente. La crítica radical tiene un fondo doctrinario, ideológico, de principios del que carece por entero toda la acción del actual prócer republicano, caracterizada por el oportunismo, la falta de principios, el personalismo más desaforado y la afición por doctrinas aparentemente sólidas pero esencialmente arbitrarias y fantásticas.
Todas estas características muestran que, como aportación al estudio de la transición, el libro de Grimaldos no tiene gran valor. Sí lo tiene, en cambio, para entender en parte los discursos cruzados y antagónicos sobre el fenómeno que, repartiendo culpabilidades y méritos por lo que ha sucedido, ilustran mucho no sobre lo que pasó sino sobre lo que está pasando. Es una versión de la transición para consumo presente.
La idea esencial es que todo el proceso estuvo teledirigido hasta en sus más mínimos detalles por la CIA, los estadounidenses y la socialdemocracia alemana que, en el fondo, era un departamento europeo de la misma CIA. “La Transición española se diseñó en Langley (Virginia), junto al río Potomac, en la sede central de la CIA” (p. 33), lo que para dicho así, sin una sola cita ni fuente, tiene su chiste. Vernon Walters y Willy Brandt sabían más de lo que se cocía e iba a cocerse en España que Juan Carlos, Areilza, Suárez, Fraga, González o Carrillo, en el fondo meros comparsas de un guión redactado en otra parte. Sobre todo González y Carrillo, dos archivillanos.
La cuestión de la influencia exterior en la transición española es de las más interesantes y todavía bastante abierta. Decir que el proceso lo teledirigieron otros es tan pobre por maniqueo como decir que fue radicalmente castizo, autóctono. España estaba en un contexto internacional, que tuvo su importancia tanto por lo activo como lo pasivo. Ahora bien, hay un punto aquí que no puede pasarse por alto: quienes fían todo al carácter subalterno de España frente a las cancillerías extranjeras, a las conjuras y cabildeos palaciegos olvidan que la transición también fue un proceso social y económico en que intervinieron acciones de masas, disturbios, terrorismo, asesinatos, movilizaciones, huelgas, cambios en la opinión, los medios, elecciones, etc., etc. Que los autores genuinamente de izquierdas olviden estas cuestiones es sorprendente. Que las olviden personajes aislados como Trevijano no lo es en absoluto porque su planteamiento jamás contó con la fuerza de las organizaciones y las movilizaciones que le era ajena en su condición de exquisito y preclaro tribuno, interesado por los problemas del pueblo, pero sin mezclarse con él.
Ciertamente, la común versión crítica de la transición como traición cuenta siempre con un capítulo en donde se relata cómo el proceso se hizo a costa de aplastar las movilizaciones populares por la violencia. Pero la funcionalidad de esta referencia, al menos en el caso del libro que nos ocupa, no es corregir un error de visión anterior y reconocer que, mal que bien, dichas movilizaciones populares se hicieron bajo la orientación de una direcciones políticas partidistas que, guste o no guste, actuaban en procura de determinados objetivos de cambio. Lo que se hace no es presentarlos como fenómenos concomitantes sino como hechos independientes, ajenos: de un lado, los perversos políticos –franquistas y oposición- dispuestos a pactar a espaldas de la gente, a montarse su chiringuito, a justificar sus concesiones y, de otro, un heroico pueblo sin verdadera dirección, reprimido, perseguido, sacrificado en el altar de las ambiciones de cuatro políticos mediocres. De ese modo se demuestra también cómo la idea del carácter “pacífico” de la transición es un mito para justificar la mendacidad de su condición modélica.
En este terreno hay un buen capítulo sobre cómo la judicatura franquista pasó incólume a serlo de la democracia que se apoya en lo esencial en el estupendo y exhaustivo estudio de Juan José Aguilar, El TOP (Barcelona, Planeta, 2001) y, por supuesto, los conocimientos especializados de Trevijano. Complementarios con este hay también dos interesantes capítulos sobre la represión a cargo de la policía política franquista y el que llama terror paralelo, en el que se hace un estudio cumplido sobre las organizaciones terroristas de la extrema derecha en connivencia con el aparato represivo del Estado, el largo goteo de atentados y asesinatos perpetrados por las distintas organizaciones, BVE, GANE, GAL, etc, con la ayuda de terroristas y provocadores extranjeros, fundamentalmente italianos, pero también de otros países a los que el autor, me temo, da una importancia que no sé si tendrían, quizá arrastrado por la afición de todo escritor de actualidad a encontrar elementos de fuerte impacto. Así, cuando al hablar de los terroristas italianos de extrema derecha en Barcelona en 1973, Stefano della Chiae, Cicuttini, Carnasi, los hace miembros de una sedicente internacional negra, de cuya existencia real no ofrece la menor pista. Ni una nota. Y ya lo merece pues, aunque la expresión tiene pinta de ser más que nada una licencia literaria, la única internacional negra que está documentada y por breve tiempo, es la fundada por unos anarquistas disidentes de la AIT a fines del siglo XIX.
La última parte del libro, a la que cabe reconocer la mayor calidad, el trato privilegiado al nacionalcatolicismo y el Estado criptoconfesional, (que deben mucho a la obra de Gonzalo Puente Ojea y muy probable contacto personal del autor con él) es de lo más recomendable. La Iglesia católica salió muy bien parada de la transición: cedió en cuestiones adjetivas y conservó lo sustancial de su dominación hasta el punto de que, con UCD, con el PSOE, con el PP, el país siguió siendo nacionalcatólico. La izquierda –refugiada en la ilusa esperanza de Peces Barba de que la Iglesia actuaría de buena fe, hizo tales concesiones que convirtieron en una burla la no confesionalidad del Estado. Y así seguimos al día de hoy en que el partido socialista continúa amenazando débilmente con revisar los vergonzosos Acuerdos con la Santa Sede de 1979 si la Iglesia no se aviene a razones y se obstina en llevar al extremo su intolerancia, su extremismo, su ataque a los derechos de las personas, su nacionalcatolicismo.
Porque en esto sí que es como si la transición no se hubiera dado: España sigue siendo un país nacionalcatólico con la aquiescencia del PSOE.

dissabte, 18 de maig del 2013

Los tuits de Dios.


