miércoles, 6 de enero de 2016

Dos presidentes. ¿Vidas paralelas?

Los dos comparecieron ayer en eso que Habermas llama "la esfera pública" (Öffentlichkeit), en donde los ciudadanos nos informamos y debatimos como público crítico que somos para llegar a nuestras conclusiones y fundamentar nuestras preferencias. Uno, Rajoy, lo hizo en la cadena COPE, ese púlpito ultrarreaccionario que interesa más a los obispos que los de las iglesias, a las que no acude nadie. El otro hizo una rueda de prensa institucional, en la Generalitat, al final de una reunión del gobierno que preside en funciones. Los dos están en situación parecida: pendientes de una investidura que tienen muy difícil, por no decir imposible. Tal circunstancia podría animar a un nuevo Plutarco a escribir otras Vidas paralelas. Pero le daría para poco más que un par de páginas porque el resto en ambos personajes es divergente, incluso opuesto y antagónico. Como puede comprobar todo el que siga ambas comparecencias. Aunque quizá tampoco le sirva de mucho porque, habiendo ocupado esa "esfera pública" ilustrada habermasiana, ambos acabaron dejando las cosas en el aire en una especie de incertidumbre y confusión también muy típicos de nuestra época y a la que el mismo Habermas bautizó hace unos años como "la nueva confusión" (Unübersichtlichkeit).

Los dos quieren ser investidos y ninguno de ellos desea que haya elecciones anticipadas pero ambos habrán de resignarse si estas se producen de forma automática porque ellos son incapaces de conseguir los apoyos parlamentarios que necesitan. Vamos con cada uno por separado.

Rajoy. Apareció poco menos que mendigando el apoyo del PSOE para un gobierno de gran coalición, incluso uno de salvación nacional que incluya a C's, justificado para hacer frente al separatismo catalán. Pero los catalanes, una gente sin escrúpulos y sin altura de miras, se negaron a darle ese gusto y la CUP votó en contra de investir a Mas. Dicen que, al hacerlo, solo pensaban en sus motivos particulares, en sus promesas y lo que Mas representa, pero Rajoy sabe de muy buena tinta que, en el fondo, estos rojazos medio ácratas lo que querían era fastidiarle a él, que se queda sin espantajo inmediato de gobierno independentista en Cataluña que agitar.

El presidente de los sobresueldos dio una muestra más de su talante autoritario y su desprecio por los demás al no darse por enterado de que el PSOE y Sánchez en concreto ya le dijeron "no" a la coalición. Es igual, como si no hubieran hablado: Rajoy piensa volver a llamar a Sánchez a hacerle la misma petición y seguirá si oír el "no" que ya le ha vuelto a dar el portavoz socialista, Hernando. Hará de nuevo como que no oye. Es el truco preferido de estos franquistas: lo que no les gusta no lo oyen, no lo ven.

La petición es tanto más insólita cuanto que Rajoy no propone nada al PSOE a cambio de lo que le pide. Otra muestra de desprecio de señorito: los socialistas tienen que investirlo (votando a su favor o absteniéndose) porque sí y porque el suyo es el partido más votado. Consideración que, con la Constitución en la mano, no sirve de nada. Pero si cuela, cuela. Alguno de esos asesores que tiene pagados a precio de oro con dineros públicos debe de haberle soplado que, cuando menos, ofrezca una reforma constitucional sin mayores precisiones.

Es ya la prueba de la calaña de este personal. Hace pocos días, Sáenz de Santamaría, una vicepresidenta/comisaria política del PP, descartaba la reforma constitucional porque, decía, no hay "consenso". Ahora, en cambio, sí lo hay, al parecer, porque faltan los votos de investidura. ¿Esta claro? La constitución, las leyes, todo les importa una higa. Lo único que quieren es seguir mandando para continuar destruyendo el país con su incompetencia y esquilmándolo con su codicia.

Rajoy, que ya no es ni sombra de lo que era con su mayoría absoluta, se aferra a la posibilidad de un milagro para no tener que marcharse a su casa entre la ignominia y el desprecio de sus compatriotas que le han dado sistemáticamente la valoración más baja de todo su gobierno (y ya es decir) y, en el fondo, lo desprecian. Como lo desprecian y se ríen de él en el extranjero y hasta en su propio partido.

Es posible que no pueda designarse gobierno en España y sea preciso ir a elecciones nuevas y, aunque Rajoy ya ha anunciado que será el candidato del PP, es probable que haya movimiento en su partido para desalojarlo porque lo único que cabe esperar de él y de su reconocida ineptitud es que empeore los resultados del 20D.

Mas mostró un talante muy distinto. Habiendo sido rechazado por la CUP de forma definitiva, se apuntó con rapidez a la observación de Junqueras hecha el día anterior de que las partes siguieran negociando hasta el último segundo. Todo antes de repetir las elecciones, en cuyo resultado favorable no confía el bloque independentista.

