miércoles, 29 de octubre de 2014

Radiografía de un sinvergüenza.

Hace un par de días el escritor Arturo Pérez Reverte  decía en un tuit: "Aznar era un arrogante; Zapatero, un imbécil; y Rajoy, un sinvergüenza". Voy a desarrollar algo más la aguda observación del novelista en lo referente al tercero. Ayer mismo, compungido y cabizbajo, Rajoy compareció en el Senado a leer unas cuartillas pidiendo perdón y disculpas a los españoles por el saqueo y latrocinio que está perpetrando su partido. Él no empleó estos términos, ni siquiera el de corrupción, sino que balbuceó y farfulló algunos circunloquios, del tipo de "esas cosas", "casos que nos abochornan", etc., etc. Y eso leyendo porque, como siempre, es incapaz de hablar en público con algo de sentido sin leer. Lo rodeaban sus incondicionales, generalmente ruidosos, chocarreros, provocadores pero que ayer parecían el séquito de un velorio; algunos de ellos pensando, quizá, si, al regresar a su casa, no se encontrarían a la temible UCO de la Guardia Civil.

Llama la atención el tono humilde, humillado, exculpatorio, probablemente fingido, en lugar del  habitualmente chulesco, prepotente, soberbio y estúpido que se gasta esta patulea. Da gusto ver que, a pesar de todas sus mentiras, embrollos y chanchullos, al final los tipos que se han afiliado a un partido político para robar a su sombra, tienen que comparecer ante la justicia. Como si fueran robagallinas, cosa que en el fondo son, si bien ellos roban la de los huevos de oro.

Pero la cuestión es si basta con salir haciendo mohínes, pidiendo perdón y disculpas, diciendo estar muy afectado, muy dolido y dispuesto a que estas cosas no vuelvan a suceder. Aunque quiera, Rajoy no es alguien que pasaba casualmente por allí o un turista despistado. Es el presidente del gobierno y del partido de esta manga de ladrones que lleva años robando a la gente, saqueando las arcas públicas, cometiendo todo género de desmanes, de desafueros, de delitos, industrialmente organizados como una banda de malhechores a la que llaman "Partido Popular" como podían llamarlo "partido de asaltacaminos". Y, por lo tanto, es responsable político directo de lo que pasa en su gobierno y en su partido, ambos cuajados de mangantes. Eso de las disculpas y el perdón está bien para la vida civil, cuando se molesta o se empuja a alguien sin querer. En política, si se preside un partido y gobierno en los que los tesoreros parecen ser unos chorizos, l@s secretari@s generales un@s bribon@s y alguna ministra o ministro unos golfos y gorrones, no se piden disculpas ni perdón. Se dimite y se va uno a casa.

Pero el presidente no piensa hacerlo porque, con la desvergüenza que lo caracteriza, se llama andana en todos los enjuagues, simula no tener nada que ver con el expolio a que su gente somete al país y promete que va a poner en práctica con toda decisión lo que no puede porque, de hacerlo, el primero que podría ir al trullo sería él. Pide disculpas por la corrupción ajena cuando no son disculpas las que debería ofrecer sino su cargo y calla respecto a la suya, a sus comportamientos indignos tan frecuentes como los de sus subordinados, aunque de otro tipo, y por los cuales también debería haber dimitido ya varias veces.

Tendría que haber dimitido hace tres años, cuando lo acusaron de haber cobrado sobresueldos y él mismo acabó admitiéndolo, aunque negando que fueran en B. Como algunos otros de esa especial Nomenklatura del trinque organizada en el PP. Y hace más de tres años. Al menos desde que mintió a un ciudadano que le preguntaba cuánto ganaba y Rajoy, perfectamente sabedor de que en ese momento cobraba, por lo menos, 200.000 euros anuales, le dijo que miraba su cuenta a fin de mes porque tenía "los problemas de todos los ciudadanos". Tendría que haber dimitido cuando, aplastó al infeliz Rubalcaba en televisión frotándole por la nariz que él no llevaba en su programa nada que no pensara hacer siendo así que, de inmediato, hizo lo contrario, exactamente lo contrario, de lo que había prometido, sosteniendo al tiempo que había cumplido con su deber.

Dimitir era lo adecuado después de haber comparecido en sesión monográfica en el Congreso sobre el caso Bárcenas a mentir a la representación de la soberanía nacional afirmando no tener relación alguna con un menda al que enviaba SMS de consolación y solidaridad. Obligada era la dimisión cuando el juez imputó a Blesa, Rato y Acebes, notables componentes del sanedrín popular del que durante años había formado parte; el cogollo de los íntimos en el que se decidían las grandes operaciones como, por ejemplo, el asalto a Caja Madrid, planeado como el asalto al tren de las tres y diez.
 
Dimitir en lugar de pasar tres años escondiéndose, apareciendo en plasma, leyendo hasta los saludos de buenos días, entrando en los lugares por la puerta falsa y abandonándolos por la de servicio, prohibiendo las preguntas en las comparecencias públicas y dando respuestas a las que se ve obligado a contestar que forman por sí solas una nueva antología del disparate. Dimitir en lugar de ir al Senado a balbucear excusas y de bloquear toda iniciativa parlamentaria que trate de indagar en su detestable comportamiento.  Tres años de espectáculo bochornoso, siendo la vergüenza de España.
 
La que él no tiene.
 
(En alguna próxima entrega se considerará el extraño caso de la rubia delicuescente, abanderada del neoliberalismo nacionalcatólico más plomizo y casquivano tratando de salvar las cretonas en el muladar que presidió durante años).

 (La imagen es una captura del vídeo que publica Vilaweb)