dissabte, 23 d’agost del 2008

Las alcaldadas en España.

Es indignante. Fíjense qué noticia: Los ayuntamientos hacen oídos sordos ante el problema del ruido. Los barandas no presentan en el Ministerio de Medio Ambiente los informes que se supone tienen que presentar por mandato de la normativa europea. Seis de dieciocho ayuntamientos de grandes aglomeraciones ha presentado la mitad de los papeles, a falta de la otra mitad.

Es una prueba más de la carencia de conciencia edilicia acerca del ruido. El país sigue siendo territorio de mesnaderos y labrantines, ahora reciclados en moteros y discotequines que se "realizan" armando ruido. Y ello con la connivencia cuando no activa colaboración de las autoridades municipales a quienes la tranquilidad y el descanso de la mayoría de residentes en su municipio importa una higa. Hasta parecen sus enemigos jurados. El viejo concepto de "alcaldada" no se refiere sólo a un comportamiento proactivo sino que también es aplicable a la clamorosa falta de cumplimiento de los deberes inherentes al cargo. No afecta solamente a aquella situación en que un alcalde rebuzna sino a aquella en que no hace nada para impedir los molestos rebuznos de algún vecino.

La segunda quincena de agosto en España es de cine, de cine de los Picapiedra con las masas haciendo ruido hasta el amanecer en unas aglomeraciones estrepitosas que llaman "fiestas". Y como no hay modo de generalizar esa conciencia por medio de la ley porque las leyes en España, ya se sabe, "se acatan pero no se cumplen", a lo mejor hay que ir pensando en querellarse contra algún que otro alcalde por incumplimiento de la ley; incluso, dada la naturaleza dañina de la contaminación acústica, también por denegación de auxilio y hasta por torturas. Porque si un ciudadano ha de esperar trece años a que se tomen medidas con un bar de copas en los bajos de su casa, son trece años sin poder dormir, trece años de incuria municipal y judicial razón por la cual a lo mejor debe condenarse al propietario o al mismo alcalde a otros trece años en una celda de aislamiento y escuchando sin parar El bolero de Ravel; que se sepa que hay cosas peores que la muerte.

(La imagen es una foto de Plasencia calle de los vinos, bajo licencia de Creative Commons).

divendres, 22 d’agost del 2008

Secuelas.

Es inevitable. Una de las consecuencias de la frustrante situación en que nos encontramos cuando se dan desastres como el de Spanair es que el personal no puede estar callado y tiene que dar su opinión aunque sea irrelevante y hasta perjudicial a la causa del esclarecimiento de los hechos o el remedio a las víctimas. Y no me refiero a quienes hayan padecido directamente el azote del destino, que tienen perfecto derecho a decir lo que les parezca, venga o no a cuento, sino a los espectadores, informadores y comparsas en general. Un paseo por los medios escritos y audiovisuales de ayer permite identificar cuatro tipos de bocazas: los expertos en una hora, los enterados de siempre, los aprovechateguis y los deontológicos. No daré nombres por no ganarme más enemigos de los que ya tengo.

Los neoexpertos fueron legión. A estas alturas ya sabemos todos todo sobre turbinas, aviación civil, protocolos de emergencias, resistencia de materiales, puntos de no retorno, velocidades V1, etc. He leído piezas tan documentadas y convencidas que uno se pregunta qué le quedará por hacer a la comisión de técnicos nombrada para esclarecer las causas del siniestro con la información que obtengan de las cajas negras, la que facilite la inspección in situ y su propia competencia técnica. Alguno de esos artículos ya tiene formuladas todas las hipótesis.

Los enterados de siempre no podían faltar. En medio de la confusión todavía reinante ellos ya saben por información privilegiada cuáles fueron las causas que desataron la catástrofe, quiénes tomaron las decisiones erróneas en un oscuro juego de amenazas, presiones, rencillas internas de la compañía, datos y pistas que el común de los mortales no ha valorado suficientemente pero que, bien interpretados, explican que, dadas ciertas condiciones, algo así tenía que ocurrir. De hecho ahora mismo les consta que hay poderosos intereses que tratan de desviar la atención, que no se sepa lo que realmente pasó, de levantar una cortina de humo. Más o menos lo que quienes todos sabemos llevan cuatro años haciendo con el 11-M.

Los aprovechateguis. Estos, como la población reclusa en las dictaduras, se dividen entre "comunes" y "políticos". Los comunes son los que tratan de hacer caja valiéndose del desconcierto, el dolor generalizados y el sentimiento de solidaridad, como esos granujas que se hacen pasar por miembros de ONGs que recaudan donativos para los familiares de las víctimas. Los "políticos" son los quepretenden de sacar partido político a la situación, en este caso atacando a las autoridades, en concreto al Gobierno. A la vista de los hechos me parece que todas las autoridades han estado en su sitio, incluidos los Reyes y han trabajado coordinadamente y con eficacia. Por eso me parecen desvergonzados y de baja ralea los ataques que he leído al Gobierno no porque haya dejado algo por hacer sino porque no ha dejado nada por hacer. Lo acusan de ¡sobreactuar!

Por último, los "deontológicos" que andan rumiando escrúpulos no sobre el desastre y sus causas sino sobre el modo de informar acerca de él: que si se debe o no se debe mostrar esto o aquello, que si los periodistas que buscan testimonios cuanto más dramáticos mejor acosan o no acosan, que si... En mitad de la turbamulta de relatos que un hecho de esta magnitud genera resulta ridículo y pretencioso plantearse estos problemas a las veinticuatro horas del hecho. Tiempo habrá de que los jueces digan lo que se puede hacer o no hacer y de que la opinión más serena trace una línea sobre lo que acepta o rechaza. Entre tanto los catones censores, en lugar de darse pote, que den la mejor, más rápida y objetiva información que puedan.

