jueves, 16 de agosto de 2018

Las nueve del valor

Las nueve firmantes del artículo "No tenim por" traen a la memoria la vieja leyenda medieval de los "nueve de la fama", todos varones. Ahora serían "los nueve del valor", siete varones y dos mujeres.

Los nueve presos políticos homenajean a las víctimas del 17-A y a la sociedad catalana, dejando bien claras las circunstancias políticas y de seguridad de aquel atentado. Es un texto mesurado que alaba el comportamiento de las instituciones catalanas y el apoyo de la población al tiempo que exige explicaciones al Estado sobre aspectos oscuros de esta tragedia. No se menciona el acto oficial de homenaje. Es una carta en estilo "tortosí". 

Esta voz desde la prisión tiene una importancia decisiva e introduce un elemento nuevo en el acto previsto para mañana que merece la pena considerar. La manifestación oficial española será, probablemente, un acto de afirmación unionista y monárquica. Los proyectados por el independentismo, de diverso tipo y alcance, como es natural en un movimiento compuesto por fuerzas distintas y muy aficionadas, además, a discutir entre ellas. Pero el punto de encuentro cerrado es siempre el mismo y nada mejor para simbolizarlo que el artículo de las presas políticas.

El Estado pretendía servirse de esas nueve personas del valor como rehenes, gracias a una "justicia" complaciente, para negociar políticamente con un movimiento descabezado. Menudo ojo el de los estrategas del gobierno anterior. No solo no lo descabezaron sino que le dieron dos cabezas simbólicas a falta de una, las presas y los exiliados. Le dieron un faro, una guía, una causa añadida a la que ya traía, un objetivo común: la libertad de los presos y exiliadas políticas. Y ahora es el momento en que el Estado no sabe cómo resolver el embrollo político-judicial, cómo deshacerse de unos rehenes que han resultado ser testigos de cargo. 

Pero sí sabe que tiene que hacerlo. Sánchez predica su teoría de la "normalidad" que, sobre carecer de todo contenido, es predicar en el desierto. Quiere convencer a los indepes de que retornen al autonomismo y a los unionistas de que se hagan demócratas. En ambos casos con el mismo éxito del cegato San Maël, cuando bautizó a los pingüinos tomándolos por personas, según acreditada crónica de Anatole France. 

¿Cómo van a admitir los indepes que sea normal tener a sus dirigentes democráticamente electos en prisión mediante un procedimiento jurídicamente torticero y políticamente persecutorio? Y ¿cómo van a admitir los unionistas que se deben respetar las decisiones democráticas de la mayoría si no les convienen?

El avance del fascismo es cada vez más patente. En las últimas horas se han multiplicado las agresiones fascistas de todo tipo: unos energúmenos han boicoteado un acto de abuelas y abuelos por los presos políticos; otros han ido pintando lazos amarillos en las puertas de las viviendas, los coches particulares, etc; otros han alquilado una avioneta y se pasean por los aires en las playas, dando vivas a España y animando a quitar lazos amarillos. 

Es urgente que el Estado  asuma sus responsabilidades y actúe con las derechas, extremas, de centro, facistas, delictivas, etc con la misma contundencia con que actúa frente a las izquierdas que se han limitado a hablar y no atacan a nadie, no ya por sistema como las bandas fascistas, ni ocasionalmente. 

El conflicto España-Catalunya no puede tapar la necesidad perentoria de poner fin a la campaña sistemática de desestabilización en Catalunya emprendida por C's y grupos afines. Quienes instigan a actos de agresión y violencia deben responder ante los tribunales. Suelen estar identificados. Deben ser procesados.

Conviene recordarlo para no caer en un síndrome de Estocolmo por el cual la izquierda española pide a los indepes moderación para no despertar a la bestia fascista que, como se ve, está más despierta que nunca. Esa humillante petición oculta una equidistancia: tu libertad de expresión, pacíficamente manifiesta, provoca una respuesta violenta. Vale, pero el responsable de la violencia, el único responsable de la violencia, es el que recurre a ella. No el que ejerce pacíficamente su libertad de expresión. 

El Estado debe actuar antes de que sea demasiado tarde. Si se retrasa será imposible erradicar la sospecha de que la impunidad de las bandas fascistas está alimentada por la negligencia, si no la complicidad de las autoridades. Las amenazas de "ulsterización", incluso de "balcanización" (para eso está Tabarnia), se han formulado. A ver si va a resultar que el Estado también ha privatizado la guerra sucia.