miércoles, 16 de mayo de 2012

El alma de México.

En cierto modo todos los escritores reflejan el alma de su país pues que esta en gran medida no es otra cosa que los que ellos han descrito. Todos. Los muertos y los vivos. Cada uno a su manera. Y así Carlos Fuentes es una de las que emana el alma contemporánea de México. Incluso desde el punto de vista iconográfico, Fuentes es el rostro de México; al menos siempre me lo ha parecido. Cuando lo he visto nunca he podido dejar de pensar en Jorge Negrete o José Alfredo Jiménez, con sus semblantes de charros mexicanos tremendamente señoriales, como Fuentes.
Pero es su obra, como creador y como ensayista que ahora cosecha panegíricos sin cuento, me temo que innecesarios para un autor tan premiado en vida, la que refleja México como él lo vivió y del que siempre hablaba con un punto de permanente irritación (indignación dícese hoy) por verlo tan enteco. Y lo representa de todas formas, a través de la novela, el cine y el teatro. Esa concentración en México tenía que darle la proyección universal, igual que le sucedió a Cervantes cuyo Quijote cabalga por el mundo entero aunque él lo más lejos que llegó fue Barcelona. Ese fue el secreto que Fuentes encontró a base de leer y releer el Quijote. Los demás rasgos de su carácter, su vida y opiniones lo afirman de mexicano profundo: la mirada puesta siempre en los Estados Unidos en una típica relación de amor-odio, tan ambigua como la que mantuvo con la Madre Patria si bien aquí no había odio sino el mismo punto de iritación que se manifiesta en la visión mexicana.
La idea de que Latinoamérica es una unidad cultural, compartida obviamente por casi todos los escritores coetáneos, forma parte también del ser mexicano que se siente respaldado por esa masa en la confrontación con el monstruo del Norte. Al fin y al cabo la conocía casi toda por haber vivido en ella y había tratado con los más ilustres intelectuales. Igualmente su izquierdismo está muy condicionado por la historia nacional, la del continente y esa piedra de toque que es siempre Cuba, a su vez también cambiante. Su ruptura con Octavio Paz es un buen ejemplo de las tensiones de esa izquierda tan contradictoria: Paz es un converso y sigue siendo un radical; Fuentes no se convierte a nada pero no es un radical, al menos no en un sentido exterminista.
De la obra literaria que le conozco la que más me gusta es Aura, escrita en segunda persona del singular que a veces suena a imperativo lo que la convierte en la novela del deseo. Y es muy absorbente.