@jehova: ¿salió bien la Ley de ese chico, Wert?
@rouco: sí, Señor. Hubo que empujarlo un poco porque es algo descreído. 
@jehova: ¿no pudiste poner la religión obligatoria?
@rouco: ¡imposible, Señor! No sabéis cómo está vuestra grey. Habría que reevangelizar.
@jehova: no seas pesado @rouco. Eso ya no se lleva. Enseñanza de la religión, bien. Pero censurada.
@rouco: claro es. No vamos a enseñar lo de la mujer adúltera.
@jehova: ni hablar. ¡Qué cosas tiene mi Hijo! Felicita a @wert x la ley.
@rouco: felicidades, @wert, por defender la Cristiandad. He hecho ReTuit, Señor.
@jehova: ¿no podríamos hacerlo TrendigTopic? Solo veo blasfemias de ateos. ¿No responde @wert?
@rouco: está en el fútbol. Es hincha del Real.
@bañez: Señor, perdonad, aprovecho para pediros audiencia.
@jehova: ¿quién es esta, @rouco?
@rouco: la ministra de Trabajo, señor. Tiene enchufe con la Virgen del Rocío.
@bañez: venimos las dos a imploraros empleo para vuestro pueblo ahogado por el paro.
@jehova: @rouco, quítame esta beata de delante. Me ponen enfermo. Y el aborto, ¿cómo va?
@fernandezdiaz: creía que no lo mencionaríais. Estamos escracheando al ministro de Justicia.
@jehova: hacéis bien. Yo os perdono. Seguid. Hay que acabar con ese genocidio.
@rouco: tampoco es fácil, Señor. @rajoy quiere negociar.
@jehova: será pastelear
@rouco: en verdad, sois omnisciente. Eso es lo que hace, pastelear. No tiene verdadera fe.
@jehova: ese es el de los sobres de Bárcenas, ¿no?
@rajoy: perdonad, Señor, defensa propia: todo es falso salvo alguna cosa publicada.
@jehova: ¿qué dice, @rouco? Me saca de quicio este hombre. Nunca se sabe qué quiere decir.
@rouco: normalmente, nada.
@rajoy: como usted mande; salvo que mande otra cosa. 
@jehova: ¿lo ves, @rouco? Nada. A ver ¿se sabe ya si cobró los sobres de @barcenas?
@barcenas: dejadme tranquilo, Señor, que tiro de la manta y aquí se sabe todo.
@jehova: ¿es una amenaza, temeraria criatura? 
@barcenas: preguntad a vuestros arcángeles. Había para todos.
@jehova: ¿has corrompido a mis arcángeles?
@barcenas: a Miguel una espada, a Rafael unas sandalias, a Gabriel una azucena y a Uriel una hipoteca.
@jehova: sal de mi presencia, precito. Húndete en el olvido. Haré que nunca hayas existido.
@barcenas: jajajaja. Eso es lo que @rajoy quisiera. Ni yo ni los sobres.
@jehova: solo os interesa la pastuqui.
@fernandezdiaz: no es cierto, Señor. Yo solo quiero prohibir el aborto.
@jehova: sobre todo que no se hagan en la sanidad pública, hombre, por @dios.
@rouco: jeje. Ya no queda sanidad pública. Mato ha hecho honor a su apellido. 
@jehova: eso es. A abortar, a Londres, tierra de herejes anglicanos. 
@gallardón: está solucionado. En España no se aborta, pero el Estado paga un billete a Londres en Virgin. 
@rouco,@bañez,@fernandezdiaz,@rajoy: ¿Virgin?
@jehova: a propósito, la nueva ley separará lo que yo separé, ¿no? Los chicos de las chicas.
@rouco: por supuesto señor. Y los ricos de los pobres que es de lo que se trata.

divendres, 17 de maig del 2013

Cuidado con los cascotes.


Mira por donde lo de meter a los banqueros en la cárcel -algo que se suponía solo propio de utopías como la lejana Thule- está al alcance de cualquier infeliz PIG. Con Rodrigo Rato cantando la gallina ante el juez y el ecurridizo Blesa entre barrotes, el beneficio y la mamandurria están acabándose. Añádase la prolongada estancia a la sombra de Correa y la de Díaz Ferrán, al fin y al cabo colegas de profesión emprendedora, según las reglas de marketing de José María el Tempranillo y el agitado futuro judicial de Arturo Fernández y tenemos un cuadro de presuntos responsables/beneficiarios de la crisis/estafa perseguidos por la justicia inimaginable hace un año.

La trituradora sigue. La maquinaria del Estado de derecho es lenta y suele tropezar con los obstáculos que continuamente se le ponen en el camino, especialmente los gobernantes cuando se ven próximos al banquillo. Pero, a la larga, va tejiendo un relato de lo que ha sucedido en este país en los últimos veinte años. Un relato tremendo, la historia de una estafa que nace como burbuja inmobiliaria, fomentada por granujas y sinvergüenzas que la llaman "liberalización del suelo". A su sombra se teje una red de delincuencia organizada en la que están supuestamente pringados el PP, sus administraciones públicas y una sarta de empresarios corruptos todos los cuales llevan años esquilmando el erario público, estafando a los contribuyentes en una orgía de dispendios, malversaciones, apropiaciones ilegales, cohechos y trapacerías de todo tipo. En el caso de los dirigentes y gobernantes del PP se añaden presuntas prácticas mafiosas de cobros ilegales que llegan a afectar al presidente del gobierno. Una política de enchufismo sin límites y de desgobierno de la administración pública en la que campan como el caballo de Atila porque, en el fondo, si el Estado se arruina, les da lo mismo ya que ellos lo quieren privatizado a su exclusivo servicio.