Francamente creo que quien estuvo ayer a la altura de las circunstancias fue el Gobierno. Sobre todo su vicepresidenta, que tiene siempre el mismo gesto severo, adusto, en la alegría y en el infortunio y dijo e hizo lo que todos esperábamos que dijera e hiciera: que lo primero son las víctimas y sus familiares, que se llegará hasta las últimas consecuencias para determinar responsabilidades y que se ha creado una oficina de atención a las víctimas. No me extraña que la señora De la Vega sea la miembra del Gobierno que tiene más alta valoración popular.

(La imagen es una foto de Jima, bajo licencia de Creative Commons).

Los intelectuales, el franquismo y la transición, II.

(Viene del post de ayer).

En lo que es estrictamente la transición identifica Pecourt tres discursos: continuidad, reforma y ruptura (p. 120) y se concentra en el de ruptura, en donde distingue cuatro subcampos, cada uno de ellos con sus intelectuales y sus revistas: el socialista, el comunista, el nacionalista y el libertario (p. 132) a los que añadirá luego el feminista (p. 174). En la caracterización del comunismo me asalta una duda pues no sé si lo que se dice de éste es un reflejo de las ideas del régimen o lo piensa el autor: "La fortaleza franquista percibía en el comunismo al enemigo más peligroso de la verdadera tradición hispánica, un adversario que logró monopolizar el poder cultural y político durante el período republicano y que terminó por provocar, inevitablemente, el inicio de la Guerra Civil. Por ello utilizaría todos los medios posibles para erradicarlo y evitar la aparición de amenazas similares en el futuro" (p. 136). El párrafo es ambiguo. Si lo que hace es reflejar la mentalidad de los franquistas estoy de acuerdo con él; si vierte una opinión del autor no puedo estar más en desacuerdo: los comunistas no monopolizaron nada precisamente hasta bien entrada la guerra civil.

A la altura de la transición, el comunismo era ya eurocomunismo y así lo trata Pecourt, reflejando bastante bien esta estrategia del que quería ser comunismo democrático (p. 140) a través, sobre todo, de las ideas de Daniel Lacalle y la revista Argumentos, por él resucitada. Se recordará que Lacalle ya había sido el factótum de la primera Argumentos en la clandestinidad durante la dictadura, de la que llegaron a salir cuatro números. De especial interés he encontrado las referencias de Pecourt a los críticos izquierdistas (incluso comunistas) del eurocomunismo, como Gustavo Bueno (p. 144) quien por entonces dirigía una revista filosófica, El basilisco, Manuel Sacristán desde Materiales y Joaquín Estefanía desde El cárabo (p. 148). Es imposible saber cómo hubiera evolucionado el difunto Sacristán pero las subsiguientes biografías de Bueno y Estefanía dan material abundante para la reflexión.

En el subcampo del socialismo Pecourt arranca del primer proyecto demócrata-cristiano de Cuadernos para el diálogo, al que se sumaron muchos socialistas que luego iniciaron su propia publicación, Sistema (p. 157), desde donde se hicieron las críticas más agudas al proyecto eurocomunista, en concreto a través de la pluma de Ignacio Sotelo (p. 158).

En el subcampo libertario Pecourt atribuye una función iniciática a José Luis López Aranguren, quien se había radicalizado en la segunda mitad de los años sesenta (p. 164), y hace un repaso a las principales revistas de esta corriente, Ajoblanco (cuyo director, José Ribas, publicó el año pasado unas interesantes memorias aquí reseñadas en un post llamado Lo que pudo ser), Ozono, El viejo topo (p. 166). De gran interés su reseña sobre el pensamiento de Agustín García Calvo y del Fernando Savater de la época, el del Panfleto contra el todo (otro motivo para la reflexión y hasta la melancolía) así como su muy ilustrativa polémica con Ignacio Sotelo (p. 172).

Capítulo aparte merecen al autor los intelectuales y revistas catalanistas. El nacionalismo incipiente se articula en torno a dos de éstas, una más "catalanista" y elitista, Serra d'Or, amparada por el Monasterio de Montserrat, y la más popular y "españolista" Destino (p. 181) . A mi modesto entender, es el mejor capítulo del libro, con muy abundante y pertinente información sobre la propuesta y vicisitudes de la concepción de los países catalanes (Ernest Lluch y Joan Fuster) (pp. 192-194), las causas del fracaso político del catalanismo y el enfrentamiento entre nacionalistas y españolistas personificado en la controversia sobre el libro de Federico Jiménez Losantos, Lo que queda de España y el famoso "Manifiesto de los 2.300" (pp. 209 y sigs.). Como se ve, con el nuevo manifiesto "en defensa de la lengua española", el señor Jiménez Losantos sigue en onda. Lo que no acaba de convencerme del relato de Pecourt es que no haga mención alguna al atentado de los terroristas de Terra Lliure contra el hoy locutor de la COPE.

El último capítulo trata de dar cuenta de la aportación de los intelectuales al consenso constitucional que el autor ve, coincidiendo en ello con Jordi Solé, como la "tendencia incipiente hacia el bipartidismo que caracterizaría, cada vez con mayor intensidad, la nueva ciudadela democrática" (p. 222), juicio que me parece acertado y comparto en la evolución posterior del sistema político español, pero no para el momento constituyente que es cuando lo formula Solé. Basta considerar la composición de la comisión constitucional para darse cuenta de ello: AP, UCD, PSOE, PCE y Minoría catalana. Realmente todos los partidos a falta de los nacionalistas vascos, cuyo espiritu foralista estaba representado no obstante por el señor Herrero de Miñón. Por cierto nadie ha mencionado que yo sepa (tampoco Pecourt) el hecho de que esta comisión tuviera una evidente sobrerrepresentación del nacionalismo catalán puesto que tanto el señor Roca (nacionalista) como el señor Solé (comunista) lo eran, aunque no en igual medida.

