lunes, 12 de marzo de 2018

La muerte del dictador

Muy interesante película, desigual en su desarrollo, pero muy rica de contenidos, sugerencias, guiños. Una mezcla de historia real contada en farsa pero muy bien documentada tanto en la forma como en el fondo. Y una crítica devastadora al estalinismo que lo es al comunismo en la medida en que este tenga algo de aquel. El director, Armando Ianucci, es un escocés conocido por sus sátiras políticas como prueba aquí también. La historia es francesa y está adaptada por el director. El resto es un relato cuyo ritmo frenético se apoya en una cámara que no se está quieta jamás, y que va desde unas horas antes de la muerte de Stalin a unas horas después del asesinato (o ejecución, según quién hable) de Laurenty Beria, el jefe de la NKVD.

El clima que la historia trasmite antes y después de la muerte de Stalin es el de una situación de inseguridad y conspiración permanente no solo en la lucha por el poder, sino por sobrevivir. El círculo inmediato de Stalin, el que tiene que bregar con la muerte y cómo "gestionarla", el presidium del Comité Central, son Malenkov, Molotov, Beria, Kruschef, Zhukov, Bulganin, Kaganovich y quizá me deje algún otro. Todos tramando la destrucción de otros, más o menos al estilo que vamos viendo en passant y escuchando en off, de ejecuciones sumarias con disparos a la cabeza en las celdas de la Lubianka.

Incidentalmente, las dictaduras suelen tener un problema a la hora de la sucesión, pues carecen de sucesor predefinido por algún criterio formal. Eso también pasaba a la de Franco, pero este suplió la carencia designando él mismo su sucesor y abriendo línea dinástica hasta el fin de los tiempos. Por eso dijo lo de "atado...". Los soviéticos, en cambio, no podían hacerlo así porque el principio que regía era el de la continuidad del partido pero sin que estuviera claro quién en concreto habría de ocupar los cargos que el finado dejaba. Y ahí se armaba la trifulca correspondiente, con los asesinatos de rigor.

La caracterización de los personajes es magnífica y la ambientación, estupenda. Las moles rusas del Kremlin, la Plaza Roja, San Pablo, los despachos, las salas de reuniones, las dachas, los grandes espacios para solemnidades, la permannete presencia de bustos del camarada Stalin.

En un primer momento se formó una troika entre Molotov, Malenkov y Beria, pero no duró nada porque nadie se fiaba de Beria que andaba siempre con listas de gente asesinable a la mañana siguiente y en las cuales podía estar cualquiera. Kruschef ganó la partida y consiguió el arresto y ejecución de Beria casi en un solo acto, entre otras cosas, para no darle tiempo a hablar. Luego sustituyó a Malenkov como secretario general en 1953 y como presidente del consejo de ministros en 1958. Por entonces ya se había producido el XX Congreso y, gracias a un informe secreto del camarada Kruschef, el mundo se enteró de que Stalin era un asesino. Como si fuera algo ignoto. A él, a su vez, lo sustituyeron antes de tiempo, es decir, antes de morirse de muerte natural o de la otra en 1964.

Pero la película se ceba en las relaciones personales entre los intervinientes, empapadas de un doble lenguaje porque todo cuanto se dice puede ser interpretado de forma torcida, quién sabe por qué. Es fama que en cierta ocasión, en una de las frecuentes fiestas del georgiano Stalin este pidió al ucraniano Kruschef que bailara una danza de su tierra. Cuando luego le preguntaron por qué había obedecido y bailado la danza parece que contestó: "si el camarada Stalin te pide que bailes, baila". 

Todo el episodio del concierto del comienzo de la historia es sensacional. Acabada la interpretación, con el público abandonando la sala y el director de escena secándose el sudor con un pañuelo, el camarada Stalin llama diciendo que el concierto le ha parecido estupendo y quiere la grabación. Grabación que no se ha hecho. La situación acaba siendo tremendamente cómica pero suena en ella un eco de las frecuentes intervenciones de Stalin en la escenificación de teatro u ópera en Moscú. Siempre se menciona una crítica reprobatoria aparecida en Pravda al día siguiente del estreno de Lady Macbeth, de Shostakovich. Todo el mundo sabía que aquella crítica era de Stalin y eso puso las cosas muy difíciles para el músico.

Seguro que cada espectador encontrará referencias que le confirmarán en lo bien documentada que está la peli. Cito una relevante: en su intento de demostrar que el asesino era Stalin y no él, Beria liberó a la esposa de Molotov, Polina Zhemchuzhina, una judía que fue arrestada en 1948 por orden de Stalin y recluida primero en la Lubianka y después una aldea perdida de la frontera sin que su marido supiera nada de ella. Y a pesar de todo, él siguió siendo miembro del presidium y compañero de Stalin. Es difícil entender cómo alguien de la condición de Beria podía aspirar a que le creyeran en nada. Pero más difícil es aun comprender cómo alguien puede compartir gobierno y francachelas con un tirano que tiene secuestrada a su mujer y quién sabe si no la ha asesinado. Esto es lo que hace tan difícil de entender el comportamiento de la gente que ha interiorizado el terror.

La historia mantiene el interés de una compañía que esté preparando febrilmente el escenario antes de alzar el telón mientras, al mismo tiempo, están asesinándose entre sí, como en la tragedia que van a representar. Hay momentos muy divertidos. 

Y aparece el teléfono rojo. Pero nadie le hace caso.