jueves, 10 de enero de 2019

La quinta columna

Mi artículo de ayer en elMón.cat, titulado, Los falsos amigos. Versa sobre los reiterados intentos de conseguir qu el independentismo ceda en sus reivindicaciones y se avenga a salvar los presupuestos del PSOE, un partido tan catalanófobo como el PP. La excusa que se invoca es que es interés de los catalanes hacerlo para impedir el gobierno de los franquistas en España. En eso coinciden todos los "progres" y socialistas. Iceta y sus compadres catalanes presionan sin parar para ganarse una sonrisa de Sánchez, trayendo a los hoscos independentistas del ronzal, a aprobar los presupuestos y seguir aguantando la represión, apuntalada por el PSOE. Este disimula su política anticatalana con algumos abalorios, como si en la colonia fuéramos tontod. Rosa María Mateo, musa del PSOE promete más horas de catalán en la tele y Sánchez inundar de nuevo Catalunya de inversiones. Como siempre: manejan como mercedes y gracias que niegan o dan lo que son los derechos de los demás. Lo mismo que hace el PP. Guárdense sus abalorios y déjennos decidir nuestra vida por nuestra cuenta,

Que los socialistas no son freno alguno al fascismo se demuestra fehacientemente en Andalucía y se demostrará en breve en España. Si el PSOE fuera un partido de izquierda de verdad y no una agrupación de burócratas al servicio de la monarquía y el régimen del 78, ya habrían autorizado un referéndum de autodeterminación en Cataluña y continuarían gobernando, de momento, con Podemos y los independentistas.

Pero, para eso, a Sánchez le sobra miedo y le falta inteligencia.

Aquí el texto en castellano.

Los falsos amigos

En el Estado español hay una realidad de hecho. Guste o no guste, se da una dualidad de poderes que rivalizan entre sí por el control del territorio: el gobierno español y el de la Generalitat. Muy desiguales, por cierto, o asimétricos, pero reales y enfrentados. Solo coincidena al modo en que sarcásticamente decía Carlos I que coincidía con su primo Francisco I: los dos querían Milán. Los dos gobiernos, el español y el catalán, quieren mandar en Catalunya. En teoría, el poder último es el español; pero, en la práctica, se ve cortocicuitado permanentemente por el otro. Toma este sus decisiones según sus objetivos y, en la medida en que puede, solo deja al poder español una posición ceremonial o de representación que este ejerce en una repetida versión del dilema del fuero y el huevo.

Los españoles están ya tan acostumbrados a este trato de menoscabo en las relaciones exteriores que ni lo notan. España no cuenta en el orden internacional salvo como figura y no muy decorativa. El problema es que esta irrelevancia del poder político español se produce ahora en el interior del Estado con respecto a Catalunya. El del Estado sigue siendo el poder supremo en todo el territorio, incluido el catalán, pero la realidad se obstina en hablar otro lenguaje. En el fondo, la política española está determinada toda ella por Catalunya.

Exagerando, aunque no mucho, podría decirse que Catalunya gobierna España. Su poder no reside en su capacidad coerctiva, pues no tiene ninguna, sino en su ejemplo o imagen, en el efecto que causaría en el exterior una repetición de la barbarie policial del 1-O. Y también en el hecho de que la crisis del régimen de 1978 convierte paradójicamente al independentismo catalán en clave para la gobernación de España . La pertenencia al país a la UE y a la OTAN hace que el viejo recurso a la fuerza militar sea hoy impracticable. La oligarquía ha intentado sustituir a los militares por los jueces para someter a los catalanes y ha vuelto a fracasar. La perspectiva de la farsa judicial del 1-O, que acaba de empezar, no puede ser más sombría.

Para el nuevo año, todos los gestos del Estado parecen tratar de apaciguar los ánimos, rebajar la tensión, tratar de inducir algún tipo de normalidad. Sánchez vuelve a Catalunya a seguir presionando en pro de unos presupuestos que él mismo condena al fracaso al negarse a hacer gesto alguno que suscite un cambio de actitud del independentismo. En un acto solemne, el rey vuelve a invocar la Constitución, no ya ante los militares, sino ante los jueces y lo hace para recordar que el texto no solo garantiza el poder político, sino que también lo limita. Otro gesto tratando de congraciarse con los independentistas a base insinuar a los jueces serviles loss límites del poder político.

Los sectores más catalanófobos del gobierno del PSOE, los medios más franquistas (casi todos), los socialistas más reaccionarios y nacional-españoles, estilo Fernández Vara, García Page, Lambán o Díaz, todos reclaman a Sánchez lo mismo que el PP y C's: mano dura con Catalunya, un 155 sin límite, intervención de la Generalitat. Y dicen hacerlo por el bien de Sánchez, porque son sus amigos y no quieren que se lo coma VOX, que trae un discurso más duro y amenazador que la gente acabará votando si no ve otra alternativa firme.

A su vez, los sectores más conservadores del independentismo, las fuerzas más pactistas y moderadas, aconsejan a Torra que se frene, que tenga tacto, haga concesiones y hasta que vea la conveniencia de aprobar los presupuestos para evitar nuevas elecciones y cerrar el paso a los energúmenos de VOX. También estos son los amigos de Torra, los que quieren su bien y se preocupan por el objetivo independentista.

En los dos casos se esgrime el fantasma de VOX para justificar lo injustificable: de un lado, mayor dureza en Catalunya, más represión, opresión e injusticia; de otro, moderació, incluso abandono de los postulados independentistas, olvido del mandato del 1-O para no acarrearnos la destrucción a manos de estos nuevos/viejos bárbaros.

Tanto los falsos amigos de los unos como de los otros persiguen fines propios inconfesables, los de los quintacolumnistas. La exigencia de mayor represión en Catalunya trata de intensificar el conflicto para dar al traste con el gobierno de Sanchez, aspiración hoy de la derecha y ayer de Podemos. La de calmarse, pactar con los españoles para moderar el enfrentamiento, pretende enterrar el proceso independentista y volver a alguna forma de autonomismo. El pretexto que emplean, la regurgitación del fascismo español en las figuras de estos matones de opereta es ridículo. Estos de VOX no son otra cosa que una banda de maníacos querulantes de mucho ladrar (o rebuznar) y poco morder.