Hoy, a las 19:00 horas en el centro cultural Blanquerna, presento el libro de Joan Ridao, El derecho a decidir. Una salida para Cataluña y España, publicado por RBA, Barcelona. 2014. Palinuro ya publicó la reseña hace unos días gráficamente titulada el derecho a marcharse, así que lo de hoy serán variaciones sobre el mismo tema que, a su vez, son variaciones sobre el sempiterno contencioso España-Cataluña. Los españoles, maragallianos, lo ven como la difícil relación de la madre y la hija rebelde; muchos catalanes más bien como la de un matrimonio mal avenido que no se concuerda pero tampoco se decide a separarse. Bueno, el autor del libro, un intelectual catalán de ERC, si querría ver consumarse el divorcio pero muchos otros, cargados con los rosarios y los recuerdos de los abuelos, no lo tienen tan claro. Por eso.dimecres, 26 de novembre del 2014
El derecho a decidir. En libro.
Hoy, a las 19:00 horas en el centro cultural Blanquerna, presento el libro de Joan Ridao, El derecho a decidir. Una salida para Cataluña y España, publicado por RBA, Barcelona. 2014. Palinuro ya publicó la reseña hace unos días gráficamente titulada el derecho a marcharse, así que lo de hoy serán variaciones sobre el mismo tema que, a su vez, son variaciones sobre el sempiterno contencioso España-Cataluña. Los españoles, maragallianos, lo ven como la difícil relación de la madre y la hija rebelde; muchos catalanes más bien como la de un matrimonio mal avenido que no se concuerda pero tampoco se decide a separarse. Bueno, el autor del libro, un intelectual catalán de ERC, si querría ver consumarse el divorcio pero muchos otros, cargados con los rosarios y los recuerdos de los abuelos, no lo tienen tan claro. Por eso.
Cataluña y los intelectuales españoles.
El nacionalismo ha ido siempre reacio a los partidos. Estos fragmentan la voluntad del pueblo, evidentemente unitaria. Al presentar ayer Mas su plan de independencia en 18 meses, exige una lista única, de personas y no de partidos, de asociaciones cívicas. Un movimiento, vamos; un movimiento nacional. Tiene la expresión mala fama, pero no hay otra. Frente a él los votantes de partidos que, por no nacionalistas, son no nacionales. Así se podrá saber de cierto cuántos catalanes quieren la independencia y cuántos no. Y, tomando pie en ese dato, se convocará el famoso referéndum, ese que el gobierno ha prohibido con el catastrófico resultado de que se ha producido pese a todo. Y ahora enlaza con más.
En Cataluña se vive una revolución. Hasta los políticos han acabado por enterarse y hacen lo de siempre en este caso: en el PP, amenazar, prohibir, inducir al enfrentamiento; en el PSOE, gimotear por lo primitivo de las planteamientos para situarse a la vera del PP; en IU, hablar de otras cosas consideradas más importantes; en Podemos, hablar en un sentido y en su contrario casi en el mismo instante. Pero ninguno parece entender el proceso de Cataluña y no por falta de información sino por las anteojeras ideológicas que los llevan a enfrentarse todos con el nacionalismo catalán dando por supuesto que ellos no son nacionalistas españoles. Con lo cual no entienden gran cosa.
Sería de utilidad la aportación, siempre presente en nuestra sociedad mediática, de los intelectuales; especialmente de los españoles porque, por el contrario, los catalanes están muy comprometidos y activos tanto los soberanistas como los unionistas. En España, en cambio, hay un silencio llamativo, salvo algún esporádico intento de asociaciones como esa llamada Libres e iguales, de orientación muy conservadora.
Es sobre todo entre los intelectuales de izquierda, progres, liberales, críticos en donde reina un mutismo casi sepulcral. Algún artículo de uvas a peras rezongando sobre los excesos de los catalanistas y poco más. Sin embargo, es imposible no ver que la sociedad española se encuentra en la enésima repetición de su duda sobre el ser de España. Tema apasionante para los intelectuales y, sin embargo, estos lo silencian. Su compromiso los lleva a involucrarse en actividades políticas, sociales, medioambientales, de género, pero no en conflictos nacionales que cuestionen el marco general en las que las otras se dan y se llama, por nombre abreviado, España. La nación española se presupone incuestionable. A pesar de la importancia de la figura del otro en la filosofía occidental en sus diferentes formulaciones, los intelectuales españoles no le dan cabida en su reflexión. España es única, no hay otra España; o sí la hay, pero se refiere a una división distinta, tradicional, la de las dos Españas, que cruza el eje del conflicto nacional, aunque no claramente.
¿Y por qué el silencio? Como callar es cosa de cada cual, cada cual lo explicará como quiera y pueda. Está bien visto pronunciarse en contra del nacionalismo catalán. El derecho a decidir se niega de plano o, si se admite generosamente es para diluirlo en el derecho a decidir de los españoles. Los derechos de secesión e independencia ni se mencionan pues no se consideran derechos. Los intelectuales españoles son antes que nada españoles y no alcanzan a constituirse en nación precisamente porque no hay una cultura nacional, como dice un intelectual, Suso de Toro, que sí habla, pero no como español. Los intelectuales no han sabido crearla y ahora quizá sea ya demasiado tarde cuando una de las partes sí ha desarrollado una potente cultura nacional que circula por las venas de ese movimiento popular y la otra no.
¡Ah, los intelectuales! En un momento crucial de su país, con el Reino a punto de partirse y romper una tradición de quinientos años, con un nombre, España, que deberá buscar una nueva justificación, ¿en dónde están?
