dimecres, 26 de febrer de 2014

Ladrones de buena estirpe

Me fastidia empezar hablando bien de Palinuro como si fuera Rajoy, pero no me queda más remedio. Viendo el debate sobre el estado de la Nación queda claro que, en lo esencial, fue como aquel lo pronosticó en su entrada anterior, El debate de hoy. Rajoy estuvo calcado (hasta en el leer como un doctrino 44 folios) y hubo alguna variante en la oposición que luego comentaremos. Repasar la entrada nos ahorra narrar el contenido del discurso del presidente que, en efecto, como él decía, es muy "previsible". Miente siempre. Y también nos permite ahondar un poco más en su sentido.

La avalancha de titulares de prensa, varios probablemente inventados, a la que respondió Rubalcaba con otra de signo contrario que fue contestada a su vez por una tercera de Rajoy machacando el hierro al rojo, delata la preocupación esencial de los dos líderes: los medios, la imagen. Lo que importa son los titulares, no la substancia, no la letra pequeña. Es más, no hay letra pequeña. Es política hecha por y para los medios, lo que no está mal tratándose de dos dirigentes que concentran los índices más altos de rechazo de la opinión pública de la historia reciente de España.

El discurso de Rajoy, según parecer general, fue una alternancia de un presente tranquilo, grávido de un futuro brillante, espléndido, y un pasado tenebroso. Entre medias está él, el hombre providencial, el milagro estilo aznarino. Habla en primera persona del plural pero siempre se refiere a él. Modestamente. Por cierto, el amanuense de los discursos podía afinar un poco más la métáfora y no hacer el ridículo con la del cabo de Hornos, símbolo máximo de los lobos de mar. Se nota que no ha visto un barco ni en dique seco. Los cabos no se atraviesan; para eso es mejor un bulldozer. Los cabos se rodean y, mejor todavía, se doblan, que es el término verdadero, según mi amigo José Manuel Roca, avezado a las cosas de la mar. Pues no se crea que el chorreo de datos y magnitudes desgranados por el presidente en apoyo de su consigna electoral de que España ya lidera el auge de Occidente esté mejor traído. Nadie con un mínimo espíritu crítico da crédito a nada de lo que diga Rajoy. Y, si de números se trata, menos. Salvo que sean los de los sobresueldos. Esos sí se los sabe.

Las variantes estuvieron en la oposición. Rubalcaba no leyó. Tiene más tablas. Está más seguro de lo que dice porque lo conoce.  No llevaba folios, sino unas notas y esquemas. Como es lógico cuando uno va a debatir, a discutir y no a machacar, a predicar y a erigir un castillo de embustes. Arrancó con cierto brío retórico preguntando a Rajoy si sabe en qué país vive. No lo sabe ni le importa. Él va a lo suyo. A lo que Rubalcaba señaló con acierto: a imponer el modelo de la máxima desigualdad. Porque se trata de la derecha. Muy cierto. La derecha ha pensado siempre que los trabajadores tenían muchos derechos, las mujeres mucha libertad y los españoles demasiada igualdad. Es una evidencia. También fue oportuno prometer que, si los socialistas gobiernan, devolverán a la ciudadanía los derechos que se le han arrebatado. Le faltó decir: y los dineros. Porque esto ha sido -y sigue siendo- un expolio jurídico, político, económico y social a manos de la derecha. Y aquí, ya el tono de la intervención de Rubalcaba empezó a decaer. Escasa contundencia con la corrupción (aunque mencionara las mentiras de Rajoy), nada sobre Cataluña, poquísimo sobre el aborto y una consideración proforma sobre la barbaridad de Ceuta. No pidió la dimisión de Rajoy ni mentó siquiera la posibilidad de una moción de censura. Y ambas cosas se las ha ganado este gobierno con creces. Una oposición demediada. Arrancó bien y se desinfló. Rubalcaba habrá sido corredor de fondo en su juventud, pero ahora no sostiene un discurso de mediana duración.

Más contundente estuvo Cayo Lara que sí se explayó sobre la corrupción y estuvo ocurrente al avisar a los miembros del PP con cuentas en Suiza que Helvetia no es una Comunidad Autónoma. Pero, sobre todo, fue muy oportuno dictaminando que el gobierno solo protege a las elites económicas. Es la tecla de la desigualdad que también había tocado Rubalcaba, pero con más fuerza: un tsunami de desigualdad que está "violando los derechos humanos". Y dicho en clave más social, de conflicto de clase, que el socialdemócrata tiende a pasar por alto. Aun así, podía haber sido más incisivo y claro: el gobierno es un comité de asuntos de la patronal, la banca y la iglesia. Legisla no solamente en interés de estas sino a sus dictados. Y también anduvo corto y flojo de reflejos: no basta con criticar. Hay que señalar el camino de la puerta. Cuando se ganan elecciones mintiendo, se gobierna mintiendo y favoreciendo a los seguidores y, sobre todo, a uno mismo a base de sobresueldos y expolio de lo público, como esa apropiación del registro civil en beneficio de Rajoy y sus compadres de profesión, lo menos que se puede esperar es que a uno lo llamen ladrón sin parar y le pidan que dimita.

Por eso, la intervención más lograda, a juicio de Palinuro, fue la de Coscubiela, el portavoz de Iniciativa per Catalunya-els Verds, quien ha definido la situación con mayor exactitud, llamando las cosas por su nombre: el gobierno, según el diputado catalán, carece de tal autoridad porque ampara a un "capitalismo confesional, rentista y parásito" y porque da cobijo y oculta la corrupción "enquistada en su propio seno", comportándose como "verdaderos saqueadores". Esa es la verdad y lo que debía haber sido tema monográfico del debate y, ante esa verdad, a Rajoy le ha salido la estirpe, aquella cuyos hijos son "mejores" y justamente desiguales por ser superiores. El desprecio, casi el asco, la impertinencia (el ya tal del momento) con que se negó a responder a Coscubiela, con altanería de señorito, demuestra que su estirpe será muy elevada, pero él es un patán.