viernes, 13 de septiembre de 2013

La respuesta.


Estuvieron esperando en silencio, a ver si la cadena humana por la independencia fracasaba para montar luego una campaña de desprestigio del nacionalismo catalán. Los medios públicos de comunicación ocultaron los preparativos y censuraron todas las noticias que pudieran dar cuenta de la manifestación de la Diada. Como si no existieran. El presidente del gobierno no contestó a la carta de Mas pidiendo negociar la consulta. Los demás gobernantes no encontraron tiempo para pronunciarse sobre la jornada reivindicativa y hasta los portavoces del partido, habitualmente arrogantes y largos de lengua, desaparecieron misteriosamente. Se trataba de ningunear la Diada, por si se podía escamotear la cuestión catalana y no afrontar la necesidad de acometer un replanteamiento de la planta territorial del Estado.

Pero la cadena fue un éxito. No conozco cifras oficiales u oficiosas que, como siempre, variarán mucho. Pero la cadena cumplió su objetivo de cruzar Cataluña de norte a sur. Cuatrocientos kilómetros, metro a metro, medidos por miles, cientos de miles de ciudadanos cogidos de la mano. Una manifestación de voluntad cívica, democrática y pacífica. Un acto de apoyo social masivo a una decisión política de autodeterminación que el gobierno catalán y la mayoría parlamentaria que lo sustenta tendrán ahora que plantear abiertamente al conjunto del Estado.

Y frente a eso el gobierno del Estado no tiene nada, ni una propuesta, ni una respuesta que no sea un "no" sin paliativos, nada preparado. No plan B en caso de inoperancia del A, esto es, que la Diada fuera un fiasco. Nada pensado; nada preparado. Y no es solamente porque el caso Bárcenas lo tenga en vilo sino porque, de siempre, la derecha española carece de propuesta integradora frente a los nacionalismos que no sea el recurso a la fuerza. La poquedad es un rasgo del nacionalismo español de siempre pues tampoco la oposición ha tenido una actitud brillante. El PSOE se ha sacado de la manga una confusa propuesta de reforma de la constitución que solo denota la falta de interés que ha puesto en el asunto.

Donde no hay nada preparado se produce lo espontáneo. Y espontáneas fueron las respuestas cuando ya era evidente que el acto cívico multitudinario había sido un éxito. Los primeros en echarse al monte fueron los de la dialéctica de los puños y las pistolas en la librería Blanquerna. En estos momentos parece ya hay doce detenidos. Faltan tres. Conocemos los nombres de varios de ellos, alguno con antecedentes policiales por hurto. Nada extraño. Otros, militantes de organizaciones derechistas. Habrá que investigarlos a todos, ver si tenían conexiones con las Nuevas Generaciones y cosas así. De momento estos quieren seguir actuando. Preparan una manifa españolista el 12 de octubre próximo en Barcelona, a ver si hay tomate, que no será así porque habrá más policías que manifestantes. En todo caso, es preciso instar la ilegalización de todas estas organizaciones terroristas.

Algo más ducho en el uso de la palabra, aunque tampoco gran cosa, un contrito García Margallo hacía unas declaraciones que mostraban el impacto de la Diada en lo más coriáceo de la derecha española. Este Margallo era el mismo que el día anterior, en el estilo más bravucón, que le es inherente, sostenía que la Constitución solo tiene dos artículos (el 1º, 2 y el 2º ) y el resto es literatura. Una expresión que lo define como un auténtico zopenco, primero por despreciar la literatura y segundo por ignorar que la Constitución tiene muchas cosas, mejores o peores, pero nada desdeñables. En este caso, además, la bravuconada se le ha helado en el gesto y, al reconocer que la Diada ha sido un éxito, acaba reconociendo que el gobierno tiene que escuchar la voz de la calle. O sea, la literatura. Lo justifica con razones cuya incoherencia solo es inferior a su insubstancialidad. Dice sentirse español y le duele, asegura, que haya catalanes que no compartan ese sentimiento pero pretende resolver la cuestión dejando de lado los sentimientos. En fin, da igual. No sabe lo que dice. Y, por cierto, quizá debiera pensar un poco antes de abrir la boca acerca de si el ministro de Asuntos Exteriores es la persona más adecuada para comentar asuntos catalanes, salvo que ya esté reconociendo que se trata de asuntos de otro Estado.

Forzada por lass circunstancias y ante el habitual silencio de Rajoy, la vicepresidenta se ha creído obligada a decir algo. Y ha acumulado otra bobada. Contestando al parecer a Margallo, ha asegurado que el gobierno escucha a todo el mundo, incluida la mayoría silenciosa. Es difícil escuchar a los silenciosos, sean o no mayoría y, además, tampoco este gobierno goza de buen oído. Si no escucha a la mayoría de españoles que reclaman con poderosa voz explicaciones pertinentes sobre sus asuntos de corrupción, no se ve cómo lo hará con los que no hablan.

La reacción más esperada y esperable, la de Rajoy, ha sido la habitual: ni palabra. Como si la cadena humana, el referéndum, la secesión reclamada de Cataluña no fueran con él. Él está a lo suyo, que tampoco se sabe qué es pues lo mantiene en secreto. No se sabe qué es lo que ha hablado con Mas; tampoco se sabe a qué se ha comprometido con los EEUU a propósito de Siria. No se sabe nada de él ni él cree que sea deber suyo informar a la ciudadanía. Algunos conocedores oficiosos, personas vagamente relacionadas con él, amigos de amigos o videntes del PP dicen que su plan es el de siempre: esperar la esscampada, el anticlímax, como dicen los refinados. Es muy cómodo dejar que las cosas se sepan de esta forma indirecta porque así pueden desmentirse tranquilamente.

En definitiva, parece que el propósito del presidente es seguir conversando a las escondidas con Mas, en la confianza de que este cederá y todo se arreglará mediando algún tipo de acuerdo económico. Se pretende reducir el momento de renacimiento del espíritu nacional catalán a una cuestión de pasta. Ignoro si esta pretensión encajará en la forma y en el fondo con los nacionalistas catalanes. Desde luego, a él lo retrata.