sábado, 9 de marzo de 2013

Cospedal y la reducción al absurdo.

De todos los políticos desagradables del PP -y hay un buen puñado- la más repulsiva es Cospedal. Su carácter altanero, desabrido, agresivo, provocador; su sectarismo, su angosto horizonte intelectual, su tendencia al embuste y al infundio hacen de ella lo contrario de lo que debe ser una política capaz de comunicarse con la ciudadanía, de identificarse y solidarizarse con sus problemas. A su lado, las cantinflerías de Floriano, las milongas de Arenas o las insensateces de Pons resultan sesudos discursos. Su característica mala fe provoca tal rechazo que ni cuando se ve obligada a hacer el ridículo en público tartamudeando mentiras evidentes despierta simpatía. Al contrario, el lamentable balbuceo que protagonizó tratando de explicar el finiquito en diferido de Bárcenas se ha convertido ya en un clásico de la hermenéutica bufa.

Cospedal no se arredra ante las cuestiones más arriesgadas y resbaladizas y habitualmente sale de ellas tirando por elevación mediante la reducción al absurdo. ¿Se discute sobre la sensibilidad social de los partidos en España? La secretaria general zanja el asunto asegurando que el PP es el partido de los trabajadores. El partido que ha destruido el ya débil sistema jurídico de protección al trabajo, el que ataca a los sindicatos y priva de prestaciones a los más vulnerables es el partido de los trabajadores. ¿Es o no absurdo?

¿Se habla de supuestas actividades ilícitas de espionaje del anterior gobierno socialista? Cospedal denuncia impertérrita que ese gobierno hizo de España un Estado policial. Sin pruebas, sin ir a los tribunales, sin retractarse cuando se le pedía. Y ello al tiempo en que se investigaba la trama de espionaje llamada gestapillo en la Comunidad de Madrid. Otro obvio absurdo.

¿Se habla de la necesidad de acabar con la corrupción en la política española? La presidenta de Castilla-La Mancha sostiene que el PP es el partido más transparente. Ahogado en la corrupción, rehén de un presunto delincuente, sospechoso de haber estado saqueando las arcas públicas en diversos puntos de España, con un presidente acusado de recibir dineros ilegales, con procesos abiertos por doquier por corrupción, cohecho, malversación, apropiación indebida, estafa, es un partido transparente. Pura reducción al absurdo.

Ayer, día internacional de la mujer trabajadora, Cospedal rizó el rizo con unas declaraciones en contra de las cuotas femeninas que revelan su mala fe y su inquina hacia todo lo progresista y de lo cual, sin embargo, hipócritamente se beneficia. ¿O cree alguien que en una España basada en la idea de género de la muy beata Cospedal una mujer en su situación civil y social hubiera podido tener un hijo por inseminación artificial? Eso es posible gracias al sacrificio y la lucha del movimiento feminista que Cospedal odia. No cabe mayor doblez, en todo similar a la de esos gais ocultos que propugnan leyes antigais.

La prueba es simple y está en el empleo de ese término machista. Las cuotas son machistas, dice la buena señora. Se trata de un robo lingüístico. El término machista y sus connotaciones es un hallazgo de la izquierda para caracterizar precisamente los roles de género y el patriarcalismo de las relaciones sociales que la derecha, con Cospedal al frente, defiende, desde la segregación por sexos en las escuelas del ministro Wert a la consagración de la familia cristiana (la del Pater familias, vamos) que el ministro Fernández Díaz, otro ilustrado, llama natural. Secuestrar términos y significados, utilizarlos para lo contrario de lo que son, instrumentalizarlos, emascula su fuerza crítica y convierte el debate público en un absurdo. Que quien se pone un velo y una peineta y se somete a la voluntad omnímoda del colegio de varones en la iglesia hable de machismo carece de sentido.

Porque no es cierto que las cuotas sean machistas. Al contrario, machismo es que no haya cuotas que protejan a las mujeres en sociedades claramente machistas, en donde se las explota, se las discrimina negativamente, se las maltrata y se las asesina a decenas. Sin embargo el argumento es tendencioso, falaz y engaña a mucha gente, diz que de buena fe. Vamos a suponerlo así, aunque tiendo a pensar que quienes son engañados, en el fondo, lo quieren. Porque precisamente la aparente fuerza del argumento (esto es, las cuotas humillan a las mujeres que valen porque desmerecen su mérito) muestra su falsedad. La subalternidad de las mujeres se remonta a los tiempos de Maricastaña, impregna las culturas, las tradiciones, las instituciones, el arte, la filosofía y hasta la misma lengua, ahormada en un uso sexista que salta siempre en todo discurso. Decir que esta situación de milenios, cuyo veneno se ha incorporado a la socialización de las mismas mujeres, puede cambiarse de la noche a la mañana mediante una ley, promulgada, además, por el partido socialista es incurrir en engaño. Decir que, de ahora en adelante, vivimos en una mundo de igualdad de oportunidades para hombres y mujeres en el cual cada uno de los sexos puede y debe mostrar lo que vale sin ayudas o prótesis, pasa del engaño al insulto.