Pecourt señala como determinantes del consenso y su resultado final lo que llama los dos "compromisos apócrifos" de los artículos 1º (Estado social y democrático de derecho, p. 233) y 2º (organización territorial, p. 237) de la Constitución. No me parece, sin embargo, que su tratamiento de ambos temas sea satisfactorio; le falta perspectiva y profundidad, tanto en el aspecto doctrinal (sobre todo en lo referente al Estado de derecho y sus variantes) como en el de la peripecia histórica concreta (especialmente en el caso del artículo 2º) que fue determinante.

En resumen, el autor ha sabido acotar magníficamente un tema de mucho interés (la aportación de los intelectuales al proceso de la transición) y lo ha hecho de forma original y muy ilustrativa, tomando base en las revistas políticas cosa que, a mi conocimiento, no había hecho nadie antes y resulta muy útil.

Corona su obra con un par de consideraciones pertinentes: entre los años 1977 y 1982 desaparecerán casi todas las revistas políticas. Quedan la Revista de Estudios Políticos (REP), la Revista de Occidente, Cambio 16, El ciervo, Nuestra Bandera, Sistema, Serra d'Or, Mientras tanto, Leviatán y El viejo topo (resucitada en 1993). Las razones de este hundimiento general es la reaparición de la prensa libre (p. 244) y la mejor calidad de la televisión con programas de debates de los que el autor menciona en especial La clave, de José Luis Balbín (p. 249). En cuanto a los intelectuales, es interesante señalar cómo la gran mayoría hizo un "giro hacia la derecha" en los años ochenta (p. 257) y una exigua minoría (prácticamente Sacristán y sus allegados) otro hacia la izquierda heterodoxa (p. 260).

Hay en el libro algunas inexactitudes que conviene repasar y corregir en sucesivas ediciones. Las más frecuentes conciernen a la REP: no se me alcanza por qué dice el autor que estaba financiada por el Ministerio de Información y Turismo (p. 129) cuando, que yo sepa, estuvo siempre en el Instituto de Estudios Políticos que dependía del Consejo Nacional del Movimiento y, a partir de 1977, como Centro de Estudios Constitucionales, de Presidencia del Gobierno. Entre los años 1963 y 1965 su director no fue Carlos Ollero (p. 151), sino Jesús Fueyo Álvarez. Carlos Ollero fue director en los comienzos de su "Nueva Época", en 1978 y no Pedro de Vega, como dice el libro (p. 229), quien sí lo fue más tarde. Lo sé de primera mano porque yo era el Vicesecretario técnico de la publicación en aquellos años de 1978. Llamar "pensador madrileño" al profesor López Aranguren (p. 164) sólo puede entenderse como una licencia, porque era de Ávila. Por último, el Congreso de Suresnes del PSOE no fue en 1979 (p. 157) sino en 1974; da la impresión de que se confunde ese congreso (el XXVI) con el XXVIII en Madrid, en 1979, en el que se plantea el problema de la definición marxista del partido.

dijous, 21 d’agost del 2008

¡Puf!

Al escribir esto todavía tengo los pelos de punta. Estaba haciendo preparativos porque hoy he de ir a recoger a mi hijo Andrés que llega de los Estados Unidos vía Londres precisamente a la terminal cuatro de Barajas. Recibí un correo de mi otro hijo Paulino que también viene a esperar a su hermano diciendo que había un accidente y estaba cerrado el aeropuerto. Desde entonces ya no pude separarme del televisor y el ordenador. Estuve horas enteras escuchando las noticias, viendo imágenes que se repetían a veces en la misma cadena, gentes desesperadas, familiares llorando, psicólogos consolándolos, todo el mundo consternado. Algunas entrevistas a personal del SAMUR en la CNN o a un piloto en Antena 3, declaraciones de los políticos, la rueda de prensa de un responsable de la compañía que apenas podía hablar. Qué desgracia. Cuánto sufrimiento. Cuando sucede algo así uno no puede ya pensar en otra cosa. El relato va llegando fragmentado. Ahora se sabe una cosa, ahora deja de saberse. Todo es confusión. La cantidad de muertos, que empezó muy baja, va subiendo inexorablemente. El avión había tenido un problema técnico que obligó a retrasar casi una hora su salida. Una madre contaba que su hija le había dicho por teléfono que se había encendido una luz roja, pero que no les cambiaron de avión. Y uno recuerda la cantidad de veces que ha vivido algo parecido: "Lamentamos comunicarles que tenemos un retraso debido a causas técnicas. Tan pronto sepamos algo más se lo comunicaremos". Y te quedas siempre un poco mosca, aunque te repitas que los aviones pasan unas revisiones superminuciosas y que, además, son el medio de trasporte más seguro que hay.; más seguro que los trenes o que los coches, por no hablar de los navíos. Claro que eso es una consolación estadística que te sirve de poco cuando hay un problema. Qué barbaridad: ciento cincuenta y tres muertos. Casi todos carbonizados. He repasado la lista de pasajeros. Hay familias enteras; pobre gente. Y qué mal lo pasan los allegados que están esperando; cuánta angustia a dos mil kilómetros. Los estaban trasladando a la península a enfrentarse con la cruda realidad pero con la esperanza de que los suyos se contaran entre esos veinte (ya son diecinueve) que decían que se habían salvado. La celeridad de los equipos de rescate ha sido extraordinaria. En general el socorro ha funcionado estupendamente: policía, guardia civil, gente del SAMUR, bomberos, todos se han volcado y merecen nuestro agradecimiento porque no debe de ser fácil funcionar con eficacia y rapidez en esas circunstancias terribles. Hasta los políticos han estado a la altura: la ministra de Fomento, señora Álvarez (de quién se reía no sé qué cretino en no sé qué periódico el día anterior porque estaba bañándose en una playa, como si bañarse fuera algo estrafalario), el alcalde de Madrid, el presidente del Gobierno, que interrumpió ipso facto sus vacaciones. Nada que reprochar a nadie. Ha habido una desgracia y se ha respondido con toda la celeridad y la eficacia que era de esperar. Ahora habrá que estar a los resultados de la investigación y no ponerse a lanzar bulos y rumores que sólo pueden enturbiar un ambiente muy sombrío y muy triste. Tanta gente muerta que iba de vacaciones o volvía de ellas. Veinte niños; dos bebés. ¿Y por qué escribo yo esto? Porque no puedo hacer otra cosa más eficaz, no puedo ayudar en nada. Pero puedo desahogarme escribiendo. Para quienes nos dedicamos a esto, escribir es como hablar, y hablar, contar lo que uno siente, es una forma de mitigar el dolor. Qué pena, tanta gente...