Ubi sunt?
Where are all the flowers gone?
Carta abierta a Mariano Rajoy sobre la independencia de Cataluña.

Señor presidente. Le escribo esta carta decepcionado y desanimado de que incluso llegue a leerla, pues no se publicará en el Marca. Y, aunque la lea, tampoco es seguro que la entienda al estar escrita en su letra; de su puño y letra. Porque versa sobre la independencia de Cataluña, una posibilidad convertida en probabilidad tangible tras el discurso de ayer del presidente Mas y algo de lo que es usted directo y último responsable, aunque no lo sea solo. Otros llevan también el peso de esa trágica carga que es la ruptura de España.
Hicieron los suyos una guerra civil para evitarla. La ganaron y gobernaron luego el país dictatorialmente, sin dejar hablar a nadie, materializando sus obsesiones. Una de ellas, evitar la ruptura del país. Varias veces ha dicho usted que, mientras sea presidente del gobierno, España no se romperá. Sin embargo, todas sus medidas, sus pronunciamientos, sus declaraciones en lo tocante a Cataluña han estado teñidas de catalanofobia y han parecido provocaciones con ánimo de buscar el enfrentamiento no de tender puentes y dialogar. Le acompañan y jalean muchos en este lamentable intento; pero el último responsable es usted.
Comenzó ya en la oposición recogiendo cuatro millones de firmas contra el Estatuto reformado de 2006, bajo la consigna écheme aquí una firmita contra los catalanes; siguió recurriéndolo ante el Tribunal Constitucional; se mantuvo insultando la famosa diada de 2012, con su millón y medio de asistentes, llamándola algarabía; intensificó su hostilidad y desprecio afirmando que la consulta del 9N, con sus 2,2 millones de votantes, era un festival carente de efectos jurídicos; y ha coronado su deplorable actitud yendo próximamente a Barcelona a un acto de su partido y negándose a hablar con el presidente Mas, representante máximo del Estado en Cataluña, cosa de esperar pues su actitud ha sido una negativa cerrada a toda forma de diálogo.
Ya tiene usted sobre la mesa la respuesta de Mas y la Generalitat a su último desplante: convocatoria de elecciones anticipadas nacionales, declaración unilateral de independencia a 18 meses vista. Su fracaso es clamoroso. Ha pasado usted de la incapacidad a la irrelevancia. Si pudo evitar la consulta del 9N por varios medios, desde los negociados y pacíficos a los coactivos, sin ser capaz de hacerlo, excuso decirle con estas elecciones anticipadas que caen fuera de sus competencias. Aquella consulta se celebró, aunque usted la tenga por una rapa das bestas y estas elecciones se celebrarán con todas las garantías democráticas del mundo. Lo que venga después, quizá lo sepan los dioses.
Señor mío: ¿no se da cuenta de lo que ha hecho? Nos ha dejado sin país por zote. Muchos soberanistas catalanes manifiestan que su marcha no es voluntaria sino como resultado de sentirse expulsados. Y eso es cosa suya señor presidente, que ha gobernado España contra Cataluña, dicen que por razones electoralistas. Sin duda, pero no solo por ellas. También por su profunda, intolerante, convicción de que no hay más España que la que la cabe a usted en la cabeza. Todo lo demás debe ser ignorado, sofocado, ocultado, reprimido y, si llega el caso, extirpado. Es la tradición autoritaria de la derecha española. La del recurso al ejército. Dice este hoy, sin embargo que, aunque las fuerzas armadas están al servicio del gobierno, la cuestión catalana no se arreglará por lo militar. Debe ser por lo político. Es decir, imposible; porque usted, de política, no sabe nada.
Tiene usted ante sí una crisis nacional, acoplada con la económica que tampoco ha sido capaz de resolver. Con el añadido de unas prácticas presuntamente delictivas y mafiosas que deslegitiman su acción de gobierno, pintorescamente empeñado en abanderar una ola de regeneración y contra la corrupción de la que es principal responsable político.
Por supuesto, no hay nada que hacer. Según el ridículo chundarata de propaganda en que han convertido ustedes los auduovisuales públicos, el país sale rumbosamente adelante aunque algunos lo nieguen. El bono se financia a menos del 2%. Fin de la cita.
Es lamentable que aún no se haya ido usted y continúe haciendo como que gobierna, solo para que los de Pontevedra sepan quién es su vecino.
(La imagen es una foto de La Moncloa en el dominio público).
dimarts, 25 de novembre del 2014
La palinodia del PSOE.

Tarde, mal y a rastras. Sin duda tiene sus bemoles que el PSOE anuncie la voluntad de reformar la reforma del 135, o sea, de dejarlo como estaba antes de la lamentable decisión de Zapatero en 2011, de volver a la situación anterior, de revocarse a sí mismo. Sánchez sostiene que fue un error. Es caritativo en el término porque él apoyó ese "error" en 2011 cuando otros compañeros suyos, ciertamente pocos, se opusieron. Fue más que un "error"; fue una felonía. Si Zapatero no tenía fuerza o convicción suficiente para oponerse en su momento a las presiones alemanas, debió dimitir o someter a referéndum la reforma. Quizá hubiera bastado con explicar a los alemanes que reformar la Constitución no es lo mismo en España que en Alemania en donde, se ha reformado casi sesenta veces en 65 años. Pero para ello haría falta caer en la cuenta.
