martes, 14 de agosto de 2007

A mayor gloria del Rey (el bel canto).

El domingo acudimos al auditorio de El Escorial, a ver El viaje a Reims, una ópera bufa de Rossini, que no conocía. Y la verdad es que fue todo un espectáculo: un Rossini espléndido, en lo mejor de su arte. La obra se abre con varios de esos "crescendi" que lo hicieron famoso, chispeantes, ingeniosos, llenos de elegancia y termina en un final larguísimo, que es un canto al canto en el que los personajes han de interpretar diferentes aires o himnos propios de sus países (Alemania, España, Francia, Italia, Polonia y Rusia, si no recuerdo mal), pero con una tonalidad prefijada. Ahí es el lucirse de un manojo de bajos y de sopranos y mezzos, algunos de los cuales ya lo hicieron en duetos a lo largo de la obra.

El montaje está muy bien, pues aprovecha las posibilidades del auditorio; los actores se pasean entre el público y la orquesta está en el escenario, lo que posibilita que, en algún solo, el solista salga al proscenio e interprete su parte en diálogo con la voz humana, como cuando el Milord inglés recita sus ansias amorosas y le responde la flauta. La interpretación del director del Teatro Mariisky, de San Petersburgo, que es el de la orquesta, Vasily Georgiev, es muy ágil y cumple a la perfección su tarea, consistente en realzar las virtudes (no me gusta eso de "virtuosismo") de la voz.

La obra es un encargo del Rey Carlos X (o de algún edecán) para celebrar su coronación en Reims y se estrenó en 1825. Tiene un tiempo inverosímil pues se trata de un grupo de viajeros que coinciden casualmente en un albergue camino de Reims, para asistir a la coronación, cosa que no pueden hacer porque no tienen en qué ni con qué, por una serie de accidentes. Pero al final se les cita a una ceremonia de festividad en París con el mismo objetivo: ensalzar a Carlos X que era el que pagaba. Es cierto que se le loa en la interpretación final, la más difícil, que corresponde a la heroína, la poetisa Corina, quien debe hacer una improvisación con pie forzado en do. Y ahí se dice que :

Cento anni e cento - ognor protetto
dall'immortale - divin favor,
viva felice - il prediletto
Carlo, de' Franchi - delizia e amor!

Pero tengo tendencia a pensar que eso no importa mucho porque, según se ve en la obra, el tema de la improvisación se confía a la suerte y por suerte de sorteo sale como tema Carlos X de Francia, un rey, por cierto, bien antipático para mi gusto, absolutista, muy amigo de Fernando VII, a quien, de hecho, loa en la obra un inefable don Álvaro, espadachín. Un rey que saltaría en la Revolución de 1830, la primera y más genuina revolución burguesa-liberal, la que inmortalizó Delacroix en su famoso cuadro, La liberté guidant le peuple, que se encuentra en el Louvre, y donde el autor se autorretrató favoreciéndose de tal modo que estaba seguro, supongo, que todos los jóvenes que en el mundo han sido y visto el cuadro se han identificado con él. La imagen que representa a la burguesía revolucionaria del romanticismo.

La ilustración del comienzo es un cuadro de Élisabeth Vigeé-Lebrun, en el que se ve a Mme. de Staël interpretando el papel de Corinna, porque la ópera de Rossini saca el libreto de una historia Corinne ou l'Italie de la ilustre escritora, hija del banquero Necker que, al parecer, tuvo algún asuntillo con su retratista.

Da gusto ver un trabajo tan bien hecho en todas las manifestaciones de ese arte tan compleja que es la ópera; tanto que todos los actores y actrices me parecieron bellísimos, y los figurines, de fábula. Salí muy contento de la representación...y me encontré con la desagradable sorpresa de la realidad en forma de imposibilidad de acceso a la red por caída general de ésta en la zona en la que vivo. En telefónica (véase el post de ayer más abajo) lo llaman "incidencia masiva", que me suena a rayos, como las "armas de destrucción masiva" esas que las hay o no las hay según sople el viento.

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