Los intelectuales, el franquismo y la transición, I.

He aquí un interesante trabajo sobre la función de los intelectuales españoles durante la transición política (Los intelectuales y la transición política. Un estudio de campo de las revistas políticas en España, Centro de Investigaciones Sociológicas, Madrid, 2008, 298 págs.), aunque no esté seguro de que el subtítulo haga entera justicia al contenido. El trabajo es metódico y sistemático, pero no sé si puede llamarse propiamente "de campo" ya que apenas se manejan datos empíricos, a excepción de algunas cantidades de tirada de ediciones. Más bien es un enfoque historiográfico que da cuenta y lo hace con brillantez del tema del título.

Pecourt muestra audacia al adentrarse en un territorio lleno de dificultades y asechanzas y sobre el que hay mucho escrito. Ante todo tiene el acierto de exponer la definición del tipo de intelectual que le interesa: "el actor social que utiliza el prestigio y la respetabilidad adquirida en el mundo de la cultura para participar en el debate político desde una cierta posición de autonomía." (pp. XIII/XIV) Igualmente acota el tiempo de su investigación decidiendo que, a sus efectos, la transición va desde la muerte del general Franco en 1975 hasta el fracaso de la intentona de 1981. En un terreno en el que no hay acuerdo general es una propuesta tan buena como otra y que tiene significados valedores.

A continuación aborda un primer capítulo sobre el estado de la cuestión de los intelectuales partiendo de la dicotomía generalmente aceptada de intelectuales como "guardianes del conocimiento objetivo y defensores del compromiso político" (p. 2), de donde se sigue que su definición anterior de intelectual hace referencia al segundo tipo. Es la división que acuñó en su día de forma feliz y poéticamente condensada Siegfried Lenz al hablar de la disyuntiva de los intelectuales entre "torre de marfil o barricada". Entre los defensores del primer concepto, Pecourt analiza los casos de Karl Mannheim con su idea del "intelectual relativamente desclasado", esto es, el que flota por encima de las clases (con lo que el sociólogo trataba de librarlos del estigma de la ideología) y Raymond Aron y su uso del "poder espiritual" comteano.

Entre los defensores del segundo concepto echa mano con mucho acierto de Gramsci (el "intelectual orgánico") y Alvin Gouldner ("la nueva clase") para traer luego el problema a nuestro tiempo de posmodernidad refiriéndose al inevitable Foucault y a Zygmunt Bauman, el de la "realidad líquida", con su idea del intelectual como "intérprete". No obstante el autor en el que Pecourt toma pie y cuyas propuestas sigue es Pierre Bourdieu tanto en su idea de las cuatro clases de capital (económico, político, cultural y simbólico) como en su concepto de "campo" (p. 26) que el autor aplica aquí al de las revistas políticas. Cierra su exposición del tema general recordando la propuesta de Quentin Skinner del intelectual como "ideólogo innovador" (p. 36) y elabora una cierta crítica a Bourdieu arrancando de la distinción weberiana entre intelectuales como "sacerdotes" y como "profetas" (p. 34) que es una especie de reformulación de la propuesta de Coleridge de los intelectuales como clerisy, que tanto interesó a Stuart Mill y que recogería luego Julien Benda en su Traición de los clérigos.

El resto del libro tiene una estructura claramente cronológica como corresponde a la formación de historiador del autor. Aborda en primer lugar el problema de la caracterización del franquismo. En la célebre polémica sobre la propuesta de Juan J. Linz de caracterizarlo como un régimen autoritario que no ha tenido general aceptación parece inclinarse por la crítica que le hicieran Giner y Sevilla (p. 41) entre otros. Igualmente menciona la concepción de Tusell de "dictadura arbitral" (p. 57) que siempre me ha parecido más sacada del modelo primorriverista, y acaba proponiendo su categoría de "fortaleza franquista" (p. 51) aunque sin extenderse mucho en su caracterización. Sí señala que en Franco se concentraban muchos poderes pues era "además de Jefe del Estado, jefe del Gobierno, jefe nacional de Falange y Generalísimo de los Ejércitos de Tierra, Mar y Aire" (p. 53). A todo lo cual hay que añadir -y ello es decisivo para entender la naturaleza de su régimen- que ostentaba el poder legislativo o, como decía la legislación de la época, "la suprema potestad de dictar normas jurídicas de carácter general"; es decir la dictadura en estado puro.

