viernes, 9 de noviembre de 2018

Ser republicano

Aquí mi artículo de ayer en elMón.cat, titulado Catalanes, catalans: “un esforç més si voleu ser republicans”, descarado refrito de la famosa frase del divino marqués en la Filosofía del tocador: "Français, encore un effort si vous voulez être républicains!" y un alegato a favor de la unidad. 

Poco más que decir. El Ayuntamiento de Mataró ha aprobado una moción pidiendo la abolición de la monarquía por caduca y antidemocrática, los términos de la parlamentaria hace unos días que JxCat lleva ahora al Congreso mientras los estudiantes de las universidades de Madrid, piden un referéndum monarquía-República. Aquí se levanta el personal contra la monarquía por lo territorial y lo corporativo. Solo faltan los clérigos. Y a saber qué harán los de Montserrat. 

Nadie quiere al rey. Los catalanes han encontrado una cabeza de turco y van a reprobarlo de nuevo por la felonía de las empresas. Los españoles, un chivo expiatorio y lo van a torrar a referéndum lento. 

¿Puede una dinastía hundirse en el ridículo? Preparao no estaba preparao.

Aquí la versión castellana:

Marqués de Sade, en La filosofía en el tocador.

Solo hemos cambiado el sujeto. El esfuerzo es lo importante. ¿Qué esfuerzo? El supremo, el de la unidad. El que anima un clamor de la sociedad, que apunta a un único objetivo estratégico. Este tren solo tiene una estación términi. No puede pararse y mucho menos retroceder. Solo puede llegar a término o descarrilar antes. La unidad, que distribuye y equilibra las cargas, garantiza la llegada al punto final.

Se ha dicho muchas veces y merece repetirse: la unidad es la base y el escudo del independentismo, aquel sobre el que concentra sus ataques el enemigo. Si por hacer prevalecer otras consideraciones se abandona el escudo, el daño será para todo el movimiento.

¿Hasta cuándo?

La política española es un galimatías caracterizado por la inestabilidad parlamentaria, la inoperancia de las instituciones y el desprestigio del poder judicial. En ese galimatías se toman decisiones frente a la mayor crisis constitucional del país en decenios. Llamar a esto un Estado de derecho es jugar inútilmente con la buena fe de la gente por cuanto toda Europa contempla el descrédito de la justicia española y conoce la calidad de los medios. El juicio europeo sigue en la línea de la “leyenda negra” que Borrell está empeñado en refutar, mientras acalla el clamor de los presos políticos en las cárceles del Estado.

La cuestión es, en efecto, cuánto aguantará el gobierno de Sánchez, con una minoría parlamentaria llamativa, una oposición montaraz, un aliado tibio que más parece un semiconductor y un endemoniado problema catalán que no entiende, no sabe cómo resolver, pero sí sabe que no por la violencia pues esa es la línea roja europea.

En estas condiciones, la situación ideal para el gobierno, es decir, el Estado, es la inacción. Mientras las cosas sigan como están, en el orden declarativo, así pueden seguir hasta el fin de los tiempos.

Pero la presión del movimiento, la referencia al mandato del 1-O, la lucha por la liberación de los presos políticos no se detienen y obligan a la Generalitat a recuperar aquello que, por lo demás, nunca ha perdido, esto es, la iniciativa política. El planteamiento de nuevas medidas que aproximen el punto de ruptura con el Estado.

El realismo obliga a tomar en consideración las cuestiones políticas del reino de España, especialmente las que inciden sobre asuntos catalanes, por ejemplo, las decisiones de los tribunales, los procesos, etc. Pero sin olvidar que esa incidencia en asuntos catalanes se basa en la fuerza bruta, no en el libre consentimiento de los ciudadanos, a los que se niega la voz. Por ejemplo, está muy bien indignarse con la desmesura de las peticiones fiscales en la causa general contra el independentismo y también augurar que no se reconocerá decisión alguna que no sea la libre absolución. Pero también lo está pantear la batalla mucho antes, pidiendo no la absolución de los injustamente procesados, sino la nulidad del procedimiento por ser un acto de persecución política disfrazado de farsa judicial.

Por tanto, sí, tomar en consideración los avatares del reino vecino (una tragicomedia) pero sin perder de vista el objetivo estratégico propio, la dinámica propia de la revolución catalana. Todo lo cual obliga a actuar como la República independiente de hecho que es Catalunya, transitoriamente sometida a otro Estado por derecho de una lejana conquista.

En el ejercicio de esta soberanía de facto, amparada y sostenida por la unidad de acción, se multiplicarán los conflictos con el Estado en muy variados niveles. Si todos reconocen la prevalencia de la acción unida, sin transacción, el Estado agotará tarde o temprano su capacidad represiva y se sentará a negociar.

Encara un esforç si voleu ser republicans.