Todo con un sistema mediático tupido hecho de medios privados incondicionales y públicos manipulados, poblados por periodistas en nómina del PP (incluidos los que también cobran sobres) y opinantes a cobro fijo, encargados de agredir sistemáticamente las voces críticas y la oposición y de ensalzar las virtudes del neoliberalismo: desregulación, "liberalización" y privatización, esto es, pillaje de los bienes comunes; "flexibilización" de las relaciones industriales, es decir, despido libre y desprotección de los trabajadores; y "racionalización" del resto del gasto público, o sea, eliminación de prestaciones, subsidios, servicios sociales.

Los mendas ahora entre rejas y los que puedan estarlo, tendrán que explicar qué han hecho para ocasionar esta catástrofe y qué relaciones tenían con los políticos. Blesa era un hombre de Aznar; Rato, de Rajoy; González, el fracasado González, de Aguirre. Todos querían echar mano del fabuloso Eldorado de la Caja, de las cajas en general. El dinero de la gente, de los ahorradores, "administrado" por una pandilla de inútiles, enchufados y corruptos, puesto al servicio de empresarios ladrones, políticos codiciosos, para auténticas estafas en las que también podía participar el partido y por todo lo cual se autoasignaban unos sueldos, pluses y jubilaciones estratosféricas, sin duda como premio al hecho de haber arruinado las cajas y causado la mayor crisis de la historia del país. Quizá por ello el PP pagaba, supuestamente, "compensaciones" a sus más destacados dirigentes: para compensarlos por lo que no pillaban en las cajas.

A trancas y barrancas, la justicia avanza. Desde luego, es de risa que el caso Blesa se deba a Manos Limpias, como otro muy reciente. Demuestra que el PSOE vive en la inopia o algo peor. En estos procesos, Gürtel, Bárcenas, Rato, Blesa, van a aparecer -ya lo han hecho- los nombres de los políticos más importantes del PP, de Aznar y Rajoy a Cospedal, Aguirre o Arenas. Es posible que muchos de ellos hayan de declarar en las actuaciones. Aznar tendrá que explicarlo todo: por qué cobraba los "gastos de representación" y quién sufragó sus dispendios. Rajoy habrá de contar en público ante el juez -por fin, ya que en el Parlamento no hay modo de sacárselo- cuánto cobraba  y por qué conceptos, incluido ese cargo de registrador de la propiedad del que, al parecer, no sabe nada. Aguirre deberá explicar cuáles fueron sus relaciones  con Díaz Ferrán y quién pagó sus campañas electorales.

Añádanse las tribulaciones de la Casa Real, empezando por las renovadas del Rey, a quien las recientes revelaciones del diario póstumo del jefe de su Casa, Fernández Campo, al parecer dejan a los pies de los caballos en lo referente a su actuación el 23-F. O mejor dicho, de los burros.

Y como colofones, los EREs fraudulentos de Andalucía y las relaciones de Feijóo con un narcotraficante.

El baile ha comenzado.

El encanto del Apocalipsis.


Morris Berman (2012) Las raíces del fracaso americano. México: Sexto piso (258 págs).


En nuestro tiempo los Estados Unidos prácticamente acaparan la producción de bibliografía profética, pesimista, distópica, apocalíptica. Hay dos razones principales -entre varias- para ello: en primer lugar, el país es la última manifestación de una forma imperial. Casi todo el siglo XX aparece dominado por el abrumador poderío económico, político y militar de la república al norte del Río Grande. La experiencia histórica quiere que todos los imperios muestren una evolución similar: surgimiento, auge, decadencia y hundimiento. Los ejemplos más conocidos e investigados son el del Imperio romano y el español del siglo XVI. Pero también gozan de su cuota de atención el inglés y el francés del siglo XIX. Es natural que haya cierta preocupación por averiguar cómo se manifestará ese periplo -que se considera inevitable- en el caso de los Estados Unidos, de forma que rara es la temporada en que no se publica algún estudio pronosticando el fin de la hegemonía estadounidense.

En segundo lugar -y en conexión con lo anterior-, al ser los EEUU el país más poderoso del mundo, es también el que más recursos naturales consume (aunque pueda estar ganándole ya la China) lo que, a su vez, incide en una de las causas que suelen invocarse para prever la catástrofe inminente no ya de la propia Norteamérica, sino del mundo entero a causa del cambio climático, la contaminación, el agotamiento de tales recursos o la suma de todas ellas. El libro de Berman es el último en hacer hincapié en este aspecto. El modelo de crecimiento ilimitado (La búsqueda de la abundancia lo llama el autor en el primer capítulo), del capitalismo basado en el consumo sin freno, es insostenible, a plazo cada vez más corto.