El régimen de Franco puso punto final al florecimiento de publicaciones de la República, no sólo las revistas de liberales o de izquierda como Revista de Occidente, Cruz y Raya, Leviatán, La revista blanca, Germinal o Mirador, sino también las conservadoras como Debate. El clima atosigante de censura venía justificado por la elaboración teórica del que sería ministro de Información y Turismo, Gabriel Arias Salgado, bajo el nombre de Teología de la información y en él menciona el autor la Revista de Estudios Políticos, (que no estoy muy seguro de que Pecourt aquilate debidamente por las razones que expondré en la segunda parte de esta reseña) así como las falangistas Jerarquía y Escorial, o las nacionalcatólicas Ecclesia, Razón y Fe, de la Compañía de Jesús o Ateneo, del Opus Dei (p. 84). Otras publicaciones de las "familias" (A. de Miguel) del régimen, fueron Arbor, del Consejo Superior de Investigaciones Científicas, en el que el Opus se había hecho fuerte, Ciervo, una respuesta católica a los avances del Opus o Destino, una revista catalana. El panorama es desolador como corresponde a la actitud de cerrada enemistad de la dictadura de Franco hacia los intelectuales. Recuerda Pecourt la famosa frase del dictador a su Director General de Propaganda, Pedro Rocamora, cuando le propuso que recibiera a Ortega y Gasset para volver a éste más favorable a la Dictadura: "Rocamora, Rocamora, no se fíe Vd. de los intelectuales", que puede ser una invención del propio Rocamora pero está muy bien traída.

El frente monolítico del franquismo comienza a romperse con los acontecimientos del 56 y el origen de la disidencia intelectual que asoma tímidamente en las revistas universitarias, en la catalana Laye y en la madrileña Alcalá (pp. 96/98). También aparece por entonces el Boletín Informativo del Departamento de Derecho Político de la Universidad de Salamanca, que impulsaba Tierno Galván, quien importó en España el funcionalismo (aplicado sobre todo al modo de proceder en la futura accesión de España a la Comunidad Europea, un punto claro de la oposición al franquismo) y el positivismo lógico, en un plano más metodológico, aunque igualmente heterodoxo por lo que hacía al apelmazado mundo intelectual de la dictadura. (p. 100). Algo más tarde, con lo que llama "el desarrollo del mercado cultural", aparecerían Cuadernos para el diálogo y Triunfo. La primera fue resultado del encuentro entre las corrientes más progresistas de los ámbitos religioso y académico (p. 104) , la segunda más claramente de izquierdas y ambas respondiendo a la lógica de las instituciones heterogéneas a medio camino entre el mercado económico y el cultural (p. 107) pero ambas decisivas para entender la evolución posterior de la oposición a la dictadura.

(Continúa en el post de mañana).

dimecres, 20 d’agost del 2008

La no-crisis que no cesa.

¡Menudo ojo el del Gobierno español a la hora de calificar y definir la presente crisis económica! En su última comparecencia, el señor Rodríguez Zapatero que debe de haberlo tomado a título personal siguió empleando eufemismos como "frenazo" o "estancamiento". Y hace un par de días su ministro de Hacienda, señor Solbes, probablemente el político al que los hechos han desmentido más veces en los últimos tiempos, decía con ese indescriptible gesto suyo de hastío como de mayordomo de John Galsworthy que España roza la recesión pero que no llegará a sufrirla. ¡Santo cielo! La única esperanza que tenemos de que esto sea cierto es que funcione la ley de probabilidades y que alguna vez acierte el señor Ministro por tanta casualidad como la que hizo que el famoso burro tocara la flauta.

Ayer las bolsas europeas, la española la primera, cerraron con pérdidas. 2,9% en el caso de la de Madrid en donde el Ibex 35 se situó en 11.335 puntos. Debe recordarse que a comienzos de año estaba casi en los 15.000 y que ha perdido un veinticinco por ciento más o menos. La causa de este enésimo "martes negro" es el acusado descenso de Wall Street en donde todo el mundo está muy nervioso en tanto no se sepa que pasará con las dos mastodónticas reliquias de los años del New Deal, Fannie Mae y Freddie Mac. Si estarán mal las cosas que se empieza a considerar la posibilidad de nacionalizarlas como si los EEUU se hubieran "venezolanizado". Y no ayuda nada a recuperar la tranquilidad que el parquet sea un nido de rumores sobre cuál será el próximo banco en caer. Se espera que el de los hermanos Lehman anuncie pérdidas por mil ochocientos millones de dólares, pero es posible que los hados o la diosa Fortuna hagan caer torres más altas.

Se ha dicho hasta la saciedad: ésta es una crisis que toca la viga maestra del edificio del capitalismo que es el crédito. Por eso mismo es tan lenta, porque el vicio afecta al mecanismo de la confianza. Nadie quiere reconocer que tiene un volumen importante de créditos de dudoso cobro en cartera precisamente porque el crédito descansa sobre las apariencias y hay que disimular. Por eso nadie suelta prenda. Pero al mismo tiempo todos sabemos que mientras no quede claro a la luz del día el estado financiero de los bancos, quién tiene agujero y quién no, la situación no podrá resolverse. Y el asunto no es baladí. No hace mucho que el director del Fondo Monetario Internacional, Dominique Strauss-Kahn, decía que la crisis crediticia podía llegar a costar un billón de dólares de forma que mientras no se sepa quién pechará con qué y por cuánto aquí no se moverá nadie y nadie hará nada, probablemente porque nada cabe hacer, fuera de esperar que las aguas vuelvan a su cauce por sí solas tras haber causado los destrozos que hayan causado.

