domingo, 3 de marzo de 2013

La vida como es

La Fundación Telefónica ofrece una exposición (la segunda que hace, me parece) de fotografías de Virxilio Viéitez (Soutelo de Montes, Pontevedra, 1930-2008) de un enorme interés.

Viéitez no era un fotógrafo con pretensiones. Carecía de formación. Solo tenía entusiasmo. Pasó toda su vida en en Soutelo de Montes, excepto una breve escapada a Palamós, en donde aprendió fotografía y revelado e hizo un curso por correspondencia y otra más breve aun en A Coruña, a cumplir el servicio militar, cuando los gorros de los sorches llevaban borlas. Era un hombre de origen muy modesto que ejerció con pasión el oficio de fotógrafo de encargo. Durante su larga vida fotografió a sus vecinos y gentes de lugares aledaños delante de una sábana blanca, sus fiestas, sus entierros (hacía fotos publicitarias también de féretros para una empresa de pompas fúnebres), sus primeras comuniones, sus bodas y bautizos. Cuando se implantó el DNI, fue el encargado de acompañar a los policías para hacer las "fotos del carnet" y era tan profesional y meticuloso que igualmente lo contrataban las compañías de seguros para documentar fotográficamente los accidentes de coches. Por supuesto, como buen free lancer estaba siempre dispuesto a prestar sus servicios cuando alguien quería perpetuarse estrenando coche, vestimenta, noviazgo o celebrando cualquier evento. Prefería siempre la fotografía al aire libre pero trabajaba igualmente en interiores.


Nuestro hombre no tenía vocación artística. Mas era tal su amor al oficio que, en muchas ocasiones, sus fotos son obras maestras. La creación que surge del desconocimiento del arte, cual una especie de don divino. Algunos supìeron reconocerlo. Como documenta la exposición, Cartier-Bresson lo consideró uno de los suyos e incluyó una de sus fotos en una antología. Viétez desarrolló un ojo para el realismo, en paralelo con el realismo norteamericano de la época y la nueva objetividad alemana, aunque en feliz desconocimiento de ambos. Lo suyo era una profesión, un medio de ganarse la vida cuando esta era muy dura. Dominaba la técnica, pero no le importaba la estética ni otros refinamientos. Sus fotos a veces no están bien enfocadas, tienen defectos de luz, muchas veces de encuadre, no cuida los planos y no le importa que se vea a quienes sostienen la célebre sábana. Lo que le importa es cumplir un encargo, documentar un hecho. Por eso son fotos reales, como de reportero de la vida misma. Son el crudo testimonio de una época que queda así minuciosamente retratada en una serie de testimonios en los que el mensaje es el de los protagonistas que, casi siempre nos miran directamente a los ojos, sin mediación estética alguna que pueda distraer la atención. Supremo don del artista: presentarnos la realidad que él ve como la que es. Y vaya si lo era.

La exposición se concentra en los años de 1950 a 1980. Durante ese tiempo Viéitez trabajó incansablemente, yendo de un sitio a otro en donde lo llamaran y para lo que lo llamaran, con su cámara a cuestas. Debía de ser un tipo similar al fotógrafo ambulante que aparece en Arroz amargo, en una sociedad muy parecida. Y acopió una ingente cantidad de material, parte del cual todavía está sin positivar y que cabe considerar como un documento antropológico y etnográfico de primera magnitud. Porque las muestras no vienen por unidades, sino por decenas y cientos. Son muchas las familias retratadas ante la sábana blanca, muchos los niños, los y las adolescentes, los viejos, las parejas, los comercios, los coches. Con esa documentación cabe hacer una sociología de la cultura de un pueblo gallego de horizontes limitadísimos (hay una foto deliciosa en la que se ve una excursión a Villagarcía de Arousa, todo un acontecimiento) y ritmo vital pausado. Y, por supuesto, proyectarla universalmente, como sucede siempre que se pinta un rincón concreto del planeta: que este se reconoce en él.

Con todo, las modestas fotografías de Viéitez que pilló las postrimerías de la miseria de la postguerra, muestran luego la aceleración de las transformaciones de los años sesenta y setenta, los cambios de las costumbres, el desarrollo, los tonteos de l@s adolescentes, la moda ye-yé, las minifaldas, los guateques, una paulatina pero repentina riqueza y bienestar que venía a superponerse como una pátina sobre el fondo indeleble de la cultura campesina, con sus pautas tradicionales. Los teóricos empezaban a hablar de sociedad del consumo, sociedad del ocio, a una población acostumbrada a trabajar de sol a sol. Una gente que muestra adoracion por los nuevos trastos, radios, motos, coches de indiano, con los que tiene un trato supersticioso. Los objetos van invadiendo la escena pero, en el fondo de esta, aparece siempre esa mirada incrédula, resignada, socarrona y desconfiada de las generaciones de mujeres campesinas acostumbradas a trabajar la tierra mientras los hombres están a emigrar y los niños crecen bajo el cuidado de las abuelas y los curas. Las generaciones que han visto coexistir la yunta de bueyes tirando del arado con los pantalones campana, muy al estilo del Dúo dinámico, que haría furor en Soutelo de Montes, y los nuevos coches seat, y han tenido que adaptarse a unos tiempos nuevos, más rápidos y más inseguros. Como pasa siempre.

Viéitez no exploró el color, aunque sus trabajos son igualmente espléndidos, porque se había acostumbrado a ver el mundo en gama de grises.  Era aquel un mundo gris y anodino que interrumpía su rutinaria existencia justo para la fotografía. Prácticamente todos los trabajos de nuestro hombre son posados. Posados en sentido estricto o interrupciones de algún evento para hacer un posado colectivo improvisado. Pero en todos los casos, las fotos están cargadas de significado, tienen sentido, nos interpelan; en su simplicidad, nos llevan a ellas, nos hacen preguntarnos qué estarían pensando las personas retratadas, los que velan los entierros, las jóvenes endomingadas, los amigos de parranda. Es la reproducción mecánica de este abigarrado caleidoscopio la que nos transmite el sentido de una época. La vida como fue. Como es.