Pero el libro de Berman no se limita a una proyección agorera en términos prácticos, materiales, objetivos. No es un estudio técnico sobre previsiones demográficas o energéticas. Está en la línea, pero no prolonga o reproduce (aunque sí las menciona y valora) obras ya clásicas como La bomba demográfica, de Paul y Anne Ehrlich (1968) o Los límites del crecimiento, del Club de Roma (1972). Su visión es más amplia, más profunda y de otra índole. El autor tiene un enfoque que por aquí llamamos de historia cultural (sus obras anteriores, todas de gran impacto, se mueven en ese campo), más interesado en el movimiento de las ideas que en el de las personas o las cosas. El citado primer capítulo es un bosquejo del capitalismo estadounidense como una civilización única que, falta de toda referencia ajena a sí misma (por ejemplo, falta de tradición medieval, como hay en Europa), carente de toda meta trascendental, se ha fijado su propia expansión como tal. Es decir, se ha hecho autorreferencial y, con ello, se piensa legitimado par imponerse por la fuerza en el resto del mundo. Como tal discurso identificativo y legitimatorio (la sociedad de la frontera, de Frederic Jackson Turner), la tierra de las oportunidades, el Manifest Destiny, es hegemónico y carece de relato alternativo, cosa que el autor ejemplifica muy gráficamente mostrando cómo las tempranas advertencias de Thorstein Veblen sobre el consumo ostentoso apenas tienen audiencia mientras que los libros de Dale Carnegie  siguen siendo éxitos de ventas decenios después de su publicación (p. 37).

Una advertencia sobre la traducción. Esta es pulcra y, en general, irreprochable. Pero el traductor hubiera debido poner algunas notas a pie de página, explicativas de peculiaridades yanquies. Muy especialmente una. El autor considera que el capitalismo estadounidense es oportunista y así, al pie de la letra lo vierte el traductor. Pero aquí "oportunista" tiene un sentido más ecónomico y social, un poco en el estilo de las oportunidades vitales, de Ralf Dahrendorf, mientras que en español lo tiene más político y moral, en el sentido un poco peyorativo del "posibilismo". Es preciso aclararlo porque la lectura chirría.

Desde luego, hay autores muy señalados que han tratado de formular el discurso alternativo, singularmente Lewis Mumford, probablemente el pensador que más haya influido en Berman en toda la vastedad de su producción. Berman analiza el discurso ideológico de ese capitalismo como una lucha entre las tradiciones republicana y la liberal con sus ambigüedades y dificultades, muy en la línea de otro clásico de obligado respeto como es La tradición política americana, de Richard Hofstadter, en 1947. Y, por supuesto, el padre de todos ellos, el marxista Charles A. Beard, que está muy presente en las consideraciones de nuestro autor sobre la acumulación de capital, los robber barons, los orígenes del capitalismo y, claro es, la esclavitud.

De la mitología justificativa del capitalismo estadounidense (el valor de la propiedad, la movilidad social, las oportunidades, el hombre que se hace a sí mismo, la meritocracia, etc) se encarga esa tradición alternativa que no consigue imponerse, pero a la que Berman presta la debida atención: Fromm, Wright Mills, Vance Packard, Galbraith, Goodman, Riesman (p. 47). En concreto, el análisis de un autor tan peculiar como Packard es muy brillante. Sobre todo su conclusión, que disipa la inmediata objeción de que se trata de un autor de superventas mantenidas, casi al estilo de Carnegie. Sí, viene a decir nuestro autor, las gentes siguen leyendo The Hidden Persuaders a cientos de miles pero, cuando lo terminan, se van a Wal-Mart a ponerse ciegas de electrodomésticos. Disonancia cognitiva se llama eso, y Leon Festinger lo ha explicado muy bien. 

Berman dedica un segundo capítulo (El reinado de Wall Street) al análisis de la actual crisis financiera (p. 74) en un relato básicamente correcto pero que no aporta casi nada nuevo. Sí lo es, sin embargo, la insistencia del autor en el comportamiento inmoral de los protagonistas de la gran estafa de especulación y derivados y en el hecho de que hayan dominado y sigan dominando las sucesivas administraciones norteamericanas, sean republicanas o demócratas. Es muy convincente su crítica a Obama, entregado a una gestión neoliberal de la crisis provocada por el neoliberalismo y produce cierta sorpresa su empeño en presentar al presidente Carter como cumplido ejemplo del discurso alternativo y, por lo tanto, fracasado.

El tercer capítulo, el de mayor interés a juicio de este crítico, retoma una perspectiva más filosófica. Contiene algunas afirmaciones felizmente formuladas, con fuerza de metáfora: el estilo de vida estadounidense recuerda una rata girando en su rueda (p. 95). Se trata de "una nación de gente que tira su vida a la basura a cambio de juguetes" (p. 96). Los EEUU identifican el progreso de la nación con el progreso tecnológico. La tecnología es la verdadera religión (p. 100), una escatología cristiana con nuevos términos (p. 102).

Es el núcleo esencial de la filosofía de Berman. No es muy nuevo, aunque sí claramente expuesto. La equiparación tecnología-religión no va muy allá, pues entronca con la baqueteada ilustración. Más interés tiene que el autor reviva un viejo tema de contraposición que, si no me engaño, aparece ya en las Cartas sobre la educación estética del hombre, de Friedrich Schiller (1795) y se repite luego como un leitmotiv del romanticismo: el progreso material no va acompañado del correspondiente progreso moral de la especie (p. 103). Un tema romántico por excelencia, que lleva a la idealización del pasado, el antiindustralismo, la oposición al positivismo progresista que se hallan en Emerson y Thoreau, Ruskin y Morris. Weber y Tönnies aparecen también a la hora de sistematizar conocimientos y, desde luego, la contraposición Gemeinschaft-Gesellschaft tiene un lugar privilegiado (p. 109). Pero, ya detrás de ellos, se valora y mucho el esfuerzo de algunos críticos de la tecnología, relacionados o no con la Teoría Crítica, como Marcuse, Koestler, Ellul (p. 112). El Nacimiento de la contracultura, de Theodore Roszak (1969) y Lo pequeño es hermoso, de Ernst Friedrich Schumacher (1973), terminan de reproducir el cuadro de una corriente de pensamiento muy interesante pero de escaso impacto. Al respecto es muy brillante y sitúa al autor en esta honrosa tradición de defensores de causas perdidas el  argumento de que la pretendida neutralidad instrumental de la tecnología es falsa (p. 115). Un hallazgo que convierte a Berman en seguidor de la crítica a la razón instrumental, pero lo obliga a demostrar por qué la tecnología es perversa.