Ciertamente esto es lo que pasa a todo el mundo. Una ojeada a la actitud que están tomando las autoridades monetarias y los bancos centrales en otros países demuestra que como nadie sabe qué hacer no está haciendo nada y la nada que uno hace en su casa es contraria a la que hace otro en la suya. La Reserva Federal de los Estados Unidos sigue pensando mantener los tipos de interés en el dos por ciento a pesar de que los precios al por mayor han aumentado casi un diez por ciento y que la inflación amenaza con subir. Igual que en el Japón en donde, a la vista de que la economía se ha contraído en un 2,24% en el último año, el banco central ha decidido mantener los tipos de interés en un 0,5 por ciento para reanimarla. En el otro extremo del escenario, el Banco Central Europeo tiene el precio del dinero en un 4,25, más obsesionado con combatir la inflación que con estimular la economía.

El mero hecho de que ante un problema igual o muy similar de contracción económica, caída del consumo, altos precios energéticos, amenaza de inflación, etc, de estanflación en definitiva, unos hagan una cosa, esto es, bajar o mantener bajos los tipos de interés y otros exactamente la contraria, subirlos, demuestra que el personal no tiene ni idea de cómo salir de la situación, probablemente porque la situación de desconfianza general de todos hacia todos sea opaca.

Por esta razón el Gobierno español ha convocado una reunión vacacional de mucho aparato mediático para dar a entender que está al mando y que toma medidas de las que unas son para dentro de bastantes meses y otras no significan nada. Es mejor así, que no haga nada. Es decir que siga el ejemplo de los demás. Pero que cuando menos llame a las cosas por su nombre y se deje de circunloquios y garabatos que producen irritación en el auditorio: eso de ahí fuera es una crisis ecónomica cuyos peores momentos, según diversos expertos, aún están por llegar. En España y en todas partes.

(Las imágenes son fotos de Mike Licht, NotionsCapital.com, bajo licencia de Creative Commons).

Ni una piedra más.

Los de Amnistía Internacional están felices porque las autoridades iraníes han suspendido las ejecuciones por lapidación. Suspendido no quiere decir abolido, pero algo es algo y de momento los dos chavales a quienes iban a lapidar en un par de días van salvando el pellejo y les han conmutado la pena. En AI están tan contentos que nos han escrito una carta a todos los que firmamos para protestar por los ejecuciones planeadas en la que se dice que hemos aportado nuestro grano de arena a esta solución transitoria. Desconfío de que sea así. La experiencia me dice que los fanáticos, la gente cruel y despiadada, no suelen escuchar las voces pidiendo clemencia y mucho menos justicia. Basta recordar cómo Franco hizo fusilar a cinco personas (de un total de once condenados a muerte) en septiembre de 1975 un mes y medio antes de morir él mismo a pesar de que medio mundo le pidió que las perdonase.

De todas formas es una noticia estupenda que no lapiden a los dos muchachos. De algo habrá servido lo que hicimos y uno se siente mejor.

dimarts, 19 d’agost del 2008

Las cartas.

El género epistolar es muy peligroso. Por una carta andan las autoridades tratando de volver a meter en el trullo a De Juana Chaos. La dichosa misiva que envió a sus incondicionales reunidos en San Sebastián para recibirlo como si fuera un héroe y no el antiguo fascista reciclado en abertzale (en lo que no parece haber hecho mucha mudanza) y vulgar asesino que es. Una carta que puede servir para hacer lo que anunció un ministro de Justicia de primer Gobierno del señor Rodríguez Zapatero, "construir imputaciones" contra el etarra para mantenerlo en la cárcel.

Ya dije en un post anterior que había leído la carta de marras y no me parecía que fuera constitutiva del delito de "apología del terrorismo" ni de ningún otro. Era una pieza de retórica inflada y bastante vulgar con los topicazos habituales de "no podrán con nosotros", venceremos, etc. Pero no un enaltecimiento de terrorismo. No me corresponde a mí decidir este delicado asunto sino a los jueces y serán ellos quienes digan si el texto es o no delictivo. Sí quisiera llamar la atención sobre dos asuntos que no deben de perderse de vista si no queremos cometer injusticias y prostituir el Estado de derecho. En primer lugar, este tipo de delitos de opinión, siempre en la frontera de la libertad de expresión, tienen un elevado contenido subjetivo susceptible de muy diversas interpretaciones. Lo que para uno es una clara glorificación del terrorismo para otro no es más que un acto de desagravio y para un tercero (por ejemplo, para mí) una cursilería. Siendo esto así, dependiendo la calificación de una interpretación subjetiva es preciso estar muy seguros de que haya delito objetivamente hablando y no se cometa una arbitrariedad.

En segundo lugar dado el ambiente que se ha creado con la excarcelación del delincuente, con mucho sentimiento y mucha indignación, habrá una presión social muy fuerte para que se procese, se condene de nuevo a De Juana y vuelva a la cárcel en donde muchos quieren verlo hasta su último suspiro. Me da la impresión de que no es el momento más adecuado para instruir un sumario contra este asesino.

Asesino que no solamente no se arrepiente sino que no parece aprender de la experiencia. Después de los tres años que le cayeron por escribir dos articulitos en uno de esos periódicos abertzales por el delito de amenazas, sabiendo el clima de generalizada indignación que hay con su libertad y las ganas que le tienen las autoridades para que no se las acuse de ineficacia, hace falta ser bastante necio y muy creído para reincidir en la práctica de andar dejando papeles con manifestaciones que lo pueden llevar de nuevo ante los tribunales.

