lunes, 23 de diciembre de 2013

Una ley retrógrada y misógina. O sea, española.

A algunos patriotas de la banda de presuntos la carta de la ministra francesa de Derechos de las mujeres (ya quisiéramos en España un ministerio así) les parecerá una injerencia inaceptable. Muchos otros -no menos patriotas que esos bocazas- estamos muy agradecidos. Se comprueba de nuevo que la única garantía de la democracia y las libertades en España frente al nunca desaparecido y hoy reavivado nacionalcatolicismo fascista es Europa. Y un poco más, incluso. Si queremos tomarnos en serio a nosotros mismos tenemos que ir suprimiendo ya esa excusa de los "asuntos internos" de cada Estado. En una Europa vía a la unión política no puede haber "asuntos internos", sobre todo cuando se trata de ataques de los gobiernos contra sus poblaciones, como el que lleva dos años perpetrando el del PP, escudándose en una mayoría absoluta que obtuvo con engaños e ilegalidades ahora bajo escrutinio de los tribunales. Al extremo de que la policía judicial ha registrado la sede del partido del gobierno como si fuera una cueva de ladrones. Y no muy lejos se halla.

Al margen de las medidas de política económica injustas, que se ensañan con los más débiles y amparan y privilegian a los más ricos, la labor legislativa del gobierno hasta la fecha está inspirada en un propósito tan antipopular y liberticida que parece como si se dictara para un pueblo conquistado por la fuerza de las armas y al que fuera necesario sojuzgar, reprimir y, si se tercia, aniquilar. Por si la ley liquidadora de la enseñanza pública del monaguillo Wert y la ley mordaza de palo y tentetieso del sectario santurrón Fernández Díaz fueran poco, el otro chupacirios del gobierno, Gallardón, acaba de presentar un proyecto de ley en contra de las mujeres que entronca a la perfección con lo más inicuo, lo más oscurantista, misógino y bestial de la tradición española. Una ley bestialmente española.

Ha faltado tiempo al principal representante de la superstición nacionalcatólica, Rouco,  para relamerse de gusto en los medios en defensa de este proyecto feminicida que las sumisas cipayas del PP aplauden a rabiar. A este respecto, tiene interés la carta abierta que Elena Valenciano ha dirigido a las diputadas del PP pidiéndoles que no voten el proyecto de su partido. Tengo curiosidad por saber qué saldrá de la iniciativa y cuantas mujeres del PP tendrán el coraje y la dignidad de votar contra un proyecto de ley que las degrada a la condición de máquinas de parir y sin derechos. No prejuzgo. Veremos. Es como un experimento para ver si hay diferencia entre lo que se llamaba el "socialismo científico" y el "utópico".

A estas alturas, ese impresentable proyecto de ley está más que visto y destinado al cubo de la basura en cuanto en España vuelva a haber un gobierno democrático, respetuoso con los ciudadanos. Como la ley contra la educación pública y la ley mordaza. Toda esa basura, a la basura. Además del carácter reaccionario e inhumano del proyecto de ley contra las mujeres, Palinuro ya ha puesto de relieve sus dos falacias más llamativas que este repelente niño Vicente pretendía colar al modo jesuítico: la legalidad del aborto para los casos de violación y la consideración de la mujer siempre como "víctima", esto es, como irresponsable penal. Declarar irresponsables de sus actos a las mujeres y sostener que eso es un avance no solo demuestra estulticia y cinismo sino también -y especialmente- la degradación moral de unas mujeres capaces de aplaudir este insulto a su dignidad, su particular vivan las caenas.

Hace muy bien la ministra francesa criticando el atentado. Europa no puede permitir que el gobierno de la derecha siga legislando a la española gracias a los oficios de quien se las da de comprensivo y no es sino un zote cegado por todos los fanatismos que ya señalaba Francis Bacon en el siglo XVII al enumerar los "ídolos" que obnubilan el juicio de los seres humanos. Este proyecto, contrario al sentir mayoritario de la población española -incluidos los votantes del PP- y que solo satisface a la iglesia, empeñada en sentar cátedra discursiva sobre lo que ignora y/u odia, los incorpora todos:
  • Ídolos de la tribu. Los habituales en todo ser humano, especialmente agudos en el caso de los de inspiración fascista, como es el caso de este ministro, capaz de renovar un marquesado de Queipo de Llano, otorgado en primer lugar a un militar faccioso y delincuente que animaba a sus tropas por radio a violar a las mujeres de los milicianos. Palinuro lo señaló hace unos días y lo repite ahora: ¿cómo se atreve alguien que premia la violación de mujeres a legislar nada sobre ellas?
  • Ídolos de la caverna. Las convicciones nacionalcatólicas del sujeto, que lo llevan a creer -o hacer como si creyera- que sus fantasías son la realidad más acrisolada para el resto de los seres humanos. Y, si no actúan en consecuencia, se les encarcela.
  • Ídolos del foro. Su frecuente trato y comercio con los clérigos y otras criaturas deficitarias en condición humana lo llevan a suponer (o, de nuevo, hacer como como si lo supusiera) que el significado de las palabras, respeto, libertad, emancipación, solo puede ser el que él les da, normalmente retorcido.
  • Ídolos del teatro. Los nacionalcatólicos, herederos del espíritu de Trento, escenifican esa idea de España y lo español a la que ya queda poco para destruir lo que resta de esta nación, otrora grande. Porque ese catolicismo burro -que los curas al estilo Rouco identifican con el ser nacional español- es el principal responsable de que, como cada vez es más manifiesto, España sea un Estado fallido. Un Estado que camina hacia su desintegración porque la casta dominante sigue obstinada en imponer a la fuerza sus convicciones de secta al conjunto de la población. O sea, es incapaz de entender que una sociedad moderna y abierta implica pluralismo de valores en feliz expresión de sir Isaiah Berlin hace cien años pero que aún no ha llegado a estas feroces tierras.

Dice mi pareja con toda razón que, en este asunto de los asuntos internos hay consecuencias prácticas, de influencia inmediata sobre la vida de las gentes. Si yo soy una ciudadana francesa y, en uso de los derechos que me conceden los tratados europeos y la libertad de residencia en los países de Schengen, decido trasladarme a España (por ejemplo, una estudiante Erasmus) solo puedo hacerlo aceptando una pérdida de derechos, admitiendo que se me trate como una ciudadana de segunda y que se me obligue a ir adelante con un embarazo no deseado. No, no hay "asuntos internos" en materia de derechos de los ciudadanos. Europa no puede tolerar que los franquistas españoles legislen contra la gente de su país porque la gente de su país es ya la de los otros.