Y ahí es donde la obra muestra cierto flanco débil. Su rechazo a la tecnología lo pone a las puertas de defender la causa del decrecimiento. Pero no llega a pasar esa raya o, cuando menos, no lo he visto. Y, sin dar ese paso, el negativismo de la crítica la esteriliza y la convierte en amargo pesimismo. Máxime cuando se menciona la sombría trinidad de Neil Postman  (culturas que usan herramientas-tecnocracias-tecnópolis) (p. 117). Él mismo tiene que reconocer que ninguna teoría llegó ni de lejos a alcanzar el impacto y la extensión de las de Ford y Taylor, que dieron al capitalismo estadounidense su carácter originario, depredador, que conserva (p. 118). Especial simpatía suscita la resignada conclusión del autor citando a Steiner: la tecnología es la supresión sistemática del silencio (p. 133). En la apología del silencio, base de la reflexión, Berman se gana la simpatía del lector.

Los dos últimos capítulos son más livianos pero también muy interesantes. El cuarto, el reproche de la historia es una especie de estudio revisionista de la guerra civil. Tan revisionista que el propio autor viene a equipararse en su afán con el patriarca del revisionismo contemporáneo, William Appleman Williams. Su revisionismo, sin embargo, es especial. Echa mano de Turner de nuevo y, claro, de Beard, para dar a la guerra civil un tinte geopolítico y de lucha de clases. En su oposición al capitalismo "oportunista" del Norte, idealiza la sociedad del Sur, que aparece embellecida con un velo de moral caballeresca e integración al estilo Gemeisnchaft, cuando no de Lo que el viento se llevó. ¿La esclavitud? Eso no fue decisivo. Él mismo se da cuenta de la ambigüedad moral de su posición y se siente obligado a advertir que detesta la institución (p. 153 y ss.), pero se mantiene en sus trece de que, tanto en la vivencia de los protagonistas, como en el sentido general del fenómeno, la lucha contra la esclavitud fue una motivación legitimatoria introducida post festum. Lo importante era la unión, el mercado.

El último capítulo, el futuro del pasado contiene una comparación entre los Estados Unidos y Europa que no me parece enteramente atinada. En síntesis, su idea es que el capitalismo europeo es más justo, equitativo y humano que el estadounidense, egoísta, inhumano, depredador (p. 193). Algo de esto hay y, sin duda, resulta grato a los europeos que, en lugar de leernos la cartilla desde el otro lado del charco, se nos reconozcan algunos méritos. Es grato, sí, pero empieza a no ser verdad. Precisamente la expansión ideológica, la hegemonía neoliberal estadounidense ha  conquistado el viejo continente en donde, como siempre, los europeos rivalizan a ver quién es más papista que el papa a la hora de destruir las instituciones de la economía social de mercado que constituían la ventaja europea sobre los yanquis. Su síntesis de los rasgos esenciales del Estado del bienestar europeo, con su sentido de la seguridad de las personas, el respeto a los derechos sociales y económicos, etc (p. 195) pertenece al pasado. Europa está desmantelando el Estado del bienestar y el ejemplo más palpable es España.

El último capítulo se cierra con otra buena metáfora. El capitalismo estadounidense es el Pequod y, como el Pequod, se irá a pique detrás de la ballena blanca del crecimiento ilimitado.

Un libro muy interesante, muy actual, de lectura muy recomendable. ¡Ah! Y en él no hay un solo párrafo dedicado a internet.

dijous, 16 de maig del 2013

¿Quiénes son los nazis?


Hace unos días, la presidenta de Castilla-La Mancha, después de contar los sueldos que recibe y de ver si le había llegado algún sobre más, encontraba tiempo para llamar nazis a los ciudadanos que participaban en escraches. De igual modo, algunos de esos mercenarios que el PP tiene repartidos por los medios a razón de una pastuqui por insulto (y siempre de dineros públicos, claro) también maullaban que los nacionalistas catalanes son eso, nazis.


¿Pura ley de Godwin? Desde luego. Y algo más. Algo más porque todos estos acusadores proceden de un partido franquista, fundado por un ministro de Franco que, como sabe todo el mundo, excepto los granujas a sueldo que se sientan en cierta real academia, era un dictador totalitario, un golpista, un asesino y un genocida. O sea, un nazi. Y los que heredan su espíritu y lo defienden a día de hoy, nazis.

Pero no crean ustedes que Palinuro exagere un ápice. Ahí tienen ustedes la prueba: que un país considere legal una organización nazi, como Falange Española (en todas sus divertidas variantes, incluida la de los independientes aznarinos) ya tiene pecado. Que esa organización reciba una distinción honorífica por los motivos que sean clama al cielo. Que esa distinción honorífica le sea impuesta por la delegada del gobierno en Cataluña, María de los Llanos de Luna, es decir, por la autoridad "democrática" competente no solo es una mofa y una befa de los valores democráticos que esta dama simula representar sino un escarnio a la memoria de las víctimas de estos asesinos hoy condecorados.

Esos son los nazis.

Que en el acto estuviera presente un regidor municipal del PSC explica hasta qué punto la izquierda de este país ha abdicado de sus principios y valores y se presta a colaborar con el crimen.

¿Quieren ustedes más nazis, nazis de verdad? Ahí tienen ustedes el ayuntamiento de Santoña, del PP, que, a instancias de otro falangista (o sea, un nazi) ha decidido reinaugurar un monumento a Carrero Blanco, el criminal al que Franco nombró presidente del gobierno y ETA quitó del medio por un procedimiento expeditivo, ¡37 años después de construido y emplazado! Con ello los protagonistas, además de probarse nazis, frisan la más profunda estupidez, si es que ambas cosas no son lo mismo.