Era más fácil doblegarse y presentarlo como un asunto de Estado de los intereses-generales-por-encima-de-los-de-mi-partido, bla, bla. Ahí es donde está la felonía. El interés de tu partido y tus votantes es preservar el Estado del bienestar; no destruirlo. Exactamente lo que ha pasado al amparo de la reforma del 135, el primer y único acuerdo con el gobierno socialista a que llegó a la velocidad del rayo un PP entonces en una oposición sin cuartel. En una noche de verano ambos partidos dinásticos decidieron la única reforma de la Constitución no de mero trámite que se ha despachado. Con nocturnidad y alevosía. No, no fue un error.
Aun así, ¿por qué se anuncia por fin que se revocará la reforma? Por instinto de supervivencia. Los últimos sondeos, en Cataluña, en Madrid, en Navarra meten el diablo en el cuerpo socialista. El partido baja a tercera posición, pasa a convertirse en “partido bisagra”, reducido a tan lamentable condición por otro que ha fagocitado a IU y absorbe como un sifón un amplio abanico de izquierda socialdemócrata, de profesionales, cuadros medios y hasta obreros. Ya ni las encuestas propias los tranquilizan.
De ahí viene la palinodia. No, es de temer, de una revisión más profunda. De la necesidad de sobrevivir en un ambiente electoral muy negativo, incluso hostil. El PSOE se dejó atrapar en exceso en su condición de partido dinástico y fuertemente atacado del virus de la corrupción allí donde, como en Andalucia, llevaba lustros gobernando. Cuando la crisis y el gobierno depredador de la derecha suscitaron respuestas contrarias más y más generalizadas, mareas, movimientos ciudadanos, 15ms y, por último, Podemos, el PSOE quedó aislado, encadenado en la defensa de instituciones como la Monarquía también cuestionadas. Ha tardado, pero parece haberse dado cuenta a fuerza de sondeos de que tiene que reaccionar como sea por la izquierda. De ahí la contrarreforma del 135.
Pero ¿basta ya con eso? Desde la felonía de 2011, el PSOE tiene nulo crédito. Carece de respuesta a la pregunta de que, si tan federal es el fondo de su espíritu, ¿por qué no lo ha mostrado jamás en casi veinte años de gobierno? Solo la saca cuando la situación en Cataluña ha dado ya un giro casi más copernicano aun que el de Podemos en el panorama español.
Quizá no sea suficiente. El PSOE propone una reforma de la Constitución. Ese es el punto fuerte de una posición que quiere articularse como un centro entre el inmovilismo de la derecha y el aventurerismo de la izquierda. Precisamente Garzón, Monedero e Iceta acaban de pedir un proceso constituyente. El asunto vendría de perlas al PSOE en su intento de cristalizar como centro, de no ser porque Iceta es precisamente el hombre del PSOE en Cataluña, lo cual da pie a la cómica situación en que un partido tiene dos voluntades: una, la mayoritaria, quiere una reforma constitucional y otra, la minoritaria, un proceso constituyente. Pero esa minoritaria es esencial en las posibilidades de la mayoritaria de ser alguien en la política del Estado.
Propugnar una reforma constitucional en contra del partido con el que realizó la última y de los que se han sentido dañados por ella y a ella se opusieron y se oponen, es una apuesta que, queriendo ser moderada y centrista, es en el fondo tan rígida, radical y de todo o nada como aquells. Solo puede ponerse en práctica mediante mayoría absoluta. Igual que las otras.
La cuestión es si la palinodia actual se convierte en un peán de victoria o un gorigori de difuntos. Es el quid de la política: blanco o negro. Los grises vienen después de la batalla.
Adelanta la marca España.

¿Quién lo hubiera dicho veinte, treinta años antes, cuando la marca España tenía personificaciones heredadas de los bufones de los Austrias o la corte de la Reina Castiza? La marca era entonces Puerto Hurraco, el Palmar de Troya, la Virgen del Escorial, los kikos, el Lute y el Dioni. Por no citar sino a los más sonados. Andrajos, miseria, alucinaciones, santerías, sectarismo, banderías. Nada que ver con Europa.
Ahora, sin embargo, estamos por fin a altura europea. Ese barbilampiño querubín de trasparente mirada es una especie de alienígena pasado por una película de Kubrick. Sucede a veces en las colectividades y tribus muy definidas. Es el caso de los albinos entre los bantúes o los nubas, por ejemplo. Parecen venidos del ultraespacio. Este pequeño Nicolás acaba de materializarse de la nada, quizá enviado por alguna potencia de otra galaxia, capaz de cambiarle su angelical figura por la de un ratón, como en los cuentos de Andersen. La incredulidad y el pasmo general en la Gran Nación que acostumbraba a ser la novena potencia industrial del planeta inclinan a pensar más en un espíritu batueco que en el de una opinión pública madura, razonadora y crítica. Ver a los periodistas pellizcarse al escuchar las respuestas del pequeño gran facilitador da verdadera risa.
El problema es que hay testimonios gráficos irrefutables. Son imágenes que admitirán luego leyendas diversas pero todas tienen un elemento común: el alienígena ha estado y hablado con los personajes con los que dice haber estado y hablado. O sea, ministros, alcaldes, autoridades de varios rangos, instituciones como la FAES o el CNI y puede que hasta la vicepresidencia del gobierno.
Y ¿de qué? Eso es lo de menos ahora. El hecho es que hablaban. Tratándose de otras gentes, ello resultaría maravilloso pero, si se recuerda que son personas que también hablan con Vírgenes, les hacen encargos y las condecoran, no se ve por qué no verían en el pequeño Nicolás a un mensajero de nuestra Señora, un san Rafael enviado por whatsapp.
