domingo, 1 de febrero de 2015

Izquierda Unida y el efecto sifón de Podemos.


Mandan votos, mandan rostros, mandan imágenes.

En IU lo llaman convergencia con candidaturas y programas de izquierda a los Ayuntamientos y Comunidades Autónomas, pero en la cruda realidad es el efecto sifón que Podemos ejerce sobre la Federación. Casi de golpe y para general asombro, la joven guardia heredera del 15M se alzó con un millón doscientos mil votos y cinco escaños en las elecciones europeas gracias a su nuevo estilo y la carismática imagen del líder, impresa en las papeletas. A cambio, a IU se le echaron encima no siete meses, como al señor Valdemar en el cuento de Poe, sino setenta años. De pronto el rojo y el verde, el punto sobre la i, los informales jerseys y los mojitos cubanos parecieron reliquias de siglos pasados.
 
Desde entonces, ese desequilibrio cruel de la historia no ha hecho más que agravarse. El vástago de una respetable organización, Izquierda Unida, cuyo corazón era el de otra más venerable, el Partido Comunista de España (PCE), se alzaba con un triunfo electoral que la fortuna siempre le negó a esta, pero con sus ideas fundamentales, si bien es cierto que convenientemente aggiornate a esta época más cosmopolita, bolivariana a la vez que posmoderna.
 
Era cosa de breve tiempo que Podemos acabara absorbiendo gran parte de la izquierda en torno suyo, especialmente la que se llamaba IU, con la que compartía relaciones, amistades, compromisos, ideas, experiencias, fracasos y triunfos. Sin querer o queriendo, pues el alma humana es contradictoria. Las reiteradas ofertas a Julio Anguita para que se incorporara a Podemos no pueden ser inocentes. La respuesta de este de que él se debe a Izquierda Unida (al fin y al cabo, su creación) es numantina.
 
Al final, ¿cuál es la razón de ser de IU existiendo Podemos con mucha más pegada electoral si no es el interés de mantener duplicidad de cargos? Si ya de antes la verdadera izquierda tenía problemas de identidad, ahora se le han agravado al descubrir que, de ser algo, es el reflejo de una identidad ajena.
 
Lo llaman convergencia. Es efecto sifón. Podemos absorberá a IU con la misma indiferencia natural e inocente con que el pez grande se come al chico.
 
Algún matiz a esta consideración. El alma de IU es el PCE y este todavía no ha dicho nada. Debe de ser duro para los camaradas fieles a la memoria de Pepe Díaz, el 5º Regimiento o Pasionaria aceptar que el heroico partido de vanguardia de la clase obrera se diluya en la amalgama de una ideología líquida en la que ni de izquierdas ni republicanos pueden reconocerse, al menos en público.
 
Por otro lado, y ello es más grave, el efecto sifón incluye una posibilidad letal para Podemos. La organización ha roto, aparentemente, el maleficio tradicional de las izquierdas auténticas, de perder siempre las elecciones, todas las elecciones, en todas partes salvo contadísimas excepciones irrelevantes. Lo ha conseguido a base de articular un discurso de izquierda libre de toda vinculación con el comunismo, el eterno cenizo de todas las consultas democráticas. Si la absorción (o convergencia) de IU es vista de nuevo por el electorado como de hecho ve a la propia IU, esto es, como una cobertura del Partido Comunista, es posible que las halagüeñas perspectivas electorales de Podemos se desinflen, entre otras cosas porque faltará tiempo a los adversarios para descubrir el lobo bolchevique bajo la piel de cordero socialdemócrata/bolivariana.
 
Es una situación difícil. Volveremos sobre ella porque, aparte de un dilema kantiano, encierra un conflicto muy en el estilo de un drama familiar de Ibsen.