La otra carta parece ser una circular a los presos de ETA escrita por un antiguo fundador de Herri Batasuna, un hombre que tiene un nombre en el seno del abertzalismo pero que prefiere mantenerlo oculto supongo que por miedo a las represalias.

Es de esperar que esta segunda carta sea genuina y no un montaje de la policía española para debilitar la moral de los presos etarras, pandilla de criminales con las manos tintas en sangre a quienes su aparato de propaganda llama "presos políticos vascos". Si lo es, si es verdaderamente una carta de un "arrepentido", tiene el mismo peligro en sentido inverso del que tiene la cartita de De Juana, que le caigan represalias si bien de distinta naturaleza. Los presos forman parte de la estrategia de ETA y una parte no pequeña porque son el elemento fundamental para mantener cohesionado el apoyo social que aún le queda. Todo lo que contribuya a debilitar la moral de esos presos será un golpe a la estrategia de la lucha armada; por eso es previsible que ETA actúe con contundencia contra el autor de la carta, un escarmiento mafioso a su debido tiempo al estilo del de "Yoyes" podría ser el procedimiento por el que la banda se asegure la fidelidad perruna de sus presos.

(La imagen es una foto de Manel, bajo licencia de Creative Commons).

Internet y abre España

Originariamente vi la noticia en El País, sobre que Internet supera a la prensa como fuente de información en EE UU y luego me fui a la fuente, que el periódico citaba religiosamente, esto es, The Pew Research Center for the People & the Press donde en efecto quedan muy claras las tendencias de los tiempos que corren: descenso generalizado de la prensa de papel y de la televisión y ascenso de internet. Y todo ello a mucha velocidad. La encuesta telefónica del Pew Research Center con una muestra nacional de 3.615 personas (2.802 con teléfonos de mesa y 813 con móviles) tiene un margen de error de más/menos dos. Los datos permiten comparar en serie histórica de quince años, desde 1993 a 2008 y los resultados son llamativos. Preguntada la gente qué medios emplea para mantenerse informada de la actualidad se ve que los periódicos de papel han perdido veinticuatro puntos porcentuales (de 58% a 34%) en esos quince años, la radio doce (de 47% a 35%) y, lo que es más curioso, en algunos casos la televisión es la que más ha perdido de todos: veintidós puntos en las noticias de la TV local (de 47% a 25%) y treinta y uno en el de las noticias de la noche (de 60% a 29%). ¡Qué breve ha sido el reinado del medio de comunicación del que llegó a decirse que barrería a los demás y sobre el que se han escrito bibliotecas enteras a veces muy ominosas, sosteniendo, entre otras profecías, que el homo sapiens sería sustituido por el homo videns; al menos tal cosa vaticinaba Giovanni Sartori a comienzos de los años noventa en su famoso libro Homo videns!. A lo mejor puede reemplazarse hoy por el homo navigans. De hecho este blog se llama Palinuro, consumado piloto de navío. Porque el porcentaje de quienes acuden a la red para informarse ha pasado desde un miserable dos por ciento a un treinta y siete por ciento en 2008; un acenso vertiginoso.

El desglose más fino muestra que este 37% de gente que se informa en internet procede de clase media-alta y alta y es bastante joven. Pero estos dos datos se corregirán a lo largo del tiempo, el primero porque el acceso a la red se abarata a ojos vistas y seguirá haciéndolo en el futuro ya que es un instrumento imprescindible para moverse en sociedad, y el segundo, porque los jóvenes de hoy serán viejos en cuarenta años y, para entonces, la proporción de usuarios de internet se habrá multiplicado por dos o más de dos, mientras que el uso de los demás medios seguirá descendiendo. Recuérdese también que lo que pasa en los EEUU pasa en unos años en este oscuro rincón del imperio.

A estas alturas sería pretencioso que me empeñara en explicar el porqué del fulgurante ascenso de internet y el imparable descenso de los medios "tradicionales", incluida, quién había de decirlo, la vieja "tele": la rapidez de acceso (todo al instante), la enorme abundancia de información (desde la más generalista a la más especializada en todos los campos del saber), la actualización permanente (tiempo real) , la disponibilidad a todas horas y todos los días del año (internet no cierra ni se va de vacaciones) , el carácter de multimedia (mezcla de cine, televisión, música, imagen, sonido, texto), la inmensa versatilidad de cometidos (sirve para hablar por teléfono, hacer la compra, reservar habitaciones, sacar entradas, "chatear" y hasta delinquir) hacen que no tenga rival.

Sólo insistiré en un tema que para mí fue decisivo, el de la libertad en todos los órdenes. Libertad de creación, desde el momento en que se borran los límites entre lo público y lo privado: quien tenga algo que decir, escribir, cantar, pintar, vender, comprar, etc sólo tiene que colgarlo en la red. Luego tendrá la audiencia que tenga, que ese es otro asunto pero, sea la que sea, lo que se haya subido estará disponible aquí o en el Japón sin problema alguno. Por ejemplo, ¿qué es un blog como éste? Un diario personal en el que el autor hace público lo que le parece y lo hace en todo el mundo. Como puede hacerlo todo el mundo que tiene la posibilidad de hablar como el Papa, urbi et orbi.

Libertad de expresión: el autor hace público lo que le parece y es único responsable de lo que cuelga en la red, de la forma y el fondo, sin tener que dar cuentas a nadie, salvo a la Justicia si llega el caso, sin recibir consignas, sin esperar el visto bueno de algún comisario político ni temer la inevitable censura de cualquier menda que funja de director de uno de esos medios que, salvo alguna honrosa excepción, son partidos políticos en los que casi todos los articulistas y reporteros enfocan las noticias desde el mismo punto de vista.

