miércoles, 22 de mayo de 2019

Pataleta

Palinuro señalaba ayer que, aunque fugaz, el momento de recogida de actas el lunes revestía solemnidad. Ponía de relieve que la independencia de Catalunya es irreversible.

El martes, ayer, la solemnidad quedó hecha añicos en manos o, mejor dicho, en patas de los diputados de la derecha, convertidos en Manada bullanguera. España entraba en acción, oé, oé. El lunes llegaban los rehenes, debidamente escoltados, representantes de las tozudas tribus del Noreste del Imperio. Llegaba la Antiespaña. Así que el martes, la verdadera España se calzó los cascos y esgrimió sus vociferantes razones. Por España. Por la misma España por la que también prometió la Constitución Pablo Iglesias. Además, eso sí, de hacerlo por "la democracia y los derechos sociales", no vayan a tomarlo por don Pelayo.

Antes del ceremonial tabernario, según Turull, Rivera planteó una negativa radical a aceptar que los diputados independentistas juraran o prometieran y exigió a la presidencia de la Cámara que impidiera el juramento a base de suspenderlos allí mismo, in situ. Es verdad que solo pretendía hacerse ver, espada en mano, como auténtico líder de la oposición frente al alfeñique de Casado. Pero la necesidad de lucirte no te obliga a soltar necedades.

Si los diputados electos solo alcanzan condición plena de tales después de acatar la Constitución, ¿cómo va a suspenderlos la Mesa del Congreso antes de que tengan la condición de la que el señor Rivera quiere verlos privados? Eso no puede hacerlo la mesa, ni el gran Houdini, ni el dios oculto de los místicos y, previsiblemente, juguetón.

Y ¿con qué autoridad suspendería la mesa a unos señores de una condición que aun no tienen? Evidentemente, con una autoridad genérica de mantenimiento del orden en el hemiciclo. Así podría actuar como un portero de discoteca e impedir la entrada a los independentistas argumentando que, pues no tienen la plena condición de diputados, cabe tratarlos como intrusos, y desalojarlos. Pero algo así tendría que hacer con el resto de los diputados de la cámara, hasta los 350, incluido el señor Rivera.

Quizá le vendría bien a ver si piensa antes lo que dice.

Es imposible suspender a alguien de lo que no es. Solo podría hacerse si, de la fórmula de juramento o promesa (o la falta de ellas) se derivara una falta de acatamiento de la Constitución. La presidenta Batet ha aclarado que, en la medida en que las intervenciones de los indepes se han escuchado, en mitad de la batahola de berridos, coces y pataleos, son admisibles reglamentaria y jurisprudencialmente.

Y si no lo fueran, ¿qué? De momento, la responsabilidad de la izquierda institucional se salvaguarda aceptando la legalidad de las más alambicadas y retorcidas fórmulas para acatar sin acatar, jurar o prometer lealtad sin jurarla ni prometerla. Pero quizá fuera el momento para cuestionar esta condición del juramento a la Constitución como requisito para ser diputado. Esa costumbre de jurar o prometer públicamente un texto sagrado del carácter que sea con independencia de la convicción íntima y como requisito formal es realmente primitiva. Que lo hagan otros, incluso muchos otros, no le resta primitivismo.

La ceremonia de acatamiento de ayer fue la gala de la hipocressía. Todo el mundo sabe que los indepes no se identifican con la Constitución y, de hecho, no la acatan, aunque de derecho y formalmente lo hagan. Por eso recurren a fórmulas rocambolescas para acatarla externamente, dejando bien claro que en su fuero interno no lo hacen ni creen que deban hacerlo. Cuando las relaciones humanas se basan en puros formalismos carecen de valor. La Constitución es una tramoya y el juramento/promesa, un trámite vacío. Tan vacío que parece una pugna de ingenio, como aquellos torneos de versos improvisados de los poetas cortesanos.  Puestos a prometer, un diputado socialista prometió "por España y la Hispanidad". Un caso curioso de recuperación constitucional del Imperio. Una idea. Como la prometida y jurada Constitución de 1978 no sirve para España, mira, que sirva para la Hispanidad.

Con sus pataleos, berridos y rebuznos ¿pretenden lo diputados de la derecha que no se oigan las promesas y juramentos o son ellos, los coceantes, berreantes y rebuznantes, quienes no quieren oírlas? Son como esos orates que dan gritos para acallar otros gritos, especialmente los que llevan ellos en sus cabezas. Los llamados "gritos de rigor". 

Si en el Parlamento actúan así, ¿qué podrán hacer en la calle? Sobre todo si van en Manada.