En este caso, al menos, los socialistas han votado en contra y los de UPyD, haciendo honor a sus credenciales democráticas, se han abstenido.

Si quieren ustedes encontrar nazis no miren a la PAH o a los nacionalistas catalanes. Miren al PP que es en donde están, como todo el mundo sabe, incluidos ellos mismos, los mismos que en un alarde de proyección neurótica, llaman "nazis" a los demás.

El paso del tiempo.


Extraigo la imagen del twitter de Ramón Tremosa, eurodiputado de Convergència i Unió, y profesor de economía en la Universidad de Barcelona. Obviamente se trata de un montaje que circula por la red. Una foto de un jovencísimo Pérez Rubalcaba, casi adolescente, flanquea un texto entrecomillado, cuya autoría se le adjudica, con una declaración de principios sobre el derecho de autodeterminación que se da de trompadas con lo que el fotografiado dice casi cuarenta años después. La intencionalidad parece bastante clara: poner a Rubalcaba ante su propia incoherencia conceptual.

Por supuesto no se trata de lo que en las redes se llama un fake, una falsificación. La imagen probablemente sea auténtica. Carezco de medios para comprobarlo y, en realidad, es irrelevante. Su función es accesoria, consiste en cargar de sentido el texto adjunto y para eso valdría aunque el fotografiado fuera otro siempre que se le pareciera.

Lo importante es el texto y este sí es reproducción fidedigna del apartado 1º de la resolución sobre Nacionalidades y Regiones aprobada en el Congreso del PSOE, en Suresnes, en 1974. Por entonces, Rubalcaba tenía veintitrés años y estaba en la primavera de la vida. Un poco pronto para ir soltando doctrina por los congresos. Además, ese fue el año de su ingreso en el partido. Aunque el joven Rubalcaba hubiera ido de delegado al congreso, que no lo sé de cierto, habría que demostrar que el tenor de esa declaración fuera de su estricta autoría porque eso es lo que se da a entender al entrecomillar el texto y atribuírselo sin más al hoy secretario general. Sin embargo, las resoluciones de los congresos no llevan firma personal y, en lo que se me alcanza, Rubalcaba pudo haber asistido al congreso, haber votado en contra de esta proposición y, no obstante, haber sido esta aprobada. De ser este el caso, no sería cierto ni, por lo tanto, justo, adjudicar a Rubalcaba un pronunciamiento tan contrario a lo que hoy dice. El señor Tremosa haría bien en revisar esta cuestión y cerciorarse de que lo que atribuye a Rubalcaba es, en efecto, de Rubalcaba.

Ese es el asunto, el fondo del asunto, el derecho de autodeterminación de los pueblos y naciones de España. El mismo Rubalcaba de la imagen, con cuarenta años más, sostiene que el derecho de autodeterminación no existe. Dudo mucho de que haya defendido personalmente jamás el derecho de autodeterminación, ni siquiera cuando era más joven y tenía pelo, ni siquiera aunque fuese un poco transgresor y libertario, como se usaba por entonces.

En fin, si no Rubalcaba, el PSOE reivindicaba un derecho de autodeterminación que ahora niega. Señalar esa aparente contradicción posee su lógica en la refriega política, pero tiene una valor relativo. Las gentes, los partidos, cambian con el paso del tiempo. Quienes antaño defendían un criterio, hoy defienden otro. Las circunstancias puede haber cambiado o ellos se lo han pensado mejor. O peor. Pero todo cambia. La eficacia  de emplear los cambios como arma arrojadiza está en relación inversamente proporcional al tiempo que haya pasado. Un cambio en menos de veinticuatro horas será siempre más llamativo y escandaloso que otro acaecido a la largo de cuarenta años. Lo escandaloso aquí, probablemente, sería que no hubiera cambios.

A mediados de los años setenta del siglo pasado, a punto de morirse el Invicto, la izquierda era más radical que ahora y más doctrinaria. El PSOE era marxista, hablaba de lucha de clases y se apuntaba a todas las reivindicaciones que sonaran a revolucionario y el derecho de autodeterminación así lo hacía. Con el paso de los años y la experiencia de gobierno, el Partido Socialista se ha convertido al nacionalismo español y el derecho de autodeterminación se ha quedado por el camino. Las razones por las que ha procedido así están muy bien expuestas en una artículo de Txiqui Benegas titulado Las confusiones sobre el derecho a decidir, aunque a Palinuro no le resulten convincentes.

dimecres, 15 de maig del 2013

San Isidro labrador, quita la lluvia y pon el sol.


Nacido en Troya pero criado en Madrid, Palinuro es devoto de su patrón, San Isidro labrador, cuyo 931 natalicio celebramos hoy. Es tal su afición al santo que se atreve a proponérselo a Rajoy si este, natural de Santiago, decide cambiar la advocación. Todo en San Isidro casa con su forma de ser y circunstancia. Su milagro más conocido, que los ángeles araban los campos mientras él rezaba, encaja a la perfección con el modus operandi de Rajoy y sus cofrades. La Virgen del Rocío está encargada de acabar con el paro en España; y de la crisis nos sacarán los ángeles mientras el presidente se encomienda a la divinidad para que no le caigan encima los papeles de Bárcenas.

