dijous, 18 de gener del 2007

Traductores.

Hace unos días, un reportaje de El País exponía la lamentable situación de lxs traductorxs y las traducciones en España. Traigo aquí San Jerónimo santo patrón del gremio para que nos inspire a la hora de repasar sus cuitas. Es un panel de Masaccio, de 1428, que lo representa junto a San Juan Bautista y que se encuentra en la National Gallery, en Londres. Aparece representado como fundamento mismo de la Iglesia, condición que se ganó por ser el autor de la Vulgata o versión de la Biblia al latín vulgar. A sus pies, el famoso león que, agradecido al santo por haberle quitado la espina, lo seguía a todas partes. La manifiesta discordancia de tamaños entre el león y el santo, así como el dorado del fondo dan fe del medievalismo que aún subsiste en la pintura del prerrenacmiento.

Como profesión no totalmente cerrada mediante el truco de la colegiación obligatoria, la de traductor necesita mucha protección del santo porque es bastante incierta y muy poco remunerativa. Hace falta heroísmo y no poco amor a la cultura para dedicarse a ella en España. Tengo todas las reservas del mundo hacia la colegiación obligatoria de los profesionales. Creo que es la forma que tienen los mediocres y los simples mantas de prosperar. Es también la consagración de una forma de monopolio, un modo de sortear los mecanismos selectivos del mercado y, en definitiva, una estafa a los consumidores que son quienes siempre acaban pagando el pato. Es curioso que ninguno de los aguerridos liberales que aburren por doquier con sus monsergas sobre lo malo del intervencionismo estatal no diga ni pío sobre este abuso corporativo. ¿Por qué? Porque están todos colegiados en formas gremiales de ejercicio profesional de las que, en teoría, abominan.

España es uno de los países del mundo en que más libros se traducen. Se traduce mucho porque se escribe poco original en español y porque, al ser las tiradas bajas y los precios altos, las editoriales están interesadas en publicar muchos títulos. La traducción es uno de los costes de producción de la industria editorial y los editores, lógicamente, están interesadxs en mantenerlos bajos, con lo que el producto final muchas veces es detestable. Contratan a traductorxs que de tales solo tienen el nombre, subastan a la baja las traducciones y, con ello, perpetran verdaderos crímenes.

Porque es un crimen destrozar a un clásico en una traducción, a Dante, Byron...a quien sea. Y también a los modernos. Es un crimen traducir mal a Céline, a Auden, a Brecht. Pero es lo que sucede cuando se contrata a un/a traductor/a baratx e incompentente, alguien que, probablemente, ignorará la lengua de la que traduce, la lengua a la que traduce y no tendrá ni idea del tema del que traduce. El resultado sólo puede ser una estafa con muchas personas damnificadas.

No pongo ejemplos porque no quiero señalar, pero los tengo. Ejemplos de traducciones torpes, ineptas, disparatads o que, incluso, hacen que el/a autor/a diga lo contrario de lo que dice en el idioma original y todo ello porque no existe respeto social hacia la labor del traductor y por la codicia de algunos editores. El traductor está legalmente desprotegido y sometido a abusos rayanos en la explotación. Urge encontrar solución a esta disparate. Lo ideal sería confiar en el mercado y en el juicio crítico de los lectores pero, al tratarse de bienes fundamentalmente inelásticos como los libros y donde es muy difícil que el cliente pueda cotejar la traducción con el original y exigir la calidad del producto, no es la más adecuada. Quizá consista ésta en establecer una forma de colegiación obligatoria pero que sea flexible, de forma que permita seguir recurriendo a una forma de enriquecimiento de la cultura a la que no se puede renunciar, esto es, lxs traductores por amor al arte (que no quiere decir que hayan de ser gratuitxs), pues que la traducción es una profesión y un arte. Nada nos dice que todas las titulaciones del mundo capaciten a una persona para traducir a Ezra Pound y es posible, en cambio, y suele suceder, que una versión hecha por otro poeta, que carece de titulación de traductor, sea mucho mejor, por lo que no tendría sentido renunciar a ella. Por no mencionar casos actuales y herir quizá alguna susceptibilidad, ¿es fácil encontrar a alguien capaz de traducir el Gil Blas de Santillana mejor que lo hizo en el siglo XVIII el Padre Isla?

(En la otra imagen, uno de los episodios de la vida de S. Jerónimo, de la genial serie que pintó Carpaccio hacia 1502 y que se conserva en la Capilla de San Giorgio degli Schiavoni, en Venecia, cuando los monjes huyen despavoridos mientras San Jerónimo les presenta al león domesticado).