martes, 23 de abril de 2019

¡Qué emoción! El superdebate

Ayer, mientras los cuatro machirulos de la política del reino español, acompañados cada uno por otro macho en forma de asesor y en presencia del también macho presentador, preparaban sus intervenciones, aparecieron tres  señoras en el plató . Dos de ellas, con sus mopas a sacar brillo al suelo y la tercera, la maquilladora, a sacárselo a los caretos. Que para eso han venido las mujeres al mundo, a fregar suelos y embellecer a los hombres.

Tras esa fugaz aparición del género en tan honradas como modestas posiciones, las mujeres desaparecieron por entero del debate. Sánchez musitó algo sobre el machismo y el secretario general de una organización que se llama "unidas podemos" también propuso bajar el IVA de las prendas femeninas íntimas. Y poco más. Ni siquiera como objetos tuvieron las mujeres cabida; como sujetos, ya ni se hable. 

Según se mire, la suerte sonrió más a los nacionalistas vascos y los indepes catalanes porque, aunque tampoco estaban en el debate, los debatientes no dejaron de hablar (mal) de ellos. Verdad es que uno, Rivera, es catalán, pero, para decirlo suavemente, "no ejerce". Ahí era donde la discusión se acaloraba. Los cuatro caballeretes traían "soluciones" para Catalunya, desde el desguace de la autonomía a manos de la derecha a la "solución" que propone Podemos a base de diálogo y mucho diálogo, hasta que los indepes abandonen su loco empeño. Todas propuestas que se impodrían a los catalanes por su bien, aunque ellos no lo sepan, incluido el diálogo perpetuo podemita.

Cerrado el debate, se abrió el turno de los analistas y comentaristas que, como siempre, quisieron consagrar un vencedor y un perdedor porque es su forma de simplificar lo que, por lo demás, fue de una simpleza vergonzosa. Nadie habló de esta pintoresca, absurda, ridícula situación en la que se pretende tomar en serio un debate político del que está excluida más de la mitad de la población y las dos importantes minorías nacionales. Tomarse en serio un debate político insubstancial, sin contenido real, entendido como un ejercicio de la más pedestre retórica. 

O sea, quienes perdieron hora y media de su vida escuchando estas mediocridades, pudieron resarcirse perdiendo otro tanto con los finos analistas. Unos proclamaron "vencedor" a Rivera; otros, a Iglesias; algunos a Sánchez y, "La Razón", es de suponer, a VOX, quiero decir, a Casado. 

En realidad, los vencedores del debate fueron las mujeres, los nacionalistas vascos y los indepes catalanes. El feminismo y la república catalana. El meollo del independentismo catalán. Ni debatiendo con ventaja, pues no había adversarios, son estos politicastros capaces de armar un discurso de mediana coherencia e interés.

Sánchez no quiso decir con quién pactaría, aunque Iglesias se lo preguntó varias veces. Pregunta ridícula porque, antes de unas elecciones, nadie sabe lo que hará después. Nadie, por ejemplo, pregunta por un posible pacto PSOE/PP, muy bien visto entre barones del PSOE. En Catalunya, firmeza con el 155 y, para probarla, se proclamó "español", como si hiciera falta. 

Casado traía en cartera esa "revolución fiscal" que ha copiado caninamente de la reaganomics de los años ochenta. Nadie se molesta en refutarla porque en un país deficitario en todos los órdenes como este, la propuesta es un dislate y solo posible imponiéndola poco menos que manu militari a base de explotar más a los trabajadores, En cuanto a Catalunya, la oferta es también el 155, y tratar a los indepes peor que a los trabajadores españoles.

Iglesias no soltó la Constitución, ahora, al parecer, respetable, y con la que aburrió a la audiencia al modo anguitesco. En Catalunya, también está en contra de la independencia, pero, contrariamente a los otros tres, no quiere evitarla sometiendo por la fuerza a los catalanes, sino seduciéndolos mediante el diálogo perpetuo, el dulce relato, como la Sherezade en Las Mil y una Noches. Aunque en este caso, la alada fantasía oriental quede substituida por el peso de la vaca en brazos dialogantes.

Rivera no dijo nada de interés en todo el debate; es decir, estuvo muy natural, según es él. Una nada con intemperancia y agresividad, también muy en lo sólito. Y se coronó con ese momento del silencio, que condensa toda su vacía esencia. Vaciedad presta a rellenarse con las órdenes de los poderes económicos. En referencia a Catalunya, un 155 más profundo y prolongado que los otros partidos dinásticos, hasta tocar con la propuesta de desguace de la autonomía catalana de VOX, el tercer vértice del triángulo escaleno de las derechas. 

¿A quién puede interesar quién gane un debate entre cuatro machos intercambiables, de los que se diferencia uno solo en el atuendo? ¿A quién un debate en el que están ausentes las mujeres, los vascos y los catalanes? ¿Un debate en el que no asoman el feminismo ni la República catalana, las dos cuestiones más importantes hoy en España?