Parar el 9N sostiene petit Nicolas que le había encargado vicepresidencia. Lo peor de esto no es el patético desconocimiento que revela sobre el 9N, considerado como una especie de día del chacal. Lo peor es que el encargo puede haberse hecho. Con estos gobernantes es verosímil.
dilluns, 24 de novembre del 2014
La conferencia de Íñigo Errejón en el máster de la UNED.
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Según lo prometido, aquí está la magnífica conferencia que pronunció Íñigo Errejón el viernes pasado en la inauguración del máster de Comunicación Política en nuestro departamento de la UNED. A mi modesto entender es muy interesante y está repleto de claves para entender el discurso de Podemos que tan desorientado (y cabreado) tiene al mandarinato oficial y al de la sedicente oposición.
Hoy mismo se sabe que, según un nuevo sondeo de Sigma Dos para "El Mundo" Podemos ganaría las elecciones generales si se convocaran hoy. Juzguen ustedes si lo merece o no.
Hoy mismo se sabe que, según un nuevo sondeo de Sigma Dos para "El Mundo" Podemos ganaría las elecciones generales si se convocaran hoy. Juzguen ustedes si lo merece o no.
De mayo a mayo, la izquierda.

Las elecciones europeas de mayo pasado fueron un terremoto. El anquilosado sistema político español sufrió tremenda sacudida, sobre todo la izquierda. Un partido surgido de la nada dejaba atrás lo que no fuera el bipartidismo y colocaba cinco diputados en Bruselas, respaldados por 1.250.000 votos. ¿De dónde salieron estos? Andan los especialistas rastreando sus orígenes, que parecen ser variados. Pero algo es claro: traducen un creciente sentimiento colectivo de hartazgo con el sistema porque han confluido en el partido que propugna acabar con él sin más. Y seguramente muchos de ellos vienen de la abstención, a la que quizá se hayan ido otros tantos de los votantes de partidos tradicionales.
Lo sabe todo el mundo. En mayo se inició a la fuerza un nuevo ciclo de la política española. Uno que tendrá en mayo de 2015 su primera prueba de fuego. A ver cómo fragua en las municipales y autonómicas que, a su vez, servirán para fijar la estrategia en las generales de noviembre, las importantes. Entre tanto se producen sobresaltos en todos los partidos de la izquierda en sentido amplio, que son las más directamente afectados por Podemos. Hay renovaciones personales más o menos dramáticas, relevos generacionales, reestructuraciones, reorientaciones. Se trata de llegar a mayo de 2015 recuperando el electorado perdido y ganando para la causa esa inmensa bolsa de decepción y desafección, ese 80% que, según el último barómetro del CIS, juzga la situación política mala o muy mala, ese 86% que confía poco o nada en Mariano Rajoy o ese 77% en el caso de Pedro Sánchez, quien ha remontado el realmente catastrófico 89,9% con el que coronó su mandato Rubalcaba.
Y eso, ¿cómo se hace? Con discursos. Hay que armar discursos nuevos para abordar una situación nueva con un interlocutor nuevo, muy seguro, muy hábil y muy peligroso porque juega en nuestro campo. El PSOE, teniendo bien asentada su credencial dinástica, apunta a formulaciones más de izquierda y factibles, para lo cual pone en manos de expertos la confección del programa y toca a rebato por la izquierda con una fórmula mixta: Sánchez quiere liderar la renovación del pacto de 1978, dice en Twitter, que es donde se dicen hoy las verdades. Fórmula del estilo lampedusiano que, en realidad, es una mala imitación del epigrama de Jean Baptiste Alphonse Karr, plus ça change, plus c'est la même chose. Muy bien. Volverá Palinuro sobre el asunto. Lo interesante ahora es la dialéctica en la otra izquierda, IU y Podemos. Dialéctica heracliteana y oscura por cuanto Podemos se zafa del carné de la izquierda.
El discurso por armar de IU es especialmente difícil. El rechazo de Podemos a la convergencia la obliga a mantener la trinchera y atacar, pero sin perder el espíritu fraterno. No compartimos barricada pero no nos ataquemos, pues somos hermanos. Por eso no cabe dejar la articulación del discurso al dolido Cayo Lara, quien respira por la herida de su repentino apartamiento al museo de la historia asegurando que Podemos se hará de centro. Es un futurible de cascarrabias y un golpe bajo. Por fortuna, el encargado de elaborar discurso de IU es Alberto Garzón y la entrevista de eldiario.es es de muy recomendable lectura. Tiene mucho interés, es seria, profunda, matizada y muy completa. Un discurso muy acabado. Enfrente encuentra, sin embargo, un interlocutor temible por ser de la misma casta (dicho sea bajo la autoridad del DRAE), pero rebelada contra el padre, en una especie de relación edípica. Blandir la etiqueta de izquierda sirve de poco con unas gentes que la cuestionan. Pero, curiosamente, sirve examinar un conflicto más profundo, no en el orden nominal sino en el real: la común herencia marxista y leninista. Los de Podemos no se dejarán etiquetar en público de leninistas pero, de puertas para dentro, están convencidos de interpretar mejor a Lenin que los adocenados comunistas y poscomunistas de IU que, hasta ahora, no han hecho más que perder elecciones. De lo que se trata es de comprender la situación concreta para conseguir el poder. ¿Cómo? Ganando las elecciones. Justo lo que IU no hace. De ahí el Edipo.
