dissabte, 15 de desembre del 2007

A la cabeza, Felipe.

A los felipistas de vieja data el nombramiento del señor González por unanimidad para presidir el "comité de sabios" que ha de estblecer las pautas de la Unión Europea del siglo XXI nos llena de alegría por él y por el país. Por él porque es un obvio reconocimiento continental de la valía del personaje. Por supuesto, al tratarse de España, hay que dar por descontado el coro de los maledicentes y envidiosos, muertos de rabia al comprobar por enésima vez que son los extranjeros quienes reconocen los méritos de españoles ilustres a quienes sus paisanos tratan de arrastrar por el lodo. Todos quienes hablan de "Mr. X", los que quisieron meterlo en la cárcel, al estilo del señor Ramírez, ¿quiénes son? ¿Qué peso tienen fuera de nuestras fronteras? ¿Qué reconocimiento?

Por España porque este nombramiento recae también sobre el país del nombrado, que consolida su influencia y posición exterior en un club tan adelantado y moderno como la Unión Europea. Porque el mundo actual no se acaba en Valdemorillo sino que forma un territorio cosmopolita que está generando por sus propios mecanismos una nueva élite civil internacional en la que tiene un lugar destacado el señor González.

Enhorabuena, Presidente.

¿Y cómo sustraerse a la comparación (odiosa comparación, ¡ay!) con el señor Aznar? El presidente de honor del PP, presidente de la FAES, conferencista en Georgetown, asesor de Murdoch y de no sé qué empresa de capital especulativo sita en algún lugar como las Islas Caimán, ni loco conseguiría el respaldo unánime de los dirigentes europeos. Ni en sueños. La abismal distancia que hay entre los señores González y Aznar ha quedado manifiesta con este nombramiento que, aunque el señor Aznar no lo crea, no es obra de terrorista alguno para impedirle a él acceder al cargo. Con este nombramiento queda clara por enésima vez la diferencia que hay entre las posiciones de ambos de forma que el señor González no solamente fue mejor presidente de lo que luego sería el señor Aznar sino también mejor, mucho mejor, expresidente del Gobierno.

Y con respecto al mandato concreto del comité, que algo habrá que decir, no es nimio ni trivial, sino toda una tarea conceptualmente hercúlea, en concreto, definir para 2010 los límites de la Unión Europea. No las fronteras, que son convenciones jurídico-políticas territoriales que dimanan de la existencia de los Estados a los que la Unión Europea, precisamente, está poniendo en cuestión. No fronteras, por lo tanto. ¿Por qué una raya en Polonia y Belarús y no una entre Belarús y Rusia y así podemos llegar a Vladivostok sin contestar a la pregunta de por qué una raya entre Rusia y Japón y no una entre japón y los EEUU. De tal forma retornamos a Europa. No se trata, pues, de fijar las fronteras territoriales sino los límites en el sentido del limes romano, un territorio que puede ser de dimensiones confusas e imprecisas pero que separa ámbitos culturales, linguísticos, religiosos. Es otro tipo de delimitación. Las fronteras pueden atravesar estos ámbitos culturales o linguísticos, como los Pirineos parten por la mitad al país de los vascos y el de los catalanes.

O sea, la misión del comité de sabios consiste en delimitar el concepto de Europa, una idea muy cartesiana, muy racionalista, muy francesa. Los ingleses han apoyado por disciplina europea la noticia y votado por el señor González pero están convencidos de que un Comité o una Comisión, cualquier órgano colectivo, jamás dibujará un elefante y se asustan cuando alguien se empeña en definir cosas tan vagarosas como un ámbito cultural o civilizatorio.

No obstante, hay que intentarlo, por ver si conseguimos dar a este ente de veintisiete Estados (de momento) alguna forma política distinta de la de ser un gran zoco.

Y si aplico mi teoría de la chapuza europea, habrá que ver al comité de sabios tratando de racionalizar lo que hasta la fecha ha sido el feliz producto de una chapuza, la de la unión europea.


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