Libertad de exposición: los blogs, las páginas web, internet en definitiva, siendo el territorio de la información y la comunicación, permite que cada cual conserve todo lo que ha ido subiendo con el tiempo, bien ordenado y clasificado (si se ocupa de ello), de forma que cualquiera puede consultar como en una hemeroteca o en un archivo los escritos del pasado sin más límite de tiempo que el que lleve funcionando la página, lo cual es muy cómodo para el usuario y timbre de orgullo para el autor que ido haciendo su obra a la vista del público. Por ejemplo, los lectores de este blog pueden acudir a la columna de la derecha donde encuentran todas las entradas de dos años debidamente clasificadas por temas, los libros, las películas, las exposiciones, los comentarios de actualidad, de política, de economía o de arte; todo. ¿En qué otro medio puede hacerse algo así?

(La imagen es una foto de faiper, bajo licencia de Creative Commons).

dilluns, 18 d’agost del 2008

Terrorismo de estío.

Después de leer en El País las andanzas de los descerebrados del Comando Vizcaya puede uno preguntarse cómo se habrán puesto esas tres bombas de ayer en Málaga. Digo esto porque da la impresión de que los del comando eran como los delincuentes de Rufufú, título que se dio aquí a I soliti ignoti, de Mario Monicelli, recientemente fallecido. Se trataba de chupar rueda del éxito de Rififi icono del cine negro francés, de Jules Dassin, y haciendo ver que era lo contrario, esto es, si los de Rififi eran muy listos, los de Rufufú eran unos verdaderos idiotas. Pues eso.

Quiero decir que dadas las circunstancias de agobio por las que atraviesa ETA, perseguida, deslegitimada, acorralada, es posible que esas bombas no las haya puesto un comando como tal sino tres chavales que van de veraneo con sus padres, con un petardo en la mochila y en vez de salir el sábado de kale borroka en Lekeitio prefieren plantar una bomba en Torremolinos o en Málaga. Así la banda se ahorra un dinero en alquileres, trasportes y hasta manutención pues todo corre a cargo de los padres, que pueden estar enterados de los entretenimientos de sus hijos o no. Es sólo una hipótesis pero a la vista de la crónica de El Pais, comprobando cómo trabajan estos terroristas de vía estrecha, es bastante verosímil.

Esa lamentable falta de profesionalidad en la noble arte de despanzurrar al prójimo en defensa de gloriosos ideales es consecuencia de las circunstancias biográficas en que se recluta hoy día a los alevines de terroristas, esto es, en las cuadrillas de amigos, esas peculiares formas de asociación juvenil en el País Vasco que hacen las delicias de los sociólogos, los antropólogos culturales, los psicólogos y, últimamente, los terroristas y sus feroces depredadores, los sabuesos de la policía. En esas cuadrillas que son formas de socialización crecen los chavales en mitad de pautas morales de muchas clases, una de ellas, sin duda, independentista, antiespañola, violenta, con culto a ETA. Son como sectas y, tratandose de chavales, con tendencias agresivas, belicosas. Lo que hacen todos los chavales en todas partes.

En algunos casos (ese de la carta a sus padres, explicando su decisión de pasar de la condición de "legal" a la de "liberado") da la impresión de haber una cultura de la persecución, la lucha, el sacrificio, el martirio, también muy propio de las organizaciones sectarias. Se trata de comportamientos vocacionales, casi místicos. Es el pro Patria mori de esta generación de vascos. Anda que es poco romántico eso de aparecer en la tele con una capucha soltando comunicados en pro de la Patria Vasca. ¡Mira Aita, ese de la capucha soy yo!

Sí efectivamente, muy mal debe de estar ETA para reclutar chavales y además tan fanáticos. Todo el mundo sabe que lo único que da resultado en el tipo de negociado que tiene montado ETA son asesinos profesionales. Pero, claro, cuestan mucho tanto contratarlos como fabricarlos uno mismo. Por eso acaban siendo responsables de las ekintzas estos pobres majaderos que creen que están jugando a policías y ladrones.

¿Tan mal como para desaparecer? Desde luego que sería estupendo. Fraga y ETA son lo único que nos queda del franquismo. El primero ya va para largo que no hace mucho daño y la segunda tampoco. Según asegura Txema Montero en una entrevista también en El País el fin de ETA empezará cuando considere que ha llegado el momento de asesinar a nacionalistas. La verdad es tremendo leer algo así. Es tal el encanallamiento moral del País Vasco con esa lacra de terrorismo que la gente parece perder el sentido de la medida; incluso gente prudente como este abogado que fue de HB, pero expulsado en 1992 probablemente por falta de fe en la lucha armada etc, etc. Porque decir que ETA puede decidirse a matar nacionalistas es reconocer que ahora tiene decidido no hacerlo. Y eso plantea para mí el verdadero problema moral del País Vasco y el valor que tiene el ser allí nacionalista. Para explicarme con claridad: si yo fuera nacionalista vasco dejaría de serlo en el momento en que me enterara de que unos canallas andan asesinando a nuestros semejantes por no serlo y que, por lo tanto, ser nacionalista es un modo de asegurarse la seguridad personal. Dejaría de serlo ipso facto y durante todo el tiempo en que los canallas estuvieran cometiendo sus fechorías.

No siendo vasco ni nacionalista es poco lo que puedo hacer pero ese poco lo hago: no defender el derecho de autodeterminación (del que soy firme partidario) en tanto haya criminales asesinando gente en defensa de ese mismo derecho.

(La imagen superior es una foto de jmendicute, la inferior de Kontrainformatu, ambas bajo licencia de Creative Commons).