Horrible pragmatismo, se escandaliza IU. No se aclaran los principios, se mantiene la ambigüedad en asuntos cruciales, no se conocen los verdaderos objetivos, ni las medidas, ni... ¿A santo de que invoca Iglesias el sacrosanto lábaro anguitiano de programa, programa, programa si no solamente carece de uno sino que se niega a tenerlo para no comprometerse? Además, razona prudente Garzón, se cometen errores garrafales como renunciar a concurrir a las municipales y hacerlo a las autonómicas pero sin convergencia. Quizá sea un error, nunca se sabe, pero ¿para quién? Podemos cuenta con desplazar a IU; IU no cuenta con desplazar a Podemos. Haga Garzón una prueba: pida a Podemos que, pues no se presenta a las municipales, sugiera a sus votantes que elijan listas de IU. A ver qué pasa.
No concurrir a las municipales es astuta decisión de Podemos. Carece de estructura para integrar la miriada de variantes de los 8.000 ayuntamientos y no cabe destinar a minucias recursos imprescindibles en otra estrategia. Incluso la comparecencia a las autonómicas puede ponerse en cuestión. Varias CCAA son auténticos focos de corrupción y también necesitarán de una atención que se quiere monopolizar y dirigir como una flecha hacia el verdadero objetivo: el gobierno. El Poder. A ese objetivo se supedita todo lo demás. La reciente estructuración jerárquica y monolítica de una organización que asegura ser medio partido, medio movimiento va hacia lo mismo. La dosificación de la exposición mediática, igual. El objetivo es el Poder y no quieren entretenerse en escaramuzas. Y menos quieren arriesgarse a perder las elecciones por aparecer de la mano de la izquierda perdedora clásica.
Esta gimotea al paso del carro de la historia porque se reconozcan sus méritos de luchas pasadas, sus trienios, su tradición, su compromiso. Así se esfuma la gloria del mundo. También maldice a los dioses al ver cómo un puñado de advenedizos le roba el programa y lo vende con éxito como propio, queja que contradice la acusación a Podemos de carecer de programa.
Lo cual demuestra que eso de "programa, programa, programa" no pasa de ser una jaculatoria califal. Pura retórica huera.
Esta gimotea al paso del carro de la historia porque se reconozcan sus méritos de luchas pasadas, sus trienios, su tradición, su compromiso. Así se esfuma la gloria del mundo. También maldice a los dioses al ver cómo un puñado de advenedizos le roba el programa y lo vende con éxito como propio, queja que contradice la acusación a Podemos de carecer de programa.
Lo cual demuestra que eso de "programa, programa, programa" no pasa de ser una jaculatoria califal. Pura retórica huera.
El nacionalismo español vergonzante

Ricardo Fernández Aguilá (2014) Un Fernández entre banderas. Cuando ser catalán y español es una apuesta posible. Barcelona: Península. (182 págs.).
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Es casi una ley social. En todo conflicto polarizado hay mayorías que huyen de los extremos y se agolpan en un centro acogedor, que no se adhieren a ninguno de los extremos ni lo rechazan, que pretenden integrarlos, aunque sean excluyentes, tomando algo del uno y del otro para hacer un gazpacho centrista en el que sentirse cómodas. Tienen también sus teóricos, los del justo medio de la virtud aristotélica frente a los "vicios" de los extremos, que defienden bravamente esta posición ante a los ataques de la intransigencia extremista, como en los ejercicios de lógica escolástica en los que hay que elegir entre dos opciones porque las terceras están excluidas.
De esta forma se justifica la aurea mediocritas frente a las atribuladas ambiciones y vanidades del mundo y se vive cómodamente, sin tener que tomar partido, que siempre es incómodo, sobre todo porque puedes equivocarte y pronunciarte por el perdedor. Aquellos teóricos fabrican el relato y el héroe de estas supuestas mayorías moderadas, acomodaticias, centristas. Es la figura del ciudadano anónimo, del hombre de la calle, el protagonista del famoso panfleto de W. Reich, Listen, little man, el hombre del montón, la figura anodina en la que nadie repara pero que, constituida en masa, tiene todos los derechos y es... soberana. Por supuesto, acaece siempre, también casi como ley social que, cuando la polarización escala hasta el conflicto abierto, esas masas de hombrecillos, esas "mayorías silenciosas", se escoran de golpe a favor de uno de los bandos y se convierten en muchedumbres de fanáticos, capaces de las mayores atrocidades si cuentan con un líder que las motive; y de la moderación y el centrismo, como del Templo de Jerusalén, no queda piedra sobre piedra.
El libro de Fernández Aguilá está escrito en ese espíritu del hombre del traje gris, anodino (su portada es ya una clave; carece de rostro), perplejo entre opciones antagónicas ante las que se quiere equidistante, entre el nacionalismo catalán y el español. Ambos luchan por su corazón que se resiste a dividirse. ¿Por qué hay que elegir? ¿No puede uno ser, sentirse, catalán y español al mismo tiempo? ¿No hay lugar para la doble identidad? Es un libro de queja, de agravio resignado de un español/catalán que se siente maltratado, zarandeado injustamente por español entre catalanes y por catalán entre españoles, y aboga por el entendimiento.
