jueves, 9 de junio de 2011

Semprún: puro siglo XX.

Se lee mucho que Semprún es un autor de la memoria y que es la memoria del siglo XX. Ambas cosas a la vez no pueden ser y no son. No es solamente el escritor de la memoria; es imposible porque, aparte de revivir la memoria, escribe el presente, su presente, que duró la última mitad del siglo XX. Memoria y presente dan una mezcla explosiva en la que se fragmenta el autor para alcanzar de forma muy distinta una cantidad sorprendente de vidas ajenas en las cuales sus presentes son a su vez memorias; o también presentes, pero de otros. Hay que ver cuánta gente y de cuántas andaduras de la vida se siente interpelada por la existencia de Semprún. Unos hablan, otros callan, pero a nadie ha dejado indiferente. Amores y odios suscitó; a veces en la misma persona. Los del Holocausto lo cuentan entre los suyos. Cierto que con sus más y sus menos. Pero eso pasa con todas las asociaciones que se hagan con Semprún. También los literatos de las nuevas formas de narrativa y los intelectuales comunistas y los políticos españoles y la intelligentsia del Quartier Latin y los comunistas no intelectuales y los españoles y los franceses y su propia familia y hasta él mismo. Siempre aparecen sus más y sus menos.

Como escritor, que es lo que fue toda su vida, además de otras aficiones a las que le llevó un espíritu aventurero, lo equiparan con Camus, con Malraux y cabe encontrarle otros parangones, Silone, Koestler, escritores marcados por su experiencia con el comunismo y que también habían participado en conflictos sociales, políticos, militares. Al respecto tiene asimismo un toque estadounidense, entre Hemingway y Nelson Algren. Pero, incluso como escritor, no se asemeja solamente a escritores; por ejemplo, tenía una relación muy estrecha con Yves Montand, del que fue biógrafo y al que se parece bastante. Semprún se permite el lujo de ser muchos otros autores (lógicamente coetáneos) porque, en cambio, su objeto es siempre el mismo: él. Tantos él que da la impresión de que el tema de fondo de su obra, y de su vida, es su identidad. La identidad del hombre con muchos atributos.

A Semprún lo expulsa Carrillo del Partido Comunista en 1964 junto a Fernando Claudín. Algunos que entonces teníamos veinte años nos habíamos radicalizado a la izquierda, haciendonos pro-chinos y la escisión claudinista nos parecía derechista. Sin embargo no pasaría mucho, un par de años, para que quedara claro, al menos para mí, que los claudinistas tenían razón. Y su crítica era muy pertinente, le gustara o no al aparato anquilosado del PC o a los frenéticos maoístas. La escisión produjo dos testimonios: un pesadísimo informe de Claudín con todo tipo de documentos y una película de Alain Resnais con Yves Montand, cómo no, y Semprún en el guión. Una película impresionante, la película de Federico Sánchez y su desencantamiento del PC. Los prochinos aparecen fugazmente, como un revoloteo de gauchistes de café.

Me gusta más Semprún como guionista que como novelista. El largo viaje y Autobiografía de Federico Sánchez (el otro Federico Sánchez se despide de ustedes no es literatura sino una especie de ajuste de cuentas) están bien, pero no alcanzan la fuerza, el dramatismo de La guerra ha terminado y, sobre todo, de Z. Claro que esta última, que es un pedazo de peli, es como una confluencia de genios: Costa Gavras en la dirección, Mikis Theodorakis en la música, Yves Montand, Jean-Louis Trintignant, Jacques Perrin y Renato Salvatori como actores. Pero todo eso se convierte en lo que es gracias a la historia del asesinato de Lambrakis contada por Vasilis Vasilikos de la que Semprún sacó un guión impresionante. Esa es una película inolvidable.

Todo el mundo recuerda que Semprún era noble, descendiente de Antonio Maura y de una familia de senadores, alcaldes, etc., pero no he visto citada (lo que no quiere decir que no lo haya sido) una relación muy interesante en su vida: la de Constancia de la Mora Maura que no estoy seguro de si era su tía o su prima. Le sacaba veinte años y podía ser su tía pero también su prima. En todo caso, su pariente. De la Mora publicó un libro muy significativo antes de morir prematuramente en un accidente con 44 años más o menos, Doble esplendor, un libro que fue durante muchos años un texto canónico de la interpretación comunista de la guerra civil que traía dos luceros añadidos: era la historia contada por una mujer y de la clase alta. En realidad, un libro de propaganda que, según parece, no escribió ella, sino una novelista del Partido Comunista de los Estados Unidos, como parte de una opeación de propaganda de la Komintern. En ese mundo de compromiso político más allá del juicio moral, de conflicto militar, de desarraigo familiar, de constitución de una vanguardia revolucionaria que se le fue entre los dedos como el agua de los líquidos de Bauman, de fidelidad a una idea en cuyo triunfo definitivo se había dejado de creer, se agita la vida y la obra de Semprún que es como la parábola de la izquierda europea en el siglo XX. La parábola en busca de la identidad que parece recalar en la convicción europeísta.

(La imagen es una foto de Frachet (Own work) , bajo licencia GDLF).