jueves, 3 de enero de 2019

El fascismo nunca se fue

Aquí mi artículo de ayer en elMón.cat, titulado El renacimiento del fascismo, que versa sobre ese fascinante asunto de si el independentismo catalán, además de ser el culpable del diluvio universal, la destrucción de Pompeya, la caída del Imperio romano, la peste negra en Europa y la muerte de Franco, también se ha dedicado a sembrar la piel de toro de fascistas rebuznantes. Es lo que sostienen los de Podemos, cuyo miedo es inversamente proporcional a su inteligencia. Como si en España el fascismo, el nazismo, el nacional-catolicismo, el fideísmo, el absolutismo, la corrupción y el caciquismo hubieran estado ausentes un solo minuto en los últimos trescientos años fuera de los escasos diez de las dos repúblicas.

No merece la pena detenerse en esta sinsorgada podemita. Ciertamente, el independentismo catalán ha abierto una crisis constitucional por cuyo sumidero puede irse al garete la transición, la Constitución de 1978 (que algunos de estos "izquierdistas" venían a derogar, habiéndose convertido en sus monaguillos más fieles) y el reparto de prebendas de un bipartidismo, convertido en un tetrapartidismo (quizá pentapartidismo) tan corrupto como el primero.

No. El Estado español es intrínsecamente fascista y no tiene solución.


El renacer del fascismo

Se debate sobre el motivo del resurgir de la extrema derecha en España; o sea, sobre el resurgir del fascismo. Algunos lo juzgan una reacción al independentismo catalán. Por ejemplo: Podemos. El deseo implícito en esta falacia es que los catalanes se olviden de su reivindicación nacional. De ese modo, la bestia volvería a su cubil. Como técnica de solución de conflictos no puede ser más ruin, pues trata de ocultar la barbarie y la estupidez fascistas pidiendo a la gente que renuncie a sus derechos, es decir, procurando que la víctima de la injusticia la acepte. La rendición al chantaje del matón es obvia. Y estos eran los que venían a empoderar a los de abajo y llevarlos de un salto a los cielos.

Cuando Aznar se aprestaba a constituir el primero de lo que sería una larga ristra de gobiernos corruptos, incompetentes y ladrones, sus voceros en todos los medios, públicos y privados, hablaban de la “derecha sin complejos”. Fascistas, opusdeístas, cavernícolas de todo tipo jaleaban la resurrección de lo más delictivo y autoritario del franquismo. Y lo llamaban el “centro derecha” que en nada se diferenciaba de la “extrema derecha” pues según el propio Aznar, a su derecha no había nadie. Y así llevaron el país a la catástrofe de la crisis de 2008 y la bestialidad de los atentados de Atocha.

La vuelta de lo más retardatario, casposo y brutal del españolismo se aceleró con los gobiernos de Rajoy. Una suma de ineptos, ladrones, señoritos, beatos y matones dedicada as esquilmar lo poco que quedaba incluso por medios delictivos y que acabaría en buena parte delante de los jueces. Si bien no todos, pues los principales responsables del contubernio de granujas, los Rajoy, Cospedal, etc., siguen en la calle.

Fue el hundimiento, mediante moción de censura, de aquel gobierno que funcionaba inconstitucionalmente, a base de decretos-leyes y sin rendir cuentas al parlamento, el que abrió las puertas a las formas más patológicas del franquismo y al fascismo español. Así se ha visto en Andalucía, en donde el “centro derecha” se alía con la “derecha” y la “extrema derecha” en una prueba evidente de que estos matices terminológicos no dicen nada pues todos son lo mismo: extrema derecha franquista. Los de PP son un partido fundado por un ministro del dictador golpista; C’s no condena el franquismo y reproduce la vertiente falangista de los “chulos de algarada”, como los definía el propio Franco; Vox es la vertiente más cuartelaría, estúpida y rimbombante del viejo franquismo nacional-católico.

Que todos ellos coincidan en pedir la represión máxima en Cataluña, por tanto, no es relevante. Coinciden porque son lo mismo. Esa recuperación del espíritu nacional no se debe al resurgir del independentismo catalán sino a la dinámica profunda del Estado español, incapaz de evolucionar y adaptarse a las exigencias de una sociedad avanzada, libre, abierta y plural. Incapaz de establecer un gobierno por consentimiento de los gobernados sino solamente basado en el abuso, la represión y, en definitiva, la dictadura.

El Estado español no es comparable a nada en Europa, por mucho que sus ideólogos e intelectuales orgánicos lo embellezcan, reputándolo homologable con los de su entorno y por mucho que el muñeco parlante de La Zarzuela lo repita en sus soporíferos discursos. No es más que el intento de mantener el dominio imperial de un pueblo, el castellano, sobre otros valiéndose de todos los medios, legales e ilegales. Y en ello colabora una sedicente izquierda que da por buena la idea de España formulada por la vieja oligarquía corrupta y caciquil, al amparo hoy de una corona desprestigiada, restablecida por un dictador sanguinario, sin sombra de dignidad ni de legitimidad.

Lo interesante no es la igualdad de las derechas entre sí, sino la subalternidad de las izquierdas, el PSOE y Podemos; o sea, los socialistas y comunistas de toda la vida. Incapaces de entenderse con el independentismo (ni siquiera con el de izquierdas) y de formular una propuesta coherente sobre el conflicto entre España y Catalunya, terminan por defender el de la derecha amalgamada. Todo el frente nacional español, derechas e izquierdas, se encuentra en la designación “constitucionalistas”, el conjuro que permite defender el nacional-catolicismo tradicional oligárquico y caciquil como si fuera un Estado de derecho.

Del Estado español lo único que hay homologable a Europa es Catalunya. Por eso quieren destruirla los fascistas y sus servidores de la izquierda.