Su origen inmediato es más bien tristón. Siendo catalán y apellidándose Fernández, el autor estaba acostumbrado a oírse llamar "Fernandes", como si fuera portugués. Pero las cosas parecen haber llegado a un punto en el que hasta este Fernandes don Nadie se siente obligado a tomar la pluma y salir en defensa de su identidad "mestiza" y su derecho a vivir tranquilo en una sociedad plural. Toda una hazaña. Cuando la ha terminado, en agosto de 2013, tiene unas ochenta páginas que no le dan para publicar un libro en serio pero sí una especie de panfleto que hace llegar a José Antonio Zarzalejos, uno de esos teóricos de la mezcla, el arreglo y la conllevancia. Será este quien le anime a escribir una segunda parte (más que nada por dar algo de empaque a la obra) y le pone un sucinto prólogo alabándola cuando esta se termina en marzo de 2014. Digo alabándola porque, en el fondo, responde al programa definido en favor de una partes del conflicto, el nacionalismo español, so pretexto de no inclinarse por ninguna.
Porque, de centrismo y equidistancia, nada, aunque se predique hasta la saciedad. Este infeliz Fernandes con su alma desgarrada, cuenta sus aventuras en dos tandas de capítulos deshilvanados en los que se mezclan anécdotas, experiencias personales, reflexiones más o menos interesantes y bastante doctrina disfrazada de temperancia. Su Leitmotiv es la desazón ante una realidad social polarizada en la que todo conspira para hacer inviable su beatífico deseo de que convivan pacíficamente dos comunidades nacionales sin amargarle el pastel.
Sin embargo, su relato tiene dos feos defectos semiocultos que lo invalidan y lo hacen aparecer como lo que en el fondo es, una apología de la Cataluña española. De un lado, aunque somete a crítica algunos excesos del nacionalismo catalán, son los menos, los menores y de carácter más genérico, como esa queja (que se encuentra en todas las diatribas nacionalespañolas) sobre el uso de la expresión el Estado español (p. 37), mientras que los más, los mayores y, sobre todo, los que él experimenta en sus propias carnes, son los desplantes del nacionalismo español frente a lo catalán. En segundo lugar, si bien su visión de Cataluña acentúa la problemática de la falta de entendimiento del otro y su recurso al agravio permanente y el victimismo, la que ofrece luego de España en su segunda parte, hace hincapié en la comprensión de los españoles, su desconocimiento del enfado catalán, su indiferencia y su asombro: ¿qué les pasa a estos catalanes? (p. 139).
Aquí no hay equidistancia ninguna, ni juste milieu, ni fair play ni nada que se le parezca. Lo que hay es un intento lacrimógeno de vender como aceptable una situación que no lo es por cuanto en la confrontación entre dos naciones, una es poderosa porque tiene un Estado y la otra no porque no lo tiene y ha de aceptar las condiciones que la otra dicte, que las dicta, aunque el autor crea que son tan naturales como el agua de las fuentes. En esa situación entre el poder y la falta de poder, toda equidistancia es prestidigitación, todo juste milieu, falsedad al servicio del poderoso, y el libro del anodino Fernandes, un escrito de propaganda a favor del nacionalismo español. Por eso le ha puesto el prólogo Zarzalejos.
Palinuro también cree que ser catalán y español es posible. Pero no así, sino reconociendo a los catalanes sus derechos, entre ellos el de la autodeterminación y la independencia.
Sin embargo, su relato tiene dos feos defectos semiocultos que lo invalidan y lo hacen aparecer como lo que en el fondo es, una apología de la Cataluña española. De un lado, aunque somete a crítica algunos excesos del nacionalismo catalán, son los menos, los menores y de carácter más genérico, como esa queja (que se encuentra en todas las diatribas nacionalespañolas) sobre el uso de la expresión el Estado español (p. 37), mientras que los más, los mayores y, sobre todo, los que él experimenta en sus propias carnes, son los desplantes del nacionalismo español frente a lo catalán. En segundo lugar, si bien su visión de Cataluña acentúa la problemática de la falta de entendimiento del otro y su recurso al agravio permanente y el victimismo, la que ofrece luego de España en su segunda parte, hace hincapié en la comprensión de los españoles, su desconocimiento del enfado catalán, su indiferencia y su asombro: ¿qué les pasa a estos catalanes? (p. 139).
Aquí no hay equidistancia ninguna, ni juste milieu, ni fair play ni nada que se le parezca. Lo que hay es un intento lacrimógeno de vender como aceptable una situación que no lo es por cuanto en la confrontación entre dos naciones, una es poderosa porque tiene un Estado y la otra no porque no lo tiene y ha de aceptar las condiciones que la otra dicte, que las dicta, aunque el autor crea que son tan naturales como el agua de las fuentes. En esa situación entre el poder y la falta de poder, toda equidistancia es prestidigitación, todo juste milieu, falsedad al servicio del poderoso, y el libro del anodino Fernandes, un escrito de propaganda a favor del nacionalismo español. Por eso le ha puesto el prólogo Zarzalejos.
Palinuro también cree que ser catalán y español es posible. Pero no así, sino reconociendo a los catalanes sus derechos, entre ellos el de la autodeterminación y la independencia.
diumenge, 23 de novembre del 2014
Las dos Españas.

Lo dejó dicho Larra en un artículo títulado Día de Difuntos de 1836. Fígaro en el cementerio, cuando aún no se sabía que ese día en realidad era Halloween. Hablando de los Ministerios se topaba Fígaro con el famoso epitafio aquí yace media España; murió de la otra media. Las dos Españas. Ahí siguen, como siempre, ignorándose y odiándose al mismo tiempo, como si los siglos no pasaran. Una España trágica, trascendental, bronca, agónica, cruel y temeraria, y otra bufa, esperpéntica, absurda, zafia, empingorotada y servil. Residen en el mismo país, comentan los mismos hechos, hasta hablan entre sí, viven la mima realidad, pero la entienden de forma distinta. Cada una de ellas tiene su propio mundo dos popperiano. Uno es negro con toques cárdenos y el otro amarillo con toques rosa.
