sábado, 20 de abril de 2019

Un debate de opciones

No existe en el ámbito privado, que yo sepa, ningún negocio de negociaciones, al modo en que hay negocios de textiles, hortalizas y miles de cosas más. Tampoco hay en el ámbito público ningún negociado de negociaciones como hay negociados de licencias de armas o de patentes. "Negociación" viene de negociar que cubre una amplia gama de actividades, desde la compraventa directa al descuento de valores. Para los efectos aquí, negociar supone tratar asuntos públicos o privados con vistas a un beneficio. En eso consiste el negocio, en entrar en tratos, conversaciones (diálogo) con vistas al propio beneficio. Si es beneficio de ambas partes, miel sobre hojuelas o, como se dice en la jerga postmoderna, el chinenglish, "win-win".

Del negocio decía López Aranguren en su segunda época, creo recordar, la de la rebeldía, que se trataba del nec otium, esto es, la negación del ocio que, justamente, suele decirse, es la condición del juicio sosegado y certero. Al contrario, el negocio requiere actividad permanente, incesante, incesante negociación que, ya solo por la enorme multiplicidad de variables que han de tenerse en cuenta, conduce a veces a confusión, incertidumbre, juicio erróneo y mal resultado. Por ejemplo, Dante Fachin critica elípticamente las declaraciones de Jordi Sánchez y Junqueras, coincidentes en proponer negociaciones, tildándolas de "negociaciones estériles". Sí, claro, nada más desagradable que la esterilidad cuando se espera descendencia feliz. 

Pero el vaticinio de Dante Fachín no tiene por qué ser más certero que el de los dos presos políticos que fían a las negociaciones el logro de la independencia. Desde luego, la posición del Front Republicà de claridad meridiana despierta mucha simpatía, incluida la de Palinuro, dado que la considera coincidente con la de JxC: se votará no a todo gobierno que no reconozca expresa y eficazmente el derecho de autodeterminación de los catalanes. La advertencia de Dante Fachin afectará en todo caso a ERC, no a JxC. 

Cierto que los dos cabezas de lista por Barcelona, el de JxC y el de ERC, han formulado discursos muy similares de carácter negociador, incluso pactista. Ambos han procurado vincularlos a la firme voluntad de conseguir el objetivo último de la independencia para evitar las críticas a lo que pueda considerarse como concesiones y hasta cesiones. Y, aunque la de Sánchez es algo más radical que la de Junqueras, ambas se parecen mucho: las negociaciones se darán a lo largo de una serie imprecisa de años para llegar al final al objetivo. 

Muy similares, desde luego, pero hay una diferencia esencial entre ambos: Junqueras es el presidente de ERC y con mando en plaza. Sus decisiones funcionan al estilo del viejo centralismo democrático de los partidos comunistas. Sánchez, en cambio, es cabeza de lista de JxC por Barcelona y miembro fundador de la Crida, como lo son los presidentes Puigdemont y Quim Torra. Sus decisiones no tienen la fuerza del centralismo democrático porque JxC no es un partido, sino una amalgama o coalición de ellos. Sus criterios, muy bien traídos y argumentados como están, entran en debate con otros en la coalición, en tratos de negociación, previos a la negociación. En principio la propuesta de JxC es la de Dante Fachin y por eso este, antes de nada, se amistó con JxC. 

La lejanía del otium del juicio sosegado lleva a estas agitaciones y confusiones que, sin embargo, muestran la vitalidad del independentismo. Porque la vida es esto, confusión, incertidumbre, conflicto y azar. La única seguridad de llegar al final proviene de la voluntad independentista de la mayoría de los catalanes, que crecerá a velocidad directamente proporcional a la negativa de Sánchez a reconocerla. Voluntad plasmada en el mandato del 1-O y del que ninguna organización independentista osará apartarse. Lo decía el joven Marx: la teoría se convierte en fuerza material cuando arraiga en la conciencia de las masas. La conciencia de la gente, diríamos hoy con un lenguaje menos arisco. Es la gente la que marca el camino.

Se verá el 28-A, cuando la gente decida entre tres opciones: a) bloqueo a todo gobierno que no reconozca la autodeterminación; b) mismo bloqueo acompañado de política activa de desobediencia pacífica en Catalunya; c) investidura condicionada a una negociación con vistas a un referéndum de autodeterminación.