El presidente en funciones, que lleva unos días crecido, no dio la impresión de esperar gran cosa de esas negociaciones en tiempo de descuento y dejó claro que, de no producirse el milagro, convocaría elecciones el lunes que viene probablemente para el próximo seis de marzo. Cargó con energía contra la CUP, mejor dicho, contra la mitad de la CUP que se ha mostrado intransigente y tratando de introducir un elemento de división y discordia. Algo de esto hay en el movimiento asambleario (críticas, contracríticas, dimisión de Baños), pero es de suponer que esa escisión no se consume. Por lo demás, él la tiene también en el bloque independentista porque la citada observación de Junqueras, a continuación de otras de Joan Tardá (también de ERC), muestran que tampoco ese bloque es monolítico y si no hay una mayor fractura probablemente sea porque los republicanos adquirieron el compromiso de proponer a Mas como candidato, solo a Mas y siempre a Mas, y son presas de sus promesas, compromisos y palabras.

Mas no parece serlo tanto. Poco después de las elecciones del 27 de septiembre y en la euforia del momento hizo varias declaraciones afirmando que jamás sería un obstáculo a la independencia y que estaba dispuesto a hacerse a un lado si las circunstancias lo exigían. No lo ha hecho ni lo hará y eso ha debilitado bastante su posición.

Claro que la de la CUP tampoco es mucho más sólida. Al margen de que un "no" a Mas basado en la mitad afilada de miembros sea muy cuestionable, es que no es a Mas, sino al gobierno catalán y al plan de choque que se había negociado a lo largo de tres meses en los cuales los cupaires siempre afirmaron que lo esencial era el qué y el cómo y no el quién. Pero resultó ser tan verdad como la voluntad de sacrificio de Mas. Al final, lo importante y lo único importante fue el quién. Podrían haberlo dicho desde el principio y el personal se habría ahorrado tiempo y trabajo.

El resultado ha sido un desastre y, aunque sea humano tratar de exonerarse de culpabilidad y echar esta toda sobre los interlocutores, la verdad es que tod@s lo han hecho hasta la fecha malamente y no han sido capaces de superar ni siquiera sus propios obstáculos. En otros términos, guste o no guste, lo que la historia retendrá es que tres fuerzas politicas independentistas, con el añadido de formaciones de la sociedad civil y una movilización popular nunca vista fueron incapaces de gestionar la primera victoria clara del independentismo.

Volvamos a la persona de Mas que, en el fondo, es la cuestión principal para todos, para sí mismo, para la CUP y para el gobierno español que está deseando quitarlo del medio y, si se tercia, meterlo en la cárcel. Sin duda, Mas tiene un pasado de políticas neoliberales y corrupción de partido que sus adversarios airean siempre que pueden, aunque sin llegar a personalizarlo en el propio Mas como, por ejemplo, puede hacerse con la corrupción del PP en la persona de Rajoy.  Fastidia mucho a quienes quieren verlo fuera, pero nadie puede acusarlo de nada.

Lo que siempre se dice es que antepone sus intereses personales a los del país, Cataluña. Obsérvese bien, pues es importante, no se le acusa de anteponer sus intereses de partido al país (como él hace con la CUP) sino los suyos personales. Puede ser cierto. Mas insiste en que él es el líder del proceso a la independencia; él quien puso en marcha ese proceso; él quien quiere culminarlo dando paso a la República catalana; él quien, seguramente, querrá ser su primer presidente. 

¿Cuál es, pues, su interés personal? El del país. Mas entendió el movimiento social y popular hacia la independencia y se puso al frente, lo que le ha supuesto costes elevados y puede suponerle más, como el de ir a parar a la cárcel. Dejó detrás la vestimenta de político y adoptó el de estadista, igual que las serpientes mudan de piel. Es lo que se llama liderazgo, una cualidad que se estudia en todas partes, en las escuelas de negocios, las facultades universitarias, las academias militares, y que es imprescindible en todos los sistemas políticos, dictaduras o democracias. 

Un líder triunfa cuando conduce a su país allí donde su propia visión lo quiere. Y fracasa cuando no lo consigue. Esa es la baza real de Mas: que hasta ahora lo ha conseguido y quiere seguir al frente para terminar la faena. Y eso es lo que entiende y quiere favorecer todo el mundo, (excepto los unionistas españoles),  esto es, sus votantes, sus seguidores en ese partido CDC, que se mantiene proforma para poder presentarse a las elecciones, en sus aliados de ERC, en las formaciones sociales que coadyuvan y en la mitad de la CUP. Y lo que la otra mitad no comparte.

En el fondo, ambas posiciones tienen su grandeza porque se lo juegan todo a una carta, a unas elecciones de resultado incierto en el que pueden darse tres posibilidades (con distinto grado de verosimilitud) a) triunfo del independentismo por mayoría absoluta; b) derrota del independentismo a manos de esa tercera vía que lleva un tiempo cocinándose y sobre la que Palinuro opinará en breve; y c) la repetición de la confusa situación actual. 

Por todas estas razones Palinuro piensa que debió investirse a Mas.