En la España trágica, una anciana de 85 años se queda sin vivienda por haber avalado a su hijo por 40.000 euros con una pensión de menos de 400. Solo una madre puede hacer eso. Y solo una sociedad desalmada y unas autoridades inhumanas pueden consentir que la desahucien. Las mismas que en la España servil son capaces de recaudar dinero y hacer campaña para que una delincuente no entre en la cárcel. La España bufa ve bien que la estafen y vitorea a los estafadores.
En la España trascendental se viven la angustias de la secesión catalana como un amargo conflicto en el que se juegan asuntos de identidad colectiva. En la España bufa se llama a plató a Mariló Montero en hora de máxima audiencia para explicar sus sorprendentes apotegmas. Es el momento de preguntarle por Cataluña. Seguramente dirá que de eso lo sabe todo porque lleva un nombre catalán, Mariló, tan catalán como Castelló, Aguiló o Barceló.
En la España bronca, ultramontana, la derecha lleva mal la blandenguería del gobierno con los sediciosos catalanes y las añoranzas de Franco prenden entre quienes siempre le tributaron lealtad. Hay que españolizar a los niños catalanes, recristianizar España. En la España zafia, Kiko Rivera, el hijo víctima inocente del atropello cometido con Isabel Pantoja, asegura odio este país. Si una madre hace lo que sea por un hijo, un hijo por una madre puede llegar a odiar el país, lo que seguramente no le traerá un desahucio.
En la España agónica se viven los sobresaltos de la izquierda con inquietud. IU está en capilla, a punto de convertirse en aliado confederal de Podemos como aquellas coaliciones de democristianos y liberales con conservadores al comienzo de la transición en lo que se llamaba los "partidos taxi". Izquierda Anticapitalista se disuelve como partido y renace cual Ave Fénix como "corriente"; el partido ahora irá por dentro. El exoesqueleto se convertirá en endoesqueleto. En la España empingorotada muere Cayetana de Alba y los medios resaltan su carácter rebelde, incluso revolucionario, casi una duquesa roja. Ahí está la izquierda socialista estilo Guerra valorando en la finada su libertad, su originalidad y su ponerse el mundo por montera. De monteras sabía mucho la dama pues era aficionada al toreo y al conjunto del floklore andaluz, amiga de tonadilleras y bailaoras. Popular por un tubo. O sea, de izquierdas.
En la España temeraria aparece Podemos como propuesta radical casi surgida de la nada y con un proyecto que muchos consideran un salto en el vacío. Los medios tienen bajo la lupa todos los aspectos de la formación, los comportamientos, los juicios, las propuestas, todo. En la España esperpéntica aparece el pequeño Nicolás quien, con su plácido rostro de roedor picarón, afirma haber tenido en sus manos asuntos de esos que las burocracias gustan de etiquetar como "muy sensibles" o "clasificados" o "top secret". Parar el 9N, nada menos, había encargado la vicepresidencia del gobierno al pequeño Nick, según este. ¿Por qué no? Desde el momento en que se impetra la intervención de la Virgen del Rocio para el desempleo, la Almudena contra el paro, el Pilar por la defensa de España, ponerse en manos del temerario Nicolasillo es un desvarío más.
En la España cruel, el clero vuelve a la carga con el aborto. Ya están los antiabortistas dispuestos a tomar las calles por el derecho a la vida una vez concebida y hasta el momento del nacimiento; pero ni un minuto más. De eso ya se ocupa en la España absurda la alcaldesa de Madrid, Ana Botella, quien encabeza la manifestación antiaborto con el mismo aplomo con que hace y dice el resto de las necedades que festonan su existencia. Hay que recordar al felón Rajoy su promesa incumplida. Pues tendrán que especificársela porque ha incumplido tantas que ya ni se acuerda.
Realmente, lo único que aún mantiene en contacto a las dos Españas es el fútbol. Palinuro está dispuesto a hacer una excepción en su reglamento libre de fútbol a favor del Rayo Vallekano que pagará el alquiler de la mujer desahuciada. Quizá no sean muy buenos futbolistas, pero son excelentes personas. De lo que no hay, vamos.
El derecho a marcharse.

Joan Ridao (2014) El derecho a decidir. Una salida para Cataluña y España. Barcelona: RBA. (188 págs.).
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El autor del libro, Joan Ridao i Martín, me ha hecho el inmerecido honor de pedirme que presente su libro este próximo miércolas, 26 de noviembre, en el centre cultural Blanquerna en Alcalá 44, en Madrid. Por mi cuenta he decidido que esta reseña tenga el valor de un guión.
Joan Ridao es una autoridad teórica y práctica en el tema de este ensayo: profesor de derecho constitucional de la Universidad de Barcelona y de la Universitat Oberta de Catalunya es también miembro del Consejo de Garantías Estatutarias de Cataluña y fue ponente del Estatuto de 2006, el que el Tribunal Constitucional español, con gran tacto y diplomacia dejó desplumado como un pollo. En cuanto a la actividad política, Ridao fue diputado en el Parlamento catalán y en el Congreso de los Diputados por Esquerra Republicana de Catalunya, en la que ocupó el cargo de secretario general entre 2008 y 2011. O sea, que sabe de lo que habla y habla bien, aunque a veces se ponga algo profesoral y otras se enrede en distingos y matices de los que tanto gustan los letrados de instituciones.