Son muchas las leyendas de San Isidro y su culto extendidísimo. Se ve en la página de Wikipedia dedicada al santo que es casi como el santo universal porque es patrono de mil sitios. Con su espíritu positivista, Wikipedia relativiza el milagro y cita las actas de canonización según las cuales el milagro fue observado por Iván de Vargas (así, ya hay un testigo), amo de Isidro. Lo que no dice Wikipedia es que este Vargas era antepasado de aquel famoso veedor a quien recurría Isabel la Católica con el ¡averígüelo Vargas!, del que el Iribarren trae la más cumplida noticia. Perfecto para una variante contemporánea en la forma de ¡averígüelo Bárcenas! En todo caso, el asunto va de Vargas pues fue otro de estos, Juan de Vargas (en realidad, siempre Iván), quien en el siglo XVI se encargó de acomodar el cuerpo incorrupto del santo en su correspondiente arcón pues este es otro milagro del santo de no poca enjundia: tirarse casi mil años convertido en una mojama. Y si alguien quiere comprobar cómo está de incorrupto, que lo mire aquí con las partes pudendas cubiertas con el oso y el madroño. Esa reliquia no puede verse nunca al natural salvo en contadísimas y excepcionales circunstancias, situación a la que aspira a llegar Rajoy en sus comparecencias públicas.

El mayor prodigio que se adjudica a Isidro, muy propio de la santería de esta tierra, tan dada a la devoción  guerrera de rezos y mandibles, es haberse aparecido a Alfonso VIII para mostrarle la forma de derrotar a la morisma de Miramamolín en las Navas de Tolosa, en 1212. Lo hizo cuarenta años después de muerto, que era el modo de entonces de aparecerse en plasma. Lo decisivo es que la intervención milagrosa del santo salvó España de la dominación sarracena de los almohades como la providencial de Rajoy la salva del hundimiento en la crisis.

En Torrelaguna, villa de prosapia, maridó Isidro con María de la Cabeza, nacida Maria Toribia, luego santa también, que podría aquí equivaler a María Dolores de Cospedal porque María de la Cabeza era de Uceda, Guadalajara y, por tanto, castellano-machega y tan mozárabe como Isidro. Por eso, la ceremonia que se celebra en la ermita del santo tiene el privilegio del rito hispano. Cosa que también emparenta mucho a San Isidro con Rajoy. Cuando, tras la conquista de Toledo por Alfonso VI se quiere imponer la liturgia gregoriana universal, algunos mozárabes obtienen el privilegio de mantener su rito hispano, igual que Rajoy conserva orgulloso el privilegio de hablar pontevedrés en los concilios europeos en los que se ha impuesto un inglés gregoriano universal.

¡Y qué decir de las fiestas, la verbena, la romería, la pradera! El entrañable folklore popular. Ahí podría explayarse con mayor frecuencia Rajoy, muy dado a las actividades festivas. Solo tendría que sustituir el pulpo a la gallega por las rosquillas del santo y no solamente por las llamadas tontas. Cospedal y la vicepresidenta pueden lucir atuendos de chulas con mantón de Manila y las faldas de volantes que les sentarán tan requetebién como las peinetas y los velos. Porque en San Isidro ya arranca el casticismo madrileño que llega luego a las fiestas de la Paloma. Ya empieza a bailarse el chotis que, como todo lo castizo, viene de fuera y este año, según dicen, no en un ladrillo sino en medio por culpa de los recortes. 

Y no se olvide el momento cultural, genuinamente nuestro, aquel que el gobierno al mando señaló valientemente desde el primer momento como receptor privilegidado de aliento y subvenciones: las corridas de toros. La Patria vuelve por sus fueros y, donde reduce, merma o cercena los fondos para la investigación científica, abre generosa su próvido seno para alimentar la esencia misma de la españolidad. La Gran Nación desbarata las artimañas extranjerizantes para abolir la Fiesta Nacional, penúltimas manifestaciones de la Leyenda Negra. ¿De qué se habla? De la fiesta de San Isidro, la apertura de la temporada taurina en la Monumental de Las Ventas, plaza de primera categoría.

¿Cómo no va a encomendarse Rajoy a la protección de San Isidro? 

dimarts, 14 de maig del 2013

El miedo.

El miedo no es categoría que abunde en los análisis políticos, en los que se echa mano de cosas menos molestas como la ideología, la lealtad partidista, el abstencionismo, la disciplina, etc. Sin embargo el miedo está decisivamente presente en muchas ocasiones y contribuye a explicar abundantes fenómenos políticos. Lo sabemos muy bien desde el famoso "que me odien mientras me teman" de Calígula. En un plano más teórico, Hobbes situaba el pacto social y la legitimidad del poder político en el éxito de este de eliminar el miedo que nos tenemos unos a los otros. El Estado absorbe todo el miedo del que la sociedad se libera. Si lo consigue o no es ya otra cuestión. Pero el miedo es universal y de esa nesesidad se hace virtud -ramplona, como muchas virtudes- cuando se dice que "el miedo guarda la viña". En El miedo a la libertad, que dejó mucha huella, Fromm achacaba al miedo (a ese miedo al que atacaba Kant cuando nos exigía que nos atreviéramos a saber) el origen de la personalidad autoritaria y la servidumbre. Y con Miedo a volar, Erika Jong tocaba un tabú que aún no está muy claro en el moviminto feminista.

El miedo, inspirar miedo, en mayor o menor medida, es el objetivo de todo poder político. El miedo garantiza la obediencia acrítica. Sembrar el miedo, hacérselo padecer a la población fue la finalidad esencial del régimen nacionalcatólico de Franco. Había que hacer un escarmiento que la población no olvidara, como decía a las claras el general Mola. Había que llevar a los impíos de nuevo al temor de Dios por los medios que fuera, aplaudía la Iglesia católica. Ambos empeños, muy bien recogidos en el último libro de Julián Casanova, España partida en dos que Palinuro comentará en breve. El miedo presidió la transición española y explica bastante su carácter contradictorio. Miedo -aunque con distinta intensidad- en los dos bandos: la derecha temerosa de perder sus privilegios y de que se le exigieran cuentas por los 40 años; la izquierda, asustada ante la posibilidad de volver a la persecución, la clandestinidad, el exilio. El miedo tiró al suelo a los diputados del Congreso aquella aciaga jornada del 23-F, con las tres excepciones de todos conocidas y el miedo mantuvo a la población paralizada en las primeras horas del golpe.

