jueves, 14 de junio de 2018

Buscando camorra

Aquí mi artículo de ayer en elMón.cat, titulado Nous temps, en referencia irónica, claro, a cómo han cambiado las cosas desde que gobierna lo que queda del PSOE: nada, no han cambiado nada. Si acaso, que los ministros son más rápidos que los ladrones del PP a la hora de dimitir y que hay más ministras que ministros. Pero eso es todo. La reforma laboral tendrá unos retoquillos; la Ley Mordaza no la tocarán; seguirá la dictadura policial y la iglesia parasitando al Estado mientras los ladrones desorejados estilo Urdangarin se pasean en libertad pero los representantes democráticos de los catalanes seguirán encerrados a pesar de ser inocentes. El mismo autoritarismo y la misma oligarquía mandando.

Se recordará cuando Aznar dijo que "antes se romperá Cataluña que España", una de esas frases con las que estos tipos creen decir algo cuando es evidente que, si como ellos mismos dicen, Cataluña fuera España, al romperse aquella se romperá esta al mismo tiempo. Pero es difícil que un estúpido de este calibre llegue a entender algo tan elemental. Se recordará asimismo a García Margallo amenazando ominosamente con que "a partir de agosto empezaran a pasar cosas en Cataluña", a Jordi Cañas anunciando "os montaremos un Ulster que os vais a cagar". Más recientemente, el provocador Borrell, ministro, anuncia en TV que Cataluña está al borde de un enfrentamiento civil y hace nada, su discípula Arrimadas anuncia que se llegará a unos límites de violencia que no se pueden imaginar.

Son expresiones que tienen mucho en común. No casos aislados. Es el deseo del fascismo nacionalcatólico español (PP, PSOE, C's, IBE 35, banca, medios, curas, militares, policías, etc): que haya violencia en Cataluña para poder justificar una intervención armada. Sus intelectuales firman ahora bovinamente manifiestos (aprovechando que el señorito socialista está en el gobierno) pidiendo soluciones, mientras sus políticos siembran el miedo con amenazas y sus bandas de matones y fascistas lo hacen en la calle, agrediendo a la gente pacífica.

Aquí, la versión castellana:

Nuevos tiempos


Borrell, como Guerra en el primer gobierno de Felipe González, debe de ir en este de “libre oyente” y, sobre todo, de libre provocador. Sus exabruptos en el gobierno no son más graves que los que soltaba en la oposición porque esto ya no es una cuestión política o administrativa de un cargo arriba o abajo, sino de pura decencia humana. Es imposible tratar con quien amenaza y va de mala fe.

Es de suponer que el gobierno calibrará el impacto que la piromanía del ministro tiene en su política de diálogo y entendimiento. Aunque también puede tratarse de una pieza de florentinismo político: se deja suelto a Borrell y se compensa con el tono civilizado de Batet en una reactualización de la pol’itica del palo y la zanahoria. No está mal pensado. Solo que el palo es un pesado garrote y la zanahoria no existe. El nacionalismo esspa;ol solo puede atacar< no tiene nada que ofrecer. La intención evidente es introducir división en el bloque independentista, buscando acuerdos con sus sectores más conservadores. Es lo mismo que intentan con Podemos, dinamitarlo por dentro ofreciendo cancha a Errejón, sin darse cuenta de que lo ponen en un aprieto porque si el de Podemos aceptara, como le pide su talante, ¿cómo se distinguiría de Gabilondo, su adversario? Lo mismo con el movimiento independentista: ofertas a los sectores más conservadores que conllevarían la ruptura de la unidad independentista. Con un resultado, es de suponer, muy parecido. Es decir, nulo.

La cuestión no es la irresponsabilidad del ministro. La cuestión es que su intención última, esto es, provocar aquello contra lo que dice avisar, no va a darse. No se da; ni se dará. El independentismo ha movilizado a millones de personas durante años sin que haya habido violencia jamás. La violencia emerge con la reacción nacional española de los últimos tiempos, reacción en la que el propio ministro ha tenido un papel destacado. La violencia viene de ahí, de los “patriotas” españoles de fuera de Catalunya y de dentro de ella, de Vox, SCC, ocasionalmente C’s y PP, aliados callejeros del ministro. Viene de ahí y ahí se queda circunscrita. Y documentada hasta la saciedad. Es la era de las comunicaciones. Hay docenas de vídeos probando el carácter exclusivamente español de la violencia. Y, además, ridículamente minoritario.

La amenaza de que Catalunya esté en situación de enfrentamiento civil refleja un deseo y un deseo que no va a cumplirse. No hay ni habrá enfrentamiento civil. Ni hay ni habrá violencia que justifique la aplicación de la plantilla ETA que tenían preparada con el 155. Todo esto, además, de insensato está completamente fuera de lugar y de tiempo. El País Vasco demanda seguir la vía catalana. Estará bien ver cómo va a enfocar el gobierno ese nuevo problema. ¿También con medidas represivas policiales y judiciales? ¿Va a haber más presos políticos, esta vez vascos? ¿Se va aplicar el 155 en tierras de Sabin Arana?

Mientras el gobierno y el Estado buscan alguna vía de escape a la tenaza de los dos referéndums de autodeterminación, interviene Navarra y, sin poner en cuestión la soberanía nacional, que tanto teme el nacionalismo español, sí cuestiona la forma política del Estado.

Se plantea así un problema siempre larvado, siempre aplazado y que obligará a la izquierda española de definirse. El PSOE habrá de declararse partido dinástico en un momento en que la monarquía está tan baja en la valoración popular que los baremos no preguntan por ella. 120 años de historia a los pies de un Borbón.

Es absurdo pensar que una crisis de estas dimensiones puede abordarse con 85 diputados y un vagaroso plan de reforma constitucional en la que nadie cree. Es absurdo esperar que este pecio del naufragio del régimen al chocar con el escollo catalán presente un plan para salvar el conjunto. Solo tenían el 155 y, al decaer este, se encuentran con las manos vacías y el discurso huero. En su lugar quieren sembrar el miedo y el odio.

Catalunya no está al borde del enfrentamiento civil. España está al borde de la quiebra política.