Un pequeño comentario sobre el subtítulo que tiene su carga de ironía: salida para Cataluña y España es deliberadamente anfibológico pues el término salida no puede tener el mismo significado para una y otra entidad territorial. "Salida para Cataluña" puede y debe entenderse en el sentido inmediato en que se rotulan como "salida" las puertas que dan a la calle; pero, para España, no puede entenderse del mismo modo sino en el metafórico de que se trate de una "salida" al modo en que se dice que hay una "salida" a un lío, un problema, una situación complicada.
Lío, problema, situación complicada, la del contencioso entre el principado y el Estado. No pierde mucho tiempo el autor con los antecedentes que condensa en dos primeros capítulos sobre "El porqué de Cataluña" I y II, demostrando que, a pesar de los esfuerzos, ha sido imposible encontrar un encaje de Cataluña en el Estado, cosa que culminó con la sentencia del TC por la que este emasculó el Estatuto de 2010. No obstante, Ridao que ante todo es un jurista con un respeto casi reverencial por el contenido y la letra de la ley positiva, sostiene que dicha sentencia abre "la posibilidad de una 'interpretación constitucional' del 'derecho a decidir' que lo entiende como una 'aspiración política a la que se llegue mediante un proceso ajustado a la legalidad constitucional', que debe respetar los principios de 'legitimidad democrática', 'pluralismo' y 'legalidad'" (p. 43).
Se apunta aquí lo que, a juicio de Palinuro es el tema contrapuntístico que caracteriza todo este interesante libro: el punto es una incesante escudriñar los textos legales y jurisprudenciales en busca de los intersticios que permitan proceder a materializar el derecho a decidir, la consulta, un hipotético referéndum, el derecho de secesión y hasta la declaración unilateral de independencia (DUI), con muy entecos resultados. El contrapunto, una conclusión que se reitera una y otra vez acerca de que, en el fondo, la cuestión no es tanto jurídica como política, que no tiene solución en el campo del derecho positivo sino, en todo caso, en el del derecho natural y, por descontado, en el de la acción política que invoque el poder constituyente que anida en cada nación de modo iusnatural, como viene a reconocer ya al final de la obra cuando sentencia que: "En una sociedad democrática no es la Ley la que determina la voluntad de los ciudadanos, sino que la legalidad es la que se crea y modifica a partir de la voluntad ciudadana" (p. 158).
A partir del tercer capítulo, el libro de Ridao es una minuciosa búsqueda de las formas en que pueda manifestarse y hacerse real el derecho a decidir de los catalanes que, para él, es algo incuestionable. Se abre la pesquisa con unas consideraciones generales sobre el referéndum como teoría y práctica y se concluye el excurso con unas atinadas y algo amargas reflexiones sobre las limitaciones de los referéndums en España que son escasos, mal regulados y prohibitivos de hecho. Nada, supone el autor, costaría modificar la Lay Orgánica Modificadora de las distintas Modalidades de Referéndum" de 1980, para dar cabida al tipo de consulta que hiciera realidad el derecho a decidir. Pero no hay voluntad de hacerlo. Suena de nuevo el motivo contrapuntístico "cuando existe voluntad política, las leyes no constituyen un obstáculo" (p. 70). Desde luego y, dado que el autor no lo hace, corono yo la conclusión, pero habitualmente se usan como eso, como obstáculos políticos, sobre todo en el caso catalán.
Frustrada la vía referendaria, dedica Ridao otros dos capítulos a desmenuzar la relación entre la UE, de cuya naturaleza se ocupa en uno de ellos, y el derecho de secesión, cosa que ha afectado a algún Estado comunitario ocasionalmente (Dinamarca /Groenlandia) y bastantes más exteriores, como los países bálticos o la antigua Yugoslavia. Por mucho que se quieran extraer criterios o normas vuelve a imponerse la práctica de que "al final se han adoptado posturas de gran pragmatismo para dar plena efectividad a los procesos de secesión acaecidos" (p. 118). Esta conclusión ha de entenderse útil para el caso español, a los efectos de dejar constancia de que la amenaza de una Cataluña independiente forzada a mantenerse décadas fuera de la UE "no tiene el respaldo de ningún argumento jurídico" (p. 127).
Consagra Ridao la última parte del libro a explorar las vías de hecho, no sin insistir en buscarles encaje jurídico. Así, ampara el derecho de secesión en la celebérrima ruling de la Corte Suprema del Canadá en el caso quebequés, que llevaría una evolución del derecho de autodeterminación al derecho a la secesión (p. 137), pero no puede ignorar que la opinión consultiva del citado tribunal, en realidad, consiste en legitimar jurídicamente una situación de hecho: la reiterada, persistente, democrática, voluntad de muchos quebequeses de separarse del Canadá. Como los catalanes de España.
Un capítulo dedicado a examinar las distintas DUIs que se dieron en los 90 en los países bálticos y la antigua Yugoslavia en mitad de unas relaciones internacionales tormentosas, preparan el camino para la consideración de una hipotética secesión catalana que, llegado el caso, podría culminar en una DUI que el autor considera legítima en el caso de que el gobierno central respondiese con una situación de bloqueo (p. 161).
En resumen, un buen estudio sobre el problema más acuciante a que se enfrentan hoy España y Cataluña.
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