Uno de los rasgos más característicos de la nueva forma de insurrección social que vivimos a través del M15M, a punto de celebrar su segundo aniversario es la idea de que el miedo está cambiando de bando. El mensaje es muy claro: estaba instalado en los de abajo y se está desplazando hacia los de arriba. En sí misma, la idea es atractiva y suena verosímil cuando se contempla qué impacto y alcance tiene este movimiento que empezó siendo algo desdeñado por todos los analistas y expertos a causa de su carácter horizontal, asambleario, no jerárquico, sin estructura orgánica y, por ello,  se presumía, sin efectos prácticos. Resulta sin embargo que, a través de su naturaleza imprevisible, no institucionalizada, proteica, el movimiento ha acabado determinando parte importante del debate y la acción públicas.

Quizá sea cierto que el miedo esté cambiando de bando. Sería revolucionario. No obstante, conviene ser precavidos y recordar que las clases dominantes enseguida tienen miedo, que el capital es muy asustadizo. Y no perder de vista que, para liberarse de ese miedo, las clases dominantes cuentan con las fuerzas de seguridad de cuyo empleo sistemático, con fines crecientemente autoritarios y represivos es un buen ejemplo este gobierno.

Inspirar miedo es lo que persigue esta crisis económica, hacer vivir a la población en condiciones de inseguridad e incertidumbre que susciten el miedo. Su función es propagar el miedo. Miedo igualmente lo que hay detrás del repentino monarquismo del PSOE y, por supuesto, miedo detrás de la cerrada negativa de ese partido (o quizá de su dirección) a reconocer derecho alguno de autodeterminación. Pero de eso hablará Palinuro mañana, que tiene una imagen que mola mazo.

(La imagen es una foto de robinsoncaruso, bajo licencia Creative Commons).

dilluns, 13 de maig del 2013

La tradición revolucionaria

Casi todos los análisis por ahí danzando sobre el M15M suenan a anticuados. Están hechos a partir de categorías políticas anteriores a internet, en el contexto de venerandas instituciones que vieron la luz cuando ni existía la máquina de vapor. La mayoría de ellos concluye que, si el M15M quiere ser eficaz, debe dotarse de algún estatuto orgánico y entrar en el funcionamiento de las instituciones. O, cuando menos, ha de encontrar formas de acción llamémoslas "simbióticas" con unos u otros partidos políticos, que son los que tienen la sartén por el mango. Alguno se lo plantea como reto. "Hágase partido político", le recomendaba hace días Cospedal. En resumen: si quieren ustedes conseguir algo, pasen por el aro.

Estos análisis ignoran la realidad de la forma más crasa. Desde el primer aniversario, el M15M está demostrando una eficacia rotunda. 1.400.000 firmas metieron a Ada Colau y la PAH directamente en el Congreso y las llevaron luego al Parlamento Europeo. 929.903 ciudadanos madrileños han firmado en contra de la almoneda de la sanidad pública por cabezonería e interés del neoliberalismo rampante. La marea verde ha paralizado la Ley Wert con su ataque al derecho universal a la educación y las movilizaciones cudadanas lo han hecho con el asalto eclesiástico a los derechos de las mujeres a través del piadoso ministro de Justicia. Ahora el M15M pide un escrache al sistema.  Está clarísimo: en su proteica manifestación (ajena a toda estructura orgánica) el M15M es muy eficaz y se retroalimenta a sí mismo. Nadie hablaba de escraches en la Acampadasol del año pasado.

Claro que el M15M sigue vivo y tiene un gran impacto social. De hecho, el panorama político está cambiando. Desde el punto de vista conservador, rige un principio formal: la legitimidad se obtiene habiendo ganado unas elecciones y esa legitimidad ampara toda acción del gobierno, incluso la contraria al programa con el que se ganaron esa elecciones (en el caso de Rajoy) o la que no estaba prevista en tal programa (caso Fernández-Lasquetty en Madrid).

Pero esta es una concepción de la democracia como régimen de opinión tan anticuada como los análisis antes mencionados. El triunfo electoral  ya no puede ser un cheque en blanco hasta las próximas elecciones. Estas garantizan el gobierno por consentimiento de las mayorías. Pero, por un lado, las mayorías cambian a lo largo del tiempo y, por otro, rara vez serán homogéneas. Antes no era posible detectar estas variaciones con seguridad y por eso se ignoraban. Pero ahora es posible hacerlo a través de las TICs y en tiempo real. Si hay una mayoría, habrá siempre una o varias minorías y la calidad de la democracia se mide por el trato que esas minorías reciben.

Lo que posibilita esta movilización masiva es internet. Y, si lo puede hacer la gente con sus escasos medios, más podrá hacerlo el Estado con los suyos, siempre poderosos. Lo que le falta al Estado es voluntad; justo lo que le sobra a la gente. Y por eso esta puede con todo. Se dirá que el 1.400.000 firmas de Colau o las más de novecientas mil firmas de la sanidad proceden de la difusión a través de los medios. Sin duda. Pero esa difusión mediática (política 1.0) viene ahora replicada al infinito en la red, en donde la información circula prácticamente a la velocidad de la luz, se universaliza en tiempo real y, sobre todo, permite ser administrada libremente por todos los individuos que no son solo receptores de la información sino también emisores y, desde luego, replicantes (polítca 2.0) en el ciberespacio y haciendo ciberpolítica.

El predominio de las redes y la difusión fulminante de la información permiten, a cambio, una acción real más pausada, más elaborada en los procesos asamblearios, con mayor alcance y más posibilidades de eficacia. Lo decían al comienzo, hace dos años: vamos despacio porque vamos lejos.