Tómese un ejemplo sencillo: la emancipación de les esclavos negros en los Estados Unidos en el siglo XIX. El ejemplo es pertinente porque los dos movimientos, el abolicionista y el feminista unieron fuerzas en su lucha. Pues bien, ¿cree alguien en serio que la discriminación positiva y las cuotas a favor de los negros era una prueba del supremacismo blanco? ¿No es obvio que, dada la preterición secular de los esclavos estos jamás podrían competir con los blancos libres si la colectividad no los protegiera y amparara? ¿No fue necesario reformar la Constitución para que los Estados del sur no privaran a los negros del derecho de voto, aun habiendo sido emancipados?

Pues lo mismo con las mujeres. Pero hay más. Otro de los argumentos aparentemente redondos del discurso machista disfrazado de feminista en contra de las cuotas es el de la discriminación positiva. Esta atenta, se dice, contra el Estado de derecho porque rompe el principio de igualdad ante la ley. La desvergüenza sonroja. O bien cabe llamar Estado de derecho a cualquier cosa o el argumento es un sofisma. Estado de derecho se llamó a un constructo en el que se ejercía un derecho de sufragio universal que excluía a las mujeres. Originariamente proclamó una Declaración Universal de Derechos del Hombre y del Ciudadano de la cual también estaban excluidas las mujeres. En el Estado de derecho, "universal", al parecer, quiere decir la mitad del universo. Y con mala uva. Cuando Olympe de Gouges publicó su Declaración Universal de Derechos de la Mujer y la Ciudadana, su osadía le costó la cabeza.

El Estado de derecho fue compatible con códigos civiles que trataban a la mujer no ya como desigual ante la ley sino como menor de edad sometida a tutela, y códigos penales que convertían en delitos derechos de las mujeres y las criminalizaban con mayor dureza que a los hombres. Y ahora, una discriminación positiva pensada para ayudar a una parte de la población secularmente preterida, humillada, ofendida y agredida, resulta que atenta contra la igualdad ante la ley. Eso se llama morro y morro machista.

Quienes han sufrido injusticias permanentes, expolios sistemáticos, genocidio (el feminicidio es una forma de este) tienen derecho a reparación y compensación. Es algo que se reconoce a los antiguos esclavos, a los pueblos indígenas expoliados por la codicia de los hombres blancos, a las comunidades étnicas despojadas de sus tierras, a los judíos, perseguidos por doquier y víctimas de la inhumana solución final ¿y no va a reconocérsele a una parte de la población que ha sido tradicionalmente discriminada en el mundo entero desde el comienzo de los tiempos?

Ese es el machismo reducido al absurdo de Cospedal y todas las cospedales que, a derecha e izquierda, tratan de apuntillar el feminismo prostituyéndolo.

El PSOE también muestra la patita.

Había que celebrar el ocho de marzo. Así pues el PSOE, celebró una reunión de mujeres en su sede en Ferraz en donde, seguramente, se trataron cuestiones de interés para el feminismo. Los socialistas han sido bastante timoratos en su obra legislativa en favor del adelantamiento social de las mujeres. Pero son los únicos que han hecho algo real, práctico, tangible, en ese sentido. Había, pues, mucho or tratar.

Pero, al mismo tiempo, a 450 Km al NO, en Ponferrada, capital de la noble comarca de El Bierzo, se desarrollaba un episodio en todo contrario al espíritu que, sin duda, prevalecía en Ferraz. El aprovechamiento del transfuguismo -ya condenable en sí- se complementaba con el de un caso de acoso sexual. Una cosa es lo que se dice en la sede y otra lo que se hace en las agrupaciones. El secretario de organización no vio inconveniente en condonar la operación. Y el secretario general, como siempre, no se enteró o se enteró tarde y hubo de tomar una medida drástica que no le ha evitado dar la impresión por enésima vez de no estar a la altura de las circunstancias. Y a un coste altísimo para el prestigio del partido en cuestiones feministas. Una prueba más de que el machismo insidioso se hace presente al menor descuido y obliga a una actitud de vigilancia permanente con perspectiva de género obligatoria. ¿O cabe pensar en algo más machista que celebrar el día de la mujer proclamándose alcalde con el voto de un acosador sexual?